sábado, 30 de marzo de 2013

Mi pecado Capital favorito


            Estaba en mi lugar, a punto de comerme una rica rebanada de pastel acompañado por un cafecín. De pronto Peter, el practicante que se sentaba delante de mí, me ve y me dice “¿Qué estás haciendo? ¿Otra vez estás tragando?”. Lo peor del asunto es que ¡tiene razón! ¡Me la paso tragando todo el día!

            Lo digo de todo corazón: en verdad me hubiera encantado que mi pecado capital máximo hubiese sido la lujuria y no la gula; pero, como dice José José, “Uno no es lo quiere, sino lo que puede ser”. Para bien o para mal, la gula es mi más grande pecado capital (seguido por la vanidad).

            Recientemente asistí a una fiesta en la cual había tres niños en la mesa. Veía la vehemencia con la que rogaban a los engendros para que comieran. En ese momento recordé lo feliz que era mi madre conmigo: además de ser un ñoño que obedecía todas las reglas, siempre estaba orgullosa por mi buen apetito y, como quería tenerla siempre feliz, no desperdiciaba bocado alguno, sin importar que ya estuviera lleno.

            Como ya explique en otro escrito, aprendí a comer sin hambre por un simple comentario materno, haciendo alusión a no dejar algo en el plato, por tal motivo estoy programado para dejarlos limpios y no desperdiciar nada. Las pocas veces que he dejado sobras, me siento mal por tirar el alimento, es como si yo solito estuviera matando de hambre a los niños africanos (obviamente sé de dónde proviene dicho sentimiento de culpa).

            Desde pequeño, tengo muchos recuerdos relacionados con mi forma de tragar. Por ejemplo, a los ocho años me zampé media Sandía, lo cual me hizo vomitar durante gran parte de la noche, aunque no por ello me dejo de gustar dicha fruta. También recuerdo que en la adolescencia me desayunaba un litro de licuado de fruta con tres piezas de pan de dulce ¡y en la cena me recetaba la misma dosis!

Otra memoria que tengo respecto a mi glotonería es cuando me compre un kilo de carnitas, con sus respectivos aditamentos y (aunque normalmente prefiero el agua) un refresco familiar, para ver un partido de mis amados Delfines, o tantas veces que me trague una pizza familiar yo sólo mientras el resto de mi familia se consumían otra para ellos cuatro. En fin, tantas y tantas anécdotas que reflejan fielmente mi enfermedad y/o angustia por devorar.

            Volviendo a la oficina, estábamos platicando en Junta Interna sobre alguna reunión de fin de año, cuando mi jefa estaba dijo “Mira Hebert, cuando tengas hambre . . .” de pronto fue interrumpida por alguien “¡Hebert siempre tiene hambre!” y, lo triste de todo es que es cierto.

            Ciertamente no ha de ser muy sano, pero reconozco que me encanta comer. Soy de los que viven para comer en lugar de comer para vivir, no está bien que lo diga, pero no va a dejar de ser cierto con que lo oculte. Podría decir que no estoy orgulloso de eso, pero también sería una mentira, ya que esta “cualidad” me ha traído mucho reconocimiento a lo largo de los años.

            Al igual que todas nuestras desgracias, el comer mucho me da identidad. Siempre he sido “celebrado” por la cantidad que como y al ritmo que lo hago: “¡Mira cómo come!” “¡Yo no podría!” “¡Eres una bestia!” “¡No eres humano!” y demás expresiones que me significaban atención e importancia de los demás. Tal vez de niño no lo entendía así pero, ahora que soy adulto y lo comprendo, ¿Por qué no dejo de comer de manera obscena? A ver si lo averiguamos avanzando el escrito.

“En el fondo, lo que queremos es que se nos quiten los síntomas pero no la enfermedad, porque no nos atrevemos a sanar” – Alejandro Jodorowsky.

            Un hecho triste, y que me hizo notar mi amigo Augusto, es que sólo como porque sí, ya no degusto las cosas: en un Buffet de cortes, me comentaba “Te diste cuenta que te tragaste el último pedazo de arrachera” a lo que conteste “¿En serio? ¡Ni lo note!”. Me da mucho placer comer, algo así como los que compulsivamente compran: el placer no proviene de lo que llevan o para quién lo llevan, sino sentirse poderosos por el hecho de adquirir, de pagar algo. Algo así me pasa con la carne: ya no importa el tipo de carne (aunque soy bastante melindroso con el pavo, cordero y, a veces, con el pollo), ya sólo es el hecho de comer (y mucho) lo que me alegra.

            Mi amigo Luis me dijo en alguna ocasión: “La carne para ti es como el alcohol para los borrachos”. Soy honesto, he aprendido a identificar cuando he tenido suficiente y ya no comer más pero, cuando se trata un Buffet, puedo ignorar el sentido común y seguir comiendo como si nada, porque he aprendido a devorar aún sin apetito.

            ¡Malditos Buffets! Los odio con todo mi ser, porque me dan la posibilidad de tragar todo lo que quiera o pueda. Al entrar a ellos bloqueo toda responsabilidad de medir mi consumo y simplemente me atasco tanto como sea posible, para demostrarme que sigo siendo una monstruosidad en cuanto a comida se refiere. Si ordeno a la carta puedo controlarme, porque no siento esa necesidad compulsiva de comer, por lo que regulo la cantidad a ingerir. Por lo mismo evito, en la medida de lo posible, cualquier tipo de Buffet.

            Seguramente soy un comedor compulsivo. “Mal de muchos, consuelo de tontos” reza el dicho, como mi comportamiento es tan generalizado a mi alrededor, no es tan notorio como un fumador o un alcohólico (ya no digamos un drogadicto). Sé que no importa cuántas dietas, rutinas de ejercicio, complementos alimenticios o pastillas maravillosas llegue a consumir. Básicamente la solución a mi problema está en mis manos: comer de manera inteligente para, como digo que quiero, bajar de peso.

            La segunda vez que fui hacer Rafting a Jalcomulco uno de los guías, Christian (de nacionalidad argentina), me comentaba de manera amigable: “No entiendo esa necesidad de los mexicanos de comer demasiado” y tiene razón. Hemos aprendido a comer sin hambre, a servirnos generosamente sin tener el apetito que respalde nuestras porciones. Si fuésemos más racionados, seguramente no padeceríamos de sobrepeso y no habría tanto desperdicio de comida, y es que también somos inconscientes y egoístas con todo lo que desperdiciamos en perfectas condiciones.

            La Gula está propiciada por la sociedad consumista en la que vivimos, en dónde siempre se anhela más aunque no sea necesario, al igual que el dinero: No importa que tengamos la cantidad económica suficiente para vivir con plenitud, si alguien te llega a ofrecer más, lo vas a tomar sin importar que haga o no falta. Con la gula pasa igual, uno ya sabe cuando ha comido suficiente y que, pasados 15 minutos, la sensación de saciedad llegará a tu cerebro pero, ¿por qué desperdiciar la oportunidad de atragantarte?, así que te atascas todo lo que puedes al momento, quién sabe si el día de mañana haya esta cantidad de comida. Esto demuestra una miseria muy marcada propiciada por el consumismo insaciable.

            Alguna vez leí, en mis años universitarios, que uno debe masticar el bocado entre 18 y 20 veces (como si fuésemos vacas). Así que mis amigos y yo teníamos que comprobarlo, y fuimos a comernos unos tacos al centro de la ciudad. Lo intente a la primera “una, dos, tres . . .¡glup!”, así que lo intenté otra vez “Una, dos, tres, cuatro . . . ¡glup!” y así seguí tragando tacos intentando (infructíferamente) llegar a las mentadas 18 masticadas. Mi récord máximo (y con un esfuerzo consciente) fueron siete antes de tragarme el bocado, en verdad no entiendo cómo hay gente que puede mascar su bocado 20 veces, por lo menos para mí es física y psicológicamente imposible.

            De hecho no me molesta seguir tragando a ritmos bestiales e inhumanos, por el placer obtenido. Lo único que me molesta es el subir de peso. He llegado a la conclusión que mi peso no importa tanto sino cómo están distribuidos los kilos y cómo me veo, pero me sigue importando el pinche número en la báscula. Sigo siendo talla 32, la gente me dice que me veo bien y, a un nivel consciente, sé que no estoy obeso (o por lo menos no lo aparento), porque me veo al espejo y me gusto.

Sin embargo, todas esas evidencias pasan a segundo término cuando una triste cifra en una báscula me angustia. Me apena que el peso (ya sea que suba o baje) tenga tanta relevancia en mi estado de ánimo, me avergüenza estar en un nivel tan primitivo e infradesarrollado como para que algo tan irrelevante sea primordial en mi bienestar.

            Cuando conozco a alguien que come a mi nivel pero de constitución delgada, producto de un metabolismo envidiable, empiezo a fantasear de todo lo que haría (y no haría) al carecer de esa tendencia a engordar. Si fuese delgado por naturaleza, creo que no haría ejercicio, aprovecharía todo ese tiempo para leer, escribir o ver películas; además de que tragaría como cerdo y sin limitación alguna ¿Ensaladas? ¡Olvídenlo! Devoraría todo lo que fuera delicioso sin importar lo malo que fuera para mi salud.

            Por tal motivo debo de estar agradecido con el metabolismo que me tocó, ese mismo que tiende a engordar porque, gracias a ello, hago ejercicio y cuido (en algo) mi alimentación. Y es que, como ya mencione en el escrito de la Obesidad, no hago ejercicio por salud, lo hago por vil vanidad, aunque los beneficios son los mismos sin importar las motivaciones (felizmente).

            Soy producto de dos grandes males de la sociedad capitalista actual: por un lado sufro la presión de ser delgado, mantenerme en forma, para ser amado, querido y mejor humano que los obesos (una verdadera idiotez que tenemos tatuada en el inconsciente); por otro lado, también tengo esa necesidad de comer como si estuviera en el último día de mi existencia, tanto como puedas, como si mañana no fuera a haber.

Todo radica en esa necesidad de gratificarte, de sentirte premiado, de sentirte bien, de consentirte, no sé por qué lo hacemos a través del alimento. Obviamente esa insaciable hambre es el reflejo de alguna angustia, los motivos son variados (y por lo mismo voy a terapia). Es reflejo de alguna carencia, una angustia que me atormenta. no es dejar de comer porque sí, el meollo del asunto es resolver esa angustia para que, de manera natural, deje de atragantarme compulsivamente y regrese a estándares humanos, al superar la necesidad de comer más de lo que puedo o necesito.

            El problema no es tragar, sino la culpa que genera. Después de tantos años de ser tragón, he aprendido a comer sin (tanta) culpa: simplemente gozo mis alimentos, y después lidiaré con las consecuencias. Antes, cuando comía con remordimientos, ni disfrutaba mi comida, de todas formas engordaba y me sentía mal. Quité prejuicios, o sea todos los “deberías”, y así me sabe más rica la comida; con esto he recuperado la dignidad al comer o, en mi caso, del tragar.

            “¡Cabrón! ¡Ya deja de comer!” Es lo que me dice el Pokemón

            Me he dado cuenta que estando solo puedo ser lo suficientemente disciplinado para cuidar mi alimentación, lo cual me da mucho gusto. Por lo mismo es que el melox y los chicles los tengo en la oficina, ya que ahí es dónde se presentan las mayores tentaciones culinarias. Pareciera que en el trabajo nos pagan por comer, a tal grado que llegamos a hacer nuestras quinielas para bajar de peso (Llamadas “Reto Pachoncito”), el problema es que resulta contraproducente ya que, en lugar de ayudarnos unos a otros, tendemos a complotearnos con conchitas, tamales, tortas, cuernitos, pastel, orejas, donitas, panques, etc. Lo cual se torna en una vil tragadera que te hace luchar contra corriente ya que, en lugar de preocuparte por bajar de peso, ahora debes de cuidarte por no subir más.

            No les achaco nada a mis compañeros ya que, como se dice popularmente, “El llamado a Misa se hace para todos, ya va el que quiera”, así que la decisión sigue siendo mía, por lo que la falta de voluntad juega en mi contra. Igual y ellos podrán ofrecerme todo un banquete, pero ya está en mí aceptar o no. Nadie me pone una pistola para tragarme una tortita, una tamal, una dona o cualquier otro pan de dulce.

            La comida es un medio ideal para socializar y expresar nuestro cariño, de hecho yo expreso mi amor con comida, ya que cuando quiero a alguien lo llevo a comer o consiento a mis compañeros al llevar comida a la oficina. ¿Es eso correcto? Por lo menos sé que todos se sienten bien cuando les llevo pan de dulce, y a mí me complace que se sientan a gusto comiendo algo que les traje. Supongo que ellos sienten lo mismo cuando nos engordan al resto.

            Hay días que me dan ataques de amor propio y me pongo a rechazar toda la comida que amablemente tienden a regalarme. Me doy cuenta que todos los días siempre hay un(a) buen(a) samaritano(a) que me regala empanadas, tortas, tamales, pasteles, churritos, etc. El problema es que estas porciones son adicionales a mis normales del día, por lo que ahí empieza la gula, ya que estoy comiendo sin importar que no lo necesite.

            Cuando los llego a rechazar, la gente se molesta, porque saben que soy un tragón y no les agrada que no acepte su muestra de afecto. El problema es que su “afecto” me afecta en el peso y en la salud. Es como si le regalaran a un drogadicto algo de cocaína porque saben que lo harán feliz, y seguramente así será, pero eso no quiere decir que le estén haciendo un bien.

            Pero eso sólo pasa en los días en que me hago consciente, lo que quiere decir que en un día normal acepto todas esas dádivas con una glotona sonrisa, por lo cual es fácil de entender por qué no bajo de peso, cuando mi gula se deja querer por los demás.

            El hecho de que me controle estando solo no significa que coma cantidades decentes. De hecho sigo tragando demasiado, pero lo hago con cosas naturales: un melón entero, una mega ensalada, un súper licuado y demás. La cantidad es importante para mí, ya que me he dado cuenta que no puedo comer poquito, y es que la cantidad (y no tanto la calidad) es lo que me satisface. Desde la infancia se me tatuó esta necesidad inconsciente, por ello necesito porciones abundantes. Así que, cuando encuentro un lugar en donde sirven platos generosos, pasa a ser de mis preferidos.

            No funciono con dietas, producto de la reacción humana de desear lo que te prohíben. Al sentirme limitado en mis alimentos, más angustia se me crea por consumirlos. Por lo mismo, aunque no lo expresen, estoy seguro que las únicas dos nutriólogas con las que he ido en mi vida, se han de haber frustrado bastante con mi falta de compromiso hacia el régimen que intentaron inculcarme.

            No me gustan las dietas, cuando quiero bajar de peso sólo trato de “portarme bien” con mi alimentación, sin ninguna limitación, pero sabiendo en dónde están mis excesos. Las dietas me parecen una aberración a la naturaleza (por lo menos contra la mía), eso de andar comiendo “100gr. De pechuga de pollo, con un botecito de Yoghurt natural y media manzana” me parece ilógico ¿Quién se come media manzana? Yo me como una manzana entera y si quiero comerme un pollo entero, ¡lo voy a hacer! No me gusta limitarme, prefiero portarme bien y tomar consciencia de mis actos.

Tengo mis épocas en las que puedo controlarla y otras en las que se desborda, pareciera que nunca podré extirparla del todo, así que sólo me queda aceptarla e integrarla porque, entre más la combata, más se fortalece mi necesidad de atascarme.

            Afortunadamente mi segundo pecado capital favorito es casi tan grande como el primero: La Vanidad. De no ser por lo insoportablemente vanidoso que soy, seguramente sería un marrano de unos 120 kilos, porque mi físico pasaría a segundo término ya que el placer de comer sería mayor. Agradezco profundamente que otro de mis pecados capitales pueda mitigar el impacto del primero.

            Como sé que no puedo controlar tan fácilmente mi hambre, trato de tomar decisiones inteligentes al evitar las tentaciones (como el ejemplo que ya mencione de evitar los Buffets). Una de esas acciones es dejar todas las monedas en el coche ¿Por qué? Cuando me da un ataque de hambre, de inmediato voy a la maquinita de comida chatarra y, al buscar las monedas, recuerdo que las deje todas en el auto para no tener que tragar comida chatarra, así que regreso a mi lugar, frustrado por no haber conseguido porquerías que comer, pero feliz por haber logrado mi objetivo.

            Otra acción que hago es evitar comprar fresas “¡Pero si las fresas no engordan!” es lo que podrían pensar, pero no son las frutillas, sino sus acompañantes. Me encanta la fresa, definitivamente es mi fruta favorita, el problema es que tiendo a comprarla de a dos kilos. Así que, antes de que se me echen a perder, consumo tantas fresas como me es posible, en las dos presentaciones que más amo: en malteada y con crema. Un pecado enorme para mí es consumir el licuado de fresa sin pan o galletas, así que consumo generosamente los carbohidratos para acompañar a mi batido. En el caso de la fresas con crema paso algo parecido, ya que me las debo comer con galletitas y, como suelo prepararme porciones generosas, la cantidad de galletas también lo es.

            En el pasado, tomaba decisiones extremas como dejar de comer pan, huevo, leche o alguna otra opción engordante de mis alimentos preferidos; extirpándolos abruptamente en un intento desesperado por bajar de peso. El problema se presenta con el síndrome de abstinencia, ya que al recaer me justificaba “¡Ya ni modo! ¡Me rindo!” y me atascaba todo lo que podía del alimento vetado.

            Hoy en día trato de no extirpar nada, sólo trato de controlar. Todavía no soy muy bueno pero hoy administro mejor mis comidas y las comilonas ya no son tan frecuentes. Los problemas no se extirpan, se afrontan. La única manera de resolver estas cuestiones personales es integrándolas a nuestro ser. Si hacemos como que no existe el problema es contraproducente porque, entre más los ignoramos, crecen en nuestro interior sin control, para regresar con una fuerza avasalladora.

            Mi gula está conectada con el hecho de no dejarme querer: en la adolescencia no me sentía querido, así que me “consentía” (aún más) a través de la comida. Fue tan marcado ese comportamiento que, hoy en día, mucha gente intenta quererme y apapacharme, pero no me dejo. Mucha de esa autosuficiencia sentimental, radica en que me “consiento” con los alimentos. Tal vez no necesitaba tanto el contacto físico porque desde hace mucho tiempo he aprendido a “premiarme” con la comida.

            Admito que el pesarse, el cuidar la cantidad y calidad de la comida, los lugares en donde cómo, las calorías, grasa y demás, se ha tornado en una obsesión. Cuando deje de darle importancia, mi felicidad se incrementará exponencialmente. El día que deje de importarme el acoso que se nos hace por estar delgados y, al mismo tiempo, dejen de influenciarme por comer como si el mundo se fuera acabar, será el día que haya encontrado mi paz interna, mismo día en que agradezca el simple hecho de estar vivo y tener la suerte de tener los recursos para comer lo que quiera.

            ¿Qué pretendo con este escrito? Honestamente no lo sé. Creo que mi gula está tan arraigada a mí como el respirar. Tal vez lo hago público en un intento de avergonzarme de mi glotonería y, probablemente, controlar mi forma de comer. O solamente lo externo para hacerme consciente de este comportamiento autodestructivo que he llevado a lo largo de mi vida, en un grito desesperado de amor propio, para cambiar una de tantas cosas que debo mejorar en mi ser, y que no he querido hacerlo desde hace tiempo.

            Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 24 de marzo de 2013

Si no está roto ¿para qué componerlo?


            El día de ayer fui a la Malinche con mi amigo Luis; cuando llegamos a nuestro punto de partida para empezar a correr (la segunda pluma) vimos un paisaje desolador: habían pavimentado el camino.

            Al inicio nos quedamos algo extrañados y, por qué no decirlo, hasta indignados: “¿Por qué hicieron esto?” La probable respuesta, de algún funcionario del gobierno tlaxcalteca, sería que dicho camino lleva al albergue y era necesario asfaltarlo para que los visitantes lleguen de manera rápida y cómoda. Aun así, no es una respuesta satisfactoria.

            Obviamente el correr en el bosque sigue siendo una experiencia muy padre, sin embargo el camino asfaltado no iba con el lugar. El camino rural, sin duda alguna, complementaba a la perfección la experiencia de recorrer la Montaña. “¿Por qué hicieron esto?” Es lo que me preguntaba mientras seguía mi camino “Por el progreso” era la respuesta obvia.

            Honestamente, no creo que nadie se quejara del camino de terracería de La Malinche, sin embargo a alguien se le ocurrió “mejorar” la situación. Ahora le han quitado algo de la esencia de recorrer el lugar, un poco de su magia, todo por ese recordatorio de civilización que tenemos con cada paso que damos.

            Ese maldita necesidad humana de traer “progreso”, se necesite o no. Sé que, como raza e individuos, el cambio y la evolución son necesarios. La mayoría de nosotros disfrutamos las comodidades de tener un hogar confortable, acceso a Internet o escoger cualquier tipo de comida sin tener que cazarla. Ciertamente hay muchos avances que agradezco y sin duda me siento afortunado por las comodidades que tengo a comparación de muchas otras personas.

            Sin embargo, creo que hay nichos que deberíamos respetar pero no lo hacemos, al parecer no nos detenemos ante nada, y destruimos (“modificamos” dirán los que toman las decisiones) cualquier ecosistema que se nos pone en frente.

            Cuando hice Rafting en Jalcomulco, había una fuerte campaña en contra de que la CFE construya una presa que afectaría todo el Ecosistema del Río La Antigua. El argumento de dicha obra es generar electricidad para abastecer la demanda regional.

            Los habitantes del pueblecillo están en contra de dicha obra, ya que afectaría seriamente su modus vivendi, además de las actividades ecoturísticas, también se verían afectados pescadores y agricultores por igual.

            De todo corazón espero equivocarme pero, conociendo el modus operandi de este país, los de CFE van a acabar construyendo la presa, sin importar a quién se lleven en las espuelas, ya sea un ecosistema o las poblaciones que viven de él.

            Con esta obra, además de que ya no habría el cauce necesario para los Rápidos, muchas personas emigrarían a las grandes ciudades porque ya no podrían sustentarse en sus lugares de origen.

            Obviamente la electricidad es una necesidad pero ¿de quién? Jalcomulco y los pueblecillos aledaños al río tienen la infraestructura suficiente para vivir plenamente entonces, ¿de dónde viene dicha necesidad de más energía? Me parece que la capital del estado jarocho, Xalapa, sería la más sospechosa.

            ¿Qué pesa más? ¿Unos cuantos pueblerinos pesqueros afectados o  una urbe grande con mayores intereses económicos? La respuesta ya la sabemos, misma que va a ignorar el bienestar de los pueblerinos, de los turistas y, sobretodo, del ecosistema afectado.

            Cuando era niño y viajábamos del DF a Puebla, normalmente optábamos por la carretera federal, ya que estaba llena de árboles, lo que hacía el camino más reconfortante, sin importar que nos tomara un poco más de tiempo.

            Con el paso de los años, se incrementó la circulación entre ambas urbes, así que la carretera federal ya no resultaba óptima, por lo que una ampliación de dos a cuatro carriles fue planeada. Hasta ahí todo en orden, el problema fue la masacre que se hizo para lograr dicha ampliación: cientos, si no es que miles, de árboles fueron talados para tener suficiente espacio para la ampliación.

            Cuando circulaba por dichos tramos mi indignación y tristeza eran insoportables “¿Por qué hacen esto? ¿Acaso no había otra opción?” Me parece que había suficiente espacio para ampliar a tres carriles totales, así habría tramos en los que se podría rebasar y volver al carril original, además de que las carreteras federales no son de alta velocidad. ¡Pero no! Sin importarles nada más, talaron arboles muy añejos, esos mismos que me sacaban una sonrisa desde niño, e hicieron su ampliación a cuatro carriles. ¿En verdad era necesaria tal masacre?

            Todo esto es producto del consumismo enfermo que experimentamos, de un crecimiento de población obsceno, producto de la falta de educación, de las grandes ambiciones políticas, del egoísmo que nos ciega y que nos impide ver más allá de nuestras necesidades y nos vuelve inconscientes con el planeta y el resto de nosotros.

            Sé que el sentido común es el menos común de los sentidos, pero en verdad no me puedo explicar ciertas decisiones que a primera vista son unas estupideces. No vivo propiamente en Puebla, sino en un pueblo suburbano llamado Cuautlancingo. A pesar de ya formar parte de la mancha urbana poblana, dicho pueblo sigue manteniendo mucha esencia de un lugar apacible.

Cuando salía al trabajo, desde mi anterior casa, el transitar por la avenida principal era muy fluido y tranquilo, rara vez encontrabas algún problema que te dificultara el avanzar pero, un día, llego el mentado Progreso. El presidente municipal actual quería que el pueblo dejara de serlo para convertirse en una ciudad pequeña así que “inteligentemente” colocó una cantidad de topes y semáforos a lo largo de la avenida principal.

            A veces me pregunto ¿Acaso hay un examen de estupidez para aspirar a ser político? En verdad me llama la atención lo increíbles que resultan sus ideas . . . . . increíblemente malas, cabe aclarar. Además de la inversión en materiales para poner toda la infraestructura vial (topes, semáforos, señalamientos, pintura, etc), lo único que se logró con dicha acción es entorpecer el tráfico en una vía que resultaba muy fluida.

            Así que el estrés de ciertos conductores se empieza a disparar, por lo que se pasan altos o se ponen a rebasar de manera arriesgada. Esta “maravillosa” acción progresista dio resultados pésimos: más tráfico, más contaminación, más estrés, más violencia al volante, más tiempo perdido y más gasto económico (por la inversión y la gasolina adicional que se quema).

            Este caso es muy obvio, pero hay algunos más pequeños a lo largo de Puebla, en lugares dónde lo semáforos no son necesarios, debido a que la zona es tranquila y fluyen los vehículos bastante bien. De pronto a algún funcionario “brillante” se le ocurre la idea de poner un semáforo, mismo que no es necesario y que arruina lo fluido que el tráfico era antes de la instalación de dicho aparatejo.

            Sé que el progreso es necesario pero ¿hasta qué punto? ¿Acaso ya no hay nada que respetemos? ¿No nos damos cuenta que el planeta es finito y un día ya no va a haber más lugares en donde instalar el mentado Progreso? Al vivir en la ciudad, debido al alumbrado público, uno se olvida de las estrellas de manera muy rápida pero, cuando tienes la oportunidad de estar lejos de la civilización y ves la magnificencia de un cielo estrellado, me llego a preguntar ¿En verdad vale la pena sacrificar esto?

            Hebert Gutiérrez Morales.

martes, 19 de marzo de 2013

Inconveniente

“El hecho de que seas bueno para algo o alguien no quiere decir que ese algo o alguien sea bueno para ti” – Hebert Gutiérrez Morales.

viernes, 15 de marzo de 2013

Neoimperialismo


            Leyendo algo de historia a lo largo de los años, ingenuamente pensaba: “¡Vaya! ¡Cómo hemos avanzado! Ya no hay países invadiendo a otros y anexándolos a su territorio”. Desde hace un par de Siglos muchos se fueron independizando y, desde hace un par de décadas, muchos países “Frankenstein” se separaron, como los casos de Checoslovaquia (En República Checa y Eslovaquia), Yugoslavia (que se dividió en Bosnia-Herzegovina, Serbia y Montenegro) o la antigua URSS (dividida en 15 países).

De igual forma constatamos la reunificación alemana o, alguna vez, se habló de reunificar a las Coreas, cosa que se ve difícil por el momento o, recientemente, vemos cómo Cuba ha abierto las fronteras para que sus ciudadanos salgan al mundo.

            El país imperialista por excelencia de los últimos 200 años han sido los Estados Unidos, no en vano sus trece Colonias crecieron al quitarnos territorios a México, Francia, España e Inglaterra. En la actualidad ya no se anexan territorios pero, como son tan conscientes del “bienestar” mundial, intervienen Repúblicas Banana en donde el orden del “mundo libre” se ha perdido: Vietnam, Panamá, Nicaragua, El Salvador, República Dominicana, Irak, Irán, Arabia Saudita y un largo etcétera.

            Claro que ellos argumentan que no se anexan a dichos países: llegan, hacen su desmadrito, ponen sus gobiernos y, algunos años después lo “abandonan” para que siga con su versión de una “buena vida americana”. La lectura inicial diría que hemos avanzado, porque ya se respeta la autonomía de los países, y los gabachos sólo cuidan que todos sean libres conforme a SU visión de lo que debe ser el mundo.

            Tal vez ya no se anexen territorios, pero más de la mitad del mundo les pertenece, tal vez no en la ley, pero sí en los hechos. Si uno se basa en la historia oficial, se podría pensar que las ambiciones megalómanas y el hambre de poder ha disminuido en el presente, y es que ahora hay organismos internacionales que defienden los derechos humanos, la integridad de cada país, sus tradiciones y su cultura en general.

En realidad nada ha cambiado, el imperialismo ha sido modificado y se ha sofisticado de una manera más sutil pero, en el fondo, igual de desleal a cómo era hace 500 años. Los países poderosos siguen sometiendo a los países desamparados, sólo que ahora se aprovechan de ellos al irlos a “desarrollar” para que se integren al “mundo libre” y, a la larga (MUY larga), estén en igualdad de condiciones que sus benefactores.

         “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos” – Porfirio Díaz.

            Vivimos en un país que está perfectamente sometido a los deseos del Patrón que tenemos al norte, el cual podría perfectamente invadirnos y anexarse el territorio para hacer crecer su extensión y poderío.

            ¿Por qué no lo hacen? ¿Acaso alguien se opondría? Los gabachos gustosos lo harían por la cantidad impresionante de recursos naturales que hay en tierras mexicanas pero hay un problema: los mexicanos. Con los xenófobos que son los gabachos (y el humano en general), con gusto se desharían a todos los “mexicans” para apropiarse de tan rica tierra, pero hasta ellos tienen límites y saben que no pueden aniquilar a 115 millones de almas sin que la comunidad internacional se ponga al brinco, además de que la esclavitud del siglo pasado está prohibida (ahora hay versiones mejoradas).

            Estados Unidos tendría que darle acceso a su sistema social, su seguridad pública, su sistema de salud, su infraestructura, sistema educativo y demás. Como se acaban de dar cuenta les saldría más caro el caldo que las albóndigas, ya de por sí tienen en su territorio a 20 millones de mexicanos “puros” sin contar a los chicanos (¡y se quejan de ellos!), es obvio que no van a querer incrementar el gasto y, peor aún, soportar a apestosos “Wet Backs” en su “inmaculado” país.

            Por eso los estadounidenses nos someten a través de la economía, de la televisión, de los tratados internacionales, los organismos internacionales, toda la inversión que hacen en sus países “amigos” menos afortunados. Nos hacen el favor de emplearnos y darnos una mejor calidad de vida (como si ellos no ganaran nada con ello), además de que amablemente nos traen sus productos y todos sus vicios sociales (adicciones, comida chatarra, consumismo, vacío existencial, etc.)

            Es por eso que los Gringos meten su cuchara en ciertas cuestiones que le son de importancia estratégica, como decidir quién es el presidente de México, ellos no se ensucian las manos, sólo mueven los hilos correctos para que su candidato sea electo, como lo fue con Salinas, Zedillo, Calderón o Peña Nieto. En el caso de Fox y Labastida, para los Estados Unidos no había gran diferencia, así que dudo que hayan influido gran cosa en ese proceso.

            México no nos pertenece a los mexicanos, le pertenece a los gringos y, aunque me purgue escribirlo, formamos parte del imperio gabacho, PERO sólo tenemos las obligaciones mas nunca los derechos. Somos una especie de gringos de tercera clase y es que ¿Cómo nos atrevemos (mexicanos salvajes, jodidos e infradesarrollados) a compararnos con sus majestades?

            La nueva conquista consiste en tener sometido a tus “amigos” de tal manera que los explotas sin tener que darles infraestructura, sólo la necesaria porque no quieren que les vuelva a pasar lo que sucedió con los japoneses que casi se les subieron a las barbas.

            Aunque ya no vienen a invadirnos físicamente, asesinarnos, esclavizarnos o dogmatizarnos, como hicieron los españoles, de todas formas estamos jodidos. Este país de mentiritas no es libre. Muchos gritan con toda pasión “¡Viva México!” cada 15 de Septiembre y se tragan esa patraña que somos libres ¡Pobres ilusos!

¿Cuándo ha sido el mundo un lugar justo? Las naciones poderosas siempre someten a las más débiles (primero por las armas y luego por el dinero). Lo mismo pasa con los humanos millonarios que se hacen aún más ricos al explotar la necesidad de los pobres. No es raro que las clases privilegiadas e influyentes reciben más beneficios mientras que las bajas sólo reciben las migajas que se caen de la mesa.

La historia indica que los opresores fastidian a los oprimidos, y ésa es nuestra propia cadena alimenticia: Para que haya alguien próspero debe de existir algunos jodidos. Pensar que todos podemos estar bien, sin excesos, sólo lo suficiente, debe ser la peor aberración que pueda concebir la humanidad, ya que nunca se ha dado.

¿Dónde quedan todos esos discursos que ven por el pobre y desamparado? ¿Por qué hay tanto dinero invertido en armas mientras gente muere en la miseria? ¿A alguien en realidad le importa que se esté muriendo gente en un continente abandonado como lo es África? O, lo que es peor ¿en sus propios países? La respuesta es ¡NO!, pero siempre vendrá el discurso políticamente correcto que dirá lo contrario y que nos afirmen que se están esforzando para hacer el mundo mejor (pero se les olvido aclarar que lo van a hacer mejor “para ellos mismos”).

            En este país no ha habido libertad desde hace más de 500 años, sólo pasamos de manos de un imperio a otro ya que, con la corrupción que caracteriza a más del 90% de los “mexicans”, resulta muy fácil negociar con nuestros corruptos gobernadores, tal vez el único que se salve sea Benito Juárez (a pesar de la tergiversación que hicieron del tratado McClain-Ocampo).

            En este mundo casi todos los países somos la perra de alguno de un círculo selecto: a parte de los gringos están Alemania, Inglaterra, China, Japón y Francia; estos son los que mueven los hilos. Hay otro pequeño grupo que no son sometidos pero, me parece, tampoco someten como Canadá, Australia, Corea del Sur, India, Nueva Zelanda y algunos países europeos. Finalmente estamos todos los demás (como en la Isla de Guiligan), viles actores de reparto que tocan al ritmo que les marcan los arriba mencionados.

            A fin de cuentas ese imperialismo está muy marcado, TODOS sabemos que así funciona el mundo pero NADIE lo acepta abiertamente. ¿Para qué nos hacemos mensos jugando a los países independientes? Creo que deberían haber cinco o seis regiones mundiales, o sea darle su pedazo a cada megalómano para que lo administre el país dominante y se desarrolle cada cual.

            Por ejemplo, siguiendo el sentido original de la frase “América para los americanos”, los gringos deberían administrar todo el continente.  A Francia le tocaría África, al fin que más del 50% de su población tiene ese origen. Europa (incluyendo Rusia y Turquía) se dividiría entre Alemania e Inglaterra. Asia se dividiría entre China e India, finalmente, las Coreas y Oceanía para Japón.

            Obviamente nos tienen tan bien adoctrinados con sentimientos nacionalistas que nadie aceptaría tales propuestas, empezando por los administradores propuestos. Acepto que México es un caso especial con la defensa de la cultura ya que, a pesar de la amplia contaminación gringa, hay mucha identidad y tradiciones netamente mexicanas que han soportado el paso de los siglos, cosa que no se puede decir en otros lares del planeta en donde anhelan el “American Way of living”.

            Ya no mataran indios ni se esclavizaran negros ni otras prácticas clásicas de la mal llamada humanidad. Esas actividades ya no son necesarias al ver cuánta gente, en los países infradesarrollados, muere en la ignorancia y la miseria, por hambre, por sed, por frío, por calor, por enfermedad o por violencia física. Este desequilibrio se presenta por los que amasan cantidades obscenas de riqueza económica, lo que ocasiona (por el equilibrio natural de las cosas) que haya quien no tiene nada.

            Alguna vez le pregunte a una mexicana con novio europeo “Supongo que prefieren vivir en Europa” pero, para mi sorpresa, me contesto de manera muy honesta “¡Para nada! La vida en Europa es muy cara y en México tienes muchos esclavos baratos”. Moralismos aparte, tiene lógica su respuesta. En Alemania se le pagan unos 8 Euros POR HORA hora a una persona que te ayude con la limpieza, cuando en México hay quien les paga unos 6 Euros por TODO EL DÍA. Además de que la alemana no lava ropa o plancha (eso significa otra tarifa).

            Esto mismo se ejemplifica con tanto servicio barato que uno encuentra en los países de Latinoamérica. Cuando fui a Cuba me sorprendí de lo barato que era todo (y eso que nos daban precio de turista). Ahí es donde radica la desigualdad, ya que en países desarrollados un fontanero, un eléctrico, un panadero, un taxista, un obrero y demás personas que ejercen este tipo de oficios, tienen acceso a un nivel de vida digno, algo que no pasa por estos lares.

            Esa desigualdad es la que aprovechan(mos) los círculos de en medio y arriba para sustentar el nivel de vida. Por lo mismo en lugares como Alemania, Japón, Inglaterra o Canadá, la vida es más cara PERO con la salvedad que la calidad con la cual viven es envidiable, pero ahí no es tan alevoso el sometimiento que hacen las clases de arriba de las de en medio o abajo, por lo que la mayoría puede vivir relativamente bien.

            Todos queremos un mundo más justo, pero queremos que “todos los demás” lo hagan, no nosotros, quienes no queremos sacrificar nuestro bienestar por una bola de piojosos, flacos, panzones y ojerosos. Nadie quiere que afecten nuestros beneficios y, no voy a mentir, tampoco quiero que me quiten lo que he ganado con mi esfuerzo. Todo forma parte de este sistema que está mal de raíz, ya que todos percibimos justo lo que nos ganamos con el esfuerzo propio pero, al ver el estado de la mayoría de la humanidad, te hace ver que hay algo mal en el sistema que reparte la riqueza mundial.

Creo que deberíamos preocuparnos, porque si sigue creciendo esa desigualdad social, tarde o temprano nos va a alcanzar una catástrofe, porque TODOS habitamos el mismo lugar, no es como que expulsemos a los jodidos de la Tierra para evitar que sus problemas nos alcancen.
           
            Todos hemos usado el speech políticamente correcto de que “Todos somos iguales”, de igual forma, todos reconocemos que tenemos derecho al agua, a los servicios básicos, a la comida, a un trabajo, a la educación, a la salud pública y demás aspectos para asegurar una existencia digna.

            Estamos de acuerdo en los derechos humanos, el problema radica en que nadie dijo cómo se debían lograr, ¿acaso se logra dándole a un indigente una moneda? ¿Quién puede culpar a quién? Ninguno de los que nacimos, en teoría, somos responsables “porque el mundo ya estaba así cuando llegamos”. Egoístamente lo digo, sin ser una persona rica, me ha costado trabajo tener lo que tengo y disfrutar mis gustos, y eso que no estoy tan enajenado por el sistema consumista.

            También hay quien acusa a los vagabundos argumentando que no se han preocupado por encontrar trabajo pero, honestamente, ¿Cuántos le van a dar trabajo a un indigente? Creo que menos del 1%.

            ¿Dónde radica la justicia y la injusticia? De acuerdo a las reglas que el sistema capitalista nos ha impuesto, cada cual es responsable de lo que tiene, y es su derecho tenerlo y disfrutarlo. Pero aquí llega otra pregunta ¿la gente miserable también se ha ganado su miseria? Es probable ¿Son huevones o son víctimas de las circunstancias?

            El único caso de alguien asquerosamente rico que ha donado la mitad de su fortuna es Bill Gates, aunque obvio lo hace por deducir impuestos, pero por lo menos ayuda en lugar de hacer tranzas como Carlos Slim que nunca donaría la mitad de su fortuna. A pesar de la donación de Gates, sigue siendo asquerosamente rico. ¿Por qué los demás no lo hacen? Porque el hecho de poseer les da identidad, es obvio que esa cantidad de dinero no se la van a acabar ni sus tataranietos llevando un nivel de vida asquerosamente opulento, pero el poseer tantos ceros les da “cache”.

Vuelvo a nivel de cancha, es muy fácil señalar a quienes poseen miles de millones de dólares, acusarlos de que tienen demasiado y den más a la humanidad es sencillo. Técnicamente, el planeta tiene recursos suficientes para que todos los habitantes del planeta vivan de manera digna. Para lograr eso, no sólo los que tienen fortunas obscenas, también los de clase media, deberíamos sacrificar algo de nuestro patrimonio para mitigar la miseria mundial.

Estimad@ lector@, ¿Usted sacrificaría la mitad de todas sus posesiones para lograr la igualdad en el mundo? Personal y honestamente contestaría “Yo no. Porque lo que tengo me ha costado trabajo y me lo he ganado con justicia”. Claro que no poseo una fortuna porque tampoco quiero ser asquerosamente millonario. Ahí entra el dilema de esta situación: ciertamente cada cual se ha ganado las posesiones que tiene (o eso quiero pensar), por otro lado, tenemos miles de millones de congéneres que están sobreviviendo en la miseria. Nadie pidió nacer en la pobreza, aunque sí hay muchos casos de gente que encontró el éxito saliendo de orígenes muy humildes.

¿Dónde está el punto medio? Por un lado hemos aprendido a quejarnos, y a muchos se nos ha educado a pelear o perseverar para obtener lo que queremos. Tal vez es justo lo que uno ha conseguido pero, por otro lado, es injusto que haya mucha población en condiciones deplorables. De ahí mi propuesta de dividir el mundo en cinco “Reinos”, ya que sería menos complejo repartir la riqueza entre menos entidades a nivel mundial, ya que se tendría que ver por menos intereses pero de mayor magnitud.

            ¿Dónde radica el bien y dónde el mal? Todos queremos que haya justicia, pero nadie quiere ser el primero en dar el ejemplo, todos queremos que alguien más actúe por el bien general. El dilema moral, existencial, ético, social y demás nos hacen realizar algunas actividades (Redondear centavos, darle una moneda a un niño que hace malabares, regalar ropa vieja o hacer pequeñas donaciones) para apaciguar la culpa, pero que nunca resolverán el problema. Como veo las cosas no vamos avanzar mucho en las siguientes generaciones, porque se están volviendo aún más egoístas que las actuales.

            Hebert Gutiérrez Morales.

jueves, 14 de marzo de 2013

¡Maldición! ¡Me he enamorado! (Parte III de la No-Trilogía)


            ¡Pero qué irónica es la vida! Soy uno de los grandes detractores del 14 de Febrero, debido al obsceno consumismo que promueve. En una fecha que tanto detesto, casualmente, me acabé enamorando.

            Se dice que no existe el destino, sólo lo inevitable (frase célebre que escuche de Yuuko Ichihara). De no haber dejado Rumba Mía y de no haber agregado a cierto contacto en el Facebook, no la hubiera conocido. Me sorprende el timing y cómo se van acomodando las cosas.

Desde muchos años no me había enamorado, lo cual tuvo sus ventajas, ya que forje una tranquilidad personal a lo largo del tiempo, sin las incertidumbres y desgastes emocionales que conlleva el sentir que tu felicidad depende de alguien más.

Producto de ese largo período, tenía un plan de vida: mantenerme soltero tanto como me fuera posible, tal vez emparejarme con una mujer que no fuese posesiva, no volver a caer en las redes del amor, esas en las que uno acaba perdiendo toda cordura y es presa de los sentimientos. Ya no quería eso, es muy bonito sentirlo, pero duele más cuando te rechazan. Por lo mismo no tenía expectativa alguna para enamorarme, sólo quería encontrar a la adecuada para llevar una vida pacífica y luego, de manera inesperada, llego ella.

Ilusamente creía que podía elegir una pareja con la cabeza, pero recordé que se elige primordialmente con el corazón. Intenté la misma tontería hace 12 años: antes de conocer a mi primer amor, frecuentaba a una chica que no me encantaba pero que tenía cualidades que cualquier hombre desearía así que, aunque no estaba prendado de ella, estaba encaminado a una relación a su lado. Cuando conocí a la que iba a ser mi primera novia, fue tal el impacto que, antes de invitarla a salir, corte lazos con la otra chica.

Nuevamente, y de manera soberbia, intenté relacionarme desde la cabeza sin tomar en cuenta el corazón. Hace un mes estaba pretendiendo a una chica llena de cualidades impresionantes y, en teoría, muy deseables para mi forma de ser. Creo que iba en buen camino para lograr algo pero, después del flechazo que recibí en San Valentín, tome consciencia de la estupidez que estaba haciendo, por lo que me retire del camino de dicha mujer antes de tomar una decisión que pudiera lamentar.

Obviamente no tengo nada seguro con la que me enamore, de hecho está “ocupada”, pero creo que lo más honesto es no engañar: si uno siente algo intenso por alguien (esté o no disponible), no es muy correcto andar pretendiendo a otra persona por la cual no sentimos lo mismo. Al sentir la brutalidad del enamoramiento, he recordado que no se debe elegir pareja SÓLO con la cabeza: El hecho de encontrar una buena mujer no quiere decir que lo sea para uno.

Ahora que nuevamente siento el amor a primera vista, me cuestiono la legitimidad de las veces anteriores en las que creí haberme “enamorado”. Al experimentar la intensidad que no había experimentado en más de una década, puedo afirmar categóricamente que ésta es la segunda vez que me enamoro, el resto fueron viles placebos ilusorios, representados por mujeres que me fueron atractivas, atracción que confundí con amor pero ahora me doy cuenta del autoengaño.

Se me había olvidado lo que era sentir esto, claro que es muy bonito, pero también trae muchos recuerdos no gratos del pasado. Aunque no quiero volver a sufrir, nuevamente aparece dicho riesgo, ya que estoy ante la oportunidad de luchar por una mujer que me mata con la mirada.

Nunca pensé volver a experimentar el amor a primera vista como lo sentí hace 12 años con mi primera novia. Obviamente me había enganchado en otras ocasiones, pero requería de cierto tiempo y convivencia para darme cuenta que me gustaba la chica en cuestión. En esta ocasión el flechazo fue inmediato y mortal.

Primero ví sus bellos ojos, su sonrisa, su hermosa cara, su cuerpo perfecto, no por ser el de una modelo, pero sí bastante estético y me encanta. Su porte, su firmeza, su dulzura, su sentido del humor y su timbre de voz, AMO su voz, tiene algo que simplemente me hipnotiza.

Nunca creí volver a sentir ese intenso flechazo, creía que sólo te pasaba una vez ya que, después, uno debería encontrar la mujer adecuada para hacer una vida en pareja productiva. Debo ser muy afortunado porque sentir esto dos veces no ha de ser muy común, la gente normalmente habla de un gran amor único, no forzosamente con quien se acaban casando. Me sentía agradecido por ese gran primer amor diciendo “¡Qué bonito! Por lo menos una vez en la vida sentí algo tan intenso y puro”

“-La quiere, ¿verdad?
-¿Tan evidente es?
-Tiene suerte de sentir algo así. Yo no lo he sentido nunca. Ni una sola vez
-¿Está soltero?
-No, casado desde hace 25 años con la misma mujer. Por eso lo envidio.
-¿Y si no sale bien?
-Al menos sabrá lo que es sentir eso”
Douglas Kennedy (“El momento en que todo cambió”) 


           Mientras estoy en clase, intento no ser tan obvio al verla insistentemente, pero no lo puedo evitar, me atrapa la belleza de su rostro, su hermosa sonrisa y su carisma, tiene una feminidad impresionante. Además que, al igual que yo, le gusta hacer efectos de sonido con la boca. El único defecto visible que tiene es el novio.

¿Por qué demonios debo fijarme siempre en mujeres con pareja? Es alguna especie de karma o maldición, a veces pienso que yo mismo lo atraigo para así justificar mi pose de víctima ante una existencia injusta.

No sabía nada de ella, ni su apellido, ni su edad, ni nada de su historial sentimental, ni si es buena persona (aunque eso lo intuyo). Sólo sé que, sin importar nada de lo anterior, la amo, y eso mata cualquier otro argumento que pudiera tener en su contra.

Aún recuerdo la primera vez que la ví, quede tan impactado que no podía ser real, trate de convencerme de que no sentía amor, sólo me había encantado una mujer impresionante. Por lo mismo me la pase los siguientes días tratando de convencerme que no me había enamorado, que sólo veía ilusiones.

Después de esa ocasión, tenía más visitas planeadas a otras escuelas de baile pero, al ver el tesoro que encontré, cancele todas. Ya había decidido quedarme ahí, y es que ya no podía alejarme de ella, si la podía ver dos veces a la semana, eso me bastaba para ser feliz.

La segunda vez no lo pude evitar, era tan evidente que resultaba estúpido negarlo, por más que me golpeaba la cabeza e intentarme convencerme de lo contrario, no podía negar que me había enamorado.

¿Por qué me frustra algo que me debería hacer feliz? Por las experiencias previas fallidas, en la cual he amado pero no he sido correspondido. Ahora desentierro todos los sentimientos e ilusiones que había mandado a lo más profundo de mis ser, con la esperanza de no volverlos a ver y ¿saben qué? Me alegro que así sea.

Desconozco lo feliz que sea con el novio pero, por lo mientras, voy a disfrutar de mi amor platónico, el hecho de verla bailar, de tocarle las manos, las charlas breves y sentir esa mirada que me fulmina hasta el fondo de mi corazón, no tiene ningún precio. Esos pequeños regalos que, sin saberlo, me hace y me tornan agradecido con la vida.

Cuando uno está enamorado, normalmente, tiende a pensar pendejadas. Este segundo enamoramiento real que experimento, también trae una preocupación consigo: Si no logro relacionarme con esta mujer, creo, no tendría el valor de buscar una relación con nadie más o siquiera fijarme en alguien más. Es obvio que me encantan muchas mujeres a nivel físico pero, después de sentir por segunda ocasión algo tan apabullante, me parece que no podría relacionarme de manera honesta con algo de menor intensidad.

¿Por qué afirmo semejante pendejada? Recalco, no sé a cuántas personas les pegue el amor verdadero dos veces en la vida, según sé serían muy pocas, ¿Imagínense la posibilidad de sentir algo así de auténtico tres veces? Me considero muy afortunado por vivirlo nuevamente, pero también siento una angustia que no sentía hace un mes. Creía estar muy cómodo con mi soledad, pero ahora me replanteo una nueva felicidad, misma que representa el estar o no al lado de una mujer que, ya con el hecho de su simple existencia, me hace feliz.

¿Cuántos acaban realmente con el amor de su vida? La razón que tengo para preguntarlo es que, cuando me case, ninguno amaba al otro, pero nos vinculamos más por programaciones y presiones sociales que por un sentimiento auténtico o, en su lugar, la desesperación: “¡No manches! ¡No manches! No encuentro al amor de mi vida” por lo que se acaban liando con la primera persona medianamente aceptable que encuentran.

De ahí viene mi preocupación, por segunda vez he sido flechado de manera auténtica. Si esto no se logra, ¿Cómo demonios podría volver a tener el valor de fijarme en nadie más? Después del primer gran amor, es fácil engañarse, olvidar, mitificar y demás en busca de la “adecuada”, tratando de convencerte que algo tan abrumador sólo pasa una vez. Cuando pasa por segunda vez, ni siquiera yo podría ser tan cínico para engañarme con algo que no posea la misma intensidad. La certeza de decir “¡Tú! ¡Eres tú!” es inigualable y apabullante, así que ya no puedo conformarme con menos, como lo que provocan el resto de mortales.

¿Te has enamorado alguna vez? ¿Horrible verdad? Te hace tan vulnerable...Te abre el pecho hasta tu corazón y eso significa que alguien puede entrar dentro de ti y liarla” - Rose Walker (The Sandman)

Mientras acontece todo este torbellino emocional, empiezo a cuestionar qué tan útiles son mis valores en esta situación, por lo vital que resulta esta mujer para mi existencia y bienestar; algo que no debería ser así y, sin embargo, es. ¿Seré capaz de cortejar a una mujer con pareja? Eso nunca ha estado en mi esencia. Tengo la impresión, aunque sea un simple reflejo mío sobre ella, que no se fijaría en mí si, sabiendo que tiene novio, la empiezo a pretender, porque eso no hablaría bien de ninguno de los dos (¡malditos prejuicios moralistas!).

Esto es más importante que los valores que me indican lo mal que está inmiscuirme en una relación, en lo que resuelvo el dilema moral, me admiro con la belleza de una mujer a la cual amo con locura, aunque ella lo ignore, dos veces por semana. Mientras la contemplo, estoy profundamente agradecido por tan maravillosa oportunidad. Ni siquiera sospecha toda la alegría que me regala con su existencia, el simple hecho de que respire me torna inmensamente feliz.

Hay algo que me tiene maravillado, asombrado y, por qué no decirlo, asustado: Aunque aún me falta mucho por madurar, ya no soy tan inmaduro como hace 11 años. Soy más consciente de mis sentimientos, gracias a que mi inteligencia emocional ha crecido, así que puedo verme a nivel espectador. Estoy sorprendido por lo intenso que ella me provoca, es algo impresionante. Ciertamente ya lo había experimentado antes pero, al desbordarme, simplemente me embriagaba en mi amor y me dejaba llevar por la marea, sin analizar los hechos.

Ahora que puedo analizar la situación, no dejo de maravillarme de la potencia sentimental, por primera vez me doy cuenta de la pasión que podemos alcanzar como humanos. La magnificencia, lo imponente, lo avasallador y demás calificativos que tiene este amor me tienen con los ojos abiertos.

He recordado el por qué la gente anhela enamorarse, ahora veo por qué quieren con tantas ganas sentir ese cosquilleo. A veces es tan grande su necesidad, que al no encontrar con quien hacer “click”, se engañan así mismos con alguien agradable y que pareciera que cumple los requisitos.

Esta mujer, que me ha robado el corazón, es perfecta, y no porque carezca de defectos, sino porque estos mismos también son perfectos. Al ser alguien tan racional, me choca lo inexplicable de esta situación, me digo “¡No mames! ¡La perfección no existe!” pero, al ver todo su esplendor, no tengo el valor moral para negar su perfección.

Ahora las canciones de amor vuelven a tener un rostro al cual dedicárselas, vuelvo a cantarlas con sentimiento, obviamente es MUY bonito aunque, después de tantos años, resulta algo extraño para mí.

Algo que odio mucho en la sociedad, pero sobre todo en mí psique, son esas malditas programaciones que nos tatuamos en el inconsciente. Tengo mucho miedo, de hecho es un pánico impresionante, no de ella (a la cuál amo con cada célula de mi ser). Mi terror radica en que si no logro estar a su lado, ya no podré volverme a enamorar. Es casi como si mi vida dependiese de ella, sé que no está bien, pero eso es lo que siento.

En realidad no me preocupa volverme a enamorar, porque estoy muy adaptado a mi soledad, es más no me aniquila la idea de no estar con ella. Mi verdadero miedo radica en que si me rechaza y, por ese motivo nuestros caminos se separan, me moriría de no volverla a ver, porque se llevaría mi alegría y mi sonrisa e, inexplicablemente, al escribir esta línea noto lágrimas en el teclado, porque así de inestable me ha tornado. Me siento tan tonto, tan estúpido y tan patético que me encabrono bastante, sobretodo al ser sentimientos que, por más que lo intento, no puedo controlar.

Hay una parte de mí que desearía no haberla encontrado porque “La ignorancia es la felicidad” dicen por ahí. De no haber sabido que existía, hubiera continuado tranquilamente con mi ritmo de vida, tal vez encontrado a alguien que no me hubiera hecho perder la cabeza y, de paso, tener una relación tranquila y civilizada, sin pasiones locas que nos tornaran irracionales, un tipo de felicidad más “segura”

No sabía cómo se llamaba, ni lo que hacía, no sabía que habitábamos en la misma época, es más, ni siquiera sabía que la estaba buscando y, de pronto, la encontré. Ha cambiado todas mis prioridades y muchos de mis paradigmas que, con tanto trabajo edifique, y con una sola mirada los hace tambalear. Aún no los tumba, y no quiero que lo haga, pero los ha cimbrado bastante (y los puede tirar en cualquier momento).

Al verla, sin importar lo que venga en el futuro, me siento el más feliz sobre la faz de la tierra, soy privilegiado por haberla conocido. No sé cuánto dure mi felicidad: semanas, meses, años o hasta el final de mis días. Debo contemplarla y memorizarla por completo porque no sé si vuelva a experimentar algo tan potente en lo que me resta de vida.

"Yo sé lo que es el placer. Adorar a alguien"– El retrato de Dorian Gray (Oscar Wilde)

Nuevamente siento esa maldita incertidumbre del amor, y vuelvo a ser aquel chiquillo regordete que se sabía rechazado aún antes de haberlo intentado, sé que ya no soy él, que he crecido y que soy un hombre aunque, por dentro, creo que siempre seré aquel chiquillo regordete e inseguro que no se cree merecedor del amor.

Algo que he aprendido desde la última vez que me enamore: Valgo la pena y tengo mucho que ofrecer. Ahora estoy dispuesto a ser inteligente y menos impulsivo, así que tendré que irme acomodando, acercándome paulatinamente y, el día que se presente la oportunidad, ¡atacar sin dudas!

A diferencia de la ocasión anterior en la que me enamore, es que ahora no me puedo tirar al suelo y revolcarme gritando “¡La vida no vale nada sin ella!”. Claro que la vida no vale nada sin ella, pero no puedo pasármela en el suelo y sentir lástima por mí. No puedo sacrificar todo lo que he logrado hasta el momento, tal vez me haya vuelto cínico o tal vez haya encontrado algo de serenidad. El caso es que, aunque la ame con toda mi alma, no puedo desintegrarme por su aceptación.

Estoy un poco más maduro a comparación de la ocasión anterior en la que me enamore. No me la paso pensando todo el tiempo en ella. Hago mis actividades de manera normal, de vez en cuando se me escapa un pensamiento sobre alguna de las tantas cualidades que me atraparon. PERO, cuando la veo, el mundo se detiene por completo y por unos preciosos minutos, cada célula de su hermoso ser me tiene idiotizado, alabo el momento en que sus padres la concibieron y amaré por siempre el momento en que nuestros caminos se encontraron.

A pesar del novio, tal vez deba decirle lo que siento aunque, en realidad no me quiero arriesgar. Sé que puedo ganar terreno pero, por otro lado, la puedo perder para siempre. No me quiero imaginar lo que sería de mi si no la vuelvo a ver. Al momento de escribir esto estoy MUY sensible (más de lo normal), sólo de imaginar que no la vuelvo a ver, se me salen las lágrimas. Cuento lo días para verla de nuevo. No quiero que salga de mi vida nunca, quiero amanecer con ella y forjar un legado a su lado.

Me hago consciente que no le debo nada al novio, así que no puedo amarla sólo de manera platónica (aunque sea experto en ello). Debo de buscar cada oportunidad que tenga de acercarme a ella. Llegue a esta conclusión después de darle un aventón a su casa: el momento más feliz de lo que llevo de vida. Esa plática de 30 minutos la atesoro dentro de mi corazón y sólo sirvió para darme cuenta que debo lograr estar con esa mujer, sin importar el costo.

Nunca pensé que, a partir de este año, el 14 de Febrero va a ser una fecha especial en mi corazón (de no estar enamorado, me daría asco por escribir esta última línea)

Hebert Gutiérrez Morales