lunes, 30 de diciembre de 2013

Bailes y miedos

Hace tiempo, en clase de baile, una compañera expresaba miedo de que su pareja la fuera a pisar en el paso que estábamos haciendo. Cuando me tocó bailar con ella, al hacer el mismo movimiento, justamente el pisado fui yo (y casualmente en el dedo que tenía lastimado en aquel entonces). Por lo que llegue a la siguiente frase:

"Inconscientemente tememos que nos hagan aquello que acostumbramos hacer a los demás" - Hebert Gutiérrez Morales.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Alejándose

"Es triste ver cómo cada día que pasa estamos más lejos, pero es horripilante la tranquilidad con que estoy aceptándolo" - Hebert Gutiérrez Morales

martes, 17 de diciembre de 2013

La importancia de llorar

            Sé que debo escribir de otro tema y, créanme, en verdad lo estoy intentando, el problema es que no fluyen los escritos. Tengo un montón de ensayos que sólo esperan que los descargue en el teclado, pero no puedo. ¿Por qué? Porque de pronto escribir me parece algo estúpido y sin sentido, algo inútil que sólo me hace perder el tiempo.

Sé que mi meta es ser inmortal, que me recuerden en el futuro personas que nunca conoceré pero ¿Saben qué? Por el momento esa meta ha dejado de ser importante. Es curioso ¿Cómo cambian las prioridades de uno con el amor? Precisamente por eso no quería enamorarme pero ¿acaso a alguien le preguntan? En fin, como sólo hay un tema que me provoca escribir, debo aprovechar el envión emocional.

            Estoy un poco frustrado y, al mismo tiempo, orgulloso. Ambas reacciones se deben al mismo motivo: no había podido llorar con soltura, el desahogo no se ha hecho presente con toda la potencia o intensidad de la que sé que soy capaz. He trabajado tantos años en terapia para conseguirlo, y es que antes era muy fácil ponerme en plan de víctima y lamentarme por mi “desafortunado” destino, me era fácil ver lo injusto de mi existencia y lo generosa que era la de los demás. Felizmente esos tiempos han pasado.

            Pero ese también es el problema: no puedo llorar a mis anchas. En cuanto encuentro un momento, de inmediato entra mi cerebro con argumentos que, eficazmente, controlan ese instinto de autoconmiseración y me hace tomar una postura madura y adulta pero ¿Acaso las personas maduras no lloran? Al parecer es una estupidez que mi inconsciente se ha tatuado.

            El problema de no desahogar mi tristeza de manera generosa, es que sigue en mi interior en un gran porcentaje y, mientras más tiempo pasa ahí, se va gestando un mal aún mayor: la depresión.

            Lo “bueno” del asunto es que es una depresión “funcional”, ya que realizo mis actividades de manera normal, pero más como una rutina establecida que me da soporte que por una intención real de mi parte, porque en realidad no hago algo con verdadero ánimo en estos días.

            Creo que la única que se ha dado cuenta de ello es Lesly. ¿Cómo me doy cuenta? Porque me dedica tiempo para platicar, me toma en cuenta para sus planes, me va a acompañar a mi primera clase de Yoga e incluso, a pesar de que ya vi “El Hobbit 2”, me ha invitado junto con su esposo para que la veamos en 4DX. Creo que quiere distraerme para que se me pase más rápido el dolor o simplemente, quiere que piense en otra cosa.

            Ayer tuvimos una junta y, mientras platicábamos, note que traía la pulsera que le regale, esa misma que era para mi Musa. Me hice consciente que la ha traído puesta desde el día que se la di, lo cual me conmovió bastante, se lo iba a hacer notar pero, de haberlo hecho, no hubiera podido contener las lágrimas y la oficina no es un lugar en donde me plazca berrear como María Magdalena.

            Sin embargo, con el paso de los días el anhelo va decreciendo junto con el dolor. Ya no espero que se comunique conmigo la mujer que me cambio la existencia aunque, sin quererlo, se aparece de imprevisto.

            Ayer mismo salí a comer con los de mi departamento. De alguna manera la plática se centró en mi “Grinchez” dándome ejemplos de las fechas que desprecio abiertamente por inducir al consumismo y actitudes estúpidas: Navidad, Año nuevo, 15 de Septiembre, el buen Fin y demás. Cuando llegaron al 14 de Febrero, me quede callado. Por más argumentos que esgrimía en el pasado para atacar dicha fecha con todo mi odio y rencor, ya no puedo hacerlo: fue el día que conocí a la mujer más maravillosa que se ha atravesado por mi vida y, por ese motivo, ya nunca más podré atacar el famoso día de San Valentín.

            Mis compañeros notaron, y se extrañaron, de que no atacara el 14 de Febrero así que, amablemente, les pedí que cambiaran el tema de conversación. Creo que percibieron mi tristeza porque lo hicieron sin chistar y se los agradecí muy profundamente.

            Hoy en la oficina fui un día tranquilo. La última semana laboral del año suele ser así, muchos salen de vacaciones y los que nos quedamos alcanzamos una tregua silenciosa para hacernos la vida fácil y cerrar el año de manera tranquila. Es por eso que hasta tiempo de organizar una dinámica de “Amigo secreto” hemos hecho, y ha resultado muy divertida. Esos momentos de alegría me tuvieron distraído todo el día y así evite pensar en ella, en mi Musa, o por lo menos así fue de día.

            En la tarde me puse a ver “Abraham Lincoln: Cazador de Vampiros”, misma que no había visto porque me dijeron que estaba muy mala pero, a mí parecer, está entretenida, muy palomera y comercial, nada del otro mundo, pero me la pase muy bien, esto mientras me ejercitaba en mi bicicleta fija.

            Después de la película, mientras estiraba y enfriaba, estaba tan emocionado que me dije a mí mismo “Esto es lo que necesito, distraerme con mucha adrenalina y alejarme de cualquier cosa que huela a romanticismo, así evitaré pensar en ella”, cuando sonó el tono que indica mensaje del Whatssapp.

Me escribió mi amiga Moni, con algunas dudas del cierre del “Amigo secreto”. No es la primera vez que escribo por Whatssapp desde que me despedí de mi amada, mismo medio que era nuestra principal vía de comunicación. Sin embargo, tenía mucho tiempo que no me comunicaba con Moni por esta vía y, sin esperarlo, me di cuenta que redacta de manera similar a mi Musa, incluso usa los mismos emoticones y algunas formas de expresión de ella, y eso fue lo único que bastó para desbaratarme.

Aunque seguía chateando con Moni, me puse a llorar. Por un momento sentí que volvía a platicar con mi Musa, que teníamos una de esas largas conversaciones que sosteníamos varias veces al día durante varios días seguidos. Recordé lo feliz que fui, todo lo que me ilusione, todo lo que soñé. Moni no se daba cuenta, y seguía usando esas expresiones y emoticones que me exprimían lágrimas a más no poder.

Mientras escribía también pensaba y decía a la distancia “Perdóname Na. Ni. En verdad nunca quise enamorarme de ti, nunca quise que todo esto pasara, nunca quise volverme a enamorar”. Ya hubo un punto en que no podía sostener la conversación y, simplemente, le agradecí a Moni todo lo que me había ayudado, aunque hubiera sido involuntario. Obviamente no sabía de qué demonios estaba hablando, pero aceptó mis agradecimientos cuando le dije que, tal vez, algún día le iba a contar en qué consistió su ayuda.

A veces no sabemos cómo nuestras acciones van a repercutir en los demás, a veces un simple “Hola”, un “Buenos días Jarocho” o una manera de escribir le reconfortan el alma a alguien que ni sabemos que lo necesitaba.

Todavía tengo mucho por desahogar, pero hoy saque muchas lágrimas que, aunque lo hubiese intentado, no se iban a detener en un rato. Y me alegro porque me siento más tranquilo.

Ya mero salgo de vacaciones, dos semanas en las que no me gustaría ver a nadie pero, aunque me encantaría, sé que eventualmente debo tener contacto con otros homínidos.

Debo seguir desahogando.


Hebert Gutiérrez Morales.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Estupidez

"No hay estupidez más grande que extrañar a alguien que (probablemente) ni piensa en ti pero, en ocasiones, uno no puede evitar pecar de estúpido" - Hebert Gutiérrez Morales

sábado, 7 de diciembre de 2013

Momentos

En estos días he estado muy irritable, susceptible, contemplativo y, sobretodo, muy sensible. Así que voy a exponer algunos de esos momentos que he capturado recientemente, sin algún orden en particular.

La boleada

El Miércoles tuve un rato libre en la tarde y, como traía los zapatos de “atropelladito” (como decía una exjefa mía), salí a que me los bolearan. Tal vez no lo haga tan seguido, pero me gusta que me los boleen porque, además de quedar brillositos y limpiecitos, indirectamente, también recibes un masaje de pies. Tome el periódico, lo hojee un poco pero nada llamó mi atención, así que lo dejé a un lado y empecé a observar a los transeúntes.

Como ya eran las cuatro de la tarde, no había tantos clientes, así que el joven cepillaba con más enjundia y, al mismo tiempo, con más cuidado. Noté que cuando he venido más temprano lo hacen de manera más apresurada o menos cuidada. Era una tarde tranquila y muy agradable.

Me preguntaba por los sueños y los problemas de cada individuo que pasaba por mi rango de visión: la de las memelas, el que preparaba sus sándwiches, el que recogía su puesto o el que lo estaba colocando, el que vendía las revistas, los que esperaban a su camión y demás.  “Tantas y tantas personas con sueños, sufrimientos y una vida que contar que no nos interesa en absoluto” es lo que pensé “pero no por ello dejan de ser importantes . . . por lo menos para ellas . . . .aunque a veces ni eso”

Sin darme cuenta, deje de ponerle atención a la gente, y empecé a ver hacia la autopista,  preguntándome a dónde iban todos esos autos, si estaban en algún viaje importante o sólo estaban transitando un camino cotidiano.

Y de igual forma, de manera imperceptible, deje de fijarme en ellos. Sólo me quede mirando al cielo, sin pensar en nada, que a fin de cuentas es mi objetivo en estos días. Y es que, cuando me pongo a pensar lo que viví en los pasados nueve meses, me entristezco mucho.

Pero justo en ese momento, el solecito vespertino estaba rico, un viento ocasional pasó meciendo los árboles y provocando que algunas hojas cayeran, de pronto experimente un paisaje otoñal algo citadino pero no por ello menos bello.

En ese instante me sentí muy agradecido por estar vivo (Algo que no hago casi nunca), estaba muy feliz de trabajar en una gran empresa y de tener el tiempo y los recursos suficientes para salir y que me bolearan los zapatos. Fui feliz ¿Por qué? Por nada en particular y, creo, esos momentos son invaluables: Ser feliz porque sí, sin motivo en específico, simplemente por vivir.

Le pagué al joven y compre unas palomitas para mi amigo secreto (Actividad navideña organizada en la oficina) mismas que entregué un día después. Antes de llegar a mi lugar, pase por mi anterior departamento a presumir mis zapatitos brillositos y es que, me apena admitirlo, casi nunca los tengo así. Otra pequeña felicidad que me enriqueció el día.


¡Por fin! ¡Sabía que no podía desaparecer así como así! Sólo era cuestión de tiempo para que volviera a salir esa parte oscura que estaba aletargada. Ciertamente no está a la potencia de años anteriores, pero me siento un poco más reforzado si está conmigo.

Aunque ahora hay una diferencia, esa crueldad está saliendo de forma selectiva, sólo con los que me exasperan o que se lo han ganado, mismos que se tornan exigentes conmigo, y eso es un detonante para mí. Si aunamos a eso la Grinchez que me florece en Diciembre, digamos que estoy encontrando un bastión de fuerza para sobrellevar mi dolor. Tal vez no sea la manera más positiva, pero me sirve y sólo la aplico de manera justa: a quien se lo ha ganado.

Costco

Comiéndome una pizza en Costco, viendo a la gente pasar, algunos fantoches, otros no. Algunos en familia, otros en pareja, padres, hijos, abuelos y demás. Viendo su gregaria felicidad, me pregunto a mí mismo “¿Todos los humanos debemos ser sociales? ¿En verdad nuestra naturaleza es social?” “¿Nos debemos a la manada conocida como Sociedad?”. En ese momento me dí cuenta que no soy 100% gregario, me reconocí distinto al ir y comer solo, entre muchas otras actividades, sin tener algún pesar por ese hecho. De pronto me sentí diferente por estar solo mas nunca me sentí inferior.

Yo, que tanto ataco a la gente por su fantochería y materialismo, adoro comprar en Costco. Sólo compro ahí ciertas mercancías porque la gran mayoría de mis víveres los adquiero en lugares más modestos (como la Gran Bodega). Sin embargo me agrada ir a la cadena gringa por ser más exclusiva (mal haría en negarlo). Muchos me dicen que Sam’s es más barato y es similar a mi tienda favorita, pero no me interesa ir a la competencia por el hecho que ya está muy popularizada (por no decir que ya se “anacó”).

Tal vez a alguien le sorprenda esto que escribo, considerando el tono de muchos de los ensayos anteriores pero, los que me conocen a fondo, saben que tiendo a ser muy extremista: a veces puedo ser muy alternativo y en otras ocasiones se me da el disfrutar de las cosas “bonitas”. Es factible que caiga, tan sólo por un momento, en la misma superficialidad que tanto crítico, pero no puedo negar que me gusta ir a esa tienda a adquirir productos exclusivos o “bonitos”, aunque la gran mayoría sea caro.

Pesan más los daños que los años

El mismo día de la boleada, por la mañana, me encontré con un amigo longevo que tengo en el trabajo y, tras los saludos de rigor, le dije “Ya falta poco para que te retires, un par de años, ¿Cierto?” a lo cual asintió con un dejo de tristeza, el cual noté y me hizo preguntarle qué le pasaba.

“Mira, puedo alargar mi tiempo de trabajo cinco años más, soportando a un jefe que me hace la vida imposible o, por otro lado, puedo retirarme antes y sumergirme por completo en el infierno que es mi casa en donde mi esposa se ha aliado con mis hijos en contra mía”

No me quedo mucho que decirle porque, por un momento, comprendí y me compadecí de su miseria. Esto es mayor considerando que es un tipazo: activo, positivo, deportista, sin vicios, honesto, leal e íntegro. Esto me hizo preguntarme qué hizo para acabar con un jefe imbécil o una esposa psicótica (que me consta que lo son).

Mientras trataba de encontrar una respuesta, lo vi avanzar apuradamente por el pasillo, de pronto, lo note un poco más avejentado y más triste o desolado, lo cual me entristeció bastante, me sentí muy mal por él y su desgracia. En ese momento encontré la respuesta que estaba buscando.

En esta vida todos tenemos lo que queremos, y nos vamos forjando el destino que merecemos sobre la base de nuestras decisiones. No significa que no tengamos derecho a equivocarnos, pero sí tenemos la obligación de corregir nuestros errores.

Mi amigo nunca me ha compartido por qué se casó con su mujer, pero no puede culparla del todo porque lo hizo con su consentimiento. Al final, nos dejamos llevar por esas tontas presiones sociales, mismas que nos hacen preferir a alguien que nos hace la vida miserable y que se queda a compartir y multiplicar la miseria con nosotros. Todo esto es preferible antes que quedarse solo, porque esto es como una especie de peste. Muchos prefieren una miseria compartida en lugar de aventarse a buscar una plenitud en soledad.

Al final, aunque mi amigo me dio lastima, debo reconocer que fue la vida que escogió. Y no tiene pretexto, porque perfectamente podría dejar su casa, vivir solo y pasarle una pensión a su mujer y, aun así, tener lo suficiente para vivir con dignidad y, sobre todo, con tranquilidad (cabe mencionar que sus hijos ya no dependen de él económicamente). Siempre tenemos opciones en la vida, pero no siempre tenemos el valor de hacerlo, sin importar que signifique una mejora.

La amiga de Luisa

Una de mis compañeras de trabajo, Luisa, quiere presentarme a una de sus amigas solteras. Me enseñó fotos y, ciertamente, se ve muy agradable y muy atractiva pero, en realidad, más que entusiasmarme su propuesta, creo que me entristeció más. ¿Por qué? Tal vez porque es algo que voy a hacer eventualmente: volver a salir, y es una señal inequívoca que mi intentona de relación definitivamente murió.

Sé que Luisa lo hace con la mejor de las intenciones pero, por alguna razón, me sentí herido, ofendido y deprimido. De manera educada decliné su oferta diciéndole que me dé algo de tiempo en lo que vivo mi duelo porque, algo que me quedó muy claro hace años: no es justo ni saludable intentar algo nuevo sin haber limpiado lo que pasó antes.

Apatía y asocialidad

En la escuela de baile están organizando una Coreografía pero no me nace presentarme, sólo me gusta participar en los ensayos. No me quita el sueño presentarme en público, es algo que no necesito puesto que ya lo hice anteriormente.

En estos días estoy considerando seriamente deshacerme el Smartphone, además de cerrar mis cuentas de Facebook y Twitter. Todas esas cosas me parecen ridículas y una auténtica pérdida de tiempo. Aunque, algo que he aprendido, es que no hay que tomar decisiones importantes cuando uno está muy alegre o muy triste, así que voy a esperar unas semanas antes de concretar o rechazar estas medidas.

Experimento esa apatía que se presenta después de dejar atrás a la que (supuse) iba a ser el amor de mi vida. Eso te desarraiga de la existencia: que nada ni nadie sea vital en tu acontecer te da una libertad única.

¿Por qué sigo haciendo normalmente mis actividades cotidianas? En realidad estoy en piloto automático. Supongo que las hago porque no tengo algo mejor que hacer. Al ser una rutina me da identidad y un lugar seguro en el cual desenvolverme y distraerme de todo, así no me entrego a pensamientos dolorosos o destructivos. Y es que es muy fácil caer en ese placer masoquista de autodestruirte al escuchar canciones de amor que sabes que te hieren y, tal vez por lo mismo, no dejas de escuchar.

La extraño

La extraño como nunca he extrañado a nadie. No es que tenga nada pendiente con ella, a fin de cuentas, ya le dije todo lo que tenía que decir, pero eso no anula mi anhelo por verla. También sé que hice todo lo que estuvo a mi alcance, que ésta fue la mejor decisión que pude tomar y, a pesar de ello, me encantaría volver a verla.

El Pescador de Hombres

Este Viernes metí una sesión adicional de correr a mí semana ¿la razón? Estoy subiendo de peso y eso no lo puedo permitir, por eso me eché una corrida extraordinaria de 23 kms vespertinos. Tenía rato que no corría en las tardes, y me resultó reconfortante ya que recordé aquellas ocasiones cuando salía con mis perras.

Al ir bajando de la pirámide de Cholula y ver el atardecer en los Volcanes, sentí la tranquilidad en la explanada, misma que me contagió. No estaba propiamente feliz, pero sí sereno y fue cuando escuché una melodía que me llegó a lo más profundo de mis recuerdos infantiles.

Como comente en otra ocasión, desde hace mucho tiempo deje de ser creyente, pero antes de deserción, era un niño muy ferviente en cuanto a sus creencias religiosas. De esos años recuerdo el sentimiento con el que cantaba mi madre, sobre todo una melodía en especial que siempre me gustó, sin importar que ya no profesara dicha Fe: El pescador de hombres.

Cerca de la Pirámide hay otra iglesia relativamente grande en la que, ocasionalmente, me ha tocado escuchar melodías interpretadas con campanas, mismas que les salen de forma hermosa (y que conste que soy un ferviente detractor de la religión pero al César lo que es del César). Mientras iba bajando de la pirámide, escuche la parte principal con campanas que dice

Señor, me has mirado a las ojos
sonriendo, has dicho mi nombre
en la arena, he dejado mi barca
junto a ti, buscare otro mar”

                La melodía interpretada por las campanas se escuchaba tan bella que me sentí muy conmovido, casi casi me volví a sentir niño y recordaba cuando tenía esa fe ciega, cuando ignoraba tantas cosas de la vida y aún tenía tantos sueños e ilusiones que, con el paso de los años, fueron sustituidos por heridas, experiencias y aprendizajes. Por ese momento me sentí muy agradecido y feliz de haber estado en el tiempo y lugar precisos para escuchar esas hermosas campanas que me regalaron un sentimiento muy cálido en el pecho.

Ansiedad

Estaba en mi clase de baile y, en cada oportunidad, veía el reloj esperando que avanzara rápido. Tal vez no como en otras ocasiones, pero estaba disfrutando la clase sin embargo, por alguna razón, deseaba que se terminara. Y así he estado en los últimos días: espero que pase la mañana, que se acabe la tarde, que llegue el siguiente día e inclusive la semana.

 ¿La razón de mi actitud? Tengo dos posibles explicaciones: por un lado, tengo la expectativa que pase algo, no sé qué, pero quiero que algo importante pase. Sé que yo lo debería provocar pero, estoy tan apático, que mi esperanza es que ocurra algo por sí mismo, algo que me proporcioné un sentido de vida. Esto me hace consciente que debo de cambiar algo, desconozco qué, pero es algo que me da miedo afrontar.

Y lo otro que motiva mi actitud es la impaciencia endémica del humano moderno, producto de ese mundo acelerado que hemos creado, en el que queremos que el tiempo pase rápido en búsqueda de esa nueva experiencia que nos satisfaga, aunque sea de manera efímera.

Esto resulta muy irónico, porque lo único que estamos acelerando es la llegada de nuestra muerte, pero no nos hacemos conscientes de ellos. Pensamos que vivimos con intensidad cuando lo único que hacemos es desperdiciar nuestro tiempo, o por lo menos es lo que estoy haciendo pero, siendo honestos, nunca le he tenido gran aprecio a la vida, con excepción de unos breves períodos.

La Boda

Este Sábado tenía la boda de una de mis mejores amigas pero decliné ir: no estoy de humor para bodas. “Va a haber mucha Salsa” intentó motivarme pero, en realidad, logró el efecto contrario.

Soy de la idea que mucho ayuda el que no estorba por lo que, prefiero no ir a estar ahí esparciendo mi mal humor y falta de afecto por vivir. Creo que mi amiga va a apreciar más que le desee bien desde lejos a alguien que esté de malas en su fiesta.

Estranged

Martes y Jueves manejo con una actitud especial al trabajo, puesto que ya corrí en la madrugada, lo cual me pone más receptivo. Manejando por el periférico, iba escuchando a Guns n’ Roses, a últimos días he optado por escuchar Rock para desconectarme de ciertos sentimientos. Esta banda me ha provocado emociones como furia, enojo, salvajismo y demás, pero nunca los creí capaz de hacerme llorar. 

Para mí “Estranged” es su mejor canción, ya que es especialmente poderosa. Ese día, a la altura del minuto 5:30, percibí algo tan tierno, profundo y auténtico en la voz de Axl Rose ¡y empezaron a surgir las lágrimas! Aunque me ha encantado esta melodía desde hace más de 20 años, NUNCA había puesto atención a la letra, así que la busqué y me di cuenta que es muy bella, una auténtica obra de amor. La parte que me conmovió, fue la siguiente:

When I find out all the reasons
Maybe I'll find another way
Find another day
With all the changing seasons of my life
Maybe I'll get it right next time
An now that you've been broken down
Got your head out of the clouds
You're back down on the ground

Y ahí me dije “Hebert, ¡No es posible! ¿Estás llorando con Guns n’ fuckin’ Roses?” por lo que ya no podía engañarme, era momento de ya soltar todo de una buena vez.

El Desahogo

Tengo que vaciar toda esta tristeza, lo he estado posponiendo. Ha salido de a poco, en breves episodios, de manera inesperada. Sin embargo no he sacado todo lo que debo pero ya no puedo dejar pasar más tiempo, si no extirpo esta tristeza, se va a empezar a pudrir en mi interior y no va a traer nada bueno. Este fin de semana es el momento indicado, ya tengo las películas idóneas, quiero llorar hasta que se me acaben las lágrimas, y que cada una de ellas se lleve esos anhelos tontos que no pude lograr.

Cada día que pasa resulta un poco más fácil levantarme, cada vez voy liberando un poco más su recuerdo, con el paso del tiempo me empiezo a acostumbrar a la idea de no volverla a ver, y cada vez me duele menos. Sé que con el paso de las semanas, los meses e incluso los años, se irá volviendo un recuerdo y dejará de ser una presencia en mi diario acontecer que, aunque no la veo, la siento junto a mí día a día y eso, aunque agradable, me hace sufrir.

Nunca podré olvidarla pero sí puedo dejarla ir. Es algo triste, pero necesario para seguir de manera productiva en esta vida, no sé para qué pero, quiero suponer, eventualmente podría encontrar una nueva razón para sentirme agradecido por haber nacido.


Hebert Gutiérrez Morales.

viernes, 22 de noviembre de 2013

La pulsera que no llegue a entregar (el verdadero Adiós)

            Estaba tomando mi clase del Miércoles en Rumba Mía cuando, de repente, noté el anuncio de un evento salsero. Hay muchos de estos en la academia pero el que me llamó la atención tenía algo o, mejor dicho, alguien a quien reconocía: uno de los amigos de la mujer que me ha traído de un ala los pasados nueve meses.

            No lo niego, me sentí afectado por el poster y es que recordé que la última vez que nos vimos en persona mi Musa y yo, fue para pagarle un dinero a su amigo. Me pasé el resto de la clase ignorando el anuncio, pero el mal ya estaba hecho y no disfrute el baile, de hecho me la pase pensando que debo de cambiar de ritmo porque, mientras siga yendo a una escuela salsera, invariablemente voy a ver algo o alguien que me recuerde a mi amor frustrado.

            Durante estos nueve meses que he amado a esta mujer, algo definitivamente ha cambiado en mí: las horas de sueño. Entre salidas a bailar, desvelos escribiendo, platicando frente a su casa a media noche, chateando a la distancia, llorando en la soledad de mi casa e  inclusive corriendo a horas inapropiadas, mi organismo ha cambiado y ya son pocas las veces que duermo mis ocho horas.

            Sé que con el paso de las semanas, mi reloj biológico va a ir recuperándose y, eventualmente, volveré a mis hábitos nocturnos ñoños y aburridos. Por lo mientras duermo menos, tengo el sueño entrecortado y, sin querer queriendo, checo el Smartphone “sólo por si las dudas” me digo de manera inocente (y es que el mentado aparato lo compré para estar más cerca de ella). Es más, casi nunca oigo el despertador porque suelo levantarme mucho antes de la hora en que tendría que sonar.

            A pesar de esos pésimos hábitos de sueño, desde que me despedí de mi amada, he tenido sueños muy vívidos o, expresándome de mejor manera, recuerdo vívidamente mis sueños porque todos los días soñamos, pero no quiere decir que siempre nos acordemos.

            Lo curioso de estos sueños es que las protagonistas son distintas de mis amigas del trabajo, pero no vayan a pensar mal, ya que todos los sueños son escenas cotidianas con la peculiaridad de que siempre acabo siendo apapachado por ellas para mitigar mi dolor.

            En fin, el Jueves me levante temprano a correr, así que tome el chocolate que iba destinado a mi Musa para regalarlo a alguien más pero eso lo comentaré más adelante.

            A diferencia de hace 11 años, la otra ocasión en la que realmente me enamoré, ahora tengo una actividad que me ayuda mucho a reflexionar, como lo es el correr. A pesar de que había Luna llena, el cielo estaba nublado, así que mi corrida fue por caminos muy oscuros.

            Muchas veces me han dicho que es arriesgado correr en las madrugadas pero, siendo honestos, nunca he tenido miedo de que algo me pase y es que, creo, nunca he valorado mucho mi vida y, en estos días, creo que ese sentimiento se ha agudizado.

            Mientras corría por la oscuridad externa, anhelaba la interna “¿Dónde demonios quedó el Hebert oscuro?” Sé que suena estúpido, pero en verdad extraño mi parte más negativa y ácida, ésa que salía a enfocar todo el dolor interno a través de la amargura e ira que tenían que soportar los pobres seres que se cruzaban por mi camino. Por un lado, al ser exponencialmente más sarcástico, cínico, jodón y directo que en años anteriores, creo que esa parte de mí dejo de estar guardada y se integró a mi personalidad pública. Por el otro lado, creo que fui “vacunado” con una dosis de dulzura y amor por parte de mi amada, y ya no puedo volver a ser ese engendro de maldad que emergía cada vez que entraba en un proceso de duelo.

            Sé que debería sentirme agradecido pero, cuando estaba meditando sobre todo eso, más bien me sentía abandonado por mi mascara de crueldad, esa misma que me acompañó durante tantos dolores en el pasado.

            En fin, mientras me acercaba a la pirámide de Cholula, recordé que iba con un chocolate en la mano. Me entristecí al recordar que el mismo iba a ser para mi Musa pero, al despedirme de ella, tenía que empezar a sacrificar los últimos vestigios de mi amor no correspondido. Y es que siempre que podía le daba algún detallito: un chocolate, un helado, un ride, un llavero, alguna galantería o cualquier cosa que me permitiera consentirla. Eso sin contar que siempre le traía algo de los viajes que hice durante este año.

            Como parte de mis medidas del duelo está el regalar un chocolate alemán y una pulsera artesanal que la iba a dar la siguiente vez que nos viéramos, ocasión que nunca llegó. De haber sabido que la última vez que la ví fue esa que le di aventón a clase, la hubiera abrazado tan fuerte que nunca la hubiera dejado ir, pero así es la vida, muchas veces no sabes cuándo va a ser la última vez que vas a ver a alguien.

            Empecé a subir las escaleras de la pirámide, ví que estaba estacionada la bicicleta del señor que me da los buenos días, seguí avanzando y noté su suéter donde normalmente la deja pero, al ver el último tramo, ¡no lo vi! “¡Madres! ¿ahora qué hago?” Para lo dogmático que soy, ya tenía previsto entregar el chocolate y seguir mi camino pero, para mi tranquilidad, el señor empezó a bajar por las escaleras.

            “¡Buenos Días Jarocho!” me dijo con el clásico ánimo que le imprime el señor “¡Buenos Días!” le contesté “Tomé, le quiero regalar esto” mientras le entregaba el chocolate “¡Muchas gracias Jarocho!” decía mientras lo aceptaba tranquilamente. Como ni se inmutó, sólo me limite a decirle que estaba agradecido porque siempre me daba los buenos días y que eso me motivaba a seguir corriendo, pero venían más personas bajando y me ganó el pudor, así que hasta ahí deje mi discurso y me despedí.

            Estaba un poco frustrado, quería decirle lo útil que me resultó su saludo el Martes pasado, cómo me sentía, me hubiera encantado hablarle de la mujer que me tenía así, de lo maravillosa que es y de tantas y tantas cosas. Fu entonces cuando me hice consciente y concluí que estaba bien, que con haberle dado el chocolate y mi agradecimiento interno era suficiente, al final el señor nunca sabrá lo reconfortado que me hizo sentir dos días atrás en uno de mis momentos de dolor.

            Al avanzar en mi camino, me empecé a hacer consciente “¡Tienes que dejarla ir!” Sé que suena tonto, puesto que ya me había despedido pero, muy en el fondo, aún esperaba un último contacto. Pero eso es lo que me estaba hiriendo, el negarme a regresar a la normalidad, el negarme a dejar que pasen los días y que ella se vaya volviendo recuerdo y mis ilusiones a su lado guardarlos en el baúl de sueños rotos y desengaños. Es triste ¿saben? ¿Cómo puedo ser tan cínico para hacer eso? Y sin embargo, lo tenía que ser.

            Sin embargo, sí hubo el esperado último contacto.

            Los Jueves como con Camelia así que, mientras la esperaba, sonó el Whatssapp, el cual vi con toda tranquilidad y casi me da un paro cardíaco al ver que era mi amada. Me tomó desprevenido, así que necesitaba prepararme y fortalecerme sentimentalmente, además tenía una amiga neurótica que exige atención (aunque ahora a ella le tocó escucharme), así que le escribí a mi Musa que más tarde la atendía con toda calma y propiedad, lo cual aceptó.

Aunque a un nivel anhelaba volver a tener contacto con ella, honestamente, no esperaba que se fuese a dar. Ambos lo sabíamos, de hecho ella escribió “Sé que probablemente no debería estarte escribiendo” a lo que le conteste “No esperaba que escribieras pero, en realidad, me da mucho gusto que lo hicieras”.

            Pero, a diferencia de las películas, los libros, las novelas y tantas y tantas historias que nos hacen anhelar un final con un “Y fueron felices para siempre”, aquí no fue el caso, porque esto es la vida real.

            Nos despedimos.

            Ella entendió mis razones y yo entendí su postura. No hubo nada que recriminar, nada negativo que decir, sólo hubo buenos deseos, sentimientos auténticos, agradecimientos, algo de tristeza por la despedida pero, al final, así debía ser. Ambos teníamos una visión y expectativas diferentes de esta relación y, al final, alguien iba a salir lastimado.

            No voy a negar que se me salieron algunas lágrimas pero, a diferencia del sufrimiento de los últimos días, después de la despedida estuve muy sereno, muy calmado, no feliz, sólo tranquilo.

            De eso hablaba en mi escrito anterior, eso era lo que estaba esperando: a pesar de haberme despedido mediante una carta, faltaba una despedida directa, lo ideal hubiese sido en persona pero, me conozco, al verla me hubiera derretido y hubiera continuado con esta situación que no llevaba a nada.

            La tristeza de las separaciones es inversamente proporcional a la importancia de quien dejamos atrás, así que ésta tendría que ser la más triste y en una forma así lo fue, pero hubo algo distinto. Ambos, a nuestra manera, la pasamos muy bien en estos nueve meses, sin tener que ser novios, platicamos muchas horas y, por lo mismo, ya nos conocíamos: A ninguno de los dos nos gusta el sufrimiento, y por lo mismo nadie abrió la puerta al mismo, por eso optamos por una despedida madura sin dejar de ser tierna, cerrar de una manera positiva unos meses que jamás olvidaremos (por lo menos yo no).

            Mientras escribo esto, veo el último vestigio de mis sueños románticos: la pulsera. No es muy ostentosa, de hecho es sencilla, pero no le quita lo bonita. Cuando la vi, de inmediato pensé en mi Musa, aunque ya le había dado regalos más costosos, la pulsera me pareció ad hoc a su estilo y esencia. Por lo mismo no la puedo regalar a cualquier persona.

            Se la dí a alguien que supo toda la intención que traía ese regalo y que no se sintió ofendida porque le regale algo que no era para ella, alguien que entendió que se la dí como quien entrega algo muy valioso y que sé que la va a cuidar: Mi amiga Lesly, la cual me ha acompañado y apoyado en todo este proceso.

            Y con este pasaje, ahora sí, cierro esta etapa de mi vida. Ciertamente no tuvo un final feliz pero no por ello fue uno malo. Definitivamente ya no soy aquel Hebert que se levantó de su cama aquel lejano 14 de Febrero con una actitud de Grinch y que creía que ya nada importante podía pasarle, sin saber que ese día mi existencia iba a dar un vuelco inesperado al enamorarme de la mujer más maravillosa que jamás haya conocido.

            Tal vez no logré tener una relación romántica con mi Musa, pero lo intenté, vaya que lo intente. Pero, más importante que cualquier otra cosa: la amé, no me importaba que no sintiera lo mismo, tuve la oportunidad de amarla desde mi trinchera, desde mis anhelos, desde mis miedos, desde lo profundo de mi corazón y con una intensidad que había olvidado hace muchos años y que no pensé volver a experimentar.

            ¿Qué sigue en la vida? No lo sé y, honestamente, no me importa mucho. Me he dado cuenta que por más planes que haga uno, al final, vas a acabar en lugares inesperados guiado por caminos misteriosos.

            Muchas gracias mi querida Musa Na.Ni. siempre te recordaré.


            Hebert Gutiérrez Morales.

martes, 19 de noviembre de 2013

Momentos de empatía y catarsis

            Martes y Jueves corro en la Madrugada, dentro de mi trayecto incluyo la pirámide de Cholula para meterle dificultad a mi ruta. Desde hace más de un año, cuando voy subiendo las escaleras, invariablemente me encuentro un señor oriundo del lugar, que se ve que ya está rondando los 50. Desde la primera vez que me lo encontré me daba los buenos días.

            Algo que me he dado cuenta mientras corro es que, cuando alguien (sin importar quién sea) me saluda o me da los buenos días, siempre acabo avanzando con más intensidad, tal vez por el hecho de que alguien se interesa lo suficiente para molestarse en notar mi presencia. Sin embargo, cuando un desconocido lo hace, resulta más especial, porque no tendría por qué hacerlo.

            Son esos contactos con desconocidos que son especiales, no sabes sus nombres, sus historias ni sus problemas, sólo comparten un momento de ejercicio en la madrugada y se expresan buenas vibras para el resto del día.

            Así que dos veces a la semana nos deseamos los “buenos días”. En una ocasión me dijo el susodicho señor“¡Buenos días Jarocho!” ¿Cómo supo que era de Veracruz? No lo sé, así que se lo pregunte y me dijo que se me notaba por la fisonomía. Eso me reconfortó bastante porque, aunque ya no viva en Veracruz, se me sigue notando que soy de ahí.

            Hoy me lo encontré y me dijo “¡Buenos días Jarocho!” y agregó “¿Estudias aquí?” Me sentí halagado porque me considerara tan joven como para ser estudiante, así que le dije “Nop, yo ya trabajo”, a lo que él contestó “¡Ah! Pero estudiaste aquí ¿cierto?” lo cual confirme, así que su siguiente pregunta fue “¿Y dónde trabajas? ¿En Volkswagen?”. Desconozco como este señor adivina tantas cosas mías pero me sentí halagado porque se interesara por mi vida.

            Este breve diálogo me cargó mucho las pilas y, cuando deje a mi amigo matinal unos escalones atrás, aprovechando que el lugar estaba desolado, me puse a llorar mientras corría. Sé que suena tonto, pero así fue ¿Por qué lloraba? Por toda la sensibilidad que traigo de haber dejado a mi amada atrás.

            Tal vez no tenga explicación mi comportamiento, pero voy a tratar de analizarlo: me siento algo chipil (sensible), y el que un desconocido sea amable conmigo me hace reconforta, siento bonito de que alguien se interese en mi vida. Simplemente me sentí bien de que el señor haya tenido una amabilidad hacia mi persona, y con lo sensible que estoy, fue entendible mi reacción.

            He decidido que este Jueves, cuando lo vuelva a ver, le voy a regalar un chocolate alemán, ese mismo que le estaba guardando a aquella mujer que tantos sueños me provocó, y le voy a agradecer al señor por saludarme cada vez, porque me hace sentir bien y le quedo a deber con una triste golosina. La próxima vez le voy a preguntar algo de su vida.

            Esos momentos de empatía que, normalmente, no valoro pero que ahora veo lo afortunado que soy. Eso me hizo recordar un episodio que pasó hace un mes en la oficina.

            Como fue característico en los últimos nueve meses, estaba en uno de esos sube y baja emocionales, porque no me sentía correspondido en mis sentimientos. Así que decidí ir a ver a mi amiga Camelia, misma que me notó bajo de pilas y me pregunto qué pasaba “Cosas del corazón” le contesté a lo que me preguntó “¿Qué te hizo ahora esa pinche vieja?” lo cual me afectó bastante y le dije “¡No le digas así!”, pero estaba tan sensible que ya no le pude decir más y me retiré al baño a descargar mi tristeza.

            Pero no sólo me fui por sentirme agredido que le dijeran “pinche vieja” a la que creía el amor de mi vida y, sin duda, la mujer más valiosa e importante que he conocido, por lo que no aplicaba el insulto. Sin embargo, me sentí halagado por la preocupación de mi amiga por mi bienestar; tal vez su manera de expresarlo fue ruda pero, al final, su empatía me reconfortó bastante, y ese día la quise más.

            Volvamos al día de hoy.

            Iba manejando de camino al trabajo mientras escuchaba mi carpeta de Phil Collins. Empezó a sonar “You can’t hurry Love”, una tonada muy positiva y movida que me puso de buenas y me hizo pensar “¡Vamos Hebert! ¡Cabeza arriba! El amor no se puede forzar, ya vendrá el día en que encuentres a alguien que te acepte y quiera como eres”.

            Todo iba perfecto, el problema es que la siguiente canción que inició fue “You know what I mean” misma que cuando empezó a sonar pensé “¡Demonios! Esa canción es una crueldad . . . . . . ¡Vamos a escucharla!” ¿Por qué me hice eso? No lo sé, tal vez por esos instintos masoquistas y autodestructivos en los que uno incurre cuando está en duelo. Porque, por ridículo que suene, en ocasiones es muy rico revolcarse en esos charcos de sufrimiento.


            Pésima idea escuchar una melodía con sentimiento tan profundo y auténtico, sobretodo cuando dice: “Oh leave me alone with my heart. I’m putting the pieces together again. Just leave me alone with my dreams, I can do it without you. I wish I could write you a love song to show you the way I feel. Seems you don’t like to listen, Oh but like it or not, take what you’ve got and leave. You’ve taken everything else, you know what I mean”

            Fui un mar de lágrimas casi todo el camino restante. Sé que yo fui el que decidió irse, pero eso no quita todo el sentimiento que me invade el pecho y me estruja el alma.

            Comentaba ayer en terapia que no estoy soltando del todo en mi duelo, por alguna estúpida razón, me estoy conteniendo ¿Por qué? No lo sé, sólo es una sensación que me dice que aún no es momento de desahogar todo mi dolor ¿Para qué esperar? Tampoco lo sé. Tal vez estoy esperando algo que aún desconozco.

            A pesar de esta postura, llego a tener breves pasajes en que me invade el sentimiento y recuerdo lo que no quiero recordar. A veces tengo el anhelo de volverla a ver y a veces recuerdo por qué me fui.

            En fin, es algo con lo que tendré que lidiar algún tiempo. Apenas han pasado tres días y, con cada día que pasa, la situación se vuelve más fácil de llevar. No podré olvidarla, sólo aprenderé a vivir con su recuerdo.

            Por eso no me quería enamorar pero, en realidad, nadie pidió mi opinión. Al final, a nadie se la piden.

            Y así, sin querer, ella vuelve a inspirarme un escrito más.


            Hebert Gutiérrez Morales.