domingo, 31 de enero de 2016

Misantropía y soledad (Primera Parte)

        “Me alegre de quedarme solo. Por supuesto eso no quería decir que me desagradase estar con Yuki; simplemente me sentía bien solo, no necesitaba consultar a nadie antes de hacer las cosas, ni disculparme cuando salían mal. Si encontraba algo gracioso, podía hacerme un chiste a mí mismo y reírme, nadie iba a replicarme: ‘Ese chiste no me hace ninguna gracia’. Si me aburría podía ponerme a contemplar el cenicero o cualquier otro objeto, porque nadie me preguntaría: ‘¿Por qué miras al cenicero?’ Para bien o para mal, estaba demasiado acostumbrado a vivir solo. También noté que, a mi alrededor, incluso el color de la luz y el olor del viento habían cambiado ligera aunque perceptiblemente. Respiré hondo y me pareció que mi interior se ensanchaba un poco. – Haruki Murakami (“Baila, baila, baila”)

Este blog originalmente se llamaba “Reflexiones de un Salsero Misántropo” para después convertirse en “Reflexiones de un Corredor Solitario”. Aunque dejé el ritmo tropical de lado, nunca he abandonado mi misantropía, al contrario, ha ido creciendo. Así que voy a analizar dos de mis características personales y su íntima correlación.

            Honestamente no recuerdo cuál fue primero aunque, lo más probable, es que hayan venido al mismo tiempo, porque no me críe así, ya que era un niño amigable y bueno (y de alguna manera lo sigo siendo en el fondo).

Tengo claro cuándo empezaron a gestarse estas facciones de mi personalidad: en la secundaria, tema que ya abordé ampliamente en este otro escrito. Aunque, a decir verdad, sólo se puede desarrollar algo que se trae dentro así que, supongo, ya había nacido con la misantropía y soledad latentes en mí.

El vivir en Puebla y su ambiente tan “peculiar” definitivamente potenció el volverme solitario y misántropo, a decir de muchos cúlero. Me cuesta trabajo creer que algo así me hubiera pasado de haber habitado en Veracruz, el DF o cualquier otra parte de la República pero, de igual manera, ese tema ya lo traté ampliamente en otro escrito.

            Mi primer ensayo sobre la misantropía pudo resultar bastante violento, pero este estado no siempre se expresa a través del odio, ya que también puede hacerlo a través del fastidio, la indiferencia o el aburrimiento que puede ocasionar en uno la raza humana. Lo cual no quiere decir que este par de ensayos no vayan a tener sus partes censurables, crueles o inhumanas. Advertidos están si no soportan ideas fuertes.

            Es bastante difícil que me encuentre cómodo en cualquier lugar, en realidad me siento a gusto con ciertas personas, en específico, disfruto su compañía y su plática. Pero no me siento realmente integrado en los lugares donde desarrollo mi vida cotidiana como clase de japonés, clase de baile e incluso en la oficina.

Los de mi trabajo dicen que tengo mi corazón en mi antiguo departamento, porque a veces estos últimos me invitan a sus reuniones, pero si supieran que tampoco ahí me siento del todo a gusto, se llevarían una sorpresa. Es más, ni con mi familia estoy del todo cómodo, porque no veo la hora de escapar y regresar a mi maravillosa soledad.

            Obvio existen lugares en los que me siento muy bien e integrado: en la Huasteca Potosina soy extremadamente feliz, en Veracruz me siento como pez en el agua, mi primera etapa de clase de japonés la guardaré por siempre en mi corazón, los primeros cinco años en el mundo de la Salsa también fueron una delicia, y a partir del segundo año en VW (hasta el doceavo) también me sentí muy a gusto. Pero si paso mucho tiempo en un lugar, eventualmente, acabo por fastidiarme, alejarme, y recuperar parte de mi espacio.

            Aunque eso de las épocas felices es muy subjetivo de mi parte.

Decía Schopenhauer (y si no fue él, seguramente fue Nietzsche), que “el ser humano no se distingue por vivir en épocas felices, más bien vive situaciones o momentos felices” por lo tanto, y esto ya es de mi cosecha, nos gusta recordar el pasado con una mirada aderezada con el tono subjetivo de la nostalgia, y nos gusta fantasear que eran tiempos felices pero, si volviéramos a esos días,  veríamos no fueron tan dichosos como nos gusta rememorar pero, ya pasados, nos gusta pintarlos con tonos más alegres de lo que en realidad fueron.

Aunque, no soy del todo subjetivo, ha habido lugares en donde sí he sido auténticamente feliz, y tengo grabaciones, fotos y escritos que lo respaldan: la Huasteca Potosina, Chicago, Jalcomulco o San Francisco, sólo por citar algunos (y estoy seguro que Japón se va a anexar a esa lista en un par de meses).

En dichos lugares puedo sentirme en exceso alegre, a gusto, real, pleno y auténtico. Pero he sido feliz en esos sitios porque no vivo en ellos. Cuando uno encuentra su paraíso, no puede vivir en él porque, cuando te mudas a ese lugar, de inmediato deja de ser un “paraíso”, ya que la familiaridad le quita esa cualidad.

Es por eso que los humanos, dentro de nuestras mitologías religiosas, plasmamos que Adán y Eva fueron expulsados del paraíso porque, en primer lugar, no lo merecemos y, en segundo, no sabríamos cómo sobrevivir en un lugar tan utópico (sin duda terminaríamos suicidándonos). Nuestra rutina y lo ordinario de nuestra existencia nos impide habitar dichos lugares, por lo que no estamos hechos para ello, ya que somos demasiado comunes y corrientes (aunque a nuestro inflado ego le disguste admitirlo).

            Volviendo a esto de sentirse integrado.

            En Diciembre pasado hubo un día que tuve desayuno con los de la oficina, comida con los de mi trabajo anterior, y cena con los de mi departamento actual, por lo cual me pase todo ese día, tragando, conviviendo y riendo con gente que aprecio mucho en lo que, para la mayoría, sería un día memorable o feliz. En mi caso, ya de regresando a casa, el pensamiento en mi cabeza era “¡Por fin acabó!”.

            Mientras manejaba de vuelta, a través del tráfico de Viernes en la noche, veía a muchos apresurados por llegar a algún lado, negocios atiborrados, y todos en una especie de éxtasis por socializar “¡No mamen!” pensé “¿Acaso están locos?”. Eso de ir a lugares a reventar en lugar de dormir temprano no lo entiendo. Obviamente soy alguien diurno pero también me agobia soportar a tanta gente, tanto tiempo, en lugares tan atiborrados.

            Personalmente me desgastan mucho ese tipo de días en donde estás en constante convivencia. Sé que a la mayoría le gusta eso de estar en fiesta todo el tiempo, pero yo me engento muy fácil, de hecho no me gustan las reuniones, por lo menos grandes.

            Una semana después del día al que hago referencia, tenía una reunión de NFL en casa, y me estresaba bastante. ¿Por qué? Porque debía limpiarla, aunque no es un cuchitril, tampoco está impecable. Sin embargo, por las apariencias sociales, era mi obligación ofrecer la mejor versión posible de mi morada para que mis invitados vean que no soy un animal, para que crean que vivo civilizadamente a diario. Por eso no me gusta traer externos a mis dominios, porque prefiero estar a solas en mi cuchitril, sin tener que complacer a nadie, haciendo lo que crea y sienta necesario. Es por eso que recibo, cómo máximo, una visita al año (aunque la casa la limpio un “poquito” más seguido).

            Por eso, después del día de fiestas, cuando llegué a mi casita encontré una profunda paz. Me gusta estar solo, tener a mi disposición tiempo, espacio, libertad y demás recursos. Sin embargo, como la otra vez me dijo mi comadre Les “Para lo solitario que eres, resultas bastante sociable” y tiene razón: me la paso en comidas, convivios, eventos y demás. Lo más curioso es que esa sociabilidad se me da natural, lo cual no sé si sea frustrante o reconfortante porque, sin pretenderlo de manera consciente, siempre interactúo con diversas personas.

            Y sí, para ser tan “antisocial” he recibido asilo en Berlín, en Washington y, próximamente, en Japón. Y ahí recordé las palabras de alguien “Para lo ermitaño que dices ser, tienes bastantes amistades dispuestas a darte asilo”. Si les soy honesto, no pretendo ser agradable aunque, supongo, lo he de ser (aunque suene muy pinche mamón). Sin embargo, la gente me busca, y resulta curioso, ya que esa actitud mía de “¡No me estén chingando!” inexplicablemente resulta atractiva para el resto, lo cual es una muestra de la contradictoria psicología humana.

En ocasiones, con tanta insistencia, logran sacarme un “sí” para algún evento social, normalmente me agarran de buenas pero, cuando vuelvo a mi centro, hago lo imposible para que me “indulten” de ir a dicha reunión. A veces lo logro, a veces me friego (porque me gusta respetar mi palabra) y, en ocasiones, lo consigo con el poder de mi pensamiento, ya que es tanto mi deseo de no asistir que “mágicamente” me cancelan, y no hablo sólo de fiestas, también son citas para tomar café con amigas que están bien guapas (y buenas) pero, ahí compruebo que, la necesidad de estar solo es mayor que mi potencial calentura.

Y es por eso mismo que no tengo pareja: porque en el fondo no quiero.

Vamos a poner los hechos sobre la mesa: hago ejercicio, tengo un buen trabajo, no tengo vicios (fumar, tomar o drogas), no estoy apegado a mi familia, leo, viajo, escribo, tengo conversación, no estoy tan pinche feo, bailo y tengo algo de cultura. ¿En verdad creen que es lógico que me haya mantenido soltero tantos años? Obvio que no.

A un nivel he intentado relacionarme, en algunos casos con más intención que en otros pero, al final, mi inconsciente se impone y acaba boicoteándome, así logro que ninguna relación sentimental se dé. ¿Por qué? Supongo que valoro más la soledad que una potencial relación, me es más importante el espacio personal que la compañía humana, incluso más que el sexo porque, me conozco, si sólo tuviera “amigas con derechos” sin duda habría un peligro de prendarme de ellas y sacrificar mucha de mi libertad.

Volviendo a los eventos sociales.

No le encuentro lo maravilloso a las fiestas, he ido a muchas y de todo tipo. Aunque en algunas me he divertido, normalmente me aburro y sólo espero el momento oportuno para huir. Mi máximo NO es ir a una celebración, en especial en donde hay mucha gente, las detesto. Prefiero reuniones pequeñas con gente inteligente, en donde una plática interesante sea el mayor atractivo. Es más, todavía encuentro más deseable ir a comer con alguien a solas y tener una conversación más profunda e íntima, que reunirme con decenas  de personas, bailando y riendo a lo pendejo. Por eso, si puedo, evito las reuniones a toda costa.

El humano está muy encantado, enviciado, estupidizado, dogmatizado y maravillado con su propia existencia, es por eso que convivir con otros homínidos es lo máximo para ellos. No voy a negar que hay cosas que me gustan de la humanidad, sobre todo ciertas expresiones de genialidad o incluso de brutalidad (porque por algo me gusta la NFL o las películas de Tarantino).

Pero, ya en la intimidad, no necesito estar con otros para que validen lo que creo aunque, por otro lado, tal vez sí lo hago, por eso escribo en el blog y lo comparto por todos medios posibles para que la gente piense que soy maravilloso (que lo soy, pero no es momento de andar de presumido), pero ése es otro tema de discusión.

El humano se maravilla de su propia existencia, por eso se reúnen cuantas veces pueden para alabar su paso por este planeta, por ello creen que engendrar y fundar una familia es el logro más importante que pueden alcanzar. Y puede que tengan razón, tal vez hay algo faltante, sobrante o chueco en mi ser que no comparto esa perspectiva, incluso puede ser que haya evolucionado o involucionado porque me parece estúpido creer que sólo nacimos para engendrar a más homínidos ¡y ya!

Aunque, debo admitir, resulta “útil” tener una familia con la cual distraerte. Te concentras en educación, cuentas por pagar y compromisos sociales que cumplir que evitas cuestionarte sobre el sentido de la vida, si tienes que trascender o atormentarte porque eres un engrane más de un sistema absurdo. Cuando tienes preocupaciones más básicas, dejas de cuestionarte por las más elevadas.

Pero, por más evolucionado que pueda creerme, tengo instintos. Es por eso que cuando nos enamoramos, literalmente, nos apendejamos y dejamos de ver los hechos obvios e irnos sobre nuestro objetivo sin mayor miramiento. Normalmente, cuando el efecto del enamoramiento pasa, muchos ya están casados y con hijos.

Son bastantes los que me han confesado que, si volvieran al pasado, no tendrían hijos. Y que conste que son excelentes papás con sus engendros, sólo que con el tiempo se han dado cuenta de todo el sacrificio que eso implica y, de tener opción, no lo volverían a hacer. Por eso nos enamoramos para que, precisamente, nuestra (vanagloriada) inteligencia se vea anulada y no interrumpamos el ciclo de la vida.

Si pudiera librarme de estos instintos animales, de las reacciones químicas que nos apendejan, creo que mi existencia sería perfecta, o tal vez no a tal grado,  pero sí tendría un paso tranquilo por este planeta pero al final, me guste o no, soy humano. Por lo que estoy expuesto que un día vuelva a encontrar a una fémina que me enloquezca, anule mi sentido común y dé al traste con todas estas lúcidas ideas que les estoy compartiendo.

Por suerte, y por desgracia, tengo sentimientos. Por más inteligencia emocional que desarrolle, estoy en riesgo de caer redondito en cualquier momento, así que sólo me resta cuidarme y poner atención de evitar riesgos. Probablemente sea una batalla pérdida, pero no me pueden culpar por intentarlo.

Cambiemos de ámbito.

Me gusta mandar chistes por WhatsApp, en una manera de estar en contacto con la gente que aprecio, y nunca espero una respuesta. A veces quieren iniciar conversación y, si estoy de buenas, accedo pero, si estoy ocupado, se los hago saber y la mayoría respeta. El problema es que hay quienes creen que si les mando un chiste es una invitación expresa a platicar un rato “¡Wey! ¡No!”, sólo estoy mandando un chiste, así que no me agobies si no quiero platicar, sólo ríete conmigo.

Hay quien lo entiende y hay quien no, ya en un par de ocasiones he tenido que ponerme rudo para defender mi espacio. Admito que me gusta socializar, pero cuando quiero, por lo que no permito que invadan más de lo que abro. Es una manera de “Te mando esto para que no me olvides, pero tampoco me estés chingando”.

Como lo mencioné en los ensayos previos de “soledad”, por eso me acomodan tanto los deportes que práctico, como lo son correr o nadar, e incluso el jazz que, aunque es baile, no tiene la misma interacción humana que requiere la Salsa.

Por tal motivo, desde que regresé a clase de japonés, he mantenido una sana distancia, y me siento bien así. De hecho, siempre que llego a un lugar nuevo, me gusta “pintar mi raya” y cuidar mi espacio pero, de alguna manera, la gente acaba por integrarme.

Eso se me facilita mucho, porque no tengo que hacer nada. Eso es chistoso porque siempre llego con una actitud de “Estoy aquí porque lo necesito, interactúo con ustedes porque es un requisito, no por gusto. Lo hago porque es mejor para mí”. Sin embargo, por alguna razón, siempre acabo interactuando más de lo que me había propuesto.

Pero en clase de japonés mi aislamiento es diferente: no me voy a relacionar porque, al regresar de mi viaje de Japón, pienso dejarla, ¿por qué? Porque ya no pertenezco a ese ámbito. Así que al no relacionarme con ellos, el irme se me va a facilitar más a que si fueran mis amigos.

Volvamos a la oficina.

Todos los días como con alguien diferente, sin proponérmelo, simplemente pasa, ya sea por iniciativa propia o de los demás, ya que no es raro que alguien llegue y me diga “Oye, ¿puedo comer contigo hoy?”. A veces se me llena toda la semana, e incluso la siguiente, lo cual es padre pero, en ocasiones, no tengo con quién comer y no digo nada al respecto, así que me voy a algún lado para disfrutar un poco de mi compañía, y en verdad no me molesta hacerlo.

Pero pareciera que a la sociedad sí le molesta mi soledad porque en cuanto comento de algún viaje, evento o clase a la que voy a solas, siempre hay quien me dice “no puedes seguir viviendo solo” y complementan “Algún día vas a encontrar a alguien, y vas a ser feliz con una familia”. Ya estoy acostumbrado a dichas expresiones y mi respuesta es casi la misma (con variaciones según el interlocutor): “Pero ya soy feliz estando solo ¿Acaso está prohibido ser feliz por uno mismo? ¿Es incorrecto, ilegal o inmoral?”.

Al final la gente se sigue molestando (aun no entiendo la razón) con mi libertad, soledad o independencia. Estoy consciente de mi edad (39) pero eso no debe ser una razón para querer relacionarme o engendrar.

Precisamente por eso ya no me quiero enamorar (sí, sé lo que escribí y lo sostengo). Cuando me he enamorado en automático pierdo mi centro, tranquilidad, objetividad, inteligencia, personalidad, prioridades que dejan de serlo, ideas que se desestabilizan y empiezo a existir en función de alguien más: el pecado más grande que puedes cometer.

Como las féminas nunca se quedan, regreso al mismo punto que antes de conocerlas, sin ganar nada y lo único que pierdo es tiempo: el recurso más valioso que tenemos. Además del que pierdes tratando de enamorar a alguien, a quien no le interesas, lo pierdes tratando de recuperar tu plenitud y paz interna.

No sé cuál sea mi misión en este mundo, ni siquiera sé si tengo algo así o si me creo mucho por creer que la tengo pero, definitivamente, el enamorarme no contribuye a eso aunque, siendo justos, son pocas las cosas que me hacen sentir que avanzo hacia algo relevante (como escribir, por ejemplo). El enamoramiento, para mí, es una pérdida de tiempo, he comprobado que no tiene caso, así que me es más fácil soportar la presión social que insiste en que me relacione.

Y bueno, este escrito que nació como algo breve creció bastante, a tal grado que tengo que dividirlo para que no resulte (en exceso) cansado. Pueden leer la segunda parte en este enlace.


Hebert Gutiérrez Morales.

Misantropía y soledad (Segunda Parte)

            Pueden leer la primera entrega de este tema en este enlace.

Mi misantropía ayuda mucho a mi soledad. En mi opinión, el ser misántropo es una muestra de evolución humana, y es que es tanto el daño que le hemos hecho al planeta que la naturaleza ha hecho evolucionar a ciertos individuos, así nace gente como yo, que decimos “Si no me reproduzco ¡chingón!”.

El Misántropo es alguien evolucionado por el simple hecho de su inteligencia, ya que el ser tonto en automático te descalifica para dicha característica, ya que si tienes un entendimiento corto no puedes odiar a la humanidad. Necesitas haber visto más allá del humano común para acceder a la misantropía, no es de esas mentes dogmatizadas que se conforma con lo que le dicta la sociedad: que el humano es lo más maravilloso que ha acontecido en la historia.

Gente que tendemos a ser ermitaños además que, la extendida estupidez humana, te invita a alejarte de los homínidos. Por eso uno se vuelve solitario y misántropo. Odio a la humanidad, no me empacha admitirlo pero, a diferencia de lo que exprese hace cinco años, ya no me importa cuándo se destruya porque, al final, eso va a pasar, sólo es cuestión de tiempo.

Sin embargo mi odio a la raza humana ya no es tan grande como para desear su pronta extinción ya que no todos sus elementos me desagradan, incluso hay algunas personas que amo con todo mi ser. Es por eso que puedo vivir y dosificar mi contacto con la humanidad, y no me molesta en lo absoluto.

Incluso con mis familiares soy un misántropo, un ingrato, un hijo de la chingada o un solitario. Porque los que comparten mi sangre les gustaría tener más contacto conmigo, pero he optado por tener una sana distancia, así valoran más cuando los llego a visitar. Estoy hablando de mi familia directa (padres y hermanos), porque primos, tíos, sobrinos y demás, prácticamente no existen para mí (con sus muy contadas excepciones).

Mi madre me dio la vida y nunca se la podré pagar, por eso es con la que más contacto tengo y, aun así, es poco para ella y los estándares sociales. Tal vez esa misma misantropía me dicta que entre menos relaciones, apegos, vínculos, lealtades y compromisos tenga con los demás, es mejor porque puedo ser más libre. Así mi felicidad no está en función en lo que haga (o deje de hacer) alguien más.

Qué irónico puede resultar el humano. En mis años de Secundaria y Prepa, necesitaba urgentemente la aceptación de mis compañeros. Ya acabando la Universidad me empezó a valer madre que los demás me aceptaran, lo curioso es que cuando adoptas dicha postura, es cuando más aceptación recibes.

Me caga escribir esto pero no deja de ser verdad: soy popular, mucha gente me busca, por un lado mujeres que me ven atractivo como amigo y potencial pareja, además de que las puedo escuchar con seriedad. Por otro lado hombres que, seguramente, en épocas escolares me hubieran hecho bullying, ahora me buscan y me admiran, al grado que me llegan a agobiar con sus atenciones.

Es chistoso que cuando te deja de importar ser popular, de inmediato lo eres y entre menos buscas el contacto con el resto, te buscan sin pedirlo. Incluso hay quien me sugiere que forme una religión, porque ya tengo acólitos que me siguen y les respondo “¡No!”.

De hecho ya tengo mi propia religión, pero consiste de una sola persona (o séase yo) porque, con lo estúpida y manipulable que es la humanidad, seguramente van a malinterpretar y corromper todas mis creencias, valores y principios, y no me interesa contribuir más a la ignorancia de este planeta.

Y es que, siguiendo con las ironías de la vida, cuando ésta te deja de interesar, es cuando más te atreves a vivirla, ya que no tienes nada que perder. Y no necesito tener la intención de suicidarme si digo que no me interesa la vida, aunque es verdad que cada vez menos cosas me interesan de la misma. Así que voy aprendiendo a no tomarla tan en serio porque, entre menos importancia le des, más jugo le sacas. De igual forma, entre menos te interesa, más gente atraes.

Ni siquiera tengo un apego especial a mis amistades. Mi mejor amiga, Lesly, es un buen ejemplo de ello: podemos tener comunicación a diario o podemos ignorarnos por días. A veces se ha ausentado del trabajo por meses y sólo nos comunicamos si nos nace o se necesita. Tenemos una muy buena amistad, que no está basada en un contacto constante, porque podemos subsistir sin la otra parte.

Y eso no quiere decir que no la apoye incondicionalmente (sólo un puñado de personas que tiene esa prestación de mi parte), porque estoy dispuesto a ayudarle cuando sea necesario, pero ella es tan madura e independiente que casi no me pide nada. Y por eso somos amigos: porque sé que es tan autónoma como yo y no se va a aprovechar de la relación.

Si con mi mejor amiga mantengo una distancia saludable, imagínense con el resto. He llegado incluso a “cortar” a personas que en su momento pude considerar mis amigos íntimos, ¿Por qué? Exigían más de lo que les quería dar e intentaron aprovecharse de la amistad. Los apoyé en su momento pero no dude en terminar dichas relaciones o, por lo menos, bajarle a la flama a lo mínimo.

Porque ahí radica mucha de la tranquilidad en mi existencia, ya que hay gente con la que me gusta estar, pero no necesito estar forzosamente a su lado. Eso me caga del enamoramiento en donde estás tan apendejado que necesitas estar con “ella” todo el tiempo, de una u otra forma. Y eso te quita mucha dignidad e independencia.


De a poco he aprendido a no necesitar a nadie o, por lo menos, necesitarlos lo menos posible ¿por qué? Debido a que no puedo confiarme a que van a estar ahí todo el tiempo, debo aprender a ver por mí sin dar molestias al resto, aunque el resto sí le guste darme molestias.

De hecho los tengo bien identificados, porque hay quienes me ignoran durante mucho tiempo pero, cuando necesitan algo, ahí están buscándome. Ya los conozco, pero ni me enojo, si tengo tiempo disponible (o me conviene), los atiendo y si no, pues los corto amablemente.

Por ello hay quien se me ha puesto al brinco, e intenta hacerme una escena, ahí se me termina la civilidad y los mando a chingar a su madre directamente. Esta gente se sorprende, me llega a tachar de culero, traidor, egoísta y demás pero ¿saben qué? Como no me importa su opinión, acaban volviendo incluso ofreciendo disculpas, pero ya es muy tarde para ellos: han dejado de ser mis amigos. Creen que porque me necesitan los necesito, y se dan cuenta de lo equivocados que están.

Me gusta convivir con gente inteligente, no me importa su moral, me importa lo claro de sus ideas, gente que me nutra intelectualmente, que me haga pensar, que me contradiga y me dé buenos argumentos, además de gente elegante, que aun sin tener la razón, te la pone difícil con sus planteamientos tan sofisticados.

Casi siempre esa gente brillante con la cual convivo ha tenido una buena base moral, pero no se dejan cegar por ideas anticuadas. Con ellos puedo expresar las ideas más locas, bizarras, amorales e incluso crueles sin que se ofendan o me señalen. Y es que son lo suficientemente desarrollados para no tomarse como personal conceptos generales que atentarían contra sus esencias. Es gente que entiende que sus creencias son relativas y nunca absolutas.

Cuando tengo contacto con ellos, comprendo el tamaño de la estupidez humana, ya que los especímenes que valen la pena son escasos, mismos que son la excepción que confirma la regla de la ignorancia homínida. Así que cuando los encuentro, los cuido. Para mi desgracia no puedo convivir solamente con gente brillante ya que, por distintas convenciones sociales, familiares o laborales, debo tratar con un montón de gente pendeja, pero limito mi contacto a lo básico con ellos.

Podrá sonar elitista, porque lo es, pero a muy pocos considero mis iguales, no quiere decir que me sienta lo máximo del Universo, pero sé que estoy arriba de la mayoría (alguien me dijo una vez que en mi vida pasada fui un nazi, sólo que nací moreno, con pelo chino y en tercer mundo para evitar que proliferaran estas tendencias en mi).

Aclaro, no me baso en nivel socioeconómico, físico, raza, nacionalidad, género, edad, creencias o demás para descalificar a alguien. Sólo me baso en la inteligencia, el sentido común, la apertura, la flexibilidad, en resumen, su forma de percibir la vida y el mundo, esa comprensión desarrollada que les permite ver más allá que el homínido promedio.

Porque habrá gente muy inteligente a nivel cognitivo, pero que es muy pendeja y dogmatizada a otros niveles, que se dejan llevar por lo que les dijeron, en lugar de utilizar ese intelecto para razonar por ellos mismos. Y es que es más cómodo comprar una verdad que te endilgaron desde pequeño que atreverte a buscar una que te acomode, aunque ofenda al resto de la sociedad.

Lo importante es la inteligencia integral y aplicada (se nota que soy ingeniero).

Y no, no soy un Hitler. Para empezar no tengo el poder que alguna vez tuvo el Führer, además que la logística para exterminar a la carroña humana (Aproximadamente el 90% de la población mundial) es monumental. Es prácticamente imposible acabar con la basura humana de un solo golpe aunque, no lo niego, si de mí dependiera, acabaría con ella sin dudar.

Volviendo al tema, el hecho de que considere a alguien mi igual, no quiere decir que esa persona me considere su igual porque, es factible, que para ellos también resulte ser carroña. En fin, me parece que cada humano tiene esa tendencia a creerse integrante de un grupo superior mientras descalifica al resto como inferiores. Seguramente este hecho me hace más humano de lo que me gustaría admitir.


Para mí sólo existen dos tipos de personas: los que son brillantes y los que son estúpidos; los conscientes y los inconscientes; los que valen la pena y los que son sacrificables; los que están desarrollados y los que no les interesa estarlo. Esto sin importar religión, creencias, tendencias e incluso lazos sanguíneos porque, aún dentro de mis familias de origen, hay mucha basura. Tristemente, la gente que vale la pena, es un porcentaje muy pequeño en comparación de la gran mayoría que es desechable.

Y precisamente hemos llegado al punto en el que uno se vuelve misántropo porque, considerando que la mayoría de la humanidad es detestable, resulta muy fácil odiarla en su totalidad, como una masa ignorante y monstruosa, a pesar de los pocos seres que valen la pena dentro de la misma. De hecho son tan escasos que su existencia no justifica la supervivencia de la totalidad.

Adicionalmente, dichos seres entienden con su visión, que va más allá de la moralidad, de esa limitada manera de ver el “bien” o el “mal”, ya que estos individuos comprenden que son simples interpretaciones prejuiciosas. Cuando aprendes a ver más allá de esos límites, entiendes lo estúpido, retrograda o primitivo que resulta el humano y su mal llamada “civilización” que ha establecido a lo largo de los siglos.

Sin esos prejuicios, seguramente ya habríamos avanzado más en nuestro desarrollo personal y social, pero los intereses del poder nos han llevado a dogmatizarnos unos a otros, a truncar nuestro desarrollo y entendimiento. Todo porque elpoder de unos pocos siempre ha sido más importante que la plenitud de la mayoría. Y desde que instituimos esa dinámica, empezó la debacle humana.

No sólo carezco de apego a la vida del resto de homínidos, de hecho el que tengo por mi propia existencia debe ser el mínimo indispensable para no suicidarme. Como no me considero el ser más maravilloso de la existencia, como se cree el humano, estoy consciente que mi paso por este planeta es efímero e irrelevante. Al humano estándar, su vida le parece lo más grande que ha pasado en la historia del universo (¡Qué no mamen!).

Es por eso que estoy consciente de lo inevitable que resulta mi muerte, de hecho estoy más consciente de su necesidad y utilidad, por eso no me estresa esa posibilidad de fenecer en cualquier momento, incluso, a veces pareciera que lo anhelo.

A veces me pongo a ver el Facebook y me dan ataques de consciencia “¿Quién es esta gente?” me pregunto, obviamente algunas son personas que sí quiero. El resto son rostros que conozco, con los que tuve alguna vez contacto (o que sigo teniéndolo) aunque, a decir verdad, son seres que no me importan.

En ocasiones de similar consciencia he clausurado mi cuenta de dicha red social, y han ido de períodos tan breves como unas cuantas horas hasta un año y medio que fue la vez pasada. Nuevamente estoy tentado a cerrarlo pero, para mi fortuna, tengo seres que me importan mucho y que es mi único medio de contacto con ellos, así que vale la pena tener abierta esta cosa. Ahí llego a la conclusión que debería borrar a todos los que no me importan, que resulta ser lo más honesto.

Pero recuerdo que el Facebook me resulta útil como medio de difusión, es como twitter o tumblr, en donde sólo posteo sin seguir a nadie y, a pesar de ello, tengo decenas de seguidores. Cuando le compartí esta estrategia a mi comadre Les, me dijo que mi postura era narcisista, prepotente o mamadora, ya que era como decir que nadie podía aportarme nada. Y no le rebatí porque, a un nivel, tiene razón: no me importa lo que los demás tengan que aportarme. Y sí, también resulta que soy muy ególatra, y quien me quiera seguir, que lo haga por decisión propia.

Si fuera congruente con dicha postura, no debería publicitar ninguno de mis escritos pero, tristemente, en este prostituto mundo, sin publicidad nadie sabe que existes y, en consecuencia, nadie te lee. Y me encabrona ser igual de prostituto y barato que el resto de la humanidad. En teoría escribo para mí pero, mal haría en negarlo, también lo hago para que me lean. Y luego me pierdo en ese círculo vicioso entre hacer lo correcto (Escribir sin publicitar) o hacer lo más provechoso (escribir y promocionarme).

Entonces recuerdo que nada de lo que hagamos tiene sentido, lo bueno o lo malo, lo productivo o improductivo, lo grotesco y lo sublime, todo será olvidado con el paso del tiempo. Así que todas estas estupideces que estoy plasmando en este texto en realidad son una pérdida de tiempo: hay quien dilapida sus años en drogas, en juegos, en compras o en mujeres, y habemos algunos tontos que desperdiciamos nuestra vida escribiendo, con la estúpida ilusión de que estamos cambiando algo.

El problema es que al otro día te despiertas con una esperanza renovada, de pronto vuelves a encontrarle lógica al levantarte, ir a trabajar, correr, bañarte y toda esa rutina que uno utiliza para darle sentido a una existencia que carece del mismo.

Me guste o no, de hecho me caga, soy humano y por más consciencia que tenga de todos estos hechos pues, siempre encuentro la manera, de ser igual que el resto, y acabo dándole la misma importancia a esta irrelevante y efímera existencia como lo hacen los otros homínidos. Así que entro en la misma dinámica de darle demasiada importancia a lo que carece de ella.

Aunque no nos guste, todos acabamos engañándonos al darle sentido a la existencia, en darle más importancia de la que merece. Si la tomáramos para experimentar y no tan en serio, otra cosa seria.

Sin importar lo que hagamos, digamos, pensemos, sintamos, ganemos o perdamos, no va a tener valor en lo absoluto, porque todo será cubierto por el olvido que te inyecta el paso del tiempo después de tu muerte (e incluso antes).

A pesar de todo esto, supongo que por algo estoy aquí, desconozco si para alguna especie de misión, así que sólo me queda experimentar lo más posible en esta vida, tratando que sea un viaje divertido y nutritivo, por lo menos que me resulte algo importante.

Si han tenido la suficiente paciencia para llegar a este punto ¡lo felicito! Ahora, ¿recuerda que al inicio del primer escrito mencioné que tenía la misantropía y la soledad en mi ser desde el momento de nacer? ¿Pues qué cree? ¡Usted también! (No en vano llego al final del segundo ensayo)

Para mí, los solitarios auténticos son misántropos, por ello se alejan de la sociedad. Y es que es distinto cuando uno está solo por decisión propia que cuando los demás deciden alejarse de ti, porque has de ser un pendejo o alguien sin gracia. Y es que el verdadero misántropo, a pesar de sus expresiones de desprecio a los homínidos, es tal su carisma o personalidad, que al final atrae a gente que comulga con sus ideas, aunque le asusten en un inicio. Sin inteligencia o personalidad no puede haber misántropos, los habrá neuróticos, violentos, groseros y demás pero ¿aburridos? ¡Jamás! Esos serían unos simples “Posers”.

A la mayoría de la Sociedad le vale madre lo que pase con seres más allá de nuestro círculo cercano, sólo que no todos tenemos el valor o cinismo de expresarlo abiertamente, inclusive habrá quien no se dé cuenta de ello, o no se quiera dar cuenta de eso. El Misántropo es consciente de ello, y sufre por todas las convenciones sociales, culturales, religiosas y demás que le inculcaron desde pequeño, mismas que se ve en necesidad de descalificar con frecuencia.

Todos somos solitarios porque llegamos y nos vamos a solas de este mundo, un viaje en el que nadie más nos va a acompañar. Sólo que nos gusta crearnos la ilusión de compañía al rodearnos de gente que se siente igual de sola, para olvidarnos de nuestra soledad. Pero, tarde o temprano, todos nos acabaremos de dar cuenta que estamos solos.

Si usted ha reaccionado con este escrito, me alegro, porque algo en su interior se movió al encontrar algo de verdad en mis palabras. Pero ahora tengo un regalo para usted, para que vea que no hay nadie 100% misántropo, ni siquiera yo.


Siempre había tenido ganas de ver “Soy Leyenda” con Will Smith; recientemente la vi y, cuando presencié la escena en la que invita a salir al maniquí, me hizo llorar bastante. Ahí entendí que, por más misántropo que sea, necesito del resto de los homínidos para existir. Sin humanos no hay misantropía. Ciertamente deseo que la humanidad se destruya y yo irme con ellos (porque soy igual de nocivo) aunque sí me gustaría sobrevivir para verlo casi hasta al final, para disfrutar el momento ;-)

Sin humanos que detestar, mi misantropía no tendría razón de ser. Soy un misántropo sociable, que necesita tener interacción con la gente, pero en mucho menor proporción que un homínido ordinario.


            Hebert Gutiérrez Morales.