domingo, 28 de abril de 2013

Dudas y diálogos internos


            Por la situación tan inestable que tenía (o tengo) desde la madrugada del Jueves, no estaba seguro si era buena idea ir al Taller de Constelaciones familiares que tenía este Sábado pasado. La duda no era por mí, sino porque no estaba seguro qué tan útil podía resultar para las representaciones en mi estado tan sensible.

            El Viernes por la tarde, después de terminar el escrito anterior, me sentía más tranquilo, tal vez no al 100% sentimentalmente, pero me sentía más estable, así que opté por ir. Pude quedarme en casa a leer y a escribir, pero creí que era más productivo irme a distraer un poco con la resolución de problemas ajenos, eso iba a resultar mejor: el sentirme útil por un momento y ver que ayudaba a alguien más en lugar de sentirme una víctima abandonada, y así evitar pensamientos pendejos en la cabeza. Normalmente, cuando voy a Constelaciones familiares, me llevo un pensamiento muy claro de la vida, así que supuse que me podría ser de utilidad.

            El problema es que al terminar el taller me fui “peor” de como llegue, pero no me arrepiento de haber ido, tanto por lo que me lleve como lo que ayude en otros procesos. Toda la estrategia clara que me había planteado respecto a la mujer que me quita el sueño, se convirtieron en muchas dudas después del evento, estaba muy disperso y confundido. Esas ideas me estuvieron taladrando la cabeza incesantemente hasta que empecé a desahogarlas en este escrito.

            Básicamente, la idea que me surgió entre la segunda y tercera constelación fue: “Hebert, la debes dejar” a lo que me escandalizaba de manera interna “¿Qué? ¿Cómo? ¿Acaso estás loco? ¿Dónde quedaron todas nuestras conclusiones de ayer? ¡Además es la razón de mi existir!” pero, tomando este último argumento me respondí “¡Por eso mismo la debes dejar! Tú debes de vivir por ti, tu alegría debe venir de adentro, no debes depender de nadie más para ser pleno” y continuaba de manera tranquila pero categórica “Ya lo echaste a perder, ella ya no te ve con la confianza de antes, y te va a costar más trabajo. Es mejor que te vayas, tal vez no se vuelvan a encontrar nunca o tal vez sí. Uno no sabe las vueltas que da la vida

            Lo que más me estresaba de esta petición es que no venía desde mi muy bien conocido Miedo, el cual tengo muy bien ubicado. La solicitud venía de una zona muy tranquila, muy madura, una sección a la que no estoy muy acostumbrado a frecuentar, pero lo decía con una firmeza muy serena, lo cual me llegaba bastante profundo.

            Seguía resistiéndome, de hecho, en plenas Constelaciones, cuando no me tocaba participar, me hundía profundamente en mi diálogo interno, tratando de darme razones para no dejarla ir, para no separarme de ella, la tristeza era enorme, porque no la quiero dejar, nadie me asegura que nos volvamos a encontrar. Pero mi impotencia era grande ante la tranquilidad de mi parte interna que se expresaba con toda serenidad, no estaba discutiendo con mi parte consciente, sólo me estaba avisando lo que debía hacer.

            Lo que más me desconcertaba es que las peticiones no eran hechas desde la victimez, en la cual he caído muchas veces en la vida con pensamientos tipo “Sí, ¡Me voy! ¡Pero me van a extrañar cuando vean lo que perdieron!”. No, al contrario, me lo planteaba como “Hebert, es por tu bienestar, debes volver a encontrarle sentido a la vida por ti mismo. Ni ahora ni nunca puedes depender de nadie para tu plenitud. Así te hubiera aceptado como pareja, NO puedes depender de ella”. Por un lado me sentí conmovido conmigo mismo pero, por otro lado, me sentí tan triste por tener razón. :’-(

            Tras un par de semanas, en la mañana me volví a pesar, y noto que he bajado otro kilo (A pesar de no haber hecho ejercicio los dos días en que eche a perder mi mundo). Con esto ya van siete kilos que he bajado desde que la conocí y me viene su recuerdo a la cabeza: “Pero es que no comes mucho Hebert, dices devorar, pero siempre te veo comer de manera normal” ese recuerdo me saca una sonrisa y una lágrima de manera simultánea, así que le digo una verdad a medias “Es que he aprendido a controlar mi hambre” aunque la respuesta completa sería “Desde que supe de tu existencia la angustia ha desaparecido, por lo que controlar mi hambre es bastante fácil” pero no le podía decir eso, porque está mal que me controle por alguien más y no por mí mismo.

Me frustra no tener el amor propio suficiente para controlarme, y me aborda un miedo “Si la dejó ¿Podré seguir controlando mi angustia, mi hambre, mi furia hacia un mundo falso?” Sé que está mal, pero el verla me hace feliz y hace que le encuentre sentido a la vida y sea feliz con mi existencia. Y este es un gran argumento para esa parte interna que me dice que la deje ir.

A diferencia del Jueves y el Viernes, en esta ocasión me encuentro muy relajado escribiendo esto, producto de lo experimentado en el Taller de ayer. Sentí demasiadas energías, demasiados movimientos y sentimientos que me vapulearon pero me relajaron. Me sigue desconcertando que el pensamiento de dejarla se exprese de forma tan tranquila, auténtica y real. No quiere decir que la haya dejado de amar (lo cual hago con todo mi ser), pero esa parte profunda me insiste en que debo partir. Estas dudas me matan: “¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene? ¡No entiendo! En verdad no entiendo”.

Algo que he aprendido es que hay momentos en los que uno no entiende cognitivamente, pero el sentimiento es tan claro, que debe de hacerle caso a ese instinto o sexto sentido que normalmente sabe lo que dice. Hay ocasiones en que todo lo queremos entender y resolver desde la cabeza, ignorando lo que sentimos al respecto. Algunas veces me he ido por el camino cerebral, para que el resultado me explote en la cara y me corrobore que lo que sentía era lo mejor.

Me da mucho miedo que si la dejo, no la vaya a volver a ver (hay muchas probabilidades de que así sea). Pero si me quedo con ella ahora, no sé qué tanto pueda lograr. Tengo una certeza que en verdad está muy desgastada mi imagen con ella, todo lo que trabaje para acercarme, en una imprudencia, lo torné en mi contra. Sé que no lo quiero aceptar, pero es muy factible que estoy mucho más rezagado que cuando la conocí, porque ahora tengo un hándicap contra el cual combatir y no sé si ella en realidad vaya a brindarme una oportunidad para redimirme.

Ella de por sí tiene sus propios asuntos que trabajar, y desconozco cuánto tiempo le vaya a tomar así que, siendo fríos, no creo que tenga mucha disposición para dejarme reparar el daño a su confianza. Tal vez lo mejor sea retirarme en espera de volver a coincidir en un mejor momento (¡Maldita Sea! ¡Ya iba por buen camino!). Si no coincidimos, voy a tener que aceptar mi responsabilidad al echar a perder la magnífica oportunidad que tuve para acercarme.

Desde que inicio todo este asunto el pasado Miércoles, no me he rasurado. Debido al vaivén emocional experimentado no le había dado importancia a la barba. Hoy, después de bañarme, he notado que la tengo de cinco días, la cual estuve a punto de rasurar pero algo me detuvo “¡No! ¡Se queda!”.

Tal vez esta barba cubra un poco mi vergüenza, tal vez quiero sentirme alguien distinto o quiero probarme a mí mismo que soy hombre. No tengo una explicación clara pero, por lo mientras, me la voy a dejar unas cuantas semanas.

Otro cambio que se gestó en estos días fue la certeza de cerrar mi cuenta en Facebook PERO, al ser una vía de comunicación con ella, empecé a dudar. Y ahí viene mi parte interna de regreso “Por fin has encontrado la fuerza de voluntad para librarte de ese ladrón de tiempo y vida llamado Facebook y no lo cierras por ella” Ahí me puse a pensar que lo importante para uno no se debe poner en función de nadie más, porque el respeto es algo muy importante en cualquier tipo de relación y no hay que actuar mustiamente por quedar bien.

“Hebert, a fin de cuentas debes ver por tu bienestar. Cuando aprendas a estar bien contigo, podrás estar bien con otra persona. Piensas que has avanzado mucho y madurado mucho, pero tus acciones siguen demostrando que anhelas vivir para alguien más, deseas anular tu existencia y bienestar por el de alguien más, ¡y eso no está bien! Todavía tienes que aprender mucho, por ejemplo, a ser pleno contigo mismo. El hecho de que hayas podido vivir solo durante tantos años no quiere decir que hayas alcanzado la plenitud personal. Tienes mucho por madurar Hebert”. Todo ese minidicurso me lo dedique mientras cerraba la mentada cuenta del Facebook.

            Y pareciera que fue a propósito, pero justamente en ese momento estaba la canción de KeaneIn your own Time” justo en la parte en que Tom Chaplin canta una nota de forma profunda y auténtica “Things are going to change, it just takes time. In your own Time. There’s no map to guide our way” y ahí sí salen lágrimas, no de victimez, sino de consciencia “Toma tiempo Hebert, toma tiempo. Parece que a unos nos tiempo más tiempo que a otros aprender a madurar”

Sin embargo, recordando las cavilaciones y conclusiones alcanzadas dos días antes, me pregunte a mí mismo “Hebert, ¿acaso esta petición de alejarte no viene del tonto orgullo?” pero no me checa que sea el tonto orgullo, porque no hay dejo de revanchismo, recalco que sigue siendo una petición tranquila, amorosa, madura y firme, algo totalmente distinto a mi violento orgullo, ése que tengo identificado con algunos de mis compañeros como el “Diva’s Mode”. Pero nop, la petición no viene del “Diva’s Mode”.

En fin, una de las pautas en Constelaciones es que no hay que tomar decisiones precipitadas después de concluir. Hay que dejar que la energía se acomode. Por lo mismo debo dejar pasar (por lo menos) unos 15 días para ver cómo me siento entonces para decidir. A mí me queda perfecto esperar dos semanas porque, desde que supe que la amaba, me surgió la idea de regalarle algo en el día del maestro, de hecho ya tengo muy claro lo que le quiero dar. Por lo menos quiero darle eso. Para mí el dar siempre ha sido muy fácil y reconfortante, lo que se me dificulta es recibir

Considerando mis posturas tan distintas en los últimos cuatro días (cómo me alegro de haber pedido dos días libres en el trabajo), definitivamente voy a esperar a que se acomode todo dentro de mi ser. Es más, ya tengo visualizado lo que me va a dar la pauta de la decisión a seguir (para dejar de estar suponiendo). Si vamos al evento propuesto a inicios de Junio, sabré que no todo está perdido, si no vamos, sabré perfectamente lo que significa y tendré que dar el paso siguiente.

Hebert Gutiérrez Morales.

viernes, 26 de abril de 2013

Impaciencia por el amor: Recuerdos y complots.


           “¡Tonto! ¡Tonto! ¡Tonto!” Es lo que me digo a mí mismo cuando empiezo mi recorrido matinal. Me recrimino lo estúpido que fui con el manejo de la situación hace un par de días.

            Después de terminar el escrito anterior, tenía algo de sueño pero opte por irme a trabajar. Llegue muy temprano y saque todos los temas a mi alcance. Le hable a mi jefa y la pedí un par de días vacacionales. Afortunadamente, y a pesar de la premura, accedió a mi petición y me regrese temprano a la casa. ¿La razón? No quería ver a nadie, sabía en qué estado me encontraba y sólo quería a solas.

            Así que después de un día en que me la pase llorando, durmiendo y leyendo, este Viernes opté por salir a correr. Tenía que correr, recordé el día que deje a Osa y Dori con mi madre, en aquella ocasión tenía que correr a solas, porque de lo contrario, no volvería a correr. Ahora pasó algo similar, aunque en estos momentos no le encuentro mucho sentido a la vida, debo obligarme a correr, de lo contrario ya no lo voy a volver a hacer.

            Al ser día laborable, el tráfico está pesado, así que mi ruta se dificulta bastante. Pero, por un momento, una idea surge en mi cabeza: como ella se levanta temprano, es factible que la vea en algún camión, así que en mi camino empiezo a fijarme en todos los transportes públicos, buscando su bella sonrisa, pero no la encuentro y eso me deprime un poco.

            Al transitar por la Recta a Cholula me surgen algunos pensamientos tétricos: “Todos estos monos van enfocados en no llegar tarde a su trabajo, van ensimismados en sus tragedias personales. Sólo sería cuestión de atravesarme corriendo y todo terminaría” Pero sólo es un pensamiento aventurado.

Aunque muchas personas tachan de cobardes a los suicidas, yo los admiro mucho, porque vaya que son necesarios huevos para suicidarse. Hoy los entiendo un poco más, esa sensación de que la vida no tiene sentido, de que sin importar lo que hagas, en realidad nada tiene sentido. Ese sentimiento de desolación y tristeza es un motivador muy potente para quitarse la vida . . . . .  pero no soy así, así que sólo me resta quedarme en este mundo y ver qué puedo lograr.

            Dicen que la vida no te da lo que quieres, sino lo que necesitas. Ayer, justo antes de la que debía ser mi última clase de salsa, tuve sesión con mi terapeuta. Esperaba ser apapachado por mi “desgracia” de ser visto como amigo pero, para mi sorpresa, fue evidenciado mi profundo egoísmo e intolerante radicalidad. “¿O todo o nada? ¿Otra vez lo mismo Hebert? Cualquier relación productiva inicia por la amistad, que es la base para construir juntos” Así que, a pesar de la resistencia natural de mi ego y de mi tonto orgullo, tuve que darle la razón, y me tranquilizó un poco antes de irme a clase de baile.

            Regresemos a la calle, sigo corriendo, pienso en lo que me dijo mi terapeuta “¿Amigos? ¿Pero si sólo somos amigos y encuentra a alguien más? Eso sólo va a incrementar mi sufrimiento. ¿Por qué no acabé todo ayer mismo?” Entonces paso frente a la taquería en la que cenamos hace dos noches después de ir al cine. Por estar concentrado en mis cavilaciones, no había notado que estaba cerca, al darme cuenta me detengo un segundo y recuerdo la grata noche que llevábamos en aquel momento ¡y surgen las primeras lágrimas del día!

            La noche anterior en consulta dije: “Nunca nadie que me interesara me había buscado para ir al cine. Por una vez en mi vida me sentí amado e importante” ¿Por qué no se puede congelar el tiempo? ¿Por qué uno no puede escoger el momento de su muerte? Yo hubiera escogido ese momento para finalizar mi existencia, por ser el más feliz de toda mi vida. Pero así no funciona el mundo así que, con todo y lágrimas, sigo mi camino en espera que nadie se fije en este corredor callejero.

            Ayer, cuando llegue a clase, ya estaba mi amada, tan bella como siempre, ¡y me dedicó una sonrisa! Y por ese breve instante volví a ser muy feliz, a pesar de todo lo que había pasado. La clase transcurrió bien y mi interacción con ella fue muy buena, no notaba dejo de recriminación o enojo.

En la clase mis compañeras notaron que me veía cansado y/o desvelado, por mis notables ojeras. Les dije que no había dormido bien, y con eso se saldó el asunto; a ninguna le pasó por la mente que era por tanto llorar en el día. Cuando acabó la clase le recordé a mi amada que habíamos quedado en que la iba a llevar a su casa, a lo que accedió y mi corazón dio un latido especial de felicidad al ver su sonrisa tímida.

            Volvamos a mi carrera de hoy. Durante Camino Real me empiezo a recriminar y a preguntarme por qué siempre hago lo mismo ¿Por qué me odio tanto? Recuerdo que en Prepa me gustaba una chica llamada Lizzette (se escribía diferente, pero mis principios ortográficos me hacen escribirlo como debería ser). Me traía loquito, así que mis compañeros me llevaron a que me hicieran un nuevo corte, tratando de cambiar mi estilo.

            Al otro día, llegando a clase, todo el salón me admiraba por el corte tipo “Vanilla Ice” diciéndome que me quedaba muy bien. En eso, se acercaba Lizzette con una de nuestras amigas y ésta, en una acción premeditada, me dijo abiertamente: “¡Hebert! ¡Qué guapo! Así ya le puedes dar chance a mi amiga (Lizzette)” a lo que el estúpido de Hebert, en una acto reflejo procedente de ese estigma autoinducido de paria, contestó “¡No! ¿Cómo crees? ¡Zafó!”. Obviamente nadie tomó bien mi comentario, pero no lo noté porque me estaba muriendo por dentro. ¿Por qué dije eso? ¿Acaso no era ése el motivo de mi peinado? ¿Acaso me odio tanto?

            Volvamos al Jueves por la noche, de camino a su casa, hago mi mejor esfuerzo para explicar mi comportamiento, para evidenciar lo mal que me siento, ofreciendo disculpas por lo inoportuno e imprudente que fui y que si ella sólo puede darme una amistad, es lo que voy a tomar. Ella sonríe y me dice que no debo ser tan duro conmigo, además de que sólo se sintió sorprendida, pero no lastimada. Eso me da una gran alivio e ilusamente creo que no perdí nada de puntos con ella . . . . . debo recalcar lo de ilusamente.

            Adelantemos el reloj unas 10 horas, después de recordar el pasaje de Prepa, llego al Baskin Robbins, en donde compramos los helados en nuestra primera cita. Ahora no me detengo, de hecho acelero, y es que las lágrimas vuelven a surgir a montones. Cómo recuerdo aquella vez en la que platicamos durante cinco horas, conocí todos los detalles de su relación de seis años, y parte de su historia familiar.

Aquella ocasión, con los helados en mano, caminamos por el Zócalo de Cholula en un ambiente íntimo y tranquilo de Lunes por la noche. Cómo fui feliz, la falta de sueño al día siguiente era compensada por mi inmensa alegría. Ahora ya no sé si volveremos a comer algún helado y ese pensamiento me intensifica el llanto. ¿Por qué fui tan estúpido? ¿Por qué no acepte lo que me daba en el momento y me puse a exigir más de lo que podía dar?

            Ahí recordé a una amiga del trabajo, misma que estaba medio loca o, mejor dicho, loca y media. Durante mucho tiempo la estuve pretendiendo, pero ella me rechazaba sin el menor tacto, así que aprendí a ser su amigo y nos la pasamos muy bien. Un día, de manera inesperada, nuestra amistad se convirtió en algo más íntimo. Fue una semana de locura, con amor intenso y sin compromisos, salíamos como pareja a todos lados.

Pero tenía que salir mi enemigo interno, ése que siempre sabe cómo actuar para echar a perder las cosas, así que empecé a cuestionar qué éramos. Ella no entendía mi pregunta, “Eso no importa, nos la pasamos bien y punto” me contestó. Nunca entendí que éramos una especie de “Amigovios” y como necesitaba una estúpida etiqueta que nos definiera, ella se alejó al notar mis convencionalismos tan anticuados y nunca más volvimos a hablarnos. Cero y van dos Hebert, cero y van dos.

Volvamos al camino de vuelta al hogar de mi amada, Jueves por la noche. Ella no quería hablar del tema, es más, me decía que pretendiéramos que nunca había ocurrido, pero notaba algo extraño en sus habituales gestos, sabía que había algo que no me estaba diciendo, así que le pregunté al respecto y, tristemente, me acabe dando cuenta hasta dónde habían caído mis bonos.

Al ser una mujer tan atractiva en todos los aspectos, es obvio que le sobran los pretendientes. Y resulta que el buen Hebert no es el primero que le salió con eso de “Te espero hasta que estés lista para relacionarte”, algo que le frustra y enoja hasta el fondo (no era necesario que lo aclarara, alcance a notar el fuego en sus ojos). Ahí me dí cuenta que esto no pintaba bien, porque ella necesitaba un amigo como yo, por algo fluían tan bien las pláticas, y no otro pretendiente “paciente” que va a esperar a que curen sus heridas. Aunque ella lo negó como causa, ahora entiendo las lágrimas de una noche anterior. Por mi hubiera detenido la plática ahí, pero no podía, tenía que sacar todo.

Mientras recuerdo el pasaje anterior, sigo corriendo por detrás de la UDLA, y me encuentro un letrero que anuncia a Jarabe de Palo en un Antro fresón llamado Damtscha (o como sea que se escriba). Normalmente esos letreros no me llaman la atención, pero de inmediato recuerdo que en nuestra cena, antes de que echará a perder todo, le comentaba sobre la gente fresa que iba a esos lugares y se sentían hechas a mano y ella me contestó “¿Cómo se llama ese lugar?” al repetirle el nombre me dijo “¡Ah! ¡Ni idea de dónde este eso!” ¡Ah! Recuerdo que esa respuesta me hizo amarla aún más, ¡es la mujer perfecta! Es la primera que conozco que no le interesan esos lugares fresones . . . . y ¿qué es lo que hago al respecto? ¡Complotearme!

Regresando a la plática crucial que tuvimos ayer. Llegamos a su casa y me empezó a leer la cartilla, aunque de manera amable pero firme: ya no puedo dejarla todas las veces a su casa, debo tomar mi distancia y ya no podemos salir tan seguido, ella uso la expresión “Esporádicamente” ¡Maldición! Me quede con las ganas de preguntar ¿Cuánto es esporádicamente? ¿Cada semana? ¿Cada quince días? ¿Cada mes? Pero sabía que no tenía derecho alguno a preguntar aquello. Además me dejó muy claro que no quiere volver a vivir un pasaje como el que protagonice la noche anterior con mi imprudencia ¡Auch! (Me lo tenía bien ganado, eso y mucho más).

Volvamos a mi corrida, al recordar el pasaje anterior, me vino otro de mis complots pasados. Antes de concluir mi proceso de Divorcio, empecé a salir con otra amiga que es madre soltera. Nos la pasábamos bien los tres (hijo incluido) y parecía que todo iba avanzando, pero no tardaría en aparecer en escena “El Comploteador”.

Un día me dijo que si la podía acompañar a un evento social de alguien del trabajo, en donde nos íbamos a encontrar a un chorro de nuestros compañeros. Cómo aún no estaba finiquitado el divorcio, y a pesar de que el abogado me dijo que no había ningún problema, opté por decirle que no. Ése fue el justo momento donde la posible relación se fue a la borda. Seguimos saliendo mucho tiempo, pero siempre supe que ella no olvidaría el punto en donde mi miedo fue más fuerte que el compromiso que sentía hacia ella, así que un día se consiguió un novio mientras me dejaba (merecidamente) atrás.

Pero volvamos a la escena frente a la casa de mi amada. Con tantas restricciones, ¿qué me impidió despedirme, entregar mis escritos y decirle que ya no iba a regresar a clase? Dentro de tantas cosas que me dijo hubo una que nunca menciono: No vamos a volver a salir. Si hubiese escuchado eso, en definitiva hubiera dado como finiquitado el asunto y hubiera ido a revolcarme en mi dolor. ¡Pero no lo dijo!

Tímidamente, le recordé que en nuestra ida al cine habíamos visto una publicidad de un evento que venía en Junio “¿Aún quieres que vayamos?” pregunte con toda la dulzura y delicadeza que me fue posible. Pensé que me iban a mandar a la chingada, pero ella dijo “Deja investigo el lugar y los precios y nos ponemos de acuerdo”. Y ahí vi un rayo de luz entre toda la oscuridad vivida en las 27 horas anteriores.

Sonreí en mi camino al recordar el pasaje anterior, ya casi llegaba a la Pirámide de Cholula. Vi unos camiones escolares estacionados al lado, mientras bajaban algunos muchachitos de secundaria. Ahí recordé que en mi niñez en el DF, cuando nos llevaban de excursión a algún lado, llegaba a ver gente corriendo en algún parque en horas y días laborales. Al parecer en perfectas facultades y no ser adinerados me preguntaba “¿Acaso esta gente no trabaja?”

Supongo que los chamacos, al verme en la misma situación (Corriendo tranquilamente en Viernes por la mañana) han de haberse preguntado lo mismo. Ahí comprendí a esos corredores que veía en mi niñez: “Así que ellos también pedían días libres para enfrentar a sus demonios” fue una conclusión a la que me gustó llegar.

Al ver a algunas chamaquitas que iban en grupo vi algo que me conmovió: una de ellas marchaba de manera juguetona al avanzar con sus amigas. La escena en sí no fue lo importante, sino el recuerdo de nuestra visita al cine. Vimos “Los Croods” y, como estuvimos muy felices con la película, mi amada se puso a bailar y marchar al ritmo de la canción de créditos. ¿Me daba cuenta? ¿Ella se sentía libre conmigo? ¿Por qué demonios permití que mi enemigo interno hiciera de las suyas? ¿Por qué soy tan imbécil conmigo? ¿Acaso no quiero ser feliz?

Con esas cavilaciones, las lágrimas volvieron a surgir. ¿A quién engañaba? Era factible que ella ya no me diera más oportunidades, tal vez sólo estaba engañándome a mí mismo, en un intento patético de aminorar mi dolor al estar a su lado. De pronto encontré ridículo el correr, me di cuenta que la vida es una estupidez y me preguntaba para qué demonios seguía vivo. Así que me detuve al lado de un árbol cercano y lloré con amargura.

El problema con las muestras públicas de dolor es que atraen mirones de inmediato. ¿Acaso uno ya no tiene derecho a sentirse triste? Seguí mi camino hacia la pirámide en lo que trataba de controlar mi llanto, más por el pudor de mostrar lágrimas en público que por un sentimiento auténtico de calmarme. Entendí la necesidad de Joel y Clementine de borrar las memorias compartidas con la persona amada.

Subí la pirámide dos veces. Cuando baje por las escaleras de la parte detrás de la Iglesia, me vino un recuerdo de la primera vez que estuve en ese lugar. Harumi, mi primer amor, me había enseñado ese camino para llegar a la cima, de eso ya hace 11 largos años.

Seguí mi camino con los recuerdos de Harumi. Obviamente también me había comploteado bastante con aquella mujer pero, estaba tan enamorado, que nunca la deje mandarme a la goma. Entonces ¿Qué demonios pasó para que no se concretara nuestra relación?

Cuando ella mi dijo que sus padres no querían que la fuera a visitar a Japón, le dije adiós. Me sentía herido y sin razón para existir. Dos semanas después de eso, un día recibí un mail de ella, muy casual, preguntándome que cómo estaba. Mi dolor me cegaba en aquel entonces y le conteste, de manera tajante que ya no me escribiera más.

Esa historia fue la versión oficial que privó en mi mente, hasta que hace dos años mi amiga Ari me abrió los ojos: “Hebert ¿Acaso no lo ves? Ella era hija de familia, no podía traicionarlos, además la juzgabas como si fuese mujer independiente como tú”

Pero eso no fue lo peor, después me dí cuenta que ella se me había acercado por primera vez a mí. Todo el tiempo era yo el que la abordaba pero, por una única ocasión, ella se me acercó, en búsqueda de un amigo, alguien que la entendiera ¿Y qué hice? Me porté como un auténtico imbécil y la mande al carajo. Ahí me hice consciente de mi intolerancia y radicalidad, porque sólo la tenía que esperar ocho meses, ¡por ocho estúpidos meses hice mi panchito! Todo por un estúpido orgullo que siempre me dice “Todo o nada Hebert ¡Todo o nada!” Así que no me extrañó su rechazo cuando la contacte años después.

Desde hace años ya no me duele Harumi, sin embargo conectar el recuerdo de mi primer amor con la actual me puso en un estado intratable. Afortunadamente ya iba de regreso en la Recta, en una zona solitaria, así que encontré un rincón privado en la entrada de un edificio en donde ponerme a llorar en paz. Estuve así un par de minutos cuando, sin que la percibiera, se me acercó una señora a preguntarme “Joven ¿se encuentra usted bien?”

Además de sorpresiva, la amabilidad de una desconocida me conmovió bastante, e incremento la intensidad de mi llanto, por lo que le conteste “En realidad no, pero muchas gracias por preguntar”, mientras me levantaba y corría tan rápido como pudiese para alejarme de tan amable señora, misma que se preocupó auténticamente por un desconocido que lloraba amargamente a la entrada de su edificio.

Ya no veía la hora de llegar a la casa para poder desahogarme en paz aunque, en realidad, mi indignación era hacía mí mismo. En realidad los pasajes de Lizzette, de mi amiga la loca o el de la madre soltera me habían importado poco. Lo de Harumi era harina de otro costal y, lo que es peor, estuve a punto de hacerlo otra vez (y muy cerca diría yo) con la única mujer que me ha hecho sentir algo más fuerte que lo que sentí por mi primer amor.

¡Maldición! ¡Debo de acabar con este patrón de inmediato! En verdad quiero estar con ella, pero ahora me he complicado las cosas. Tenía un camino muy bueno que me había forjado, me había ganado un lugar en sus amigos ¡y hasta me había invitado al cine! ¿Y qué hace el “brillante” Hebert? Se emociona y casi lo echa todo al desagüe . . . . . Pero no se fue todo al infierno.

Aún me queda un boleto, tal vez antes tenía muchos, pero no me quede sin nada. Ella me ha dado otra oportunidad, limitada de inicio, pero es otra oportunidad. Perfectamente me pudo mandar al demonio, ¡pero no lo hizo! Sé que tengo muchas restricciones, pero “esporádicamente” vamos a salir, y esos son mis chances de recuperar terreno para regresar a ser su amigo.

Ya me rechazaron una vez y, al volverme el amigo, logre avanzar lo que ni me imaginaba (con mi amiga la loca). También una vez el tonto orgullo, con su postura de “Todo o nada” me hizo perder a mi primer amor. Se dice que el ser humano es el único animal que tropieza con la misma piedra, pero eventualmente debo de aprender.

El orgullo es algo que no me puedo extirpar, eso lo tengo claro, pero sí puedo observarlo con especial atención con una sola persona: con la más importante que he conocido en mi vida. Tal vez el orgullo me haya llenado de algunas victorias, pero han sido huecas. Por ejemplo, rechacé a Harumi en su momento, y me sentí muy bien por mi malentendida dignidad pero ¿a qué costo? No puedo echar a perder mi vida nuevamente.

Hoy corrí más de tres horas, las cuales resultaron muy productivas para hacerme consciente que el único responsable de mis fracasos sentimentales lo veo a diario en el espejo, y ya va siendo hora de que el “Comploteador” se vaya sumando a la causa o se vaya largando definitivamente. ¡Ya basta de complots!

Hebert Gutiérrez Morales.

jueves, 25 de abril de 2013

El mejor amigo

           16:15 hrs. Me encuentro mentando madres por temas políticos laborales que tenemos con Alemania, de pronto, suena mi celular, lo cual llama mi atención. Veo la pantalla y el rostro se me ilumina de alegría ¡Es ella! ¡Y me está hablando! Contesto y mi mundo se torna de pronto perfecto: a pesar de que está muy ocupada, ¡quiere que vayamos al cine!

            La felicidad me invade, una sonrisa se desborda de mi rostro y no puedo evitar simplemente ser feliz, por unos breves momentos pienso que la felicidad en la vida existe y que, en realidad, el mundo no es un lugar tan malo después de todo. Así que procedo a cancelar lo que tenía para la tarde y noche para dedicarle todo el tiempo a ella.

            Desde que la veo todo es perfecto, me regala una alegría (además de todas las que me ha dado con su presencia, también me da un dulce con dicho nombre) y platicamos amenamente.

            La película es excelente, la cena es aún mejor y su compañía es simplemente perfecta, me pregunto si alguna vez en mi vida he sido tan feliz como en aquellas horas a su lado.

            La llevo a su casa y seguimos platicando, charlamos sobre el duelo que tiene que resolver para superar a su pareja de seis años. Todo va de maravilla, sus ojos son simplemente hermosos, su sonrisa es perfecta y su simple existencia me hace cuestionarme qué he hecho para merecer tanto. Y de pronto ¡Lo echo todo a perder!

            Hemos platicado tan a gusto, tan honestamente y, según mi maldita imaginación, juraba ver un brillo en sus ojos que me parecía que era amor, pero en realidad era mi propio sentimiento reflejado a través de su hermosa mirada.

            Me dice “Quiero limpiar esto para el día que inicie otra relación lo haga de manera pura y que sea productiva” y ahí viene el bocón de Hebert, presa de los anhelos, de los sueños y de esas estúpidas esperanzas que me había jurado no volver a tener y que nuevamente invadieron mi vida.

            Le digo que quiero acompañarla en su proceso de sanación, quiero que viva ese duelo porque me gusta mucho, me interesa bastante conocerla y que ella me conozca. De pronto se pone a llorar, y no entiendo la razón.

            Palabras más, palabras menos, me dice que me aprecia mucho . . . . . como amigo. Y todo acabó.

            Dice Oscar Wilde que ninguna amistad auténtica es posible entre un hombre y una mujer, pero soy la excepción que rompe esa infalible regla. Al recaer casi toda la educación familiar en mi madre, más la sensibilidad extrema que herede de mi padre, resulta que la mayoría de mis amistades auténticas son mujeres.

            ¡Vaya! ¡Qué afortunado soy! ¡Puedo ser amigo autentico de mujeres! Les inspiro confianza sin tener que ser gay, por lo que me abren su corazón de manera segura porque saben que no me voy a aprovechar de ello.

            Le pregunto a mi amada si no se había dado cuenta de mis intenciones, que para mí resultaban bastante obvias, pero me responde que no lo había notado. A partir de ese momento mi vida pierde el sentido recién encontrado. Porque además de ser el amigo, mi recriminación es doble: traicione su confianza, ella lloraba por la decepción de ver que la escuchaba porque me le quería acercar, no por ser amigos.

            Durante los últimos dos meses había encontrado una razón para vivir, había bajado seis kilos, mi angustia por comer se había reducido considerablemente, de hecho estaba controlando bien mis comidas, mi característica misantropía se había casi esfumado, ya no consumía ni la décima parte de los chicles o el café que normalmente consumo, además de que en este tiempo le había escrito siete ensayos exclusivamente a ella (con este van a quedar en ocho).

Sin embargo, también dormía menos, ya no tenía ganas de escribir sobre otros temas (de hecho los últimos ensayos fueron escritos en el mismo día de su publicación, contrario a mi costumbre de prepararlos por lo menos con una semana), además de que muchas personas me decían que me sentían cambiado y un poco distante.

El amigo, ¡qué maravilla! Siempre se me ve como el amigo fiel y sincero.


¿De qué me sirve todo lo que he trabajado personalmente? ¿Todo lo que he leído? ¿Todo lo que practico a diario en interacción personal? Para ser el amigo. ¿Saben? Es muy frustrante.

Llego a la casa e intentó concebir el sueño entre lágrimas, ¡imposible! Tengo demasiadas ideas pululando en mi cabeza y una mezcla de indignación, sufrimiento y frustración en el pecho. Me digo a mí mismo que debo reagruparme, que debo recuperarme pronto para seguir adelante ¿Adelante? ¿Hacia dónde? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene?

No quiero hablar con nadie, no quiero que amanezca, sólo quiero desahogarme a través de esta pantalla impersonal, a través de este escrito que va a ser el último que voy a publicar en mucho tiempo.

El amigo ¡Que afortunado soy!

Todo carece de sentido, es increíble que hace 11 horas mi vida parecía perfecta y ahora yace vacía a mi lado. Lo único que quiero es entregarme al sufrimiento y llorar desconsoladamente, quiero revolcarme en un charco de forma patética, ahogarme en todas esas “lindas” características que me hacen ser “un buen amigo” . . . . . pero no puedo.

            Ayer, que de hecho ya es anteayer, cuando la deje en la puerta de su casa y nos abrazamos de despedida me dijo “¡Muchas gracias Hebert! ¡Eres muy lindo conmigo!” Ésa maldita palabra fue la que encendió mi alarma interna: “lindo”, es una palabra que he escuchado muchas veces en mi vida y sé que connotación trae. No tengo mucha experiencia en relaciones sentimentales pero nunca he escuchado que alguna mujer le diga a su pareja “Lindo”.

Por ese motivo no me arrepiento de lo que hice. Llevamos poco tiempo viéndonos y ya me estaba viendo como amigo. Si he de sufrir por ser el amigo, prefiero que el infierno se desate desde ya, y no invertir meses en una conclusión a la que ya debería estar acostumbrado “Te veo como amigo”.

No culpo a nadie, tal vez es mi karma. Muchas veces lo he dicho en broma, pero ahora sí lo voy a decir en serio ¿Por qué no fui un cabrón como el resto de los hombres? ¿Por qué me tocó ser el buen chico? Sin embargo, ésa es mi esencia, “El amigo”.

No quiero ir a trabajar, no por el trabajo en sí, sino porque no quiero platicar con ninguna de mis amigas, ¡CON NINGUNA! No quiero experimentar ni su lástima ni su empatía, no quiero que me cuestionen nada, no quiero enfrentar la humillación de explicar que la mujer por la cual doy la vida sólo me ve como amigo, es algo que no puedo soportar.

Algo que tengo muy claro en este momento es que dentro de 16 horas voy a ir a mi última clase de Salsa, y eso porque quede de llevarla a su casa al terminar la misma. ¿Qué le voy a decir? Tengo la intención de darle los 8 escritos que le he dedicado pero ¿Para qué? ¿Tiene sentido? Trato de buscar una respuesta de la cual carezco.

Tal vez es mi ego, tal vez necesito que ella sepa toda la intensidad que me hizo sentir, tal vez es un regalo para mí mismo, por lo menos la persona a la cual se los dedique los conocerá y tal vez piense que estaba loco, tal vez que era un apasionado obsesivo o tal vez, y sólo tal vez, sean un bonito recuerdo que algún día les pueda enseñar a sus nietos.

El amigo, ¡qué suerte la mía!

Me siento desorientado, me siento vacío, me siento muy triste.

Volteo y veo mi celular de tercer mundo. Este Viernes iba a comprarme un Smartphone, porque quería el Whatsapp para comunicarme con ella, ya que mis mensajes de texto no le llegaban. Yo que estoy totalmente en contra de los Smartphones por esa estúpida adicción que causan, iba comprarme uno de los mejores. Tal vez es mejor que me enterara de una vez hoy, así ahorré dinero y lo puedo invertir en algún viaje.

¡Qué estúpido me siento! Le decía que cada vez que fuésemos a algún lugar por primera vez yo iba a pagar la cuenta y que después íbamos a ir en proporciones justas. Le decía de ir al teatro, de ir al cine, de ir a comer y, según yo, mis intenciones eran obvias. Tal vez mi esencia tan “amistosa” borra cualquier intención que pueda expresar, por más obvia que sea.

Sé que estoy herido en estos momentos, pero ya no quiero tener más amigas. Tal vez mantenga a un par, a las más valiosas, pero ya no quiero más amistades femeninas, ya no quiero ser el “mejor amigo” de nadie.

En momentos así corroboro que soy plenamente agnóstico, o ateo para los menos ilustrados, porque no apelo a la misericordia de un ser magnifico en el cual no creo. Aunque sus seguidores me dirán que esto es un castigo por mi falta de fe, en realidad no importa. No necesito tenerle fe a un ser fantástico, con la fe que le tenía a una maravillosa mujer era más que suficiente.

¿Por qué no puedo revolcarme en mi sufrimiento como hacía antes? ¿Qué demonios hago aquí escribiendo en lugar de sentir lástima por mí mismo? ¡Ah! Es el producto de tanto trabajo personal que me impide caer en viejas costumbres que, aunque sé que son dañinas, en verdad las extraño en estos momentos.

En fin, como puse en otro escrito, no puedo controlarla, no puedo hacer que sienta o piense de cierta manera, no puedo quitarle esa imagen que tiene de mí como “amigo” y sustituirla por la de “pareja”.

Sólo me queda agradecerle por haber nacido y por coincidir brevemente en mi vida. Por permitirme vivir una ilusión que pensé que no iba a volver a experimentar, porque me permitiera volver a sentirme como un humano común y corriente con derecho a enamorarse. Y le agradezco sobretodo hoy (o mejor dicho ayer), en que me regalo una llamada y lleno mi mundo de mágicas fantasías que ahora tendrán que regresar a su baúl, de donde nunca debieron haber salido.

No me arrepiento de conocerla, en verdad estoy muy feliz por haberla visto, por ver que existía. Ahora sólo me queda encontrar la brújula nuevamente aunque no me importa mucho a dónde lleve.


Lo único que me parece injusto de la vida es que los “amigos” no podamos ser vistos como algo más, eso en verdad me encabrona. Tal vez sea algo que debo aprender a aceptar.

Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 21 de abril de 2013

La única hazaña de Los Vampiros


Nunca he sido bueno para los deportes, y mucho menos para los de conjunto. Sin embargo, en Prepa fuimos campeones de Basketball en el tercer año (con un equipo llamado “Naranja Mecánica”) y eso fue importante para mí. Pero mis recuerdos más valiosos del Basketball preparatoriano fueron en segundo año, cuando mi equipo era una auténtica vergüenza.

Mi grupo de primer año fue  separado en el segundo, por lo que todos mis amigos quedaron en los otros dos grupos, y me quede con un bonche de “gente extraña” en el segundo año grupo B. Para mi desgracia me tocó el más mediocre de los tres segundos, a pesar de ello, era una tradición escolar que cada grupo tuviera un representante de Basketball. Más por obligación que por voluntad, nos metimos al torneo, naciendo así “Los Vampiros”

No era un grupo del cual sentirse orgulloso, de hecho fui nombrado capitán, no por mis habilidades deportivas, sino porque alguien tenía que serlo. Además de que, como buen ñoño, siempre estaba al tanto de las juntas de capitanes y me preocupaba por recolectar el dinero de los arbitrajes, que siempre acababa poniendo de más por lo irresponsables que eran mis compañeros.

Éramos una victoria segura para el resto de segundos y todos los de tercero, y batallamos para que no nos ganaran los de primero, aunque nos llegaron a arrancar alguna victoria. Recuerdo que en la segunda vuelta del torneo, nos tocaba uno de los terceros más fuertes, lo que significaba otra derrota cantada. Durante la semana previa se nos acercó su capitán y nos dijo “Si nos regalan un cartón de chelas y un kilo de carnitas, nos dejamos ganar”

La propuesta nos tomó por sorpresa, aunque era lógica, ellos iban muy adelantados y una derrota no les hacía mella. En realidad nosotros estábamos buscando el octavo y último boleto para la postemporada (y no es que fuésemos buenos, es que pasaban 8 de 12 equipos). Lo platiqué con el resto del equipo pero la respuesta fue negativa, y no por cuestión de principios, en realidad éramos unos tacaños de primera (apenas y completábamos lo del arbitraje).

Nuestros condiscípulos superiores se enojaron y nos amenazaron con que nos iban a apalear otra vez (en la primera vuelta nos habían ganado por más de 30 puntos), y nos recordaron que en su partido anterior le habían metido 100 puntos al peor equipo de primero (estamos hablando que casi ningún equipo llegaba a anotar 40 puntos en un partido).

Llego el Sábado, día del juego, para nosotros no significaba gran cosa, estábamos resignados y simplemente jugábamos por dignidad (honestamente pensé que nadie se iba a presentar para perder por default), pero en aquella ocasión nos completamos los cinco exactos.

Hay ocasiones en que las estrellas se alinean, en que la tierra empieza a girar al revés y que la lógica pierde todo sentido. Como muestra de burla, ellos metieron a toda su banca para que se foguearan contra nosotros. Avanzaba el juego y metimos la primera canasta (2-0), luego metimos otras dos (6-0) y así llegamos hasta la friolera del 12-0.

Nadie en realidad estaba tomando en cuenta nuestro partido, que era el primero de la jornada, todo el mundo sabía que ese equipo podía meter una ráfaga de puntos en cualquier momento, ellos lo sabían y nosotros también.

Cuando metimos el 14-0, su capitán mandó un cambio múltiple y entraron todos los titulares, y empezaron a remontar. Obviamente recortaron la diferencia en un santiamén . . . . . . pero nunca nos rebasaron. Por alguna causa empezamos a jugar buena defensa o ellos venían crudos porque estaban fallando demasiado.

Así avanzó el tiempo y nos la empezamos a creer, nos sentíamos motivados y empezamos a jugar el mejor partido de toda nuestra temporada (si no es que de nuestra vida). Ellos encestaban y nosotros también, lo más que llegaron a hacer fue empatarnos. Es más, yo casi nunca anotaba y en aquella ocasión acerté un triple y un doble. El más impactante fue el de tres puntos, porque fue en el minuto final y con ello no separamos a cinco puntos.

Al final les entró la desesperación y empezaron a insultar a los árbitros, por lo que les marcaron algunas faltas técnicas y su capitán fue expulsado, y ése fue su fin, porque todavía les encestamos dos puntos más y acabamos ganando 27-20 (aún recuerdo el marcador como si hubiese sido ayer).

Para mí fue muy especial, porque durante los últimos minutos del partido, ya habían llegado mis amigos de los otros segundos, más otros equipos de tercero. Nadie daba crédito de lo que estaban viendo sus ojos: Los patéticos Vampiros le estaban ganando a uno de los trabucos de tercero.

Al sonar el silbato final, gritamos de la emoción, hasta lágrimas salieron porque ni nosotros lo creíamos ¡habíamos ganado! Fue nuestra única victoria contra un equipo de segundo o tercer grado en todo el año, nosotros que habíamos sido avergonzados al perder con un equipo de primer grado. Era un momento glorioso y que siempre anidaré en mis recuerdos.

Al terminar el partido, los más gandayas del otro equipo llegaron a cobrarnos “¡Bueno ya! ¡Nos dejamos perder! ¡Ahora paguen!” Nosotros nos los quedamos viendo extrañados y antes de que empezara la violencia, vino su capitán a estrecharme la mano y decirme “¡Bien ganado!”

Creo que ese “¡Bien ganado!” fue lo que más me llegó al alma, porque al final hubo humildad de su parte y reconocimiento a nuestro esfuerzo. Todos sabían que habíamos tenido suerte, que si jugáramos 100 partidos entre nosotros, ellos iban a ganar 99 de ellos. Para nuestra fortuna nos tocó la suerte de ese 1% y ganamos de manera heroica.

"Todo el mundo debería tener derecho a quince minutos de gloria." – Andy Warhol

Toda la semana siguiente, fuimos las celebridades de la escuela, por una vez en la vida me sentía como una atleta realizado “¡Viste como mi Hebert se echó ese triple!” e imitaban el tiro que había hecho. Todos los recesos me los pasaba con mis amigos de los otros grupos, así que me tocó el reconocimiento de aquella ocasión, además de que en el salón todos estaban orgullosos que, por una vez, su equipo de Basketball hacía algo bien: “Los Vampiros” de 2º B habían ganado sorpresivamente.

A la siguiente semana le ganamos con trabajos, fieles a nuestra costumbre, a unos de primero y pasamos a la postemporada, en donde fuimos masacrados por mis amigos de otro de los segundos. Aquel año ni mis amigos ni el equipo de tercero al que le ganamos ni, obviamente, nosotros, fuimos campeones, ya que otro equipo de tercero se alzó con el título.

Al pasar a tercer año, me re-encontré con mis amigos de primero y reintegramos a “La Naranja Mecánica”. Antes de ello “Los Vampiros” se me acercaron y me dijeron que si quería a volver a ser su capitán, a lo que contesté que no. Obviamente la anécdota arriba mencionada es bonita, pero en realidad fue un año muy desgastante al convivir con un grupo tan desobligado. Por lo mismo, prefería ser banca en un equipo campeón que capitán de un equipo mediocre (típico comportamiento egoísta adolescente).

Ese tercer año fue inolvidable también, nos divertimos bastante y fuimos campeones con relativa facilidad. Ya no me tenía estresar por ir a juntas de capitanes, por pagar el arbitraje o acarrear gente para completar el equipo. Simplemente me subí como un pasajero más y disfrute el viaje hasta la victoria.

Pero no puedo negar que, siempre que podía, apoyaba a “Los Vampiros”, veía sus juegos y les echaba porras, el hecho de que ya no quisiera jugar con ellos no quería decir que los había dejado de apreciar. De hecho esos fueron los únicos dos partidos en los que no jugué ni un minuto, porque le dije al capitán que no quería participar en dicha masacre (y así fueron ambos partidos). Tal vez no fueran mis amigos, pero habían sido parte de una de mis más gratas experiencias.

No siempre los recuerdos más brillantes son los que uno alberga en su corazón, por lo menos para mí, la victoria sorpresiva de un equipo mediocre y remendado siempre será más valiosa que el campeonato de un equipo poderoso y bien armado.

Muchas gracias “Vampiros”, siempre tendrán un lugar en mi corazón y en mis recuerdos.

Hebert Gutiérrez Morales.