miércoles, 24 de octubre de 2012

Hecho en México

            Me gusta leer textos sobre la psicología del mexicano, sus motivaciones, sus miedos, sus traumas, la historia tatuada en el inconsciente, sus programaciones y demás. Ver “Hecho en México” te da una idea bastante completa de estas cuestiones, a través de puntos de vista de gente real, de distintas extracciones y distintos lares de la república. Desde hace un mes estaba esperando que llegara esta película y, felizmente, cumplió y hasta excedió mis expectativas.

            No esperen el clásico documental con una montaña de datos interesantes pero expresados de forma monótona. Nop, esta obra está por encima de eso. Es la delineación de México mediante los ojos de su gente, tanto famosa como callejera, de personajes conocidos como los de nivel de piso, el mismo que viaja en el Metro del DF o el que se encuentra en la frontera de Tijuana. Se maneja mucha profundidad pero expuesta de manera atractiva para el espectador, llevada magistralmente con canciones y diversas opiniones que, sin importar el emisor, dan como resultado un panorama muy real de lo que vivimos en este lugar tan sui géneris. El filme es muy artístico, cultural, comercial, dinámico y, si cabe, hasta folklórico.
 
            A excepción de unos detallitos en la edición, la estructura resulta notable, y es que vas fluyendo de tema en tema, de opinión en opinión, de canción a canción. Cada tópico tratado parece muy simple, pero trae todo un soporte de cómo los percibe el mexicano; temas como el alma, quién lleva los pantalones, la resistencia, la identidad, inmigración, los chicanos, clases sociales, los vicios, la muerte y demás. Una obra virtuosa, con ritmo impresionante y sustancia bastante profunda e interesante.

            Las primeras lágrimas que derrame fueron con el Son jarocho, al escuchar su letra y el sentimiento con el cual fue interpretado, al sentir las palabras mientras los tacones mantenían el ritmo. En ese momento supe que me siento más jarocho que mexicano, lo cual resulta ridículo si consideramos que nunca he vivido en mi natal Veracruz, pero es una lealtad que no puedo (ni quiero) extirpar de mi ser. Ese momento tan “jarocho” me conmovió profundamente.

            Odio los musicales, tanto en teatro como en películas, si quiero escuchar música voy a un concierto; por otro lado, conozco algo de música mexicana, pero sin ser un fan acérrimo de la misma. “Hecho en México” está llena de música con distintos matices de la identidad mexicana, misma que está excelsamente mezclada, la producción es notable. En las interpretaciones interactúan artistas diversos, tanto famosos como callejeros, tanto comerciales como alternativos, tanto reconocidos como clandestinos. Melodías que eran insertadas en los momentos exactos, expresando a la perfección lo que se vive con cada tema analizado El Soundtrack de esta obra es algo que debo comprar a como dé lugar, porque es una muestra muy rica y esplendorosa de las expresiones artísticas nacionales, sin tener que ser exclusivamente populares o autóctonas.
 
            Creo que los momentos en que me conmovía era porque mi mexicanidad o, mejor dicho, mi humanidad era potenciada. Cuando Natalia Lafourcade canta a dúo con otro sujeto una letra de amor, de perdón, de redención, de miedo, de incertidumbre y demás, era imposible no sentir la sangre circulando en mis venas. Antes de esa escena tratan el concepto del perdón, lo que representa, lo que sana y libera. Tras esa idea, viene la canción mencionada, que maneja honestidad, limpieza, humildad pero, a la vez, un mensaje muy potente, que contrasta con la serenidad e intimidad de la interpretación.

            No creo que sea una película tan tendenciosa, y es que no existe una que no lo sea, porque siempre hay un sesgo hacia algo. Sin importar los intereses que respaldaran esta obra, me parece que captó nuestra identidad de manera fiel y brutal honestidad. Analiza nuestra cultura de manera auténtica, profunda, amena, divertida, conmovedora, cruda y demás. No es propiamente propaganda, no se trata de promover al país ni descalificarlo. De alguna manera refleja todo lo que somos, lo cual es un gran mérito del creador inglés, ya que plasmó tan claramente las ideas, que pareciera que aquí nació.

            “Uno no es del nido en el cual nació, sino del cielo en el cual vuela”

            La interpretación de Molotov con el vocalista de Calle 13 es imperdible, con una fuerza inaudita, una fiereza que viene de los instintos más básicos; al escucharla sentí que me ardían las venas, mis instintos pedían ser liberados en contra de las injusticias, se desataba el lado animal que todos tenemos en nuestro ser.

            Toda la obra está plagada de frases geniales, sabias, profundas, ocurrentes, honestas y demás. Por ejemplo, no tenía el gusto de haber escuchado a Amandititita, pero sus intervenciones son un dechado de honestidad, es descaradamente auténtica, una bocanada de aire fresco en un mundo de poses. Un acierto total el incluirla en el filme.

            Me sorprendió el nivel de espiritualidad (favor de no confundir con religión) que se maneja, sin tener un argumento denso; se nos adentra en la riqueza esencial que aún conservamos, la sabiduría que heredamos como raza, ésa que se va perdiendo con tanta distracción del mundo consumista en el que, gustosamente, nos hemos enajenado.

            Durante el filme, uno pierde la consciencia de su duración, misma que no importaba, porque (por lo menos yo) estás anonadado de esta radiografía cultural que se hace de nuestro país, que en ningún momento resulta pesada o insoportable.

            Una de mis partes favoritas fue el tema del machismo y los mandilones, en primer lugar porque fue planteado de manera muy interesante pero, lo mejor de esta sección, fue la música, sobretodo las intervenciones de Gloria Trevi. A muchos no les gustará pero ciertamente habitamos en un país de mandilones y lo que dice la Trevi es muy cierto. Mención aparte merecen sus diálogos con otra fémina que no logré identificar, casi tan geniales como los albures entre Brozo y Ponchito.

            Cuando se toca brevemente el tema del dolor y sufrimiento, se inserta la Lucha Libre, y me fascino que para ello eligieran a Blue Demon Jr. en lugar de que lo hicieran con El Hijo del Santo. El Demonio Azul original siempre fue mi luchador favorito, aún por encima del Enmascarado de plata pero, éste último es el que más reflectores recibe debido a su popularidad y lo lógico hubiese sido que el vástago plateado fuera el elegido pero, felizmente, no fue así.

            “El Ego prefiere tener razón a ser feliz”

            Cuando se trataba la parte de la identidad, al preguntarle a distintas personas quienes son, viene la chica de Papantla y dice “¡Yo soy voladora!” ¡Pum! No sé cómo explicarlo, pero activo algo intenso en mi pecho, un calor que subió hasta mis ojos, un orgullo olvidado por todos, una dignidad que pareciera que se nos ha prohibido, pero que es nuestro derecho. Una gallardía que exige salir y que la ejerzamos, el auténtico orgullo mexicano, y no los patrioterismos esos de ir a festejar al Ángel de la Independencia o gritar “¡Viva México!” sin acciones que los sustenten.

La obra es muy rica, por lo cual me extraña que Televisa esté involucrada en su realización y distribución. En parte del argumento, se evidencia la manipulación de la cual somos objeto, no sólo por la Televisora, sino por todos los círculos del poder que manejan a este país. Tal vez Telerisa está tan convencida de lo arraigada que está su dogmatización,  que se dan el lujo de apoyar esta filmación porque saben que nada va a mermar su poder sobre las psiques mexicanas.

            Otra parte que me conmovió hasta las lágrimas fue la canción de viejecillo taraumara mientras se observa el vuelo del águila, en la sección dedicada a la virgen de Guadalupe. El anhelo, profundidad, amor, ternura o cariño con el cual el señor interpretaba me caló profundo en el corazón, a pesar de que no entendía ni pío de lo que decía. Bien dicen que la música es un lenguaje universal ya que, sin entender la letra, pude captar la intensidad del mensaje.

            No soy creyente ni admirador de la Virgen de Guadalupe, pero debo reconocer que su análisis resultó muy interesante, las canciones fueron de primerísimo nivel (como en toda la obra) y evidencian la eterna influencia que dicha imagen tiene en esta tierra.

            Después de ver el pasaje dedicado a la devoción endémica que el mexicano expresa por su Patrona, una idea que tenía muy clara desde hace tiempo se reforzó: podré destrozar a la religión, podré escribir sobre Dios, podré criticar a los Sacerdotes pero no podré tratar el concepto de la Virgen de Guadalupe por mucho tiempo, a menos que me cambie de país para no ser linchado. Por al motivo tendré que guardarme mi opinión al respecto por un rato aunque, personalmente, me parece que la imagen de Tonantzin es más auténtica y adecuada para estas tierras.

            Las intervenciones de Chavela Vargas son un dechado de sabiduría, una auténtica delicia. A pesar de todo, la intervención  que más me enterneció (hasta el tuétano), fue cuando ella hablaba de la muerte, pasan una escena en donde Chavela expresa mucho cariño al saludar a su perrito, fue algo que toco lo profundo de mi corazón, y es que no debe de haber muestra de amor más auténtica y fiel que la que tiene un dueño con su perro, y ese amor traspasó la pantalla y se filtró en mi pecho y, como ya era costumbre en el filme, mis lagrimales trabajaron horas extra.

            Hace poco, platicando con una amiga alemana, me decía que el pueblo mexicano tiene todo para descollar en el mundo en todos los aspectos, sólo nos falta una cosa: Valores. Y sé precisamente a lo que se refiere, porque debemos aprender a respetar, a ser consistentes, disciplinados, serenos y demás falencias de nuestra cultura, mismas características que hacen de nosotros nuestros peores enemigos.

            Las canciones de los créditos también me hicieron llorar. La primera parte por “¿A qué le tiras mexicano?” melodía que sabía de su existencia pero nunca le había puesto atención, y es que desnuda cruda y desenfadadamente la realidad que acarrea la mayoría de los mexicanos en el inconsciente. La última parte es una canción típica, y lo sé porque la tengo grabada en la memoria, pero no recuerdo exactamente su nombre, pero el tono con el cual es interpretada se acabó por colar en mi esencia y transmitir ese mensaje que espero que todo el pueblo mexicano reciba.

            En mi opinión, esta obra muestra nuestra cultura de manera digna, sin tener que maquillar los problemas o plantear situaciones irreales. No se vale de mentiras ni omisiones, simplemente con la verdad se puede decir mucho de nosotros. Para mí la valía de esta filmación está en la forma en que es presentada, la cual resulta muy convincente. Me gusta mucho el enfoque que le da el creador inglés, sin tener que caer en mañas hollywoodenses, le da un estilo único de presentar los hechos, que no es propiamente mexicano, pero que sigue siendo México.

            Hebert Gutiérrez Morales.

viernes, 19 de octubre de 2012

La Madrugada


            Desde muy pequeño se me educó para ser puntual y es que, exceptuando la Maestría, siempre viví bastante lejos de mis escuelas. Mi relación con la madrugada empezó desde pequeño, ya que me tenía que levantar mucho más temprano que los demás niños que conocía, hecho que entonces encontraba injusto pero, con el pasar de los años, fui adoptando como parte de mi rutina.

            Mi hora estándar para levantarme siempre han sido las 6AM, a veces era más temprano debido a los horarios de clase. Es muy raro que, inclusive los fines de semana, me levante más allá de las 8AM y me gusta empezar tan temprano y lleno de energía. No suelo desvelarme, porque me pone de malas estar despierto a horas que debería estar soñando, además de que me siento incómodo y raro, por estos horarios que no se hicieron para mí. Terminar mi día con la madrugada es una especie de aberración.

            Recuerdo mi camino a la Secundaria o a la Universidad, en donde tenía clase desde la siete de la mañana. Los camiones siempre iban en silencio, con gente dormida en búsqueda de recuperar algo de ese sueño sacrificado para llegar a tiempo a su destino. Por cuestiones logísticas, al depender de más de un trasporte, siempre llegaba antes de que abrieran la escuela porque, de haber tomado un camión después, invariablemente hubiera llegado tarde a clase.

            Así que ahí estaba, sentado a las puertas de la entrada, escuchando y viendo cómo despertaba el mundo a mi alrededor, como la ciudad iba tomando movimiento, los rayos del sol que se asomaban tímidamente, cada vez más carros y gente empezaban a pasar, los primeros (los puntuales) pasan calmadamente, después los que van a tiempo con paso decidido y, finalmente, a los que se les hizo tarde, hecho evidenciado por la velocidad marcada que llevan.

            Mi fisiología es la de alguien diurno, por eso me encanta vivir la madrugada como el inicio del día, no como el final. Es el momento que está lleno de esperanzas, el proyecto de una gran jornada que puede venir, con todo lo que nos depara y lo que vamos a aprender. Levantarme temprano, sobre todo a correr, me indica que va a ser un gran día, muy productivo, ya que estoy cumpliendo con mi cuerpo desde temprano y tengo el resto del día para administrarlo como se me pegue la gana.

            Por ejemplo, al salir de viaje, la mejor hora para salir es cuando esta oscuro, así se evita el tráfico y se llega a buena hora al destino, para aprovechar más el tiempo. Por lo mismo, cuando era pequeño, siempre iniciábamos nuestras vacaciones a Veracruz desde muy temprano.

            Desde entonces relacione la madrugada con anhelos y esperanzas, porque íbamos en el coche, circulando por una Ciudad de México estática y callada, con el (casi) pecaminoso sentimiento de avanzar de manera clandestina por una urbe dormida, es como si escapáramos en sus narices de todo su caos, por eso era lógico que fuera a esa hora, para iniciar perfectamente un viaje que nos llevaba a un destino grandioso.

            Un placer de esta hora es recorrer las calles silenciosas, pero sin tener miedo como si fuera medianoche, porque sabes que en breve empezará a amanecer. Hay una intimidad muy profunda en la madrugada, ya que hay pocos seres deambulando en las aceras: algunos regresando a casa, otros tienen un destino muy lejano y tienen que salir muy temprano, así como en mis años de escuela.

            Es el momento en que tengo la callada oportunidad de disfrutar de un mundo prácticamente deshabitado, un lugar sereno que contrasta fuertemente con el bullicio del medio día. Es cuando uno se llena de una paz auténtica, misma que hará falta para afrontar algunos momentos del día que inicia.

            Una ventaja que tuvo el cambiarme de área es que tengo un par de días que puedo entrar a las 9AM, lo cual aprovecho para correr antes de que salga el sol; y me encanta hacerlo, porque me recuerda muchas vivencias.

No ha de haber otra hora mejor para correr y soy feliz de hacerlo. Subo la Pirámide de Cholula a oscuras, de misma formo recorro sus calles, de vez en cuando me encuentro con cómplices que disfrutan de la oscuridad matutina: otros corredores, ciclistas, gente que sale a caminar y/o a pasear a sus perros. Me alegra que seamos pocos los que disfrutamos la ciudad a esa hora y, al parecer, no soy el único con el mismo sentimiento: es común que unos a otros nos deseemos mutuamente un buen día, esto hecho con mucha energía, inspirados por lo positivo de estar aprovechando la jornada desde temprano.

            Existimos personas diurnas y nocturnas, estas últimas encuentran la madrugada como el mejor momento para llegar a casa. Desde que corro tan temprano, paso por un par de “Afters”, en los que se escucha música estridente y se ven bastantes autos estacionados. Los que están ahí dentro, para mí, son como de otro planeta. Es verdad que en ese momento, tanto ellos como yo, estamos llenos de energía, pero la mía no necesita de música o luces para nutrirse: viene de la oscuridad y el silencio en sí. Por nada del mundo me cambiaría por ellos, siempre preferiré correr a solas muy temprano que estar rodeado de tanta gente, ruido, humo, gritos, alcohol, luces y demás. Ellos me calificarán de loco desadaptado, además de que tienen la “ventaja” de que pueden dormir hasta tarde, algo de lo cual no soy capaz.

Hace unos años, cuando era un trabajopata y la neurosis estaba a todo lo que daba, solían darme ataques de insomnio entre tres y cuatro AM así que, al no conciliar el sueño, optaba por salir con mis perras, mismas que seguramente me mentaban la madre, porque veía en su cara una expresión tipo: “¡No chingues cabrón! ¡Son las cuatro de la madrugada! ¿Vamos a salir a esta hora? ¡Ahora entendemos por qué no tienes novia!”. Como no les quedaba de otra, ellas lo tomaban positivamente y (me parece) compartían ese gusto misántropo de disfrutar de la ciudad sin gente ni autos.

Considerando el país en que vivimos, muchos podrían considerar que lo que hago es peligroso, y tal vez tengan razón, pero no me pongo a pensar en ello y me enfoco en mi camino. Obviamente no soy tan irresponsable, porque me fijo por dónde paso y lo que hay alrededor. Con mis Bitches era distinto, porque me sabía protegido por dos masas superiores a los 40 kgs, así que no había algún loco que se nos acercara.

Al ir por el área de Cholula, aún me toca ver gente que entrega la leche, los que van en bicicleta a su destino, los que entregan periódicos a domicilio, los camiones de gas con sus canciones tan pintorescas, algunos negocios que empiezan a abrir (tiendas, juguerías, papelerías, tamalerías y panaderías), así como taquerías que van cerrando o taxistas que están cómodamente durmiendo en su unidad o regresando a casa tras una noche ajetreada.

Es un lujo pasar tranquilamente por vialidades que, un par de horas después, van a ser intransitables por todas las mamás neuróticas que van a dejar a sus engendros. Esa tranquilidad es una gran prestación de recorrer el mundo tan temprano.

Recibir el amanecer corriendo es padrísimo, ver cómo sale el sol haciendo algo que te gusta profundiza la experiencia, al grado que incrementa la sensación de estar vivo, al recibir un regalo de la naturaleza. O, aunque no amanezca, recibir un amanecer nublado de igual forma es muy bello, me encantan los días nublados, en especial sus amaneceres, me provocan una sensación mixta de esperanza y melancolía.

Las mañanas frescas, esas que me despeinan con su viento, me sacan una sonrisa, por lo rico que está el día: me doy cuenta que, aunque nací en clima cálido, me gusta más el frío. Mientras corro veo todos esos detalles que, al manejar, pasan de largo, el silencio te ayuda a estar muy vigilante, ya que los ruidos cotidianos distraen mucho. Sin ruido captas mejor los detalles, disfrutas más el momento. Hacemos tanto escándalo como humanidad que nos perdemos muchos detalles de este grandioso planeta.

En un mundo sobrepoblado, con tanta gente por cualquier lado, correr sin cruzarte con otro homínido por largos tramos, es un lujo invaluable. Es una posibilidad de estar a solas con tus pensamientos y contemplar el panorama de forma tranquila.

Otra motivación que tengo de correr a esta hora, con el alumbrado público, las calles solas y subiendo las escaleras de la pirámide, es que emulo a uno de mis grandes héroes cinematográficos, como lo es Rocky Balboa. Desde la primera vez que vi esas épicas escenas en Rocky, me dije a mi mismo: “Algún día voy a salir a correr en la madrugada y voy a subir muchos escalones para sentirme maravilloso como Rocky” y ¿saben qué? En verdad funciona.

Cada madrugada está llena de promesas y posibilidades a canjear durante el día. Por lo mismo sabes que el día está lleno de bondades ocultas, sólo es cuestión de encontrarlas. Casi nunca me levanto tarde, alguna vez me levante a las 9AM y lo hubiera escrito en mi diario por lo extraño de dicho suceso (lo malo es que no llevaba ningún diario).

Sé que muchos me tacharán de loco (ya estoy acostumbrado) al decir que soy más feliz levantándome temprano, porque siento que aprovecho más el tiempo, obviamente mi jornada también acaba más temprano (10pm) a comparación del resto de la sociedad actual. No sé por qué los seres diurnos somos tan pocos y los nocturnos empiezan a proliferar, para mí la noche se hizo para dormir y el día para vivir; el moverse de noche y pernoctar de día me parece una aberración pervertida e inmoral.

            El único momento “de noche” que tengo para vivir a plenitud es la madrugada, y me está permitido porque le estoy ganando terreno al día. Por lo mismo tengo un tonto prejuicio (aunque no los hay de otro tipo): de no ser por paternidad, una emergencia o cuestiones laborales, siento que los que iniciamos el día con la madrugada, tendemos a ser más responsables que las que lo terminan con ella. Mi prejuicio hace que no entienda a los que se quejan por levantarse temprano, porque para mí resulta muy natural y, tal vez, para ellos sea algo que no está en su ser.

            Otra de las innumerables ventajas de correr tan temprano es que, al inicio del camino ves hacia el cielo y puedes contemplar la luna y las estrellas de manera clara y relajada. Es muy padre correr pequeños tramos viendo hacia arriba, una visión que te llena el pecho de algo cálido y profundo, que contribuye a tu espiritualidad. Contemplar la luna llena con un cielo limpio, o las nubes que reflejan su luz, son regalos de la naturaleza por los que agradeces la vida, por disfrutar las bellezas que este mundo ofrece. Tendemos a olvidarlo, por toda las luces artificiales que iluminan nuestras noches pero, ninguna luz de creación humana se va a comparar a un cielo estrellado.

«Teníamos el cielo allá arriba, todo tachonado de estrellas, y solíamos tumbarnos en el suelo y mirar hacia arriba, y discutir si las hicieron o si acontecieron sin más». Huckleberry Finn (1884) Mark Twain

Odio las Iglesias, por todo lo que representan pero, al ir subiendo la Pirámide de Cholula, veo la silueta del templo enmarcada con un cielo estrellado de fondo, por alguna razón ese día  no prendieron las lámparas que normalmente la iluminan, y lo agradezco porque me regala una postal mental muy bella.

Desde que me cambie de oficina ya sólo corro por las mañanas pero, debido a una situación fortuita, hace un par de semanas corrí un Lunes por la tarde, lo cual resultó nostálgicamente reconfortante. Recordé cuando salía a caminar con mis perras y, con el tiempo, empezamos a correr juntos. Y vinieron otros recuerdos de esa época como mi primera casa de adulto, cómo era mi vida hace unos años, o cuando entregue a mis amores peludos y demás cosas relacionadas con las corridas vespertinas, lo cual hice durante algunos años.

            No niego que me sentí muy bien de haberlo hecho después de algunos meses, pero no cambio mis salidas de madrugada por los trayectos vespertinos, a pesar de que los recorrí por muchos años. Sin duda alguna la madrugada es la mejor hora del día y me siento feliz de palparla tan seguido.

            Hebert Gutiérrez Morales.

viernes, 12 de octubre de 2012

El amor acaba (Parte II)


            Los humanos somos animales de costumbres, mismas que nos dan identidad, por lo que es casi imposible no caer en ellas, por lo cómodas que resultan ya que son ampliamente conocidas. Por eso tomamos los mismos caminos, vamos a los mismos lugares, con las mismas personas y las mismas actividades.

            Pretender que una pera sea una manzana es estúpido, así como lo es que pretendamos que un mismo tipo de amor sea eterno. El amor en general puede ser de larga duración, pero sólo si evoluciona y se diversifica, por eso mismo nos entregamos a distintas personas, actividades, instituciones, hobbies, platillos, bebidas y demás. No podemos prolongar indefinidamente una pasión de la misma manera hacia el mismo objetivo. El potente sentimiento e interés del inicio sólo se vive ahí porque, al final, es factible que ya no sea así.

            “Baby slow down. The end is not as fun as the start. Please stay a child somewhere in your heart” – U2 from the song “Original of the Species”

            Ahora, si no he tenido una relación en años, ¿de dónde surgen este par de escritos? Porque me he dado cuenta que mi amor por la salsa ha bajado notoriamente de intensidad. Todavía disfruto mucho el bailarla, me gusta ir a mi clase pero ya no es lo mismo que al inicio. Esa intensidad que me hacía ir a diario se esfumó, la misma que me ponía fúrico si por alguna razón faltaba, la que me hacía repasar y grabar pasos y sabérmelos a la perfección.

            En el presente año he faltado más que los cinco anteriores juntos, sin remordimiento alguno, porque he tenido cosas más importantes que hacer. Lo que vemos en clase, al final de la misma, ya se me olvido. ¿Salir a bailar? Muy de vez en cuando, aunque no me quita el sueño. ¿Congresos? Ya hay uno muy importante en Puebla (Euroson Latino), pero no me ha llamado la atención asistir, además de que nunca me ha gustado ver coreografías, porque me gusta bailar no ver presentaciones.

            Mis prioridades han cambiado notablemente, mi gusto por la salsa sigue ahí pero de manera distinta, ya estoy más acostumbrado a ello y agradecido. Ya no me apasiona, pero aún me gusta bastante. Ésta no es la primera vez que me pasa esto y seguramente no será la última.

            Durante más de una década era un auténtico fanático de la historieta y animación japonesa, asistiendo a infinidad de eventos, escuchaba mis CDs, leía mis historietas, veía mis películas, compraba toda la mercancía que mi presupuesto permitía, participaba en todos los foros que conocía y leía todo lo relacionado al tema que estuviera disponible. Literalmente mi vida, entre los 17 y 27 años, era el Manganime.

Producto de lo mismo me apasione con mi clase de japonés durante ocho años, la cual sólo duraba tres horas a la semana, pero estudiaba otras 21 para perfeccionarlo. Repasaba todo lo que caía en mis manos, leía revistas y veía películas, platicaba con mis maestros o con cualquier japonés que casualmente se cruzara en mi camino. En esa época me hice una promesa: “Voy a ver anime y leer manga con mis hijos y hasta con mis nietos. Porque voy a ser Otaku el resto de mi vida”.

            Hoy en día, y de manera esporádica, llego a ver alguno de mis Anime viejos o leer alguno de mis Manga almacenados, sobretodo los memorables o importantes en mi corazón. No niego que si me cruzo con algún anime conocido, me ocasiona una nostalgia agridulce por todo lo que viví y que ya no es lo que fue en algún momento. Lo mismo con algún símbolo japonés que llego a reconocer, o cuando tenía algún proveedor nipón, intercambiaba algunas expresiones de manera gustosa. Dicho idioma lo deje de aprender desde hace seis años.

            Que triste es cuando una pasión muere y, lo más lamentable, es darse cuenta que su fallecimiento se dio de forma paulatina, sin notarlo porque, cuando nos percatamos de lo sucedido, ya no había punto de retorno, ya no se puede revivir nada.

            Tal vez todo radica en una neurosis social en la que queremos que algo sea para siempre cuando NADA es esta vida lo es. Nuestra egolatría es tan enorme que pretendemos alcanzar la eternidad en algo cuando nosotros mismos somos efímeros.

            Esa misma intensidad con la que nos entregábamos a algo o a alguien no puede ser infinita, ni siquiera las almas más excelsas de la humanidad pueden, ya que la misma vida coarta su pasión.

A últimas fechas he estado considerando, seriamente, regresar a clases de japonés, lo cual es curioso porque deje de aprenderlo para hacerlo con la Salsa. Pero entonces me pregunto ¿Para qué regresar? ¿Qué caso tiene desgastar esa bella época de mi vida al ver que ya no es lo mismo de antes? Como dice Fernando Delgadillo “No regreses al lugar de tus viejas alegrías” y ahora entiendo fehacientemente el por qué.

Cada vez que uno regresa a un lugar o persona que significan una felicidad pasada, se arriesga a desgastar el recuerdo que traía, y es que se va ensuciando al dejar de idealizarlo y darse cuenta que tal vez las cosas no eran como las recordábamos. Podrá ser el mismo lugar y las mismas personas, pero ya no es lo mismo, porque hemos cambiado nosotros y es imposible sentir lo mismo que en el pasado.

“No cambian las cosas, cambiamos nosotros” – Henry David Thoreau

Cambiamos sin notarlo, y vivimos con esa tonta ilusión que todo y todos a nuestro alrededor permanecerán constantes, y así recibir la misma satisfacción que al inicio, lo cual resulta imposible, porque en ese punto éramos una persona distinta que en la actualidad. Vamos evolucionando y nuestros gustos de igual forma, así que lo que en un inicio parecía maravilloso, acaba por cansarte si no evoluciona a tu ritmo.

Tendemos a culpar a los lugares o personas que nos decepcionan, ya que no han cumplido con nuestras expectativas. En realidad la culpa es nuestra, pero el humano (generalmente) es muy comodino como para aceptar responsabilidades así que, siempre que podamos, vamos a culpar a alguien más de nuestras desgracias.

Ese sentimiento inicial se va devaluando enormemente a comparación del lugar inmaculado que tenía en nuestros recuerdos. Que triste que eso pase con los grandes amores, ya que uno se engaña que esa intensidad va a ser perpetua y eso sólo aumenta el sufrimiento al desengañarse. La mentira daña la dignidad de cualquier relación.

Vivimos en la ilusión de eternidad, tal vez en un intento de que nuestros sentimientos puedan serlo. Nuestras formas, personalidades y percepciones no son eternas, pero las esencias que las generaron sí. Es algo complejo, pero así es.

Pongamos el ejemplo del chocolate, a muchas personas nos encanta, pero la euforia inicial nunca será igualada, a menos que probemos otro tipo de chocolate. De igual forma, les aseguro que no amarían comerlo si lo hicieran con una alta frecuencia. El deleite de comer chocolate radica en no hacerlo una rutina.

Como seres humanos exigimos variedad, pero nos resulta difícil brindarla, debido a esas costumbres que se convierten en rutinas en las cuales somos dados a caer. Exigimos lo que nos es difícil dar: un cambio constante, el cual es muy difícil de lograr a cualquier nivel.

En la Universidad un amigo, al ver que compraba tantas historietas, me dijo lapidariamente: “¿Para qué compras tanto? De todas formas las vas a acabar tirando o regalando”. Me sentí tan herido que tuvo suerte de que las miradas no mataran, pero tenía razón. Regalé todos los Cómics, los manga no, pero están guardados en cajas dentro de los armarios, que es como si no existieran, ya que no los he leído en años. Igualmente los podría regalar y poner cajas vacías en su lugar y mi vida no cambiaría en absoluto. Tal vez no vuelva a leerlas, ni a ver mis Películas, lo único que escucho son los CD’s.

Recordé mi ingenua promesa de ser Otaku el resto de mi vida, ¿Cómo podemos hipotecar la palabra con algo que aún no tenemos, sentimos o somos? Ya aseguramos hechos futuros a los que ni siquiera sabremos si vamos a llegar. El problema no está en incumplir promesas, sino en jurar algo que está fuera de nuestras manos. Nadie conoce el futuro, entonces ¿Por qué carajo nos comprometemos a algo incierto?

“Porque el tiempo tiene grietas
porque grietas tiene el alma
porque nada es para siempre
y hasta la belleza cansa
¡el amor acaba!” – José José

Inclusive una pasión importante de casi toda mi vida ha muerto: Los Juegos Olímpicos. Desde Los Ángeles ’84 hasta Atenas 2004, vi todos los eventos que me fueron posibles, inclusive desvelándome en Seúl 88, Barcelona 92 o Sydney 2000, al grado de cambiar mis hábitos de sueño por dos semanas para ver todas las actividades en vivo que pudiera. A pesar del pobre nivel del deporte mexicano, me emocionaba a tope, además de que apoyaba fervientemente a cualquier equipo del continente Americano (sip, inclusive a los Estados Unidos). Obviamente cuando caía alguna medalla para México (de esas escasas) mi emoción llegaba hasta el llanto, con gritos y brincos incluidos, mismas lágrimas que salían a la hora del himno nacional (tanta era mi emoción que pareciera que yo mismo hubiese ganado la presea).

No sé qué pasó entre Atenas 2004 y Beijing 2008, pero esa pasión murió, como la de muchos otros deportes (incluidos el Soccer, el Baseball y disminuyó bastante la del Basketball), la única pasión que me queda vigente (como aficionado) es la del Fútbol Americano, además de los deportes individuales que practico: correr, nadar, bici fija y bailar (pero estos sólo en la práctica, no como espectador).

En Londres 2012, me enteré de la buena cosecha de la delegación mexicana (para los mediocres estándares a los que estamos acostumbrados), incluida la medalla de oro en Fútbol y, ¿saben qué?, no sentí nada. Me resulta increíble que si hace 20 años, el oro se hubiera dado en Soccer, seguramente me hubiese muerto de tanta felicidad en el pecho pero, hoy en día, me resultó irrelevante.

Mis únicas pasiones (sin contar el comer) que han durado toda la vida son sólo dos: la NFL y el leer. Y me pregunto a mí mismo, ¿Cuánto tiempo van a durar el resto de las actuales: escribir, correr o el nadar? ¿Acaso las acabaré dejando? ¿Qué tienen de diferente? No creo (o no quiero creer) que las vaya a abandonar. No niego que tengo mis etapas de apatía, la ventaja es que puedo intercambiarlas entre sí: Cuando me canso de correr, le bajo un poco e incremento la nadada, o cuando no tengo las ideas claras para escribir, aprovecho y le dedico todo ese tiempo a la lectura. Lo bueno es que tengo un buen “guardadito” de escritos para que no se note que me he pasado hasta un mes sin escribir nada nuevo.

Este blog se llama “Reflexiones de un Salsero Misántropo”, considerando que ningún sentimiento es eterno, ¿dejaré de ser Misántropo algún día? Para empezar, no sé que tan potente sea mi odio a la humanidad, tal vez me considero muy malo, pero seguramente hay personas que llevan su misantropía a un nivel más extremo. Pero ningún odio es eterno, por más que uno se empecine, la vida te va cambiando: alguna vez fui un niño idiotamente feliz que quería a toda la gente, el cual nunca pensó en desear que la humanidad se acabara. Tal vez, si algún día engendro, deje de odiar a la raza humana, esa misma de la cual formarían parte mis (hipotéticos) hijos.

Sé que divago mucho, y créame que he limpiado este escrito como no tienen idea. Aunque siga siendo misántropo, algo que estoy dejando de ser es un Salsero acérrimo. Tal vez el blog debería dejar de llamarse “Reflexiones de un salsero misántropo” y llamarse “Reflexiones de un pacheco misántropo”. Pero no puedo cambiar el nombre, porque ya es como mi sello, de hecho, en los registros del blog aparece que hay quien me encuentra bajo el mote “Salsero Misántropo” en los buscadores, así que no voy a suprimir lo de salsero, en todo caso lo podría nombrar “Reflexiones de un Salsero Misántropo Pacheco

“Porque somos como ríos
cada instante nueva el agua
¡el amor acaba!” – José José

            Es bueno que cambiemos porque, como decía Confucio, “Agua que fluye se mantiene cristalina y, la que no avanza, se estanca”. Sin el cambio nuestra vida sería bastante monótona y sin valor alguno. Por eso mismo, todo sabemos la hora en que debemos seguir adelante, como cuando dejamos la casa, cambiamos de escuela, de un trabajo o una relación. El problema radica en el tiempo que ha pasado uno en esos lugares porque, entre más largo fue, más grande es la dificultad de dejarlo atrás.

            Esas costumbres o lealtades que nos vinculan a algo que ya no tiene solución, es como si pretendiéramos que con nuestra presencia, mágicamente, la relación retomara la vitalidad del pasado. Aunque también nos acabamos quedando por la nostalgia de lo que algún día fue y en agradecimiento a todo lo bello que se compartió en ese pasado común. Creo que está bien ser leales cierto tiempo, pero no quedarse para siempre.

            En momentos trascendentales de la vida, uno debe tornarse egoísta, y reconocer que ya no se puede ver por aquella situación, lugar o persona que en un momento compartimos tanto. A quien dejemos atrás debe estar satisfecho con nuestro crecimiento, ya que fue participe en nuestra transformación, y aceptar nuestra partida como muestra de amor.

            De nadie es la culpa que avancemos, es como el maestro que le enseña a su discípulo, si es un buen guía, el pupilo va a crecer, y va a llegar al punto en que también quiera seguir su propio camino. Si el alumno sigue siéndolo el resto de su vida habla muy mal de ambos. Lo mismo pasa con padres que tienen a un hijo dependiente en todos los aspectos de vida a una edad adulta. Obviamente siempre habrá gente dependiente, pero no es lo deseable. Cuando hay una relación sana, uno desea que los que vienen atrás crezcan y nos superen, claro que esto lo quieren las personas productivas, porque las almas mezquinas siempre querrán un subordinado que los valide en el poder. Por todo esto, las despedidas no son fáciles, pero son necesarias.

            Es inmaduro e irresponsable asegurar que vamos a mantener una idea, un sentimiento o una postura para un futuro que, tal vez, no llegue. Lo más honesto es comprometerse con todo en plazos humanamente reales, sobretodo porque no sabemos cómo viene el mañana. Desconocemos cómo nos va a cambiar la vida, nuestras circunstancias, intereses y prioridades, así que acabamos viendo la existencia de manera distinta.

            Es estúpido aplicarle sueros, inyecciones, electrochoques y demás recursos a un cadáver, igualmente estúpido es dedicarle, tiempo, dinero y esfuerzo a algo que ya no tiene remedio. Muchos en su necedad y anhelo no parten ni dejan partir, con lo que nadie sigue adelante y, ambas partes, se van pudriendo lentamente.

            Voy a seguir con la Salsa hasta que se pueda, hasta que surja algo más importante que me obligue a dejarla. Sé que esto tiene una fecha de caducidad, pero no sé cuándo va a llegar, por lo mientras seguiré bailando.

Finalmente, algo de lo que puedo estar orgulloso es que cuando encuentro algo, o alguien, que me guste, me entrego en todo lo que puedo, porque quiero aprovechar al máximo el gozo que obtengo en esos momentos. Hay que disfrutar las cosas, situaciones, épocas o personas lo mayor posible porque, inevitablemente, van a terminar sin avisarnos y, peor aún, de manera lenta y ante nuestros ojos.

            Hebert Gutiérrez Morales.

viernes, 5 de octubre de 2012

El amor acaba (Parte I)

TODOS, en nuestro interior sabemos que NADA es para siempre, pero nuestro anhelo por lo eterno (especialmente el amor) ha llegado a tal nivel, que nadie se atreve a decirlo para no ser un paria social. Pareciera que todos debemos creer y anhelar un amor románticamente eterno, y nuestra programación nos pide alcanzarlo a como dé lugar. Siempre defenderemos a muerte las ideas utópicas, lo irreal, los sueños, las ilusiones mientras que, al mismo tiempo, despreciamos lo que es real, lo tangible, lo terrenal, que es lo único a nuestro alcance. Al no aceptarlo perdemos dignidad, al dejar de ser lo que por derecho podemos ser por buscar lo que nunca podremos ser.


“Yo no sé si tú no sé si yo seguiremos siendo como hoy
no sé si después de amanecer vamos a sentir la misma sed
para que pensar y suponer, no preguntes cosas que no sé
yo no sé… “ – De la canción “Yo no sé mañana” (Luis Enrique)

            Honestamente no creo en el amor eterno. Muchos argumentaran “Pero amo a mi esposa y tenemos 25 años de casados sintiendo la misma intensidad que al inicio” y mentirán con tal vehemencia que uno podría creerles. Lo más probable es que no sientan ni el 10% de la potencia que sintieron el primer día, pero dudo que haya alguien que admita que no ama a su pareja como antes, a menos que ya haya acabado la relación. Hay ocasiones en donde ser honesto no es buena idea (para mantener las apariencias).

"La Despedida" (Remedios Varo)
            Es más hasta se atreven a decir “Y nos amamos más que el primer día”. Para mí se ha enquistado una especie de psicosis en la sociedad, en especial con las parejas de larga duración; esas mismas que prefieren mentir respecto a la validez de sus sentimientos en lugar de admitir que los mismos fenecieron (o se debilitaron) desde hace mucho tiempo.

            Es como si mentir ante los demás los acercara a que dicha falacia se hiciera realidad. En mi particular punto de vista, esas personas ya no se aman,  y prueba de ello es que lo gritan a los cuatro vientos en un intento patético de convencerse a sí mismos y a los demás. Obviamente sólo ellos saben la verdad, pero a falta de un sentimiento auténtico, deben promocionar que ese vacío no existe.

            Alguna vez leí que el enamoramiento dura un máximo de ocho meses y el amor de pareja en sí hasta ocho años. Entre más grande es la intensidad que sienten, es más rápido el tiempo en que se consumen (algo así como una Súper Nova). Esa es la ventaja con los sentimientos menos intensos y más filiales como la amistad, que son de larga duración y acaban ocupando el lugar de ese amor apasionado, con la compañía y solidaridad que sostienen el vínculo.


“Porque llega a ser rutina
la caricia mas divina
¡el amor acaba!” – José José

            Nos hemos vuelto unos mitómanos al afirmar “Es que sí existe el amor eterno”, basados en esas parejas mentirosas y los cuentos de hadas que acaban con un “Y fueron felices para siempre”, pero nunca te pasan cómo es dicha relación cinco o diez años después.

            El “para siempre” es lo que nos da en la madre a todos. Muchos se sienten desahogados, al momento de la ceremonia, en donde se dice “Se van a amar y proteger hasta que la muerte los separe” pero, ¿Cómo podemos prometer algo que no somos? ¿Acaso no es notoria la gran mentira de asegurar algo que no podemos dar?

Los círculos del poder, aunado a nuestra falta de serenidad, nos han hecho voraces de lo eterno, así como las religiones prometen una vida eterna, las historias románticas nos hacen anhelar un amor perpetuo inexistente, o los políticos que nos prometen bienestar automático y eterno. Algún estúpido vino a prostituir el amor con el término “eterno”, y nos ha hecho ese sentimiento frustrante cuando le endilgamos algo imposible. El amor es digno cuando dura lo que debe durar, se debe agradecer, aceptar y venerar lo que nos toque vivir durante el tiempo que toque vivirlo.

            Hay una canción que dice “La costumbre es más fuerte que el amor” y sí, efectivamente, es una tarea titánica evitar que las costumbre extermine al amor (que de por sí tiene fecha de caducidad). Todo radica en esa monumental mentira que dicta “para siempre”.

            Lo más sabio que he oído al respecto es algo que una amiga le dice a su esposo: “¿Sabes algo? Te voy a amar HOY. Estoy segura de mis sentimientos HOY, por lo que me brindo a ti al darte todo lo que tenga. ¿Mañana? ¡No lo sé!” Me parece una postura honesta e, irónicamente, más amorosa, porque se basa únicamente en lo que puedes dar.


“Esta vida es igual que un libro
cada página es un día vivido
no tratemos de correr antes de andar
esta noche estamos vivos sólo este momento es realidad no no noo.. no sé… “– De la canción “Yo no sé mañana” (Luis Enrique)

            Cuando escuchas “para siempre”, se queda en el inconsciente y así tienes un argumento para echar en cara después “¡Pero tú me dijiste que me ibas a amar por el resto de la eternidad!”, entonces uno tiende a sentirse seguro porque, sin importar todos los factores internos y externos que cambien, el otro tiene la obligación de estar ahí para nosotros, porque nos dio su palabra.

            La honestidad, congruencia y madurez nos haría decir algo así “¿Sabes qué? Te amo ahorita”, y las parejas se esmerarían más para mantener la relación viva e interesante. Pero nadie dice “Te amo hoy, mañana quién sabe”, porque casi seguro que la otra persona va a hacer un pancho y se va a sentir agredida, por no ser suficientemente valiosa para recibir una promesa de amor perpetuo. Preferimos una mentira bonita que una realidad dura pero más productiva.

            Esa “ofensa” es percibida como tal por seres que no tienen amor propio, que requieren del reconocimiento externo para validar su existencia. Si sabes quién eres y lo que vales, ese “Te amo hoy y mañana no lo sé” significa que te quieren y respetan como para no mentirte, además de que estás ante alguien maduro, consciente de sus limitaciones. Es más probable lograr una relación productiva con alguien así que con un mentiroso romántico que cree en cuentos de hadas (porque eso es justamente lo que espera de la relación).

            Al admitir la fecha de caducidad del amor, nos relacionaríamos con menos ilusiones pero mayor responsabilidad. Al ser conscientes de que esa intensidad no es para siempre, no nos entregaríamos a sueños totalmente irreales, creo que gozaríamos de relaciones más felices y plenas.

            La únicas que pueden recibir ese amor “eterno” son aquellas personas que (en algún momento) pensamos que eran el amor de nuestra vida y no lo fueron, porque pueden vivir idealizadas en nuestros recuerdos, y es que no presenciamos el deterioro de su imagen mediante una relación diaria improductiva, no pasó ese desengaño de amarla tanto y al final darse cuenta que no era cierto.

            Idealizamos remembranzas y recordamos hechos que nunca pasaron (o no de la forma en que las atesoramos) ni con la intensidad con la que creemos que pasó. Las exnovias de muchos siempre van a tener ventaja sobre las que sí se animaron a aceptarnos, son como los difuntos, mismos que sólo son recordados por lo bueno que hicieron (poco o mucho), al grado que parece que sólo se muere gente buena. Con las exparejas uno sólo recuerda las cualidades porque no hubo suficiente tiempo para conocer a fondo los defectos y desengañarse. Ésas sí, como excepción, van a vivir eternamente en los recuerdos de alguien más.

            Nadie lo quiere decir abiertamente, pero todos sabemos que nuestros sentimientos son cambiantes y efímeros, porque nada eterno existe en nuestro ser (a excepción de la energía de la que estamos constituidos). Deberíamos meternos en la cabeza (y la de las siguientes generaciones) que no hay nada infinito en el mundo, para reducir tantas frustraciones.

“Porque mueren los deseos
por la carne y por el beso
¡el amor acaba!” – José José

Antes de que alguien me miente la madre (porque nunca falta algún inconforme) y me escupa “Entonces ¿Qué propones? ¿Qué todas las relaciones sean temporales?”. Sin que nadie lo proponga, todas las relaciones ya son temporales, con fecha de caducidad, porque morirá uno de los involucrados o el vínculo que los unió. Aunque no haya un divorcio, el hecho de que un hombre tenga un affair a espaldas de su esposa, es una evidencia suficiente para dictaminar ese matrimonio como muerto.

Creamos instituciones que nos dan la ilusión de legalidad (religión o leyes) pero si los sentimientos ya no existen, esa relación no puede estar más descalificada. Esas mismas instituciones que hacen que algunas sacrifiquen su dignidad para mantenerse al lado de alguien que ya no las ama.

Un papel no significa nada en los respectivos corazones, ni tampoco una autoproclamada embajada en la tierra de un concepto llamado “Dios” tiene la facultad de unir o separar parejas, ni siquiera está validada una relación aunque alguno de los dos esté de necio. Una relación es cosa de dos, cuando los sentimientos de ambos resuenan, las ceremonias y papeles son meros accesorios, porque esa relación esta validada a un nivel energético y no material. El vínculo no se obliga con anhelos o apegos, sólo se puede dar de forma natural y voluntaria. Que la humanidad la haya prostituido al manejarla como una mercancía más es algo deplorable, porque en los corazones no hay documento que valga.

“Porque se vuelven cadenas
lo que fueron cintas blancas
¡el amor acaba!” – José José

Vamos a suponer que todos tenemos sentido común, querido(a) lector(a), ¿Usted diría “En Octubre del 2015 te voy a dar $25000 porque te quiero mucho”? ¿Con qué derecho haría usted eso?  ¿Puede asegurar que va a tener trabajo, su situación económica, los compromisos adquiridos o si siquiera va a seguir vivo? Pero usted hizo un compromiso y, sin importar que sea usted un indigente o que ya no tenga el mismo sentimiento, vienen a cobrarle el monto con el cual se comprometió.

“¡Pero es que no tengo Dinero!” argumentará usted, y le responderán “¡No me importa! ¡Págame!”, y usted podría contestar “¡Pero debo alimentar a mis hijos!” pero le rebatirán “¡No me interesa! ¡Hiciste un compromiso y ahora me cumples!”; como no paga, usted termina en la cárcel por una estúpida promesa.

La situación pasada resulta ridícula ¿cierto?, entonces ¿por qué prometemos algo sobre lo que no tenemos control? ¿Por qué asegurar que nuestros sentimientos se mantendrán igual a lo largo de los años? Eso es aún más estúpido que comprometer algo material que, en teoría, es algo más manejable (podríamos meter el dinero a plazo fijo de tres años y así cumpliríamos nuestra promesa). Los sentimientos son impredecibles e incontrolables, aunque nos queramos engañar frente a la sociedad; la voluntad no tiene poder sobre lo que sentimos pero, infantilmente, creemos que podemos influir.

Hay una Salsa muy famosa que se llama “Yo no sé mañana”, la cual es súper popular entre las mujeres y, por eso mismo, me llama mucho la atención. Tal vez no se hayan dado cuenta, pero la letra habla de un acostón de una noche, mismo a las que, mustiamente, muchas mujeres se oponen abiertamente. La mayoría dice aborrecer las relaciones físicas ocasionales, pero sólo lo dicen por postura social porque, internamente, no lo creen en el fondo.

Analizando la letra de esa canción, desde la perspectiva de este ensayo, es factible que les guste tanto porque el tipo les dice la verdad. El mensaje es “No sé si mañana te voy a amar, pero hoy lo hago con todo lo que tengo. Mañana no me preguntes por algo que no sé”.

Por eso mismo las mujeres adoran esa canción, porque sienten la autenticidad del mensaje “este tipo es honesto, me dice que me puede amar hoy, ¡tómalo o déjalo!, ¡Pues lo tomo!”. Obvio que las féminas no están exentas de responsabilidad en esos anhelos, ya que ellas mismas se autoprograman con tantos cuentos de hadas. Por esas mismas estúpidas creencias, el día mas trascendental de su vida es la Boda, día en el que se sienten realizadas, así como cuando tienen hijos.

Deberían empezar a guardar esos nocivos cuentos de hadas en el cajón, y privilegiar la educación de la niñez en cuestiones efímeras, así nos enfocaríamos más en el gozo actual. A la larga tendríamos una mejor calidad de vida reflejada en una mejor calidad de relaciones.

Esos cuentos de hadas que nos hace creer en conceptos intangibles, porque nos encanta vivir en sueños, en irrealidades. Nos gusta creer en seres que nunca hemos visto (y algunos dizque nos crearon), nos gusta creer en amores eternos de los cuales no tenemos certeza alguna; nos gusta creer en promesas que nadie tiene la seguridad que se vayan a cumplir, pero nos aferramos a ese intangible, aún más que lo que tenemos al alcance de la mano, y lo que la evidencia demuestra. El ser humano se torna muy iluso cuando le conviene y, cuando no, muy cruel (como lo puede constatar este hermoso planeta).
 
Y ahí radica el secreto de una relación duradera: la renovación.

No sabemos a quiénes vamos a conocer en el futuro ni cómo van a cambiar nuestras experiencias nuestra forma de percibir la vida. No sabemos el efecto que ambos factores van a ejercer sobre nosotros, ahí radica la irresponsabilidad de prometer algo que no sabemos si seremos capaces (como amor eterno o fidelidad perpetua)


“Esta vida es una ruleta que gira sin parar
yo no sé si tú yo no sé si yo como será el final
puede ser peor o puede ser mejor
deja que el corazón decida vida mía lo que sentimos” – De la canción “Yo no sé mañana” (Luis Enrique)

Hebert Gutiérrez Morales.