viernes, 26 de febrero de 2016

El sabor de la nostalgia

“No ha de haber nada más adictivo que el sabor de la nostalgia. Ésa que nos hace escuchar canciones buenas que nunca lo fueron, ver películas buenas en donde nunca las hubo, así como magnificar gente ‘buena’ y sentimientos ‘importantes’ que nunca acontecieron” – Hebert Gutiérrez Morales

jueves, 25 de febrero de 2016

Ningún amor es gratis

"Todos los amores se cobran, pero no todos se pagan en efectivo; de hecho, los que no se pagan con dinero suelen ser los más caros. NADA en esta vida es gratis" - Hebert Gutiérrez Morales.

sábado, 20 de febrero de 2016

Consecuencias previas del viaje a Japón

            Ya sé lo que han de pensar “¿Cómo que ‘previas’? ¡Las consecuencias siempre son posteriores! ¡Ahora sí enloqueció este sujeto!”

            Aclarando el hecho que ya estaba loco desde la niñez, el título tiene una explicación: De alguna manera, este próximo viaje a Japón está moviendo algunos hilos y está acomodando cosas en mi interior. Pero antes de pasar con los tres casos, quiero mencionar algo.

            En teoría el Blog es para que exprese ideas sobre lo que veo en mi entorno, aunque admito que en la mitad de las ocasiones lo tomo como una especie de diario personal. Al final sólo puedo hablar del mundo por la forma en la que lo percibo, y eso es a través de mis experiencias. El blog es un intento por trascender de mi parte y, aunque para muchos mis vivencias deben ser irrelevantes (como para mí lo es la mayoría de humanidad), es factible que, algún día, alguien resuene con mis textos.

            En fin, pasemos a las tres situaciones que originaron este ensayo que, hoy en la mañana, no estaba planeado.

            El precio de la amistad.

            Me escribe alguien que fue mi amigo hace unos años pero que, con el tiempo, nos hemos ido distanciando. Dice que me tiene una molestia “¿Otra vez dinero?” pensé, y cuando estaba dispuesto a mandarlo a la chingada, me aclara “Quiero que me traigas un imán de Japón”.

            Al ver que no era dinero, accedo con gusto a su solicitud. Con la cantidad de gente solicitándome imanes de Japón, he decidido que ya no voy a compartir mis viajes hasta que regrese de los mismos.


            Posteriormente “salió el peine” y me pidió dinero, lo que me resultó muy curioso porque es la primera vez que alguien me pide un favor “chiquito” para matizar un favor “grande”. No supe si enojarme por la desfachatez o admirar la creatividad. La cantidad no era tan grande como las que suele pedirme, y que siempre le niego, pero ahora me agarró de buenas, así que accedí a prestarle.

            Más que sentirme enojado, me sentí triste. Soy persona de pocas amistades, literal tengo dos o tres reales (a las cuales les prestaría dinero, o lo que necesitasen, sin chistar), el resto son camaradas, compañeros de trabajo o gente con la que simplemente tengo que convivir. Hay quienes que fueron mis amigos y que, a pesar de la distancia (porque se fueron lejos y ya no los veo) seguimos manteniendo el contacto, ahí es donde veo que les interesa mi persona y me interesa la de ellos, porque ha sido mucho mayor el tiempo que hemos estado separados que el que estuvimos juntos.

            Normalmente me enoja mucho que la gente sólo me busque cuando necesita algo: un favor, dinero, que les traiga un imán o que simplemente los escuche. Son tan cínicos que se acercan como si nada y me expresan su necesidad como si el tiempo, y la cercanía, no hubieran pasado ya. Cuando obtienen lo que buscan, me vuelven a ignorar hasta que se les vuelve a ofrecer algo.

Me doy cuenta que el mantener una amistad verdadera puede percibirse como algo muy fácil pero, cuando te haces consciente de los factores que influyen, en realidad es un equilibrio muy delicado, por lo que es difícil de mantener.

            Al final, conforme avanzas en tu camino es difícil mantener a los mismos amigos, todos tuvieron su tiempo y no dudo que tuviste mucha confianza con ellos pero, en mi opinión, hay que saber tener el buen gusto de identificar cuando algo acabó y seguir adelante. Tal vez no sea bonito, pero no todos están destinados a quedarse en tu vida para siempre.

            No voy a ahondar más en el tema porque, tal vez, me aviente todo un ensayo al respecto, además me prometí que este escrito no debe estar muy largo (estoy algo cansado). Lo único que me quedará por ver es que si mi “amistad” con esta persona vale el dinero que le presté o efectivamente me va a pagar. Ya lo averiguaré.

            Harumi X

            Cuando me reuní con mis excompañeros de clase de japonés hace un par de meses, recibí una opinión que me tomó por sorpresa. Carlos Kun recordó que yo salía con Harumi y me expresó algo que se me perturbó: “¿Oye? ¿Acaso ella no era muy ‘X’?” Para la gente que no es de México le aclaro que ser ‘X’ no tiene  que ver con mutantes (¬_¬), significa que no tienes mucha personalidad, no inspiras mucho y das “algo” de hueva.

            En ese momento defendí a mi primer amor, sin apasionarme, sólo con argumentos. El tema fue efímero y continuamos con nuestra plática. Como mencione en “El auténtico amor eterno”, recientemente vi las fotos de Harumi y mencioné la impresión que me dieron en ese mismo escrito.


            Pero no mencioné todo lo que sentí al verla tanto tiempo después.

            Algo que me ha dado tantos años de baile (tanto en Salsa como en Jazz) es que te resulta muy fácil “leer” a las personas por su lenguaje corporal y lo que vi de HaruChan es que ciertamente era algo “retraída” o, como bien dijo Carlos, me dio la impresión que era una persona ‘X’.

            Dice Paulo Coelho que el amor es el mayor alucinógeno del mundo, ya que te hace ver personas y situaciones que jamás existieron, y vaya que tiene razón. Estaba tan idiotizado con Harumi que jamás percibí su verdadera esencia aunque, ahora que hago memoria, sí podía verla, sólo que mi cerebro decidía maquillarlo todo con la óptica del enamoramiento.


            ¿Acaso iba a dejar de amarla si la hubiera visto como era desde el inicio? Lo dudo, porque eso fue amor a primera vista, jamás tuve la oportunidad de verla objetivamente. Lo que sí, hay que admitir, es que las personas más carismáticas resultan más atractivas que las que no lo son. O sea que, el día de hoy, difícilmente caería flechado por alguien como ella aunque, a nuestro favor, he de decir que mi esencia ha cambiado radicalmente desde la primera vez que la vi.

            Era tal mi enamoramiento que este viaje a Japón se iba a dar desde hace 14 años para pasar tres semanas con ella pero, por circunstancias que ya explique en su momento, tuve que retrasar mi viaje unos “cuantos” años.

            Al ver este fenómeno, aunque aún es muy pronto para averiguarlo, me pregunté ¿Cómo sería la verdadera Nadia? Misma que jamás vi por estar perdidamente enamorado. Honestamente espero nunca conocer la respuesta porque, poco antes de nuestra última separación, justo en el día de mi cumpleaños, tuvo un “detalle” tan notorio que a pesar de mi enamoramiento pude darme cuenta.


            Si ese día me di cuenta, ¿qué tanto habrá pasado antes que opté por ignorar o simplemente no noté? Así que, como bien reza el dicho “La ignorancia es la felicidad” y espero mantener mis bonitos recuerdos intactos y no enterarme de cosas, en el futuro, que le quiten parte de la inmaculada aura con la que la me gusta adornarla.

Esto del amor suele ser un negocio muy riesgoso porque nadie sale ileso.

La nostalgia de lo que no debió ser

            Estoy comiéndome una rica torta cubana en un lugarcito que me gusta: humilde pero con comida rica y generosa. Era el último cliente por lo que, mientras comía, se preparaban para cerrar, aunque nadie me estaba apurando.

            Tal vez porque no había gente en un lugar que suele estar concurrido, tal vez porque la tarde estaba muy tranquila, o tal vez por ese ambiente que priva al final de un arduo día de trabajo (obviamente para los de la tortería), pero sentía que la nostalgia me invadía de manera profunda. Pero el ambiente era el pretexto, en realidad sabía por qué estaba melancólico: hoy fue mi penúltima clase de japonés, o sea que la otra semana me despido de mi escuela.

            Hasta hace un par de semanas iba muy bien, ya que mantenía mi distancia con el resto de mis compañeritos y profesores, así la despedida se me iba a facilitar. El problema es que una chica nueva, Deborah, se le ocurrió hacer un grupo de Whatsapp en el salón, y desde entonces la integración creció horrores.

            Esa chica ciertamente es diferente al resto de mis compañeros, ya que no es ñoña como ellos, es por eso que ha resultado en una energía diferente para el ambiente del grupo. Me gusta la gente así, que tiene suficiente personalidad para no dejarse opacar ante un grupo algo apagado. Yo como sólo vengo de paso, escondí muy bien mi esencia además que, como mecanismo de defensa, no muestro mis colores hasta mucho tiempo después: cuando sé muy bien en donde estoy parado.

            En fin, el caso es que he tenido más comunicación con estos muchachos en una semana que la que tuvimos los seis meses anteriores, y eso no me gusta, porque ya estamos empezando a empatizar.

            Pero la culpa no es de ellos, ya que la necesidad de empatizar es un instinto de un animal gregario como lo es el humano. No, en realidad la culpa es mía porque, como bien dice el maestro Fernando Delgadillo: “Nunca vuelvas al lugar de tus viejas alegrías”.

            En realidad no está mal el ir de visita a esos lugares en donde fuiste feliz, lo malo es querer regresar y revivir lo que ahí sentiste. Una cosa es ir de paso y otra muy distinta es intentar reinstalarte.

            Ya no pertenezco a ese lugar: ya no tengo el interés, la energía ni el tipo de ilusiones que comparten mis compañeritos, ya no tengo la esencia nerd para estudiar algo académico. Obvio jamás dejaré de ser un ñoñazo, pero mis intereses han evolucionado y ahora tengo una visión más alejada de lo que creía cuando tenía la edad de mis actuales compañeros de clase.

Ahora mi ñoñería se enfoca en planear viajes, editar mis escritos, avanzar en mis lecturas, intentar sacar pasos de baile o mejorar mis rutinas de ejercicio. Honestamente ya no estoy para invertir mi tiempo en estresarme por exámenes (en los que me ha ido del nabo, por cierto).

            Comparo las esencias de mis compañeros de clase de baile con los de japonés y, definitivamente, no hay relación alguna; en algún lado no encajo y no necesito gran imaginación para darme cuenta en donde me siento como una pieza mal puesta de un rompecabezas.

            La otra semana será mi última, pero no me voy a despedir en ella ¿por qué? Porque no soy tan significativo en sus vidas (ni ellos en la mía) como para avisarles. Así que será a la distancia y una vez que regresé de Japón. Pasaré a despedirme, alguna noche entre semana, de Maiko y Satou Sensei. De mis compañeritos me despediré en ese mismo grupo de Whatsapp que ha servido para irlos integrando.

            Les diré que disfruten su tiempo en ese maravilloso lugar porque, en un futuro distante, cuando ya hayan pasado muchos años de su partida, van a pasar a visitarlo y a revivir muchos bellos recuerdos que fueron acumulando. Y les aconsejaré que no comentan mi error: no pretendan revivir algo que ya fue en su tiempo. Cada etapa de la vida tiene su momento y es de sabios saberlo aprovechar en su momento.

            Minnasan, Sayonara.

PD Aunque no estaba planeada una segunda parte de este escrito ¡se acabó dando! Pueden leerla en este enlace.


            Hebert Gutiérrez Morales.

lunes, 15 de febrero de 2016

Cuando ya no te importa la vida

“Curioso momento en que te das cuenta que, justo en el instante en que te dejó de importar la vida, es cuando en verdad te atreves a vivirla. Como ya no te importa perderla, el miedo a hacer cosas nuevas queda atrás” – Hebert Gutiérrez Morales

domingo, 14 de febrero de 2016

Japón en mi vida

Desde los seis años tuve mi primer contacto con la cultura japonesa o, por lo menos, el primero consciente con la misma. Y es que me di cuenta que había unas caricaturas que me gustaban más que otras, aunque aún no sabía decir por qué.

Alguien me explicó que esas “caricaturas” de ojos grandes provenían de Japón y, desde entonces, ese país pasó a formar parte de mis días a través de sus animaciones y, en menor medida, de sus videojuegos.

En su momento, ya le dedique un ensayo completo al “Manganime”, afición que fue tan valiosa en mi juventud, así que no ahondaré más en ese tema. Sólo mencionar que la misma me llevó a estudiar dicho idioma a partir de 1998, debido a que tenía mucho material en japonés y quería saber qué demonios decía.

Debido a mi idolatría pos sus historietas y animaciones, todo lo que provenía del país del sol naciente estaba aprobado de antemano, así que de buena gana me abrí a conocer su cultura.


Algo que mantiene mi escuela, desde su concepción, es que no sólo se preocupan por enseñarte el idioma, sino que te brindan la posibilidad de adentrarte en su manera de ver el mundo. Así que, además de que pude comprender todo el material que tenía, me dieron una visión más amplia de su comida, creencias, arte, música, educación, películas, valores, ideología y demás.

Para muchos occidentales Japón puede resultar muy extravagante y, al mismo tiempo, intrigante. Sin conocerlo físicamente, para mí no hay país más encantador, aunque a muchos les parezca chocante; como todas las culturas, tiene sus partes divertidas, diferentes, virtuosas y cuestionables.


Me encanta su profundidad increíblemente balanceada con su extravagancia, independientemente de la lamentable, e inexplicable, idolatría que sienten hacia los Estados Unidos.

Eso es algo que siempre me ha llamado la atención: están muy inmersos en el mundo capitalista, pero no pierden su identidad o esencia. Uno lo puede notar en la profundidad de sus libros, lo interesante y sensible de sus películas, la alta calidad en sus animaciones e historietas, la autenticidad de su música y, en general, el sentimiento tan auténtico y puro que demuestran en sus expresiones de arte.

De acuerdo a mi perspectiva, los artistas nipones tienen una sensibilidad superior al resto del mundo, ya que pueden conmovernos hasta las lágrimas, hacernos reír a carcajadas o de aterrarnos a niveles insospechados. Sin duda esa cualidad tan única fue la que me enamoró desde pequeño.


No me gustan las películas de terror, así que las evito a toda costa. Sin embargo, de las pocas que he tenido la desgracia de ver, las que más miedo me han dado son “Ju-On” (The Grudge) y “Ringu” (El Aro) en sus versiones originales (o sea las japonesas, no las versiones genéricas gabachas). Nunca he sentido tanto miedo como al ver ese par de filmes, mismos que me pusieron en la escuela. Para comparar, de manera voluntaria, vi las versiones gringas y el nivel de miedo sólo fue del 70% contra las originales, y es que los gringos no le llegan a los nipones en intensidad. Y esto se logra con pura creatividad y cuestiones psicológicas, ya que la producción y/o presupuesto de las versiones originales fue significativamente menor que los remakes hollywoodenses.

Hablando de Refritos o Remakes, Hollywood ha volteado en varias ocasiones al cine japonés, lanzando versiones tropicalizadas de filmes nipones que, aunque resultan ser exitosas, no alcanzan el sentimiento de las versiones originales. Ejemplos que me vienen a la mente son: Antárctica (Eight Below o “Rescate en la Antártida”); Hachikou Monogatari  (Hachi: A Dog’s Tale o “Siempre a tu lado”) o  Shall we Dance? (mismo título en Estados Unidos). Las historias niponas son tan bellas y profundas que sus remakes gringos también son sobresalientes pero, cuando ves la original, te das cuenta que no hay comparación.


El cine japonés es bello, tiene una esencia única, sin necesidad de argumentos rimbombantes, exagerados o increíbles. Tienen la cualidad de convertir historias cotidianas en relatos inolvidables que te roban el corazón y te conmueven de manera profunda.

El ejemplo perfecto es mi película favorita de todos los tiempos: “Love Letter”, a la cual ya le dedique un prolongado ensayo en su momento; historia que no tiene nada del otro mundo pero, en la manera de presentarla, se te queda tatuada en el corazón.


Otra gran filmación, de la cual prometo escribir en un futuro, es “Okuribito” (en español la titularon “Violines en el Cielo”). Obra que entre risas, lágrimas y momentos de reflexión te hacen apreciar profundamente el valor del tiempo que tenemos en este mundo y lo que significan nuestros seres queridos, todo a través de la muerte. Podrá sonar tétrico el tener a la muerte como parte importante del argumento, pero la genialidad nipona la acomoda muy bien para brindarte una historia en extremo bella.

Pero no sólo son las películas niponas las que te roban el corazón, incluso hay directores extranjeros que han sabido aprovechar la magia que tiene dicha cultura sin pertenecer propiamente a ella.

Lost in Translation” (Perdidos en Tokio), otra obra de la cual también escribí hace tiempo, es un ejemplo de esto que menciono. Sofía Coppola (Estadounidense) capta a la perfección la esencia japonesa, pero desde la visión de sus protagonistas gabachos. Aunque el argumento se basa en dos gringos, la cultura nipona es una gran protagonista que influye directamente en la historia.

Otra maravilla de película es “Kirschblüten - Hanami” (Las Flores de Cerezo), producción alemana dirigida por Doris Dörrie. Filmación a la que también le debo un escrito, única obra en que veo dos personalidades muy marcadas entre sus mitades: la primera muy alemana y la segunda muy japonesa. Al inicio la odias pero al final la amas. Aún una esencia tan regia, firme y estricta como la alemana, sucumbe ante la energía tan íntima y profunda como la japonesa.

Además de los cientos de Manga que leí, en los cuales hay muchas obras de excelsa calidad, no he leído mucho de autores japoneses. Obras aisladas de Banana Yoshimoto, Seishi Yokomizo o Ryuu Murakami, en donde he encontrado de todo, desde obras inexplicablemente interesantes hasta profundamente estresantes.


Aunque sí hay un autor nipón que he leído bastante, uno mundialmente conocido: Haruki Murakami. Creo que no he leído más a un escritor que él, ya que he devorado 16 de sus 23 obras. Y de las 7 faltantes, tengo cinco pendientes en mi casa y las otras dos estoy en espera que las traduzcan al español.

El buen Haruki tiene una vena artística típica japonesa, con esa personalidad tan desconcertante y, al mismo tiempo, encantadora. Adoro leerlo, pero no por la historia en sí que, la mayoría de las veces, es totalmente incongruente, sino cómo te la cuenta. Podría recitar una receta de cocina o un algoritmo matemático y los disfrutaría horrores, sólo por la forma tan (imperceptiblemente) magistral que tiene para narrarte algo.

Creo que, en condiciones normales, ni siquiera me gustaría este autor ¿Por qué? Por sus finales tan incongruentes, inconclusos, ilógicos o, simplemente, inexplicables. PERO ya me he acostumbrado a que (casi) nunca tenga buenos cierres. En realidad lo leo por su narrativa: una auténtica delicia.


Además del maestro Murakami, y de los Haiku, los otros contactos que he tenido con la literatura nipona fueron pequeños textos que me dejaban en clase de japonés. En especial recuerdo una especie de cuento/poema sobre lo efímero de la vida reflejado a través de una hoja de árbol llamada José. Recuerdo que ese relato me conmovió hasta las lágrimas, a pesar de que era muy sencillo era muy profundo.

Creo que esa es la gran característica del arte japonés: la sencillez de su esencia. Te expresan cosas que nos pasan a todos, pero te lo pintan con una sensibilidad extraordinaria, porque tienen esa capacidad de ver lo especial en cosas que la mayoría tomaría como algo mundano. Y eso habla mucho de ellos: encuentran algo muy valioso en lo que los demás lo toman como algo normal.

Ese aspecto también se refleja en la Animación japonesa, misma que puede ser muy espectacular, con efectos cinematográficos excelsamente aplicados pero, por otro lado, también te regalan historias memorables tomando de base las cotidianas.

Justamente del Anime proviene lo poco que conozco de la música japonesa, y es que los artistas que musicalizan las animaciones no son ningunos segundones, sino los más importantes de sus respectivas épocas.

Tengo en mente un ensayo sobre la música japonesa que me tocó disfrutar, así que sólo voy a decir que los artistas nipones tienen una pasión, entrega, creatividad, potencia, sensibilidad y demás aspectos que no tienen que pedirle nada a los de ninguna otra cultura. Normalmente escucho en la semana mucha música de artistas como X-Japan, Zaard, Aikawa Nanase, Yoko Kanno, Le Arc en Ciel, Joe Hisaishi, Hikaru Utada, Anna Tsuchiya y tantos y tantos nombres que en su momento ahondaré con más calma.

Es por ello que cada vez que tengo contacto con Japón, mediante cualquier forma de expresión artística, sin motivo alguno, siento una gran melancolía. A pesar de ser agnóstico, tengo una teoría sobre la reencarnación (que ya expliqué en otra oportunidad), así que tengo la creencia que, de alguna forma, habite esa Isla en otra época, ya que no encuentro natural ni lógica la intensidad de este sentimiento nostálgico que tengo por un lugar que aún no he pisado.

Tengo la impresión que el japonés tiene esa increíble capacidad de expresión y esa profunda sensibilidad justa, e irónicamente, por sus restricciones sociales. El famoso “Tatemae” o “La cara de enfrente”, literalmente la máscara que deben usar ante sociedad, el rostro políticamente correcto con el cual se conducen ante el resto de nipones. Ese japonés educado, mesurado, respetuoso y demás es llevado al extremo.

Sin embargo, por esa misma restricción, al momento de expresarse, sacan toda la furia, la lujuria, el cariño, lo cursi, lo violento, lo tierno, lo sucio, lo amoroso, lo perverso, lo soberbio, lo heroico y todas esas características que puede distinguirse en la potencia que se plasma en su arte.

Eso es lo rico de su cultura, puedes disfrutar de una superficie elegante y sutil pero, al mismo tiempo, sumergirte en una materia más básica e incluso salvaje. Porque una cosa es visitarlos y otra muy distinta es vivir con ellos.

Tengo conocimiento de personas que han vivido en Japón, tanto conocidos como conocidos de mis conocidos, y la tendencia es muy clara: El japonés es un pueblo bastante hermético.

Basado en las experiencias de mis fuentes, resulta curioso cómo los nipones pueden mostrarse muy amables contigo si vas de visita pero, si llegas a vivir ahí, te va a costar ser aceptado, se te tratará de manera muy civilizada, pero no por ello vas a ser propiamente integrado.

Pero no sólo pasa con extranjeros: el propio japonés ha empezado a aislarse del resto de nipones. Aunque tienen una cultura de equipo muy fuerte (tal vez la más sólida del mundo), dentro de su sociedad las relaciones han ido debilitándose. No voy a mencionar que su tasa de natalidad ha ido disminuyendo constantemente, porque eso es algo común en las culturas avanzadas.


En realidad me llama la atención la cantidad de tendencias que promueven la individualidad, las diversiones solitarias, esas que te exentan de convivir con el resto para poder pasártela bien.

No los juzgo, porque yo mismo soy defensor de mi espacio, libertad y soledad. Sólo me llama la atención la creciente tendencia de actividades individuales como cantar Karaoke a solas, la popularidad de los Café internet en donde puedes incluso quedarte a dormir sin que nadie te moleste; los lugares para convivir con gatos y tener algo de contacto con un ser vivo (pero no tenerlo en casa); el contratar a Host que te hagan la plática y salgan contigo a pasear pero sin encuentro sexual ¿Y esto por qué? Porque no quieres una relación real, sólo distraerte un momento

De nuevo, no los critico, de hecho los comprendo. Una razón más para sentir que mi esencia tiene mucho de japonesa.

Siguiendo con aspectos censurables de su cultura, en verdad me repugna la matanza que hacen de ballenas y delfines, incluso llegue a escribir a la Embajada Japonesa hace algunos años. Obviamente no me hicieron caso ni mi carta cambió la situación pero, en su momento, sentí que hacía algo. En defensa del pueblo japonés, cada vez es menos la gente que consume los productos de dichas matanzas y más el porcentaje de la población local que se opone a ellas.

Para cerrar los puntos malos, y volver al tono cursi e idealizado del escrito, quiero mencionar que me muero por visitar Japón, sin embargo, creo que nunca podría vivir ahí ¿Por qué? Por mis Sensei.


Casi ninguno de los maestros que me enseño japonés regresó a la Isla, prefiriendo vivir en México. “¿Por qué?” les preguntaba asombrado, justo en la época que la tierra del Sol Naciente era lo más cercano a una Utopía que había en mi cabeza.

“Porque en México vivo feliz”, me contestaban. Y es que en Japón se respira un estrés constante, siempre tienes un compromiso que cumplir y llenar las expectativas de alguien. Es por eso que casi no descansan, les cuesta tomar vacaciones y es fácil que se obsesionen con su trabajo. De hecho hasta tienen una palabra para “muerte por exceso de trabajo” (Karoushi), un fenómeno que es más común en la cultura nipona que en el resto de países. Ha llegado a tal el límite de “Trabajopatía” que el gobierno ha tenido que promulgar una ley para que la gente tome sus vacaciones de manera obligatoria.

El japonés, además de ordenado y responsable, es muy orgulloso. El no haber hecho el máximo esfuerzo es una deshonra para él y su familia, por ello abundaban los suicidios de trabajadores y estudiantes que habían fracasado en sus objetivos.

Es por eso que un lugar como Aokigahara existe en Japón. En este bosque de la muerte va la gente a suicidarse “sin dar molestias a nadie” y es que, hasta en la muerte, no quieren ocasionar inconvenientes a la Sociedad ni a sus familias. A últimos tiempos hay un promedio de un centenar de suicidios en ese lugar durante cada año.

Por tal motivo mis profesores japoneses se quedaron en México: porque la vida es más sabrosa. Esto a pesar del smog, corrupción, inseguridad, mala educación, infraestructura deficiente y demás. Imagínense la presión que se siente en el país del Sol naciente para quedarse aquí de tan buena gana. Antes no los entendía pero, después de viajar un poquito por diversos países, he comprendido su decisión, y la comparto.


Es justo mencionar que las generaciones van cambiando, los jóvenes nipones han visto más hacia afuera y ya no están tan enfocados en dedicar su vida a trabajo o perderla a causa del mismo. Por un lado es positivo esta evolución del pueblo nipón, aunque también trae sus consecuencias que han empezado a mermar otras costumbres: como el sentarse en el piso en la posición correcta o que ahora ya no saben escribir Kanji a pesar de que los pueden leer (todo por la comodidad de los Smartphones).

Al final, todas las culturas tenemos defectos, y los de Japón no me parecen tan graves, de hecho hasta los percibo honorables. No los censuro por sus defectos, de hecho, a un nivel los comprendo.

Como pueden ver, a pesar de los años, mi “prejuicio positivo” hacia Japón continua, porque hasta en sus defectos los justifico ¿Por qué?  Sin haber estado ahí físicamente, mi vida es más feliz gracias a que esa cultura existe, así que imagínense la emoción que siento por mi próximo viaje a un lugar tan mítico e importante para mí.


Pero volvamos al comienzo. Desde mi niñez tenía un anhelo profundo por la cultura japonesa, mismo que se iba incrementando conforme iba creciendo. A pesar de ello, de manera consciente, nunca creí que fuera a cumplir dicho sueño.

Ya lo he comentado pero, hasta los 25 años mi mundo se componía de algunos lugares de la zona centro de México: el DF, Morelos, Tlaxcala, Estado de México, Puebla y, obviamente, mi amado Veracruz. Así que no estaba en mis expectativas viajar a otros lugares de mi país, ya ni mencionemos ir al extranjero.


Aunque eso no me impedía seguir repitiéndome mi mantra “Un día voy a conocer Japón”, supongo que más por anhelo que como un hecho alcanzable, algo así como las personas que sueñan con ganarse la lotería, aunque no compren boleto.

Hace unos años empecé a viajar de manera frecuente, pero tampoco veía cercano ir al país del Sol Naciente, y eso que el buen Paco Kun (con el cual estudie japonés hace 15 años) me ofrecía asilo en dicho país.

Meses atrás, en una mañana cualquiera en la oficina, me entró la curiosidad “¿Cuánto valdrá un vuelo redondo a Japón?” cuando vi lo barato que estaba, aparté las fechas, contacté a Paco ¡y ya!, un día que no lo tenía planeado concreté el viaje al lugar de mis anhelos.

Así que regresé provisionalmente a clase de japonés, experiencia de la cual ya escribí en ocasiones previas. En este segundo semestre tengo a la mejor Sensei de todos los que he tenido a lo largo de mis clases y eso es un auténtico desperdicio.

Si hubiera tenido a Maiko como Sensei en los años en que me importaba el idioma (en donde estudiaba tres horas diarias, a pesar de tener clase sólo una vez por semana), creo que el impulso hubiera sido suficiente para mudarme allá, porque es una maestra tan apasionada que sólo hago la tarea para no quedarle mal porque, tristemente, el idioma ya no me importa como antes.

De hecho, creo que ya no estoy tan idiotizado con Japón como lo estaba antes, una evidencia es que después del viaje quiero dejar las clases porque me interesa más tomar Hip-Hop en Sábado que romperme la cabeza con Kanji.


En clase veo a mis compañeros actuales y percibo esa pasión, esos anhelos, esos sueños y sentimientos tan puros hacia esa hermosa cultura y los envidio un poco. Incluso creí que era una lástima no haber ido a Japón hace 15 años, porque siento que lo hubiera disfrutado más, tal vez me hubiera vuelto loco de alegría por el nivel de fanatismo que tenía.

Obviamente voy a disfrutar bastante ir a Japón, pero clarifico el punto con mis visitas a Disneyworld y Disneyland: a pesar de ser adulto, he disfrutado muchísimo las estancias en las tierras del ratón Miguelito pero, de haber ido entre los 10 y 14 años, sin duda hubiera enloquecido por tantas emociones.

Sin embargo, en la misma clase de japonés me quedo claro que estaba equivocado. A uno de mis compañeros más nerds (y miren que les hablo de un grupo prioritariamente ñoño), le preguntaron que, además de Japón, qué otro país le gustaría conocer. Su respuesta me dio pena pero me abrió los ojos “Es que sólo quiero conocer Japón”.


Creo que si me hubieran hecho esa misma pregunta en el año 2000, mi respuesta hubiese sido la misma: así de enajenado estaba. Comprendí que está bien que vaya a estas alturas de mi existencia, seguramente no voy a disfrutarla con el nivel de fanatismo que tenía hace más de una década pero, sin duda, voy a aprovechar el viaje mucho mejor, porque ahora mi visión y experiencia están más desarrolladas.

De haber viajado hace 15 años me hubiera enfocado mucho en actividades frikis, y me hubiera pasado la mayor parte del tiempo en Akihabara o en Harajuku. Obviamente hay lugares Frikis en mi itinerario, porque se lo debo a mi Otaku interno, pero también tengo otras visitas más naturales, culturales, históricas y demás.

A pesar de ser un gran sueño que he tenido casi toda mi existencia, tengo miedo, de hecho estoy aterrorizado, no por el país, sino por mí. ¿Alguna vez se les ha cumplido un sueño inalcanzable? Uno con el cual son simplemente felices por tener en el corazón, pero que nunca creen que vayan a realizar. Igual y no me entienden, pero lo que quiero decir es que este viaje no es igual que el resto, este es especial, por eso no invite a nadie al mismo.


Es una especie de sentimiento de “Si alcanzas tu máximo sueño, ¿ahora con qué vas a soñar?”, es una actitud tan pendeja como la de la marchanta que le quieren comparar toda la fruta y se niega “Si me compra todo ¿luego qué vendo?” contesta a modo de disculpa, aunque su argumento sea estúpido.

Tal vez tengo miedo de desbordarme, de perder la cordura e identidad, es posible que tema a una regresión, de involucionar y regresar al pasado. No sé a qué le tengo miedo, porque debería estar más emocionado por ver el Fuji San directamente, viajar en Shin Kan Sen, disfrutar el Hanami entre tantos cerezos en flor, jugar en las máquinas de Pachinko, visitar los templos, meterme al Onsen o comer Yakitori en puestos callejeros.

No sé qué vaya a pasar, lo único que sé es que con el paso de los días me pongo más ansioso aunque de algo estoy seguro: cuando bajé de ese avión y pise tierras japonesas, la emoción se va a desbordar por mis lagrimales.

Pero sé que debo recuperar la cordura y plenitud. Ya me ha pasado la etapa en la que quería amar mucho, ahora estoy en la que me interesa amar bien. Por eso es que hasta ahora visito la tierra del Sol naciente: para disfrutarla desde una postura más terrenal, para darme cuenta de toda la hermosura que voy a presenciar, para ser consciente que estoy viviendo mi sueño y no perderme entre tantas maravillas, para concentrarme en tanto que hay que experimentar y no quedarme en un par de cosas.

Tengo mucho miedo y emoción combinados (y eso me está matando ¬_¬)


Hebert Gutiérrez Morales.

sábado, 6 de febrero de 2016

El auténtico amor eterno

           Advertencia: Este escrito NO es apto para enamorad@s. Si usted está estupidizad@ por el enamoramiento, háganos el favor (a usted y sobre todo a mí) de NO leer este escrito. No quiero tratar con toda su pasión, prejuicios y anhelos con los cuales usted apenas puede lidiar. No me venga a importunar con sus sentimentalismos cursis e irreales. Advertid@ está.

            Hace un par de días iba corriendo y, dentro de las cavilaciones que hago, me surgió una idea, la cual me hizo comprender que debes tener cuidado con lo que deseas, ya que se te puede hacer realidad.

            Originalmente no iba a plasmar dicha idea en este ensayo, sólo me la iba a quedar para mí pero, al expresarla en terapia, Ana me pidió escribirla ya que le pareció muy valiosa. Y creo que tuvo razón.


            Se dice que el único amor eterno al cual tenemos acceso los humanos es con los perros, ya que no evoluciona, y eso le permite seguir en el mismo nivel de intensidad. Además ayuda que los perros no nos exigen nada y nos dan todo su ser a cambio. Con ese acuerdo tan ventajoso, que no encontramos en otro humano, es fácil llevar una relación duradera con la misma intensidad.

            Sin embargo, he descubierto que como humanos también tenemos acceso a ese amor eterno con nuestra misma especie, y soy prueba de ello, ya que en su momento prometí amor eterno y se me cumplió ¡dos veces!

            Tiene más de 14 meses que no veo a Nadia y, para cómo van las cosas, no creo volverla a ver. Sin embargo, eso no es impedimento para que, constantemente me la recuerden de manera indirecta. Es constante que alguien me comente algo de ella, información que nunca solicito pero que, por alguna razón, siempre me acaban compartiendo.

            La más reciente fue hace un par de semanas. Estaba enviando unos chistes por Whatsapp, cuando vi la foto de perfil de que uno de mis contactos. Él tiene una hija que ya ronda los 25 años, así que pensé que estaba posando con ella. Al abrir la foto ¡Madres! La que estaba a su lado era mi exMusa. Ya sabía que él estaba tomando clases con ella además, a pesar de ya no la veo, tenemos muchos conocidos en común (de ahí que me lleguen tantos “reportes” de ella).

            Solamente vi la foto el instante antes de darme cuenta que era ella, por lo que procedí a borrarla y, de paso, a mi contacto ¿Por qué lo borré a él que ni vela tiene en el entierro? Porque no quiero tener la tentación de estar viendo su foto, además no me preocupa, con el tiempo se volverá a reportar y lo volveré a agregar.


            Aunque sólo fue un momento, la vi diferente. Ciertamente la gente cambia cuando dejas de verla por más de un año, pero la diferencia que notaba no era física, podría jurar que era prácticamente la misma apariencia. Creo que por primera vez la contemplé como en verdad es: ya no la veía con los lentes de la idealización.

            Cambiemos de fémina y vayamos con mi primer amor: Harumi.

            A gente a la que le llama la atención que, a pesar del tiempo, la siga sacando a la conversación pero les respondo de manera tranquila “Y honestamente dudo que la deje de mencionar en lo que me resta de vida”

            A pesar de lo reciente del caso Nadia, no deje de mencionar a Haru Chan de hecho, debido a mi exMusa, hasta se incrementaron las remembranzas ya que las comparaciones eran inevitables para mi apasionado corazón.

            Tal vez no tantos como Nadia pero, a pesar del tiempo, también tengo conocidos en común con mi primer amor. Gente con la que ambos convivimos hace más de una década o personas que la conocieron en otros ámbitos.

            Hay quien la tiene en Facebook y me habían ofrecido enseñarme sus fotos, algo que rechacé siempre pero, a raíz de lo de Nadia, opté por verlas yo mismo. ¿Cómo explicarlo? Al igual que pasó con mi exMusa, la de las imágenes es ella pero no era “mi” Harumi, de la que me enamoré perdidamente, la que habita en mis recuerdos. Así que, para mi inconsciente, no es ella, la de esas fotos no era Harumi.


            Y ahí me di cuenta del amor eterno con ambas mujeres ¿Basado en qué? En que no se quedaron.

            Me explico.

            Cuando uno está en el estado de enamoramiento es como estar drogado (por eso no me hace falta probar las drogas, porque ya he vivido estados alterados de consciencia). Al estar enamorado dejas de ser tú: la realidad, las personas, tus prioridades y tu propia existencia toman otros tonos, otras lecturas, otras tendencias. El mundo es distinto, tú eres auténticamente feliz, es más, me atrevería que es el estado más alto que puede alcanzar el humano (y al mismo tiempo el más bajo).


            Sin embargo, como todos hemos comprobado (aunque no todos tengan el valor de admitirlo), ese estado es efímero, como todo en esta existencia. El enamoramiento tiene un período promedio de ocho meses, mientras que el amor tal cual puede durar hasta 8 años.

            Las relaciones, por más buenas y productivas que puedan ser, no pueden mantener esa explosión tan imponente como lo resulta el enamoramiento, estás tan embriagado que crees que así va a ser para siempre, pero no es así.

Puedes tener una relación muy positiva, sana y nutritiva y, aunque el sentimiento es muy padre y fuerte, nunca igualará a la potencia del enamoramiento, y está bien, porque esas parejas han madurado y crecido juntos, así como lo han hecho con su relación. La estabilidad de su vínculo se la deben al compromiso que le han puesto ambos, y no en la euforia de un sentimiento pasajero.


            Eso es cuando las relaciones son productivas y positivas que, tristemente, son las menos.

            Para el resto la situación suele ser menos provechosa, producto también de la pereza de basar la relación en una sensación pasajera, creyendo que van a seguir enamorados por siempre.

            Cuando estás enamorado encuentras graciosas cada una de sus imperfecciones sin importar que sean de conducta, de educación, físicas, culturales, religiosas y lo que me digan; el amor todo lo perdona dicen por ahí.

            Al terminar el enamoramiento (que siempre pasa), ya empezamos a ver la realidad: los pedos ya huelen mal (cuando antes “eran como perfume”), la minifalda ya está muy corta (cuando antes servía para “lucir esas hermosas piernas que tienes”), ya es tarde y tenemos que regresar a casa (cuando antes “podría desvelarme contigo a diario con tal de disfrutar de tu compañía”), ¿otra vez vamos a ver a tu madre? (cuando antes era “Suegrita, qué bien me la paso acá, ¿segura que no le molesta tenerme a diario?”) y tantos y tantos ejemplos que podría mencionar pero que no hace falta porque ya quedó clara la idea.

            ¿Pero qué pasó? ¿Acaso no nos juramos amor eterno? ¿No me prometiste que ibas a amarme incluso más que el día que me conociste? ¿No que era la luz de tu existencia y que sin mí no podrías seguir respirando? Los humanos somos muy ingenuos, ignorantes, estúpidos y crédulos (entre tantas otras linduras), por eso hacemos ese tipo de promesas y, lo que es peor, acabamos por creerlas.


            Como nos han educado con tantos cuentos de hadas y películas de Hollywood en donde se nos dice (abierta o veladamente) “Fueron felices para siempre”, entonces creemos que podemos alcanzar eso, es más, ¡lo merecemos!, si Disney lo dice debe ser verdad.

            Alguna vez, en una de esas pláticas nocturnas que teníamos frente a su casa, Nadia y yo platicábamos del amor: más o menos le explicaba este concepto de que el amor no es eterno. Ella se molestó conmigo: “Hebert, no quiero un novio que me diga que el amor acaba”.

Me las vi negras entre controlar mi emoción (ella había sugerido que me podría considerar como novio) e intentar arreglar las cosas. Hice malabares y metí algunos otros argumentos para que mi amada se contentara conmigo, pero desde ahí cuide el tema con ella, porque todos nos queremos enamorar y pensar que va a ser para siempre.


A excepción de breves espacios de tiempo, en los cuales fui inmensamente feliz, mis relaciones con Harumi y con Nadia nunca se consolidaron del todo y, al final, ninguna se quedó y continuamos nuestros respectivos caminos.

Y justo ahí se aseguraron ambas algo: mi amor eterno.

¿La razón? Nunca tuve tiempo de desmitificarlas, nunca tuve la oportunidad de verlas como en realidad eran, nunca pude ver sus verdaderos “yo”, con la mirada objetiva del Hebert que está escribiendo en estos momentos; con los mismos ojos que las vieron recientemente en sus fotos, sin el aura de perfección con que me gusta rememorarlas (de hecho no puedo recordarlas de otra manera).


Como se fueron y me dejaron todo el amor que tenía para compartirles, ese mismo sentimiento me dejó tatuada una imagen perfecta de ambas. Esa promesa de amor eterno que les hice se mantiene vigente, porque no me dieron tiempo de retractarme y ser verdaderamente yo frente a ellas. Dentro de mi corazón ambas siempre serán perfectas, y por eso, mientras nuestros caminos no se vuelvan a cruzar, su aura inmaculada seguirá dentro de mí.

Por eso mismo es que no se quedaron: además del agobio de alguien que te idolatra y quiere estar contigo a cada paso que das, también están las expectativas a cubrir. Aunque a un nivel yo también les gustaba (si no nunca nos hubiéramos besado), sé que no compartían mi enamoramiento. Ambas lo intentaron pero, simplemente no fluyó, y no las culpo: es difícil enamorarse de alguien que se pone a tus pies como tapete.


A pesar de ello no era mal partido, y tal vez alguna de las dos se hubiera animado a quedarse, pero ahí entraba el otro aspecto peligroso: eventualmente mi ojo crítico se iba a activar, el enamoramiento iba a pasar y, aunque estoy seguro que me hubiera quedado con ella hasta el final de nuestros días, seguramente ya no gozarían del nivel de idolatría que recibían de mí.

Si ya eres una Diosa ¿para qué arriesgarte a ser una mortal?

No digo que lo hicieran adrede ni que mi percepción les fuera tan importante pero, involuntariamente, lograron trascender en mi vida gracias a que se fueron y no pude “humanizarlas”.

            Es por eso que cada recuerdo, cada imagen, cada anécdota, cada lugar que visitamos, entre otras, tienen la etiqueta de históricos: “¡Ah! En esa pastelería nos echamos un rico postre”; “Aún recuerdo esa película que vimos en esta sala”; “En este salón la vi entrar aquella noche”; “En este lugar bailamos hasta la madrugada” y demás nostalgias.

            Y lo que pasa es que, a pesar de que los momentos de sufrimiento fueron más que los de gozo (en gran parte por mi propia actitud), la memoria opta por ir demeritando los recuerdos malos y privilegiar los buenos. Supongo que nuestra existencia sería imposible si no tuviéramos ese mecanismo.

            Aunque es naturaleza humana y la evidencia demuestra que seguirá así, me sigue entristeciendo que no puedas quedarte con la mujer que te hace creer en la magia del amor por, justamente, amarla demasiado ¡Qué ironía!

            No sé si sean mis experiencias o la diferencia de edades, pero paulatinamente he tratado a una chica que me ha evidenciado más esta situación. La fémina en cuestión me gusta, la quiero, la deseo y nos llevamos muy bien. A veces salimos a comer, a echar un cafecito o al cine, incluso hemos ido a eventos sociales; en cada una de esas ocasiones platicamos muy a gusto e incluso estamos planeando irnos de viaje este año.

Sin duda sería una situación ideal que fuera mi pareja ya que, aunque la quiero y la protejo, no pierdo la cabeza por ella, la veo cómo es, lo que me permite estar en control y no echar a perder nuestra relación con tontos anhelos. De hecho ya son varios que, al vernos juntos, me dicen que haríamos muy bonita pareja.


            Es más, la quiero tanto que ni siquiera me molesta que tenga novio, porque no la estoy esperando ni conspirando para que rompa con él. Si algún día se llega a dar, haré mi máximo esfuerzo pero si se casa con él, y son felices para siempre, tampoco tengo problema con ello.

            Ella me importa mucho, pero no dejo de existir por sus caprichos. En verdad me gusta, creo que incluso la amo, pero no se me acaba el mundo si no la veo, no estoy loco por ella. Y alguien de corto entendimiento se preguntara “¿Cómo la puedes amar sin estar loco por ella?” De la misma manera que usted ama a su familia, amigos, mascotas y demás. O, para que me sirva para promocionar otro escrito, como el amor verdadero de Maléfica por Aurora. Amo a mi amiga, la puedo considerar como pareja pero no me es vital, si se da bien, si no también.

            Hay imágenes por ahí que dicen que es un error escoger con la cabeza lo que le corresponde al corazón, lo cual es parcialmente cierto. De hecho es muy chido dejarte llevar por el corazón pero, como ha sido mi caso, hay un punto en que te das tantos golpes que empiezas a ver que no es tan buena idea dejarte llevar sólo por el corazón.

            Así que lo ideal es escoger con el corazón Y con la cabeza (de preferencia la de arriba), para que sea una elección integral y con más posibilidades de fructificar.

            Ahí es donde uno comprende el dicho “Al primer amor se le ama más, a los siguientes se les ama mejor”. Por la lógica de ese dicho no estaba preparado para la intensidad que sentí con Nadia, que fue incluso mayor que el de Harumi ¿Cómo puede un corazón lidiar con eso dos veces en su vida? Sin duda el mío no es humano.

            Amar mucho, con todo tu ser, no quiere decir amar bien. Podrás dedicar toda tu esencia, tus recursos e intenciones a una sola persona y eso no te asegura que la estás atrayendo de hecho, en mi experiencia, pasa exactamente lo contrario.

            A cada cual, en su respectivo momento, le prometí que la iba a amar por siempre y, ciertamente, voy a cumplir mi promesa: las voy a amar hasta el día de mi muerte, cada cual tiene un lugar muy importante en mi corazón. Tal vez sea una fortuna, o una maldición, que ambas habiten en mí como seres irreales e idealizados pero supongo que está bien: para ellas y para mí.

            A pesar de ello o, mejor dicho, precisamente por ello, como mencioné en otro escrito reciente, no tengo la intención de volverme a enamorar, es algo poco práctico. Amar es algo inherente a la vida humana, de hecho es algo muy bello; pero el fenómeno de “enamorarse perdidamente de alguien que justifique tu razón de ser en este mundo” es algo que ya experimenté dos veces y no me hace falta pasar una tercera. Ya he amado demasiado, ahora me haría falta saber lo que es amar bien.


            Hebert Gutiérrez Morales.