miércoles, 30 de diciembre de 2015

Por algo es pasado es pasado

           Vaya, y yo que ya no quería publicar este año, pero ya ven “Life happens” y hay cosas que no puedo dejar pasar.

            En Agosto pasado, en espera de mi presentación de “Erótica”, un chavo del grupo de Salsa de Candela se me acercó y me dijo “Yo te conozco”. Cuál fue mi sorpresa que era el buen Gustavo Komori, una de mis amistades de mis años mozos en la escuela de japonés.

Después de ponernos al corriente con nuestras vidas me dijo “En Diciembre viene Carlos, ¿te parece si nos reunimos entonces?” Y, como no hay plazo que no se cumpla, hoy nos reunimos los tres.

Fue una plática extraña pero nutritiva en la que me di cuenta que Gus sigue igual por fuera (parece Dorian Gray) pero cambio mucho por dentro. Mientras que Carlos cambió por fuera (la chela ha hecho su efecto) pero sigue igual por dentro. Más adelante les aclaro el motivo.

            ¿Por qué a la gente le gusta platicar del pasado? Tal vez para revivir otras épocas en las que recordamos ser más felices de lo que en realidad éramos o, al contrario, para ver lo felices que éramos y no nos dábamos cuenta. Al final todo tiene el toque tramposo de la nostalgia y eso hace disfrutable el platicar de aquellos tiempos, los conocidos en común y los recuerdos compartidos.

            Para mi sorpresa, ya sabían que estaba saliendo con Harumi, lo que me corrobora que no era tan secreto como pensaba (y es que suelo ser muy obvio con mis emociones). Pero me encantó que no indagaron del tema, así que sólo platicamos hasta donde yo quise, y eso fue padre, porque respetaron mis sentimientos pasados.

            Seguimos con la charla, en la que recordamos que,  cuando los conocí, ambos iban en Prepa (tenían 16 años) mientras que yo tenía 21 y estaba terminando la Universidad. Y así, en un abrir y cerrar de ojos pasaron 18 años, y nosotros ni en cuenta. Y es que, por momentos, parecía que estábamos en uno de los recesos de clase de japonés, en donde platicábamos de cualquier tontería y nos reíamos de manera despreocupada.

            Gus era el eje de la conversación ya que, a veces, Carlos y él comentaban de sus conocidos en los años de Prepa. En otras ocasiones, la plática se enfocaba en el mundo Salsero, al cual Gus y yo pertenecimos muchos años pero, curiosamente, nunca coincidimos en ningún evento.

            Y ahí vino el segundo sablazo de la reunión, aunque este no lo quería expresar abiertamente. Por la Salsa, Gus conoce a Nadia y convivió mucho con ella, aunque mi amigo no sabe de mi intentona de relación. Me mantuve natural dejé que la conversación fluyera hasta que el tema de mi exMusa quedara atrás, cosa que pasó rápido.

Fue extraño tener a Harumi y a Nadia en la misma plática, no lo sé, me sentí un tanto incómodo, como una especie de infidelidad, porque cada una tiene su lugar en mi corazón, pero no el mismo, aunque igual de importante. Así que la melancolía y la nostalgia me pegaron de manera doble sin pretenderlo.

Otro momento que disfrute mucho es poder compartir con ellos cómo ha cambiado la escuela, las cosas ridículas que encuentro hoy, el ambiente de nuestra época comparado con el actual y, sobre todo, que entendieran el por qué me siento tan fuera de lugar en aquel recinto en que tanto compartimos hace varios años.

Fue una comida llena de recuerdos variados, por instantes me sentía bien que esos tiempos hayan pasado pero, en otros, me hubiera encantado regresar y volver a degustar aquellos años.
A veces uno se siente así

Pero por algo el pasado es pasado, en donde conociste a las personas que te tocaba conocer y viviste las situaciones que te tocaba vivir, justo en el momento en que lo necesitabas, para que te hicieran lo que eres hoy.

Y es que ya no somos los mismos, lo sé porque con Carlos me llevaba más en la escuela, pero ahora me sentía más a gusto con la conversación de Gus, con el cual conviví poco en aquellos tiempos. De hecho quedé con Gus de ir a correr a la Malinche, e iré con mucho gusto porque siento que ahora entiende más mi forma de ver las cosas, comunión que ya no siento con Carlos.

Eso lo noté cuando Gus nos estaba compartiendo algo muy personal y Carlos todavía contestaba al estilo del chamaco que conocí en 1998. Ahí me hice consciente que él no ha evolucionado al mismo nivel que nosotros, y está bien, porque cada cual tiene su camino y el ritmo al cual lo debe transitar.
Meditando al costado del Tepozteco en Tepoztlán

Algo así viví ayer en Tepoztlán, a donde fui con mi mamá y hermanos. Al ir platicando, me resultó notorio la dirección tan diferente en la que he avanzado a comparación de mi familia, sobre todo en su forma de pensar. Pero bueno, ellos son mi sangre y no los puedo dejar atrás, con el resto no tengo empacho en avanzar sin ver atrás.

¿Por qué hago esta última afirmación?

Hace un par de semanas me agregaron a un grupo del WhatsApp en donde estaban mis excompañeros de Preparatoria. Fue una sorpresa un tanto agridulce, porque me daba gusto volver a saber de ellos pero, al mismo tiempo, no me interesaba volver a saber de ellos (ya ven que lo mío, lo mío, son las dicotomías ¬_¬U).

Y es que, resultaba obvio, querían reunirse, intención que no compartí en absoluto. No niego que, por ego, estaría chido volverlos a ver, ya que estoy seguro que saldría muy bien parado en varios aspectos contra la gran mayoría pero, a pesar de ser muy ególatra, en verdad no me nace volver a verlos.

Fui muy feliz en Prepa, me la pase muy bien con esa bolita de gente, pero ya fue su tiempo, ya los disfrute lo que me tocaba y ya no quiero volverlos a ver. Así que me salí del grupo y me disculpe con la creadora del mismo, mi amor platónico de aquel entonces. Pero ella me habló después con la intención que nos reuniéramos a platicar.

Para mi fortuna, sé cómo funciona la gente en Puebla y, como ya pasaron dos semanas de aquella llamada, sé que si no le hablo, la reunión no se va a dar. Y está bien así, porque hay personas, lugares, situaciones y épocas que se deben quedar atrás.

Eso lo he comprobado ahora que regresé a clase de japonés, en donde cada semana corroboro que fue mala idea el retornar, aunque voy a seguir en clase un par de meses más para ir con mejor nivel de japonés cuando visite la tierra del Sol naciente. Después la dejaré.

Ya no soy el Hebert que solía ser: ni el de casa de mi madre, ni el de la Prepa ni el de clase de japonés, es más, probablemente ya no soy el Hebert que dejó la Salsa hace poco más de un año. Al traer de vuelta los viejos tiempos con mis amigos de japonés recordaba lo que pensaba, lo que hacía y lo que eran mis prioridades, y me doy cuenta que aquel Hebert ya no existe más, para bien y para mal.

Más que reunirme con amistades pretéritas ahora me nace más invitarle un cafecín a alguna de mis amigas actuales y platicar del mundo presente. Tan sólo anoche chatee un rato con una de mis nuevas amigas de Ruta Huasteca, y me la pase tan bien que no necesito ver atrás, en busca de alegrías arcaicas.

Es padre visitar de vez en cuando el pasado, pero no mucho tiempo porque ya experimentaste lo que te tocaba. No es sano revivir viejas alegrías, sólo las desgastas y manchas un poco el buen recuerdo que tenías de ellas.


Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 27 de diciembre de 2015

El Cuento de la Princesa Kaguya

            Desde hace tiempo dejé de estar al pendiente de las películas de animación japonesa que están disponibles, ahora dejo que los filmes me encuentren a mí. Con muy contadas excepciones, las únicas obras de Anime que me interesan en la actualidad son las de mi querido Studio Ghibli.

             Ya tenía unos meses que me saltaba el nombre de la Princesa Kaguya, algunas personas me la mencionaban (en el trabajo o en clase de japonés) o a veces la veía en algún aparador. Así que estaba dispuesto a comprarla la siguiente vez que la viera a buen precio.

            Para mi sorpresa, vi que los de Cinemex la iban a proyectar un único día y, como trato de aprovechar cualquier oportunidad que tengo para ver Anime de calidad en la pantalla grande, no dude en asistir. Sólo una película así podía terminar con mi ayuno de 9 meses sin ir al cine.

            Amo las obras de Studio Ghibli, en especial las de Hayao Miyazaki, son mis favoritas. Sin embargo, “El Cuento de la Princesa Kaguya” fue realizado por el Señor Isao Takahata, cuyas películas también me gustan, pero siempre han estado detrás de las de Miyazaki, ya que no alcanza la magia de éste.

            No me voy a dejar llevar por el momento, ni me voy a dejar embriagar por el buen sabor de boca que me dejo la historia, pero puedo decirles que “La Princesa Kaguya” es la película de Takahata que más se le acerca en magia y clase a las de Miyazaki y, para mí, es la mejor obra del buen Isao Sensei.

            SPOILER ALERT: Como cada ocasión que trato una obra que me gusta, es mi deber informar que voy a contar con lujo de detalle las escenas más relevantes así que, si pretende ver este filme, deje de leer y algún día, cuando finalmente lo haya visto, le agradeceré que regrese a conocer mi opinión.

            Cuando empezó la proyección mi emoción fue enorme al ver que estaba subtitulada ¡Qué maravilla! Adoro cuando puedo ver la obra en su idioma original porque, normalmente, en México se tiene el prejuicio que todas las animaciones son para niños y, por ende, necesitan ser dobladas. Por fortuna, como esta proyección fue considerada como cine de arte más que infantil, me vi beneficiado con el japonés.

            Y es que “La Princesa Kaguya” puede ser vista por niños, ya que no hay nada inapropiado para ellos, pero creo que el ritmo y la temática es más apreciada por los adultos que por los chamacos.

            Como no había hecho ninguna investigación previa, todo me fue sorprendiendo, en especial es estilo de dibujo, como el de los antiguos lienzos nipones. La estética es una auténtica delicia, porque los trazos parecen estar hechos a pincel por lo que, aunque se ve sencillo, tiene una reconfortante y nostálgica elegancia. Aunque es una obra reciente (2013), te da la impresión de que es muy antigua, ya que el estilo de animación me recordó a muchas de los 70’s (En especial “Kamui: el Ninja desertor”).

            Algo que tienen las obras de Ghibli, y del cine japonés en general, es que los argumentos suelen ser sencillos pero no simples, con mucha esencia. “La Princesa Kaguya” no es la excepción, ya que la historia no es compleja o indescifrable, pero aun así te aporta mucho.

            Por ejemplo, en el “Bullying” que le hacían los niños al llamarla “Niña Bambú” (Take no ko), a pesar de que su papá se ofendía, la princesa no se enganchaba y hasta se reía con ellos. Me sorprendió cómo su falta de resistencia evitó un conflicto o trauma y, de hecho, fue aceptada por su actitud tan relajada. Obvio también pesó Sutemaru y la lealtad del resto de niños, que no se ensañaron con ella y la aceptaron.

            “Se ve más fácil la espiga en el ojo ajena que la viga en el propio”. En el argumento resultaba obvia que la decisión paterna era una estupidez desde su concepción: “Debe vivir como Princesa, no va a ser una chica pueblerina, y así va a ser feliz”. Resulta tan cómica como grosera la analogía con la sociedad humana, sin importar cultura o época, la gente siempre cree que hay una fórmula para la felicidad universal que es deseable para todos.

            Fue impactante el momento en que arrancaron a “Take no ko” de su tranquila existencia: en uno de los días más felices que había tenido. Justo entonces llego su papá para llevársela “a que fueran felices” en la capital. De hecho me resulta violento, moralmente hablando, cómo le dice “Deja todo y vámonos”, pero me rompió el corazón cuando la princesa pregunta de manera inocente “¿Estaremos de regreso para la cena con mis amigos?” Fue una escena enternecedora y, al mismo tiempo, cruel.

            Soy amante de la cultura japonesa, pero no precisamente de las costumbres antiguas, y mucho menos de las cuestiones machistas que los caracteriza. A pesar de ello, resultaron fascinantes todos esos aspectos que se cuidaban en la alta sociedad nipona de la antigüedad. Tantas costumbres y creencias que, aunque ahora nos parecen estúpidas a muchos, la gente se los tomaba con total solemnidad (y no quiere decir que muchas de las actuales no sean estúpidas por el hecho de ser más recientes).
Sutemaru empieza a ver con otros ojos a Kaguya

            “Si me depilas las cejas me va a caer sudor en los ojos” reclamaba Kaguya, “Las Princesas no sudan” le respondía su institutriz “Yo sí sudó cuando corro” le replicó la chica “Las Princesas no corren” recibió como respuesta. Un diálogo sencillo pero que nos demuestra la eterna lucha entre el sentido común y los dogmas. La etapa de la “educación” de la princesa me resultó muy reveladora en cómo los humanos nos esforzamos en anular lo natural, lo auténtico o real en nuestro ser, para sustituirlo con las convenciones sociales que todos “deberíamos” aceptar como incuestionables.

            Pero la institutriz sólo hacía el trabajo que le encomendaron los padres. A veces a los progenitores se les olvida que son una especie de “facilitadores” para que sus hijos crezcan y salgan adelante, no unos administradores o dueños de los mismos para dictaminar el resto de su camino. Así que es fácil tomar a los engendros como un medio para satisfacer los sueños o anhelos frustrados propios.

            Me resonaba mucho cómo el papá le decía “Tienes que aprender a ser una princesa para que seas Feliz”, “Debes casarte con un noble para ser feliz”, “Debes vivir en un castillo para ser feliz”, puras ideas preconcebidas, pero NUNCA le preguntó a ella qué quería para ser feliz, porque en la cabeza paterna no entraba la posibilidad de aceptar que la felicidad de la jovencita estaba en la rutina sencilla del campo.

            Y eso no quiere decir que todos debamos mudarnos al campo, sólo significa que la felicidad de unos (aunque sean la mayoría) no significa la de todos. Mis padres nos sacaron del DF a un pueblo por calidad de vida, nosotros no lo pedimos, de hecho lo sufrimos. A la larga fue una buena decisión, pero no resultó en la felicidad automática que ellos esperaban “Porque deberíamos ser felices de vivir en un pueblo”. Resultó positivo porque nos sacaron del Caos de una gran urbe como la capital mexicana, ya de ahí cada cual encontró su camino, pero fuera del Pueblo en cuestión, en donde nunca encontré la pretendida felicidad.

            En la presentación ante sociedad de Kaguya, unos borrachines cuestionan a su padre sobre la falta de nobleza de la chica. Al escuchar esto, la princesa se enoja, pero no por ella, sino por la estupidez de la gente que estaba haciendo sufrir a su papá, sobre los prejuicios pendejos de entes ignorantes y corrientes que consideran que la valía de un humano está en el origen, un nombre o un cargo. Y ahí se dio la que, para mí, es la escena maestra de esta obra, una que podría resultar irrelevante pero que expresó mucho sin necesidad de dialogo.

            La muchacha se enfurece y sale huyendo. La secuencia de la huida es soberbia, excepcional, orgánica, violenta, desesperada, caótica y demás. Resulta frenética sin cambiar el estilo de dibujo, respetando la pinceladas la animación; una genialidad gráfica que nos expresa lo inexpresable del sentimiento de Kaguya: toda su ira, su pena, su indignación, su libertad, su frustración y tantas cosas que no se podían explicar con palabras, así que lo hicieron con una escena excepcional, una de las mejores secuencias cinematográficas que haya visto desde que tengo memoria, y no sólo me refiero a animaciones, sino al cine en general. Dicho pasaje me dejó tan perplejo como emocionado, tan afectado como aliviado, todo el torbellino de emociones que recibes es un logro excepcional que hay que reconocerle al realizador.
Parte de una secuencia genial

            Pero la genialidad no acabó ahí. Cuando Kaguya regresa a su lugar de origen, encontrando que sus amigos se han marchado, tiene un dialogo profundo con un lugareño que, sin pretenderlo, le abrió los ojos hacia la paciencia, la comprensión, la empatía y a que la vida sigue su curso, a que no debemos oponernos a ella, sino aprender a fluir con la corriente y ésta nos pondrá en donde debamos de estar.

            Y así encontramos a Kaguya, caminando en la nieve, con el alma más tranquila tras emociones tan intensas, encontró respuestas en un extraño que sólo vio unos segundos, pero le brindó una tranquilidad inesperada, así que se rinde y acepta el destino que le ha tocado por el momento, y decide fluir para ver a dónde la lleva este camino.
Rendida en la nieve

            Kaguya le entra al juego de la nobleza, rinde su resistencia y empieza a moverse conforme a las reglas. Sin embargo no renuncia a su esencia, sólo aprende a expresarla con las herramientas que le están dando (como su magnífica interpretación del Koto).

            Me encantó cómo manejó la situación con sus nobles pretendientes, poniéndolos en su lugar y dándoles unas bofetadas con guante blanco, esto al evidenciarles que las palabras son fáciles de pronunciar, pero respaldarlas con hechos ya resulta más difícil. Tal vez no haya sido un humor hilarante, pero resultaron chuscas las situaciones en que cada cual se puso para alcanzar su amor.

            Mientras todo eso acontecía, Kaguya y su madre tenían su rinconcito de sencillez, un escape a todo ese mundo frívolo y hueco, un lugar dentro de la mansión que les permitía ser ellas, quitarse las máscaras y no complacer a nadie. Un lugar sencillo, sin ninguna pretensión, que emulaba a la perfección su rutina en el campo. Y al ver esto, la pregunta es obligada, ¿Por qué sacrificar lo que te hace feliz por algo que te “debería” hacer feliz?
Aprendiendo el arte de la vida a través de las flores

            Pero no todos lo entendían así, como el papá de Kaguya cuando dice “Es que no podemos regresar con esos simples y burdos campesinos”. Qué fácil se nos olvida que no hemos nacido en cuna de oro. Y recordé la comida que tuve unas horas atrás ese mismo día.

            Gokú, Pokemón, Hans y yo fuimos a un Buffet en La María, una zona sencilla (por no decir pobre) de Puebla, por lo que Gokú dijo “Vamos a ver qué gestos hace Hebert”. Obvio resulta incómodo cuando todos se te quedaban viendo por ir de traje en una fondita sencilla, pero dejando ese detalle atrás, no me afecto comer en un lugar así. Una cosa es que hayas ido superando las posibilidades que te dieron en casa y otra muy distinta que olvides tus orígenes, así que comí muy a gusto.
¿Qué le podía decir Sutemaru a Kaguya?

            Volviendo con el tema de los pretendientes, veamos al principal, el que nunca lo fue oficialmente pero que era el elegido. Cuando Kaguya se encuentra con Sutemaru en el marcado, mientras éste robaba un pollo, fue un momento extraño. Dos seres que comparten un pasado están alejados por barreras sociales, mismas que son invisibles pero que te impiden acercarte. Ambos se quedaron impávidos, sin nada qué decir pero, honestamente,  ¿Qué se podían decir? Una escena que parece muy superficial pero que después comprendes todo su impacto.

            Otro pasaje que a primera vista es irrelevante pero que tiene mucha “carnita” es cuando Kaguya sale con su madre al Hanami, y mientras disfruta de manera natural de la belleza de los Cerezos, se topa con gente humilde que le ofrece disculpas por haberla importunado. Nuestra protagonista se enoja, pero no con los campesinos, sino con la estúpida sociedad que por su belleza, vestimenta o lo que la rodea, le dan una importancia exagerada, cuando todos tienen derecho a disfrutar del mundo, y no sólo los afortunados o acaudalados. Entendiendo que su sencillez y naturalidad han sido cubiertas por los ropajes elegantes y los maquillajes sofisticados, se enoja y pide regresar de inmediato.

            Los humanos queremos lo que no podemos tener, es algo universal en nuestra naturaleza. Cuando el emperador se entera de toda la atención que genera la chica, ordena que se integre a su corte; al negarse ella, encendió más el deseo del Gobernante, y fue a buscarla de manera personal. “Es que tú vas a ser feliz conmigo” le dice Su Majestad mientras la abraza de manera intempestiva y agobiante, y Kaguya huye de manera elegante.
Viendo las cosas desde otra perspectiva

Esta escena me deja en claro que todos tendemos a creernos el rol que nos da la sociedad; al Emperador en Japón se le consideraba un Dios, éste se la acababa creyendo, por eso la observación tan pretenciosa de “Vas a ser feliz conmigo”. La gente sigue sin entender, desde tiempos inmemorables, que en los sentimientos humanos no se manda.

            Decía Kaguya que cuando sintió el abrazo tan invasivo del Emperador, lanzó su plegaria a la Luna de “Quiero irme”, y la entiendo. La escena fue muy sutil, pero sientes lo gandaya del abrazo y la actitud tan irrespetuosa del Monarca. Aunque la chica ya había tenido pasajes desagradables durante la historia, ese apretón resultó desconocido y violento moralmente hablando.

Comprendió que hay gente en el mundo que no respeta tu integridad, tu privacidad, tu espacio ni tu bienestar. Entender eso es un golpe tremendo a tu inocencia, y cuando pierdes un buen tramo de esa limpieza en tu ser sólo te queda ese sentimiento de (parafraseando a la querida Mafalda) “¡Paren el mundo! ¡Me quiero bajar!”. Casi todos nos amolamos y debemos seguir en este planeta, porque no tenemos a dónde escapar, pero a Kaguya sí se le hizo realidad y va a volver a casa.
Momentos de simple felicidad

            “No vamos a permitir que te lleven” le dice el papá. Es gracioso lo prepotentes y ególatras que somos los humanos, que nos creemos todopoderosos y soñamos que podemos controlar todo a nuestro alrededor. Y fue tal la ceguera que, en lugar de disfrutar los últimos días de su hija en la tierra, se enfocó más en montar una defensa, de antemano, era inútil.

            Kaguya sí entendía que era el final, y regresó a su hogar a despedirse. Y es cuando se encuentra con Sutemaru, su verdadero amor, del cual fue separada sin mayor explicación. Es un reencuentro bonito, pero el momento más bello fue cuando le dice “¡Huyamos a donde nadie nos encuentre!” y ella le responde que es imposible, que no pueden huir “Porque ya me han encontrado”.

            Sutemaru insiste, y esa actitud comprometida y auténtica conmueve a la princesa ¡y huyen! Dando una secuencia muy bella y enternecedora. Al final ambos sabían que no podían escapar de sus respectivos destinos, pero el hecho de permitirse, tan sólo un momento, huir de sus realidades, fue un detalle tan valioso, que Kaguya le siguió el juego lo más posible.
 
El Reencuentro
Después de ese pequeño idilio, ese breve permiso que se dieron para consumar su amor platónico, regresaron a la realidad para afrontar sus respectivos destinos: Kaguya volviendo a la Luna y Sutemaru con su familia. ¿Fue algo breve? Ciertamente ¿Fue injusto? Hay quien ni siquiera tuvo esa oportunidad, así que para ambos fue un tesoro invaluable, al cual no todos tienen acceso en su paso por este planeta.

Antes de pasar a la escena final, quiero comentar un poco de la música. Joe Hisaishi es un genio, uno de los compositores más virtuosos que me ha tocado escuchar. Su música siempre acompaña de manera soberbia la acción en la pantalla. El Score de la película no es el mejor de su extensa y sublime trayectoria, pero no por ello deja de ser una música hermosa.

Parte trasera del Soundtrack
Dentro del Soundtrack, está “Warabe Uta” que Kaguya canta desde pequeña y en otras ocasiones durante el filme. Melodía que le escuchó a otra mujer en la luna (¿Acaso su verdadera madre?) y de ahí le surgió el anhelo de visitar este planeta del cual se expresaba con tanta nostalgia. Sentimiento que le ocasionó lágrimas la primera vez que la cantó de niña humana (y que no comprendía por qué lloraba), pero que acabó de comprender antes de regresar a la Luna. Una simple melodía de amor, pero no de pareja, sino de un espectro más amplio: el que se siente por estar vivo.

De igual manera, otra hermosa canción es la de los créditos finales: Inochi no Kiuku (Memorias de Vida). La letra tiene una belleza y profundidad que te complementa la sensación tan cálida que tienes en el pecho tras haber disfrutado una obra de arte tan íntima y humana. Un Soundtrack que definitivamente vale la pena.

Ahora sí, pasemos al cierre de la obra.

            Cuando vienen por Kaguya desde la Luna acabé de comprender la analogía de la historia: es el ciclo de la vida en sí. Al final todos tenemos una existencia, que a veces aprovechamos y la mayoría del tiempo desperdiciamos, porque creemos que será eterna, que ahí estará siempre que queramos aprovecharla, por lo mientras nos perdemos en rituales, apariencias, creencias, eventos y demás. Se nos olvida lo que es importante para nosotros y empezamos a poner atención en lo que los demás nos dicen que debe ser valioso.
Se da cuenta de la estupidez humana

            Al ponerle el manto que le hace olvidar todo, el mensaje es aún más profundo: hagas lo que hagas (o dejes de hacer) en este mundo, al final es irrelevante, porque todo va a quedar en el olvido, va a quedar atrás. Todos tus aciertos y errores, lo bueno y malo, las risas y lágrimas, los sentimientos más puros y los más oscuros, todo va a quedar en el pasado y se desvanecerá. No habrá nadie que siga juzgándonos o aplaudiéndonos. Sólo importará lo que aprovechaste en el momento que tuviste la oportunidad, sólo ese momento y nada más.

Pero no entendemos, y creemos que nuestra existencia es en extremo importante, nos estresan las consecuencias de nuestros actos porque vamos a quedar “marcados” el resto de nuestros días. ¿Recuerdan la actitud de Kaguya cuando le llamaron “Take no Ko”? No le importó y simplemente fluyó. Y esa actitud es la que seguimos sin aprender (y tal vez nunca asimilemos), porque nos tomamos demasiado en serio como para permitirnos vivir.
Huyendo con Sutemaru

Eso fue lo que no entendía Kaguya, porque intentó disfrutar tanto cómo le fue posible, pero la sociedad le ponía trabas para ello. Habitar un mundo que no entendía podía llegar a ser frustrante, aunque ella tuvo suerte, porque pudo regresar a la Luna. Habemos otros que tampoco entendemos este lugar y debemos seguir en él.

“El cuento de la Princesa Kaguya” no es, por mucho, una película comercial, pero es una excelente obra en general. Sin duda habrá animaciones que recauden más dinero, fans, premios o aplausos alrededor del orbe, y no por ello son mejores que esta bella obra de Isao Takahata que simplemente ame. :’-)


Hebert Gutiérrez Morales.

Lealtad Triste

“Sólo hay algo más triste que alguien sea total e incuestionablemente leal a una persona que no siente lo mismo, y eso es que la primera lo sepa y, a pesar de ello, mantenga dicha lealtad incondicional” – Hebert Gutiérrez Morales

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Vanidad placentera

            Saludar a alguna de las féminas que me gustan me suele dar mucha alegría pero, este día me di cuenta que, NO saludarlas también me puede dar ciertos placeres. Ambos casos ocurrieron con menos de una hora de diferencia en la tarde de hoy.

            Ejemplo #1

Voy saliendo del baño y me dirijo a mi cubículo, cuando veo a una chica que me gusta, estoy a punto de hablarle pero me contengo, ¿por qué? Porque veo que se detuvo en mi lugar a ver si estaba y, al no verme, sigue su camino.

            Por segunda vez me tuve que detener para no hablarle “También es sano que valore mi presencia al sentir un poco mi ausencia; que no siempre me encuentre, y que me extrañé un poquito”.

            Ella, sin saberlo, me dio un regalo esta tarde, al detenerse en mi lugar a buscarme, me hizo feliz.


            Ejemplo #2

            Otra vez iba regresando a mi lugar, pero ahora estaba fuera del edificio, así que al entrar por una de las puertas, veo de reojo a otra mujercita que me gusta mucho, aunque ella no me había visto.

Antes de ir a saludarla, venía detrás de mí otra amiga (muy guapa pero que a ésta no la pretendo), así que opté a ponerme a platicar con ella y acompañarla a su lugar (que queda de paso al mío). Y me aseguré que “casualmente” la primera chica nos viera ¿Por qué? No lo sé, tal vez para que no se sienta tan segura de mi atracción por ella.


Creo que ha de ser un poco de orgullo, de cotizarse o de vanidad, pero es importante dar esas pequeñas señales de “No te sientas tan segura”.

Podrá decir la gente “¡Qué cabrón!” “¡Qué cúlero!” “¡Qué mamón!” o “¡Qué creído!”, pero ahora comprendo que es parte del juego, misma dinámica que las féminas me han aplicado durante años y que hasta ahora voy comprendiendo, porque al irte cotizando, el gozo de conquistarte es mayor.

Al final tampoco son tan importantes ambos casos por dos razones:

A)    Siempre va a haber otra oportunidad de platicar con estas chicas, así que por una vez que no lo hagamos, no nos vamos a morir.

B)    Porque ni siquiera sé si habrá o no algo que se concrete con ellas ya que, aunque son muy lindas, atractivas y llenas de cualidades, tal vez ni siquiera esté interesado en liarme en una relación sentimental. ¿Cómo explicarlo? Tal vez estoy entrando a un juego “inocente” de coqueteo para ejercer algo que nunca aprendí a aplicar en mi adolescencia,

En fin, hoy fue un buen día para mí (y para mi ego).


Hebert Gutiérrez Morales

El ciclo de la vida

Un año en mi niñez tomaba mucho tiempo porque se me hacía eterno el período entre los cumpleaños o entre Navidades. Conforme crecía los años tomaron velocidad, pero no porque sean más cortos (siempre tienen 365 ó 366 días para todos en el planeta), sino por la ley de la relatividad que entre más grandes somos cada año representa una porción más pequeña de nuestra existencia.

A lo que voy, normalmente esa rapidez en el correr del tiempo no te preocupa hasta que pasas de los 30, o por lo menos así fue en mi caso, pero después de los 35 me torné cínico y ya no me importó que pasaran tan rápido, al fin que “nada cambiaba”, o por lo menos eso pensaba.

En el escrito anterior hable que a Polo Polo ya se le notaban los años acumulados, pero esto no es un fenómeno exclusivo del cómico. Les comparto tres casos cercanos.

Risa de Viejita


Estaba platicando . . . ejem . . . corrijo . . . Estaba escuchando el monologo materno por teléfono cuando de pronto se echó una carcajada que me dejó pasmado, una que escuchaba por primera vez y que me impactó por lo inesperada: Mi mamá sacó una risa que sólo le he escuchado a los ancianos.

¿Por qué me impactó esto? Aunque soy consciente de su edad (64), nunca la había considerado una anciana. Esa risa me disparó un pensamiento que me estrujó el corazón “Mi mamá se va a morir”.

Y no quiere decir que vaya a partir mañana, el otro mes, en 10 ó en 20 años, pero se va a morir. Sé que suena estúpido, porque TODOS vamos a fenecer eventualmente, pero esa risa materna me abrió los ojos y me indica que ya está pasando a otra etapa.

Supongo que es el efecto contrario de lo que uno siente cuando su bebé dice su primera palabra: te emocionas porque el engendro está avanzando en su recién iniciado camino. La risa de mi madre me indicó que ella está alcanzando las etapas finales. Obvio yo me puedo morir primero, nadie tiene seguro nada en este mundo, pero la ley de probabilidades indica que ella se podría ir antes.

Esta situación para mí fue una alarma y, aunque ya he ido previniendo algo así, tendré que actuar al respecto y mejorar mi relación con ella.

La Sustituta de Dori

Pero la risa materna no fue el único impactó en dicha llamada telefónica, ya que me enteré que recién adoptaron una cachorrita de tres meses, y están buscando otro para que le haga compañía. Aunque mi progenitora no lo dijo, ya se está cubriendo para la muerte de Dori que se aproxima.

Mi querida muchachita ya cumplió 13 (unos 73 humanos), aunque siempre ha sido muy fuerte por lo que, para su edad, sigue siendo sólida. En mi haber, sólo he conocido un can que ha llegado a los 16. De hecho, si Dori llega a los 14, sería la segunda perra más vieja que haya conocido.

            Cuando supe de la nueva cachorra, recordé la ilusión con la que trajimos a mis dos peludas (Dori y Osa) a la casa, y surgió una profunda nostalgia en mi pecho que se convirtió en tristeza. Y la nueva bebita no tiene la culpa, ella inicia su aventura por este mundo, y me alegra que haya alguien que acompañe a mi madre y la haga sentir útil y necesitada.

            La ilusión cuando llegaron mis cachorras era diferente a esta ocasión, porque no llegaron a ocupar el lugar de nadie, como sí es el caso de la recién llegada; por lo mismo no puedo estar 100% feliz con la llegada de la nueva pequeñuela, ya que es una alegría agridulce.

            Tendré que aprovechar cada ocasión que tenga para consentir a mi (otra) “viejita”.

¿Galletas o té rojo?

Hasta hace tres años la palabra “Té” no figuraba en mi vocabulario, porque era algo insípido, sin chiste y que definitivamente no tenía necesidad de consumir. Pero, cuando la edad te empieza a alcanzar, tienes que hacer cambios en tus hábitos.

Un día cualquiera, a media mañana, había llegado la hora de mi colación, y tenía dos opciones: Prepararme un capuchino de sobre con galletitas o prepararme un tecito rojo para engañar al estómago y llegar a la comida más pleno.


Y ahí estaba el primer problema porque, antes, la pregunta nunca incluía la opción té, en realidad la cuestión era cuántas galletas me iba a zampar y la respuesta solía ser “Todas las que puedas tragarte antes de terminar el café”

Honestamente no elegí el Té por gusto, sino por salud, y este tipo de decisiones las tomas cuando te das cuenta que ya no es tan fácil bajar de peso, que el cuerpo ya no es igual de eficiente y notas que el efecto de esos años acumulados se va haciendo presente de manera silente, porque nunca lo viste venir.

Así que he tenido que aprender a aplicar trucos para contrarrestar años de malos hábitos, sobre todo alimenticios. Antes mis visitas a los Buffets significaban que debía comer tanto como me fuera posible, sin importar que sintiera morirme después de una indigestión.

Debido a esta actitud aplicada por tantos años, tengo atrofiada la señal del estómago que le indica a tu cerebro que ha tenido suficiente, y es que la ignoré tantos años que (supongo) dejó de emitirse. Como expliqué en otro escrito: aprendí a comer sin hambre.

Es por ello que, a últimas fechas, mi estrategia ha cambiado: ahora como dos platos repletos (que es mi límite aceptable) y, para generar una señal artificial, me sirvo el postre. Mi organismo tiene dos señales para dejar de comer: cuando recibe el cierre dulce o cuando me lavo los dientes. Así que comerme algo dulce manda una señal a mi cabeza para que me detenga. Tal vez suene una estrategia muy obvia, pero tarde un par de años en adaptarla a la perfección.

            Más allá de la comida, hay otros indicadores que demuestran que Cronos no me está dando ningún trato preferencial: como que ya no aguanto lo mismo corriendo, ya no digiero igual de fácil o que ahora tardó más recuperarme de un esfuerzo grande o de alguna desvelada.

            Pero ése es el ciclo de la vida, y sólo me queda cuidarme para retrasarlo tanto como sea posible. Así que debo seguir viajando y escribiendo tanto como pueda mientras pueda, para tratar de reponer tantas experiencias que no realicé en mis años dilapidados de juventud.


            Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Saldando cuentas pendientes

            El día de ayer sólo tenía planeado un evento especial pero, para mi sorpresa, hubo uno más, incluso más personal. Pero empecemos con el planeado que no trajo lo esperado pero sí brindó aprendizajes.

No es lo mismo Los Tres mosqueteros que 20 años después.

            Desde que era pequeño los chistes de Polo Polo y Jo Jo Jorge Falcón fueron parte de mis diversiones ocasionales, ya que a mi papá y a mis tíos les gustaba mucho. Siempre me moría de risa al escuchar sus grabaciones o verlos en Televisión, por lo que se me creo un anhelo de verlos en vivo y me prometí que algún día lo haría.

            Durante mi vida estudiantil jamás hubo oportunidad cumplir mi promesa y, ya viviendo solo, siempre pasaba algo que me lo impedía cuando venían a Puebla. Así que, por fin, los astros se alinearon en el caso de Polo Polo y pude ver su presentación en el Recinto ferial el día de ayer. Estaba tan emocionado y con altas expectativas que compre lugar lo más cerca posible (en la cuarta fila) para disfrutar el show más a gusto.

            La organización y logística fueron deficientes: el estacionamiento, la llegada, el escenario, el sonido, etcétera. Del público ya ni me quejo, porque ya estoy acostumbrado a la apático y nefasto público poblano pero, a pesar de ellos, mis ganas de ver al cómico eran mayores que mi aversión por su actitud.

            Este público corriente me recordó a las presentaciones de Delgadillo, ya que constantemente interrumpían al cómico con peticiones, pero digamos que el ambiente del espectáculo se prestaba para que les respondiera igual de grosero y complementaba la presentación.
 
            Durante el show me di cuenta la influencia cultural que representa Polo Polo para una gran parte de la población mexicana, ya que tengo muchas expresiones suyas, por lo que su manera de hablar se parece mucho a la mía (Sí, efectivamente, adivinaron, a veces soy un albañil para expresarme).

            “El que tuvo, retuvo” reza un dicho y, ciertamente, aún gozaba de cierta gracia y picardía que me hicieron tan feliz por tantos años pero, siendo honestos, fue un espectáculo algo triste y, por momentos, patético. La gente reía más por lo que fue que por lo que es hoy en día, ya que se le olvidaban los chistes, pronunciaba mal, se le iba la idea, no le ponía la intención o fuerza necesaria a la interpretación porque se cansaba con frecuencia, todo esto a pesar de la pantalla que tenía enfrente para ir leyéndolos.

            Uno cree que contar chistes es una habilidad atemporal pero, para desgracia del artista, esa vitalidad para contarlos (a la cual nos acostumbró) ya casi no está presente a sus 71 años. Los chistes de Polo Polo son sencillos, lo importante de sus relatos es la forma en que los narra, no la historia en sí, por lo que ahora le ayudan con efectos de sonido cuando él solía hacerlos con su propia voz, y eso también demerita la experiencia.

            Es una lástima que no haya podido verlo hace unos 20 años, para presenciar toda esa potencia, vitalidad e irreverencia de la cual hizo gala durante tanto tiempo. Sí reí, no lo puedo negar, pero muy leve, nada que me sacara las lágrimas como en el pasado. Conforme pasaba el show, ya rogaba porque terminara porque estaba aburrido por un lado y triste por el otro.

            Mi salida vino con su “Gracias por venir” más para un Encore que porque fuera a finalizar la presentación, pero aproveche para salir disparado, mientras veía que el resto se quedaba. Sabía que venía un Pilón, pero ya no me quería quedar, ya había tenido suficiente.

            Al final me alegra haber ido, no por la presentación en sí, sino por todas las alegrías que me dio este señor a lo largo de las últimas tres décadas, y verlo en vivo fue mi forma de agradecerle por tantas risas que me regaló, además de cumplir la promesa que me hice.

            Gracias Señor Polo Polo, estaré o no de acuerdo en que se siga presentando, ése ya es tema suyo, por lo mientras ya cumplí mi deuda con usted y lo vi en vivo aunque sea una vez, todo sea “por los buenos tiempos”.

            A ver cómo me va el día que vea el show de Jo Jo Jorge Falcón.

Carta al pasado

            En psicología hay una herramienta muy sencilla que sirve para sanar heridas al expresar cosas que no podemos (o queremos) a alguien en particular. El método consiste en escribirle una carta a esa persona y pretender que se le manda, ya que el inconsciente va a registrar que la misiva fue entregada, junto con su mensaje, y dejará el tema por la paz.

            Ayer fue el último día del curso de Otoño en mi escuela de japonés. Satou Sensei estaba algo sentimental ya que en Enero vamos a cambiar de Sensei y ya no nos vamos a ver en el salón (aunque sí en la escuela). Por tal motivo, además de un chocolatito, nos regaló una postal de Japón a cada cual y nos pidió que escribiéramos una pequeña carta en ella para quien quisiéramos.

            “¿A quién demonios le voy a escribir una carta en japonés?” pensé y, de manera automática empecé a redactarla, y me sorprendió mucho la destinataria. Desde hace mucho cerré círculos con Harumi chan: le escribí un mail y hasta un ensayo, ambos con acuse de recibo. De hecho ya pasó otro gran amor en mi vida, pero el lugar de Harumi seguirá en mi corazón hasta el día de mi muerte, y eso es algo que no me molesta ni me impide relacionarme con otras mujeres.

            ¿Por qué escribirle la carta? Honestamente no lo sé, tal vez fue la nostalgia de estar en un lugar que me significó mucho a su lado, en donde tuve tantas alegrías con ella y al cual tuve el atrevimiento de regresar, lo cual me motivó a escribírsela.

            Mientras la redactaba me sentía como Hiroko cuando le escribía su carta al Cielo a Fujii, en mi película favorita “Love Letter”. A continuación les comparto mi breve carta, obviamente traducida al español. Aunque es una misiva sencilla, tiene un gran significado para mí.

Querida Harumi chan,
            ¿Cómo estás?
            Hace unos meses regresé a la Escuela de Japonés. Este lugar está lleno de recuerdos tuyos que llevo en el corazón.
            Aunque antes era muy bueno en el idioma, ahora soy muy malo.
            No sé si hice bien en regresar aquí, porque ya no pertenezco a este lugar. Cada vez que entro por la puerta, extraño mucho a los muchachos y, por supuesto, a ti. Y también me extrañó a mí, sobre todo a mi yo que estuvo contigo en aquella época.
            Después de que regrese de mi viaje por Japón voy a decidir si sigo en clases o las dejo de lado.
            Me dio mucho gusto saludarte Harumi chan.
            Cuídate por favor,
            Hebert

            Sencilla ¿no creen? Y a pesar de ello me significó mucho, sentí como si en realidad se lo hubiera escrito a ella y se lo hubiera enviado. Cuando Satou Sensei checó mi carta, vi una expresión de ternura en su cara y me dijo “Se ve que era especial Harumi chan ¿verdad?” y sólo me quedó asentir con algo de pena.

            Satou Sensei me devolvió la carta con una sonrisa complacida y una expresión cálida en su cara, como que captó a la perfección el sentimiento con el cual la escribí. Después entendí por qué se la escribí a mi primer gran amor.


            Fue un capricho regresar a clase, porque quería llegar a la tierra del Sol naciente con un buen nivel en su idioma. Pero, como dice Fernando Delgadillo, “No debes regresar al lugar de tus viejas alegrías”. La escuela ha cambiado pero, en esencia, sigue siendo la misma. Yo también he cambiado, pero mi esencia ya no es la de antes, ha mutado lejos de aquel Hebert que vino a aprender japonés y que, sin esperarlo, encontró al (primer) amor de su vida en aquellas aulas.

            En fin, esa carta al pasado fue una manera de ofrecer disculpas por mancillar lugares antiguos con recuerdos presentes, con otras personas y otras situaciones. A menos de que algo extraordinario pase, creo que dejaré la clase cuando regrese de Japón.


            Si dejo en paz los lugares del pasado, dejaré de estarle escribiendo a gente de la misma época ¿no creen? Una carta inesperada me abrió los ojos a algo que no quería ver, un pecado que cometí de manera inconsciente y egoísta.


            Hebert Gutiérrez Morales.