domingo, 24 de abril de 2016

Tres momentos del fin de semana

            Algún día, en un futuro lejano, o en un universo alterno, terminaré todos los escritos que tengo planeados. Entre mi procastinación y los escritos que surgen de imprevisto, como éste, el terminar con todos los que tengo en proceso es una meta que, cada vez, veo más lejana.

            En fin, creo que tendré que acostumbrarme a esto, agradecer que tengo la inspiración para escribir tan fácil (sobre todo de temas no planeados) y esperar que algún día pueda ser lo suficientemente eficaz y eficiente para terminar todos mis pendientes :’-(.

            Les comparto tres momentos de este fin de semana.

            La esencia de Miguel.

            Aunque ya tengo algunos años que conozco al esposo de Mayra, pocas veces he tenido la oportunidad de platicar con él, a pesar de coincidir en fiestas e incluso haber ido a su boda. Nunca pasamos más allá del Small Talk.

            Este Sábado, después de nadar, me fui al Buffet del USDTAC y, cuando estaba a punto de terminar, llegó Miguel, me saludó y me pregunto si podía sentarse en mi mesa. Normalmente como solo los fines de semana, pero accedí de buena gana porque es buen tipo y me cae bien.

            Empezamos platicando de mi viaje a Japón (del cual tengo como 10 escritos en proceso) y, en tan solo 15 minutos intercambiamos una serie de puntos de vista sobre varios aspectos de la vida. Es increíble la cantidad de opiniones que compartimos y la forma tan similar que tenemos de percibir al mundo.


            Es padre cuando te encuentras a alguien tan sensato, o tan pendejo, como tú, sobre todo cuando eres un ente raro en este mundo tan enfermo, torcido e ignorante. Al final, aunque el tiempo fue corto (Mayra llegó por él porque tenían otro compromiso al cual iban tarde), la plática fluyó tan bien como si lleváramos una larga amistad cuando, en realidad, era nuestra primera charla en forma desde que nos conocemos (que ya serán unos 6 ó 7 años).

            Sé que en otra oportunidad podré platicar con Miguel, pero ya con más calma. Seguramente será una conversación muy interesante, mismas que cada vez son más difíciles de encontrar en este mundo tan hueco y superficial.

            La Intimidad de la Impersonalidad

            Antes de dicho desayuno, llegue tempranito a nadar. La ventaja de empezar a las 7:30 AM es que tienes la alberca para ti solo y te despreocupas que alguien se atraviese en tu carril.

            Pero en realidad, durante mis dos horas de nado, nadie se atravesó. De hecho el clima nublado ahuyentó a la mayoría de usuarios, así que hubo más carriles disponibles que nadadores que me hicieron compañía. Gracias a ese espacio y libertad es que pude nadar a mis anchas, a una excelente velocidad, sin preocupaciones. Y justo con ese ambiente se dio algo que me encanta que me pase.

            Hay un punto, en que estás tan metido en tu ritmo, que ya no piensas en “nadar”, porque el cuerpo ya lo hace de manera automática, tanto las brazadas, las respiraciones y las vueltas de campana, incluso el conteo de las vueltas se vuelve autónomo.

Es justo en ese momento, cuando entra el “piloto automático” en que tu mente se desconecta del cuerpo, y se vuelve un pasajero más del mismo. Es muy chistoso, es como si fueras en una nave y te dedicas a disfrutar del panorama. En este caso el paisaje de la alberca es el mismo, pero tu inconsciente se dedica a contemplarte, dejas de ser una persona, tu nombre carece de significado, y el nadar es tan natural como el respirar, es como si te volvieras un pez.

Siempre he dicho que el correr me libera las ideas y el nadar las emociones. La mayor parte de nuestro ser es agua, así que entrar en comunión con la alberca es una especie de meditación activa muy profunda e interesante.

Me encanta entrar en ese estado, porque me hace ver que mis problemas son una estupidez y me recuerda lo absurda que es la vida que nos planteamos, llena de obligaciones, posesiones, apariencias, lealtades y demás.

Si quisiéramos seríamos tan libres como el agua pero, ésa es la desgracia del humano: no sabe (ni quiere) ser libre, así que nos inventamos una serie de situaciones de lo más complejas y ridículas para encontrarle sentido al mundo, mismo que ya tiene un sentido por sí mismo, pero es tan fácil y básico que (irónicamente) se nos hace difícil de asimilar, así que debemos complicarnos las cosas y, de paso, darle en la madre al planeta.

Agradezco cuando esos momentos me pasan, tanto en la alberca como al correr, porque me hacen un poquito menos inconsciente, aunque después la programación de la “Sociedad moderna” vuelva a recuperar su lugar.

¿Me atreveré algún día a desprogramarme por completo? ¿Salirme del Sistema así como Neo se salió de la Matrix? No sé si mi valor alcancé para tanto pero, por lo menos sé, que la realidad que vivimos es una mentira, ya dependerá de mí cuánto tiempo más seguiré en ella.

La Playera Roja

Hoy salí a correr en la tarde y, por alguna razón, quería hacerlo con mi playera roja de Rumba Mía, misma que busqué y busqué y no encontré “No puede ser” me dije “Debe de estar aquí”. Como nadie más ha entrado a la casa en los últimos cuatro meses, las cosas no se pierden.

Cuando estaba a punto de molestarme, con un flashazo, recordé en dónde la había puesto: Estaba dos metros bajo tierra en la jardinera de casa de mi madre, justo junto al cuerpo de mi amada Dori.

¿Por qué precisamente quería esa playera? No lo sé ¿De dónde vino ese anhelo? Me encantaría saberlo. Al final fue una manera de recordar a mi hermosa Dori y a la regordeta de la Osa. Qué ingratos somos los humanos, en especial yo, hace tres meses me moría de dolor por mi pequeña y ahora necesite una estúpida playera para recordarla.

Creo que por eso escribo porque, cuando muera, tal vez alguien lloré mi partida (y no hay garantía de ello) pero con el tiempo también me van a olvidar. Por eso, a través de los escritos, seguiré vigente y mucha gente me conocerá mediante ellos, aunque yo ya no los conozca.

Antes de correr le ofrecí disculpas a cada una de mis mascotas, por no tenerlas en mente todo el tiempo y sólo acordarme de vez en cuando de ellas. No recuerdo que luminaria dijo esto (Twain o Nietszche), pero es verdad: “El único defecto del Perro es que hace al Hombre su Dios. Si el Perro fuera Ateo, sería la criatura perfecta”.

En verdad no merecemos el amor de tan maravillosos animales pero, siendo egoístas (cosa que nos sale muy bien), me alegro que lo tengamos.

Me gustaría volver a tener un perro algún día, pero aún no es el momento apropiado.

Tal vez sea el mismo día que termine todos mis escritos pendientes. ¬_¬U


Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 17 de abril de 2016

sábado, 16 de abril de 2016

A la Verdad no le importa tu opinión

“Que no puedas aceptarlo, digerirlo, que no te convenga o que te moleste la certeza de un hecho, no quiere decir que va a dejar de ser cierto. Ésa es una ventaja de la verdad: no le importa nuestra opinión, creencias o conveniencias. La verdad no necesita tu aprobación para serla” – Hebert Gutiérrez Morales.

lunes, 11 de abril de 2016

Felicidades inaccesibles

“Conforme vas creciendo o madurando, los golpes de la vida se van acumulando. En lo que te recuperas de dichos golpes, es difícil darte cuenta que ya hay felicidades a las cuales ya no vas a volver a tener acceso. Felicidades más puras o inocentes, de mejor calidad, que ya no volverás a probar” – Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 10 de abril de 2016

La Belleza de la Congruencia

“Las personas que están conscientes de lo que son gozan de un atractivo especial. Obviamente le sacan provecho a sus cualidades, y eso les da cierta mística. Dicha congruencia les da una belleza auténtica y natural, misma que jamás van a obtener aquellos que pretenden ser algo distinto a lo que son” – Hebert Gutiérrez Morales.

viernes, 8 de abril de 2016

Los Tres Dólares

            Siete de la mañana del Lunes, llego tranquilamente a la oficina, el señor que limpia los baños se muestra más amable que de costumbre “¡Qué raro!” me digo, cinco minutos después “sale el peine” de por qué tanta amabilidad.

            Me habla con una vergüenza enorme, nunca había cruzado más de un “Buenos Días” o un “buenas Tardes” con él. Ahora que le oigo más de dos palabras, me resulta evidente que no domina a la perfección el español, seguramente viene de alguna comunidad indígena del estado.

            Me comenta que intervinieron a su mamá en el seguro social, que la operación costo $5000 pesos, que sus hermanos y él están viendo cómo pagar y demás “Venga, ya no tanto verbo y saque el sablazo” pensé “¿Cuánto quiere? Para que lo mande a la goma”.


            Después de 10 minutos de explicaciones, con toda la pena del mundo, me pide prestados 50 pesos, “¡50 Pesos! ¿Tanto rollo para eso?” así que, sin mayor trámite, se los doy. En consecuencia me debo chutar otros cinco minutos de agradecimientos y promesas de que me los va a pagar en cuanto pueda, aunque no los espero de vuelta.

            Para quién no vive en México, 50 pesos equivalen a poco menos de tres dólares estadounidenses. Y sí ¡por tres dólares se armó todo este show! Entiendo que la gente en Puebla puede ser muy mamona y clasista, muy por encima de la media nacional, así que por ello el señor tuvo que extremar precauciones en cuanto a la forma de dirigirse a mí pero, para su fortuna, no soy poblano.


            En la Maestría tuve un profesor que nos dijo que en México hay tres clases sociales: los que hablan en pesos, los que hablamos en miles y los que hablan en millones. Hay quienes dicen “Préstame $50 pesos”, otros piensan “Le debo 15 mil a la tarjeta” o los que indican “Haz un traspaso de 6 millones a la cuenta”.

            Ya era consciente de dicha diferencia desde hace tiempo, de hecho ya había tratado ampliamente el tema en escritos como “¿En qué momento?”, “Neoimperialismo” o “La Mustia apariencia del Nito” me explayé al respecto. Sin embargo, me seguía molestando la situación, así que tuve que plasmarlo en este texto para que mi inconsciente me dejara en paz.


            Algo de lo que contribuyó al presente es que leí sobre la distribución del PIB en México: El 50% de la población tiene el 12% de la riqueza (los que hablan en pesos), El 40% de los mexicanos tenemos el 38% de los recursos (los que hablamos en miles) y el restante 10% posee el 50% del dinero (los que hablan en millones).

            Obviamente esta situación no es la idónea pero, lo más preocupante, es que en lugar de irse nivelando, se ha ido recrudeciendo en los últimos tiempos, ya que los ricos se siguen haciendo más ricos y los pobres más pobres, adelgazando a la clase media que, dentro de la misma, también hay una desigualdad parecida entre sus facciones baja, media y alta.

            El instituto responsable del estudio urgía al Gobierno Mexicano a implementar medidas para reducir la desigualdad, y ahí solté una carcajada. “¿Cambiar la situación actual? ¿El Gobierno? ¿Quitarles a los ricos para darles a los pobres? ¡Ja ja ja! Muy buen chiste”


            Gran parte de los que hablan en millones forman parte de la clase gobernante, mismos políticos que se sirven a sus anchas del presupuesto, y que además se ven beneficiados de los “favores” que les hacen a los empresarios (los otros grandes representantes de la clase alta). Traducción: ellos no se van a quitar dádivas para privilegiar a los pobres.

            Por otro lado, de las “migajas” que sueltan, gran parte nos toca a la clase media, así que tenemos una falsa sensación de bienestar porque nos comparamos con la enorme clase baja y nos sentimos afortunados. Traducción, tienen comprados nuestro silencio y lealtad, porque somos sus empleados “de confianza”.

            Así que la clase alta tiene un buen control sobre alguna potencial revolución de la clase baja al tener de cómplices a la clase política, la clase media y, de paso, a las fuerzas armadas.


            Pero, aún sin ese control, la clase baja no va a hacer nada por sublevarse, ¿por qué? Por un condicionamiento que viene desde la Conquista, el candado más eficiente que se puede tener: las creencias, la cultura y la educación.

            “Patroncito” es la forma en que el señor al que le di los $50 pesos se dirige a nosotros los empleados. ¡Cómo me purga que me diga así! No sólo es lo que dice sino el tono de sumisión con el cual lo dice.

Sé que los españoles actuales no tienen responsabilidad de lo que hicieron sus ancestros de hace cinco siglos, sin embargo no puedo evitar mi enojo hacía ellos: por la anulación de la dignidad indígena y por el daño que se ha perpetuado en el inconsciente mexicano a lo largo de su historia.

Tal vez por eso me cagan esos mexicanos que se creen “españoles” porque su tatarabuelo fue un paría en Cataluña y llegó a México para ser cacique. O me enoja cómo el fundador de Bimbo llego de España sin tener en donde caerse muerto y, aprovechándose de la actitud sumisa del mexicano, fundó su imperio actual.


A veces fantaseo que los ingleses hubieran llegado aquí primero y, en lugar de humillar a los indígenas mediante la esclavitud, nos hubieran masacrado y terminar con dignidad nuestra existencia, nuestra cultura sería diferente o, por lo menos, nuestra manera de pensar.

Pero más que odiar a los españoles (por venir) o a los ingleses (por no venir) odio más a los propios mexicanos ¿por qué? Por perpetuar esa deslealtad entre nosotros. Sin importar lo que diga la historia oficial.

Por ejemplo, Hidalgo y todos sus canchanchanes no querían la independencia de México, sólo querían quitarle el negocio a los españoles y ellos (los criollos) ser los nuevos gobernantes, sin cambiar nada. Obviamente su carne de cañón eran los indígenas, a los que les prometieron libertad e igualdad. 500 años después los indígenas siguen en espera que se les cumpla dicha promesa.


Ya no habrá esclavitud tal cual, pero el mexicano sigue perpetuando un sistema clasista que tiene a los niveles bajos en un estado similar a la esclavitud, en donde tienen que sobajarse por tres mugrosos dólares.

¿A qué orillamos a la clase baja? A rogar, a sobajarse, a subemplearse, a mendigar, a robar y otras acciones cuestionables. No los justifico pero, cuando tienes hambre, supongo que los valores o el sentido de justicia pasan a segundo (o tercer) término. Y muchos otros optan por irse a Estados Unidos. Y ahí es dónde compruebo que algo de lo que dice Trump es cierto: “México nos manda lo peor que tiene”.


OJO, no estoy apoyando a Trump, no quiero que gane y me parece un pendejazo, pero en esa frase tiene razón. En Estados Unidos tienen una imagen muy clara del mexicano: aquel poco letrado, algo violento, con poca refinación, con poca cultura ¿Y qué esperaban? En su tierra lo humillaron, lo sobajaron y lo ningunearon, obligándolo a defenderse, aprendiendo a morder, rasgar y patear. Si es la forma en la que has aprendido a sobrevivir, no esperes que de la noche a la mañana se civilice.

Ahora, esos mismos paisanos que ahora se creen gringos, al grado que ni español quieren hablar (aunque tengan el nopal tatuado en la cara), no pueden dejar de lado sus tendencias egoístas, mismas que recalcan que son mexicanos aunque nazcan o radiquen en Estados Unidos.

He leído notas de muchos de esos mexicanos que van a votar por Trump, y apoyan su postura del Muro a lo largo de la frontera. ¿Qué hay detrás de dicho apoyo? El siguiente pensamiento “Mi familia y yo ya chingamos, así que pueden construir su muro y que no entren más ¡Qué se jodan!”.


            Pero no nos extrañe esa deslealtad, ya que acá dentro también la tenemos muy presente “A mí me vale madre que se estén muriendo de hambre”, “Me vale pepino si ellos no tienen en qué caerse muertos, yo tengo mi Chalet en Aspen” o “Están pobres porque quieren, yo me la paso chingón comiendo en lugares bonitos”.

            A otro nivel también se ve esa deslealtad, con muchos empresarios que explotan a sus empleados con salarios ridículos. Y ahí aprende también el empleado “Si la empresa hace como que me paga, yo voy a hacer como que trabajo”.

            Al tener la oportunidad de viajar, he visto la diferencia entre calidad  y nivel de vida, porque en países avanzados la brecha no es tan grande y los problemas sociales son infinitamente menores, porque hay lealtad entre las distintas clases sociales que la componen.

El problema con nuestro nivel de vida es que también debemos lidiar con inseguridad, falta de infraestructura, servicios deficientes y subsidiar todos los huecos de un sistema falto de recursos (porque todos lo desfalcan).

Como no nos comportamos con la decencia o humanidad de país de primer mundo, no tenemos uno así. Aunque, siendo honestos, el porcentaje de repartición de riqueza en México es un reflejo de la distribución mundial, y muestra de ello está el tema de moda (los Panamá Papers), en donde los ricos quieren ser aún más ricos al pagar menos impuestos.

Para cerrar, las pequeñas dádivas que damos (como donarle $50 presos al señor de la intendencia) a los menos afortunados nos hace sentir “menos” malos, y sentimos que contribuimos a resanar en algo tanta desigualdad sobre la cual está basado nuestro nivel de vida en México.

Si los círculos del poder quieren mantener sometidos a “los de abajo”, deberían exprimirlos al mismo nivel, y así nada cambiará. Pero si siguen incrementando el abuso, como ha sido el caso en los últimos años, hasta que el pobre no tenga nada que comer, entonces éste reaccionará por el hambre e irá a comerse al rico.

Este escrito no quiere (ni puede) cambiar nada, simplemente es un acto simbólico del autor para reflejar un momento en la existencia antes de que venga una gran catástrofe social, producto de tanta deslealtad entre humanos (y la tendremos bien merecida)


Hebert Gutiérrez Morales.

La Necesidad mata a la pareja

"¿Por qué muchas parejas no funcionan de manera óptima? La Necesidad. Cuando necesitas a alguien de manera tan imperativa (por no decir enferma) no puede haber plenitud, y eso es una desgracia. Cualquier necesidad grande o intensa es impedimento para que tengas paz en tu ser" - Hebert Gutiérrez Morales.

jueves, 7 de abril de 2016

Esperanza humana

"La Esperanza es tan inherente a la naturaleza humana que no se puede evitar. Pero una cosa es aceptarla y otra muy distinta fomentarla" - Hebert Gutiérrez Morales.

lunes, 4 de abril de 2016

No puedes vivir en el paraíso

“El Paraíso sólo puede ser visitado porque, en el momento en que vives en él, deja de serlo. La Exclusividad le da el status de Paraíso, ya que lo ideal no puede ser cotidiano” – Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 3 de abril de 2016

Volando de México a Japón

            Creo que es la primera vez que escribo algo en el aire (y no creo que sea la última), y es una sensación nueva y divertida, siento que estoy aprovechando mi tiempo horrores, o tal vez es la sensación de (¡por fin!) sentirme relajado en varios días. Pero empecemos por el comienzo.

            La preparación

            La semana previa a mi viaje opté por enfocarme a mi rutina normal, no pensar nada en la travesía porque entonces mi neurosis afloraba, me angustiaba y sólo sufría de manera gratuita.

            Me gusta tener el control de la situación, así que ya había hecho todo lo que estaba a mi alcance, e incluso más, para que todo saliera bien en mi trayecto a Japón, el problema es que me cuesta aceptar que hay factores que están más allá de mi influencia y que sólo me queda reaccionar al respecto, y por eso intento hacer más de lo que me toca pero, a veces, ni eso es suficiente.

            La noche previa ni siquiera me molesté en intentar dormir, si semanas antes ya estaba nervioso ¿Se imaginan cómo estaba la noche anterior? El no poder dormir por dicho motivo me pone feliz ¿La Razón? Porque quiere decir que aún hay ilusión en mi ser, que todavía me puedo emocionar y esperar algo con expectativa, que todavía late el corazón de mi niño interno. Así que, aunque signifiquen noches en vela, espero seguir sin poder dormir las noches previas a mis viajes.

La noche del Viernes fui tranquilamente a mi clase de Streching. Al regresar a casa me propuse aprovechar mi insomnio endémico por viajar para implementar una técnica nueva: me mantuve ocupado hasta la hora de salida, enfocándome en mi equipaje y otras actividades mundanas. Había decidido irme “en vivo” al aeropuerto, dormir lo menos posible y así vencer el Jet Lag cuando por fin llegara a Japón, porque iba a caer rendido.

            Incluso hice arreglos para llegar por mi cuenta al autobús y eliminar un riesgo como la última vez (cuando mi taxista se quedó dormido). Dormí un par de horas en el camión que me supieron a gloria, en el check in se tardaron un poco, pero la señorita me dio información que me tranquilizó: Mi equipaje se iba directo a Japón, además de que me dio prioridad para pasar por migración, esto debido al poco tiempo que tenía para el vuelo de conexión (90 minutos).
 
            Esa era mi preocupación principal: el escaso tiempo que tenía para la conexión en Houston, pero lo que me dijo la señorita me relajó y abordé el avión. Todo eran risas y felicidad hasta que el piloto nos hizo un anuncio: el avión presentaba fallas y ya estaban trabajando los de mantenimiento en ello. “Hombre, ¡No pasa nada! ¿Cuánto pueden tardar?” me dije, así que seguí whatsappeando a gusto.

Salimos una hora más tarde a lo programado.

            Corre Hebert ¡Corre!

            ¿Saben? No sé cuántos ejemplos necesito para entender que atraes lo que piensas y espero algún día ser un poco más sabio o sereno para comprenderlo. Desde que compré el vuelo me preocupó el tiempo corto para la conexión: a pesar que en la agencia de viajes y en la propia aerolínea me decían que era suficiente, a pesar de que ya conocía lo eficientes que son en el Aeropuerto de Houston, a pesar que ya hice una conexión con menos de una hora de tiempo en Amsterdam. A pesar de todo ello, mi cabeza seguía imaginándome corriendo para alcanzar el avión . . . . ¡y se me concedió!


            Cuando finalmente aterrizó el avión, sólo tenía 30 minutos para bajar, pasar migración, pasar aduana, llegar a la otra terminal y abordar mi vuelo a Narita, sonaba imposible ¿verdad? Pero así como soy un neurótico con esto del control también soy un pinche necio, mientras haya un chance lo voy a intentar ¡y empecé a correr!

            Rebase a no sé cuántas personas, cargando mi equipaje de mano y la lap top, corrí como pocas veces, rebase a decenas de personas y, felizmente, no había cola en migración así que avancé de inmediato y, con mi historial de viajes al Gabacho, pasé casi en automático.

            Seguí corriendo porque ya sólo me quedaban 10 minutos para abordar. Fue una bendición que mi equipaje fuese documentado directo a Japón, porque eso me hubiera partido el queso. Pasé rápido por aduana y llegué al control de seguridad.

            Eso es algo que encuentro tonto, si acabas de bajar del avión, y vas directo a un vuelo de conexión, ¿para qué volver a verificarte? ¿Acaso en el trayecto alguien en el aeropuerto te va a dar una bomba? Pero ya no cuestiono, debo aceptar que así son los Gringos y no van a cambiar para complacerme.

            Yatta! ¡Lo logré! Alcancé a abordar, incluso no fui el último “Soy una auténtica reata” le escribí a Paco por Whatssapp, ya que él iba a recibirme en Narita y estábamos viendo si llegaba o no.

            25 minutos exactos, incluso me hubiera dado tiempo de ir al baño, pero opté por hacerlo en el avión. Espero, en verdad espero, nunca volver a pasar por una angustia similar. Aunque debo admitir que me sentí orgulloso del tiempo que hice, de lograr una misión que parecía imposible y ver que, cuando quiero, ¡puedo!
 
Así me sentí ya en el avión a Narita
            De cualquier manera, el avión despegó diez minutos más tarde para esperar a más pasajeros que iban atrasados, en mi mismo vuelo, pero eso ya no me importó. Me quedé con la satisfacción de haber logrado algo poco probable y con la enseñanza que el poder de mi mente es increíble, así que debo cuidar más mis pensamientos (Sobre todo los neuróticos ¬_¬).

            Fue hasta ese momento que por primera vez, en más de dos semanas, me pude relajar.

            All Nippon Airways

            Y bueno, eso me trae al momento con el cual inicie este escrito, ya que lo estoy redactando sobre el océano pacifico. Tengo conectada mi lap, mi teléfono se está cargando a mi lado, tengo 15 minutos de internet gratis por cada cuenta de correo y puedo comprar más tiempo a tarifas razonables.

Así te tratan los de ANA
            Creía que iba ser difícil superar mi percepción con los de KLM, Air France y Aeroméxico, pero All Nippon Airways (ANA) es una experiencia exquisita, no en vano está en los más altos lugares a nivel mundial en cuanto a servicio. Obvio las primeras tres me siguen encantando, pero ANA ha demostrado estar levemente arriba de ellas.

            Además de las opciones de conectividad ya mencionadas, también te ofrecen películas, música, series, juegos y demás opciones que, por fortuna, utilice muy poco, ya que traje mi lap para avanzar en mis escritos. Y me sirvió, porque no resentí el vuelo, avance algo en mis textos a tal grado que me desconecté del mundo y se me olvidaba hacia dónde iba.

            El avión estaba impecable, el equipamiento (sillones, pantallas, compartimientos, conexiones y demás) muy modernos, la revista de la compañía muy completa (con artículos ingeniosos, productos interesantes y buenos tips para relajar tus piernas en un trayecto tan largo). A pesar de ser clase turista no me sentí apretado y si a todo eso le agregas la amabilidad y detallitos de buen gusto japonés, te hace más llevadero el viaje de 14 horas entre Houston y Tokyo que, al ser por el océano Pacifico, es mucho más turbulento que por el Atlántico. Me encanta cuando una compañía está consciente de las circunstancias del vuelo (tiempo, distancia y turbulencias) y se preocupan por maximizar tu bienestar.

            Hace cinco años, cuando empecé a volar al extranjero, sin pretenderlo, casi siempre me tocaba ventanilla, algo que me encantaba, porque tengo complejo de perro paseando en coche, que va viendo emocionado el paisaje (así sean puras nubes). Sin dame cuenta, en mis últimos viajes ahora privilegio el pasillo.

            ¿A qué se debe este cambio? Primero ya no me emociona la ventanilla, he vivido tantos despegues y aterrizajes que ya no lo encuentro emocionante. Ahora busco la comodidad y qué mejor que el pasillo, que te da espacio y libertad, ya que tienes un lado libre y para ir al baño no debes pedirle a nadie que te deje pasar. Adicionalmente te permite chismear para ver lo que te van a servir. Bendito “Check in On line” que me deja escoger lugar con anticipación.

            El día antes del vuelo platicaba con una chica que me decía que no le gusta comer en los aviones y que prefiere pasársela dormida. Eso me llamo la atención porque, aunque me encanta dormir, también me encanta comer e, inexplicablemente, ¡Adoro la comida de los aviones!

            Nos pasaron el Menú y escogí algo de mariscos, no vi muy bien que tenía pero estaba muy bien presentado (sin duda los japoneses tienen un gusto estético muy desarrollado). Fue una experiencia diferente, porque fui descubriendo los sabores conforme iba engullendo, estaba rico más no delicioso, pero sirvió para entretener la tripa. Aunque tengo la impresión que lo disfrute más por la presentación tan mona que tenía. Lo que sí me encantó fue el postre: un helado de Vainilla de Häagen Dazs que casi me saca lagrimitas de la alegría que sentí al degustarlo.

            Por cierto, hasta este punto, opté por no hablar en japonés y comer con cubiertos en lugar de palillos, ¿Por qué? Me servía pasar por un Gaijin (extranjero) ignorante, mismo papel que me simplifica todo y me tengo que esforzar menos. (Sí, a veces peco de flojo).

            Cuando el japonés sabe que conoces su cultura sube el estándar contigo e, inconscientemente, más te exige que te comportes conforme a su idiosincrasia. Esa preocupación se la expresé a Paco días antes y me dijo “No te estreses y disfruta tu viaje”, así que para relajarme más, asumí el papel de Gaijin ignorante. Ya había dos semanas por delante para practicar mucho mi japonés en tierra.
Por eso no voy a lugares finos

            Lo malo es que asumí ese papel muy bien porque, en la primera comida que nos sirvieron, había una especie de leguminosas con todo y cáscara, mismas que estaban hervidas y, al no saber muy bien qué eran, ¡me las comí sin pelarlas! Después noté que los nipones de al lado sólo se comían lo de dentro y dejaban la cubierta. Sí, a veces también peco de naco ¬_¬.

            Pero no sólo me fije en eso, al observarlos comer quede como hipnotizado, me impresionaba la tranquilidad, paciencia o parsimonia con la que comían, casi casi una ceremonia para degustar sus alimentos, como si fueran conscientes de cada bocado. Para mí, que suelo devorar en unos cuantos minutos, fue un espectáculo fascinante, no porque comieran lento, sino con la intención de disfrutar el momento y el bocado.

            Y creo que eso es lo que me encanta de esta cultura: los pequeños detalles que convierten algo mundano en un hecho soberbio, el cómo ellos le dan un sentido casi artístico a su existencia sin que sean conscientes de ello.

            Un ejemplo de esto son sus formas de migración y aduana, mismas que están hechas con mucho detalle y en un papel muy fino para un documento tan común. Me recordaron el papel de los certificados del Nouryoku Shiken , porque eran gruesas y muy bonitas.

Así somos
            Esa esencia invisible, esos detalles de buen gusto es lo que me atrae de ellos ya que, ciertamente, no me encanta su comida y no me veo levantando la ceja por alguna nipona, y lo digo porque las azafatas, aunque eran bonitas, no me llamaron la atención. Eso cambiaría días después, cuando ya estaba totalmente inmerso en su cultura, porque me terminó encantando su comida y sus mujeres H_H.

Por cierto, no recuerdo haber tenido una tripulación tan atenta, las chicas pasaban de manera frecuente, sin agobiarte pero tampoco te sentías abandonado. Siempre con una actitud auténtica de servicio. Nunca he viajado en primera clase, y no creo hacerlo a menos que alguien me la pague, pero este nivel de atención lo hace sentirse a un extremadamente importante.

La llegada

La gente en el aeropuerto es extremadamente amable y atenta, el trámite de migración y aduana fue eficiente y cortes, así que en menos de media hora ya estaba fuera. Al salir me encontré a Paco Kun que me estaba esperando para darme la llave de su departamento y unas cuantas indicaciones, ya que él mismo iba a pasarse unos días en Corea.

Seguía sin hacerme consciente de que (¡por fin!) había llegado a Japón ¿Por qué? Aún me faltaba recoger mi Pocket Wi-Fi, mi pase de trenes y, lo que más me estresaba, llegar por mi cuenta a casa de Paco (bendito google maps ¡Te amo!).

Ya en la estación empecé a hablar en japonés ¡y la gente me entendía! (y se sorprendía), tal vez porque ahí hablan buen inglés y tratan de hablar el japonés claro para el extranjero.

A diferencia de Chicago, en donde sí iba muy atento, esto de irme a la ciudad en metro con las maletas, me tenía algo desconectado. Veía de reojo el paisaje externo y, de inicio, no parecía nada extraordinario, de hecho se veía bastante común. Conforme íbamos avanzando y acercándonos a Tokio (Narita está como a 50 kilómetros de distancia), la arquitectura se empezaba a poner más bella y atractiva.

Me bajé en Ichikawa, que está en Chiba, todavía está fuera del Centro de Tokio y, a falta de Taxis, opté por caminar los 1500 metros que separan la estación de la casa de Paco. Hacía un frío de la chingada, lo bueno que mi anfitrión me advirtió que me iba a tocar el último jalón de invierno, así que bien tapado, inicie mi trayecto.

El camino fue tranquilo al igual que el barrio. Me llamó la atención lo estrecho de las calles, tuve que readapatar mi cerebro que aquí el sentido es al revés que en occidente, y caminar a la izquierda en lugar de a la derecha. Esta zona no tiene nada de Glamour, pero me encantó esa esencia tan tranquila, tan serena, ha de ser una delicia habitar una zona calmada en una Megaurbe tan caótica.

Finalmente llegué a casa de Paco y, en automático, mi cuerpo se relajó en extremo. La casa era una mansión para los estándares japoneses, en México sería una buena casa para clase media. Paco me comentaba (vía whatssapp) que entre más lejos vives del centro, encuentras hospedaje más amplio y barato, así que podía pagar esa renta. Sí, renta porque comprar una casa así en este país es de millonarios (y él ya estaba enganchado con su vivienda en Kyoto). Cuando uno ve esos detalles, y a pesar de todos nuestros problemas, uno aprecia vivir en México.

Había muchos avances tecnológicos en la casa que, sin duda, me hicieron ver la mía en México como una choza. Paco ya me había orientado en algunas y hubo otras que me tomaron desprevenido.

Ya no investigue más porque estaba muerto: entre el dormir poco, la angustia en la conexión, el desgaste de las 14 horas, el estrés de llegar a casa de Paco, el cambio de horario y lo cansado de llevar dos maletas pesadas y una lap top por un camino no tan plano ¡estaba molido!

Me bañé y casi me desmayó en el futón. Dormí nueve horas seguidas así que, oficialmente, ya estaba adaptado al horario de Japón. Ese Lunes iba a estar lloviendo sin parar, además de que hacía un frío homosexual (o sea un puto frío), así que me tapé bien, tomé la sombrilla y empecé oficialmente mi aventura nipona, a ver si ya me hacía consciente que ¡Ya estaba en Japón!

La aventura en sí la empiezo a abordar a partir del siguiente escrito, así como las fotos de cada lugar que visite y me llamó la atención.


Hebert Gutiérrez Morales.

sábado, 2 de abril de 2016

Despedidas

            Definitivamente voy a crear una etiqueta llamada “Ensayos inoportunos que debo redactar cuando voy atrasado con otros escritos”. Tengo TANTO material sobre mi viaje a Japón como nunca he tenido que escribir sobre cualquier otro tema, bueno CASI cualquier otro tema. Pero no vale la pena quejarse, mejor empiezo.

            El guía sabio

            Recuerdo que en mi primer viaje a la Huasteca Potosina (Serie de escritos que también tengo pendiente), conocí a un guía chileno/español/suizo llamado Nilo, justo en mi último día de aquella visita. La plática con él fue en extremo interesante y profunda.

            En aquel momento yo estaba nostálgico porque era mi último día en tan maravilloso lugar, pero Nilo lo tomó con mucha calma. “Me he despedido tantas veces que ya me lo tomo muy natural. No es que no me importe, simplemente he aprendido a no engancharme a la gente como si fueran a estar conmigo todo el tiempo”.

            Nilo me cayó en extremo bien, es una lástima que no estuviese en mi segunda visita porque, naturalmente, ya se había ido. Con el paso del tiempo, y las despedidas, he ido comprendiendo cada vez más al buen guía de aventura.

            Saliendo del Mundo VW

            Durante mi estancia en Japón, recibía mensajes por el Whatssapp de manera constante desde México, diversas personas estaban emocionadas por mi viaje. Una de ellas, el Pollo, dejó la oficina para mudarse a Monterrey hace unos meses. Cuando me escribió puso “¡Qué chido que estás allá! Luego me platicas cómo te fue”.

            Es chistoso cómo tenemos muletillas muy bien estructuradas al momento de comunicarnos, ése “luego me platicas” es algo que tenemos muy arraigado los mexicanos, aunque nunca se lleve a cabo, supongo que es una manera cortés de decir que “Sé que no nos vamos a volver a ver, pero pretendamos que sí” con muchas personas que ya no frecuentas.

            En “Las Distancias de la amistad” ya toqué ampliamente dicho tema, en donde la mayoría confunden una amistad verdadera con la convivencia diaria; cuando se van, sólo con muy pocas mantienes un contacto y realmente te llegas a ver cuándo tienen la oportunidad. El Pollo me cae súper chido, pero sé que cuando venga a Puebla, tiene un chingomadral de compromisos familiares y sociales que atender, así que ese “Luego platicamos” en verdad es poco factible.

            Algo así pasó con dos compañeros de trabajo que se jubilaron esta semana, al platicar con ambos, ninguno se atrevió decir algo similar a un “Adiós”, sino que se despidieron con un “Luego platicamos”, como si al siguiente Lunes fueran a volver al trabajo.

            Supongo que tras años de convivir, se nos dificulta asimilar la idea de que ya no vamos a volver a ver a la gran mayoría de esa gente que saludábamos a diario, o un par de veces a la semana o, ya de a pérdida, una vez al mes.

            ¿Por qué será? Tal vez porque a nadie le gusta despedirse, porque es más fácil decir un “Nos volveremos a ver” que un “Adiós”, tal vez no nos guste cerrar el ciclo porque eso es, de alguna manera, algo similar a la muerte, porque ya no las volvemos a ver.

Estoy consciente que algún día voy a dejar VW, tal vez la otra semana o tal vez dentro de 25 años, es posible que bajo mis propios términos o por conveniencia de la Empresa, eso no lo sé, pero sí sé que ese día irremediablemente va a llegar, ¿Tendré el suficiente temple para decir “Adiós”?

Cuestiono sobre mí, porque sé que la gran mayoría me va a decir “Seguimos en contacto”, “Nos escribimos”, “Luego vamos a echarnos un café” y sé que casi todas son sólo bonitas palabras, sin una auténtica intención que las respalde, y por eso ya no las digo a los que se despiden, a menos que en verdad tenga la intención de volverlos a ver.

Ya pasé por algo así en mi primer trabajo, al cual renuncié hace 16 añosy luego entré a Volkswagen. Ilusamente creí que iba a mantener el contacto con todos con los que tan bien me llevaba y, a las pocas semanas, me di cuenta de mi error. Por eso estoy muy consciente de lo que va a pasar el día que deje VW pero, hasta que llegue ese día, ya veremos cómo reacciono.
            

            Vida Académica

            Algo que me encabrona es dejar pendientes, tal vez por ello me gusta tener los círculos bien cerraditos, que no haya quedado nada al aire o sin definir. Gracias a esa tendencia es que, cada vez que salía de una escuela (desde Kinder hasta Maestría) jamás regresé a ninguna.

            ¿Acaso me fui enojado? Para nada, ni siquiera en Secundaria en donde sufrí un Bullying inmisericorde. En realidad no volví porque ya no tenía nada a qué regresar, “para agradecer a tus maestros” habrá quien diga, eso lo hice en cuanto me fui y desde un poco antes. ¿Para revivir recuerdos? ¡Nah! Mejor disfruto de la etapa actual que revivir hechos que ya no volverán a ser.

Al final en esos lugares, se supone, te preparan para avanzar a la siguiente etapa, así que creo que mis profesores estarán más felices de verme evolucionar en lugar de regresar a recordar viejas alegrías. Nunca hay que decir nunca pero dudo regresar a dichas instituciones de mi pasado.

Salsa

            En el caso de la Rumba Mía, la situación es un poquito diferente a las escuelas académicas, ¿por qué? Porque a ese lugar iba por gusto, por hobby y, al inicio, por pasión.

            La primera vez que dejé Rumba Mía fue porque esa pasión estaba muriendo, así que fui a otros lados en busca de revivirla. Encontré un sentimiento mucho más potente, me enamore de manera brutal, y la Salsa me sirvió de pretexto para alimentar mi enamoramiento por aquella maravillosa mujer.

            Gracias a ese amor frustrado es que, por segunda vez, dejé Rumba Mía y, de paso, la Salsa. Cuando fui a despedirme de Paco y Pily (mis maestros), lo hice de la manera más natural, sin sentimientos de culpa ni de tristeza, simplemente con mucho agradecimiento y recordando los viejos tiempos. De igual forma ellos me correspondieron y fue una despedida muy bonita.

            En este caso no puedo ser tan tajante y decir que dejé la Salsa para siempre, tal vez porque la “tuve” que dejar por salud mental y emocional. No voy a negar que ya no sentía la misma pasión, pero creo que pude haber seguido algunos años más.

            Ahora soy feliz en Jazz, y creo que voy a estar un buen tiempo (hasta que cierre mi ciclo) pero algún día es factible que regrese a Salsa, sólo que por el momento no es buena idea, si eso pasa será dentro de algunos años. A ver si no me pasa lo de la penúltima sección de este escrito pero, antes, vamos a hablar de los amores frustrados.

            Amores Frustrados

            ¿Qué se sentirá que alguien se enamoré totalmente de ti? Supongo que ha de ser algo padre pero, después de un tiempo, puede ser algo agobiante. Por alguna causa que desconozco, siempre soy el que se enamora perdidamente, también soy el que agobia y cansa a la potencial pareja pero, irónicamente, también soy el que siempre se despide.

            Es curioso pero, para lo apendejado y/o enamorado que he llegado a estar, resulta que siempre tengo la última palabra y opto por hacerme a un lado. Esto resulta sorpresivo para las féminas en cuestión porque, aunque no era lo suficientemente bueno como para que me aceptaran, no lo vamos a negar, tener tus fans incondicionales también es un buen alimento para el ego.

            Y tal vez ése haya sido el motivo: el Ego. Es probable que  no hubiera soportado que ellas me hubieran mandado al carajo (que en su momento lo hicieron para luego aceptar nuevamente que las idolatrara) pero, el único “Adiós” definitivo fue cuando salió de mis labios.

Fueron momentos en donde mi sentido común se fortaleció, me dio un ataque de dignidad, ego o amor propio (no sé definir cuál) y termine esa relación que me hacía muy feliz pero que, al mismo tiempo, me estaba destrozando.

            Eso me tranquiliza porque, no importa lo profundo que sea el enamoramiento, si es algo que no me está haciendo bien, eventualmente, emergerá mi instinto de conservación y acabaré por terminar con aquella intentona de relación que me está matando.

            En fin, pasemos al momento de hoy, a lo que me motivó a escribir este texto, una despedida más significativa de lo que esperaba hace unos meses.

            Nihongo no Kurasu

Hoy le puse fin a mi segunda etapa en clase de japonés.

Aún recuerdo la primera, fue un Sábado en Enero del 2007. Había ido a un par de clases en la semana pero ya estaba cansado, habían sido ocho años de estudiar tan maravilloso idioma, pero yo ya no era lo mismo de antes: tenía 30 y no los 22 con los que había iniciado, ya no vivía con mis padres y hasta divorciado estaba.

Hasta este momento me doy cuenta que carecía de toda esa ilusión que tenía a inicios de 1998, ya no había la misma limpieza ni veía la vida de la misma forma. Me había llamado la atención el baile, y este nuevo mundo me ofrecía una emoción nueva y excitante, algo muy diferente a lo que sentía en clase de japonés, a la cual quería mucho, pero ya no era la entrega apasionada de antaño.

Aquel Sábado fui a hablar con mi amiga Mari Tanaka quien fue la maestra más importante que tuve en esos ocho años, incluso fue a mi boda y siempre le tuve un cariño muy especial, era tal nuestra confianza que no le decía “Mari Sensei”, ya que me dejaba tutearla, ya que habíamos llegado a la escuela en la misma época, por lo que nos habíamos acompañado todos esos años.

Le expliqué a Mari mi sentir y entendió a la perfección (ella bailaba flamenco), aunque sí me expresó su tristeza. Creo que fui muy ingrato en esa ocasión, ya que debí demostrar más pena que alegría, pero era más la emoción por irme a clase de Salsa que la tristeza por dejar japonés. Algo así como cuando dejas la casa de tus papás para irte a vivir solo: estás más emocionado por la alegría egoísta de tu libertad que por la tristeza de los que te vieron crecer.

Aquella vez no me despedí de nadie más, de ningún maestro ni de ningún alumno, todos mis amigos ya se habían ido, por lo que era el único que quedaba de mi “camada”. Ahora también entiendo que todos habían seguido sus caminos y fui el último en “dejar el nido”.

Ahora lo hice diferente.

Desde hace meses tenía claro que esta segunda etapa en la escuela era temporal, sólo era para retomar nivel para el viaje a Japón (y fue muy buena inversión). Mi plan original era despedirme de las Sensei Maiko y Satou entre semana, y de mis compañeritos vía Whatssapp, pero hubo un detalle que me lo impidió: Dulces japoneses.

Durante mi estancia en el país del Sol naciente, en una ocasión, estaba tan emocionado que compartí algo con mis compañeritos y ahí empezó todo. Entre los consejos y preguntas que me hacían, alguien me pidió dulces y chocolates, por lo que me dije “Pero entonces tendría que dárselos en persona”, lo pensé un momento y me pareció una brillante idea: Lo correcto era despedirme dando la cara, como casi siempre lo hago, así que les compré los dulces como pretexto para irlos a ver una última vez.

Me la pasé tan bien en Japón que, por un momento, puse en duda mi decisión “¿Y si me quedo en clase?” pero el titubeo fue breve, tan sólo de recordar la hueva de hacer tarea y estudiar para exámenes, eran suficiente motivación para dejarlo. Además, como ya expresé en otra ocasión, tengo otras prioridades a las cuales dedicarle ese tiempo, energía e interés. Por si las dudas llevé los libros pero lo dejé en el coche.

Primero me pasé a despedir de Satou Sensei, que lo tomó muy bien: ella siempre ha sido muy alivianada. Maiko me recibió con un “Okaerinasai!” tan animado que el “Tadaima” con el que contesté casi fue con pena, todo porque en unos minutos les iba a decir “Sayonara”.

En clase les tomó por sorpresa mi decisión, hubo por ahí un par de miradas que eran muy elocuentes, supongo que no es común que alguien vaya a despedirse de manera tan abierta.

Mi idea era dejarles los dulces y después irme a ver “Batman contra Superman”, pero Maiko empezó a cuestionarme del viaje e insistió en que me quedara un poco para comerme los dulces con ellos, así que me dije “¡Qué Demonios! Al fin que la película va a seguir algunas semanas y ésta puede ser la última vez que conviva con estos muchachos” y me quedé de buena gana.


Así que me chuté media clase en lo que llegaba el receso. Mientras escuchaba sus dudas y sus respuestas de la lección me di cuenta que, al igual que la primera vez, ya estaba enfocado en lo que iba a hacer con mi tiempo más que extrañar la clase.

Como ya sabía que me iba a ir desde el principio, me cuide mucho de no relacionarme tanto con estos chicos, me blindé muy bien para que este momento fuera fácil, y me alegro de haberlo hecho porque, como son buenas personas y me cayeron bien, seguramente me hubiera quedado si me hubiese integrado por completo.

Fue un momento ameno mientras comían los dulces, incluso Satou Sensei vino un rato a acompañarnos. Al terminar el receso me despedí de ellos con una sonrisa y sin ningún remordimiento.

Tengo la intención de regresar a Japón en un par de años (a lo más tres) por lo que, seis meses antes del viaje, regresaré a clase a retomar algo de nivel. No sé si vayan a estar estos mismos chicos o las mismas maestras, ni siquiera sé si vaya a estar vivo para concretar ese segundo viaje, así que para mí sí fue una despedida real (ya si me vuelvo a encontrar a alguno, me dará mucho gusto).

Pequeñas conclusiones.

Hay que entender que en este mundo nadie se queda para siempre, ni nada va a durar eternamente. Eventualmente todo va a terminar y todos te van a dejar, de una u otra forma, te guste o no te guste, ya sea con previo aviso o que lo hagan de sorpresa.

No puedes basar tu bienestar en que alguien va a mantenerse en tu mundo, no puedes dar por sentado que las personas van a estar ahí siempre que las necesites (incluso tus seres más queridos).

Obvio no podemos volvernos monstruos desalmados con atole en las venas (aunque sería muy útil para terminar todos mis pendientes si me volviera uno) así que, lo mejor, es aprender a aprovechar lo que tenemos cuando lo tenemos.

Vas aprendiendo lo efímero de la existencia y tratas de aprovechar esos breves instantes en que tu camino coincide con el de alguien más porque, una vez que se separan, lo más probable es que no se vuelvan a reencontrar y, en caso de hacerlo, es casi seguro que no volverá a ser igual que antes.

Agradezco a todos y cada uno de los que se han cruzado por mi camino porque, sin ellos, no sería lo que soy ni hubiera aprendido lo que sé.

Minnasan, Doumo Arigatou Gozaimasu!


Hebert Gutiérrez Morales.