domingo, 16 de abril de 2017

Puedo explicarlo todo

            Desde niño me sentía frustrado porque era difícil encontrar a alguien que expresara la realidad como era, tal vez por ello empecé a escribir en la adolescencia: para plasmar las cosas como quería ya que no encontraba a nadie con la honestidad y desparpajo que anhelaba.

            Hace cuatro años descubrí “Diablo Guardián” (de la cual escribiré pronto) y su autor, Xavier Velasco, cumplió mi anhelo: por fin encontraba a un escritor que decía las cosas como eran, sin adornos, sin expresiones políticamente correctas: la simple y cruda verdad.

            No sé por qué tardé tanto en leer otra obra de él pero, ahora que he comprobado que no es un “One Hit Wonder”, veo con gusto que mantiene ese estilo que me fascina. Con “Puedo explicarlo todo” ha entrado al club de mis autores favoritos (con Haruki Murakami, Carlos Ruiz Zafón y George R.R. Martín) mismos que son mi guía e inspiración para ser mejor escritor.

            Aunque “Diablo Guardián” me fascinó, en el caso de “Puedo explicarlo todo”, no sólo fue su manera de expresar las cosas que me cautivó, sino la esencia del personaje principal. Así que, antes de iniciar, viene el indispensable SPOILER ALERT: le recomiendo ampliamente leer el libro primero, así que no siga con este escrito hasta que lo haya hecho, ya que voy a comentar libremente el argumento.


El inicio

            El comienzo lo encontré algo lento, incluso desmotivante y enredado pero, conforme avanzaba en la lectura, empezó a tornarse más deliciosa. Y es que cada personaje va definiendo su esencia a lo largo de las hojas y desde ahí empiezan a expresar la honestidad en sus diálogos.

            Imelda me pareció muy auténtica, al inicio algo inocente, pero siempre decidida. Sabedora del poder físico que tenía, no dudaba en hacer uso de él. Al principio hacía las cosas por amor pero, al saberse utilizada, como buena mujer, tomó su cruel venganza. Su historia te da algo de tristeza porque no tiene la vida que anhelaba, ya que quería el  amor de una familia (propia) sin importar tanto la prosperidad económica. De entrada no le había tocado la familia, pero sí el dinero, y no fue tan bruta como para quedarse con las manos vacías.


Tal vez por esa falta de familia, es que se esfuerza en ayudar al imbécil de Joaquín, o a todas las viudas de Manolo, de las cuales éste se aprovechó y ella no quiso ser tan perra como para acabar de patearlas. Imelda demostró mucha generosidad y educación, a pesar de ser señalada por la gran mayoría de gente que la conoció. Más adelante veremos más de ella.

            De la familia de Joaquín, me quedo con el manipulador, mujeriego y ojete de Manolo, y no porque sea admirable, sino por la realidad que demuestra con muchas mujeres que caen con patanes como él. Aunque era un hijo de la chingada, era notoria su forma tan soberbia de manejar todos sus negocios turbios y, al mismo tiempo, todas las mujeres que se tiraba en el proceso. Era tan cínico que no ocultaba sus demás relaciones con ninguna de sus parejas, mismas que le reclamaban de manera airada y, a pesar de ello, supo tener a todas dentro del corral.


            Eso no quiere decir que Mauricio y mamá Nancy no hayan sido reales, porque de hecho lo son, sólo que no tuvieron la astucia de Manolo, Joaquín o Isaías, por eso no lamente la muerte de ninguno de los dos. De hecho, cuando Joaquín rezaba “Y líbranos del Mau” yo lo acompañaba al unísono con el “Amén”.

            El Maestro Balboa y el buen Carnegie

            Un personaje que no te resulta simpático al inicio pero que terminas amando al final es el maestro de Joaquín: Isaías Balboa. Un viejo cusco y cínico con el cual Joaquín tiene unos diálogos simplemente geniales, un auténtico banquete de realidad expresada de la forma más ruin y atractiva que se puede uno imaginar. Los intercambios de ideas son soberbios, la honestidad brutal y los conceptos más que brillantes, su forma de analizar el comportamiento humano, el significado de la muerte, la lealtad y cualquier aspecto que se les cruce es algo que simplemente te deja perplejo.


            La dinámica entre ambos es fantástica, con un viejo miserable y manipulador que todo el tiempo chantajea y amenaza al joven brillante e irrespetuoso. Es como lo explicaba Joaquín: su relación era una constante partida de ajedrez, un estira y afloja para ganarle terreno a la tierra de nadie que había entre ambos.

            La relación se podía calificar como negativa, desleal y rencorosa, pero después detectas que han logrado un vínculo que se puede leer como de padre e hijo, de maestro y alumno o, a un pequeño nivel, de un par de amigos. Aunque también se refleja la competencia innata del hombre, ya que todo el tiempo se están retando con argumentos, verdades y conjeturas que ponen en aprietos al otro para contestarlas pero que, normalmente, salen bien librados producto del ingenio que comparten.


            Tal vez ninguno de los dos lo fuese a admitir pero, a pesar de la edad,  Joaquín e Isaías son muy parecidos en el fondo, ya que comparten la misma esencia brillante y culera. Por muchos años el buen Carnegie (el apodo que le puso el maestro) renegó mucho de esa relación, pero el que siguiera recordando pasajes de su mentor era una muestra de que el viejo se convirtió, sin que ambos lo pretendieran, en un modelo a seguir para el joven, algo que no era difícil ya que de su familia no consiguió mucho que recordar con cariño.

            Los pilares teóricos del argumento

            Esta obra me encantó por las relaciones humanas que plasma entre sus personajes, pero hay dos situaciones argumentales que hacen que la historia sea aún más deliciosa.

A)    Libros de Auto ayuda.

            El autor tiene una manera exquisita de ridiculizar los libros de autoayuda y, en su parodia grotesca, acaba siendo más efectivo que las publicaciones a las que parodia. Habla las cosas directas, sin pelos en la lengua, como a muchos nos incomoda que nos hablen pero que así lo necesitas.


            Tanto los textos de Balboa como los de Basilio Z. Laexus son exquisitos, políticamente incorrectos y atascados de verdad. Y es que, al caer tan bajo de acudir a un libro de autoayuda, requieres que alguien te hable con esa acidez y falta de respeto.

B)    La Muerte

            Lo que hacía Isaías Balboa con los deudos de los difuntos pudiera parecer despreciable (que desde su lógica no lo era). Tomando eso de pretexto, el libro analiza de manera fascinante el significado de la muerte, tanto para la sociedad como para el individuo.

            Aunque era un rol tras bambalinas, la muerte fue importante en el argumento. A lo largo de las páginas, te van regalando reflexiones muy profundas sobre ese paso que todos vamos a dar. Y ése es uno de los rasgos que puedo valorar mucho en una historia: que me regale aspectos filosóficos y existenciales que enriquecen mi visión del mundo.

A falta de una familia.


Así como la relación con su familia rota era un desastre, misma que le dejó más heridas que aprendizajes, resulta notorio que el vínculo de Joaquín con Imelda, Isaías, Gina y Dalila fue mucho más profundo de lo que jamás tuvo con algún otro miembro de su clan de origen y pasaron, sin querer, a ser lo más importante para el protagonista.

            Todo inició en la niñez de Joaquín, en donde va describiendo el amor sano e infantil que sentía por Eugenia, de ahí pasó a un sentimiento más emocionante, travieso y carnal que sentía por Imelda. Ambas descripciones son geniales y fieles a lo que uno experimenta en esas edades.


            El tercer tipo de amor que experimentó Joaquín fue con Dalila, la hija de Eugenia, que es otra maravilla de personaje. La niña se adapta muy bien a la honestidad cínica del protagonista, sin dejar atrás su limpieza infantil. La chamaca es brillante, a pesar de los traumas con los que su madre la ha criado. Tanto los diálogos como los informes técnicos con Joaquín te dan pasajes que te arrancan una sonrisa, por lo cual te enganchas con la pequeña desde el principio.
           
            Queda claro que la relación de Joaquín con Dalila, empezó como amistad pero, con el tiempo, se convirtió en la hija que nunca tuvo. Y eso se demuestra en las interacciones que sostienen y es que, a pesar de hablar en el ámbito de una niña de nueve años, no dejan de ser brillantes las conversaciones.


            Comentarios de la lectura

            Creo que esta sociedad Millennial me está afectando, porque hay cosas que antes no me molestaban y ahora sí. La longitud del libro está perfecta, pero me hubiera gustado que los capítulos hubiesen sido más cortos, y es que acostumbro en mi lectura echarme secciones completas, pero esta obra tiene entregas muy largas, lo cual me estresaba, porque no me gusta dejar nada a la mitad. Por fortuna te va dejando divisiones internas en las cuales pausar tu lectura, aunque el capítulo continúe.

            Hablando de los capítulos, cada uno tiene el nombre de un personaje que, en teoría, te van a abordar más de él o ella, algo que no se hizo muy notorio, porque en un mismo capítulo saltaban de una época a otra y de un personaje a otro. Así que el nombre de los capítulos, para mí, pasó a segundo término, ya que no afectaban en nada el ritmo de lectura o el seguimiento de la historia.


En eso, este libro fue superior a “Diablo Guardián”, porque había una marcada diferencia en el interés que me despertaban los capítulos de Violetta y los de Pig. En “Puedo explicarlo todo”, el autor encontró la fórmula de hacer a todos sus personajes igualmente interesantes.

            Imelda

            Había momentos en los que decía “¡Pinche Joaquín!” “¡Pinche Isaías!” Y, aunque no tuvo la misma participación que ellos, los “¡Pinche Imelda cabrona!” también abundaron. Y es que la exsirvienta de Joaquín resultó ser letal, ya que se manejaba con la moralidad sexual de un hombre y supo explotar su sex appeal de manera alevosa. A pesar de ello, gracias al primer capítulo, queda claro que la esencia de Imelda es bondadosa, sólo que fue acorralada por su actual realidad. Obviamente no se le puede eximir de sus pecados y decisiones pero, de alguna manera, acabó siendo una víctima de su entorno.


            La relación amor/odio/lujuria/complicidad/amistad y demás que tienen Joaquín e Imelda es simplemente cautivante, dando una comunicación muy intensa, interesante, íntima, frágil y demás. Se siente la tensión, la pasión, la complicidad y demás cuando estos dos interactúan. Se podría decir que eran la pareja perfecta pero, al mismo tiempo, eran la peor elección que podían tener para formar una relación. Son esos vínculos que sabes que no te convienen pero, al final los instintos son tan potentes que no te puedes alejar por más consecuencias que haya.

            Y en esos intercambios sensuales ente Imelda y Joaquín ves que cada autor tiene su forma de ser un “cochino sexoso”. El estilo de Xavier Velasco va muy acorde con su esencia, ya que pone las cosas tal cual pasan, o pensamos, en el día a día, con las palabras exactas y con la lujuria o calentura que las ideamos, pero que no expresamos en público. Ciertamente el Sexo mueve al mundo y, de la forma en que se plasma, te hace sentirte más enganchado al libro al decirlo como la gente común y corriente.


            La pequeña Familia del Comandante Zopilote

            Disfrute mucho cómo la influencia de Dalila, Filogonio (el conejo) y de Samsonite (el perro) le van inyectando cálida humanidad al cínico de Joaquín, cuyo concepto de sí mismo es el de una basura humana. Pero, a través de la interacción con estos tres seres inocentes, se va convirtiendo en alguien importante que los protege. Ese rol de protector siempre resulta muy constructivo, ya que te obliga a dar lo mejor de ti, y ahí es donde Joaquín siente algo que lo está haciendo crecer y, al mismo tiempo, le devuelve parte de esa dulzura y generosidad que fue perdiendo en la juventud al criarse con seres tan ruines como Nancy, Manolo o Mauricio.

            Cuando Dalila le pide a Joaquín su disfraz de la Sirenita para el festival escolar, tuve el siguiente pensamiento: las mujeres y los niños siempre nos van a pedir algo difícil a los hombres y, como lo demostró Joaquín, siempre vamos a hacer lo imposible por complacerlos, sin importar lo tontos o ilógicos que puedan resultar. Desde la perspectiva de Dalila, ella le estaba pidiendo un gran favor a Joaquín pero, en realidad, para él terminó siendo un privilegio consentir a la chiquilla.


            Esa confianza se demuestra en la conversación con Dalila cuando escucharon la canción que inspiró el nombre de la niña. Esos diálogos entre el Comandante Zopilote y el Teniente Pájaro Carpintero son un dechado de honestidad, inteligencia y estrategia, esto porque la niña quiere saber más de él y él hace circo, maroma y teatro para impedírselo. Y es que, como él mismo admite “Aunque lo sea, no me gusta que tú me llames ladrón”, y esto por el amor que siente por la niña.

            Aun así, por ese mismo amor, Joaquín empieza a confesarle parte de sus crímenes, en esa necesidad que tenemos de confesarnos con quien realmente nos importa, para que se dé cuenta la basura de persona que somos y que nos abandone o nos acepte, pero no queremos tener una máscara con quien verdaderamente queremos. Por eso Joaquín lo hacía, porque era importante para él que Dalila supiera los pecados que había cometido.


            Por la importancia que tiene Dalila para Joaquín, éste le confiesa que se hace pasar por terapeuta para ayudar a su madre. La confesión no es fácil, y menos con las acusaciones que le hacía la niña en el proceso pero, al final, se muestra comprensiva y cariñosa porque para ella también es muy importante su relación con Joaquín y es que, al final, ambos comparten ese gozo clandestino de tener una doble vida detrás de Gina.

            El desparpajo de Dalila es exquisito, y más porque se complementa con el cinismo de Joaquín. Es por ello que cuando la niña propone comprarle una TV a su mamá (con el dinero que le paga a su terapeuta), Joaquín se siente feliz por dos razones: uno para pagar su engaño e intromisión a la vida de Gina y, por el otro, por poder hacerles un regalo a madre e hija que le han venido a dar un sentido a su desmadre de existencia. Y es que se siente bien poder dar algo a alguien que quieres.


            La muerte de Don Isaías

            Cuando Joaquín rememora la muerte de Isaías Balboa, su relato intenta ser duro y objetivo, pero no puede evitar el tono de tristeza. Es como le dijo el viejo moribundo, “soy tu amigo aunque no quieras aceptarlo”. Tal vez no era el maestro que Joaquín hubiese querido pero, de alguna forma extraña, era el mentor que necesitaba.

            De hecho ambos se necesitaban a un nivel, ya que uno la hizo padre ausente del otro, y éste le pagaba con el papel de hijo que hubiese querido tener. Isaías Balboa era un viejo cabrón pero, al final, también era congruente; puedes no estar de acuerdo con su forma de ver al mundo (que no está tan equivocada), pero tenías que reconocerle que actuaba acorde a ella.


            Gran parte del tiempo daba la impresión que al viejo le encantaba fastidiar a Joaquín, pero ésa no era su intención. Eso lo compruebas cuando sabes que le dio asilo sin importar que lo quisiera timar, en un acto de amor hacia él y su difunta madre. Aceptó a Joaquín a pesar el engaño y lo arropó como aprendiz. Era obvio que Balboa quería perpetuar su legado escrito pero, al mismo tiempo, quería enseñarle al chico algunas leyes de vida, mismas que los pelmazos de sus hijos jamás comprenderían. Eso también fue parte de su legado: la (de)formación de Joaquín.

            La Muerte de Isaías Balboa fue triste para Joaquín, aunque éste tardó años en admitirlo, por toda la influencia que tuvo el señor, por la época que le tocó vivir con él y porque le cambió el sentido a su vida, tal vez no un productivo, pero sí uno diferente.

            La Terapia del Doctor Alcalde, Basilio Z. Laexus y Gina.

            Gina (Eugenia) no es tan brillante como su hija, aunque a Joaquín no le importa, porque también logran diálogos profundamente interesantes basados en la honestidad de terapia. Joaquín la tiene idealizada desde esa relación platónica en su infancia, además de que le está compartiendo otra parte de su pasado (sin que ella lo sepa).


            Joaquín interpretaba al doctor Alcalde para sacarle información pero, con el paso de las sesiones, resultó que sí le fue de gran ayuda a su antigua vecina. Y es que todos esos traumas, incertidumbres, humillaciones y demás situaciones poco agradables que experimentó Eugenia en la infancia y adolescencia, logró desahogarlas y, a su manera, curarlas, conforme las iba compartiendo con su terapeuta. Joaquín fue satisfaciendo su curiosidad mientas, al mismo tiempo, ayudaba a Gina a sanar las heridas del pasado.

            El momento cumbre de las sesiones fue la confesión del asesinato de Manolo a manos de Gina, algo muy trascendental y terapéutico pero, resaltando las palabras del Doctor Alcalde, algo heroico para todas las vidas que Manolo hacía miserables con su simple existencia. Por eso mismo Gina es una heroína. Ciertamente fue un momento duro pero necesario, y para ella fue algo sanador sacarse ese muerto de encima porque, como decía Oscar Wilde: es la confesión, no el confesor, la que nos da la redención.


Ya más relajada, Gina empezó a destrozar al Maestro Basilio Z. Laexus, describiéndolo como un amargado, solitario, traumatizado y demás, no sabía que iba hiriendo a Joaquín (y a mí) de manera indirecta, ya que tenía lo boca atascada de razón. Resulta conmovedor que Joaquín sale de dicha sesión triste, pensativo y reflexivo, aceptando la alimaña que es, el cobarde que enfrenta sus compromisos. Lo bueno es que encuentra consuelo en Filogonio, el Samsonite y en Dalila, su club secreto, su pequeña familia, ésa misma de la que se siente indigno (como el ave de malagüero que es) pero, a pesar de ello, se siente orgulloso y arropado por estos tres pequeños e inocentes seres.


Momentos antes del final

Primero algo irrelevante pero divertido. El pasaje de Joaquín y Alejandrina (personaje efímero que bien pudo omitir el autor) en misa me resultó muy cómico, sobre todo cuando ella se pone a buscarlo gritando a media ceremonia. Seguramente me debió dar más pena o nervios pero resultó involuntariamente hilarante.

Volviendo al argumento principal. Las cartas en las que Joaquín se confesaba con Gina, que eran un ejercicio catártico y terapéutico, sin la intención real de entregarlas, de pronto se vuelven vitales cuando son enviadas. Por tal motivo, Joaquín escribe una última misiva para confesar toda su cobardía, también cómo se enamora de la Gina que “pudo ser” y cómo expresa con toda honestidad cómo la va a extrañar.


Ciertamente el libro podrá parecer muy rudo y duro a lo largo de la trama, pero tiene momentos tan íntimos, tan bellos y tan cálidos que no lo puedes odiar. De hecho, al terminar esa última carta de Joaquín a Gina, quedé tan conmovido que, sin importar el final, me quedaba claro que este libro ya iba a ocupar un lugar en mis recuerdos y en mi corazón.

Faltando unas 30 páginas para terminar, me detuve un momento y desee que hubiera un final feliz pero, segundos después, sabía que eso era poco probable, y es porque Joaquín no merecía un buen final, ya que siempre se dedicó a huir del mismo. Él siempre desdeñó los finales felices ya que, por alguna causa, está satisfecho con su condición de paria, y es difícil que cambie su Status Quo de toda la existencia.

Por otro lado, estaba Dalila, misma niña a la que hace tan feliz la presencia de Joaquín y que, sólo por la felicidad de la niña, el protagonista merecería un final alegre al lado de ella y, si se pudiera, al lado de la madre. ¿Por única vez su cobardía podría ser vencida? ¿Se quedaría a confrontar su destino o seguiría huyendo como siempre lo ha hecho? La respuesta ya la conocía, pero me gustaba creer que había otras alternativas.


La despedida de Imelda

Me encantó la última plática de Imelda con Joaquín por varias razones:

1.- A pesar de esa tendencia de Joaquín por autodestruirse, ella siempre estuvo al pendiente, aún a la distancia y a pesar del costo, lo cuidaba sin que él siquiera lo sospechara.
2.- Fue clara, precisa, concisa y firme, lo cual era necesario para no dejarse chantajear por él. Aunque a ella le dolía despedirse, jamás flaqueo y se mantuvo fuerte ante el manipulador profesional. Y es que, de haberse dejado chantajear, no hubiera sido productivo para ninguno, así que prefirió que se enterara de manera cruel y despiadada de lo de Palencia y ella.

3.- A pesar de sus personalidades, ella siempre respetó esa complicidad que compartían, que hizo todo lo que hizo para agradecerle esos momentos de paz y alegría que le regaló en una época difícil. Que hasta la hizo olvidar la existencia de mierda que tenía.
4.- Por esa misma lealtad y complicidad fue honesta con él y, aunque a Joaquín lo amaba más, terminó con Palencia por ser la opción más inteligente y madura. Y por eso fue directa al decirle “¿Acaso querías que terminara contigo y tus tendencias de autodestrucción y el rencor que me tienes?” en un argumento que nadie le podía refutar.
5.- Finalmente Imelda también fue clara al decirle que ya había saldado su deuda, por lo que su relación llegaba hasta ahí, sin rencores ni anhelos, que su paso en la historia de Joaquín había terminado y quería que lo supiera de ella.


Por cierto, Palencia demostró ser muy astuto ya que, al igual que hizo con el cuñado de Imelda, con Joaquín se compró su póliza de garantía al darle el reloj del difunto Balmaceda y así, en caso de que hiciera algo incorrecto, pudiera inculparlo de su muerte, e hizo bien, porque con alguien como Joaquín, nunca son suficientes las precauciones.

Haciendo las paces con Don Isaías.

Después de recibir el “Reality Check” de Imelda, a Joaquín le nace ir a la tumba de su maestro, visita que le debía desde hace muchos años, resultando en una escena conmovedora, ya que el discípulo se desahoga en la tumba al abrazar la lápida, llorarle y platicar con su antiguo mentor. El momento resulta tierno y auténtico, ya que Joaquín por fin acepta el papel primordial que un “viejo cabrón” (como él mismo le llama) tuvo en su existencia. Obviamente no se puede decir que fue una influencia del todo positiva, pero sí fue una especie de referencia para el desarrollo de Joaquín como adulto.


Y el viejo le corresponde desde el más allá porque, para sorpresa del discípulo, en la lápida yace el epitafio que Joaquín le había propuesto. Un detalle tétricamente bello y elegante hacia su protegido, el buen Carnegie (como lo llamaba cariñosamente). A pesar de toda la soberbia de Balboa, tomó el epitafio tan fresco y desenfadado que le había dado el muchachito, en un guiño íntimo que sólo ellos dos podían entender, en una forma de homenajear la relación que tuvieron.

Sin importar que el Sr. Balboa salió de la vida de Joaquín muchos años atrás, siguió teniendo una presencia importante en su diario acontecer, por lo que siempre acababa recordando sus enseñanzas y poniéndolas en práctica, a pesar que Carnegie se empecinaba en tener un mal recuerdo de él,


Al acordarse del maestro, el discípulo le daba el crédito que tuvo y lo importante que resultó en su vida, no porque tenga una existencia envidiable, pero por lo menos le sirvió de guía a un chico que nunca recibió auténtico amor o guía para salir adelante, así que Isaías Balboa fue lo más cercano que tuvo a un padre.

El Final

El que Dalila fingiera un ataque de asma, así como que Imelda mandara las cartas que el cobarde de Joaquín no se atrevía, fueron movimientos astutos y extremos para sacar a Joaquín de su zona de confort y que afrontara su destino, con todo lo bueno y lo malo que éste pudiera traer. Y es que resulta increíble que el protagonista sea tan miedoso porque, de haberse animado a afrontar al mundo, hubiera tenido una existencia más tranquila, productiva y en paz, sin embargo, prefirió seguir huyendo del “dolor” lo cual, irónicamente, le trajo una existencia más compleja, difícil y llena de sufrimiento.


El cómo Joaquín describe el arte de ser abofeteado, el cómo atacarlas y recibirlas, era algo fascinante y que nunca me he puesto a pensar, tal vez porque nunca he recibido una. Personalmente considero que a Gina se le pasó la mano, sin importar que se sintiera timada por Joaquín ya que, gracias a ese timo, ella pudo librarse de muchas cargas y sentirse más ligera y feliz.


De alguna manera Gina fue injusta al ver sólo el engaño y obviar el beneficio que también recibió con la terapia. Y es que la mujer suele ser mucho más cruel y desalmada que lo que el hombre puede ser, especialmente en temas sentimentales. Además Gina debería tener en claro la tendencia a huir de Joaquín así que, si su intención era darle una oportunidad, debió ser más inteligente y menos impulsiva algo que, ciertamente, nunca demostró en el argumento.

El que Joaquín escapara ya no me sorprendía, me entristeció ciertamente, y por eso mismo Imelda no se quedó con él. Obviamente no puedes estar viviendo en función a otros pero, al leer el último informe técnico de Dalila, en donde dice que lo extraña y que lo estará esperando, simplemente me destrozó el corazón e inundo mis lagrimales. Me sentí en extremo triste por Joaquín, por Dalila, por Filogonio y por Samsonite, esa pequeña familia que se había formado en la clandestinidad y que había quedado destruida por la cobardía del patriarca.


Pero Joaquín escogió un final acorde a su esencia: el huir tanto te define un estilo de vida, siempre escapando de un lado al otro, siendo incapaz de instalarte en algún sitio para tener una existencia tranquila, honesta y en paz. Para el protagonista es una forma de ser rebelde y diferente pero, al mismo tiempo, todo es producto de su cobardía para afrontar la vida, por eso huye de ella, tanto de lo bueno como de lo malo. Pero no hay que compadecerlo porque así fue su decisión y la aceptó con todas las consecuencias.

Comentarios de cierre


Aunque el final no haya sido feliz, hay que reconocer que Xavier Velasco se manejó con realismo desde el principio hasta el fin y no cayó en la tentación de cerrar con una conclusión idílica que la mayoría le hubiéramos agradecido pero que no hubiera ido acorde a la esencia de la obra. Y no sólo fue la cobardía de Joaquín, sino la profunda indignación de Gina (al saberse engañada), la frialdad de Imelda (al escoger lo que más le convenía) y la inocencia de Dalila (al pretender que Joaquín fuese su padrastro).

El final fue triste, pero real, y uno lo aprecia como lector. Porque la gente podría decir que el protagonista tenía todo a su alcance para ser feliz, todo menos la valentía y anhelo para merecerlo, en donde su miedo fue más grande que su amor por Dalila, y es que Joaquín no sabe amar y piensa que uno puede merecer amor sin las consecuencias que también conlleva, mismas que ha ido pagando a lo largo de su vida pero que nunca se queda para recibir el premio.
 
El brillante autor
Por desgracia, el libro me pegó duro, al comprender y compartir fehacientemente la cobardía del protagonista, por lo que acabé afectado: por un lado profundamente triste por Dalila y, por el otro, furioso con Joaquín. Más que enojado, decepcionado porque, en teoría, había encontrado algo más grande y valioso que su miedo, algo que había recibido sin pedir y que había resultado lo más importante de su existencia. Pero fue egoísta y prefirió mantener su status quo antes de atreverse a aceptar la felicidad que injustamente merecía aunque, por Dalila, valía la pena hacer ese “sacrificio”.

Me gusta cuando llego a encontrar un libro que está escrito de manera soberbia, además es un plus que me pueda identificar con el protagonista. Es un placer y, al mismo tiempo, un castigo encontrar a un personaje que refleja tan bien tus defectos y te los embarra en la jeta. Ciertamente no soy tan embustero o cínico como Joaquín, pero sí soy cobarde como él y me he hecho especialista en protegerme de la realidad como él. Aunque el final me pareció justo, correcto y exacto, no dejo de afectarme porque, parece, es el que me estoy ganando.


Hebert Gutiérrez Morales.

miércoles, 5 de abril de 2017

domingo, 2 de abril de 2017

Adriana

            Este texto lo escribí, originalmente, unos días después de haber conocido a Nadia (hace ya cuatro años). Aún no admitía que me había enamorado, aunque en el fondo ya lo sabía. Dentro de esa lucha interna que me tenía freakeado, surgió este breve homenaje a una chica que pudo haber significado mi todo pero, por decisiones (pendejas) que uno toma (y en las cuales soy experto), terminó siendo un simple recuerdo.

            Ese remolino de emociones que aún no reconocía en mi pecho, me hicieron escribir esto, tratando de engañar a mi inconsciente al reconocer un pasaje decepcionante y con ello creer, de forma ilusa, que mis impulsos de amor se iban a acallar.

            A excepción de unas pequeñas actualizaciones, dejo el texto tal cual fue publicado originalmente, y me lo he traído a este blog porque tiene mayor exposición y, al mismo tiempo, para ir reconociendo a mis errores disfrazados de demonios.


            Era una chica decente, inteligente, guapa, educada, tranquila, respetuosa, de origen humilde pero con una familia muy unida, un dechado de virtudes que a cualquier chico le hubiera gustado tener por novia, y cuidarla como proyecto de  relación a largo plazo. Creo que nunca en mi vida había conocido a una mujer con cualidades tan parecidas a las mías.

            Adriana y yo entramos al mismo grupo en la preparatoria, y admito que me gustó desde la primera vez que la vi y, estoy casi seguro, era correspondido en mi sentir, ya que también la cachaba constantemente viéndome. Pero si todo estaba dado para que se diera una gran relación sentimental, ¿qué fue lo que pasó? Porque de haberse dado este escrito no existiría (tal vez ni el mismo blog existiría).


            Cómo típico adolescente estúpido, uno está en busca de reconocimiento e identidad, por lo mismo se busca la popularidad a cualquier costo. A pesar de que me gustaba Adriana y me sabía correspondido, me encapriche con una de las chicas populares del salón, que todo el mundo pretendía, que tenía un novio mayor, la misma que se sentía princesa de la escuela y que nos consideraba a los demás una especie de lacayos a su servicio.

            Ahora que lo pienso con calma, la chica popular en realidad no me gustó desde la primera vez que la vi pero, como todos la pretendían, entró esa estúpida programación adolescente de que lo que quiere la mayoría es lo deseable, aún sobre tus propios intereses. A pesar de la edad, no tengo excusa para mi estupidez, para ignorar el gran tesoro que tenía a la mano por buscar algo que, además de que no era lo que quería, estaba fuera de mi alcance.


            Sin embargo, ése es un comportamiento muy humano, ya que en muchas ocasiones nos encontramos ante situaciones que claramente nos resultan favorables y las despreciamos en favor de lo que “deberíamos” anhelar, de acuerdo a las reglas de la estúpida Sociedad. Creo que si tuviéramos más personalidad, y amor propio, al momento de elegir lo que queremos, el sufrimiento personal en este mundo se reduciría considerablemente.

            El hubiera es el tiempo de los pendejos pero, como me gusta flagelarme, vamos a analizarlo. Adriana tenía un potencial impresionante que yo hubiera podido explotar. Estoy seguro que nos hubiéramos complementado perfectamente. Ella venía de familia humilde, no pobre pero sí con limitaciones, de hecho ella era lo máximo en su núcleo familiar, ya que fue la primera en terminar la preparatoria, pero ya no siguió con la Universidad, por las propias limitaciones económicas familiares.


            Si hubiéramos sido novios, de alguna manera, creo que la hubiera motivado y la hubiera jalado conmigo con lo que, hoy en día, estoy seguro que hubiera sido una profesionista exitosa. A primera vista, se podría decir que ella no me hubiera aportado tanto, ya que siempre estuve seguro que iba a tener un buen empleo, con un par de casas, idiomas y grados académicos (como lo son mi licenciatura y maestría), además de tener la posibilidad de viajar al extranjero y tener un nivel de vida acomodado para la sociedad en la cual vivo.


            Sin embargo, a nivel personal, estoy seguro que ella me hubiera proporcionado esa dosis de humanidad y humildad que buena falta me hace, seguramente no odiaría a los homínidos como lo hago en secreto y, sin duda alguna, sería mucho mejor persona de lo que puedo ser en la actualidad.

            Lo triste del asunto es que todo ese potencial que ahora identifico, no lo quería ver en aquellos años de escuela. Por más que intentaba acercarse a mí, y aunque no me desagradaba la idea, mi cobardía era mayor y siempre rehuía de ella. Así que, por más cualidades que uno tenga, va a acabar cansando a la persona que lo pretende.


            Acabó relacionándose con el hermano de una amiga, un buen chico sin duda pero, sin falsas modestias, no poseía mis cualidades (aunque sí fue más inteligente que yo al relacionarse con ella). Ambos acabaron la prepa y ahí terminó su formación académica, ella por falta de recursos económicos y el novio porque no tenía mucha ambición que digamos. Al salir de la escuela ya no volví a saber de ella pero espero, de todo corazón, que haya alcanzado la buena vida que merecía una mujer de su calidad humana y que sea feliz.
 
Los hombres siempre nos fijamos en el Corazón H_H
            Hoy en día, a pesar de ser tan huraño socialmente, increíblemente tengo algunas chicas que me pretenden, de hecho lo único que tendría que hacer es elegir una y darme la oportunidad de conocerla. Ahora identifico, con mayor claridad, cuáles son las cualidades personales que más me acomodan. Sin embargo, las que más me atraen son las que están más buenas, que también tienen sus cualidades personales, pero ciertamente no son las que más me convienen. En resumen, el hecho de que envejezcas no es un requisito para que se te quite lo pendejo. ¬_¬U

            Uno supondría que he aprendido de lo que pasó hace más de dos décadas, que  en teoría tengo la madurez suficiente para elegir correctamente lo que quiero y no lo que, se supone, debería querer. Pero bien lo decía Fritz Perls: “La vida no te da lo que quieres, sino lo que necesitas”, el problema es que a veces uno es tan necio en lo que quiere en lugar de lo que necesita (o le conviene) que acaba echando a perder todo.

            Lo más seguro es que no escoja ni a las sabrosas ni a las que no lo están tanto, así podré mantener mi Status Quo de “inexplicablemente” Soltero, así podré continuar con mis poses de “Nadie me merece” o la de víctima de que “Nadie se fija en mí”. Así mantendré vigente ese complejo de superioridad/inferioridad que me ha definido en los últimos años. Al mantenerme solo, puedo seguir cultivándome en varios aspecto lo cual, irónicamente, me sigue haciendo inaccesible para gran parte de la población femenina, porque así lo he decidido yo.

            Y bueno, este último párrafo lleno de honesta mamonería, fue escrito para mí mismo, en un mensaje desesperado que me decía “Ni se te ocurra ir tras la maestra de baile. Tú eres feliz solo” pero, por más razones que intenté darme, de todas formas fui a tirarme al vacío. Aunque, viendo lo que no pasó con Adriana, por lo menos m queda el consuelo de que con Nadia por lo menos lo intenté.


            Hebert Gutiérrez Morales.