domingo, 23 de octubre de 2016

La Naturaleza de la Discriminación (Primera Parte)

            Alguna vez, en “La Mustia apariencia del Nito” me atreví decir que en México no somos tan racistas como en Estados Unidos, así que no debíamos copiar sus posturas mustias para fingir igualdad en la sociedad.

            Ofrezco disculpas por una aseveración tan equivocada (o sea, estaba bien pendejo).

            En realidad, en México somos unos prejuiciosos de mierda, ciertamente hay algunas culturas más retrogradas que nosotros pero eso no quita que seamos unos racistas, homofóbicos, machistas, misóginos, clasistas, convenencieros, barberos, malinchistas y demás calificativos que nos hemos ganado al ser una cultura tan poco tolerante y, por ende discriminadora.

            En este par de escritos, voy a compartir diversos casos míos o cercanos para ejemplificar esta actitud.

¿El agua no se le niega a nadie?

            Iba corriendo una calurosa tarde hacia la Pirámide de Cholula cuando un niño le dice a su padre “¿Y si le preguntamos a él Papá?” mientras me señalaba, a lo que voltee y eso le dio pauta al chamaco.

            “Señor” me dijo, a lo que asentí a modo de respuesta y el niño prosiguió “¿Me da de su agua?” señalando el cilindro que llevaba en la mano. Muchas veces pecaré de culero y egoísta, pero aún no llego a los niveles como para negarle agua a un escuincle sediento de unos seis años en una tarde calurosa. Así que le tendí el trasto.

            Mientras el pequeño bebía con ahínco, el papá me pedía indicaciones para tomar el camión de regreso a su pueblo. Ambos se veían de extracción muy humilde, gente decente pero de muy escasos recursos. De hecho sólo llevaban dinero suficiente para el camión que los lleva a su casa, así que aún debían caminar como 5 kilómetros para tomarlo.

            En eso el niño terminó de tomar y, con toda inocencia, le pasó el cilindro al padre que, también muerto de sed, empezó a beber. En dicho momento me quedé petrificado, digo no tenía ningún empacho en que el niño tomara de mi agua, pero el padre ya era otra historia.

¿Cómo explicarlo? Siendo honestos, me dio asco, y no por su clase social, sino por los dientes de tono amarillo verdoso que exhibía el señor. Así que, cuando intentaron devolverme el cilindro, les contesté con tranquilidad “Mejor quédeselo, igual y les falta mucho tramo por caminar”, detalle que me agradecieron profundamente y siguieron su camino con la idea de que era un gran tipo, cuando, en realidad, no lo soy.


Podría argumentar una cuestión de higiene, pero sé que eso no es cierto. En algunas ocasiones, mis compañeritas adolescentes de Jazz toman de mi cilindro de agua, y con mucho gusto las dejo hacerlo sin asco alguno. Si somos lógicos, no sé mucho de la vida de estas chicas, igual y tienen muchos novios o igual y no. Con lo loca que está la juventud hoy en día (y con lo guapas que están las chicas) es muy probable que se anden besuqueando con algunos chamacos.

El otro señor se veía muy decente y, al ser de campo, en teoría su estilo de vida sería más sano, así que me debería dar más asco que las chicas tomen de mi agua que él. ¡Ah! Pero hay otros factores involucrados.

En primer lugar el atractivo, no es lo mismo arriesgarte con la saliva de  una hermosa chica que la de un señor grande. Por otro lado el hecho de la “igualdad” influye mucho, ya que las muchachas de mi clase, de alguna manera, son mis iguales mientras que el otro señor no, por lo menos desde el punto de vista socioeconómico. Además, el hecho de que haya sido un desconocido influyó determinantemente en mi rechazo.


Al final del pasaje, padre e hijo se llevaron una buena imagen de mí aunque, en el fondo, no fueron muy nobles las razones por las que les regalé el agua. Por cierto, retomaré este pasaje en las conclusiones del segundo escrito.

Amores en Burger King

            Alguna vez, platicando con una amiga, le hice la siguiente pregunta: “Si encontraras al amor de tu vida ateniendo en un  Burger King ¿Lo tomarías?” Sin pensarlo ella respondió de inmediato: “No”

            Le decía que podía estar ahí pagándose sus estudios y que podría tener un futuro muy prometedor, a lo que ella me vio con una mirada de ternura “Hebert, ¿Cuántos millonarios conoces que atendieron un Burger King?” sin necesidad de esperar mi respuesta prosiguió.

            “Mira, he llegado a un punto en mi vida en que no sólo busco el amor, sino busco a alguien acordé a mis ideas, principios, valores pero, no lo voy a negar, también de acuerdo a mi status socioeconómico. Para ustedes como hombres es más fácil, porque pueden recoger a una chica sencilla y nadie se las hace de jamón pero, como mujer, no nos podemos dar el lujo de aceptar menos de lo que somos y, las que lo hacen, usualmente pagan el precio de su atrevimiento.”

            La fría honestidad de mi amiga me dejo perplejo pero, analizándola con calma, no había mucho que le pudiera reprochar. Y es que hay reglas que no están escritas pero que todos respetamos, como lo es codearte con gente que percibas como tus iguales. Así como explico en el siguiente punto.
           

Tender la mano a tu prójimo

El dicho “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, en realidad es una adaptación de uno semita que dicta “Ama a tu prójimo judío, como a ti mismo”, en donde se demuestra la fuerte solidaridad que los integrantes de dicha religión tienen entre sí y, por otro lado, una clara exclusión del resto de religiones.

            Sin embargo, aunque el pueblo judío no es propiamente popular en el mundo por esta actitud, que demuestran de manera pública, el resto de las sociedades no son tan distintas.

            Los bancos sólo te prestan cuando tienen la seguridad que puedes pagarles, lo cual me parece muy prudente y por lo mismo me he adaptado a aplicar dicha regla. Porque, muchas veces, por ayudar a alguien, he acabado perjudicado en mi patrimonio.

            Así que he aprendido a prestar dinero a muy pocas personas, y sólo lo hago a gente que considero que está a mi nivel en valores y socioeconómico. Eso no impide que muchos vengan en busca de un préstamo de manera constante sin embargo, como sé que la mayoría de ellos no tienen cómo pagarme, he optado por decir que no.

Esta actitud no me impide dar limosnas o dádivas, si el monto es pequeño, y ésas las doy con la certeza en mente que no voy a ver el dinero de vuelta, lo cual pasa casi siempre, a pesar de que todos dicen y juran que me van a pagar.

Muchos dirán que soy injusto y culero, y tienen razón, sin embargo, no espero un trato diferente hacia mí si caigo en la misma situación.

Si llegara a perder mi fuente de ingresos (mi trabajo), no tengo ninguna expectativa que el resto de la gente me trate de la misma manera que lo hace ahorita. Si llegase a quedarme sin empleo (o tener uno de menor categoría) de inmediato dejaría de ser de la misma “clase social” que mis camaradas, así que optaría por alejarme de casi todos los que conozco en la empresa, a excepción de dos personas que en verdad son mis amigas.


Y es que ya no podría mantener el mismo status, los mismos lujos, las mismas pretensiones y, para acabar pronto, no tendría las mismas posibilidades que ellos. Al final, el saber que alguien tiene las mismas posibilidades que tú, te da cierta tranquilidad sobre el cumplimento del compromiso. Si te llegas a comprometer con alguien con posibilidades inferiores al monto prestado, y no te pagan, la culpa recae sobre ti por arriesgarte tan tontamente.

            Aunque se nos educó con la idea de que todos somos iguales, en los hechos, normalmente nuestro círculo social se compone de gente con características similares a las nuestras, sobre todo, con el mismo poder socioeconómico. Cuando alguien de tu círculo pierde el status que compartía con el resto, tal vez no de inmediato pero, eventualmente, va a acabar saliendo del círculo.


Normalmente se da la oportunidad a que el individuo salga por voluntad propia y, si no lo hace, el resto del grupo lo va excluyendo de manera silente “Ya no es igual que nosotros” es el pensamiento que todos comparten pero que nadie expresa, porque es más una especie de acuerdo tácito, natural e inconsciente que una decisión tomada de manera explícita.

            Y es que, si te sigues llevando con alguien que ahora es “inferior” a ti, el que tiene todo que perder y nada que ganar eres tú, ya que arriesgas tu capital social y económico, porque antes sabías que la otra persona tenía con que respaldar sus deudas o favores, pero ahora ya no, y es un acto de buena fe.


Pero los actos de buena fe son más fáciles de hacer entre iguales porque cuando es entre alguien superior e inferior se le llama limosna, y de ese no se espera una retribución. Pero dar o recibir una limosna de alguien que antes era tu igual ha de ser uno de los actos más difíciles para ambas partes. Entonces se debe pretender que siguen en igualdad de condiciones pero, al no haber un respaldo para dicha igualdad, la relación se torna incomoda e insostenible en su estatus anterior.

Pero bueno, para que no me odien (más), y para que vean de esto de las “lealtades” entre personas de la misma clase social funciona en ambas direcciones, ahora voy con dos casos en que he sido discriminado.


El Corte de pelo

Seis semanas después de haberme rapado, me tocó irme a “despuntar”, así que fui con mi estilista de cabecera. Casi siempre tengo suerte y no hay gente delante de mí, así que me suele atender de inmediato.

En esta ocasión había un chico antes que, casualmente, se estaba haciendo el mismo corte tipo militar que estaba por hacerme. Cuando termino y le cobró, noté que el monto era mucho menor del que normalmente me cobra.

            Pasé a que me cortara el cabello, platicamos amenamente y, al momento de pagar, me cobró la tarifa de costumbre. De manera tranquila, le cuestioné sobre la diferencia de precio por el mismo servicio, pero la chica se puso roja (supongo que no esperaba la pregunta de mi parte) así que, al ver su incomodidad, le dije “No te preocupes, así está bien”.

            La explicación que, supongo, la chica no me pudo dar es que el chavo anterior era más humilde, de una clase social similar a la de ella, por lo cual hay cierta solidaridad. En mi caso, claramente no pertenezco a “su” status, así que está bien si me cobran más porque tengo con qué pagar la diferencia.

            No crítico a la chica, de hecho admiro la lealtad hacia sus iguales, lo único en que tendría cuidado es en no hacer evidentes esas diferencias ya que, aunque las comprenda, a nadie le gusta que lo discriminen de manera abierta.

            De acuerdo a tu apariencia se da o se niega el beso


            Ya traté ampliamente el tema del Herpes Zóster en una trilogía, pero me voy a enfocar a un hecho en particular.

            Mientras tenía las costras en la frente y mi rostro no era nada atractivo (aún menos pues), muchas mujeres fueron muy lindas al seguir saludándome de beso a pesar de la apariencia y, si sentían asco, no daban muestra alguna de ello.

            Sólo hubo dos féminas que se negaron a saludarme como de costumbre a causa de mi apariencia y por paranoia hacia la enfermedad. Ese hecho lo entendí y, sin embargo, no lo perdoné (Si por algo me caracterizo es por ser vengativo y rencoroso).

            Entiendo que la enfermedad o una apariencia desagradable es un motivo automático para discriminar a alguien, ya que deja de ser tu igual. Sin embargo, desde mi perspectiva, si ese alguien va a volver a recuperar su estatus, entonces la discriminación fue injustificada y, por ende, tomo acciones al respecto por dicha deslealtad.

            Es por ello que, desde aquel momento, deje de saludar efusivamente a dichas mujeres, aunque ellas ahora hagan el intento de volverme a saludar como en antaño.  Para mí, en el momento en que me desdeñaron es que se ganaron a su vez mi propio desprecio hacia ellas.

            Vamos con otro ejemplo de cómo los besos también se dan conforme al status que percibes en la otra persona.

            Besando a la de limpieza.

            Hace un par de años había una señora que estaba asignada a limpiar nuestras oficinas, misma con la que platicábamos ocasionalmente y uno que otro obsequio le hacíamos. Sin embargo, una de mis compañeras de extracción más “humilde” se llevaba de piquete de ombligo con ella.

            Un día la señora nos encontró al momento que salíamos a comer, estaba en busca de su amiga (mi compañera de trabajo) para despedirse porque había encontrado un mejor empleo.

            Se pusieron a platicar brevemente y se despidieron de beso, esa acción nos dejó de piedra a los otros tres acompañantes (dos chicas y yo), ya que la señora procedió a despedirse de la misma manera de nosotros. Y seguimos nuestro camino.

            Más tarde, ya sin la presencia de nuestra compañera, comentamos entre los tres lo bastante incómodos que nos sentimos por despedirnos de manera tan íntima de la de intendencia. Ya hablando al chile, sin pelos en la lengua, admitimos que no se sentía correcto, por eso nuestro profundo desagrado al despedirnos de ella de beso.

            La señora estaba limpia, no podemos adjudicar nuestra incomodidad a su higiene, simplemente no era nuestra igual y por ello nos sentimos mal de despedirnos de ella. Igual y somos seres despreciables y nuestra compañera tiene un gran corazón o, dándole otra lectura, ella no percibía dicha diferencia con la señora de intendencia, misma que nosotros sí.

            Ahí es donde ves la discriminación que ejercemos sobre la base del valor que les asignamos a ciertas personas, basándonos en su status socioeconómico, su apariencia, su higiene y demás factores. Es una enseñanza tan arraigada en el inconsciente colectivo que hasta que nos detenemos un momento nos damos cuenta de ello.

            ¡Puf! Son tantos ejemplos que tuve que extenderme más de lo planeado, así que tendré que tuve que dividir el escrito en dos. En esta liga pueden leer la continuación de este texto y mi conclusión sobre el mismo.


            Hebert Gutiérrez Morales.

La Naturaleza de la Discriminación (Segunda Parte)

            Continuemos con este repaso de casos en los que aplicamos la discriminación, mismo que empezamos en la entrega anterior, la cual pueden leer en esta liga.

            La entrada al Teatro.

Debido al Herpes Zóster, decidí no participar en ninguna coreografía este año lo que no impidió que apoyara como parte de Staff del evento de baile organizado por mi escuela.

Parte de mis actividades fue controlar la entrada del público, checando los boletos y permitiendo o restringiendo el paso al Teatro en donde se llevaban a cabo las presentaciones.

Fueron tres funciones, por lo que había un par de horas entre cada una de ellas, mismo tiempo en que estaba cerrado el recinto. Durante esas pausas había gente que nos pedía acceso a los sanitarios, mismos que nos habían indicado (los del teatro) que se restringiera a la gente de fuera, sólo cuando hubiera función, el público podía acceder a ellos.

Por una u otra causa, Robert y yo, permitíamos que accedieran ciertas personas que nos pedían con urgencia acceder al baño. A veces los dejábamos pasar y a veces no. Al otro día, me hice la pregunta “¿Por qué dejé que pasaran algunos y a otros no?” y empecé a hacer memoria. Un factor importante fue la amabilidad y carisma de las personas, porque había algunos con más don de gente que otros.

Pero, al recordar a la mayoría de casos, me di cuenta que Robert y yo (sin ponernos de acuerdo) dejábamos pasar más a chicas bonitas y/o a gente de tez blanca, y negando más el paso a gente fea y/o de tez morena.

Eso no lo hicimos de manera premeditada, sólo lo note al hacer memoria. Esa discriminación la aplicamos todos los días, muchas veces de manera involuntaria. Sin embargo, no sólo se da a nivel de piso, pero también es producto de lo que ve a nivel institucional.

Discriminando por apariencia

            Hace un par de meses fui a mi Afore a hacer un trámite. Delante de mí había una señora que iba a hacer el mismo procedimiento que yo, pero fingí que no escuchaba que le habían pedido el comprobante domiciliario, porque sin él no le podían hacer dicho papeleo.


            La señora, que iba vestida de manera sencilla, fue regresada y le pidieron que fuera por su documento. Llegó mi turno y, como recién había salido del trabajo, iba de traje. Me pidieron mis papeles y se los entregué, me mencionaron la falta del comprobante domiciliario, a lo cual me indigné “Nadie me mencionó por teléfono sobre dicho comprobante. Por favor comuníqueme con su jefe para quejarme”, ya que no era mentira, nadie me había dicho de llevar dicho papel.

            “No se preocupe joven” me respondieron “le sacamos una copia a su credencial de elector y se lo tomamos como comprobante” me comunicaron con toda amabilidad. ¿Se hubieran comportado igual de decentes conmigo si hubiera ido de jeans y playera? Honestamente lo dudo. Sin duda es injusto que para una misma situación te traten de manera diferente de acuerdo a tu apariencia cuando, en teoría, todos merecemos un trato igualitario pero, en la realidad, hay muchos factores que influyen en ello.

El valor de la apariencia en la Sociedad es determinante, y hay algunas instituciones que no disfrazan este hecho.

            Un caso muy conocido es cuando vas a pedir una visa a la Embajada Gabacha. De acuerdo a lo que mis amigos y yo hemos visto, hay muchas personas adineradas que les rechazan la Visa porque su apariencia es algo “rústica” y/o descuidada.

            Pero no sólo en base a la apariencia te brindan el documento, ya que también toman en cuenta tu status económico, por eso debes llevar todas las pruebas de tu solvencia económica.

            A los que les rechazan la Visa se molestan profundamente, y los entiendo, porque no te regresan los 180 USD que pagaste para aplicar a ella. Sin embargo, no puedo criticar a los Gabachos ya que, personalmente, no le abro la puerta de mi casa a cualquiera, por más que quieran visitarme, y no me refiero sólo a mi casa material sino a mi persona, discrimino bastante, y no a cualquiera le tiendo la mano.


Digamos que también tengo mis requerimientos mínimos para que entren a mi hogar, aunque los míos no son socioeconómicos, me guío más por la educación más que por la apariencia.

            Aunque, siendo honestos, juntando ambos tópicos (Estados Unidos y apariencia), resulta que tengo un prejuicio muy fuerte físicamente hablando.
            
            La violencia de los Tatuajes

            Cada vez que voy con los vecinos del norte me llama la atención la gran cantidad de tatuajes que proliferan. No es que en México no haya gente tatuada, pero son una fracción mínima de la cantidad de gabachos tatuados que existen.


            PARA MÍ los tatuajes son, en su vasta mayoría, desagradables por dos razones: Primero por el dolor que la gente se infringe para colocárselos, me han contado lo que sienten en el proceso y me retuerzo del sufrimiento sólo de que me lo cuentan. Por otro lado, la mayoría de ellos son antiestéticos, muy poco de buen gusto y la mayoría afean el cuerpo.

Y es que no es lo mismo uno o dos tatuajes bonito, pequeños y elegantes colocados en lugares estratégicos que tener todo un brazo o ambos, o la totalidad del cuerpo lleno de dibujos, es un espectáculo que afea tu presencia.


Eso me causa un gran conflicto, porque en Estados Unidos usualmente veo una cantidad enorme de mujeres extremadamente atractivas, con cuerpos de infarto y caras de ángel. Sin embargo, es mayor mi asco al verlas tatuadas y no me refiero a un pequeño y estético tatuaje, sino a brazos totalmente congestionados de imágenes, garabatos y tintas que atraen más mi atención que el resto de la chica. Ahora sí que mi aversión es más grande que mi calentura.

Y no sólo me refiero a nivel pareja, hablando de cualquier tipo de relación humana, veo muy difícil relacionarme con alguien exageradamente tatuada, es algo que simplemente no podría soportar, porque sería mayor el desagrado que mi atención a la persona.

            ¿Creen que soy un asco de persona? Están 100% en lo correcto, pero muy pocos en mi país pueden señalarme. Pasemos a un caso muy sonado.

            Las gorditas no pueden ser atletas.

            Como ya es mi costumbre, a excepción de la NFL, es difícil que vea algún evento deportivo, incluyendo Juegos Olímpicos. Sin embargo, gracias a Twitter, me enteraba de lo más sobresaliente, tanto lo bueno como lo malo.

            Algo que causó furor fue el físico de la gimnasta mexicana Alexa Moreno en los juegos de Río de Janeiro. ¿Por qué? Porque su complexión era gruesa, tirándole a regordeta, además no ayudaba que fuese morena.

            A veces twitter me hace reír bastante y en otras ocasiones me recuerda el grado de estupidez de la humanidad. Ciertamente la chica no ganó ninguna medalla y, por curiosidad, busqué sus rutinas en Internet y, sin ser cosa del otro mundo, Alexa hizo bien su trabajo.

            Si hubiera hecho un papel pésimo, entiendo que se le hubiera caído el país a palos, pero no: se le fueron a la yugular por tener el atrevimiento de ser gorda en un deporte de mujeres usualmente delgadas y/o sabrosas. Por ese prejuicio de lo que “debería” ser una gimnasta es que fue atacada inmisericordemente con memes, chistes o comentarios de mal gusto, sólo por el hecho de su cuerpo.

Un físico que, cabe señalar, es el más común en nuestro país porque, aunque efectivamente tenemos chicas güeritas y de buen cuerpo, ciertamente no son tantas como las “Alexas Moreno” que predominan a nivel nacional. Y ahí radica la ironía: un país de Gordos criticando a una chica que los ejemplifica fielmente, con la salvedad que esta “gordita”  sí hace algo productivo de su vida a través del ejercicio.

            Pobre chica, me imagino el coraje, desilusión y rabia que debió sentir al conocer la reacción de su propio país por su físico e ignorar su actuación.

            La relación de los Millenials y la homosexualidad.

            Hasta hace unos diez años ya no se escuchaba el termino Generación “X” (a la cual pertenezco) con tanta insistencia. Sabíamos que ya venía en camino la Generación “Y”, pero aún eran muy jóvenes para ser relevantes. Eso cambió cuando estos últimos empezaron a trabajar y a alguien se le ocurrió el nombre de “Millenials” para clasificarlos.

            No lo voy a negar, me cagan los Millenials y, peor aún, que se sientan tan orgullosos de denominarse así. Ahondaré del tema de mi repudio a dicha generación en otro escrito; de hecho ya les dediqué uno antes de que supiera que se llamaban Millenials. Sin embargo, en esta ocasión, voy a referirme a ellos para algo positivo que tienen ya que, al parecer, son un poquito más tolerantes que la Generación X y me voy a enfocar en un aspecto: la homosexualidad.

            Ciertamente la Generación X es más obediente y algo chapada a la antigua, en consecuencia, también somos más prejuiciosos. Platicando con mis contemporáneos, me doy cuenta que respetamos a los Homosexuales, pero una cosa es reconocer sus derechos y otra muy distinta promocionarlos (Tema que ya trate profundamente en “Pretendamos que somos libres de opinar”).

            Pero los Millenials piensan de otra forma. De hecho, desde su perspectiva exhibicionista, está muy bien que los Gays salgan a la luz y se autopromuevan a más no poder, y hay compañías que están aprovechando dicha tendencia.

            Hace unos meses los Doritos sacaron su versión especial para Putos . . . ejem . . . . lo que el Presidente quiso decir es . . . . sacaron su versión “Gay Friendly” conocida como “Doritos Rainbow”.

            Como comenté en el otro escrito, ¿es necesario tener una botana especial para gays? ¿Acaso no es eso igual de discriminatorio? Me parece que más que un resultado positivo para la sociedad mexicana, ocasionó el efecto contrario.

En Twitter (mi única red social activa) se desató el debate: entre los homofóbicos y los que apoyan a los Gays, sin tener que serlo propiamente. Viendo las fotos de uno y otro bando, era clara la diferencia de generaciones.

No utilicé la red social para expresarme, pero con mis contemporáneos el comentario fue casi unánime “¿Qué es esto? ¿Papitas para Putos? ¿Qué sigue?”, tal vez porque fuimos educados para respetarlos pero no para promoverlos.

Pero esta es una bola de nieve que ya no va a ser detenida.


Otra vez en Twitter (he mencionado tanto a dicha red social que he decidido hacerle un escrito pronto), en su sección “Momentos” salió un apartado con las “Noticias que te alegraran el día”.

Dentro de todas las noticias hubo una que me hizo poner cara de “What the Fuck?”, ya que incluían la nota de que Cover Girl había elegido a un muchacho maquillista de 17 años como su nuevo modelo para sus cosméticos.

No sé qué me tenía más contrariado: el hecho de ver a un hombre maquillado anunciando cosméticos o verlo en una sección “Noticias que te alegraran el día”. ¿Cómo por qué va a alegrarme el día que un chamaco sea la imagen de cosméticos para mujer? Desde mi perspectiva es otro paso para la degradación de esta sociedad humana (que ya no tiene marcha atrás).


Sí, soy anticuado, lo admito. No soy de esos que usan camisas rosas ni lilas ni colores pastel. Creo en la equidad mas no en la igualdad, creo que hay roles de mujeres y roles de hombres. Me fastidia que haya un hombre maquillado como mujer así como me molesta ver a mujeres rompiéndose la cara en peleas de artes marciales mixtas. Sí, soy anticuado y prejuicioso, pero fui educado en donde había cosas definidas y así estaba bien el mundo.

Obviamente para un Millenial o para un Centennial (Que son los que vienen atrás), mi postura es anticuada, por completo retrograda e inaceptable, pero no me voy a callar porque ellos lo crean así.

Es como leía de un usuario en Twitter al ver estas tendencias homosexuales en la red “Extraño los días en que los gays no estaban orgullosos de serlo” y no porque no tengan derecho a existir, complementaría, sólo no quiero que me los estén enjaretando en cada esquina hacia la cual volteo y todavía los enaltezcan.

Y luego se preguntan por qué no quiero tener hijos en este mundo. ¬_¬

Conclusión: La discriminación es natural (aunque no lo admitamos).

            La discriminación es un proceso natural, en cualquier especie. Ya que siempre se acaba privilegiando a los más fuertes, los más altos, los más jóvenes, los más aptos y más atractivos y, por ende, relegando a los más débiles, los más feos, los más débiles y los más viejos.

Por más posturas mustias que adoptemos, por simple selección natural, vamos a seguir discriminando y privilegiando a algunas personas sobre otras. En épocas de las cavernas la discriminación era fácil, ya que la fuerza, la velocidad, la altura, la belleza o la juventud eran los únicos factores a tomar en cuenta. Ahora, en esta selva moderna que habitamos, también se toma en cuenta tu status social, económico, político y demás importancia e influencia que puedas tener.
 
En resumen, no podemos dejar de discriminar, por más que pretendamos ser avanzados, nuestros instintos se acaban imponiendo e inconscientemente, acabamos discriminando a los menos privilegiados.

            Pero una cosa es discriminar hacia nuestros adentros y otra muy distinta es el hacerlo evidente (como la chica que me cortó el pelo del escrito anterior). Es como decía Orhan Pamuk en “El Museo de la Inocencia”: ‘El ser civilizados no consiste en que seamos iguales, sino que actuemos como si lo fuéramos’.

            Y ahí radica una diferencia muy grande: la actitud.

            Les aseguro que el señor y el niño a los cuales les regalé el agua (en el escrito anterior) se fueron con una gran imagen de mí, aunque mis razones para hacerlo no hayan sido tan puras. Por otro lado, aunque no me agradan tantas expresiones del orgullo gay, no quiere decir que vaya a salir y a matar cuanto gay se me ponga en frente o a no respetar sus derechos. Una cosa es que me desagrade su extensa propaganda y otra muy distinta que haga algo para dañarlos.

            Y lo mismo aplica con musulmanes, judíos, chinos, hindúes y demás personas que no son mis favoritas, pero no por ello voy a dejar de tratarlos con el respeto que exige mi educación. No puedo evitar discriminar a la gente que me desagrada pero sí puedo comportarme como alguien civilizado con ellos.


            Hebert Gutiérrez Morales.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Lo que realmente importa

“He aprendido que en los deportes ganar o perder es circunstancial, lo importante es lo bien que juegas, porque eso sí depende de ti. También llega un punto en la vida en que entiendes que la felicidad y la tristeza llegan a ser circunstanciales, siendo más importante la paz interna al haber actuado conforme a tus valores” – Hebert Gutiérrez Morales.

lunes, 3 de octubre de 2016

Vivirla tal cual

"A veces nos complicamos queriendo encontrarle sentido a la vida y se nos olvida vivirla tal cual" - Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 2 de octubre de 2016

Semana 39, la última de los 39.

            Además del instante de iluminación que tuve en la pirámide de Cholula (que pueden leer en esta liga), la semana 39 estuvo plagada de momentos que no fueron tan relevantes y, sin embargo, me llenaron de enseñanzas o remembranzas.

            Si no te lo piden, no des (Parte I)

            Un amigo me pidió dinero durante el mes pasado, mismo que me pagó la semana pasada. Lo chistoso de cuando saldó su deuda es que, mientras platicábamos, me lanzaba indirectas que me iba a volver a pedir prestado.

            Me resultó muy chistoso, porque en México no estamos educados para ser asertivos, así que siempre lanzamos indirectas para que el resto las interpreten y nos confirmen nuestros deseos (es algo así como “buena educación” no ser directo).


            Aunque mi amigo es muy noble, con un corazón de oro y en extremo generoso, no le ofrecí mi ayuda. Obviamente sí le voy a prestar el dinero, pero voy a esperar a que me lo pida.

            ¿Acaso soy un cúlero? ¡Por supuesto! ¿No tengo piedad de los demás? Si no la han tenido conmigo, creo que lo justo es que no la tenga ¿Soy una mala persona? Definitivamente.

            Ahora, la verdadera respuesta de por qué no ofrecí mi ayuda de inmediato está en la continuación de este aparatado, o sea, más abajito. Pero mientras pasemos con otra enseñanza.

Madurez después de la estupidez (Parte I)

Era Jueves y mis Delfines iban a jugar en la noche, así que me urgía salir temprano del trabajo para preparar todo. Pero Murphy tenía otros planes.

Para empezar, por temas  ajenos que tuve que resolver yo, salí tarde, así que iba que bufaba por la ira. La lateral a la autopista iba a vuelta de rueda, debido a la lluvia torrencial, así como la subida al periférico. Al encontrar dicha incorporación congestionada, cuando salgo a las cinco, me sigo unos metros y paso por un puente debajo de la pista para acortar tráfico e incorporarme al periférico rumbo a casa.

Sin embargo, las prisas y el enojo nublaron mi razón, y omití el hecho que estaba lloviendo, lo cual significaba que dicho puente estaba inundado, y no había ninguna otra salida ni para mí, ni para las decenas de autos que estábamos varados en dicho tramo.

Por un momento intente meterme en los caminillos de tierra que llevaban a casas humildes, le pregunte a los lugareños si había otra salida a lo que me respondían con toda calma que no la había. Intenté por otra callecita para salir al pueblo y rodear, pero era un río y casi me quedo atascado.

Con tremendo susto, regresé al embrollo inicial, pero ya más calmado. La desesperación de ver el partido había desaparecido, el enojo por llegar tarde también, incluso el reproche por haber errado la decisión pasó a segundo término.

Apagué el motor, me dedique a escuchar música y ver Twitter para entretenerme, ya que en algún momento debíamos salir de ahí. ¿Cómo pude tranquilizarme tan rápido? Por dos factores.

El primero fue el susto de casi quedarme atascado. Para la zona en la que estaba no iba a llegar ninguna grúa, además el seguro no cubre el motor si le entra el agua, así que deje de pelear con lo que no tenía solución.


El segundo factor fue el Herpes Zóster que me afectó hace poco tiempo (y del cual aún no estoy dado de alta oficialmente). Parte de los factores que propiciaron la enfermedad fue el estrés. A lo largo de mi vida he sido especialista en crearme estrés gratuito, en gran parte por pendejadas. Así que estoy reeducándome de a poco para intentar no enojarme por todo.

Obviamente no puedo vivir sin enojarme por cosas que realmente lo ameritan pero, como quiero mantenerme alejado de dicha enfermedad, he aprendido a enfocarme en el ahora. Por eso ya no tenía caso que mentara madres por el partido, por perder mi tiempo, por haber errado la decisión de seguirme derecho en lugar de subir directamente al periférico. Nada de eso iba a solucionar el embrollo actual.


Pasaron los minutos y la gente de la zona, que se ve que les pasa seguido, se organizaron y pusieron piedras en forma de camino para que los autos pasaran por el agua y salieran. Mucho más eficientes que agentes de tráfico, ordenaron los carriles e hicieron respetar el uno a uno. Aun así debíamos pasar sobre agua alta, así que sólo contuve la respiración y le pise constante para salir de ahí.

El otro lado de la pista también estaba parado, por lo que no tenía caso regresarme por el retorno de Xoxtla, así que tuve dar una vuelta descomunal por el aeropuerto de Huejórleans y llegar a mi casa dos horas después de lo planeado.

Mi plan de ese día de arruinó, pero no llegué molesto, al contrario, estaba agradecido porque no pasó a mayores, no se dañó el auto y estaba en mi casa sano y salvo. Ni siquiera me importó que perdieran los Delfines, aunque sí me enojó que volvieran a jugar tan mal (ganar o perder es circunstancial, jugar bien o mal es lo que está en tus manos).

Aprendí que debo tomar mejores decisiones, aunque no me quedó tan claro porque al siguiente día tuve otro recordatorio. Pero, antes de eso, vamos con la respuesta de la sección anterior.

            Si no te lo piden, no des (Parte II)

Había acabado mi clase de Streching, como siempre intensa, así que todos estábamos muy sudados. Hay una chica que me encanta de clase, aunque está muy joven para mí, pero intento tener detalles con ella, sin pretender algo serio realmente.


En una ocasión anterior estaba muerta de sed, así que le ofrecí de mi agua (de guayaba aquella vez) y aceptó de manera gustosa, lo cual me había hecho feliz. Así que al verla empapada, me pareció una buena oportunidad “¿Quieres agua?” le pregunté, a lo que me respondió negativamente, a pesar que era obvio que tenía sed “¿Estás segura? Última oportunidad” tontamente insistí, ella me volvió a contestar con toda su dulzura “Es que no me gusta el agua de Sandia”.

Ahí me cayó el veinte, me despedí de ella (y del resto) y me fui al auto. Estaba furioso, pero no con la chica, sino conmigo. Tuve un recuerdo de todas las veces pasadas que alguien me gustaba, y cómo les insistía a niveles molestos. Ésta no fue la ocasión, porque sólo fueron dos veces, pero desde la primera no debía ofrecer el agua, sin importar que me gustara o no la chica.


Aquí viene la respuesta de la primera sección, por la cual no le ofrecí dinero prestado a mi amigo: Algo que he aprendido, a punta de madrazos, es a no ofrecer ayuda, dinero, atención ni nada de nada. Ojo, no digo que no hay que ayudar, sólo que no hay que ofrecerse de buenas a primeras.

Cuando ofreces tu ayuda, sin que nadie te la pida, pasan dos situaciones: por un lado estás descalificando a la persona, porque crees que no puede resolver sus problemas, por el otro lado, te estás depreciando al ofrecer tu esfuerzo de manera gratuita.


Y es que si aceptan tu ayuda gratuita, deja de ser un detalle o un apoyo y pasa a ser una obligación, ya que la diste a cambio de nada, lo cual te devalúa ya que has demostrado ser “gratis”. Y cuando ya no puedas dar esa ayuda gratuita, la gente se va a enojar contigo por ya no ser su empleado, en lugar de recordar todas las veces que les apoyaste antes.

Lo más sano es dejar que la gente sea lo suficientemente humilde para solicitar tu apoyo, así les das la posibilidad de tomar una postura madura ante su problema. Además, cuando dejas que la gente acuda a ti, les estás dando la posibilidad de ser agradecidos, y tú te estás dando el valor que mereces.

Esa regla la aplico muy bien con el 95% de mi círculo social, pero debo aprender a aplicarla con el 5% restante: las mujeres que me resultan atractivas porque, gracias a que siempre las agobio de atenciones, es que les resulto tan poco interesante.


Pero en fin, esto de la vida es un aprendizaje constante, y a veces no asimilas la lección de un día para otro, como se lee en lo que pasó a continuación de que salí de clase.

Madurez después de la estupidez (Parte II)

            Tenía un Sábado lleno de pendientes y quería avanzar en algo el poco tiempo que me quedaba el Viernes después de clase. “Vamos al Costco” me dije, a lo que me contesté “Mala idea, es Viernes de Quincena, la zona de Fresópolis va a estar hasta la madre”. La segunda era la voz del sentido común, pero mi ambición por ganar tiempo pudo más y me encaminé al Costco.


            Craso error.

            El Tráfico estaba muy pesado, a vuelta de rueda y, en veinte minutos sólo había avanzado un par de cuadras. Acepté mi error, no me recriminé por el tiempo perdido ni por la decisión errática: lo hecho hecho estaba y (por segundo día consecutivo) la había regado.

            Modifiqué mi ruta y me fui a casa, sólo perdí mi tiempo y no logré adelantar nada, pero no me reproché nada. Poco a poco he aprendido a ser indulgente y amoroso conmigo mismo. De todas formas el enojarme por mis errores no los resolvía y, cuando no me enojo, encuentro las soluciones (o resignaciones) más pronto.

            ¿Por qué estaba tan errático? Porque en unos días va a ser mi cumpleaños, pero acumular otro año no me quita el sueño, había otra razón de por medio, pero la trataré en la última sección.

            Disfrutando la Soledad

            Los primeros tres días de la semana estuve muy feliz, ¿la razón? Hans, mi vecino de al lado del cubículo, estaba de vacaciones. Y no es que me caiga mal, al contrario, me cae muy bien pero es tan sociable que requiere de mucha atención, así que platicamos mucho durante el día.

            Las pláticas son chidas, divertidas o interesantes pero, no lo voy a negar, a veces necesito mi espacio, así que Hans suele darse cuenta y se va a ser sociable con alguien más.

Me gusta socializar, hasta cierto límite, pero me gusta más estar solo, es más, lo anhelo. Los fines de semana suelo no ver a nadie y me la paso muy bien en mi compañía.

Pero este fin de semana iba a ser diferente, porque tenía reunión de NFL en mi casa, lo que significaba que iba a recibir a ocho amistades y eso me estresaba mucho, porque no suelo meter gente a mi morada.

“Yo y mi bocota” me recriminaba “¿Por qué tuve que invitarlos?” y eso que es gente que quiero, sólo que no los quiero dentro de mi casa (nada personal, de hecho muy poca gente ha logrado dicha hazaña).


En momentos así me impresiona el poder de mi mente, si pudiera utilizar dicha habilidad para conseguir cosas más importantes o productivas, sin duda tendría una vida (aún más) envidiable.

Fue tanta mi pasión para que se anulara la reunión que, por arte de magia, cinco de los ocho invitados cancelaron en la semana, lo cual me dio el pretexto perfecto para terminarla de suspender y recuperar la tranquilidad en mi ser.

Recalco, me gusta convivir y socializar, pero con sus límites, y una de esas limitantes está fuera de mi casa. Mi tendencia a la Soledad la he planteado ampliamente en variados escritos, como pueden leer en esta liga.


Aunque mi soledad no es total, como podrán corroborar al final de la siguiente sección.

La delicia de vivir en México

            Todos los días comemos en el “Buffet de Doña Ale”, un lugar que creo que nadie va a superar en relación calidad-precio en el mundo. Y no exagero ya que todo, absolutamente TODO, lo que ahí sirven es una delicia.

            Es cocina mexicana con un sabor casero exquisito y a un precio ridículo: $50 pesos (o sea como $2.50 USD), por esa cantidad me alcanzo a comprar una pieza de pan en el extranjero. En fin, íbamos en camino al Buffet y nuestra Jefa nos decía que si se pudiera mudar algún lado con su familia, sería a Estados Unidos.

            “Me gusta visitar el Gabacho” le dije “Pero no me veo viviendo ahí” le decía a Eli. La plática continúo pero yo empecé un diálogo interno “¿A dónde viviría si no lo hiciera en México?”

            Repasé todos los lugares maravillosos que he visitado y, lo curioso es que, por más cosas bellas que veo en el extranjero, al final, sólo me sirven para valorar más a mi país. Ojo, no digo que México sea el mejor país del mundo porque, claramente, no lo es; sólo digo que es el país en donde más feliz puedo vivir.

            Mientras degustábamos los manjares en el Buffet le decía a la Jefa “Pero si te mudas a Estados Unidos no vas a poder comer esto”, a lo cual Eli no tuvo defensa alguna y me dio la razón. De igual forma, al salir, ella dijo que también extrañaría el ambiente tan irreverente y divertido que armamos a la hora de comer.

            Y es que la combinación de comida, gente, clima, cultura, humor, libertad y demás hacen que mi vida sea de alta calidad y alto nivel. Ni siquiera en Japón, el país que robó mi corazón desde pequeño, sería tan feliz como en México, aunque sobre ese tema ya tengo un largo y profundo escrito en proceso.


            Porque, aunque me encante mi soledad, no es lo mismo ser solitario en México que en culturas más frías como la gringa, teutona o nipona, en donde sé que sí resentiría la exclusión social. En resumen, me gusta ser solitario en un país que me da la libertad de serlo y, cuando me canse de serlo, también me da la posibilidad de integrarme a la sociedad tanto como yo quiera.

            Mi cumpleaños en función de otra fecha.

            Este ensayo hace referencia a que es mi última semana antes de llegar a los 40 años, que cumplo el Martes 4 de Octubre. A diferencia de cuando llegué a los 30, no estoy consternado por la edad, es más, de hecho mi cumpleaños ha dejado de ser relevante per se desde hace tiempo.

            Pero una cosa es que mi cumpleaños no sea tan relevante y otra muy distinta que me sirva de fecha de referencia para otro aniversario.

            Recuerdo que durante tres o cuatro años después de terminar lo de Harumi, me seguía acordando de su cumpleaños, mismo que es una semana antes que el mío (27 de Septiembre). El único cumpleaños que pasamos juntos ella me regaló un Spiderman para el coche aunque ya no recuerdo que le regalé a ella, porque le obsequiaba tantas cosas que seguramente no era tan especial (haciendo un guiño a lo mencionado en la segunda parte de Si no te lo piden, no des).

            Con el tiempo superé a Harumi y mi vida volvió a su cauce normal hasta que muchos años después, en Febrero del 2013, Nadia ingresó a mi vida.

            Mi cumpleaños número 38 ha sido uno de los más terribles que he pasado, y eso que lo pasé al lado de mi ExMusa. Los hechos no los voy a compartir en esta ocasión, pero fue un mal cumpleaños, porque me demostraba que el fin estaba cerca.


            Cuatro días después, el Miércoles 8 de Octubre de aquel 2014 fue mi última clase en Rumba Mía y el último día que vi a Nadia en vivo (al llevarla a su casa), en el trayecto tuvimos una plática muy seria (nunca discutíamos) que me dejó en claro que ya no había solución. Eso lo terminé de comprender el Jueves 9 de Octubre (por la mañana), momento en que me despedí de ella.

            Más que llegar a los 40, tengo más presentes los dos años que voy a cumplir sin verla. Si, la extraño, no lo voy a negar. Supongo que llevo mis duelos en etapas distintas al resto: más o menos tardo seis meses en sanar el dolor visible, pero pareciera que me toma algunos años terminar de “olvidar” emocionalmente.


            Ése es el problema de gente como yo: muy pocas cosas nos interesan pero, cuando algo sí llama nuestra atención, nos importa demasiado. Tal vez por eso sigo recordando la fecha del cumpleaños de mi primer amor y, seguramente, seguiré recordando el 8 y 9 de Octubre del 2014. La diferencia es que, con el tiempo, el 27 de Septiembre volvió a ser simplemente una fecha más y, a veces, me acuerdo que tenía un significado especial. Son cosas que siempre sabrás, pero que dejan de ser relevantes.

            No me importa el tiempo que vaya a tomar que estas fechas dejen de ser importantes para mí, con Harumi me tomó unos cuatro años y es factible que con Nadia me tomé un tiempo similar. Al final a ambas las ame en su momento y si aún las recuerdo es que fueron muy relevantes para mi existencia.

           “El amor dura para siempre. Cambia de dirección y, de vez en cuando, de forma. Crece y avanza, pero una vez que has amado a alguien, ese amor siempre estará allí. ” – Christopher Hansard (‘El Arte Tibetano de la Serenidad’)

PD ¡Feliz Cumpleaños a mí! :-)


            Hebert Gutiérrez Morales.