domingo, 15 de octubre de 2017

Consecuencias del Consumismo

            Gracias a que he conocido otras culturas es que he aprendido a ver con otros ojos el ambiente en el cual me desenvuelvo. Antes de salir al extranjero afirmaba tajantemente que la influencia de Estados Unidos sobre México era mínima, y que aún manteníamos una identidad fuerte e independiente respecto al gabacho. Al escribir eso me doy cuenta del pendejazo que era, y no es que ahora lo haya dejado de ser, sólo que ahora soy un pendejo más viajado y un poquito menos ignorante.

            La cultura gringa no sólo tiene una gran influencia en México, de hecho nos ha violado vilmente, sin ninguna consideración previa o trato decente (como normalmente son las violaciones).

Obviamente los Estados Unidos tienen una influencia muy fuerte a nivel mundial pero, al ver países como Japón o Alemania, me doy cuenta que la influencia en México es obscena y brutal.

Los aspectos son muchos y variados, pero en este escrito sólo me voy a concentrar en lo que ese capitalismo extremo, a través del consumismo, nos ha afectado en nuestro día a día.


            La miseria de nunca tener suficiente.

            Conozco casos muy cercanos, incluso con individuos que comparten mis genes que, sin importar cuánto tengan, nunca es suficiente, siempre quieren más. De hecho por esa actitud, platicas con ellos y pareciera que viven en la pobreza extrema, porque siempre te expresan todo lo que les hace falta, pero nunca agradecen por todo lo que sí tienen.

            Una de esas personas es una señora ya retirada, cuyos hijos la mantienen. Me consta que le dan recursos más que suficientes no sólo para vivir dignamente, sino para darse incluso sus pequeños lujos como compras o viajes dentro del país.

            Pero escuchas hablar a la señora y pareciera que se la está cargando la chingada. En alguna ocasión uno de sus retoños cayó en el juego de la manipulación, y le empezó a dar más recursos, incluso a ponerle un negocio para que tuviera una fuente constante de ingresos. Pero eso no resolvió la situación, porque la señora se “comió” el negocio y su intensa necesidad absorbió el dinero adicional que le dio su hijo.


            A partir de ahí el hijo aprendió a vivir con la “miseria” de su madre, misma que se sigue quejando pero, siendo honestos, dista mucho de morirse de hambre. Es triste tener esa visión de la vida: el nunca tener suficiente que te impide ser feliz con lo que tienes.

            Por fortuna, los hijos han tenido el suficiente sentido común para no sacarle una tarjeta de crédito ya que, literalmente, lo pagarían muy caro. Lo cual me lleva al siguiente punto.

            La trampa de las tarjetas de crédito.

            En mi segundo viaje a Alemania me di cuenta que pocos negocios aceptaban tarjeta de crédito, ya que casi nadie las utiliza. Y es que los teutones tienen una visión sana y mesurada de sólo comprar lo que en verdad pueden pagar en ese momento. Esto es un reflejo de un pueblo maduro y sensato algo que, tristemente, dudo que México llegue a ser algún día. Veamos cómo es la realidad por acá.


Alguna vez le pregunté a un ejecutivo de mi banco: “Si nunca les he regalado un peso de intereses, y la anualidad que me cobran la recupero 2 o 3 veces con los puntos que me dan. En realidad ustedes me están pagando por usar su producto ¿Ustedes qué ganan?”

La primera reacción del ejecutivo fue una sonrisa que mezclaba burla y ternura, sobre todo de darle una lección a alguien que desconoce cómo funciona el mundo: “Señor Gutiérrez, ¿sabe cuántos clientes hay como usted que saldan toda su cuenta antes del corte? Si le digo que el 1% estaría exagerando. Nuestro negocio es que la gente gaste más de lo que puede pagar, y nuestra ganancia son los intereses que nos regalan por comprar algo que no hubieran podido adquirir si sólo se hubieran basado en su efectivo”.

Me pareció una respuesta honesta y, de alguna manera, justa. Se te da el “arma” (tarjeta de crédito) ya depende de ti el saberla usar o suicidarte con ella. El banco se aprovecha de la poca madurez que tiene el consumidor mexicano mismo que, al igual que un niño, cuando quiere algo, exige que se lo cumplan, sin importar si en verdad lo merece o no.


Por dicho motivo es que, aunque conozco personas con mis características socioeconómicas, casi ninguno de ellos viaja como yo: porque están endeudados pagando intereses de sus tarjetas de crédito. Así que, aunque tienen el teórico deseo de viajar, su voluntad no es mayor que su necesidad de endrogarse.

La gran mayoría de la sociedad tiene clavado en el inconsciente que es una especie de derecho el estrenar, un ejemplo de ello es mi exbrujer que, cada vez que teníamos una fiesta, ella y su hija tenían que comprar ropa nueva “porque así se lo había enseñado su mama” (WTF?). Para muchas personas, el ver algo “viejo” les molesta, por lo cual lo tiran o regalan, lo cual sirve de pretexto para adquirir algo nuevo. Esto está tan arraigado en el inconsciente colectivo como una malentendida dignidad.
 
Marylin Monroe comprando corbatas
Esta actitud es una herencia gabacha. Aunque como mexicanos los estamos imitando, aún estamos verdes a comparación de los profesionales en esto de comprar a lo bruto.

            Los amos del Consumo

            Tengo dos tiendas favoritas en Estados Unidos: la primera es Hot Topic por todos los productos freak que encuentro, la segunda es Ross, misma que tiene precios muy baratos. Enfoquémonos en la segunda.

            Todas las mercancías que no se venden en los centros comerciales grandes (Mall) son enviadas al Outlet (Tiendas de rebajas), y todo lo que no se vende en el Outlet, se va a tiendas como Marshall’s o Ross (Saldos y remates).


            En Ross encuentras (principalmente) ropa nueva a precios excesivamente bajos. ¿Por qué es tan barata? Porque al ser de una, dos o tres temporadas atrás, la gente ya no las quiere. De hecho, para los gringos, sólo los nacos y/o pobres compran en Ross. Esta perspectiva a los extranjeros nos vale madres, porque amamos comprar en este tipo de tiendas.

            La economía gringa se basa principalmente en el consumo, por lo cual le dan “vuelta” al dinero muchas veces, lo cual genera riqueza. Por eso hay muchas mercancías baratas en dicho país: por el volumen de ventas que registra.

            A la gente se le genera la necesidad de comprar, de estar a la moda, de no quedarse rezagado contra el resto. Tomemos dos ejemplos, primero los Autos. En Estados Unidos se venden alrededor de 17 millones de autos nuevos cada año. Si tomamos los 323 millones de habitantes que tienen y lo dividimos en hogares de cuatro, tenemos casi 81 millones de familias, lo cual nos indica que una casa estrena coche cada cuatro años y nueve meses.


            Obviamente este es un análisis algo burdo, porque también se venden coches en flotillas, compañías, negocios y demás temas comerciales. Sin embargo, también se está considerando a todos los pobres, niños, enfermos y demás gente que tampoco pueden adquirir un auto.

La realidad dicta que son pocos en Estados Unidos los que tienen el mismo auto en un período de cinco años, y un lustro ya es exagerado, de hecho tres años es lo normal en la clase media gabacha para cambiar de unidad.

Veamos un ejemplo más “democrático”: los Teléfonos inteligentes. Se calcula que para el 2017 se vendan 203 millones de Smartphones nuevos en Estados Unidos, lo que representa un 13% de la venta mundial. Lo cual nos dice que el gringo cambia de teléfono cada 19 meses. Igual y no suena tan descabellado, pero si consideramos toda la gente que no tiene alguno, más toda la gente que no lo cambia tan seguido, más todos los niños que aún no están en edad de tenerlo (que cada vez lo tienen más jóvenes), entonces se darán cuenta que cambian bastante seguido.


La realidad dicta que el usuario promedio cambia de celular cada año, no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo, y es que así está diseñado el producto. Yo puedo dar fe de ello ya que, desde que “tuve” que comprar un Smartphone, ya estoy en el tercero en un período de cuatro años, y no por superficial, sino por daños y/o reparaciones.

De no haber tenido Smartphone, estoy seguro que seguiría con mi viejo Nokia y ya hubiera cumplido 10 años con él, sin la necesidad de Twitter, Whatsapp ni nada de eso. Ahí radica una parte importante de este consumismo: la necesidad de estar la moda, de tener lo más nuevo, lo más avanzado.


En Estados Unidos comprar es casi un deporte nacional, porque normalmente las cosas soy muy baratas para potenciar tu consumo. De hecho, a veces veo gangas tan increíbles que las compro doble (sin darme cuenta), esto a pesar de que la mayoría no las necesito pero, como ya las tengo, las uso.

Así que, como tienes un exceso de mercancías baratas a tu disposición, te es más fácil caer en actitudes despilfarradoras. Por ejemplo, cuando a alguna camisa mía se le caía un botón o a algún pantalón se les descosía algo, optaba por regalarlos de inmediato, ya que tenía muchos otros que había comprado en Estados Unidos a bajo precio.

Un día mi amigo Luis me dijo “¿Y por qué no llevas a que le cosan el botón en lugar de regalarlos? Sobre todo porque están en perfectas condiciones”. Me quedé frío ya que tenía razón, de hecho así me habían educado pero, de manera desapercibida, como sociedad hemos heredado la siguiente creencia del gabacho.
 
Los Refris de antes eran mejores H_H
La estúpida creencia “Reparar es para jodidos”

Hace tres años se me descompusieron (por diferencia de meses) el Refrigerador y la lavadora, así que llamé a los respectivos técnicos. En el caso del Refri, le decía al señor que estaba molesto, ya que el aparato en casa de mi madre había durado 35 años sin necesidad de reparación alguna, el mío apenas llevaba 12 y ya necesitaba arreglo.

“Uy joven” me dijo el técnico “Ya no los hacen así, y es adrede, para que usted compre otro a la primera oportunidad, por eso las refacciones son tan caras, para que adquiera uno nuevo en lugar de repararlo” Me acabó de explicar que ahora la vida útil de los aparatos actuales era de unos siete años, así que el mío era una rareza al haber durado la docena antes de la primera falla. Para mi fortuna, ambas reparaciones fueron menores y resultaron costeables, así que ya llevo 15 años con mis aparatos :-)

Así que las empresas no sólo nos programan a que compremos más, sino que ellos mismos calculan la calidad y/o vigencia de sus productos para obligarnos a hacerlo. Algo que da resultado aunque te resistas.


Ése fue un ejemplo casero, pero tengo uno más público. En una ocasión se me descompuso el despertador, así que se lo lleve a un amigo en la oficina para que me lo arreglara. La reacción del resto de metiches fue “Hebert, eres un pinche tacaño, cómprate otro”, y eso dice mucho de la sociedad actual, que puntuaré de la siguiente manera:

A)    Hace años, componer las cosas era algo normal, de sentido común incluso, ahora la tendencia es que si está roto, viejo o ya no te gusta, cómprate otro modelo más reciente, vistoso y, desde tu perspectiva, útil (aunque haga exactamente la misma chingadera que lo que estás sustituyendo).
B)    Arreglar las cosas es sinónimo de jodidez, lo deseable es comprar algo nuevo porque vas a obtener doble satisfacción: deshacerte de lo viejo y sentirte pleno, feliz y poderoso por comprar algo nuevo (así sea una madre bien barata).
C)    Justamente esa postura de comprar, sin intentar arreglar, es la que nos ha inyectado el consumismo, y es que entre más adquieres, más se produce y más riqueza (para los empresarios) se genera. Por eso todo el tiempo nos están bombardeando para que gastemos como desesperados.


Una postura que he tomado es verificar si se puede componer lo que se descompuso, sobre todo si vale la pena en cuestión de costos y funcionalidad y, de no ser así, entonces sí comprar algo nuevo. Esa actitud me ha significado ahorros y aprovechar al máximo mis compras. A pesar de ello, es muy fácil caer en la supuesta satisfacción que te da el comprar.

Comprar la “felicidad”

En los días de pago en la oficina es común escuchar a alguien decir “He vuelto a ser humano, he vuelto a existir”. Aunque suene a broma, no deja de ser una verdad implícita en este mundo capitalista en donde, dependiendo la cantidad de recursos que tengas, aumenta tu importancia para la sociedad misma.

Centrando en mí la crítica, me llena comprar películas y libros que, probablemente, tarde mucho tiempo en ver o leer, pero el hecho de tenerlos me satisface, me alegra y me da un sentimiento de plenitud bastante profundo, y me siento humano.
           
Un día quería ver una película y me dije “¿Este Anime o esta gringa?”, cuando escogí la gabacha note que había comprado la animación sólo para tenerla, no me era prioritario volverla a ver tras 20 años y, lo más seguro, es que jamás la vea de nuevo.


Eso mismo me pasa con muchos otros filmes que simplemente compro sin la intención verdadera de verlos nuevamente, porque comprarlos y/o poseerlos, es lo que me hace feliz, no volver a ver la historia. Con el recuerdo debería tener suficiente, pero no es así, por lo que debo gastar en ello para sentirme feliz o, mejor dicho, menos angustiado porque existe y no la tengo.

Es como si el tener la película física validase los recuerdos o sensaciones que tuve al verla en su momento, y ahí te das cuenta que comprar en sí es una satisfacción per se, a veces más grande que el mismo producto que adquieres, porque el hecho de poseer puede llegar a ser más profundo que el disfrutar lo adquirido. Literalmente es una sensación de poder.

Esta cuestión de comprar por satisfacción se complementa con otro engaño que nos han implantado en el inconsciente de manera profunda: “Entre más compras, más ahorras”, una de las trampas mejor diseñadas del sistema y que se refleja perfectamente en una tienda que, en teoría, te da cierto status ser su “socio”.

La dulce trampa del Costco.


Gran parte del mundo moderno está diseñado alrededor de lo que adquirimos y el dinero que, supuestamente, nos ahorramos con dichas compras. Como pagamos barato, tenemos la posibilidad de consumir más, una vez que entras en dicha dinámica es difícil detenerse, porque quieres ver en dónde más puedes “ahorrar”.

De hecho han pervertido tanto nuestra percepción de la realidad, que estamos convencidos que podemos ahorrar a través de las compras, del endeudamiento y eso es más atractivo que tener tu inversión segura en otro lado, ya que no es vistoso, ni bonito, ni da esa felicidad inmediata de abrir un empaque y disfrutar el olor a nuevo. En cambio, rodeado de cosas llamativas, el “ahorrar” se siente más satisfactorio.

En Costco hay tantas ofertas tan atractivas que decía “¡Está barato!” y lo llevaba sin dudar para que, al llegar a casa, me diera cuenta que ya tenía dos o tres unidades del mismo producto.
 
Así sí me quedaría en Costco H_H
Es una tontería esa satisfacción de “comprar y ahorrar un chorro”, casi una creencia de volverte millonario por el dinero futuro que te estás ahorrando. Lo que no ves es que tienes los recursos almacenados en mercancía que, ciertamente, algún da utilizarás pero, por lo mientras, no está creciendo en alguna inversión.

Por otro lado, como te “sobra” dinero, optas por comprar más cosas bonitas que, generalmente, no necesitas. Pero se te crea la necesidad, ya que dichos productos hacen tu existencia más fácil o bonita. Obviamente casi nadie se da cuenta que han podido vivir sin ese maravilloso producto que ahora resulta que es indispensable.

Mi chip empezó a cambiar cuando vi la actitud mesurada nipona, y me decía “Pero eso de comprar de a poquito a la larga sale más caro”, pero tras mucho razonar, me di cuenta que eso es lo que el sistema nos hace creer. No entra en nuestras cabezas esa postura de no comprar más que lo indispensable.


Uno supondría que el sentido común sería suficiente tope, ya que no deberías gastar más de lo que ganas, pero con las tarjetas de crédito que, casi casi, te regalan, son pocas las personas con la suficiente disciplina e inteligencia para no vender su alma al banco a través de dicho plástico.

Es increíble lo fácil que la gente se entrega a esta situación, sin cuestionar. No sé si alguna vez vaya a dejar por completo esa dinámica consumista pero, por lo menos no estoy tan mal. Y es que invierto en viajes, ahorro de verdad (no en compras), llevo una existencia con lujos mínimos, busco siempre la mejor relación calidad precio y nunca gasto más de lo que tengo en mano.

Pero aún no era suficiente y, como quiero alejarme de esa vorágine consumista enferma, decidí traspasar la membresía en Costco, lo cual es considerado un pecado en mi círculo social, ya que comprar en dicha tienda es una especie de meta aspiracional a la cual no todos tienen acceso. Incluso hay gente que paga la membresía, para ser parte de ese “selecto” club, aunque sus compras no justifiquen el costo de dicha afiliación.
 
Audrey seguramente era mesurada al comprar
Yo sí compraba, y compraba bastante. Caí en la trampa de la membresía ejecutiva que te da un porcentaje de tus compras en “dinero” de regreso, así entre más compras, menos pagas de renovación. Así que le di la tarjeta adicional a una mujer gastalona (perdón por la redundancia) y prácticamente no pagaba la cuota anual, por el monto de compras que hacíamos.

Con los años mis necesidades fueron disminuyendo, mientras que las de ella y su familia se seguían multiplicando. Ahí decidí dejarle la membresía a ella y su mamá que, con el nivel de gasto que manejan, no dudo que dejen de pagar membresía el resto de su vida, e incluso saquen “ganancia”

Me tomó unos meses tomar la decisión, ya que veía una cantidad de artículos que me gustaba comprar, y me pregunte “¿Puedo encontrar fuera productos similares?” Sí, aunque no en la misma presentación ni el mismo precio. Y, de todas, formas, decidí salirme.

¿Por qué?


Porque, al final, aunque fuera los precios sean más caros, a la larga voy a gastar menos. Ya que iba a dejar de adquirir muchas cosas que en realidad no necesito. Pero justamente ése es parte del “encanto” de Costco: comprar cosas bonitas, que tal vez no necesites pero resultan tan llamativas y prácticas que sería un pecado no comprarlas pero, como dice Carlos Ruiz Zafón “Nadie sabe que tiene sed hasta que prueba el agua” y, seguramente, podrías continuar con tu vida sin esos productos, el caso es no conocerlos.

Deje Costco para gastar menos y no depender de una tienda que, a un nivel, te tiene bien amarrado por toda esa “conveniencia” que te ofrece. A ellos no les importa darte “dinero” de vuelta (y lo entrecomillo, porque sólo te lo dan si sigues con ellos), es más para ellos la membresía es un simple pretexto, una ilusión que te da status, para que los que ahí compran se sientan más importantes que el resto de humanidad.

Para ellos es importante que gastes y que lo hagas cada vez más, que te sientas diferente y exclusivo a través de tus compras. Por ejemplo, cuando compro en la Gran Bodega (supermercado local de bajo perfil) no me siento importante ni exclusivo por ir ahí, ¿por qué? Porque cualquiera puede hacerlo, así que puedo enfocarme en las mercancías que realmente necesito y no en sentirme más importante que nadie.

Pero ése sólo soy yo ya que, a la mayoría de la gente, no sólo le importa “ahorrar” en sus compras, sino que el lugar al que van los haga sentirse importantes y exclusivos. Esa dinámica trae consigo otra trampa.

Más barato + Más Producto = Más desperdicio

No sólo es comprar más, el hecho de tener más productos a menores precios te van tornando en un despilfarrador. Por ejemplo, al tener un Shampoo jumbo, no eres tan mesurado como con la presentación normal, o al comprar una caja grande de detergente, también te vuelves más generoso con su uso.

Recuerdo que una vez la mamá de Nadia me mostró cómo usaba el detergente líquido, y lo hacía de una manera inteligente y mesurada. Yo utilizo el mismo detergente para trastos, pero como lo compraba en presentaciones grandes, la cantidad que utilizaba era considerablemente mayor.


Con el shampoo me pasaba igual, como tenía varios y de distintas presentaciones, pues me echaba más del necesario “para hacer más espuma” me decía a manera de chiste. O con el mouse para el pelo, como había comprado tantos y tan baratos, pues me echaba más de lo normal.

Esa actitud nace de manera inconsciente, porque al tener exceso de algo no tiendes a medirte y te vuelves descuidado, además tienes tanto que no te duele despilfarrar y, aunque desperdicies, está tan “barato” que puedes comprar más con todo el dinero que te “ahorraste”. Y es que adquirir a precios bajos te vuelve adicto a esa sensación de “ganarle” a los demás porque tus compras son más baratas que el resto.

Breve conclusión.

Sé que el que esté cambiando mi actitud hacia el consumo no va a cambiar al mundo, porque seguiré viendo las largas filas en los bancos los días de cobro, así como seguiré presenciando a los Ricos de Tres días cuando van a gozar de su efímera riqueza. Esa misma gente que vive constantemente endeudada y que sufre para salir del mes, ya no digamos que tenga dinero suficiente para afrontar un retiro.

Ahora, siendo honestos, ¿Voy a dejar de consumir? Eso lo veo difícil. Sé que cuando vaya a Ross, a Hot Topic o alguna tienda con cosas bonitas en el extranjero compraré mucho. Por fortuna no vivo en el extranjero y mi rutina comercial en México la tengo bien controlada.

Cancelar a membresía en Costco es un primer paso para volverme más mesurado con el dinero, lo cual no quiere decir que me vuelva un tacaño sin remedio pero tampoco quiero ser un tipo inconsciente de sus recursos y los del planeta.

Sé que al Costco le vale madres que ya no compre en él, porque cada vez hay más gente ansiosa de comprar ahí. Pero el cambio es importante para mi propia existencia al alejarme un poco de esa dinámica de “Entre más compras, más ahorras”.


Este movimiento me da algo de paz interna, me siento feliz al alinearme con lo que he visto en países como Japón o Alemania en donde, a pesar de ser capitalistas, su relación con el dinero y el consumo es más sana. El hecho de que existan culturas enteras que comulguen con esta visión financiera mesurada me hace sentir extrañamente satisfecho con este movimiento.


Hebert Gutiérrez Morales.

sábado, 14 de octubre de 2017

La comida en Japón

En Kamakura
A pesar del gusto que le he agarrado al viajar, tengo claro algo: no soy un turista culinario. Es raro que me vean probando cosas raras a los lugares que voy. Obvio sí como lo típico que ofrece cada lugar, pero tengo mis límites y/o niveles de riesgo. Sin embargo, al ser Japón el país de mis amores, adopté una actitud totalmente diferente respecto a la comida.

Y es que me la pasé tragando como cerdo, ya que en todos lados (y a todas horas) me la pasaba comiendo y probando diferentes cosas, siempre acompañado de su debido postre, de hecho nunca había comida tantas crepas ni helados en un período de dos semanas ¿Por qué (casi) no comí dulces típicos japoneses? Más adelante lo comentaré.
 
Este Tako Yaki me calcinó la lengua en Odaiba
            Comer lento

            Lo maravilloso de la comida japonesa es que tienes la impresión que es abundante, quedas satisfecho cuando, en realidad, comes mucho menos que en México o en Estados Unidos, además de ser más saludable. Pero no sólo es el tipo de comida, sino la manera en que la comen.

            La comida en Japón te la sirven excesivamente caliente por lo que alguien atascado, como yo, inevitablemente se quema la lengua, pero también tiene su razón de ser. Por ejemplo, en Odaiba fui a la sección de Yaki Tako (o Tako Yaki) y me sirvieron el pulpo en bolitas con distintas presentaciones. Se veía tan bueno que cuando empecé con mi clásico ritmo atascado, me di una santa quemada, así que tuve que ingerir de manera pausada, algo que te hace disfrutar mucho el plato.
 
Esta delicia la comí en Odawara
            Ahí está el meollo del asunto: la comida japonesa está hecha para que la degustes poco a poco, que tu paladar la vaya saboreando bocado a bocado, y al comer lento disfrutas más tus alimentos. La cocina nipona no se presta para que te atragantes, es por eso que comen con palillos, o por lo cual son tan afines a los fideos y al arroz, para que engullas lento.

            Por esa misma cultura de comer lento, no es muy común encontrar porciones grandes. Eso lo comprobé al momento de comer una hamburguesa endémica de la isla.
 
Me hubiera gustado probar una de éstas
            Porciones pequeñas (Mos Burger)

Cada vez que regresaba a casa de Paco en Ichikawa, pasaba por un local de hamburguesas llamado “Mos Burger”, que es una cadena local de comida rápida. Así que decidí salirme un poco de los Teppanyaki, Okonomiyki, Sushi y Gyuudon, para probar una versión asiática de algo que forma parte de mi status quo occidental.

Así que cuando llegue pedí el paquete “Súper especial” el que contenía la hamburguesa más grande con las papas más generosas. A pesar de ser una cadena de comida rápida, la verdad se tomaron su tiempo para prepararla. Luego me enteré que esto es normal, ya que no tienen nada precocinado, todo lo hacen al momento del pedido.
 
Okonomiyaki en Kioto
Cuando me la sirvió el muchacho la verdad me sentí muy decepcionado: la hamburguesa era de tamaño estándar al igual que las papas. Antes de reclamar, observe al resto de comensales, y vi que sus hamburguesas eran como de tamaño infantil, así que era obvio que yo tenía la más grande.

Y ahí entiendes las versiones tropicalizadas de los productos según el país: así como en México tenemos hamburguesas con guacamole, chilaquiles o huevo, en Japón adaptan el producto a su idiosincrasia mesurada y eso se refleja en los tamaños más pequeños.
 
Okonomiyaki en Nara
El sabor estaba bien, nada del otro mundo, y por lo menos me quite un pendiente de encima respecto a su comida rápida. Después le pregunte a Paco si era lo mismo en McDonald’s o Burger King y me corroboró que esas mini hamburguesas es el standard en todos lados de la Isla.

Los Buffets

Al ser un pueblo mesurado, el concepto de Buffet es algo que de inmediato te intriga y tuve la oportunidad de estar en un par de ellos.

En mi primer día en Tokio, en la calle Takeshita, vi un Buffet de pastas y, como ya tenía hambre, opté por entrar. Lo primero que note es que había un letrero que te anunciaba que tenías 50 minutos para comer todo lo que pudieras a lo que pensé “Bitch, please! Denme 30 y como el doble que ustedes”

Aunque el lugar era tipo estudiantil, había bastantes extranjeros en el mismo, supongo que por esa necesidad de comer más de lo que te sirven a la carta en los restaurantes. A pesar de ser un lugar juvenil, el ambiente era bastante elegante, ya que todo estaba impecable, bien arreglado y bien producido. Hasta me sentía fachoso para el sitio, sin embargo el resto de comensales también iban de la misma forma.
Nikuman que comí en Kamakura

A diferencia de los megabuffets que puedes encontrar en Estados Unidos y en México, el Buffet Japonés es más pequeño, por lo que no tienen tantos platillos, por lo que todo es más pétite, además de que está arreglado muy mono, tanto que hasta pena te da tomar del plato porque no les quieres desacomodar.

Tal como había pronosticado, en media hora ya había acabado con todo y postre, así que su restricción de 50 minutos me hizo lo que el viento a Juárez. Igual y esa limitante de tiempo es efectiva con los locales, acostumbrados a comer lento y degustar sus alimentos, pero para tragones profesionales de occidente (como yo), el tiempo no es factor al momento de tragar como marrano.
 
Shabu shabu
Después me di cuenta que el límite de tiempo también es para que se les desocupen lugares y es que, como el nipón come de manera pausada, los podrías tener comiendo un buen rato y no fluirían los comensales en cada local.

El segundo Buffet que visité fue en Kioto, en compañía de Paco y su familia, fuimos a comer Shabu Shabu, un platillo de origen coreano en el que te dan lonchas delgadas de carne para que las frías frente a ti, todo esto mientras te sirves el resto de guarniciones para acompañar.
 
Mi Plato con el vasito coqueto de Té Verde
Al igual que todos los Buffets en Japón, tienes un tiempo límite (en esta ocasión era una hora) pero de todas formas mi capacidad de tragar me aseguró un buen botín sin siquiera rasgar el tiempo máximo. En resumen, creo que los Buffets nipones deben sufrir cuando reciben a un occidental.

Las bebidas

El japonés está delgado y sano no sólo por lo que come, también por lo que bebe. No sé si sea por ley o por costumbre, pero en todos los restaurantes te dan agua simple de manera gratuita y en algunos otros, incluso te dan té verde sin costo alguno.
 
Así como Audrey, los nipones disfrutan su té
En mis dos semanas no vi a ningún japonés tomando refresco, sólo a los extranjeros. Pero el evitar el refresco no sólo es bueno para su salud, también lo es para su economía, ya que te ahorras mucha azúcar en tu sangre y algunos yenes en el bolsillo al tomar agua simple o té verde.

Aunque no todo puede ser ventajas, ya que el exceso de Té verde contribuye a que los nipones tengan los dientes chuecos, y es que es casi imposible encontrar a uno con la dentadura perfectamente alineada y, me parece, eso lo encuentran muy estético (cosa que no entiendo).

Se dice que los viajes lo cambian a uno y yo, que no acostumbraba a tomar té (y mucho menos verde), al regresar de Japón se me quedó la costumbre y ahora tomo una taza a diario en el trabajo.

Para cerrar el tema de las bebidas, algo que siempre me ha fastidiado en el extranjero es a tomar agua del grifo, es algo a lo que simplemente no me acostumbro, pero es de ahí de donde se toma la mayoría del agua en Japón. Obvio te venden agua embotellada, pero ya será por decisión propia, no por necesidad además, no es de extrañar, los que compraban el agua embotellada eran los Gaijin, no los locales.
 
El horrible Dango con caramelo
El paladar japonés.

A través de su comida me di cuenta que el paladar japonés es muy distinto al mexicano. Y es que puedes encontrar muchos sabores agradables, sutiles, muy finos de degustar, incluso exquisitos. Pero, de igual forma, llegas a encontrar sabores en exceso fuertes, desconcertantes y bastante desagradables.

Eso me hizo recordar Cuba, cuando probé su bebida de “Malta” o algo así, que ha sido de las cosas más asquerosas que he degustado, pero a los cubanos les encantaba. Un sabor así encontré en los Dango de caramelo nipones, mismos que seguramente a los cubanos les encantaría al igual que lo hace con los japos pero, hasta donde sé, a los mexicanos que conozco que lo han probado, nos ha resultado bastante desagradable.
 
Pues sí, con lugares así el paladar debe ser distinto ¬_¬U
Y ahí recordé que a Paco le había ofrecido llevarle botellas de Salsa Valentina y, con todo el dolor de su corazón, me las tuvo que rechazar: “Ya mi estómago no aguanta ese picante, me irrita demasiado”.

Uno podría decir “¡Qué mamón!” pero el metabolismo se va adaptando al lugar en donde vives. Por ejemplo, me encantó el Shabu Shabu que mencioné líneas arriba pero, casi al terminarlo, tuve que ir directo al baño porque me resultó una especie de laxante (y eso que era carne roja, mi razón para existir). Y es que tu organismo está adaptado a un ambiente, así que toma tiempo que se adapte a otro.


Volviendo al paladar nipón, en teoría, los japoneses no comen picante (aunque sí encontré algunos ingredientes muy parecidos) pero, al mismo tiempo, tienen complementos con sabores muy fuertes, como el auténtico Wasabi, el original, no el genérico que nos dan en México, o el jengibre (igual, el original).

A pesar de que estoy acostumbrado a comer chile, y aunque le echaba cantidad mínima de Wasabi a los Sushi, siempre me sacaba lágrimas por lo potente que estaba, así que cada vez le echaba menos, pero el efecto era el mismo. Lo malo es que no podía dejarlo, porque ese sabor fuerte crea adicción.

Ese mismo efecto adictivo me ocurría cuando comía Gyudon en Yoshinoya, porque me hice fanático del Jengibre que, aunque Paco me dijo que era para matar el sabor entre platos, yo le echaba con singular alegría a mis platillos, cual si fueran rajas o cebolla que le echas a los taquitos.


Eran sabores diferentes a lo que estoy acostumbrado pero igual de fuertes que nuestros condimentos así que, se dice por ahí, “a falta de pan, tortillas” y me paladar agradeció tener acceso a estos sabores potentes.

Como sé que los japoneses no comen cosas raras (por ejemplo perro, gato, rata o víbora como sí hacen los chinos), hubo un punto en el cual deje de fresearme y empecé a probar platillos sin saber del todo qué era o qué llevaba. Así que ya no analizaba qué comía, sólo lo pedía y ya, por lo cual encontré algunos sabores extraños y otros deliciosos.

Generalmente el sabor, textura y presentación de su comida me encantó, aunque la calidad de sus ingredientes la aprecié hasta que regresé. En mi estancia en la Isla, cada vez que iba al baño, todo “fluía” de manera excelente (de por sí tengo buena digestión), así que no tuve nada de qué quejarme.
 
Desde siempre los nipones han sido delgados
Cuando llegué a Los Ángeles y cene allá, más tarde comprobé que los ingredientes de acá tienen más conservadores, son menos naturales o más industrializados, además de tener más grasa y ser menos sanos. También por eso los japoneses están delgados, sanos y viven más.

Los Sushis en barra

En Kioto, Paco y su familia me llevaron a un restaurante que se podría calificar de popular, porque Shinji se emocionó mucho al enterarse que íbamos a comer allá. Por desgracia se me olvidó el nombre, pero recuerdo perfectamente la característica del sitio.

Por lo mismo que era un lugar popular, llegamos y tuvimos que esperar a que se desocupara un lugar. El restaurante era enorme, por lo menos unas cincuenta mesas para cuatro personas y por cada mesa pasaba una barra con sushis preparados los cual podías ir tomando y el sistema iba registrando tu cuenta.


Los pocos meseros que había estaban para las bebidas o la cuenta, ya que la comida te llegaba por la barra. De hecho, si no estaba el sushi que buscabas, podías pedirlo a través de un dispositivo en tu mesa y, mediante la misma barra, te lo hacían llegar.

El restaurante era como viajar al futuro y la comida, además de nutritiva, en verdad estaba muy buena. Tal vez es porque estaba en Japón, pero el Sushi sabe diferente allá, se dice que por los ingredientes, ya que el pescado es selecto así como el arroz con el cual lo elaboran.

En este restaurante probé el famoso pez globo aunque, siendo honestos, no me pareció la gran maravilla. Ciertamente tiene un sabor fuerte y muy particular el cual encuentran exquisito los japoneses. Aunque no lo volvería a probar, puedo decir que ya lo comí y no me morí envenenado.


Aunque disfruté mucho este restaurante, la verdad es que mi sitio favorito para comer fue uno más tradicional, con comida deliciosa, a un precio bastante barato.

Yoshinoya

La noche que Paco y yo llegamos a Kioto me dijo “Te voy a llevar al equivalente de unos taquitos al pastos aquí en Japón”, y me llevó a un localito a la vuelta de su casa.

Yoshinoya es una cadena de restaurantes de comida japonesa que encuentra por toda la isla. Su carta es relativamente breve, enfocándose en la comida más práctica, nada muy elaborado pero con un sabor y calidad excesivamente altos aunque, siendo honestos, es difícil encontrar algo en Japón chafa o mal hecho, sí lo hay, pero es raro encontrarlo.
 
Mi amado Yoshinoya
Por la sencillez de su menú, Yoshinoya es considerado un restaurant de comida rápida con la salvedad de que es nutritivo y saludable. Suelen ser locales pequeños, algunos llegan a tener algunas mesitas pero generalmente comes en la barra.

Me encantó la comida de dicho lugar, tanto que comí en distintos Yoshinoya a lo largo del viaje, incuso mi última cena en Japón la hice en uno de estos locales dentro del aeropuerto de Haneda, de hecho casi lloro de la emoción cuando encontré mi amado restaurante en un rincón escondido.
 
Mi última cena en Japón :'-)
El anhelo del anime

Ya lo he comentado ampliamente en otros escritos pero, sin duda alguna, la fuerte influencia que la animación japonesa ha tenido en mí contribuyó mucho a que me arriesgara a probar infinidad de platillos.

Por esa influencia comí de todo: shabu shabu, sushi, tonkatsu, Ramen, Teppanyaki, Omanjuu, okonomiyaki, Nikuman, Momiji y demás, mismos que había visto en distintos anime así que, cuando los comía, casi se me salían las lágrimas al cumplir esos anhelos pendientes.
 
Momiji
Los Dulces

Hubo dulces o postres que me gustaron mucho en Japón, como el Momijii, otros dulces muy monos que me compré en Kioto o incluso el pan de melón (en México la conocemos como Concha) que degusté en Sensouji. De igual manera compre Kit Kats de sabores exóticos como Matcha, Sakura y Te Verde.

Esas fueron las experiencias buenas, pero hubo otras (como el Dango de Caramelo) que me hicieron más precavido, ya que el sabor horrible de este último fue algo que no quise repetir.

De hecho eso ya lo sabía desde mis días de clase de japonés, porque nuestros Sensei nos traían dulces típicos japoneses y, la verdad, les faltaba sabor, les faltaba punch o no eran dulces en absoluto. A partir de entonces comprendí que el paladar nipón era muy distinto al mexicano.

Aun así me arriesgaba en los Seven – Eleven, cadena que nació gringa pero que ahora es de capital japonés, lo cual se nota porque hay por todos lados. Al momento de comprar dulces o botanas, a veces leía el hiragana tratando de descifrar qué demonios me iba a comer, en otras ocasiones me arriesgaba y compraba a ciegas algo diferente. Muchas veces me salía algo que sabía feo, así que me dejaba de arriesgar por un par de días y compraba cosas conocidas.
 
Mi Pan de Melón
Carne, leche y verduras.

El nipón consume muchas verduras en su comida. A pesar de ello, a diferencia de lo que muchos puedan pensar, no lo calificaría como un país para vegetarianos, ya que la carne está presente en casi todos sus platillos, primordialmente el pescado y el marisco, pero también hay una presencia representativa del pollo y la carne roja.

La carne roja tiene relativamente poco tiempo que la consumen de manera generalizada: con la occidentalización que hizo Estados Unidos en la Isla después de la Segunda Guerra Mundial es que el nipón empezó a incorporar la carne roja a su dieta con mayor frecuencia. Sin embargo, hay un elemento bovino que no han terminado de adaptar: la leche.

El japonés no está acostumbrado a tomar leche por eso mismo, y por el alto consumo de té verde, tienen los dientes feos. Además de eso, por el bajo consumo de leche no hay mucha variedad de cereales, es por eso que las Zucaritas, Cheerios, Choco Crispís, Froot loops ni Capt’n Crunch ni ninguna otra de esas maravillas está disponible en Japón o, por lo menos, no las vi.
 
Dulces fresones de Kioto
Ahí es donde te explicabas que estaban tan chaparros hasta la segunda guerra mundial porque sin carne y sin leche ¿Cómo demonios iban a crecer? Y eso se veía en los edificios antiguos en donde los pasillos, pasajes, puertas y demás estaban adaptados para gente de baja estatura.

A partir de 1945 hasta el presente, el japonés ha subido su estatura promedio en más de 20 centímetros, primordialmente por el aumento en la ingesta de carne roja (con todas sus hormonas), aunque el consumo de leche sigue pobre y, por lo mismo siguen con los dientes feos aunque, por otro lado, casi no tienen obesidad.

Costumbres

Una delicia de la cultura japonesa es esa conciencia de estar agradecidos con lo que tienen, producto del gran trauma que vivieron tras la culminación de la gran guerra en 1945, y es que se vieron muy apretados y eso los marcó de por vida a nivel cultural.
 
Tonkatsu que comí en Nakamise
Así que, invariablemente, vas a ver al japonés agradecer por sus alimentos, no importa que coman solos o acompañados, siempre muestran esa gratitud por tener esos deliciosos platillos que degustar.

El ver comer a los japoneses es algo antropológicamente interesante, y es que pueden ser muy pulcros, muy cuidadosos e incluso elegantes al momento de ingerir sus alimentos. Por otro lado, ves detalles como que comen directamente del plato y lo levantan de la mesa. Obviamente eso allá no es mal visto, pero resulta curioso para lo que se entiende como buenas costumbres de este lado del planeta.


Regresando a la comida mexicana

Tan sólo pasaron dos semanas y mi cuerpo se adaptó plenamente a la dieta japonesa, misma que puede resultar muy saludable, con muy poca grasa. Pero también tienen sus opciones engordantes, así que puedes comer tan saludable como tú quieras o tan engordante como desees.

Pensándolo con calma, esa regla es válida para todo el mundo, incluso en México con nuestra comida tan engordante, con un poco de disciplina, puedes comer muy sano pero, la voluntad no nos distingue mucho, ya que nuestro tragón país es primer lugar mundial en obesidad.

A pesar de que disfrute mucho la comida en Japón durante las dos semanas que estuve, ya en los últimos días anhelaba comerme unos taquitos al pastor, una birria, unas enchiladas o una cochinita pibil.


Cuando regresé a México ví los beneficios de la dieta japonesa, ya que había bajado cinco kilos en mis dos semanas, además los primeros días comiendo en mi país, me di cuenta que me llenaba más rápido, y que ingería menos de lo que normalmente hacía hasta antes del viaje.

Ya después todo valió madres, porque recuperé mi apetito normal y, con ello, el peso perdido. Aunque me quedó la consciencia que soy capaz de cambiar mis hábitos alimenticios e incorporar nuevos elementos, como el caso del té arriba mencionado.

No hay como la comida mexicana, y eso nunca lo he puesto en duda, pero la comida japonesa fue una grata sorpresa para mí que siempre he sido de comida engordante y, por dos semanas, me di cuenta que puedo comer rico y saludable.


Hebert Gutiérrez Morales.