jueves, 30 de abril de 2015

¿Madurar o envejecer?

“Cuando encuentro que mis ideas son más avanzadas que las de gente más joven, me doy cuenta que voy madurando; pero cuando encuentro que son más anticuadas, sé que estoy envejeciendo. El problema es cuando no puedo diferenciar unas de las otras ¬_¬U” – Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 26 de abril de 2015

Fernando Delgadillo, un concierto difícil (Parte 2)

            En verdad la vida te da sorpresas ¿Qué hago escribiendo otra vez sobre Fernando Delgadillo? Y no porque no lo merezca artista tan sublime, sino porque otra vez lo fui a ver con el corriente público poblano. Esto a pesar que ayer, en camino a la Sala Fórum, me decía “No voy a escribir nada sobre este concierto” en primera porque ya tengo mucho sobre qué escribir (y voy muy atrasado) y en segunda porque ya había tratado el tema en hace tres años ¿Qué más podría escribir al respeto?

Por desgracia, o fortuna, fueron demasiadas cosas las que percibí y no iba a estar tranquilo si no me expresaba. También sabemos que soy muy criticón, así que no podía dejar pasar la oportunidad de desahogarme ¬_¬U.

            La vez anterior que fui a ver a Fernando Delgadillo en Puebla juré que no iba a volver a ir a un concierto en esta ciudad, por el público tan apático y grosero. Sin embargo,  mi amiga Alma me pidió que fuéramos a verlo, y como me cae bien, le volví a dar otra oportunidad, no al maestro Delgadillo (cuya calidad y talento reconozco cada vez que lo escucho en vivo o en grabación), sino al público poblano que ha de ser de los más nefastos y maleducados que hay.

            Debo que admitir que la gente no fue TAN nefasta como la ocasión anterior, esto debido a que el lugar era más pequeño, lo que significa que los precios eran más caros, hecho que hace difícil la entrada a villamelones (mas no imposible). Calculo que éramos entre 300 y 400 espectadores en la Sala Fórum de San Andrés Cholula.

            Eso no quiere decir que el público se haya portado bien del todo, sólo fueron un poco menos corrientes y maleducados que la reseña anterior. Cuando sacaron todo el cobre fue a la hora de las complacencias, ya que el Foro se convirtió en una auténtica Romería: gran parte del público se puso a gritar las canciones que querían, sin educación ni clase alguna, lo cual era bastante molesto, ya que no se podía escuchar lo que Fernando nos intentaba decir antes de cada interpretación, así que mejor la tocaba con tal de que se callaran los imbéciles gritones que no respetaban ni al propio artista con su escándalo.

            Pero ¿Saben algo? Delgadillo es el culpable de esto. Entiendo y aplaudo que quiera poner un formato que lo satisfaga a él y al público (primera hora con las canciones de su gusto y la segunda para las populares). Tal vez, para evitar tanto griterío y desorden, podría adoptar el formato común de cualquier concierto estándar: intercalando canciones nuevas (o de su gusto) con sus éxitos y así evitaríamos tanto desmadre tan molesto (para él y para los que no gritamos).


            Y es que su formato puede resultar cansado para el que no es fan acérrimo, porque en la primera hora, casi no toca canciones populares por lo que la mayoría del público se cansa y pierde mucho interés. Y la segunda hora, con complacencias, el griterío intenso te estresa mucho (no sólo al artista, a mí también me ponía de malas).

            O podría adaptar otra idea, por ejemplo si su Staff preguntara, a la entrada del recinto, qué canción prefieren los asistentes, estos podrían resumir cuáles son las más solicitadas y pasarle el dato al artista al momento de iniciar la sesión. Con eso se acabaría tanto puto griterío y la mayoría se vería satisfecho.

            Por otro lado, la gente es pendeja, porque es obvio que va a cantar “Entre Pairos y Derivas”, “Julieta”, “Ten miedo de mí” o “No me pidas ser tu amigo”, así que resulta bastante estúpido estar gritándolas como si les estuvieran metiendo el dedo por el culo, porque de todas formas las va a cantar.

            Honestamente, con mi poca paciencia, yo los hubiera mandado a chingar a su madre y los hubiera amenazado con irme si no le bajaban a su escándalo, pero Delgadillo es diferente a mí (para fortuna de los imbéciles del público de ayer). Es obvio que con tanto acoso, el artista se torne evidentemente molesto pero, a pesar de ello, era lo suficientemente paciente y educado para mandarlos a la chingada de manera cómica.

            Y es que, siendo objetivos, hay que reconocer que Delgadillo hace un gran esfuerzo para darte un concierto diferente y más íntimo con muchos detalles que, personalmente, agradecí mucho por lo perfectos que resultaban para cada situación.

Uno de esos episodios fue cuando nos compartió un poema al Sol de la niñez, una auténtica belleza, que sirvió como perfecta antesala para “Julieta”, por el sentimiento tan ad hoc a la esencia de la canción, por lo que hay que reconocerle a Delgadillo el cuidado y buen gusto para juntarlos.

Otro momento muy revelador fue cuando compartió la situación que le inspiró “Ten miedo de mí”, que resultó tanto graciosa como triste, una cualidad que resalta mucho en el cantautor. Otra parte que me resultó ampliamente interesante fue cuando nos platicó sobre los orígenes de la Trova y su evolución. O cuando cantó “Carita de Arroz” nos compartió un diálogo muy bonito con su abuelita, mismo que te ayuda a poner en perspectiva el paso del tiempo, además del amor de aquella señora por el joven Fernando.

Por desgracia la mayoría del público era muy burdo, impaciente y muy maleducado, por lo que no ponían atención, se ponían a jugar con su teléfono o a echar desmadre con los cuates lo cual, naturalmente, molestaba al artista.

Ya me imagino sus pensamientos “Estos hijos de la chingada, yo queriendo compartirles algo mío y lo único que hacen es gritar ‘¡Julieta!’ como si se los estuvieran violando”. Resulta muy frustrante que haya cuidado tantos detalles al estructurar el concierto y que una bola de mandriles no le brinde respeto y/o atención a sus detalles.

            Mi momento favorito de toda la velada, por ser el que más me conmovió, fue cuando interpretó “Tiempo Ventanas”, misma que le escribió a su padre y en la que nos compartió las razones paternas al hacerles ver el álbum familiar infinidad de veces. ¡Qué bárbaro! ¡Cómo lloré! Es sublimemente hermosa, con una intimidad profunda e impresionante.

Debo de admitir que sin la introducción, dicha canción no me hubiera significado mucho, pero con el bagaje que nos compartió, hasta me hizo llorar por mis propios padres (tanto el biológico como el putativo). Pero lloré más por Fernando y su papá, mismo que había muerto seis meses atrás. Sin duda fue la que interpretó con más sentimiento. Me alegro mucho que la haya escrito tres años antes de que su padre muriera, así le alcanzó el tiempo para disfrutarla en vida, en vez de haber sido póstuma.

            El problema es que esta bola de nacos, hijos de la chingada, se mostraron indolentes e indiferentes a lo que compartía Delgadillo en el preámbulo, sin importar o respetar el sentimiento de la pérdida de su padre, lo cual demuestra su nulo respeto e interés por el humano detrás del artista. Ahí sí se enojó de verdad y amenazó con terminar la velada, a lo que esta bola de simios egoístas grito con fervor “¡No!”, sin darse cuenta que ellos mismos habían propiciado dicha situación.

En verdad me indignó el egoísmo del público con su postura “Vengo a que me entretengas, a que interpretes las canciones que me hacen cortarme las venas, no a que me cuentes tus desgracias familiares”. Me encabronó esa falta de respeto tan vil hacia él, porque sólo lo ven como un bufón, alguien que está ahí para entretenerlos, que está para complacerlos, por eso lo ignoraban, se carcajeaban o exigían sus canciones sin importarles lo que decía.

            Si fuera un artista más ojete (que los hay), se hubiera puesto a cantar a su ritmo, sin interacción con el público e interpretar lo que su chingada gana se le pegue, sin importar que sea o no tu predilecta. Además, en su hora del autor, sacó canciones que no conocía y que me parecieron excelentes. Pero el público es flojo, ellos no quieren conocer nuevas obras, sólo quieren lo que fueron a escuchar, obviando que esas letras que ahora son sus favoritas, en algún momento, eran obras nuevas que nadie conocía y a las que se les tuvo que dar una oportunidad.

De hecho entre las menos populares (y que me hubiera gustado que cantara) hay joyas como “Nimbus” o “Primera Estrella de la Tarde” que son excepcionales y que no oí que nadie solicitara, seguramente porque pocos las conocen y sólo se orgasmean con alaridos que exigen “Julieta”, “No me pidas ser tu amigo” y demás.

            Pobre Delgadillo, aunque nunca ha sido su intención, al final la parte popular de su obra acabó siendo comercial, aunque mantengan su esencia original, el que sean tan dominadas por el público, les quita parte de su mística, de su exclusividad. Casi podría asegurar que ya no interpreta con la misma intensidad o gusto sus éxitos, y por eso intenta darnos a conocer otras propuestas que para él significan algo y quiere compartírnoslo porque es importante.

            Creo que en ese aspecto envidia a sus teloneros, que tuvo tres (cantidad exagerada en mi opinión). En su interior Delgadillo debe extrañar los días en los que tenía que luchar para ser escuchado, en que sus canciones no eran conocidas y que tenía la libertad (y el reto) de escoger las mejores para intentar conquistar al público, ése mismo que ahora lo encasilla con ciertas obras y que se las exige sin tregua.

            Algo que noté con tristeza es que el tiempo nos alcanza a todos, y el maestro Delgadillo no es la excepción. Ya se nota cansado, ya no es lo mismo escucharlo en sus discos originales que en vivo (cuando antes eran una calca el uno del otro). Ahora, ya se le va alguna nota, omite algunas líneas y se va perdiendo potencia y sentimiento en algunas interpretaciones. Aunque, siendo justos, es natural que ante tanto acoso, no sienta tanta motivación por complacer a un público tan ignorante, irrespetuoso y egoísta.

            Otro aspecto es que se distrae muy fácil y puede ser un poco disperso, aunque eso es de siempre, sólo que se le ha acentuado con la edad. Es obvio, no es lo mismo Los Tres Mosqueteros que 20 años después, y aun así fue un buen concierto, con una muestra de talento muy completa de su parte, lástima que el público no estuvo a la altura y no le reconoció el esfuerzo.

A pesar de ello, en lo que no decae Delgadillo es en su generosidad: Cantó “En tu Cumpleaños” porque era el onomástico de alguien en el Foro, un detalle que me pareció bonito porque, tengo la impresión, no tenía contemplada la misma en el reportorio de la noche.

            Personalmente, además de las populares, me encantó que cantara “Noche sin Luciérnagas”, que es tan linda como cúlera, una obra de arte. Si hubiera cantado “Primera Estrella de la Tarde” me hubiera dado por bien servido, tristemente no lo hizo, pero no por ello no me puse a gritar como energúmeno para exigirla.

Aun así fui feliz en el concierto, pero de manera distinta, a excepción de un par de canciones, ahora no me nació corear ninguna, me dedique a escuchar y a observar al maestro, su lenguaje corporal, su interacción con el público, me fije más en las letras y el sentimiento con el que las interpreta, por si había algo que se me haya pasado.

No salí eufórico, pero creo que aproveche mucho esta velada además, aunque tuve muchos recuerdos tristes, me doy cuenta que estoy fuerte porque las lágrimas fueron escasas a diferencia de lo que hubiera sido en otras épocas.

Aunque no entienda el afán de regresar a tocar a Puebla, en donde el público es terrible, en verdad le agradezco a Fernando Delgadillo su profesionalismo, su generosidad, su genio y su honestidad de sentimientos, expresados en su arte, en sus presentaciones y en su persona. Sin duda un artista que no será el más conocido, pero es de los más talentosos y profundos que he disfrutado en mi existencia.


Hebert Gutiérrez Morales.

jueves, 23 de abril de 2015

Recuerdos Futuros

“Los humanos somos curiosos porque tendemos a proyectar el resto de nuestras vidas sobre la base de nuestros recuerdos, como si fuese una formula exacta e infalible” – Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 19 de abril de 2015

Disfrutando Central Park (Nueva York, Parte I)

            Manhattan es, quizás, la zona urbana más famosa del mundo y la más llamativa de Nueva York. Como comentaré ampliamente en el resto de escritos dedicados a esta visita, mi amigo Luis y yo, conocimos infinidad de lugares, todos los días acabamos con los pies adoloridos de tanto caminar al recorrer sitios increíbles de dicha urbe.
Cerca de "The Pond"

            Precisamente porque había tanto por conocer, no repetimos ninguna visita, obvio teníamos que pasar nuevamente por lugares como Broadway o Times Square en nuestros recorridos (y lo hacíamos con gusto). Sólo hubo un lugar que visité cada uno de los días que estuvimos en la Gran Manzana, un lugar que es tan imponente como tranquilo, un lugar mágico y natural, uno que le da un toque totalmente diferente a Nueva York y que te brinda una experiencia más allá de lo urbano: Central Park.

            Para nuestra fortuna, el Hilton en el que nos hospedamos estaba en la calle 57, a un par de cuadras del Parque Central, justo a la mitad del extremo sur. Así que cada mañana íbamos temprano a correr por el parque, regresábamos a bañarnos y desayunábamos en un restaurancito muy económico y delicioso (Atendido por mexicanos) que había entre el hotel y el Parque, para después iniciar nuestra jornada (y así empezábamos cada día).

            Como Luis y yo tenemos distintos ritmos de correr, sólo iniciábamos el trayecto juntos para después separarnos y cada cual vivir Central Park a su manera. El día que llegamos lo caminamos juntos pero, en lo personal, fue el que menos disfrute, y es que ese primer día en NY fue el menos productivo desde mi perspectiva: estaba nublado, estábamos cansados por el viaje, nos habíamos comido un hotdog en la calle bastante caro y el ambiente no estaba muy festivo como para disfrutar todo lo que la ciudad tiene que ofrecer. De hecho estaba muy decepcionado de NY hasta ese momento, pero ya hablaré de esa sensación más a fondo en las siguientes entregas de este viaje.

            Al día siguiente, cuando salimos a correr, todo cambio: la mañana estaba preciosa, con un sol deslumbrante. Empezamos nuestro trayecto y hasta parecía que me habían cambiado la ciudad, porque todo estaba resplandeciente y lleno de vida: la gente, los árboles, los perros, las bicicletas, los caballos, las ardillas, TODO estaba en una armonía impresionante ¡y yo era parte de ello! Ese primer recorrido corriendo en Central Park fue mágico, creo que de los caminos como corredor más memorables de mi existencia. Había tantos lugares que había visto en fotos, en vídeos, en películas, en programas, en comics y demás que no lo podía creer, era como estar en un sueño que jamás creí posible.
           
            Supongo que esa magia del Parque es percibida por todos los visitantes, porque captaba esa felicidad en todos los que ahí estaban, ya fuera corriendo, caminando, paseando al perro, empujando la carriola, en bicicleta o hasta en patineta. Los había de todas condiciones físicas, razas, edades y condiciones sociales, porque Central Park es un reflejo de la urbe más cosmopolita del planeta.

            Me llamaban la atención los de la tercera edad, en especial un par de señores que se veía que estaban en rehabilitación, porque les costaba mucho trabajo caminar y, sin embargo, lo hacían tan rápido como les era posible. También se veían muchos clubs, tanto de corredores como de ciclistas, que iban desplazándose en grupo y entrenaban de manera muy seria.

            Tras esa experiencia tan reconfortante, Luis y yo decidimos volver para ver a detalle tantas cosas que nos habían llamado la atención. Por ejemplo, ese Domingo había un festival japonés muy colorido, con música, manualidades, presentaciones en escena, explicaciones culturales, talleres de dibujo y demás. Para mí fue algo exquisito, sobre todo por ese anhelo que tengo por la cultura nipona, fue un deleite pasar un ratito por los distintos estands y disfrutar un poco de esa cultura que me tiene enamorado.
Mi foto con los cerezos floreciendo :'-)

            De hecho, unos minutos después, pasamos cerca de uno de los Lagos, en La Rambla, ¡y vimos unos cerezos floreando! La imagen era maravillosa y de inmediato le dije a Luis “¡Tómame una foto!”. En el futuro veré los Sakura florecer en Japón pero, en lo que llega ese día, me sentí muy feliz con estar bajo estos cerezos florecientes. Cuando puse dicha foto como perfil de Whatssapp, hubo personas que de inmediato me preguntaron “¿Estás en Japón?”, por lo bonitos que estaban los árboles :’-).

            Más adelante vimos que se estaba organizando una carrera a través del parque, algo que es muy cotidiano. En esa ocasión era para apoyar a algún político pero, platicando con los del Hotel, me decían que casi cada Domingo se organiza alguna carrera a beneficio de algo, y no sólo carreras, también hay campos deportivos, zonas infantiles de juegos, jardines temáticos, torneos de ajedrez, festivales culturales y musicales, en fin, que Central Park siempre tiene algo que ofrecer que puede interesarle a cualquiera.

            Esa mañana dominical fue la más maravillosa en el Parque, pero no fue la única especial. Como ya mencioné, todos los días recorría el parque corriendo. En realidad el trayecto es relativamente corto (10 kilómetros de diámetro) lo cual es una distancia muy asequible para mí. Por tal motivo me permití recorrer distintos caminos y recovecos para intentar conocer la mayor cantidad posible del Parque, mismo que es ENORME: dos veces más grande que Mónaco y ocho veces más grande que el Vaticano.

            El parque central tiene tantos puentes, esculturas y jardines que puedes dedicarle un día entero a recorrerlo todo, a paso rápido, claro está. Además, como está estructurado, es como ir en un laberinto enclavado en la naturaleza, lo cual le da un toque mágico e infantil al conocerlo. Y no sólo son los lugares famosos como la Terraza Bethesda (muy linda), el Castillo Belvedere (nada espectacular pero un detalle elegante enclavado en el Parque) o Strawberry Fields (que muchos van por el mosaico sin notar la belleza de los árboles alrededor). Central Park tiene tantos rincones, tantos espacios, tanta vida y ambientes tan variados, que fácilmente encuentras un rinconcito para ti, para disfrutarlo y entrar en comunión con la naturaleza.

            El resto de los días también tuvieron su toque especial, dejando a un lado el ambiente festivo que vivimos ese Domingo, el recorrer el parque entre semana me brindó la posibilidad de ver una faceta de la vida cotidiana de esta urbe, al ver cómo le gente iba a hacer ejercicio antes de entrar al trabajo o, inclusive, viendo gente yendo a la oficina y tenían que pasar por el Parque, ya fuese caminando o en Bici, así como los que iban con el tiempo medido pero se daban su espacio para ejercitarse antes de entrar a una jornada laboral absorbente.
Shakespeare's Garden

Fueron esos días en lo que, sin ser tan espectaculares, me permitió una visión más íntima y analítica del neoyorkino y es que, vamos a admitirlo, no creo ser el único, pero la gran mayoría de los que se ejercitan en Central Park son locales, muy pocos turistas lo harán, por tantos lugares que hay que conocer en NY y el tiempo limitado para hacerlo.

            Ahora, antes de continuar, tampoco voy a ser mustio. En toda la semana en Nueva York ví una cantidad increíble de mujeres atractivas por todos lados, Luis y yo estábamos como perritos en carnicería: sólo salivábamos de ver a tanta bella fémina a donde volteáramos, y el parque central no era la excepción, de hecho, el fenómeno era más notorio, porque las hermosuras estaban por doquier y con sus atuendos deportivos, resaltaban aún más H_H.

            En una de esas ocasiones en las que iba apreciando la belleza del parque, incluida la femenina, vi que se aproximaban un par de chicas bastante atractivas, las vi y ellas me vieron de vuelta ¡y me saludaron! Casi me da un paro cardiaco por el susto que me llevé ó_O.
El Zoo que ya ni tan Zoo es

Un par de meses antes de Nueva York había ido a Las Vegas. Algo que procuro en cada viaje es salir a correr, y en la ciudad del Pecado también lo hice cada mañana. A diario, en mi trayecto, me encontraba con un par de chicas a las que les daba los buenos días y ellas me lo regresaban amablemente. Resulta que eran neoyorkinas y habíamos coincidido en Las Vegas durante esa semana, por lo cual me reconocieron y saludaron.

-“Hey! We saw you in Las Vegas!”
-“Yeah, right! I remember you Girls! Are you from New York?”
-“Yes, we live here. Are you on vacation here?”
-“Yes”
-“Well, enjoy the City”
-“Thank you, I’m on it”
-“Ok, bye”
-“Bye bye”

            Fue un “small talk” que no duró ni un minuto, pero fue una sorpresa agradable (y poco probable) encontrarte con alguien en dos lugares distintos en dos fechas distintas. El mundo se mueve con coincidencias, por lo que puedes compartir anécdotas con personas de las que no sabes nada (ni siquiera su nombre), sólo que viven en NY y que les gusta correr.

Cada mañana llegaba muy entusiasmado y lleno de energía del parque tanto que, al regresar al hotel, omitía el elevador y me iba a la habitación a través de las escaleras, sin importarme que el cuarto estaba en el piso 19, mismos que me echaba con mucho gusto gracias a lo feliz que llegaba de mi recorrido.

            Ya con Luis, de camino al Museo de Historia Natural, pasamos por el Shakespeare Garden, ¡pero qué lugar tan hermoso! Es relativamente pequeño pero rebosante de color, lleno de vida y de esencias florales. Todos los sentidos se te llenan con tanta belleza, no sólo por la plantas, sino por la cabañita que está al lado, te sientes transportado a otra época. Creo que me conmoví más porque esa misma mañana había tenido otro pasaje especial mientras corría.
Foto que me tomó Luis corriendo

Tal vez (o tal vez no) algún día les comparta la cualidad para las premoniciones que tengo, lo cual me ha pasado algunas veces y ésta fue muy especial: Un día, corriendo al lado de “The Lake”, me llegó un flashazo y experimenté un sentimiento de Déja Vú y me dije “Esto ya lo viví”, ese momento lo había (literalmente) soñado años antes. “Wow, wow, wow” años antes ya sabía que iba a visitar Nueva York, aún antes de iniciar mi gusto por viajar, aún antes de siquiera imaginarme que podía llegar a la urbe más importante del planeta. Ese sentimiento inundo mi pecho con una sensación cálida y, de inmediato, me conmoví (sobre todo porque recordé otro Déja Vú que había experimentado unos meses antes y que me deprimió un poco, pero ése es otro tema del cual ya escribí bastante).

Hubo un día que amaneció nublado y con mucho viento, la verdad no estaba muy cómodo para salir a correr, de hecho fue el único día que Luis no me acompañó y se quedó a dormir un poco más, pero como sentido común es algo que a veces me falta, salí de todas formas, y fue de las mejores decisiones que pude tomar. El clima me regaló un paisaje totalmente distinto al de los días soleados, porque iban cayendo los pétalos de las flores junto con las hojas, y el aire las capturaba para formar pequeños remolinos, dando como resultado una escena como de película ¡y yo estaba en medio de ella!
Alicia con la liebre y el Sombrerero loco

Ese día, por las condiciones, fue significativamente menos gente a ejercitarse, lo cual resultó perfecto porque el pasaje resultaba más íntimo, más nostálgico y, extrañamente, más acogedor. Correr ese día también fue maravilloso, con el paisaje digno de postal, de hecho no me importaba si uno que otro pétalo se me metía al ojo, porque todo ese trayecto fui especialmente feliz por presenciar un Central Park menos luminoso pero, curiosamente, más bello.

En uno de mis recorridos me sentí muy identificado con un señor, mismo que iba caminando antes del Met, no iba corriendo, de hecho iba en jeans, pero con una sonrisa de oreja a oreja y yo comprendía a la perfección su felicidad y, de la nada, se me salió un “Good Morning!” el cual me respondió con mucha educación y alegría. Y es que me sentía cómplice de su sentimiento: el estar estúpidamente feliz por estar en un lugar tan bello y especial.

Todos los días veía algo que me llamaba la atención, como las mamás corriendo a una velocidad impresionante llevando a sus bebés en sus carriolas deportivas, un anciano que apenas si se podía mover, pero que corría con una pasión que me inspiró a dar lo mejor de mí, e inclusive ver a un señor excéntrico con una bicicleta con llantas enormes pero que iba fascinado de la vida y con un atuendo muy elegante y clásico.

El día de regreso, Luis fue a Times Square por una camisa padrísima que había visto, pero yo opté por usar la  mañana para irme a despedir de “mi” Parque (o por lo menos lo había sido una semana), y a recorrer algunos lugares que me hacían falta. Al ser Sábado, volvía el ambiente festivo al Parque, complementado con un día hermosamente soleado, lo cual me encantó porque mi amado parque me despedía con una sonrisa.

Aunque me estaba despidiendo de Central Park, y de Nueva York, mi estancia había sido tan placentera y feliz, tanto en la ciudad como todo el tiempo que había disfrutado en el Parque, que mi caminar era tan ligero y mi sonrisa tan natural, incluso me sorprendí tatareando canciones en mi trayecto, algo que me gustó mucho y continué así el resto de mi camino.
El Jardín del Conservatorio

            Algo que pude ver con mayor detenimiento fueron los “Playgrounds” o zonas de juegos para los niños, mismos que estaban tan bonitos, tan bien cuidados, tan bien hechos, que tuve envidia de los infantes que ahí disfrutaban, porque me hubiera encantado en mi infancia visitar, aunque sea una vez, un lugar así de bonito y cuidado. Cuando uno es niño se la pasa disfrutando tanto, que ignora lo feliz que en realidad es y se da cuenta de ello hasta que crece.

En fin, cada cual vivió lo que le tocó así que, dentro de mi envidia y nostalgia, sólo me quedo decirle a esos niños de manera silente: “¡Qué afortunados son niños! ¡Vívanlo a más no poder!”

            Sin duda alguna, mi sección consentida del parque fueron los North Woods ¿Por qué? Primero, cuando corría era la zona con menos gente, con pendientes más inclinadas (que me encantan como corredor) y, por lo mismo que no estaba tan concurrida, era la sección en la que en realidad sí sentías que fuera un bosque.
El Jardín del conservatorio

Los North Woods era una zona más “exclusiva” de Central Park, porque la gran mayoría de personas sólo quiere conocer “Strawberry Fields”, “La Terreza Bethesda” “El Castillo Belvedere” y demás, por eso no pasan de la mitad del parque. Pero los North Woods tienen un ambiente muy distinto que la parte centro y sur, es un parque más sereno, más tranquilo, más maduro y más natural (aunque eso suene ilógico). Además en los North Woods encontré mis dos lugares favoritos de todo el parque.

Central Park tiene infinidad de estatuas, a mí me habían gustado dos que no eran de las más vistosas como la del Perro Balto (que vi el primer día cerca de “The Pond”) y la de un Puma que estaba en posición de ataque junto al camino que recorría. Sin embargo tenía pendiente una muy importante: “Alice in Wonderland”, en donde Alicia está montada sobre una Seta, junto a la liebre y el Sombrerero Loco.
El Castillo Belvedere

Junto a la estatua había placas con algunos pasajes de la historia. Sólo por unos instantes estuve a solas con Alicia y sus amigos, porque después llegaron unos chiquillos a jugar ahí, pero esos breves momentos de soledad que tuve con ella, me llenaron bastante, porque recordé todo lo que disfruto (aún en la actualidad) la historia de Alicia en el País de las Maravillas, y el ver esa estatua era un merecido homenaje a una historia inmortal que seguirá llegando al corazón de muchas generaciones (y prometo que alguna vez le voy a dedicar un ensayo).

Pero mi lugar favorito del Parque (sin contar los Museos, claro está) fue el Jardín del Conservatorio. Un lugar tan irreal, tan bello, tan lindo, tan de cuento de hadas que es imposible que no saques un “¡Wow!” cuando entras a recorrerlo. En verdad me conmovió la armonía, la serenidad que sientes al estar ahí y es que experimentas una tranquilidad en el alma que no puedes (ni quieres) evitar. Yo creía que esos lugares no eran reales, que sólo existían en libros y en películas, pero visitar el Jardín de Conservatorio ya justifica toda la visita al Parque, por la magnificencia que emana.
           
            Aunque Central Park es enorme, no lo es tanto como para no permitirte recorrerlo, y creo que ahí radica parte de su magia: su democracia. Porque puedes recorrer lo que se te antoje y acabarás encontrando algo que te fascine. Es grande como para maravillarte y te motive a conocerlo, pero no es tan enorme como para desanimarte y que te de hueva el hacerlo.

            Ahora, no los voy a engañar porque, aunque me enamore de Central Park, no me dejo llevar por el sentimiento: he conocido parques más grandes, como Chapultepec en el DF o Lincoln Park en Chicago, e inclusive más bellos, como el Golden Gate Park en San Francisco o el Tiergarten in Berlín. Pero no se puede negar el sentimiento especial del parque central neoyorquino, tal vez por ello es el más famoso del mundo y, por lo mismo, el más visitado.

Y aquí hay un efecto “¿Qué fue primero? ¿El huevo o la gallina?” Porque no sé si la Magia de Central Park es de origen natural y por eso es constantemente mostrado en la cultura pop gringa (y por ende mundial) o es que debido a esa constante exposición se nos instala en el inconsciente colectivo la magia intrínseca que percibe uno en este parque. Aunque la respuesta más probable sea la segunda, en realidad no es muy relevante, porque lo especial que sentí en el pecho cada vez que recorrí Central Park, nadie me lo puede quitar y será un recuerdo que llevaré conmigo hasta el final de mis días.

En esta liga pueden leer la segunda parte de este viaje a Nueva York.

Hebert Gutiérrez Morales.

miércoles, 15 de abril de 2015

¿Qué quieren las mujeres?

“¿Qué es lo que quieren las mujeres? Lo que no hay, lo que no existe y lo que no tienen. Cuando no se los puedes dar, no te perdonan nunca; pero, si les das lo que quieren, también te van a odiar porque, al tenerlo, ya no lo quieren” – Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 12 de abril de 2015

Catálogo de Miedos

            Este escrito debería ser “Miedo (Parte 2)” pero como el ensayo anterior sobre el tema se llamó “Miedo (Parte II)” aunque ahí lo era de una “No-Trilogía”, pues tuve que nombrarlo “Catálogo de Miedos” para diferenciarlos (primera vez que me pasa algo así), lo cual fue útil porque me hizo estructurar éste de manera distinta a lo planeado.

            A todos se nos educa con miedo, por lo menos se me enseñó a temerle a muchas cosas: a caerme, a lastimarme (por estas dos no sé andar en bici), a que se murieran mis papás, a quedarme solo, a la miseria, a reprobar y prácticamente a cualquier cosa que me digan, se me enseñó a temer, consciente o inconscientemente.

Sin embargo, es parte de la educación que uno recibe, ya que no sólo aprendemos cosas buenas, sino también malas de unos seres tan imperfectos como nosotros (nuestros padres). Pero, no sólo con el miedo, sino con cualquier otro aspecto negativo que hayamos recibido en nuestra educación, debemos hacernos conscientes, y ya depende de cada cual el quedarse con ello o dejarlo ir.

            “No le dé vergüenza tener miedo. Tenerlo es señal de sentido común. Los únicos que no tienen miedo de nada son los tontos de remate” – Carlos Ruiz Zafón (“El Juego del Ángel”)

Luz y oscuridad

            Durante todo el tiempo que estuve en el nicho materno, siempre hubo una costumbre que nunca cuestioné hasta que me mudé: todas las noches se quedaban dos o tres luces encendidas. ¿Para qué? Supongo que para ahuyentar a ladrones e inclusive fantasmas. Esa costumbre mi madre la seguirá practicando hasta que deje este plano existencial, y la siguiente vez que la vea le debo preguntar la razón.

            Sin embargo, esta situación no es tan extraña. Cuando salgo a correr a las 5AM veo que algunos de mis vecinos, a esa hora dormidos, tienen las luces prendidas del baño, cocina o sala “¿Por qué la gente deja prendida la luz?” me sigo cuestionando.

            Una explicación lógica es que se le sigue temiendo a las tinieblas, sin importar la edad. Pero no sólo a la oscuridad física, sino a la psicológica. Bien dicen que en la oscuridad es cuando brotan nuestras ideas y sentimientos más auténticos (por eso las pláticas más honestas se dan a altas horas de la noche), lo cual también incluye lo más abstracto y oculto de nuestra esencia, por lo cual, es natural que la gente le rehúya a las tinieblas de cualquier tipo.

            Curiosamente, a pesar de la costumbre materna, nunca le he temido a la oscuridad, al contrario, me encanta estar a oscuras. De hecho, en mi casa, no prendo la luz a menos que sea estrictamente necesario, así que hago muchas de mis actividades en las tinieblas. Paralelamente, no le tengo miedo a mi parte oscura, de hecho, intento sacarla en cada oportunidad que tengo para integrarla a mi ser. Por eso, me parece lógico pensar que la gente, en realidad, no le tiene miedo a la oscuridad, sino a lo que puede encontrar en ella.

Manejando Traumas

            En Diciembre pasado fui a la Huasteca Potosina, una saga que tengo pendiente por redactar y compartirles. Ahí enfrenté muchos miedos, de hecho a diario me topaba con alguno. Lo experimenté tanto en el camino de ida como el de regreso, en los que maneje de noche, tramos largos, con muchas curvas, con neblina, con subidas y bajadas muy empinadas, a solas en trayectos desconocidos, perderme en lugares lejanos de casa y manejar tanto tiempo en una zona donde nunca había estado fue lo que me tocó.

Todos esos temores los enfrenté exitosamente así que ahora, si me toca manejar de noche y en carretera, me siento más confiado porque ya lo hice y salí airoso. Si alguien me advierte de un trayecto difícil, ya no tengo miedo, sólo respeto y precaución por el mismo.

            Ya de regreso en casa, después de haber manejado los caminos más difíciles de mi existencia, iba con mi madre que al ver unas curvas pronunciadas, por las que he pasado un centenar de veces, empezó a orar con devoción “Jesús, Jesús, Jesús”, lo cual me enfureció y le reclamé “Mamá, si no confías en mí, tal vez sea mejor que ya no te subas conmigo”. Ella entendió el mensaje y me explicó los traumas que le quedaron cada vez que viajaba con mi papá Antonio, borracho, mientras conducía de noche y en carretera.

            “Pero no soy él” le contesté, aunque entendiendo las amargas experiencias que le quedaron del pasado, “De por sí estoy tratando quitarme traumas arcaicos como para que me los estés reavivando” haciéndole ver que las circunstancias son diferentes, y que no tiene que experimentar ese pavor cada vez que va en carretera (como de hecho lo experimenta sin importar el camino, transporte o conductor).

            Seguramente fui duro con mi madre pero tenía que expresar mi desacuerdo y hacerle ver que su temor no iba a beneficiar a ninguno de los dos. Es doloroso ver cómo alguien que amas no se libra de sus cargas, al contrario, se le han ido intensificando con el paso de los años, ha de ser un efecto de la edad, supongo yo. Lo malo es que no puedo superar esos miedos por ella, sólo apoyarla en lo que pueda, mientras intento disminuir los míos para incrementar mi calidad de vida.

El miedo te frena

            Un día salí a correr con un tobillo resentido y, por irme cuidando para no dañarme más, el paso se hizo más lento y, al final, me cansé más que en una corrida normal, lo cual pudo perjudicar más la lesión de lo que la cuidó.

Sin duda fue una corrida poco provechosa, a diferencia de cuando lo haces con toda la libertad. Así que cambie en las siguientes ocasiones, compré una tobillera para protegerme y el resultado fue mucho mejor: más rápido, menos cansado y forcé menos el tobillo cuando corrí con naturalidad.

            Lo mismo pasa con el efecto miedo: te cansas, te preocupas, te desgastas, te estresas y no disfrutas de la situación por la cual te embarga el temor. Así que sin él, en consecuencia, avanzas más, te cansas menos, te sientes más feliz y sin frustraciones.

Saltar de 10 metros

            "Nunca emprenderíamos nada si quisiéramos asegurar por anticipado el éxito de nuestra empresa" - Napoleón Bonaparte

            Regresando a la Huasteca Potosina experimenté un curso intensivo sobre superar miedos de distintos niveles. Para alguien que recién había superado el temor a los saltos altos, durante el último año y medio, realizando (entre Cancún y Jalcomulco) cuatro brincos no superiores a los 5 metros, el hacer 18 saltos, que iban de los 2 hasta los 10 metros, en cuatro días es sin duda un curso exprés de superar temores.

            Pero, al ver la grabación de uno de mis saltos de cinco metros, dije “¡No manches! ¡Pinche brinco pitero! Como se ve definitivamente no es cómo se siente” y es que la adrenalina que te inyecta el miedo te hace ver el riesgo mucho mayor de lo que es, porque de arriba el brinco impone mucho más que cuando lo ves desde abajo.

            Tal vez pueda resultar valiente por hacer dichos saltos pero, al ver a los guías que se aventaban de las mismas alturas haciendo piruetas, echándose de espalda o boca abajo, uno se da cuenta que los límites varían según el temor que experimentes (o te domine). Ahí me di cuenta que hay tantos niveles de miedo como de libertad.

            Porque es algo muy distinto brincar de cinco metros y otra hacerlo de 10 (que lo hice en tres ocasiones distintas). Aunque realicé cada uno de los saltos, nunca deje de temer. Creo que en realidad uno nunca deja de tener miedo, sólo aprendes a lidiar con él.

            Obviamente había quien no saltaba, mismos con las que platicaba en la comida o en el tramo de regreso al campamento. Trataba de brindarles algo de empatía pero, al mismo tiempo, quería hacer consciencia y/o memoria de lo que sentía cuando me rehusaba a hacer algo por miedo, y darme cuenta que en algo he avanzado.

            No quiere decir que haya dejado de temer, simplemente puedo brincar y ya, superé un nivel de miedo, me faltaría clavarme o aventarme de espaldas para pasar al siguiente (y espero algún día lograrlo).

Constaté que el temor siempre está presente con uno de los guías (Pato) en Puente de Dios. Pato ha de haber realizado miles de saltos, y en puente de Dios está acostumbrado a hacer el de 8 metros, pero cuando Abraham (uno de los visitantes) lo reto a saltar de 15 junto con él, a Pato no le hizo mucha gracia, aunque ya lo había hecho antes, pero es que el miedo siempre está ahí, y si no lo andas trabajando de manera constante, fácilmente se fortalece. Al final Pato brincó sin problemas y recordó lo divertido que era.

            Cada vez que me tiraba, sobre todo de 10 metros, el temor no disminuía propiamente, sólo optaba por decir: “No voy a ver, no voy a pensar, no me voy a quejar” y simplemente brincaba. Cuando caía la satisfacción era mucho mayor que el miedo, mismo que no desaparecía pero que condimentaba mi victoria y gritaba por dentro “¡Wow! ¡Lo pude vencer!”. Sin duda es una satisfacción diferente, más básica, más animal, más primitiva, porque sientes la adrenalina a todo. Obvio no sentía el gozo de decir “¡Sí! ¡A huevo! ¡Me voy a aventar!”, porque mi satisfacción era “¡Uff! ¡Lo logré y no me morí!”

Miedos sociales

            También hay miedos infundados por la sociedad, y eso varía de persona a persona, por ejemplo, a mí me aterroriza recibir gente en mi casa.

Soy ermitaño y algo huraño, por lo cual aprecio mucho mi solitaria guarida, y me estresa meter gente a ella. Cuando tengo visitas, limpio con más fervor y empeño que cuando sólo lo hago para mí, ¿por qué? Con tal de no ser juzgado, señalado o criticado, ya sea a través de palabras o con miradas de desaprobación.

Y, precisamente por ese motivo, organicé una reunión a inicios de año en mi casa para ver un partido de Playoffs de la NFL: para enfrentar dichos miedos y ver que no pasa nada, tanto si me juzgaban (que no lo hicieron) o se la pasaban bien (que fue lo que pasó).

Delincuencia en autos

            En clase de Jazz, Juan me comentaba que habían asaltado a una escuela de Salsa recientemente (por fortuna no fue mi querida Rumba Mía). Y eso sirvió de pretexto para contarme algunos asaltos, robos a mano armada y extorsiones que se había enterado o que había vivido en carne propia.

            Uno de ellos fue de un conocido, al cual bajaron del auto a con pistola en mano y le robaron el vehículo; él reportó el hecho a la policía, misma que encontró el coche y le preguntó “¿Estás seguro que quieres levantar la denuncia?” Un poco de sentido común diría que sí: “Es mi auto y es justo que me lo devuelvan” es lo que debió pensar el agraviado, pero estamos en México, aquí la justicia es una bonita teoría y, aunque tenemos una de las Constituciones más completas del mundo, de nada sirve porque la aplicación de las leyes es deficiente.

            Así que, por temor a las represalias futuras al levantar la denuncia, el afectado tuvo que pagar el deducible del seguro y quedarse con la impotencia de habitar en un país en donde la criminalidad es impune y las leyes de juguete.

            Después que Juan me contó todo esto, de inmediato sentí un pavor impresionante por dejar el auto estacionado fuera de su academia de baile, de pronto estaba seguro que me lo iban a robar, todo por recordar el país en el que estamos. Ahí se me olvidó que en los cinco meses que llevo yendo a clase, nunca ha pasado nada y no he sabido que algo hubiera pasado antes.

Terror en las noticias

            Al día siguiente recordé que no puedo vivir todo el tiempo con temor. Obvio, en un país como éste, es obligatorio andar con precaución, pero tener el miedo a flor de piel a cada instante no es sano. Y también recordé por qué deje los noticieros desde hace (seis o siete) años: para estar más tranquilo.

Aún recuerdo que cada vez que veía las noticias siempre terminaba angustiado de que iba a perder mi dinero, mi trabajo, mi vida y hasta mi status social. ¡Ah! Pero ahí está el meollo del asunto: El miedo vende, y los medios lo saben, además el mexicano tiene una afición muy marcada a consumirlo (películas, libros, noticieros, etc).

            Cuando renuncié a esos programas que me estresaban, deje de consumir toda esa propaganda, por lo que mi calidad de vida se incrementó en automático. Si hay algo de lo que me tenga que enterar, sin duda lo haré por algún otro medio o por los que me rodean, mismos que siguen recibiendo su dosis diaria de angustia a través de los medios.

El Miedo aniquila el sentido común

Hace unos meses asaltaron a alguien del vecindario en la entrada de su casa, el señor se asustó tanto que (meritoriamente debo reconocer) empezó a hacer un cambio para que no se volviera a repetir y pusieron una reja a la entrada del “Fraccionamiento”. Y lo entrecomillo porque, hasta entonces éramos puros fraccionamientos chiquitos aislados, pero como la casa de este señor está sola, pues (¿por qué no?) optó por hacer un Megafraccionamiento alrededor del colegio Humboldt (y así se creó él solito su propio Fraccionamiento)

A veces creo que la estupidez humana no me puede sorprender más, y ahí es cuando algo me recuerda que es lo único infinito en el Universo. Empiezo con mis argumentos:
A)    No pueden cerrar la vía pública como, de hecho, lo hicieron. Los Fraccionamientos ya están divididos; esto no es como Fiesta de Pueblo en donde cierro mi calle y tengo mi pachanga. La misma situación aplica aquí: no puedo apropiarme de algunas calles de vía pública y crear un Fraccionamiento de la nada.
B)    Durante gran parte del día, las rejas del colegio Humboldt están abiertas, por lo que cualquiera puede entrar y salir libremente de la zona, y de eso no tiene control vigilante alguno. Si quisiera asaltar, simplemente meto mi coche antes de que cierren las rejas y procedo con mi fechoría, ya al salir sólo digo que me quede de visita y que ya terminé.
C)    Junto a la caseta de vigilancia hay un terreno enorme, mismo que está “protegido” por una reja que hasta un niño se puede saltar y pasar desapercibido, entre los árboles, de cualquier vigilante (tanto de la caseta como del colegio)

D)    El vigilante, porque sólo es uno, no tiene armas, si alguien viene armado ¿Creen que la pluma de control de acceso los va a proteger?

     En fin, habemos vecinos con un poco de sentido común que no estamos de acuerdo con dichas medidas, pero aquí entra el temor. Como te lo venden como “Es por la tranquilidad de todos”, hay quien paga la cuota sin cuestionar ni analizar estos hechos obvios que acabo de mencionar.

     Llevo cuatro años viviendo en mi fraccionamiento (éste sí lo es, y no de a mentiritas) y nunca ha pasado nada ¿Por qué? Por las protecciones electrificadas que nos rodean, mismas que nos cuidan a nosotros y a los fraccionamientos vecinos, cuyas rejas eléctricas también nos protegen de vuelta. Nosotros no necesitamos de la protección externa, así que el argüendero que inicio todo esto, debió ver por su caso y no arrastrarnos al resto con él (ya me volví a enojar con este asunto).

Vive antes de que el miedo te mate

            Comprendo que al tener seres que dependen de ti (familia, niños, ancianos, etc.), el temor de que les pase algo se incrementa exponencialmente. Por ejemplo, no tengo ningún problema de aventarme de una Tirolesa a 115kms por hora, saltar de 10 metros hacia el agua o hacer rápidos Clase IV. Suponiendo que alguien con hijos lo intentara, de inmediato, la esposa neurótica del pobre iluso le gritará “¡Rigoberto! ¡No te atrevas a subirte!” todo por el pavor de que el pobre Rigoberto acabe muerto y los deje desamparados (aunque la probabilidad de morir es menor que resbalar en el baño y acabar descalabrado).

            Sobre el mismo orden de ideas, recientemente leí un artículo que rezaba “Diez destinos que debes conocer antes de tener hijos”. Dichos lugares tenían su grado de emoción y/o adrenalina. Entre líneas se entiende que, después de procrear, el miedo se incrementa terriblemente, porque ya tienes alguien que depende de ti y que no quieres dejar desamparado.

            Pero no sólo aplica con los hijos, también con las posesiones (que los engendros son una especie de posesión mientras habiten en casa). Entre más posees, el miedo de que te despojen de tus pertenencias se incrementa, lo cual me trae de vuelta al fraccionamiento y su pseudovigilancia que no sirve de mucho, sólo darles un poco de más seguridad a un montón de gente temerosa.

Con miedo o sin él, pasan cosas malas.


            He avanzado en la búsqueda para disminuir mis temores, lo noto cuando alguien me dice “¿Y no tienes miedo de correr en la oscura madrugada a solas?” Y no, no lo tengo. Obviamente no llevo nada conmigo que pudieran quitarme, aunque eso podría enojar a unos potenciales asaltantes. Estoy tratando de no temerle a las cosas negativas porque, con miedo o sin él, las cosas malas van a acontecer de todas formas.

El que temamos no reduce en nada la probabilidad de que nos pase algo (yo diría que pasa exactamente lo contrario, de hecho), pero lo que sí disminuye el miedo es el gusto con el que podamos vivir en este mundo. Las cosas malas nos pasaran a cada uno de nosotros, sin importar la angustia que sintamos o dejemos de sentir.

Lo importante es cómo vamos a reaccionar cuando esos hechos negativos se presenten y, normalmente, el miedo nos nubla la visión y nos quita mucha energía al momento de atacar el hecho que nos perjudica.


El miedo es una postura de vida muy tonta pero, por desgracia, no podemos evitarlo, por ese mismo instinto de conservación que tenemos instalado. Pero tampoco podemos caer en el exceso enfermizo de temer a toda hora y de cualquier situación, porque llegaríamos a límites ridículos de no bañarnos para no resbalar y morir en la tina (por favor no le comenten esto último a la esposa del pobre Rigoberto ¬_¬U)

           “El grado más alto de conocimiento se alcanza con la superación del miedo” – Friedrich Wilhelm Nietzsche


            Hebert Gutiérrez Morales.