jueves, 28 de febrero de 2013

El Lunático de la 1AM (Parte I de la No-Trilogía)


            Debido a un problema temporal en los estacionamientos del trabajo, me programe para levantarme a correr una hora más temprano (a las 5AM en lugar de las 6), con esa hora adicional aseguraba encontrar lugar.

            Desde la noche anterior estaba muy enfocado en mi meta, tenía toda una estrategia que requería de gran precisión para lograr mi objetivo, así que me fui a la cama muy ansioso. Claramente escuche el despertador e inicie con la rutina para salir a correr.

            Cuando salí del fraccionamiento escuche a unos vecinos, cerca de la entrada, que estaban despiertos, lo cual me pareció muy raro a las 5AM, sin embargo, empecé mi camino como si nada; entre semana siempre inicio mi recorrido a oscuras, así que no note algún otro hecho extraño. No advertí las miradas extrañadas en la primera gasolinera que atravesé, o la de los policías que normalmente están estacionados en esa esquina.  Llevo tantos años lidiando con miradas que me desaprueban (por correr a oscuras, con lluvia, con granizo, con frío y demás), que he aprendido a ignorarlas por completo.

            Llevaba un muy buen ritmo, porque estaba enfocado en llegar temprano al trabajo, así que subí completamente solo a la pirámide y me sentí feliz de estarlo (ignoraba que, por mucho, iba a ser el primero ese día), y comprobé que la Pirámide de Cholula está abierta a todas horas. Me decía “¡Pero qué bien me siento! Tal vez deba seguir levantándome a esta hora para encontrar el mundo tan solo”, claro que pensaba que eran como 5:30AM. Independientemente de la hora, eso no anula la plenitud que sentía.

            Cuando pasé la zona de los Antros detrás de la UDLA, me lleve una sorpresa bastante desagradable: El movimiento estaba a todo lo que daba con borrachos en la calle, gente comiendo tacos, taxis y patrullas circulando por doquier, los Valet Parkings y todo un mundo ajeno a mí. Me sentí ofendido por la masa humana que se atrevía a mancillar la tranquilidad de mi madrugada “¿Cómo se atreven?” pensé indignado “¿Acaso esta pinche gente no tiene nada que hacer?” y concluí “No sé qué demonios está pasando, ya deberían estar en sus casas ¿Por qué están despiertos si ya casi son las 6AM?”

            Fue un tramo de un kilómetro que me estresó bastante, es más, hasta me asuste de encontrarme con este mundo ajeno al mío, me sentía indignado que estos sujetos estuvieran “violando” mi sereno mundo madrugador, así que seguí corriendo para, más tarde, enterarme que era yo el intruso que invadía su mundo antrero. La razón principal de mi susto fueron los borrachos. Tengo una aversión impresionante a los alcohólicos, producto de criarme con uno. Eso es un factor determinante para mi escasa vida nocturna: el evitar a borrachos que me crispan los nervios.

            A pesar del pasaje anterior, seguía corriendo sin sospecha alguna de que hubiera algo “mal”. Estaba recorriendo mi camino muy feliz, en un mundo silencioso, sin nadie que me interrumpiera, hasta iba pensando “Ahorita todos mis amigos están dormidos”. . . .  desconocía lo brutalmente cierta que era dicha afirmación.

            Recordé algunas ocasiones cuando corría con las perras, en especial cuando me daban mis ataques de insomnio y salíamos a las 4AM. Las extrañé aún más cuando un par de canes me atacaron en mi camino, afortunadamente su amo (que estaba en una taquería) los llamó y la escena no pasó a mayores. “Si Dori y Osa estuvieran aquí, ya les hubieran hecho ver su suerte”, fue lo que pensé. Nunca creí que volvería a recorrer a esta hora las calles, sobretodo al carecer de la protección que me daban mis amores peludos.

            Otro detalle del que posteriormente me hice consciente es que, en un par de ocasiones, hubo unas patrullas que amagaron con emparejárseme pero, por alguna razón, desistieron y siguieron su camino: “¿Qué les pasa a estos locos? ¿Qué no ven que estoy corriendo tranquilamente?”. Ya me imagino lo que han de haber pensado los policías “¿Pero qué le pasa a este wey? ¿En serio está corriendo a estas horas?”

Obviamente no debí haber dado una buena impresión al vestir de negro, corriendo de madrugada y con guantes. Por lo menos ya no tengo el pelo largo, porque eso hubiera provocado más sospechas sobre si era un maleante en plena fuga.

            Al llegar al 75% de mi recorrido, cobre consciencia de algo: no estaba amaneciendo, según yo, ya eran cerca de las 6:30 y ya se debían ver los primeros atisbos del amanecer, pero seguía oscuro. Fue cuando me hice consciente de que la afluencia de taxis y patrullas eran excesivas, no había visto ningún otro transporte público, no se escuchaba el canto de los pájaros al despertar, había visto muchos puestos de tacos que normalmente veo cerrados y recordé las excesivas miradas de extrañeza que había recolectado en el camino (en las gasolineras, en los Oxxos, en los Antros, en las patrullas, en los taxistas, en los taqueros, etc.)

Mis sospechas empezaron a multiplicarse al unir todas las pistas y no quería comprobar lo que iba a acabar comprobando de todas formas. “Esto no puede estar bien” pero, como no tenía otra cosa que hacer, seguí corriendo. Faltando 2.5 kilómetros para llegar a la casa, hay una gasolinera con un reloj enorme en donde siempre checo si voy bien de tiempo: 2:46AM.

Mi primera reacción fue reírme por lo patético de la situación: “¡Hebert! ¿Acaso estás pendejo?” Me recriminé agriamente. Me había levantado cuatro horas más temprano y salí a correr a la 1AM en lugar de las 5AM. Con el paso de los metros experimente toda una gama de emociones: no sabía si reír, llorar, enojarme,  asustarme o entristecerme. Sin importar lo que sintiera, había un hecho irrefutable: había corrido desde la 1AM e iba a acabar a las 3.

Estaba consternado por tremenda imprudencia, sé que no es la primera (y dudo que vaya a ser la última) que hago en mi vida, pero en esta ocasión no fue premeditada, fue un verdadero accidente, producto de la neurosis por levantarme temprano. Pero deje todos los pensamientos atrás “Ya habrá tiempo para analizar los hechos”, ahora lo que debía hacer era apresurarme a llegar a casa, porque estaba solo en la calle en horas que no es buena idea estarlo.

Corrí tan rápido y tan alerta como pude con la esperanza de que, al llegar a la casa, me encontrará con que el reloj de la gasolinera estuviese mal y (por lo menos) hubiese llegado a las 6AM, ¡pero no! Al llegar a mi hogar verifique que efectivamente eran las 3AM, así que no me quedaba de otra que seguir mi rutina normal (enfriar, tomarme un licuado y bañarme), con la salvedad de que en vez de vestirme para el trabajo, retorne a mi cama con la esperanza de conciliar el sueño (cosa que no logre).

Dejando la hora de lado, fue una de las corridas más eficientes que tuve (porque en realidad salí a correr a la 1:10, lo que significa que corrí mis 20 kilómetros en 110 minutos en lugar de los 120 acostumbrados), de no haber estado consternado, sin duda me hubiera sentido orgulloso por bajar tanto mi tiempo, pero haberlo hecho cuatro horas antes de lo programado no me dejo disfrutar mi logro.

Antes de meterme a mi camita, oí que los “locos” de mis vecinos estaban despiertos. Desde hace unos cuatro meses que llegaron, escucho que están despiertos a todas horas, cuando me levanto en la madrugada a ir al baño, se escuchan sus voces al otro lado, también se escuchan al momento de dormirme como cuando me levanto y me pregunto “¿Acaso esta gente no duerme?”

En esta ocasión carecía de la calidad moral para juzgar sus horarios, porque me acababa de bañar a las 3:30. “Ok, sólo por hoy, no voy a juzgar a los ‘otros’ locos, porque hoy no ha de haber loco más grande que yo”.

Esto va a quedar como una buena anécdota, una especie de aventura para mi (hipotética) descendencia o, por lo menos, va a ser motivo de una buena burla con mis amigos (tanto corredores como no corredores).

No sé si tuve suerte o Puebla es una ciudad segura, el hecho es que corrí en horas inhumanas sin que me pasara nada: pase grandes tramos corriendo a solas, sin ninguna alma al alcance a la cual pedir ayuda. Ese placer misántropo que siento de correr sin humanos alrededor se convirtió en una preocupación retroactiva por mi seguridad. Me dio un ataque de sentido común por ponerme en peligro aunque, posteriormente, me acabe sintiendo orgulloso por el “logro” obtenido y no planeado: correr a solas después de medianoche.

Afortunadamente todo quedó en una experiencia más que espero (de todo corazón) no se vuelva a repetir. Ya viéndolo con días de por medio, resultó memorable y divertida pero eso no quiere decir que la volvería a vivir.

Definitivamente las limitaciones habitan en nuestra mente. Si alguien me hubiera dicho que iba a correr de 1 a 3 AM, le hubiera dicho que estaba loco de remate. De no haber corroborado la hora en la gasolinera que cierra mi ruta, hubiera llegado tan tranquilo a casa como hice la mayoría de mi trayecto, mismo que disfrute y, por lo mismo, la hice en un gran tiempo (para mí, claro está).

Al ignorar la hora, estaba enfocado en el objetivo de correr rápido, dando el resto de las variables como constantes, por lo que no noté todas esas señales que me indicaban que había algo fuera de lugar. Si hubiese sido consciente de la hora desde antes, el terror se hubiera apoderado de mí, de inmediato se hubieran infiltrado los miedos a ser asaltado (aunque no llevo nada conmigo), secuestrado, atropellado, extorsionado, asesinado y demás peligros inherentes al recorrer las calles a solas.

Sin quererlo ni planearlo, enfrente el peligroso mundo de las calles oscuras y salí avante, el hecho de que haya sido sin darme cuenta no le quita mérito a mi hazaña. Los miedos nos limitan porque estamos conscientes de ellos, si no los conociéramos, no me imagino las metas que pudiéramos lograr. Esa madrugada alcance una meta que ni siquiera me había propuesto, es cierto que en un inicio sentí miedo y vergüenza, pero al final termine sintiendo orgullo por mi logro.

El sentido común dicta que lo que hice fue peligroso, pero no pasó nada y recibí un gran aprendizaje. Normalmente tiendo a ser muy prudente (o timorato si gustan) al momento de tomar riesgos, ninguno tan grande como el que enfrente en esta ocasión. Tal vez debería aventarme más veces a lo desconocido y hacia la incertidumbre, es factible que pierda, pero también es factible que gane. Tal vez ya sea hora de dejar de conformarme con ganancias pequeñas y seguras mientras veo que otros se llevan los grandes premios por ser más atrevidos.

No me voy a morir por intentar algo nuevo, tal vez mi orgullo se vea un poco afectado, pero ése no es un daño real. A veces conseguiré lo que quiero y a veces ganaré experiencia para lograrlo posteriormente. Ya va siendo hora que enfrente a ese puto miedo que me ha paralizado a lo largo de mi vida y que me ha impedido obtener mis más grandes anhelos.

Adicionalmente al tema del estacionamiento, hay una razón aún más grande para que haya pasado esto: recientemente me enamoré. Debido a esa situación, estoy muy lejos de mi tranquilidad emocional, he perdido el centro desde que conocí a esa maravillosa mujer. No voy a tratar ese tema en este escrito, sino hasta la tercera parte de esta “No-Trilogía” pero, ciertamente había pasado mucho tiempo en que no sentía tal desequilibrio, y todo por una hermosa mujer que me ha robado el corazón.

            Este pasaje de mi vida es una evidencia que llevo demasiado tiempo viviendo solo, a mi ritmo. De haber estado cohabitando con una fémina, al verme tan decidido a salir a correr, sin duda me hubiera dicho “Hebert ¿estás loco? ¡Ve la hora!”. Tal vez yo mismo debí haber corroborado la hora antes de salir pero, honestamente, me alegro de no haberlo hecho, porque me hubiera privado de esta aventura tan “sui géneris”.

            Sin duda alguna, muchas personas tendrán varias aventuras que contar y que les pasaron entre 1 y 3 de la madrugada pero, seguramente, ninguna es como la mía. Ninguna aventura auténtica es planeada pero lo fortuito de ésta la hace irrisoria.

            Finalmente, las siguientes corridas en la madrugada, me vi invadido por una actitud neurótica: Verificar, por lo menos, cinco veces la hora antes de iniciar con mi trayecto ¬_¬U.

            Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 24 de febrero de 2013

Doña Marina a.k.a. Mi Mamá.


¿Por qué hago este escrito?  Obvio no va a reducir el dolor que sienta el día que ella parta, ojalá muriera yo antes pero, la probabilidad indica, que ella podría irse primero. Ese día me va a doler en el alma y este texto no va a servir de nada para mitigar el dolor. Escribo esto para honrar y venerar a la persona más importante en mi existencia, no sería lo que soy sin sus valiosas enseñanzas que, aunque hoy se puedan considerar burdas o básicas, fueron las que me indicaron el camino, fueron las bases que me permitieron explorar lares distintos a los que ella conoció.

La Maestra Marina nació en un pequeño pueblo de Veracruz llamado Juan Díaz Covarrubias, en donde se crió con mis abuelos y mis tíos. Al ser una familia chapada a la antigua, ella no sólo tenía que hacer sus tareas, sino que tenía que ayudar a las labores del hogar. A pesar de sus actividades caseras, fue bastante tenaz para terminar una carrera y titularse.

Mis padres se divorcian cuando yo era un bebé de un año. Cuando doña Marina se vuelve a casar, le dice a mi papá: “Para evitarle problemas psicológicos a Hebert, no quiero que tenga dos figuras paternas, así que te pido que no tengas ningún contacto con él hasta que sea mayor de edad”. Muchas personas no alcanzan a comprender el acto de amor que mis padres realizaron en ese momento. Ciertamente la visión materna fue acertada ya que, de haber tenido dos figuras paternas tan opuestas, hubiera acabado más dañado de lo que podría estar en la actualidad.

También le agradezco profundamente a mi papá biológico que se haya ido porque, como lo platique recientemente con él, era lo que necesitaba en mi vida. Necesitaba criarme con mi “otro” papá, porque soy tan parecido al biológico, que no hubiese sido una buena idea formarme a su lado, a pesar de todas sus cualidades. Tal vez mi papá adoptivo no estuvo todo el tiempo que me hubiese gustado pero, a su manera, contribuyó a lo que soy hoy en día, al darme bases que aún sigo desarrollando.

            A pesar de estar casada en un par de ocasiones, la profesora Marina siempre la hizo de madre y padre, lo cual no le impedía ser tan excelente profesionista como tutora. Tenía que preparar clases, calificar exámenes, además de que coordinaba la carrera de Enfermería en el IPN, pero NUNCA podré quejarme de una madre ausente. Siempre estuvo a mi lado cuando se requería (y cuando no se requería, también estaba de encimosa): nunca faltó a ninguno de mis festivales, a juntas de padres de familia, cuando tenía un problema personal o duda con alguna tarea, también me daba consejos cuando los necesitaba o reprimendas cuando me las ganaba.

Mi madre llego a nalguearnos (no fueron muchas pero sí hubo las ocasiones), porque nos las habíamos ganado. Afortunadamente esas ocasiones fueron contadas, ya que fue lo suficientemente inteligente para demostrarnos su amor y, al mismo tiempo, imponernos disciplina. Aunado a que mis hermanos y yo éramos muy tranquilos, siempre respetamos las reglas (síp, somos una familia de ñoños). La única ocasión que mi papá adoptivo se atrevió a pegarnos con el cinturón, fue el día que ardió Troya, porque ella se enfureció como nunca la he vuelto a ver, así que él nunca más volvió a pegarnos (pareciera que era una prestación exclusiva materna). Ella es un ejemplo fehaciente que puedes imponer respeto sin tener que hacer uso de la violencia como método, sólo como último recurso.

En una ocasión tome un dinero de forma indebida, la falta de malicia no le quita lo reprochable a la acción, y ella supo cómo manejar la situación. No me golpeó, ni siquiera me gritó, habló conmigo de manera firme y fuerte, me regañó y me expresó su tristeza. Me castigó con una semana sin Televisión ni salir a jugar, y con eso bastó para que el resto de mi vida no tomara nada que no me perteneciera; esto se logró sin ningún resentimiento, sin ninguna escena traumatizante, sin nada que le pueda reprochar, al contrario, se lo sigo agradeciendo hoy en día.

Doña Marina NUNCA ha dicho que tuviera hijos feos, gordos, tontos, malos y demás. Ella SIEMPRE se expresaba, con nosotros y los demás, de que sus hijos son guapos, inteligentes, buenos y fornidos (nunca obesos). Sé que caía mal, nosotros mismos le poníamos límites “¡Ya mamá! ¡No exageres!”, porque nunca ha variado la opinión que tiene de nosotros (desde niños hasta adultos). Cuando llego a encontrar a algún(a) neurótico(a) que descalifica a sus hijos (ya sea en privado o en público), no sólo con palabras “inofensivas”, incluso llegando a insultos y golpes, humillando en la medida de lo posible al pobre engendro; es cuando agradezco que la “exagerada” de mi madre se esmerara tanto en demostrarnos su amor, en lugar de tener la desgracia de una estúpida que me esté menospreciando y dañando todo el tiempo.

            Honestamente no sé cómo le hizo para lograr equilibrar tan sobresalientemente sus roles como madre y maestra de enfermería, porque trabajar y educar a tres engendros no ha de ser una tarea sencilla. Veo a muchas profesionistas que crían a uno solo y, pareciera, tienen las manos llenas, obviamente los niños son diferentes, las épocas son distintas y los estilos de vida varían en cada caso. A pesar de ello, debo reconocer la sabiduría práctica que ella demostró al formarnos con calidad, todo mientras mantenía una vida profesional productiva.

A pesar de traer una educación chapada a la antigua, nos educó de una manera muy democrática: tanto sus hijos varones como su hija, a todos se nos enseñó a levantar los trastes, a lavarlos, recoger nuestra recamara, poner la ropa sucia en su lugar, barrer, trapear, lavar, planchar y algunas nociones de cocina (no es una gran cocinera, pero sus guisos me saben deliciosos). No formó hijos inútiles, a los que se les cae la mano por hacer labores del hogar, por lo mismo hoy en día me encargo del aseo de mi casa; nunca escuchamos que se hiciera una diferenciación en actividades por ser hombre o mujer. Este es otro ejemplo de la sabiduría materna al momento de educarnos.

            La Profesora Marina fue muy hábil para manejar la cuestión de Los Reyes Magos y Santa Claus. A mediados de año nos decía “Miren hijos, como se han portado muy bien, Santa y los Reyes le dan chance de escoger: Pueden mandar su carta desde Septiembre, y les van a traer exactamente los juguetes que ustedes pidan. De lo contrario, pueden mandar su carta en Diciembre con el riesgo que algunos de sus juguetes ya estén agotados”.

            Obviamente la ambición infantil en el tema de juguetes nos ganaba, así que mandábamos nuestra carta con anticipación y nos traían exactamente lo que decían. Naturalmente, las campañas publicitarias en Diciembre son intensas y, cuando queríamos cambiar nuestra carta, hábilmente, mi madre nos decía “La cartita ya se fue”.

            Pero el show no acababa ahí, ya que en las madrugadas del 25 de Diciembre o del 6 de Enero, no sólo recibíamos nuestros juguetes, también recibíamos una carta personalizada de los fantásticos personajes. Eso era muy especial, ya que la ilusión se incrementaba al ver que los Reyes, Santa y hasta el ratón de los Dientes, te dejaba una carta diciéndote que habías sido un buen niño (ingenuos de nosotros al no reconocer la letra materna, pero me alegro de ello).
La Maestra Marina

            Algo que me encanta de este pasaje es que mi madre nunca cayó en algo que me ofende mucho: regalar ropa. Como niño quieres que te regalen juguetes, no ropa. La vestimenta es parte de las obligaciones de los tutores y, utilizarla en lugar de juguetes, siempre me pareció muy mezquino y un gran asesino de las ilusiones infantiles.

            Pero la generosidad de mi madre no terminaba ahí, ya que acostumbraba darnos regalos en el día del niño o el día de la amistad. Nunca nos prometía nada por sacar buenas calificaciones, y eso que siempre estábamos en el cuadro de honor pero, sin aviso previo ni razón aparente, nos regalaba algo cada fin de curso. Esto siempre lo hacía de sorpresa, así que siempre quedaba como bonito detalle (que valoraba mucho) en lugar de una obligación premeditada y sin chispa.

"El medio mejor para hacer buenos a los niños es hacerlos felices." – Oscar Wilde

Fue tan grande el amor que he recibido de mi madre a lo largo de mi vida que, a pesar de mis constantes críticas a las convenciones sociales consumistas (Navidad, San Valentín, Día del Niño, Día de la madre, etc.) tengo tan buen sabor de boca de esas épocas que, si llego a engendrar, no tengo por qué privar a mis hijos de toda esa ilusión que disfrute, y eso se lo agradeceré eternamente a doña Marina, misma que no escatimó en amor y recursos, para ver una sonrisa llena de ilusión en sus hijos. Podré mentar madres (y lo seguiré haciendo) para encauzar mi neurosis y ácidamente seguiré criticando al mundo pero, toda esa ilusión que mi mamá me regaló, sigue intacta e inmaculada, aún percibo el sentimiento auténtico con el que fui tratado y amado.

Mi madre es maestra de enfermería, por lo cual me dio una educación sexual muy completa desde temprana edad: nos hablaba con naturalidad del sexo, sin morbo alguno. También recibí una educación política profunda, ya que era activista tanto en el sindicato de la Escuela de Enfermería, y también participó en las Elecciones del 88. Aunque mis formas de pensar puedan diferir mucho de las de ella, siempre respetó mi individualidad. La prueba de amor más grande que cualquier ser humano puede profesarle a otro es el respeto de ser lo que desea, sin importar que esté o no de acuerdo.

            La maestra Marina logró una de las cosas más difíciles entre las madres mexicanas: nos enseñó a no tener “mamitis” (por lo menos a mí). Supo que había tenido éxito cuando, a los 18 años le dije: “Mamá, nunca me pongas en posición de escoger entre mi madre o la que vaya a ser mi mujer porque, invariablemente, voy a estar del  lado de mi pareja. ¿Y sabes por qué te digo esto? Porque es lo que tú me has inculcado desde pequeño”.

            Esto se vio reflejado en mi breve vida marital, ya que doña Marina nunca se inmiscuyó ni en los peores momentos del matrimonio, ni en el subsecuente divorcio, o de otras situaciones sentimentales que experimenté. Nunca se metió porque no se lo pedí, si hubiese requerido consejo, sé que me lo hubiera dado gustosa. Aún recuerdo la noche que se selló mi separación: al ser incapaz de encontrar a alguna amistad cercana, mi madre aguantó estoicamente todo mi desahogo, a pesar de que le debió doler lo que escuchaba.

La Maestra Marina presenció, muy de cerca, un par de casos de Mamitis, por lo mismo tenía muy claro que sus hijos no deberían padecer del mismo mal. No se puede todo en la vida y lo logró con dos de tres, el caso de mi hermana no lo voy a comentar. Sin embargo, doña Marina hizo mucho más de lo que podía hacer, en verdad me sorprende toda la astucia y recursos que tiene esa admirable mujer.

Voy a decirlo abiertamente: odie intensamente a mis papás cuando nos sacaron del DF para vivir en un pueblo perdido llamado San Matías Tlalancaleca. Mi vida en la gran ciudad era muy feliz, y fui extirpado de mi ambiente a uno que aprendí a odiar por el simple hecho de ser diferente (y muy infradesarrollado), dicha animadversión me duró muchos años, hasta que hace poco pude apagarlo en mi ser. Sé que mi reacción fue muy dolorosa para mi madre, porque ya estaba entrando en la pubertad, aunado a que su sacrifico fue mayor al renunciar a su trabajo, a su status quo y comodidades, todo por el bienestar de sus hijos al criarlos en un ambiente más “sano”.

Pude acabar con ese odio porque, al final, comprendí el por qué lo hicieron, es más, estoy agradecido que nos hayan sacado de la caótica Ciudad de México (aunque no estoy tan agradecido del lugar al que nos llevaron). Ya no podría vivir en el DF pero tampoco podía vivir en ese Pueblo, así que por lo mismo me mudé a Puebla hace más de una década.

Doña Marina no es perfecta, al igual que el resto de nosotros, tiene bastantes errores. Durante muchos años me dedique a analizar cada una de sus falencias, inclusive me atreví a culparla de mi divorcio (por seguir su ejemplo). En muchas ocasiones los hijos somos muy ingratos, porque damos por sentado que todo lo bueno que recibimos era una obligación, en cambio, remarcamos especialmente todo lo que nos hizo falta. Honestamente, no pude haber tenido mejor madre para mis características, gracias a ella pude explotar mucho de lo que traigo conmigo, dejando bases muy importantes para que me desarrollara. Hoy en día sigo encontrándome con enseñanzas maternas que he aprendido a valorar.

Debido a circunstancias, que no voy a ventilar en este blog, la situación económica de mi madre no fue muy buena después de dejar el DF, de hecho quebraron una papelería y, recientemente, una miscelánea que tenía a su cargo. A pesar de esa falta de abundancia económica, a ella siempre le ha gustado viajar. Ahí es donde aflora esa creatividad y voluntad que le admiro ya que, a pesar de carecer de recursos, ella se las ingeniaba para organizar excursiones a varios lugares (Cancún, Acapulco, Chiapas, Puerto Vallarta, Oaxaca, Veracruz, Morelia, Guanajuato, etc.) Gracias a esa voluntad de hacer las cosas, mi madre viajaba a los lugares de su interés y, adicionalmente, sacaba alguna ganancia económica con los tours que organizaba.

La Maestra Marina siempre tuvo muchas inquietudes políticas, lo demostraba desde sus tiempos en el sindicato de su escuela, por lo mismo se involucró en la política del pueblo en donde dejó de vivir recientemente. Gracias a ella se pavimentaron muchas calles (las primeras en la historia del pueblucho ése), se dedicó a recolectar firmas, enviar documentos al congreso del estado, visitar al gobierno municipal y estatal en busca del apoyo para la pavimentación. Se la pasó chingue y chingue (y vaya que es buena para eso) hasta que nos pavimentaron la calle, y posteriormente siguió presionando para lograr que las principales de la población también lo fueran.

Sin ser presidente municipal, consiguió muchas obras para el pueblo (escuelas, pavimentaciones, campos deportivos, entre otras), sin embargo, pudo más la desidia de una población mediocre que el empuje de una mujer admirable y luchona. Doña Marina se cansó de luchar contra corriente, de las traiciones, de la falta de reconocimiento y de todo lo que ella invertía a nivel personal y se retiró del mundo de la política, el cual es asqueroso por naturaleza.

Gracias a ella se hicieron muchas cosas en el beneficio de esa población ingrata por eso mismo es una heroína. Si nunca nos hubiésemos mudado ahí, puedo asegurar que dicho lugar seguiría en las mismas condiciones deplorables; sin embargo a mi madre (por ser mujer y foránea), casi nadie la va a recordar por esos logros en dicho pueblo. Por lo mismo incluyo este párrafo en el ensayo para que algún día alguien se entere que un pueblo, llamado San Matías Tlalancaleca, le debe mucho a la Profesora Marina (como le gusta que la llamen).

Mi madre es una maestra nata y, aunque renunció a su trabajo en el IPN, no podía dejar de ser educadora. Su fuerte no era el administrar negocios (por algo tronaron), así que le hizo caso a su vocación. Encauzó su necesidad y empezó a dar clases de regularización a niños pueblerinos. Muchos podrán pensar que lo hacía por negocio pero, en realidad, había ocasiones en que sólo tenía dos alumnos y a veces ni le pagaban. Pero dedicaba sus dos horas con la misma seriedad y pasión así fueran dos o quince chamacos. Al ver el interés que le ponía al aprendizaje de esos niños ajenos me dije a mí mismo “¡Wow! ¡Que afortunado fui de tenerla como madre!”, si esa pasión le pone a la educación de niños desconocidos, imagínense lo que hacía con los propios.

            Doña Marina es Ultramocha, no a los niveles de mi difunta abuela (que seguramente debería ser beatificada), a pesar de ese defecto, reconozco que el amor que tiene por nosotros es mayor que su fanatismo religioso; por lo mismo puede ser sensata, con visión y criterio. Menciono esto porque dejé la religión a los 15 años para convertirme en ateo/agnóstico. A pesar de esto, mi madre siempre respetó mis decisiones, nunca intentó obligarme ir a misa o convencerme de algo en lo que ya no podía creer.
Su Cédula

            Dentro de todo lo que debo agradecerle es que sin ella jamás me hubiera titulado. Desde el primer día que acabé la escuela, ¿cómo decirlo con elegancia?, me estuvo chingue y chingue y chingue y chingue hasta que presenté la tesis y conseguí el título. No había día en que no me acosará con “¿Cuándo te titulas? ¿Ya tienes fecha? ¿Ya acabaste la tesis? ¡Ya titúlate!”.

Si no me hubiera estado hostigando, seguramente no habría conseguido mi cédula profesional, porque ya trabajaba y percibía un salario, por lo cual es fácil olvidarse del papelito. Ella tenía presente casos muy cercanos, en los que la ausencia del título fue un obstáculo en la vida profesional, por lo mismo me estuvo acosando hasta que le mostré el mentado documento. Cuando acabe la maestría no me espere a que Doña Marina me estuviera fregando, aunque ya no podía decirme nada porque yo me la pague, pero tenía muy presente el interés materno en la licenciatura y eso me impulsó a obtener el Posgrado.

Alguna vez mi hermano me escribió que mi madre es inmune al fracaso y es que lo ha experimentado tantas veces que ya ni la despeina. Doña Marina ha cometido muchos errores, ¿quién no?, muchas de esas pifias fueron hechas con la intención de conseguir lo mejor para nosotros. Ha hecho sacrificios que no cualquiera haría, tiene acciones que serían juzgadas por esta “intachable” sociedad pero (ya) no la juzgo, porque ahora entiendo que sus decisiones fueron basadas en el amor que nos tuvo a mí y a mis hermanos, es como decía Nietzsche: “Todo lo que se hace por amor está más allá del bien y el mal”.

Aunque la Profesora Marina es una mujer apasionada, también es un ejemplo de civilidad remarcable. A los 24 años conocí a mi hermana paterna (la hija de su primer esposo), ella vino junto con su mamá (la esposa de mi papá biológico) y se hospedaron en nuestra casa. Todos salimos a pasear, platicaron las señoras y se llevaron de maravilla. Cuando compartía esto con conocidos,  se me quedaban viendo e invariablemente preguntaban “¿Cómo? ¿Tu mamá hospedó en su casa a la hija y esposa de su exesposo?” para mí resultó algo muy natural, sin morbo ni resentimiento alguno, pero el resto del mundo nos tachaba de locos (y seguramente tienen razón, pero en realidad no me interesa lo que opinen).

Hablando de la notable resistencia de doña Marina, aún recuerdo el día que me mude de su casa: a pesar de haberle avisado con tiempo, de haber hecho mudanza hormiga y de irla terapiando paulatinamente, le dolía en el alma que su primogénito dejara el nido. Así que aguantó hasta el momento que partí, acto seguido se echó a llorar (esto me lo contaron mis hermanos). Ese hermoso detalle lo agradecí con profundidad, primero por aguantar las lágrimas para facilitarme la partida y, después, el que las haya derramado en honor a todo el amor que siempre me ha regalado esa admirable mujer.

Sé que soy un hijo ingrato al no entender la magnitud del amor que mi madre tiene por nosotros pero, de una manera más racional que emocional, puedo admirar la magnificencia y valentía de las acciones que esa maravillosa mujer realizó por sus engendros.

Mi madre ha cargado con muchas culpas a lo largo de su vida, ella es consciente de las repercusiones negativas de sus decisiones y, tristemente, no siempre se reconoce el impacto positivo de sus aciertos que, por mucho, son mayoría. De por sí la vida te castiga por tus pifias, pero ella se flageló adicionalmente al no perdonarse las fallas, mismas que no cometió con intención de dañar a nadie.

Por esos mismos errores vivió tantos años en un lugar que le quedaba chico para todo su potencial. Recientemente regresó a nuestra tierra: Veracruz, una de las mejores decisiones que ha tomado, y ahí creció la admiración y amor que tengo hacia mi madre; y es que acabó con su encarcelamiento, dejando atrás muchos intereses y anhelos de muchos que querían que se quedara dónde estaba. Dejar el lugar en donde has vivido 23 años, considerando que es una mujer de 61, requiere un valor impresionante, sin importar que regreses a tu lugar de origen.

Este homenaje que hago a mi señora madre es para inmortalizarla. Si este blog es mi boleto para la inmortalidad, quiero llevarla conmigo, necesito que se sepa la calidad de mujer por la que fui criado. Creo que puedo ser muy objetivo, ya que he mantenido una distancia sana desde que salí de su casa, por lo mismo la visitaba cada 15 días. Ahora que vive en mi amado puerto, tal vez la vea dos o tres veces al año.

Es factible que mi madre no tenga el buen concepto de ella que estoy expresando en este escrito, ni siquiera yo lo tenía tan claro pero, recientemente, cuando se regresó al puerto, lo acabe de descubrir. La considero como una auténtica heroína anónima (como la mayoría de las mamás), ya que hizo todo por sus hijos sin importar que reciban o no el crédito merecido.

Todos somos producto de la educación que recibimos.

Doña Marina es un dechado de generosidad, en mi opinión exagera, ya que es capaz de quitarse el bocado con tal de dárselo a alguien más necesitado. El problema con esa actitud es que ha encontrado mucha gente gandaya que se aprovecha de su bondad y, en consecuencia, no ha tenido tanta abundancia como merecen sus acciones; aunado a que en un país como el nuestro nunca se acaba la gente pobre a la cual ayudar.

Mi madre no sacrifica sus intereses sólo con su familia, sino con cualquier alma necesitada. Sé que soy muy mezquino al recriminárselo, pero siempre le digo “Mamá, ya deja de creerte la Madre Marina de Calcuta, ¡ya es hora de que veas por ti!” pero le cuesta mucho trabajo, todo debido a su educación, su personalidad, sus creencias pero, sobre todo, por esa naturaleza generosa que trae en su esencia.

Producto de tanta gente que se ha aprovechado de su bondad, mi madre ha quedado un poco marcada, porque a cada momento sospecha de que alguien le está haciendo (o deseando) el mal. No la puedo culpar, ya que ha sufrido muchas traiciones, algunas fuertes y otras leves; y no la puedo juzgar, porque yo mismo estoy ciscado por algunas malas experiencias. A pesar de todo lo que soportó, siempre sigue adelante (como Remi), cualquier otra persona hubiera acabado destrozada, me sorprende su temple, ya que saca fuerza quién sabe de dónde, y sigue luchando. Por todo ello, aparte de quererla más, he aprendido a admirarla.

Mucha gente quiere, aprecia y admira a mi madre, obviamente no todos lo hacen, porque siempre habrá seres miserables que envidian la estrella, la personalidad y la luz que irradian ciertas personas. Como ya mencione, ha sido atacada por seres mezquinos que intentan mancillar la felicidad natural que es inherente a ella. A pesar de tantas deslealtades que ha sufrido, sigue avante, da la impresión de ser indestructible y cuesta creer que un día se vaya a morir (con lo necia que es, igual y se le impone a la muerte para que no se la lleve). La admiro porque, a pesar de las innumerables situaciones adversas, sale airosa o, por lo menos, con un aprendizaje.

Debo reconocer que alguna vez le reclame: “¡Ay Mamá! No es posible que nos hayas inculcado tantos valores que resultan inútiles en un mundo de gente podrida”. Ella estaba consciente de que nos estaba educando con valores de cuentos de hadas pero, al final podía estar tranquila de que cuando saliéramos al mundo, de alguna manera, acabaríamos haciendo lo correcto. No lo voy a negar, muchas veces me ha encabronado hacer lo correcto, y es que esos valores y principios inculcados me impiden hacer lo incorrecto, seguramente he hecho mal a alguien en alguna ocasión, pero difícilmente habrá sido con premeditación.

A veces me gustaría hacer lo que la mayoría hace, acciones que casi todos disfrutan, y me suelo decir “¡Demonios! ¿Por qué me estoy perdiendo de toda la ‘diversión’?” Sin embargo, al final del día, le agradezco mucho esos valores, porque no hay mejor almohada que una consciencia tranquila.

No entiendo cómo mi madre siempre anda de buenas, se la pase chifle y chifle (parece que en su vida pasada fue un gorrioncillo), se la pasa cantando y en las fiestas anda bailando y echando relajo. De niño me avergonzaba mucho de su comportamiento tan desenfadado, también me daba pena que se pusiera a llorar en las películas (aunque ahora hago lo mismo), a veces como hijos somos muy estúpidos, y no valoramos todo lo que tenemos en nuestras madres. Tal vez tarde, afortunadamente no “demasiado tarde”, me he dado cuenta de lo afortunado que fui por recibir a esta mujer excepcional que guió mi camino con mucho amor y con mucha sabiduría.

Veo a las mamás de algunos de mis amigos, señoras de la misma generación que Doña Marina, que son independientes, generan recursos y mantienen una vida profesional activa y exitosa. No lo voy a negar, a veces he pensado “¿Por qué mi madre tuvo que renunciar a su trabajo y someterse a un yugo? Bien hubiera podido llegar a un mejor status”

Seguramente hubiéramos tenido una gran vida, ya que mi madre demostró que podía mantener una vida equilibrada entre su carrera y sus hijos. Tal vez por las razones equivocadas o tal vez por las correctas, mi madre renunció e inició otro camino, mismo que nos fue dando lecciones de vida invaluables. La Profesora Marina nos ha dado muchos ejemplos conscientes e inconscientes, de palabra pero sobretodo con vivencias. Tal vez mi madre pudo ser más exitosa pero, el camino por el cual nos llevó, nos hizo más sensatos y conscientes de cómo funcionan muchas cosas en el mundo real.

Nunca nos dio algún discurso inspirador, ni nos contó alguna bella y llamativa historia de nuestros antepasados; pero eso no importó, su vida nos han servido de una lección invaluable. Ciertamente las palabras convencen, pero el ejemplo arrastra. A pesar de todos los errores que pueda tener (sin importar su magnitud), la calidad moral y la sabiduría práctica (de las que seguramente no es consciente) de Doña Marina han pesado más de lo que cualquier error podría significar.
Doña Marina con mis tíos Toño, Fredy y Micky

Hay quién dice que me paso de cabrón con mi mamá, sólo por verla como humano y comentar algunos de sus errores (aunque no siento que la esté evidenciando). Personalmente creo que mi actitud es la más amorosa de todas, porque no la tengo idealizada, puedo verla como el bello ser humano que es y, aunque no es perfecta, la amo. Voy más allá, la quiero aún más por sus defectos y errores, precisamente porque no es perfecta, dentro de su imperfección hizo un trabajo impresionante con nosotros, a pesar de tener mucho en contra, siempre salimos ganando a nivel personal.

Esa misma actitud me ha dado la oportunidad de que platiquemos de adulto a adulto, lo cual ha resultado muy liberador para ella, porque sabe que no tiene que ser la madre perfecta, que siempre debe mantenerse inmaculada para mantener nuestras idealizaciones infantiles. La quiero más porque, sin importar sus falencias, siempre sé que cuento con su apoyo para todo lo que yo haga (aunque ella no esté de acuerdo).

En esos momentos cuando la dejó descansar de su rol de “Mamá” y la dejó ser por unos instantes simplemente Marina, ese rol que dejo de ejercer hace muchos años y que se llega a anhelar después de tanto tiempo en el papel de madre; valoro mucho que me hable de sus problemas como si fuésemos amigos y que olvide, aunque sea por un momento, que soy su primogénito, porque a veces necesita un poco de comprensión y empatía con su carga.

No soy el mejor hijo, ciertamente he de ser muy ingrato para la maravillosa madre que me tocó tener. Obviamente ella dirá lo contrario y hablará maravillas de mí, pero sé que pudo merecer alguien mejor que yo, porque su calibre humano, moral y sentimental no tiene par.

La imagen favorita que tengo de mi mamá es la que tenía cuando vivíamos en el DF: una mujer profesionista, plena, realizada, alegre, independiente, activa, admirada, progresista y que tanto me enseñó. A pesar de ello, independientemente que haya algunas más sobresalientes que otras, siempre amaré cada etapa en su vida, por darme la libertad de ser quién yo quisiera; inclusive sacrificando idealizaciones que ella tenía hacía mi o que yo tenía de ella, todos esos apegos que puede haber en una relación madre-hijo, con tal de que tomara mi propio camino. Hoy en día, gracias a esa independencia que me heredó, es que la admiro y la quiero más que si me hubiera pegado a su regazo todo el tiempo y me hubiera provocado mamitis aguda.

Como se han dado cuenta en el escrito, a ella le gusta que la llamen de distintas maneras: Doña Marina, la Señora Marina, Rosa Marina, la profesora Marina, la Maestra Marina entre otras, pero a mi me gusta simplemente llamarla “Mamá”

Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 17 de febrero de 2013

Definiendo a “Dios” (Mis Creencias Parte III)


            Las creencias no se deberían enseñar, uno las debería adquirir por su cuenta; porque si te las inculcan como dogma no tienes cómo acomodarlas a tu esencia y, si las vas aprendiendo a tu forma de ver la vida, te sientes más a gusto con ellas. Voy a contar mi definición del concepto llamado “Dios”. Sugiero leer esto con mente abierta y no con ánimo de agresión, lo voy a dividir en algunas secciones.

            Los antecedentes de la religión

            Tomemos las culturas Antiguas como Grecia, Mesopotamia, Roma, Egipto, China, Japón, los Mayas, los Incas, etcétera. Tenían sus propias religiones y respectivos Dioses que, hoy en día, son simple Mitología que sirve para entretenernos como cuentos de hadas, ¿o alguien sigue creyendo en Osiris, Zeus, Júpiter, Odín, Quetzlcoatl y demás deidades? Hoy son simples cuentos y, para los expertos, datos de referencia para entender mejor a aquellas culturas antiguas y arcaicas.

            ¿Qué les hace creer que ya hemos alcanzado el conocimiento exacto del origen de la vida y el Universo? ¿Quién les dice que en 1000 años (si aún hay humanidad) no va a haber “Davidianos” adoradores de David Coresh como hijo de Dios? Y dentro de sus libros sagrados van a contar como el montón de salvajes lo asesinaron por traer un mensaje de paz. ¿Quién les dice que para aquél entonces el Cristianismo, Judaísmo, el Islamismo, el Budismo, Shintoismo y demás religiones ya no van a ser válidas? Igual y sólo serán puntos de referencia cultural para entendernos como “tristes culturas arcaicas”, y ¿entonces? ¿Los Davidianos tendrían la razón? Ellos van a decir que sí.

            Los humanos, en nuestra infantil manera de encontrarle explicación a las cosas, le hemos asignado a este “Dios” cualidades humanas: Piedad, ira, compasión, bondad, etc. ¿No creen que si fuera tan superior ya hubiera dejado esos estados tan banales? Nos gusta creer que así es él (porque hasta género le asignamos), porque nos es más cómodo creer que es una versión mejorada de nosotros mismos en vez de algo que no podemos definir, ¿Cómo vamos a adorar a algo que no podemos imaginar?

            Sé que hay muchas personas que no pueden, o en realidad no quieren, entender más allá de los dogmas que con los que los programaron. No quiero que piensen como yo, sólo quiero que entiendan que aunque me “educaron” creyendo una cosa, hoy creo en otra. No sé si mi percepción de lo que llaman “Dios” es más sofisticada o, tal vez, más sencilla (o más burda, si así lo quieren clasificar), pero así lo elegí yo.

Personalmente, creo que el humano común y corriente no está preparado para llevar o seguir una religión. Llevarla implica demasiada tentación por el poder que genera el dirigir las creencias de tantos millones de personas. El seguirla no es fácil sin caer en el fanatismo. Para mí, el número ideal de integrantes en una religión es UNO. Cuando se es responsable de las creencias propias, es más fácil ser congruente con su manera de ver la vida, ya que no descarga en alguien más lo que debe pensar o creer, además de no tener a quién culpar de sus fallas (o quién lo justifique de las mismas).

            Mi religión es de una sola persona, y no admito más correligionarios, ¿Por qué? No es por elitista ni por intolerante, porque se ha visto que cualquier asociación humana con muchos integrantes, empieza a corromperse por intereses ajenos al objetivo inicial. No necesariamente se corrompen los fundadores, pero sí los que heredan el mando. Esto pasa con casi todas las religiones (tal vez se salven Budismo y Shintoismo), en donde las creencias pasan a segundo término (para los dirigentes) y el poder es el nuevo “Dios” regente.

            Después de tanto antecedente, a lo que nos truje Chencha.

Dios y nuestra creación

            Creo que existe “algo”, no puedo decir “alguien”, muy superior a nosotros. Esta “cosa” está hecha de energía pura (como todo en el Universo), no creo que tenga una consciencia tal cual y, en caso de tenerla, es algo más allá de nuestro entendimiento. Esta esencia nos dio origen pero, a diferencia de lo que el ególatra humano quiere creer, nuestra creación fue un mero accidente, no fuimos creados a propósito. Claro que el homínido tiene la necesidad de sentirse divino, por eso mismo se pone en el centro de la creación (algo tan estúpido como cuando creían que el sol giraba alrededor de la tierra).

            Como breve paréntesis, les recomiendo la serie “Catástrofe Prehistórica” del Discovery Channel, en la cual se puede comprobar que somos el producto de diversas coincidencias y que nuestro origen es un verdadero milagro (pero no religioso), una vez que nos hacemos conscientes de todo lo que ha pasado en este planeta, lo breve de nuestra existencia y lo fácil que podemos desaparecer, nos hacemos más humildes y empezamos a poner las creencias en perspectiva.

            Regresando a la esencia de la cual provenimos, es tan grande que no dudaría en algún momento que es lo que concebimos como Universo en sí. Esa misma magnificencia me hace afirmar que nuestra existencia es irrelevante para “Dios”. Voy a ejemplificarlo de manera más local: vamos a suponer que las células de nuestro cuerpo son conscientes y tienen una vida organizada. Nosotros sabemos que existen pero son tantas que si muere una o nace otra no nos quita el sueño, por eso mismo, si una le pone el cuerno a otra o una sociedad de ellas defrauda a algunas o que una nación de ellas someta al resto, nos tiene sin el mayor cuidado. Las células existen en nosotros pero seguimos viviendo sin importarnos su comportamiento social.

            Algo así pasa con esa esencia, si es que sabe que existimos, en realidad no le es vital nuestro comportamiento, a fin de cuentas somos unos bichitos molestos que habitamos el tercer planeta en una de tantas galaxias.

    El alma, el cielo, reencarnaciones y otras vidas.

            Claro que existe el alma, por algo nos movemos, sentimos y, en ocasiones, entramos en catarsis con diversos motivadores, por eso somos capaces de creaciones sublimes, aunque también de las aberraciones más despreciables.

            Aunque no soy admirador de Coehlo, hay un par de libros que valen mucho la pena de él, el siguiente concepto lo tomé de “Brida” ya que me hizo mucho sentido, les comparto la adaptación que hice del mismo:

            Antes de nacer, nuestra energía forma parte de esta energía esencial (lo que ustedes llaman “Dios”), somos como una gotita en un inmenso océano. Cuando somos concebidos se crea nuestro cuerpo (un recipiente) el cual se llena con nuestra alma (así como si tomáramos agua del mar en una botella).

            El recipiente es nuestro cuerpo terrenal y el agua es nuestra alma, esa pequeña muestra que vino de nuestro creador/origen. En ese cuerpo, y en esta vida, nos vamos haciendo de experiencias en la breve existencia que nos toca.

            Cuando el cuerpo muere, el alma se reincorpora a la esencia primaria, como cuando vaciamos el recipiente de vuelta al mar. La forma individualizada se pierde por completo, así usemos el mismo recipiente para llenarlo de agua de mar, la esencia ya no será la misma. Eso es a lo que llaman “Cielo” o “Nirvana” o  “Valhalla” o el “Más allá”, ciertamente es cuando ya no existe el ego y cuando nuestras energías confluyen unas con otras, ya no hay ni tú ni yo, no hay él ni ella, somos todos y nada a la vez. Dentro de lo que nos inculcan es que llegaremos con nuestra misma esencia al siguiente plano existencial y es cierto, pero no de forma individual, porque nuestra consciencia se pierde por completo para integrarse al Todo.

            Tomando esto como base, es claro que existen las reencarnaciones pero ¿por qué recordamos sólo pasajes de vidas anteriores? Porque al reintegrarnos a la esencia primaria, así como cuando vaciamos el recipiente al mar, todos nos mezclamos, así que el alma que ocupa un nuevo recipiente está conformada por pedacitos de otras esencias que habitaron en distintos lugares y en distintas épocas (hasta aquí la idea de Coehlo)

Cuando reencarnamos, no sólo lo podemos hacer como humanos, también podemos hacerlo como animales, en otros planetas, en otras dimensiones y, ¿por qué no? hasta en otras épocas. Básicamente las creencias humanas nos limitan a que la creación gira entorno a nosotros, pero al Universo le vienen valiendo pepino nuestras infantiles creencias.

Todas estas posibilidades que menciono pueden ser factibles y es que, como los limitados somos nosotros, creemos que el Universo también lo está, cuando desconocemos casi todo de él.

            Es por eso que la muerte NO existe. Si recuerdan sus clases de Física, se nos dice que la energía no se crea ni se destruye: sólo se transforma. Cuando llega eso que llamamos “Muerte”, en realidad sólo fenece el Ego, esa identidad que nos hemos forjado en este plano existencial, pero no hay muerte como tal. Sólo cambiamos de estado, pasamos a otra etapa de nuestra existencia pero, como estamos tan atados a nuestras relaciones, nuestras posesiones, nuestros roles, nuestras identidades y demás, tendemos a temerle.

    La tranquilidad espiritual, los milagros, la fe y demás.

            Está comprobado, científicamente, que el rezar con fe acaba tranquilizando a quien lo realiza. También hay muchas personas que están convencidas de que han visto apariciones o que se les han concedido milagros en respuesta a sus plegarias, casualmente la deidad en la que creen, no otra que les es ajena.

            En mi etapa final de ateísmo me empecé a dar cuenta de algo: si ves la vida negra, más oscura se pone, por otro lado, si le encuentras lo positivo, es más factible que obtengas buenos frutos. Este concepto se desarrollo en un vídeo llamado “El Secreto”, cuya esencia me pareció maravillosa pero, al igual que las religiones, una vez que encontraron la veta de oro que da el poder, se empezó a corromper como el resto de corporaciones que lucran con las creencias.

            Muchos lo llamaran rezar, otros meditar y otros simplemente tener buena vibra. El hecho es que la energía reacciona de acuerdo a lo que emitimos, si nos enfocamos en lo malo, sólo llegaran cosas malas. Es como en la vida, ¿con quién prefieren relacionarse? ¿Con un amargado que refunfuña todo el tiempo? O ¿Con una persona positiva con una actitud excelente y que siempre ve lo bueno del día?

            Este Universo está hecho de energía, misma que reacciona conforme a su entorno. Por eso dicen que el dinero atrae dinero, ya que la gente exitosa sigue triunfando a pesar de los fracasos y los fracasados siguen en el lodo a pesar de algún golpe de suerte. Yo mismo he experimentado eso, antes mis días eran un suplicio constante pero, cuando aprendí a ver lo bueno de la existencia (sin convertirme en un iluso bonachón) mi calidad de vida se ha incrementado exponencialmente (Sin tener que ser millonario, como muchos creen que es la única manera de estar pleno).

            De ahí viene lo importante de la meditación y no me refiero precisamente a estar en posición de flor de Loto y hacer “Ommmm”; me refiero a la paz interna que uno debe alcanzar, se puede hacer mientras nadas, mientras lees, mientras escribes, mientras bailas, mientras estás en un campo abierto sintiendo la brisa que te despeina.

Los humanos hemos errado el camino, porque estamos en búsqueda de una felicidad eterna, misma que es una falacia, una leyenda, un mito que nos han tatuado en el inconsciente. La felicidad es un estado efímero que, eventualmente, termina; si nos hacemos adictos a él, viviremos constantemente en episodios de alegría-nostalgia-tristeza-alegría-nostalgia-tristeza y así indefinidamente, lo cual es muy desgastante.

La paz es ese estado en el que podemos aceptar las cosas tal cual vienen, con la intensidad que fueron concebidas y el tiempo que tengan que durar. No es un estado de conformismo, es uno de madurez espiritual que pocos logran alcanzar (y al cual espero llegar aunque sea en el último momento antes de morir).

Nada indica 
En la voz de la cigarra 
Que pronto morirá. 
-Bashou

Conclusión

En fin, como dije al inicio, ésta sólo es mi versión de los hechos pero, a diferencia de lo que hacen las religiones, no es mi intención enjaretárselos como verdad universal. Al final, esta esencia está más allá de nuestro entendimiento así que, lo más probable, es que nunca sepamos lo que en realidad es.

Lo que sí me parece ilógico es atribuirle a ese ente, tan superior a nosotros, cualidades y defectos humanos. Eso es una muestra de egolatría humana y no la fe en algo superior.

            Creer que un Dios rige nuestro destino, todo lo bueno y lo malo que acontece en nuestras vidas, nuestros caminos y sus resultados es algo que no entra en mi mente, por lo que pueden  considerarme ateo, porque ese “Dios” no lo es y está más allá de nuestro entendimiento.

            Para mí es más valioso aprender y razonar todo en la vida que todos los dogmas que me embutieron en la niñez y, hoy en día, me siento más tranquilo respecto a este tema, porque me encontré con el camino de estas creencias después de un largo proceso y no solamente porque alguien más vino y me lo impuso.

Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 10 de febrero de 2013

Ignorancia

“Si supiéramos cuánto ignoramos, nunca nos enorgulleceríamos de lo poco que sabemos” – Hebert Gutiérrez Morales.

sábado, 9 de febrero de 2013

Yo era ateo (Mis Creencias parte II)


La idea de este párrafo la tomé del Libro “Cuando pienses, vivirás” de Autores anónimos y Evaluación de Sergio H. Carrión. “Como ateo les daba asco, ¿qué pasaría si todas las religiones clamaran que no hay infierno o Demonio? ¿Cuántos obrarían bien sabiendo que no hay un castigo en el más allá? Muy pocos ¿no? ¿Y yo daba asco? No creo en un infierno y no por eso ando matando gente. Deberíamos soportar nuestros valores en nuestras propias esencias y no en miedos de un castigo futuro o en promesas de un premio futuro después de esta vida. ¿O ustedes necesitan de amenazas para amar?”

            Después de darme cuenta que la religión no era, ni por lejos, lo que me habían enseñado, fue tal mi decepción que descalifique TODO sin excepción, incluyendo al Dios que me habían enseñado a venerar. Al encontrar tantas incongruencias entre la realidad y lo que se me enseño en mi formación católica, pues me resultaba natural que todo fuese falso. Creo que eso se me quedo de la religión: lo dogmático, así que me hizo negar la existencia del tan multicitado “Dios”.

Durante mis años de ateísmo más extremo conseguía muchas reacciones viscerales al confrontar distintas creencias con mis argumentos, todo motivado por un deseo de revancha debido a toda la culpa innecesaria que me hicieron sentir. Pero me canse de crear odio, eso es fácil de hacer pero ¿Para qué sirve? Para nada productivo, por lo mismo fui tomando una postura “mientras no se metan conmigo, no me meteré con ellos”, la cual es difícil de respetar ante tanta ignorancia y dogmatismo.

Las religiones son mafias que lucran con la fe de cada individuo, algo muy personal e íntimo que cada cual debe profesar a su manera y no bajo reglas estipuladas por alguien más. Es ridículo creer que alguien posee el monopolio del conocimiento, de la bondad, de la espiritualidad o de la verdad. No pretendo pertenecer de nuevo a alguna religión ni a ningún grupo organizado al respecto. Mis creencias van evolucionando, serán para mí y para quien le interese escucharlas.

“Nunca he visto una mafia espiritual, por eso mismo, la Iglesia es una ironía o, mejor dicho, una aberración en la que muchos ignorantes depositan su fe” – Hebert Gutiérrez Morales

            Retomando mis prejuicios infantiles, comprobé (con tristeza) que siguen muy vigentes en la sociedad mexicana. Un día, platicando con uno de mis compañeros de clase de alemán, me pregunto sobre mi ateísmo: “Si eres ateo ¿Qué te impide matar, violar, asaltar y agredir al resto de las personas?” Le conteste “¿Por qué debería hacer todo eso? No está ni en mi naturaleza, ni en mi educación, ni en mis valores, ni en mi esencia y, por ende, no necesito hacer nada de eso”.

Ahí comprobé que la Religión sirve para algo: Mediante el miedo tiene atemorizados y restringidos a seres menos desarrollados, así no dan rienda suelta a sus instintos básicos, por lo que tratan de portarse bien, debido al miedo de un más allá que no entienden y que no pretenden entender, porque la religión también te impide pensar y cuestionar algo que ellos ya hayan dicho “caso cerrado, así son las cosas y punto”.

Con el tiempo aprendí a agradecer que mi madre me haya sumergido tan profundamente en la religión. Si hubiésemos sido de esos “Católicos de Sociedad”, mismos que sólo van a misa por eventos sociales y que saben lo mínimo indispensable de su religión, seguramente hubiera sido más fácil mantenerme dogmatizado. Pero como me adentre a las entrañas religiosas desde muy joven, también alcance el fondo muy rápido, lo cual me hizo rebotar hacia afuera, tan fuerte y tan lejos, que era una obligación abandonarla.

Cuando los creyentes se quedan dentro de la religión de una manera superficial, es más fácil que permanezcan en el rebaño, ya que no van a encontrar algo vital que cuestionar, todo lo toman como una “verdad bonita y utópica” misma que profesan mientras que sus acciones dicen otra cosa. De esos también vive mucho la religión, porque son mediocres al conformarse con una explicación en la cual no creen por completo, pero les da pereza cuestionar o siquiera intentar encontrar su propio camino.

“Cuanto menos se sabe, más fácil se conserva la fe” - Friedrich Wilhelm Nietzsche

La gente que profesa una religión, de manera fanática, se considera a sí misma “buena por decreto” y los que estamos fuera de ella somos “malos”. Si rezar, alabar imágenes e ir a templos fuera una solución para que todos fuéramos “buenos” ¿por qué no lo somos? ¿Acaso hay alguien que hace lo mismo pero para ser “malo”? ¿Cuántos narcotraficantes, políticos corruptos, asesinos, violadores, y demás siguen fervientemente una religión? Entonces ¿ellos tienen mejor moral que la mía por profesarla? De igual manera, de entre todas las religiones que se profesan en el mundo, ¿sólo los miembros de X creencia son buenos? ¿Y el resto?
            
Personalmente, más que seguir ciertos rituales, es más importante el respetar a tu prójimo (sin importar sus diferencias de opinión o creencias), porque las palabras se las lleva el viento y no hay nada más congruente que expresar las ideas a través de acciones concretas. No soy el “hijo del Diablo” por el simple hecho de no profesar una religión, ni soy un ser maligno o (tan) perverso, tampoco los voy a matar ni a violar a sus hijas, mucho menos voy a destripar a sus perros o robarme su dinero, ni quemar sus casas ni ninguno de esos prejuicios que tienen contra personas de distintas creencias a las suyas.

Creo que deberíamos modificar nuestra manera de conocer a la gente y no por el hecho de creer “X” o “Z”, garantiza cierto comportamiento. Trato de respetar al prójimo, si me respetan, respeto. No creo en eso de “poner la otra mejilla”, si me agreden me defiendo pero no tengo por qué agredir si no comparten lo que pienso y eso es más valioso que muchos ritos. Uno de mis principios de vida más básicos es “No hagas lo que no te gustaría que te hagan”.

Ningún fanatismo es bueno ni productivo, la obsesión (a lo que sea) es bastante nociva. Cualquiera es libre de creer o pensar en lo que quiera y, mientras no dañe a terceros, también es libre de llevar esas ideas cabo. He tenido distintas pláticas de este tema con personas fervientemente creyentes, pero no fanáticas, y hemos podido tener un diálogo respetuoso y nutritivo. Obviamente también hay personas cegadas por sus creencias y se cierran a escuchar algo distinto. El fanatismo muestra un nivel bajo de desarrollo, por identificarse con algo externo en vez de conocerse a sí mismo, y de ahí el nivel de violencia o intolerancia que demuestran demasiadas personas.

"¡Que desaparezcan para siempre esas horrorosas religiones que pretenden ejercer sobre nuestros corazones un poder absoluto" - Voltaire. 

El fanatismo eventualmente trae violencia, ya sea física o verbal. No soy nadie para prohibir o permitir que alguien crea en algo o en alguien, así cómo nadie más puede decirme en qué creer. Ojala creyeran con sentido común, que cuestionaran lo que se les dice y no lo tomen como un dogma irrefutable. Me siento más tranquilo con una respuesta que yo encontré y me satisface, en vez de creerme algo que alguien más dijo y que no se me permite cuestionar. Por lo mismo vivo más tranquilo desde que sé que no hay nada que rija mi vida y mis miedos disminuyeron al saber que no soy vigilado todo el tiempo, cuando comprendí que soy el único responsable de mi felicidad y mi paz.

Después de un tiempo como ateo “duro” o “puro” me fui tranquilizando y mi odio se fue reduciendo, me fui acostumbrando a todas esas personas que tenían las buenas intenciones de regresarme al “rebaño” o al “camino de la luz”, pero ya no les contestaba de manera agresiva, sino de manera educada les pedía que desistieran.

            Con el paso de los años me fui dando cuenta de algunas cosas que no tenían una explicación normal y que sentía que había “algo”, no necesariamente que rigiera nuestras vidas pero había “algo” que está más allá de nuestro entendimiento. Muchas personas lo etiquetan, lo identifican y hasta le asignan un nombre, con una autoridad basada en la egolatría de creerse divinos y esenciales como para clasificar esa “cosa”, esencia, ente, presencia, energía, aura o lo que sea.

Tengo muy claro cuándo me convertí en ateo pero, no recuerdo exactamente el momento en que deje de serlo, en realidad no me dí cuenta. Ciertamente no creo en su “Dios” de la manera en que la mayoría cree, pero hubo un momento en que note que algo existía, porque lo percibí, no porque me lo inculcaron como dogma.
 
“Es imposible iniciar un diálogo racional con una persona respecto a creencias y conceptos que no ha adquirido mediante la razón. Tanto da que hablemos de Dios, de la raza o de su orgullo patrio” – Carlos Ruiz Zafón (“El Juego del Ángel”)

Sólo me llego a clasificar como ateo cuando no tengo tiempo de explicar mis creencias o cuando capto que mi interlocutor no va a superar sus dogmas. En realidad ya no soy ateo, pase a convertirme en “agnóstico”, y lo entrecomillo porque es lo más parecido a lo que soy, pero no soy militante de ninguna asociación, ni nada por el estilo; porque cuando uno pertenece a un grupo y se identifica con él, se enajena con el mismo y luego mutan en mafias y grupos de poder con intereses distintos a los que motivaron su creación.

Mis pensamientos son propios y no es necesario clasificarlos en algo ya determinado, independientemente que sea o no aceptado, y es tan válido si la piensa un individuo o mil millones de seres humanos (aunque no creo que todos la crean, ya que la gran mayoría de ellos fueron adoctrinados y/o programados en creerlo). A fin de cuantas sólo los muertos, si es que aún tienen consciencia, sabrán si hay un más allá de esta vida, así que cualquier hipótesis es bastante válida.

No me considero “bueno” (en la medida de lo posible ya he tratado de evitar la clasificación de “bueno” o “malo”), sólo trato de ser productivo, a través de no perjudicar a nadie por el simple hecho de que no me interesa hacerlo. No me gusta hacer lo que no me gusta que me hagan, ¿es eso “bueno”? ¿Soy “bueno”? No me importa hacer el bien, sólo quiero estar tranquilo y en paz. No me considero ni “bueno” ni “malo” sólo soy un ser que desea existir con la menor cantidad de conflictos posibles.

Hace seis o siete años, me dí cuenta que hay hechos de la vida que sólo encuentran la explicación en la energía, así empecé a buscar qué era ese “algo” a nuestro alrededor, pero no como algo divino, sino como parte de la naturaleza y del universo mismo. Esa misma energía que podía sentir en ciertas personas tanto positiva como negativamente. Ahí inicie otro camino que no sabía que recorría y no tengo un rumbo definido, a través de platicas, lecturas, cursos, de convivir con cierto tipo de personas y comprobar que ciertas teorías energéticas tenían fundamentos.

"Rendirse ante la ignorancia y llamarla Dios siempre ha sido prematuro, y sigue siéndolo hoy." – Isaac Asimov

Hoy en día comprendo que el ser Ateo por el simple hecho de serlo es tan cuestionable como el ser religioso por el simple hecho de serlo; igualmente triste es cuando el ateo simplemente niega por negar como cuando el religioso acepta todo sin dudar y cree por creer y porque así fue adoctrinado. Ambas posturas son poco productivas, ya que están basadas en la irracionalidad, en la pasión y hasta en el odio de un camino que dicta “la única verdad”.

Así como las religiones son las principales creadoras de ateos, estos mismos le dan mucho poder a las religiones. Toda la energía que un bando invierte para intentar anular al otro en realidad lo acaba fortaleciendo, por lo que se forma un círculo vicioso y una co-dependencia, porque ambos se necesitan para existir. Por mucho tiempo fortalecí a la Iglesia, primero con mi devoción y luego con mi odio pero, he aprendido a rechazar discusiones con gente religiosa porque, al final, sólo va a quedar un disgusto, ahora que si se empeñan a discutir conmigo, les voy a dar gusto (al fin que tengo mucha experiencia al respecto).

Pero sí hay otros caminos o por lo menos el que encontré es distinto, porque no estoy encasillado o encerrado en un dogma ni negado a otras posibilidades. Ambos lados sólo escuchan cuando lo que se les dice es parecido a lo que ellos dicen pero, en cuanto perciben algo contrario, cierran los oídos e inician con los mecanismos de defensa tan bien asimilados por años de adoctrinamiento.

No me opongo a que la gente se organice en religiones, porque todos somos libres de hacer lo que más nos plazca mientras no afectemos a terceros. Lo único que pido es respeto para todos los que no compartimos sus creencias, que no se comporten como si tuvieran la verdad universal y, aunque así fuera, no se debe perder la civilidad. Se debe de tener respeto hacia el resto de seres que somos distintos, ya que la intolerancia humana característica es la principal creadora de violencia en este mundo y, me parece, tenemos violencia de sobra como para aún crear más.

“Por simple sentido común no creo en Dios, en ninguno" – Charles Chaplin

No me quita el sueño ser etiquetado, clasificado o identificado pero cuando la gente me pregunta en que creo, les digo que ateo pues es más rápido de entender a que explique mi concepto de “Dios”. No tengo que elegir a ningún grupo porque no es ninguna obligación afiliarse a alguna creencia. Soy lo que soy y creo lo que he razonado, y no espero que nadie más comparta mi creencia, es más, no necesito que nadie más lo haga.

Muchos me tachan de soberbio por ser Ateo/Agnóstico al negar algo que nos creó y toda la parafernalia que ya conozco de sobra. Yo la voltearía, puesto que todas esas personas que se atreven a clasificar y etiquetar algo que no entienden son más soberbias de lo que jamás podré ser.

Para cerrar la trilogía, en el siguiente ensayo les voy a explicar lo que entiendo o percibo de lo que los demás llaman “Dios”.

Hebert Gutiérrez Morales.