viernes, 24 de junio de 2016

Mis Bisabuelos eran negros

H: ‘Mis bisabuelos eran negros, así que tengo el derecho de hacer todos los chistes de negros que se me pegue la gana’ fue lo que contesté cuando alguien de la oficina me cuestionó por qué hacía tantas bromas de negros.

O: ‘¿Y también tenías familiares judíos?’ me cuestionó con curiosidad.

H: ‘No. Esos sí son sólo por chingar’ fue mi respuesta más honesta :-) – Hebert Gutiérrez Morales

jueves, 23 de junio de 2016

Vivir entre ustedes

(Dirigido al resto de la humanidad) "No es lo mismo vivir ENTRE ustedes que vivir CON ustedes" - Hebert Gutiérrez Morales

miércoles, 22 de junio de 2016

Dulce Tormento

"Momentos del pasado en los que eras muy feliz pero, ahora que los recuerdas, aceptas que también eran un tormento" - Hebert Gutiérrez Morales

domingo, 12 de junio de 2016

Se levanta el Viento (Kaze Tachinu)

            “¡El Viento se levanta! ¡Hay que intentar vivir!” – Paul Válery

            ¡Ah! ¡Pero qué bárbaro! ¡Cómo lloré con este filme! Y ni siquiera tuve chance de hacerlo porque es la última película de Miyazaki, con la historia en sí me bastó para berrear inconsolablemente y deshacerme en lágrimas.

            Es más, me he dado cuenta que cada vez que veo algún tráiler de Ghibli, al ver la figura de Totoro y escuchar la hermosa música de Joe Hisaishi, siempre me conmuevo hasta lo más profundo de mi corazón, porque sé que es garantía que voy a recibir una maravillosa historia que atesoraré en el alma.

            Además de ser significativo por ser su último trabajo, este filme del maestro Hayao Miyazaki me resulta muy especial porque encuentro su película más adulta, más madura, eso sin renunciar a la magia e ilusión que nos regala en cada una de sus magníficas obras.


            Antes de continuar viene el fastidioso, pero necesario, SPOILER ALERT, si no la ha visto, no siga leyendo, porque no me voy a guardar nada al momento de comentar el argumento.

            Me gusta cómo abordan el tema de los sueños, por un lado lo onírico con mucha ilusión, pero también le dan un enfoque más adulto y más real. Los diálogos entre Jirou el Sr. Caproni son una delicia aparte dentro del argumento.

En dichas pláticas Jirou encuentra la inspiración o recuerda los motivos del por qué hace lo que hace al perseguir sus sueños, esto de la mano de su ídolo, su modelo a seguir. Y es chistoso, porque las pláticas siempre empezaban con aviones y terminaban siendo de la vida misma.


            La relación de Jirou con Kayo (su pequeña hermana) es una delicia, él siempre llegando tarde, ella siempre haciéndole un pancho por alguna promesa rota pero, al final, demostrándose cuánto se quieren desde pequeños. Aunque sus intervenciones son pocas, disfrute cada una de ellas. Por ejemplo cuando van por el río en el barco de vapor y ella le dice que la apoye con su papá para que la deje ser médico. O como cuando lo va a felicitar de su boda pero, al mismo tiempo, le reclama de cómo le permite a la pobre Naoko estar en ese estado. Kayo siempre es muy pasional, pero con las intenciones más nobles.

            El amor lo encuentras en el lugar y momento menos esperado. “¡Se levanta el viento!” dice Naoko “¡Hay que intentar vivir” le contesta Jirou. La escena en que nuestros protagonistas se conocen es una belleza, pero no porque se haya dado en un campo de flores con todo un marco romántico, simplemente se dio en los vagones de un tren, pero ellos mismos hicieron que el marco fuese perfecto.

La escena tiene esa sencilla elegancia característica de Ghibli, que nos regala un momento tierno y a la vez profundo con la mirada y la sonrisa de ambos. Años en el futuro, se confesarían: “Desde la aquella vez que atrapaste mi sombrero te he amado” y ella le respondió “Yo también”. Y es verdad, hay ocasiones en las que, desde la primera vez que vez a alguien, la amas para el resto de tu vida. Ya si coinciden los sentimientos o no, es harina de otro costal.

            La representación del gran terremoto de Kantou de 1923 fue hecha con recursos relativamente sencillos, pero dieron un resultado soberbio, lo cual demuestra que no importa el dinero que te gastes en efectos especiales, la creatividad siempre será un recurso más valioso (e incluso barato).

Cuando Jirou ayuda a Naoko y a Kinu, ésta la dice “Es que vamos a la ciudad de Ueno” ¿Ciudad de Ueno? Me resonó. Y es que en 1923 Tokio ya era grande, pero no la Megaurbe que ya se ha tragado a varias poblaciones, de hecho Ueno ya está muy dentro de Tokio (lo sé porque lo visite); antes llegaban ahí en tren, ahora llegas con cualquier camión o en metro. Me resultó curioso cómo va cambiando la realidad con el paso del tiempo.

            Y eso me resonó más cuando en algún momento Jirou pregunta “¿Por qué Japón es un país pobre?” hoy esa pregunta daría risa, pero viendo la excelente ambientación de Miyazaki, uno recuerda que el país del Sol naciente tuvo momentos difíciles antes de gozar de la abundancia de los últimos tiempos. Por lo cual vuelves a admirarlos ya que, gracias a su voluntad y disciplina, han llegado hasta donde están (en todos los aspectos).

            Desde su primera participación, Honjou fue un personaje que me encantó. Su línea argumental es secundaria, pero la amistad entre ambos es una delicia, ya que se quieren y se apoyan mucho, nada de rivalidades y son muy generosos entre sí, se cuidan mutuamente y, aunque es una amistad de “machos”, resulta ser un vínculo muy cálido entre ambos.

            De las mejores escenas de la Universidad es cuando Kinu va y le devuelve su camisa, su regla y una carta de agradecimiento por lo que hizo aquel día por ellas. Como comentaría Naoko posteriormente “Aquel día fuiste nuestro héroe, nuestro caballero”. Al ver el paquete, Jirou sale a buscarla pero ya no la encontró. Luego confesaría que había regresado a la mansión en donde había dejado a Naoko, pero ya no había nada ahí.


            Me encantan esos momentos en los filmes japoneses, que no son tan relevantes para el argumento principal, pero son pequeños regalos llenos de clase que te hacen más disfrutable la historia, como cuando Jirou le ofreció dos rebanadas de pastel a unos niños hambrientos y estos, con más orgullo que necesidad, huyen de él para evitar la “humillación”. O como cuando Honjou y él caminan por las calles alemanas, con mucho frío y, justo ahí, escuchan una melodía de Schubert. Momentos irrelevantes pero bellos al final.

            Ya en su trabajo, el Sr. Hattori me cayó estupendamente desde el inicio y, aunque su participación fue poca, era una delicia cuando interactuaba con Jirou y Kurokawa. Al inicio no te cae bien el Sr. Kurokawa, por ser cascarrabias y neurótico pero, con el paso de la historia, vas viendo su lado humano, va adoptando a Jirou como un hijo. De hecho te conmueve cuando ambos se enteran que Jirou se va a casar y se ponen muy felices de que “no sea un Robot”.


            Eso siempre me ha encantado de Miyazaki Sensei, que tiene la cualidad de plantearte historias harto interesantes, sin poner propiamente a un “malo”, simplemente se vale de situaciones y seres humanos, no de personajes acartonados que son malos “porque sí”.

            Toda la estancia en el hotel, en donde por fin se reencontraron Jirou y Naoko, está llena de momentos bellos y sutiles: las pinturas de Naoko en la pradera, Jirou atrapando la sombrilla, la conversación nocturna de Jirou con Castorp, cuando se encuentran cara a cara en el río Jirou y Naoko y demás.


            Dentro del tiempo en el Hotel hay escenas que destacan por sí mismas. Primero cuando contemplas la derrota de Jirou con su prototipo, mismo que se estrelló. El verlo frente al avión destrozado te parte el corazón, y por eso está en el hotel, para tomarse un break que lo haga recuperarse de tan tremendo golpe. Por eso me conmovió cuando a solas escuchaba las risas de las chicas o, en el comedor, cenaba por su cuenta, reflejando ese espacio que necesitaba para asimilar la derrota pero, sin saberlo, iba a encontrar una inspiración enorme, la más grande que jamás iba a tener.

            Después de reencontrarse tras tantos años, Naoko no puede ocultar su alegría, así que dan paso a otra bonita escena en donde ambos van caminando bajo la misma sombrilla, contra la potente lluvia, el diálogo es sencillo pero muy bonito, lleno de ternura y de ese amor que aún no te atreves a expresar de manera abierta pero que se nota a leguas. Ella caminando del brazo de él, sin importar que su pintura se mojé (“que se quedé así” decía Naoko “como recuerdo de este maravilloso día”), es un momento lindo.


            Toda la escena del cortejo con avioncitos de papel resulta muy tierna, muy sana y, por lo mismo, muy bella. Cómo a través del juego puedes expresar todo ese sentimiento que te inunda el pecho, a través de risas y pequeños detalles.  Toda esa secuencia desemboca en que Jirou le pida la mano de su hija al Sr. Satomi. Ella acepta, pero no se va a casar con él hasta que se recuperé de la Tuberculosis que le aqueja desde que murió su madre de la misma enfermedad.

Por cierto, este detalle es muy profundo, porque la madre de Miyazaki Sensei también sufrió de esta terrible enfermedad por lo que, de alguna manera, el reflejarlo en el argumento es una manera de recordar a su mamá.

            Además de esto, otro aspecto que me gusta resaltar del genio de Miyazaki Sensei, es la inteligencia para tratar un tema incómodo (la participación de Japón en la Segunda Guerra Mundial) de manera tan digna para los involucrados. Muestra los hechos políticos pero no toma partido, así que opta por centrarse en los sueños de los ingenieros por tener el mejor avión posible, independientemente que fuesen usados para la guerra.

            De hecho se planteó muy bien que ninguno de los ingenieros desarrolla aviones para la guerra, en realidad ellos los diseñan para hacer un mundo mejor pero, quien paga por esos aviones, lo hace para fines bélicos. Es como dice Honjou: “Nosotros soñamos con hacer aviones, pero ellos los convierten en armas de guerra”.

            Por cierto, como ingeniero, también disfruté bastante el argumento. Ciertamente no soy el más técnico ni que me gusta mancharme las manos pero, independientemente de nuestra especialidad o tendencia laboral, creo que todos los ingenieros compartimos una visión: mejorar las cosas. Esa necesidad de ir optimizando para obtener mejores resultados lo ves plenamente con la actitud de Jirou, Honjou, Hattori, Kurokawa y demás, que siempre están buscando lo mejor. El ver la pasión de Jirou por mejorar sus diseños me inspiraba a cumplir mis propios sueños.

            Todo el pasaje de Jirou yendo a Tokio para ver a su amada, es una gran secuencia. En donde queda patente todo el amor de Jirou, tanto por Naoko como por su sueño de hacer el mejor avión. Y la escena cumbre de esa secuencia es cuando va en el tren, trabajando en sus cálculos, y las lágrimas caen en el papel y él, aunque intenta contenerse, no puede evitarlo porque está desconsolado. Esta escena te rompe el corazón.

            Hasta que puede ver a su amada le regresa el alma al cuerpo “Te vas a contagiar” le dice ella cuando intenta besarla “No importa” le contesta Jirou al plantarle el beso más tierno posible, ése que estaba conteniendo todo el dolor y el amor que sentía en su camino ajetreado. Ahora, al verla mejor, debe regresar a Nagoya, viajar toda la noche y presentar su proyecto.

            Ese detalle de viajar tantos kilómetros, aunque sea para ver unos momentos a tu amada, te conmueven hasta el tuétano, y a Naoko también, porque toma la decisión de irse a un hospital aislado para mejorarse y compartir el resto de sus días con su amado.

            Después de recibir una carta de Jirou, Naoko ya no puede estar alejada de él, y toma la decisión de ir a su lado, rememorando la visita que le hizo él desde Nagoya, así que ella se va desde (supongo) Nikko hasta Nagoya para reunirse con él. El encuentro en la estación, con la desesperación de Jirou al cruzar por tanta gente, con la incertidumbre de no encontrar a su amada o que le haya pasado algo en su estado. El alivio que siente lo compartes profundamente al abrazarse con Naoko y sólo te queda decir “¡No la dejes ir Jirou!” ¡No la dejes ir nunca!”

            Pero eso era nada, estábamos a punto de vivir el clímax de la película, un momento que llevaré conmigo el resto de mis días.

            La escena de la boda ¡Dios Mío! ¡Qué impresionante! En este momento no recuerdo una escena más bella entre todas las películas que he visto a lo largo de mi existencia. Todo es magnífico, irreal, hermoso, tierno y, al mismo tiempo, terrible y cruel. Imposible que no se te parta el corazón con esta obra de arte dentro de otra obra de arte.

            Aunque toda la escena es una hermosura, un solo pensamiento me invadía: “¡Se va a morir Naoko!” y eso me hacía llorar aún más, porque era hermoso que consumaran su amor pero era terrible que fuera por tan poco tiempo.

            Literalmente berreé durante toda la secuencia, por tanta felicidad y, al mismo tiempo, por tanta tristeza. Es un Tsunami sentimental sin piedad. De hecho tarde mucho en redactar esta descripción del evento porque me acordaba y nuevamente me ponía a llorar.

            Lo hermosa que se veía Naoko, la delicadeza con la que la trató Jirou, la maternidad con la que la señora Kurokawa los atendía y, aunque duro al inicio, hasta el Sr. Kurokawa se derrumbó en dicho momento tan honesto, tan profundo y tan tierno. Creo que jamás podré ver dicha escena sin lágrimas en los ojos.

            Pero hay otra razón por la que la boda es tan bella: no hubo ceremonia religiosa como tal. No necesitaron de ningún sacerdote que avalara su unión. La decisión de unirse fue sólo de la pareja, sólo requerían que los Kurokawa fueran testigos de dicho compromiso. Su unión amorosa es lo único que los respalda, y tan válida como aquellas hechas con grandes ceremonias, pero ellos no necesitaban que cientos de invitados avalaran su unión porque, desde el corazón, ya estaban casados desde hace tiempo.

            Durante esas breves semanas Jirou y Naoko fueron en extremo felices, porque iban a compartir los días más valiosos y hermosos de sus respectivas vidas, como debió haber sido siempre: juntos.

            Otra vez tengo que quitarme el sombrero con Miyazaki Sensei, ya que manejó con muy buen gusto toda la cuestión de la enfermedad (mostrando sangre pero sin ser desagradable), porque viendo la fragilidad de Naoko te puedes impactar más que con grandes hemorragias.

            Lo mismo hay que reconocerle el buen gusto con el cual planteo la vida en pareja de los recién casados, dando a entender que iban a tener intimidad sin tener que ser muy explícito. Y ahí queda demostrado que puedes ser sugerente sin tener que ser corriente al momento de plantear ciertas situaciones. Puedes ser sutil y aun así dar a entender muchas cosas, y para eso se necesita educación, talento y sentido común.

            La vida de la pareja no es normal, con Naoko todo el día en cama y Jirou trabajando, pero los breves momentos que coinciden, se expresa todo el amor que contuvieron durante el día. Me encantó cuando él se lleva trabajo a casa, para estar cerca de ella y, mientras él hace cálculos con una mano, usa la otra para sostener la de ella, y ella le dice “No me sueltes”, con un tono dulce y travieso.

            Otra escena muy linda es cuando él llega de madrugada, con los cerezos en flor como marco, agotado pero aún le da tiempo de platicar un poco con ella, antes de caer rendido. Ella lo cobija y lo abraza con todo el cariño posible. Ese par de escenas son tan tiernas, tan íntimas y tan reales, sin caer en lo cursi, sin tener que incurrir en acciones más llamativas, te expresan tanto con detalles delicados.


            Naoko sale a “dar un paseo”, avisando que a su regreso arregla el cuarto. Cuando Kayo la ve caminando desde el camión, ya sospecha algo. Al ver el cuarto impecable, la Señora Kurokawa y Kayo saben que algo no anda bien y, al leer su carta, Kayo confirma que se va a regresar al Hospital. Kayo quiere ir tras Naoko, pero la Sra. Kurokawa se lo impide

¿Por qué? Porque así debía ser, porque Naoko no quiere que Jirou sufra su muerte y prefiere partir lejos de él, ya compartieron el mejor tiempo que pudieron y ahora ella regresa a afrontar su destino. Tal vez por eso el llanto de Kayo es tan amargo y descorazonador, y creo que lloré con su misma potencia, porque la tristeza era enorme y, viendo su reacción tan desesperanzadora, las lágrimas se multiplicaban.


En ese mismo instante, lejos de ahí, a Jirou le deja de importar que su avión por fin ha salido exitoso, y es que algo en su corazón le hace voltear hacia un tren que no ve, pero que sabe que está ahí. Esos momentos en que sabes que algo está pasando pero no sabes qué. Es por ello que no puede entregarse por completo a la celebración, porque hay un hueco en su corazón que no puede explicar en ese momento.

            La escena final es tan melancólica como bonita, tan inspiradora como cruel. Ves a un Jirou algo perdido, vacío, sin esperanzas y se encuentra una última vez con el Sr. Caproni “justo en el lugar donde nos vimos la primera vez” rememoran.


Jirou por fin había conseguido su avión soñado “pero ninguno regresó” sentencia el japonés. Todo esto mientras los pilotos de sus aviones lo saludan con mucho respeto, y el responde de manera cortés. Ahí te sientes feliz y triste, por el reconocimiento de todos esos pilotos a tantos años de esfuerzo del Ingeniero, por otro lado te sientes triste que su invento se utilizara para la guerra y que fuese destruido vilmente.

“Los aviones son sueños maravillosos y, al mismo tiempo, sueños malditos. Sueños materializados que se van al cielo para nunca volver” le había dicho en esos mismos pasajes el Sr. Caproni con mucha sabiduría, tratando de consolar el cansado corazón de Jirou. Todo esto para darle entrada a una hermosa Naoko que viene a saludar a su amado “desde el más allá”.

El Sr. Caproni le dice que ha estado ahí esperándole desde hace tiempo, dando a entender que el italiano también ya había fallecido. Ella lo saluda con mucha efusividad para que, justo antes de desvanecerse le incite a vivir al máximo (otra vez, no puedes evitar estar en un mar de lágrimas) y sólo me preguntaba de manera inconsolable “¿Por qué la vida es tan injusta?” :’-(

Terminó la película, y no dejaba de llorar, pasaron todos los créditos, y no dejaba de llorar. Por más que intentaba contenerme, bastaba con que recordara algún aspecto de la película para perderme otra vez en el llanto inconsolable. Así estuve algunos minutos, hasta que me fui a dormir. Creo que de alguna manera esta película destapó muchos sentimientos que venía conteniendo en mí ser.

Leyendo un poco la vida del verdadero Jirou, te enteras de cosas que te hacen un poco menos triste la trama, ya que su esposa no murió, de hecho le dio cinco hijos, y pudo hacer el primer avión de pasajeros después de la guerra.

Esa explicación amaina un poco el dolor en tu mente, pero en tu corazón el Jirou de Miyazaki merece todo tu amor y empatía. La vida del Jirou verdadero no fue tan trágica ni interesante, tal vez por ello prefiero quedarme con el mensaje de esperanza, valor y fortaleza del Jirou ficticio, y llevarme ese cálido sentimiento en mi pecho en lo que me resta de vida.


Otra obra de arte típica de la cultura japonesa, con una historia sin complicaciones, sencilla de seguir, pero nunca simple, ya que te la van enriqueciendo con matices, sentimientos y de detalles inolvidables. Ciertamente el camino de un diseñador de aviones podría sonar poco atractivo pero, como lo enfocaron a la parte humana, resultó ser una belleza de filme.

Creo que es la primera película de Miyazaki (no de Ghibli, porque “La Tumba de las Luciérnagas” definitivamente NO es para niños) que no es propiamente para niños. Y no es que la historia sea políticamente incorrecta o algo por el estilo, en realidad es apta para toda la familia. Sin embargo, por la esencia del argumento, los niños terminarían aburriéndose, ya que la temática es muy tierna pero, al mismo tiempo, muy adulta.


Aunque el final me dejo destrozado, con el paso del tiempo, comprendí que así debía ser ya que, aunque no fue un cierre propiamente feliz, fue uno muy humano, como los que nos esperan a la mayoría, y ésa es una cualidad que siempre hay que reconocerles a los artistas: cuando se atreven a no darte el clásico final feliz pero, a pesar de ello, logran un cierre perfecto para su obra.

Muchas gracias por todo Miyazaki Sensei, con sus películas siempre me invita a ser mejor humano y, aunque no percibo a la humanidad con sus ojos, sus obras me dan la esperanza que podemos ser mejores. Le debo un escrito a usted y a cada una de las maravillosas películas que me ha regalado porque, con cada una de ellas, ha hecho más valioso mi paso por este planeta.

:’-)


Hebert Gutiérrez Morales.

sábado, 11 de junio de 2016

Gústate

"Es padre cuando te arreglas porque vas a ver a alguien, pero cuando te arreglas sin importar a quién veas (o a quien no veas), es algo sublime" - Hebert Gutiérrez Morales.

viernes, 10 de junio de 2016

domingo, 5 de junio de 2016

Los años de peregrinación del chico sin color

           “Lo acometían, por un lado el sentimiento de culpabilidad y, por el otro, un vivo deseo. Una sensación peculiar que sólo se experimenta en lugares oscuros, ocultos, en los que lo real y lo irreal se mezclan furtivamente. Sin embargo, para su sorpresa, echaba de menos esa sensación”– Haruki Murakami (“Los Años de Peregrinación del Chico sin Color”)

            Es extraño, es la primera vez que voy a escribir de mi autor favorito: Haruki Murakami. No lo sé, tal vez era porque consideraba que Murakami era bueno para ser leído paro no valía escribir sobre él, y no por falta de calidad, al contrario: es tan bueno que no sería justo escribir sobre su obra, ya que es mejor experimentarla cada cual desde su perspectiva.

            Pero ahora he comprendido que ese prejuicio mío no sirve de nada (como generalmente sucede), porque sólo me estoy limitando de honrar a un autor que me ha dado tanto gozo con sus obras y, ¿por qué no decirlo? puede ser que alguien se anime a leerlo por alguno de estos escritos.


            Como comente en un ensayo anterior, llevaba un rato sin leer, lo cual me dolía. Tal vez fueron esos meses sin lectura o en verdad es un buen libro, ya que me gustó mucho, es más, por momentos me recordó a su obra más famosa y representativa: Tokyo Blues (O “Norwegian Wood”), sin que sean historias iguales sentí esa misma esencia.

            Cada vez que leo al maestro Murakami tengo la sensación de visitar a un buen y sabio amigo que, sin importar en qué circunstancias lo veas, siempre tendrá una palabra que te tranquilicé el alma. Y es que, al degustar sus obras, siento que mi ser se nutre, siempre que lo leo me siento más a gusto conmigo en este mundo.

            Antes de continuar vamos con el fastidioso pero necesario Spoiler Alert: No es mi intención destripar todo el argumento, como hago en las películas, pero sí voy a comentar momentos relevantes, así que le recomiendo dejar de leer este ensayo, disfrutar de ese delicioso libro y luego puede regresar a conocer mi opinión del mismo.

            Parte de la fascinación con este autor es que termino por identificarme con el 90% de los protagonistas, y Tsukuru no fue la excepción. ¿Por qué? Es extraño, por un lado trata de ver la realidad de la forma más objetiva posible pero él no entra en esa visión, ya que sus juicios hacía sí mismo suelen ser bastante injustos, por lo que tiende a menospreciarse.

            “Los corazones humanos no se unen sólo mediante la armonía. Se unen, más bien, herida con herida, dolor con dolor, fragilidad con fragilidad. No existe silencio sin un grito desgarrador, no existe perdón sin que se derrame sangre, no existe aceptación sin pasar por un inmenso sentimiento de pérdida. Esos son los cimientos de la verdadera armonía”– Haruki Murakami (“Los Años de Peregrinación del Chico sin Color”)

            Los diálogos de Haruki siempre son una delicia, y por eso me encanta leerlo, porque te hacen reflexionar sobre la vida misma, de las tonterías por las cuales perdemos la cabeza, por el sinsentido de este mundo o por lo que es realmente importante en nuestro diario trajín.

Y no sólo hablo de las pláticas que aportan directamente al argumento, porque igual de cautivadores son los diálogos que no están relacionados directamente con la historia principal, en realidad son como minicuentos que nada aportan al argumento primario pero, de igual forma, los disfrutas: me refiero al relato del papá de Haida y el pianista en la montaña o los dedos en formol abandonados en el metro.

Obviamente los diálogos de Haida fueron los más elevados, pero cada personaje, en su nivel cultural e intelectual, brinda unas líneas por lo más interesantes, dando como resultado una lectura fluida pero no hueca, de hecho con bastante esencia. Y ahí está otra de las grandes virtudes del maestro Murakami: abordar temas profundos con un lenguaje accesible e ideas claras.

Hablando de Haida, fue una sección que me encantó, era de esas amistades ganar-ganar en la que ambos se nutren, sobre todo de manera intelectual. Como ya mencioné, los diálogos fueron profundos y muy interesantes. Para mí, su amistad con Haida había sido casi tan valiosa como la de su pandilla de prepa por lo que me hubiera gustado que Tsukuru fuese a Akita y descubrir, por ejemplo, que Haida había muerto desde la infancia o algo así. ó_O

Continuando con Haida, era tanto el tiempo que pasaban juntos que empezaba a sospechar que el amigo de Tsukuru era gay y cuando (en sueños) su joven amigo se tragó el semen, no me cabía duda que lo era. Y claro que pasó, porque no hay otra explicación de que Tsukuru amaneciera tan limpio, por lo que me hace pensar que el pasaje de oscuridad anterior (También con Haida) efectivamente fue real.

Y sigamos pachequeando (como el buen Tsukuru hizo más adelante) si eso fue posible, es factible que la violación de Tsukuru a Shiro efectivamente haya acontecido y, ¿por qué no?, incluso la haya asesinado en su departamento en Hamamatsu. Todo es posible en el Universo Murakami pero, aunque suenen pachecas mis hipótesis, creo que son las más cercanas a la verdad. ¡Ah! Y para cerrar la sección de pachequeces, el pianista sí le pasó el don (entre otros) de ver auras al papá de Haida pero, de alguna manera, no murió, por eso Haida es tan especial (y no me refiero a lo gay).

Por cierto, siguiendo con Haida, ahí me entró una duda ¿Será capaz Murakami de tener algún día un protagonista gay? Digo, ya ha tenido personajes así (en esta obra hay dos) pero ¿un protagonista? Y me conteste ¡Ni de chiste!

¿Por qué? Simple, es un autor consagrado, no tiene por qué arriesgar con ello, por otro lado el pueblo japonés, principal mercado del maestro, tiene una actitud algo ambigua con la homosexualidad ya que, aunque tienen mucho material gay, sobre todo en historietas, es muy popular por su aire de clandestino. Esa misma ambigüedad le podría significar un auténtico “madrazo” a Murakami o hacerle daño a su carrera de acuerdo a cómo lo tomé el público nipón.

           “Hemos sobrevivido, tú y yo, y los que sobreviven tienen un deber que cumplir: seguir viviendo hasta el final, aunque muchas de las cosas que hagamos sean imperfectas”– Haruki Murakami (“Los Años de Peregrinación del Chico sin Color”)

¿Y luego dicen que es un mundo regido por hombres? ¡Ajá! Claro ¡Cómo no! ¬_¬U. Digo me alegro que Sara obligara a Tsukuru a enfrentar sus fantasmas del pasado pero, por un momento, imagine si la situación fuera al revés, y que él le pidiera a ella resolver sus heridas escolares, la respuesta sería: “¿Pero cómo puedes ser tan insensible y desconsiderado? He sufrido mucho todos estos años como para reabrir esa herida, bla bla bla” y claro, el buen Tsukuru hubiera salido regañado. ¡Ah! Pero como ella es la que lo solicita, hasta lo chantajea con no volver a tener sexo si no resuelve sus problemas, algo que Tsukuru no quería.

Y eso, mis querid@s lector@s pasa en todos lados. Así que eso de que el mundo lo manejan los hombres es una vil falacia: en la mayoría de las ocasiones somos manipulados por oscuras fuerzas femeninas. ¬_¬

La Muerte de Shiro me impactó bastante ya que, aunque Murakami suele describirte muy bien a sus personajes, ahora no pude imaginarme al resto, sólo a la hermosa chica de larga cabellera negra. Y cuando me enteré que murió, fue duro para mí, y eso que aún me faltaba conocer el resto de su trágica historia. Con ese antecedente pensé que Tsukuru la iba a tener difícil al intentar hablar con los otros tres.

            La plática con Aka me gustó bastante, en primer lugar porque lo recibió sin trabas, en segundo lugar por toda esa explicación del mundo laboral, su definición del perfil de cada trabajador y cómo funciona la cadena de intereses, me pareció una explicación muy clara y soberbia de cómo funciona el mundo empresarial.

Pero lo más importante, me encantó que, sin dejar su papel, se mostró muy leal y cooperativo con Tsukuru, incluso dándole más información de la que él pretendía encontrar, hasta dándole más tiempo del que creía iba a recibir, y es que el buen Aka utilizó esa visita para expiar sus pecados. Se puede ver como el último favor mutuo que se hicieron como amigos. No sé por qué, pero me conmovió mucho cuando él lo acompañó al elevador para despedirse
 
A propósito del Gran Gatsby
            Antes de pasar con Kuro, quiero compartir otro de los beneficios, por lo menos para mí, de leer a Murakami, y es que sus obras siempre me abren los horizontes sobre música, películas o libros que no conozco y que, gracias a él, me atrevo a conocer, como fue el conocer la maravillosa obra de F. Scott Fitzgerald: “El Gran Gatsby”.

En esta ocasión escuché “Los Años de Peregrinación” de Liszt (interpretado por Lázar Berman), la cual me gustó mucho, aunque no sé si fue por el libro en sí (al imaginarme a Shiro tocándola con todo el profundo sentimiento expresado en el texto) o con el oído educado de un hijo con un papá adicto a la música clásica (aunque lo suyo era más Mozart y Beethoven, pero de todas formas me educó “indirectamente” en el género).

El caso es que la secuencia completa (de poco más de media hora) es una obra excepcionalmente bella, con sus momentos íntimos, fuertes, con enojo y también con dulzura. Obviamente, tras las descripciones de Murakami, ya traía un prejuicio positivo hacía esta obra, es por ello que cuando terminó la interpretación de Berman, se me salió una lágrima por la nostalgia de imaginarme a Shiro tocando esa última nota tan melancólica. Me resulta increíble que un personaje con tan poco participación “real” hay sido tan vital, la tristeza que sentí al terminar la melodía fue a causa de su muerte.

“– ¿No te parece extraño? – Dijo entonces Eri.
- ¿El qué?
- Que esa época tan asombrosa haya quedado atrás y ya nunca vaya a regresar. Que tantas posibilidades fabulosas hayan desaparecido, como si el tiempo se las hubiera tragado.
Tsukuru asintió en silencio. Pensó que tenía que decir algo, pero no encontraba las palabras.”– Haruki Murakami (“Los Años de Peregrinación del Chico sin Color”)


            Todo el pasaje de la visita a Finlandia lo disfrute bastante y me prometí que un día visitaré dicho país escandinavo. La descripción de Murakami me encantó, porque me resultó, en esencia, muy familiar a lo que percibí en Islandia, con esa gente tan amable y acomedida. Igual y voy en unos cuatro años pero, eso sí, en Verano.


            La Reunión con Kuro (Eri) fue mi favorita del grupo, tal vez por la intimidad, por la honestidad y por esos silencios cómplices que comparten amigos de la juventud  que siguen vigentes sin importar el tiempo o las experiencias que los hayan hecho cambiar.

            Al inicio pensé que Eri le iba a hacer el feo, después me sorprendí que le dijera que ya sabía que no había violado a su amiga. Y después acabé por entender por qué sacrificaron a Tsukuru por el bienestar de Yuzu (Shiro). Por cierto, un detalle lindo ponerle el nombre de su difunta amiga a su hija pero, energéticamente, tal vez no haya sido lo más inteligente.

            Con la plática de Eri te cambia totalmente la perspectiva de la situación: al inicio crees que los amigos de Tsukuru eran unos ojetes por cortarlo, después entiendes por qué lo hicieron y acabas diciendo “Era lo mejor”. Y también me sentí bien cuando le dijo Eri que lo hizo porque sabía que él iba a sobrevivir, por el buen concepto en que lo tenían los cuatro. Además agradeces conocer la opinión de cada miembro sobre nuestro protagonista, porque así te das cuenta que el más ojete (consigo mismo) es el buen Tsukuru, que nunca reconoce sus virtudes.
 
Su servidor y atrás de mí el "Don Quijote" de Shinjuku
            La despedida de Eri me dio mucha nostalgia seguida por una profunda tristeza, aunque después se tornó en preocupación porque pensé “No la dejes sola Tsukuru, capaz que el espíritu malo llega a matarla y te van a inculpar a ti”, pero el maestro Murakami no es tan cúlero. ;-)

            Este es mi primer libro de Murakami desde que regresé de Japón por lo que, cada vez que mencionaba un lugar en el cual había estado, se me rompía el corazón invariablemente. Y es que decía “Yo estuve ahí”, “Me subí a esa línea”, “Camine por ese parque”, “Estuve en ese barrio”, etc. Pero en donde sí me ganó el sentimiento hasta las lágrimas fue su descripción de la estación de Shinjuku, y la recordé con mucho cariño y anhelo. Es de esos “sufrimientos bonitos” que voy a tener que lidiar cada vez que vea algo relacionado con Japón, porque mi corazón se quedó en la Tierra del Sol Naciente :’-(


Ya para terminar el argumento en sí, el capítulo final de Tsukuru es el final perfecto, una auténtica delicia, una obra de arte autónoma dentro de este mismo libro, en especial toda esa introspección que hace cada vez que ve todo el movimiento del metro. El capítulo en particular habla de nada y, al mismo tiempo, de todo. Me gustó mucho cuando pondera subirse al tren y conocer Matsumoto, o todo el repaso sobre su padre, fue simplemente una secuencia de reflexiones maravillosas.

            “Probablemente jamás volvería a aquel lugar. Quizá tampoco volvería a ver a Eri. Cada uno seguiría con su vida en sus respectivos lugares, como había dicho Ao: no se puede dar marcha atrás. Al pensar en ello, la tristeza surgió de alguna parte y lo inundó sin hacer ruido, como si fuera agua. Era una tristeza transparente, sin forma concreta: era su propia tristeza y, al mismo tiempo, era una tristeza inalcanzable, en un lugar distante. Lo ahogaba y le dolía como si le horadase el pecho”– Haruki Murakami (“Los Años de Peregrinación del Chico sin Color”)


            Cuando te acostumbras al estilo de Murakami, sabes que al final va a dejar cabos sin atar pero, al llevar tantos libros de él, ya estás preparado mentalmente para ello. Es más, el cabo suelto de Sara no me preocupó tanto (porque ella lo hubiera mandado al cuerno desde la primera vez y no hubiera puesto tanto interés en que él resolviera sus Issues). El cabo suelto que me hubiera gustado que resolviera fue el de Haida, pero tampoco pasa nada si lo deja así. De alguna forma estuvo bien que no se resolviera el misterio de la muerte de Shiro porque, así como en la vida real quedan muchas cosas sin resolver, en los libros tampoco todo debe ser revelado.

            Después de haber estado dos semanas en Japón, comprendo por qué Haruki tiene esa tendencia a dejar puntos abiertos: porque es muy nipón. Es una actitud muy sutil para que cada lector le dé el final que le guste, el autor te da todos los antecedentes, los personajes, las situaciones y te encarrera, para que escojas qué arreglos finales ponerle y él no te sorrajé el de su gusto, es una manera muy educada de ser. Tal vez el occidental no lo entienda del todo, pero para el japonés ser sutil y educado es algo muy importante.

            En mi muy particular punto de vista, el maestro pudo alargar más la historia, en donde Tsukuru hubiera averiguado más sobre la muerte de Shiro con su familia o incluso ir a Hamamatsu. También hubiera seguido la pista de Haida para aclarar el porqué de su repentina partida y hubiera utilizado al pianista de los dedos amputados más en la historia.

Seguramente hubiera podido, y hubiera sido un deleite pero, por fortuna, se detuvo en el momento exacto. Y es que Murakami Sensei ya ha hecho eso, como cuando se explayó de manera excepcional en “Kafka en la Orilla” pero ahora su visión cambio y dejó la Obra en el punto correcto. Y es que también corre el riesgo de que se le salga de las manos al haber dado más, como ya le pasó en “El Fin del Mundo y un despiadado País de las Maravillas”, una de las pocas obras que sí me dejo con un sentimiento indefinido marcado :-/

            Y ahí me queda claro por qué me gustó tanto “Los Años de Peregrinación del Chico sin Color”: Por las casi nulas pachequeces. Obvio tuvo sus hechos inexplicables pero nada de hombres carneros, gente diminuta o sombras independientes. Y conste que amé “1Q84”, “Baila Baila Baila” o “La Caza del Carnero Salvaje”. Siendo honestos he amado casi todas las obras de Murakami, por eso lo sigo leyendo, a pesar de las Pachequeces.

Sin embargo, de vez en cuando, uno agradece y disfruta estos libros con su toque extraordinario pero nada tan alejado de la realidad, por eso disfrute tanto “Tokyo Blues” o “Al Sur de la Frontera, al Oeste del Sol”, porque tenían ese sentimiento más terrenal, con el que te sientes más identificado. Por eso me gustó, aún más, este libro del maestro Murakami.

            Obvio no quiero que deje de sacar a sus seres fantásticos, porque es divertido tratar de adaptar a tu paradigma dichas situaciones extrañas pero, de vez en cuando, también se agradece una lectura más real.

           “En el mundo hay muchas cosas que no se arreglan sólo con afecto. La vida es larga y a veces cruel: en algunos casos hacen falta víctimas. Alguien tiene que asumir ese papel, y los cuerpos frágiles y vulnerables, están hechos para sangrar al cortarse”– Haruki Murakami (“Los Años de Peregrinación del Chico sin Color”)

            Como siempre lo he sostenido, el fuerte de Haruki no es lo que te cuenta, sino la belleza de cómo te lo cuenta, te podrá recitar la tabla periódica pero, con la mágica elegancia que lo caracteriza, quedas embelesado. Sin embargo, este argumento me gustó mucho, así que ahora no sólo fue la forma, sino el fondo también mereció mi más amplio reconocimiento.


            Hebert Gutiérrez Morales.