viernes, 28 de septiembre de 2012

Los Pilares de la Tierra


Cuando redacto algún ensayo, me tomo entre doce y 24 horas de trabajo efectivo (son horas acumuladas, no continuas), aunque muchas veces me tardó más que eso. Cuando vi el ladrillo que significaba “Los Pilares de la Tierra”, no me pude imaginar el tiempo que le tomo a Ken Follet redactar algo tan cuidado. Cualquiera puede escribir por escribir pero este libro muestra un nivel de detalle excepcional, tanto en la estructura, el delineamiento de los personajes y el planteamiento de las situaciones. Como el mismo Follet explica, se llevo algunos años en crear tan interesante obra. La explicación de cómo nació “Los Pilares de la Tierra” resulta tan fascinante como el libro en sí. Me pareció un gran prólogo.

Esta odisea es como una trilogía completa pero en un solo volumen, una auténtica obra épica. Es la primera vez que leo algo mayor a 1000 páginas y no fue complicado, por ser una lectura bastante accesible. Es de esas publicaciones con la que fluyes de forma natural. A pesar de ser bastante extensa, no te cansa porque es como leer distintos libros al mismo tiempo.

            Durante cinco días consumí insaciablemente una serie de aventuras, vivencias, sentimientos, anécdotas y demás. A veces sentía que habían pasado muchas cosas y ¡sólo habían pasado 10 hojas! Ésa es una gran cualidad del autor: tiene mucha sustancia en el argumento, sin resultar denso e incomprensible. Se agradece cómo desmenuza los hechos, las motivaciones y el entorno en dónde se desarrolla la trama, con toda esa información es fácil visualizar la escena, así se complementa tu lectura.

            Me maravilló el detalle con el cual se delinea una cantidad enorme de personajes con cualidades, defectos e historias, que te aclaran el sentir y accionar de cada cual, donde no los hay totalmente “buenos” ni totalmente “malos”, simplemente humanos, mismos que no se mueven por propósitos altruistas sino que, la mayoría de las veces, son bastante egoístas pero saben disfrazarse como justos (así como pasa en la realidad). Obvio hay “buenos” y “malos” en la historia, pero ninguno resulta “acartonado”, ya que todos son muy jugosos e interesantes.

            Situaciones ruines, crueles, desagradables, grotescas y mezquinas siempre han sido parte de la humanidad; al igual que las hermosas, conmovedoras, fortuitas, cándidas y profundas sin caer en irrealidades. La trama está ubicada siglos atrás y hay una sensación de realidad impregnada a lo largo de ella, por lo que sientes que todo lo relatado en verdad aconteció en el lejano pasado británico.


            “Cualquier imbécil puede tomar parte en una pelea, pero el hombre prudente sabe mantenerse lejos de ellas” – Tom Builder

            Cuando supe que el argumento giraba alrededor de la construcción de una Catedral en la Inglaterra del Siglo XII, honestamente, no me llamó la atención. Pero es sólo el pretexto para sostener la historia o, hasta podría decirse, es la analogía de cómo se van construyendo (y destruyendo) las vidas de los involucrados, a través de intrigas políticas, religiosas, bélicas, gubernamentales pero, sobre cualquier otro aspecto, historias humanas, individuales y de familia, ves muertes y nacimientos, derrotas y victorias, además de asesinatos, violaciones, injusticias pero también se ve generosidad, compasión y reciprocidad. No es un libro todo rosa ni todo negro, es muy interesante y completo.

            El manejo en la relevancia de los personajes es magistral: hay unos que se perfilaban como claros protagonistas y ni siquiera terminan la historia; por otro lado, hay otros que ni siquiera figuraban y al final son vitales. Me enganche con alguno, porque lo identifique como el héroe pero, cuando muere súbitamente, me quedé perplejo y me pregunté “Entonces, ¿A quién pertenece esta historia?”

            Luego reaparecen algunos que creías olvidados como Peter de Wareham, con un rencor alimentado durante décadas en busca de revancha contra Philip. Con esto te sales del paradigma establecido como lector o espectador, en donde se te presenta(n) un(os) protagonista(s), que vas a seguir hasta el final. Por ello uno cae en vicios como lector ya que, al saber quién es el actor principal, sabes que saldrá avante.

El mundo no es así, todos tenemos un final en nuestro camino y en el de los demás, y no siempre superamos nuestros problemas de la forma en que anhelamos. No todo sale bien ni todo sale mal constantemente, cada cual forja su destino. En la vida uno se debe nutrir y aprender de varias relaciones como las que se dan en el libro. Conoces al constructor Tom con su familia, la relación de éste con el Prior Philip, con Ellen, con Jack. También conoces la interesante relación entre Philip y el Obispo Waleran o con William Hamleight, la de éste con Aliena, ésta con Jack, éste con Philip y demás vínculos que llenan de vida a las páginas, cada cual fue tomando un protagonismo de acuerdo a la cadencia del libro.

            Se hilan distintos argumentos con maestría: política, personal, religiosa, social, familiar y demás en un solo argumento; esto a lo largo de los años y personajes tan distintos como sus vidas y sus entornos. Cada relato bastaría para un libro por sí mismo, eso es genialidad, porque se fusionaron ricas historias en una gran publicación. Todo vinculado alrededor de la construcción de la Catedral de Kingsbridge (no sé por qué siempre pensaba que era “Kingsbride” ¬_¬U). Un pretexto válido para el desarrollo de caracteres tan bien logrados, producto de la investigación extensa y profunda que hizo el autor, aunado a su excelso talento.

Al ir saliendo y entrando los personajes, tomando mayor o menor relevancia, te permite enfocarte en cada historia, como la de Ellen, Richard y hasta la del Obispo Waleran, de igual forma que te explicaban la lucha de poder entre Maud y Stephen, o éste con Henry. Sin notarlo, avanzas en lo que, al inicio, parece tarea titánica pero, conforme lees, vas disfrutando el haber vivido varias vidas.


" (Ellen) Lamento hacerte tan desdichado.
(Tom) No lo lamentes. Lamenta más bien haberme hecho feliz. Eso es lo que duele, que me hicieras tan feliz."

            A pesar de que no soy religioso, admito que me enganche con el tema de la construcción de catedrales, propiciado por la pasión con la cual se describe el tema. De hecho, aunque no planeo visitar ningún templo próximamente, llegará el día en que entre a alguna catedral y, seguramente, ya no la veré con los mismos ojos. Estas construcciones eran vitales en aquella época, en la que la Religión ocupaba un lugar preponderante en el camino de un país y su sociedad. También aprecio eso de este libro: me alivia que la influencia, el poder y la autoridad de las Religiones se ha reducido bastante con el paso de los Siglos (aunque sigue siendo desmedida).  

            El fanatismo, el egoísmo, la impotencia, el desánimo y demás sentimientos que, con la guía del autor, vas experimentando en conjunto con los diversos protagonistas, y vas comprendiendo la magnitud de cada derrota o de cada victoria.

            Sin tener que decir que hay una moraleja, lo cual la abarataría bastante, “Los Pilares de la Tierra” nos enseña que es muy fácil construir una pequeña capilla  un poco más difícil edificar una Iglesia pero para alzar una gran Catedral, al igual que los grandes retos, siempre habrá grandes obstáculos que superar. En nuestro camino vamos a encontrar a quién nos facilite las cosas y quién nos las dificulte, esto sin tener que calificarlos como “malos” o “buenos” ya que cada cual persigue sus propios intereses.

            Sin importar el apoyo o el desaliento externo, lo importante es la tenacidad o decisión con la cual se persiga el objetivo. Hay muchos momentos en los que queremos bajar los brazos y renunciar a todo, y también habrá otros en donde las cosas parezcan demasiado fáciles. Como decía en un anuncio viejo de los 70’s: “Si las cosas que valen la pena fueran fáciles, cualquiera las haría”. Cualquiera puede hacer (de su vida) una capillita, no tantos una Iglesia, pero no cualquiera podrá hacer una Catedral.

“En una guerra la primera víctima es la justicia” – Ken Follet (“Los Pilares de la Tierra”)

            Se refleja fielmente el ambiente político de la época, mismo que va afectando a todos los involucrados que, al estar tan vinculados, las bondades de unos son las desgracias de otros y viceversa.  Se dice que en la vida (real), todos podemos conectarnos con cualquiera a través de siete personas, se dice que en el Facebook esa cadena sólo se reduce a cuatro contactos. Esto demuestra que nuestras acciones siempre tendrán alguna repercusión en nuestro prójimo: Todos estamos conectados unos con otros, lo cual es un mensaje fuerte en este mundo donde cada vez somos más egoístas.

Nunca sabremos lo que motiva a cada persona a comportarse como lo hace, tal vez sus metas sean egoístas o muy generosas, cuando son totalmente contrarias en apariencia. Desconocemos los traumas, las promesas, las lealtades, las circunstancias que los obligan a actuar de cierta manera. Obviamente es imposible adentrarse profundamente con cada uno para conocer la vileza o la grandeza que los mueve.

Habrá muchas personalidades que al inicio nos parecen detestables y al final nos resultan añorables. De igual forma hay quienes en un inicio creemos muy cercanos e inseparables y terminan siendo auténticos desconocidos o nocivos para nuestro bienestar. A la largo de la vida, así como en el libro, ves que lo que en un inicio parecía negativo al final resulta todo lo contrario (y viceversa). El diario acontecer te va llevando por caminos que, en un inicio, no habías considerado pero que, al final, suelen ser más productivos que lo que habías planeado originalmente.

Se requiere de un trabajo arduo y fuerte, complementado con inteligencia y algo de buena suerte para lograr fines esplendorosos. No todos podemos hacer de nuestra vida una catedral, habrá quien sólo pueda levantar una capilla y otros hasta una Iglesia, lo cual no importa si es por capacidad y no por actitud. De igual forma, no todos pueden ser maestros albañiles, tiene que haber artesanos, carpinteros, herreros o peones.

La capacidad o status social con el cual nacimos no depende de uno, pero la seriedad, compromiso y decisión con la que hacemos las cosas sí radican en nuestra fortaleza de alma. No le estamos haciendo el favor a nadie con esforzarnos, ya que los principales beneficiados seremos nosotros mismos con la realización de nuestros objetivos, algo que nos haga sentir que nuestro camino no ha sido en vano.

Si somos sensatos y honestos para aceptar nuestras cualidades y limitaciones, podremos desenvolvernos con valentía, efectividad y honestidad a lo largo de nuestro camino. Sin importar el tamaño de nuestra obra, lo que en realidad importa es lo grande de nuestro esfuerzo.

Hebert Gutiérrez Morales.

viernes, 21 de septiembre de 2012

La educación de un niño


            Antes de iniciar en forma, quiero reconocer públicamente a mi madre, la cual era Maestra de Enfermería en el IPN, con horario de ocho a cinco, con clases a preparar, exámenes de calificar, proyectos que revisar, además de ser madre y padre de Lunes a Viernes pero NUNCA me sentí desatendido. Siempre tengo el recuerdo presente que me apoyaba, me escuchaba, me atendía y se preocupaba por mí y mis asuntos, sin sentirme agobiado de ninguna manera. Siempre la voy a respetar y querer, por la dedicación y el tiempo que me dedico, muestra del amor e interés al gestarme. Esto a diferencia de muchos que engendran sin estar conscientes de la responsabilidad que eso implica.
 
            Ha de ser muy complejo ser padre, porque no es fácil percibir cuándo ser firme con las acciones correctivas y cuándo ser comprensivo. Las consecuencias sólo se conocen hasta el futuro y dependen mucho de la capacidad personal que el vástago, en su vida adulta, tenga para manejar los conflictos que experimentó. La educación de los hijos es una responsabilidad muy grande, por determinar gran parte de su vida futura.

Pocos son los recuerdos que tengo cuando tenía tres años, pero hay uno que tengo muy presente. En alguna ocasión deje algo de comida en mi plato y ahí entró el sermón materno: “¿Cuántos niños hambrientos en África desean esa comida que estás desperdiciando?”, práctica manipuladora muy común en las madres latinas.

            Con el sentimiento de culpabilidad inducida (como si yo hubiese sido el causante de la hambruna africana), me acabe el sobrante sin hambre alguna. Esto se quedo tatuado en mi modus vivendi ya que nunca dejo algún sobrante en mi plato y, mi necesidad/culpabilidad llega a ser tanta, que si hay suficiente confianza, también me como lo que sobra en los platos de mis acompañantes.

            Ciertamente el comentario de mi madre fue inofensivo (para ella), pero caló tan hondo en mi inconsciente que repercutió de dos maneras: Lo positivo del asunto es que se me quedo una cultura de no desperdiciar nada, así sea agua, luz, gasolina, gas (que no uso) y trato de ahorrar en todo lo que se pueda, lo cual ha resultado muy provechoso para cuestiones económicas y ecológicas. Lo negativo se presentó en la comida, porque aprendí a comer sin hambre, por lo que fui gordo durante tres décadas, incluso llegue a pesar 103 kilos alrededor de los 27 años. Hasta hace poco me hice consciente de este comportamiento y ahora trato de no comer sin hambre, aunque no siempre lo logro.

Es curioso cuando enfrentas tus “dogmas familiares” con los del resto. Cuando veo personas que dejan sobras en los platos, me parece algo grosero, ruin e incorrecto. Pero, contrario a mi creencia, a muchos se les enseña que dejar el plato vacío es muestra de miseria y mala educación, ya que están mostrando que son unos muertos de hambre; pero para mí no deja de ser una práctica inconsciente por el desperdicio.

            La Música es un detalle de esa época que valoro en la actualidad. En mi casa nunca escuche canciones de Dyango, Napoleón, Raphael, Nelson Ned y artistas pop de los 70s que muchos podrán respetar. Escuchaba algo de música tropical, pero en realidad predominaba el Rock en inglés como los Rolling Stones, The Beatles, The Turtles y demás antigüedades de alta calidad. También fui afortunado por conocer las obras de Mozart, Bach, Beethoven y demás, todo esto por parte de mi papá; mi mamá fue la que puso el granito de arena con melodías en español pero, por fortuna, la influencia musical paterna fue mayor y puso las bases para lo que me iba a gustar en la actualidad.


Mi rumbo fue fijado, y me alegro que así haya sido, porque disfruto más la música en inglés que en español, sin demeritar mi idioma de origen. Sé que mis padres no planearon qué tipo de música me debía gustar, y es que hoy en día se planean tantas cosas con los niños que así podría parecer. Aunque sus gustos musicales me forjaron los actuales, en ningún momento me obligaron a escucharla.

            Otro aspecto que agradezco profundamente es la ideología política tan versátil que recibí. Personalmente detesto la política, pero eso no quiere decir que no esté enterado de lo que pasa y las tendencias actuales. Desde mi niñez leía “Selecciones de Reader’s Digest”, revista que defendía a morir el “American Way of living” pero también leíamos la revista “Contenido” la cual tenía claras tendencias de izquierda y hasta comunistas. Cada mes devoraba ambas publicaciones, que eran distintas hasta en los chistes, pero me gustaba leerlas. No sabía nada de tendencias, sabía que eran diferentes pero eso no excluía que le diera preferencia a una sobre la otra.

Mi madre era activista política en el Sindicato de su Escuela y mi papá, al ser ejecutivo en una empresa de autopartes, tenía una visión más capitalista. Así me tocó conocer cercanamente dos ideologías políticas: Socialismo y Capitalismo. Para mí, la política el segundo invento más inútil y dañino de la humanidad (detrás de la religión), pero aún así tengo mi ideología, misma que sorprende a muchos porque tengo muchas ideas de izquierda y puedo votar por la derecha; y es que he aprendido a elegir a la persona, no al partido.

            "Dar el ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera"– Albert Einstein

            El que no se me heredara ningún equipo ó afición en mi niñez me alegra profundamente. Mi papá es aficionado de los Pittsburgh Steelers, pero esto lo supe tres o cuatro años después de que escogí a mi equipo, los Miami Dolphins, así que nunca me vi influenciado: me dejó elegir en vez de imponerme sus gustos, como hacen muchos con sus hijos. Seguramente me hubiera llevado menos frustraciones siendo fanático de los Acereros (ya hubiera atestiguado un par de victorias en Super Bowl) pero soy feliz siendo fan de Miami (no me pregunten por qué, sé que es inconcebible). Tampoco había gusto por el Soccer en mi hogar, así que por mi cuenta encontré la afición por el mismo y escogí a mi propio equipo: El Cruz Azul, aunque con el tiempo acabe renunciando a esa afición. Ese libre albedrío lo agradezco mucho, porque me dieron el suficiente respeto y libertad para escoger lo que quisiera y no seguir caminos predispuestos.

La calidad de opciones culturales con las que me educaron, definió la manera de percibir la existencia propia. Durante la primaria, jugué en un equipo de fútbol, cuyo entrenador era mi vecino; éste invitaba, esporádicamente, a todo el equipo a su casa para ver películas. El problema es que nos ponía cine mexicano corriente, lleno de violencia, prostitución, corrupción, groserías, narcotráfico, asesinatos y demás vejaciones que, actualmente, siguen existiendo pero, de igual forma, también tenemos cosas buenas que no se reflejaban en dichas películas.

A diferencia del mexicano promedio, nunca vi cine nacional. En mi casa se privilegiaban los filmes extranjeros y, en la medida de lo posible, de alta calidad tanto en la obra como en su mensaje. Por eso mismo me desagradaban las películas en casa del entrenador así que, después de un par de funciones, deje de asistir. Debido al gusto que desarrolle por el cine importado, también me hice de una visión distinta de la realidad y, definitivamente creo que eso ha influenciado mi manera de vivir.

No voy a decir que no he tenido problemas, porque mentiría, pero nunca he experimentado toda esa miseria que muchos mexicanos se empeñan en ver, vivir y promocionar día a día; y seriamente dudo que mi vida vaya a tornarse así de nefasta. Si uno quiere percibir sus días como feos o con miedo, pues así serán. El mundo no es color de rosa, pero no nos programemos en vivir en un infierno dantesco. No gozarás de una gran vida sólo por percibirla de manera positiva, pero tendrás más posibilidades de obtenerla; lo que sí  es seguro que si la percibes de manera negativa, tu existencia así será.

No todo lo recibido en mi casa fue positivo, pero tampoco aprendí los aspectos más nocivos como alcoholismo, misoginia, infidelidad o neurosis (bueno, ésta sí la recibí en una versión más ligera). Uno recibe mucho en su hogar, tanto bueno como malo, pero llega una edad dónde uno puede decidir con qué quedarse y qué desechar.

Afortunadamente lo valioso que aprendí fue mucho mayor a lo no tan productivo, lo cual definió mi personalidad y lo agradezco. Obviamente no salí tan “limpio” de casa, pero he ido quitándome de encima esas cargas emocionales, gracias a terapia. Eso ya dependía de mí, no de ellos, porque la educación es una, no se puede recibir lo bueno sin lo malo, pero después es posible deshacernos del lastre inicial.

Recibí valores católicos muy fuertes, los cuales agradezco porque me dieron sólidas bases morales, a pesar de que la Iglesia no practique lo que predica. Mi madre es ultramocha, casi al nivel de mi difunta abuela, ambas rayando en límites de fanatismo religioso; pero el amor por mí fue más grande que su fe ciega, porque recibí libertad en mis creencias. Se me permitió pensar, sin darme dogmas incuestionables, por lo mismo fui encontrando mis propias verdades, con lo que abandone la religión. A mi madre no le agradó mi decisión pero la respetó. Ésa es una de las más grandes pruebas de amor: cuando uno de tus hijos va en contra de lo que has creído toda la vida, y lo respetas, amas y apoyas. Eso se lo reconozco profundamente por ser muy civilizada y amorosa.

Mis padres me enseñaron muchas cosas que ellos nunca pudieron llevar a cabo y, afortunadamente, sus enseñanzas germinaron en la tierra fértil. Muchas veces pequé de ingrato, por remarcarles aquello que ellos no son y que me enseñaron que yo sí debía ser. Eso fue injusto pero, por fortuna, aprendí a agradecerles lo que mucho que recibí en vez de reprocharles sus carencias.

Por lo mismo no obstaculizaron mi desarrollo, en la actualidad veo a muchos que minimizan a sus hijos directamente y en público, lo cual traerá seguramente problemas en la edad adulta. De niño nunca tuve duda en que iba a tener una buena vida, un buen trabajo, una buena casa y, en general, paz; no utilizo la palabra “triunfar” porque es muy subjetiva, ya que cada cual le asigna un significado distinto, sólo puedo decir que mi existencia es buena.

Muchos de mis conocidos me echaban en cara que no viajaba mucho, teniendo la posibilidad para hacerlo. Independientemente que mi esencia es muy tranquila, he analizado que en mi familia no había cultura por viajar. Cada fin de semana salíamos a pasear, pero nuestra cartera de opciones era bastante limitada (no sé si por falta de imaginación, de ganas o de recursos), pero nadie se quejaba al respecto. Para las vacaciones, Veracruz era el destino predeterminado, y a nadie le molestaba, porque la emoción era siempre alta. Nunca fuimos una familia viajera, en realidad éramos bastante caseros, ya que nos la pasábamos bien en el hogar.

Ese modus vivendi se me quedó tatuado en el inconsciente. Cuando tengo días libres me la pasó muy a gusto leyendo, escribiendo, haciendo ejercicio o viendo películas; o salgo por la ciudad a hacer distintas actividades sin la necesidad de dejarla. A pesar de mi falta de hambre inicial por viajar, los últimos tres años he viajado más que en los 32 años anteriores, y aún así he viajado poco. Sin embargo, ahora que he empezado a conocer otros lares, tengo la certeza que en los meses venideros voy a viajar aún más, de los cuales leerán en su momento en el blog.

Uno no es consciente de esos aprendizajes que va adoptando en la niñez, para mí viajar era un simple adorno para la vida, nunca vital, hasta pasados los 30 años me dí cuenta que era más importante de lo que me enseñaron, porque ahora comprendo que el hacerlo ilustra tanto como leer o inclusive más.

Mi madre tenía la preocupación de dejarme alguna herencia material, por lo que pretendía poner algún terreno a mi nombre y colocarme como beneficiario de una parte de su casa. Ante esta postura le deje muy en claro “¡No quiero ninguna herencia material!” y es que ya había recibido el mejor legado posible: las bases que han valido mi independencia. He vivido en carne propia el dicho “Enséñales a pescar en vez de darles el pescado”, me enseñaron a pescar de buena manera, no infalible, ya que he ido limando algunas imperfecciones que me heredaron de generaciones anteriores, pero las bases que recibí fueron lo más valioso.

Tal vez mis padres pudieron haber hecho un mejor trabajo con mi educación pero, también es cierto, pudieron hacer uno peor. En términos generales, me dieron lo que necesitaba para desarrollar lo que traía en mi ser, y eso lo agradezco mucho. No podría ser quién soy sin la guía que recibí, tanto en lo bueno como en lo malo.

Hebert Gutiérrez Morales

lunes, 17 de septiembre de 2012

Difícil

“Siempre preferiré una verdad que me haga miserable a una mentira que me ponga eufórico, pero es más difícil decir esa verdad que escucharla” – Hebert Gutiérrez Morales.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Jalcomulco (Parte II: Tirolesa, Temazcal y Canopy)


En este lugar uno no se siente como turista o extraño, en realidad eres recibido como si fuera tu pueblo y llegaras después de una larga ausencia, tan familiarmente que  reconforta. Durante todas las actividades, en ningún momento se descuida la seguridad o comodidad de uno, por lo que nunca te sientes en peligro, ya que todos los guías te transmiten tranquilidad con su experiencia y profesionalismo.

            Hay poco más de 20 campamentos similares al que nos hospedamos, aunque encuentro difícil que todos tengan el magnífico ambiente de Raft México. La presencia de estos campamentos, aunado al compromiso del pueblo, hacen que la naturaleza de este lugar este muy bien cuidada. En la misma puedes andar en bicicleta, caminar, Rafting, Gotcha, cuatrimotos, Canopy, Tirolesa, Rappel, escalada, temazcal, etc.

Al terminar el Rafting, llegamos con un hambre monstruosa al campamento. La comida fue algo que me llamo la atención: a pesar de ser Buffet, nunca tuvimos un exceso obsceno para desperdiciar, simplemente lo necesario para los asistentes. Era muy rica y muy sana, comíamos carne complementada con ensaladas deliciosas; sin refrescos o saborizantes artificiales, todo inteligentemente preparado con ingredientes naturales, una delicia muy buena para el cuerpo. Soy muy tragón pero, al estar fuera de la sociedad consumista, mi hambre se redujo considerablemente; tal vez al carecer de estrés, la angustia por tragar lo más posible desapareció. Siempre quede satisfecho a pesar de consumir considerablemente menos a lo que acostumbro.
Antes de iniciar la Tirolesa

            Estaba tan desconectado de mis prejuicios, que hasta con gusto tome agua de papaya, fruta que odio desde pequeño, pero en aquel lugar me supo tan rica que no pude evitar sorprenderme lo libre que estaba en cuanto a ataduras psicológicas y físicas. Otro dogma que supere es que no suelo comer ensaladas que combinen verduras y frutas. Odio combinar salado y dulce pero, en esta ocasión, me comí con tanto gusto las ensaladas (que tenían piña o duraznos en almíbar) que estoy considerando superar mis prejuicios y empezar a hacérmelas en casa.

La parte importante de mi viaje iba a ser la Tirolesa, para enfrentar mi miedo a las alturas pero, al momento de hacerla, resultó increíblemente fácil. Tal vez por lo relajado del ambiente, tal vez porque ya iba cansadón por haber hecho el rafting un par de horas atrás, por lo que tenía presente que si dejaba que el miedo me controlara, no iba a avanzar a ningún lado.

Aventarse de un árbol a otro resultó ser un placer tarzánesco. A diferencia de los rápidos, los guías del resto de las actividades eran nativos del lugar, gente con carácter noble, alegre y liviano, lo cual no quiere decir que los del Rafting no lo fueran, pero con ellos el desmadre y el ambiente de fiesta era mayor.

“Si grito como niña, por favor ignórame” le decía al guía de la Tirolesa antes de mi primer lanzamiento pero nunca grite (de terror) ni me sentí asustado. En alguno de los tiros me avente de cabeza (al estilo Spider Man) y me divertí a lo grande, algo que nunca hubiera pasado por mi mente, y me sentí orgulloso. Tal vez no fue una Tirolesa muy grande (calculo unos 360 metros en seis tiros con altura entre los 15 y 25 metros) pero, para un novato como yo, estuvo grandioso. Cuando regrese, me aventaré de una mayor, porque mi novatada fue maravillosa y versátil.
Pensé que así iba a gritar al aventarme

Después de la Tirolesa, pasamos al momento del Temazcal, que inició con una ceremonia muy parecida a la del Fuego que vivimos antes del Rafting. Hubo canciones, limpias, incienso y demás. Recalco la autenticidad que percibo en estas expresiones orgánicas de fe, a diferencia de lo que acostumbran las grandes corporaciones, que comercian con las creencias, conocidas como religiones, ésas que someten a sus feligreses a través del miedo y la restricción.

Finalizada la ceremonia, bajamos por un camino hasta el pequeño “Iglú” del tamaño de un tercio de mi recamara y me dije a mí mismo “Ok, yo voy a entrar ahí ¿Y dónde van a meter a los 18 restantes?” Recordé que todas las veces que había hecho Temazcal fueron en mi niñez, así que era obvio que la construcción fuera más pequeña a lo que recordaba. Sin embargo, como fui con la mejor actitud al campamento, no me amilane ante (literalmente) una “pequeña” incomodidad.

Diecinueve personas en un pequeño iglú, con piedras al rojo vivo, creando un sauna extremo, al estilo de los suecos o de los rusos, en total oscuridad. Les recomiendo hidratarse bien antes de entrar porque se suda generosamente desde el mismo inicio.

Nos explicaron que íbamos a trabajar la dualidad de las energías: masculina y femenina, por lo que nos intercalaron hombres con mujeres, lo cual dio como resultado estar en contacto con mujeres empapadas en sudor y jadeando, un sueño masculino hecho realidad, pero en circunstancias menos perversas que las anheladas H_H.
La sonrisa de satisfacción

Fueron cuatro “puertas” en el temazcal, cada una simbolizaba un punto cardinal, a los que agradecíamos las distintas bendiciones con las que nos colman. Cada etapa también estaba dedicada a una deidad prehispánica, misma a la que se le rendían cánticos, poemas, pensamientos y meditaciones. Se llaman “puertas” por ser la entrada al reino de cada deidad prehispánica, además de valorar cada elemento de la naturaleza.

Esto te ayuda a agradecer cada aspecto de tu vida, ser consciente de todo lo que tenemos, lo que recibimos, disfrutamos, experimentamos, vivimos, mientras te limpias de las impurezas que traes, a través de un calor impresionante y desgastante. Al estar sumergido en completa oscuridad, la vista se hace inútil, ya que no hay diferencia alguna entre tener los parpados abiertos o cerrados, lo que hace productivo el trabajo, porque utilizas el resto de sentidos que tenemos descuidados.

Lo que obtienes de este pequeño lugar depende de cada cual, de acuerdo a la capacidad personal de relajarse o serenarse. Redescubres cosas que habías olvidado y percibes el mundo a través de otros sentidos que no sean la vista (de la cual dependemos en exceso), y es que escuchas, sientes, hueles y hasta pruebas el abrasante vapor.

La reflexión en un momento de paz, sobretodo en un ambiente tan extremo, es enriquecedor. Comprendes que falta tanto por conocer, meditas en los cantos, en los poemas o en lo dicho por los demás. Todos somos uno ahí adentro (y en el mundo), nos compartimos algo y el sentimiento de unidad se hace evidente, esa misma certeza que deberíamos tener en el exterior.
Una "pequeña" incomodidad

No importa el físico o las ideas, todos estamos viviendo la misma circunstancia, al quitarnos la vista, dejamos de juzgarnos y pasamos a ser simples esencias en un mismo viaje astral. Vitales son la actitud, seriedad y mente abierta con la cual asistas a esta actividad, si no puedes dejar tu ego atrás, sólo vas a estar pensando “Hace mucho calor, está oscuro, ya estoy hasta la madre y ¡quiero salir!”. La actitud positiva no sólo sirve para sacar algo bueno del Temazcal, sino de la vida en sí.

“Somos un círculo dentro de un círculo” rezaba una de las canciones ahí dentro. Todos somos parte del mismo universo, podemos ser únicos pero siempre formaremos parte del mismo círculo. Una oportunidad perfecta para desconectarte de tu mente para que tus miedos no te dominen. Fluyes con la energía y el calor pasa a segundo término pero, si te concentras en la temperatura, oscuridad o el resto de la gente inevitablemente te vas a sofocar y terminaras abandonando. Esto no se trata de fortaleza física, sino de fortaleza mental, aunque en realidad no es cuestión de esfuerzo sino de serenidad.

Dejando el Temazcal atrás pero siguiendo con el poder de la mente, un consejo útil es que no olviden el repelente contra insectos, ya que van a extrañarlo enormidades. Durante mi estancia nunca me percate de las picaduras de los insectos, pero una vez en casa, me dí cuenta del monstruoso daño que recibieron mis piernas con tanto piquete. Es curioso, allá me la pase tan bien que nunca me dí por enterado pero, al regresar a la vida cotidiana, las molestias se hicieron evidentes. Cuando gozas plenamente, los malestares físicos pasan a segundo término. Eso sí, nadie puede negar que mis tobillos y pantorrillas olieron delicioso durante una semana ya que, para apaciguar la picazón, estuve utilizando mi loción after shave como bálsamo

Es un lujo, para la caótica vida actual, estar en un lugar en donde el tiempo pasa sin que te importe. Por curiosidad veíamos la hora y nos sorprendíamos “¡Ya son las 5!” ó “¡No manches! ¿Ya es medianoche?”. La hora era irrelevante, porque te sientas tranquilamente, disfrutas la vida, el paisaje, la comida, la amena plática o las mascotas del campamento. El gato más dócil que he conocido en mi vida se encontraba ahí, nunca había visto un felino tan relajado que se dejaba cargar con toda confianza, le acariciabas la panza y no forcejeaba, y es que hasta el minino estaba libre de estrés, lo que te daba la impresión de estar en otra dimensión.
Tirolesa: Misión Cumplida

El estrés del mundo moderno no sólo está presente en los adultos, sino los mismos bebés la empiezan a sufrir. En el campamento se encontraban las parejas y/o familias de los guías, y me encantó la libertad, serenidad y felicidad que sus bebés reflejaban. Había uno de unos tres años que se aventaba con singular alegría a la alberca, sin una mamá neurótica que truncara su diversión al decirle “¡Qué horror! ¡Te vas a ahogar!” Ese pequeñuelo era la viva imagen de la libertad, sin el miedo infundado que nos impone la sociedad moderna.

Había una bebé de siete meses llamada Shante, que entro tranquilamente al Temazcal durante la primera puerta y, al no tener limitaciones de sus padres, se notaba la serenidad. Claro que Shante lloraba eventualmente pero, a diferencia de los bebés citadinos, lo hacía un momento y después se tranquilizaba. Cómo se nota cuando se educa con libertad, mas no con libertinaje, nada de prejuicios o miedos, que sólo crean traumas y frustraciones que nos hacen percibir al mundo como un lugar feo y malo. El crecer con libertad para, posteriormente, escoger el camino que más te convenza es el mejor legado que cualquier padre puede darle a sus engendros.

El sentir la brisa en el rostro, respirar un ambiente tan agradable debido a la temperatura perfecta, los árboles que bailan y que perfuman el aire tan limpio, es natural que te relajes sin que te percates; todo esto me representó un sentimiento tan auténtico e inexplicable como la canción “Promenade” de U2.

Al recibir un masaje orgánico por todo mi cuerpo, la Sacerdotisa que estuvo en las ceremonias del Fuego y Temazcal, me dijo con todo respeto, honestidad y limpieza “Tiene usted un cuerpo muy bello joven”. Normalmente me hubiera sonrojado o, con la endémica egolatría que me caracteriza, me hubiera vanagloriado pero, estaba tan relajado que, solamente me límite a decir un tranquilo “gracias”. Personalmente se me dificulta recibir halagos, más aún sin descalificarlos o magnificarlos.
El MOAR resort

En el Canopy, al estar colgados en alguna red, algún cable, alguna liana, escalando, bajando en Rappel o en una Tirolesa siempre nos estábamos moviendo los cables, meneando la cuerda o alguna travesura para hacer más difícil el camino. Aunque gritarás “¡Ya estate quieto infeliz!” al mismo tiempo era infantilmente divertido, producto del ambiente tan padre que sentíamos en todas partes. Sin importar edad, género o estatus social, nos reíamos como auténticos chamacos, dejamos de lado esas tontas etiquetas que nos pone la sociedad para actuar de tal o cual manera, casi siempre en una pose que incrementa el sufrimiento. Estas actividades te recuerdan que en la vida hay que divertirse, aprovechar lo bueno y no amargarte con lo artificial que crea la sociedad.

El clima de hermandad y amistad es maravilloso: todos riéndose, haciendo bromas y sonriendo de manera honesta. Te caes de la balsa o de la escalada y nadie te hace sentir mal por ello, lo cual te hace tomar el fallo con mucho humor. ¿Por qué demonios no podemos vivir así a diario y en todo lugar? Tal vez porque ahí no había ambiente de competencia, esa voraz necesidad de tener o ser más que los demás. Hemos perdido esa capacidad de mantener la tranquilidad existencial y, simplemente, vivir felices con lo que tenemos o somos.

La magia de Jalcomulco radica en su clima perfecto, frondosa vegetación, gente tranquila, noble y honesta, ambiente confortable y limpio. No hay nada de esa porquería artificial del mundo externo que sólo nos distrae. Algo valiosísimo del ecoturismo es que recordamos que seguimos siendo parte de la naturaleza (aunque la destruyamos), sólo que tantas distracciones nos ha apartado de nuestro origen.

Comentaba con uno de mis compañeros de viaje que las mujeres de la zona (Jalcomulco y Coatepec) tienen un atractivo especial. La belleza al natural se máximiza con su despreocupada personalidad, y llaman más la atención que una belleza física increíble acompañada por gran pedantería. La liberación de prejuicios les brinda algo único a las féminas locales, porque no se preocupan por lo que piensen los demás por ser socialmente abiertas y desenfadadas, no les importa un comino el qué dirán. La naturalidad es algo que permeó en todo el campamento, hasta el los foráneos que veníamos contaminados del consumismo.

No me importa sonar a comercial, pero agradezco ampliamente a Raft México y a MOAR Resort la experiencia maravillosa que nos brindaron. No personalizo para no omitir a alguien, porque todo el equipo es excepcional. Me comentaban, durante mi masaje, que los campamentos son relativamente parecidos, pero en éste en particular se priorizaba la naturaleza, las cuestiones espiritual, ecológica y de salud. Para las profundas experiencias que recibí, lo pagado fue muy barato. Aquellos que no cuentan con muchos días para tomarse unas largas vacaciones, les recomiendo una opción intensa, segura, enriquecedora y breve, ya que pueden experimentar mucho en un solo fin de semana.

Cuantitativamente fueron mis vacaciones más cortas pero, cualitativamente, esas 30 horas en Jalcomulco valieron más que una semana en cualquier otro destino. No tengo empacho al decir que fue la mejor escapada de mi vida, la más enriquecedora y la más gozosa. Y es que tuve de todo: intensidad, profundidad, sabiduría, aprendizajes valiosos en un corto tiempo.

No voy a negar que acabe todo molido, pero son esas madrizas que agradeces por lo pleno y feliz que te sientes. Aunque físicamente estés hecho polvo, el espíritu está muy fortalecido y, con éste, es fácil mover cualquier cuerpo sin importar su estado. Tengo la plena intención de regresar, por lo menos, una vez al año a este mágico lugar porque lo que experimente merece ser vivido tantas veces como sea posible.

Cuando dejamos el campamento, una nostalgia fuerte nació en mí, ya que ese resquicio de autenticidad quedaba atrás, lugar en donde no estoy tan loco, porque mis ideas parecen tener más sentido. De hecho hasta dude de lo detestable que resulta la humanidad, ya que sentí en mi corazón cómo la gente puede ser auténtica y productiva, en vez de los autómatas sin personalidad que produce en serie esta sociedad.

Mi nostalgia estaba recargada por la frustración de regresar a ese mundo de poses, a volver a usar mis distintas máscaras, volver al Facebook, a mi disfraz laboral, a las programaciones sociales. En el Viaje de regreso me dí el gusto de pasar a La Joya, población entre Perote y Jalapa, a comprar quesos. Ése lugar mítico de mi infancia.

Sin embargo, al final mi tristeza no fue total, porque sé que Raft México seguirá en Jalcomulco, y podré regresar las veces que quiera para reencontrarme con mi esencia elemental, ese lugar que me recuerda que mis ideales no están tan pasados de moda, ni tan desquiciados e irreales como a veces pienso, aún hay esperanza de que el mundo puede mejorar. Puedo regresar a divertirme y sentirme increíblemente vivo, con opciones ecológicas y recordarme que también vine de esta tierra.

            Este viaje me limpio tanto fuera como dentro, el temazcal lo hizo con mi piel, las actividades extremas me quitaron miedos, el organismo se me limpió con la comida tan rica y saludable, el masaje que quitó dolores y la actitud tan relajada de las personas con las que conviví me atenúo muchos prejuicios contra la humanidad, me quite paradigmas de la cabeza con todo lo experimentado.
Feliz

Me siento tan limpio, tan nuevo, con ganas de iniciar el resto de mi vida con un nuevo enfoque. Los cambios los empecé a ver de inmediato, porque nunca me había comprado aceite de oliva o duraznos en almíbar para hacer alguna ensalada, mi primera corrida después del viaje sentí que tenía nuevas articulaciones. Tengo hambre de enfrentar más miedos que me han paralizado, quiero ver si en verdad son tan terribles como para congelarme por tantos años. Ya me canse de ir en medio de la embarcación mientras los demás se divierten a mi alrededor, ¡ya quiero volver a remar!

            ¡Aho! ¡Tlaxcomate! ¡Ometeótl!

Hebert Gutiérrez Morales

viernes, 7 de septiembre de 2012

Jalcomulco (Parte I: El Rafting)


            La aventura inició aún antes del viaje en sí: debido a un accidente no fueron dos amigos del plan original, hubo quienes tuvieron compromisos, la familia de un par de chicas no las dejaron ir por miedo (al clima y la inseguridad), muchos de ellos fueron simples pretextos para justificar que no tenían el deseo de vivir esta experiencia de ecoturismo. Al final estábamos regalando dos lugares, y aun así se perdió uno.

            Fueron tantos obstáculos que empecé a dudar sobre si era buena idea seguir con el viaje, pero había algo que me decía que tenía que ir a toda costa. De hecho estoy feliz con mi decisión, por la inmensa ganancia que me lleve en un solo fin de semana.

            Ya en el camino, ¿Quién se iba a imaginar que hubiera más de 100 kilómetros de autopista sin gasolineras, cuando en el Periférico de Puebla hay 8 en menos de 15 kms? Llevábamos suficiente combustible para unos 130 kilómetros pero, cuando llegamos a la reserva inició el sufrimiento: empezamos a utilizar el punto muerto, prescindimos del aire acondicionado y los cambios bruscos de velocidad. Tuvimos que desviarnos a Perote para llenar el tanque, y comer algo para mitigar nuestra angustia.

            Debido a que alguien nos atrasó a la hora de la salida, aunado a la desviación para cargar gasolina, se nos había hecho tarde para la cita original, así que el Gol Sedán se convirtió en un New Beetle Turbo, porque tuve que pisarle para no llegar tarde a nuestro Rafting. Obviamente, obedeciendo a la Ley de Murphy, cuando más prisa teníamos, un retén militar nos detuvo para hacer una inspección así que, con nuestra cara de frustración, bajamos para que nos verificaran.

            Después de ello continuamos con nuestro camino frenético, tomando curvas de manera intrépida (Ayrton Senna hubiera estado orgulloso de mí) y, mientras rebasaba a un camión en un tramo estrecho, de pronto, mis amigos gritaron “¡¡AQUÍÍÍ!!” Por lo que dí un derrapón que estoy seguro que hoy en día sigue frente al MOAR Resort.

            Cuando sentí el calor tan sabroso (sin ser agobiante) y cielo azul del hermoso Jalcomulco, me acorde de las que no vinieron por miedo a las lluvias y al nivel del Río, pero ambos eran ideales. El hecho de que estuviera diluviando en Puebla, no quería decir que estuviera así en Veracruz.

            Desde el primer momento que llegamos a las instalaciones de Raft México, se siente el ambiente relajado y positivo de todo el personal, siempre con una sonrisa abierta y sincera, que te inspira una gran confianza y sentimiento reconfortante, debido a la familiaridad que se respira.

            Antes de iniciar con el Rafting, unos minutos después de que llegáramos, asistimos a la ceremonia del Fuego, misma que me resultó muy orgánica, auténtica y enriquecedora. Soy agnóstico, pero encuentro estas religiones prehispánicas más productivas y leales que las que te inspiran miedos, dogmas e ignorancia. En la ceremonia agradecimos a la tierra, al sol, a la naturaleza, al agua y demás bondades de este maravilloso mundo. Rezar y proteger a la naturaleza (de la cual recibimos la vida) me parece más congruente que hacerlo a imágenes humanas inanimadas a las que se les han concedido características divinas inexistentes.

Huehueteótl, Tonantzin, Quetzalcóatl, Huitzilopochtli y demás fueron llamados, alabados o convocados, y sentías plenamente la autenticidad de la ceremonia, dejando a un lado si crees o no en dichas deidades. Esa religión prehispánica que agradece a la naturaleza todo lo que recibimos de ella, incluyendo nuestra vida, es mucho más positiva y productiva que aquellas que te infunden vergüenza por todo lo que no eres, además de ofrecer disculpas por lo que nunca podrás ser, mismas que sólo producen sufrimiento y que en nada contribuyen para la plenitud existencial humana. La espiritualidad siempre estará por encima de cualquier religión.

México es tan grande y tan extenso que esconde lugares mágicos, únicos y/o excepcionales como lo es Jalcomulco. Un pequeño pueblo con poco más de 5000 habitantes, el cual reúne la tranquilidad de la naturaleza con la sencillez de su gente, ésa que está agradecida con lo que les da el mundo y saben el valor de una existencia sencilla pero suficiente para ser feliz. Ellos podrían fácilmente definir qué es la plenitud, a diferencia de cualquier autómata sin alma que sólo se enfoca en lo material. La autenticidad que exuda este sencillo lugar es remarcable y te invita a desarrollar tu espiritualidad. Necesitamos promocionar estas joyas naturales para que los acólitos de la sociedad consumista se den cuenta que en el mundo hay muchas opciones valiosas y que no deben ser caras o artificiales.

            El ambiente del campamento era bastante relajado, inofensivo y auténtico como una especie de comuna hippie en donde el estrés es inexistente. La ropa o toallas estaban fuera de habitaciones completamente abiertas, sin ningún cerrojo puesto; esto es una clara señal que no te importa que alguien invada “tu” lugar, porque sientes que este espacio es de todos. La confianza es un lujo en este país, en el cual estamos infestados de ladrones a todos los niveles.

La libertad de sus espíritus era contagiosa, porque nadie de ellos está atado a las cosas, porque valoran y se mueven en la naturaleza, ajenos a la programación externa, alejados de tanta artificialidad. Cuando ví a gente tan libre me conmoví, por constatar la existencia de humanos realmente auténticos, en lugar de los autómatas artificiales que diseña la sociedad.

            Hace unos cuatro años hice Rafting en Morelos pero, en esta ocasión, la experiencia fue más integral que la primera. Tal vez por que fue más prolongado, por el lugar, el ambiente, el pueblo, el clima, el río o por el conjunto tan perfecto que forma todo lo anterior.

            Antes de embarcarnos a nuestra aventura, note que algunos guías fumaban pero NUNCA tiraban las colillas al agua, porque la respetan como su medio de supervivencia; acciones como esas daban como resultado un río bien cuidado.

            Algo que me encanta del Rafting es el trabajo de equipo necesario para disfrutarlo: todo debemos jalar parejo, al mismo ritmo y a la misma potencia, si alguien no coopera, el esfuerzo de los demás es incompleto y se pone en riesgo a toda la balsa. De igual forma, si alguien cae al río, lo rescatamos, y si salimos avante de un escollo, es un triunfo de todos. No hay lugar para esfuerzos aislados, porque todos vamos en la misma embarcación.

            Alrededor del segundo kilómetro del río, la barca se pandeo en un rápido, por lo que dos de mis amigos cayeron a la corriente. La primera se mantuvo a flote y, eventualmente, la rescatamos; el segundo perdió la tranquilidad y se puso a forcejear con el Río, el cual respondió y le hizo pagar el precio al revolcarlo y maltratarlo.

            Justo el que más miedo tenía fue el que más sufrió las consecuencias. Eso me confirma que uno atrae lo que le pasa, ya que el pensamiento negativo (miedo) fue el que propicio que la pasara tan mal, porque estaba más enfocado en lo malo que pudiera pasarle en lugar de lo bueno que podía disfrutar.

            Su rescate tardó más de lo normal, porque no quiso que lo recogieran por la corriente, así que lo hicieron por la selva. Cuando vimos unos zopilotes volando por el lugar donde estaba pensamos “¡Demonios! ¿Ahora qué vamos a hacer? ¡Un remero menos!”, pero llegó con los guías aunque con los ojos desorbitados por el terror, y ahí sabía que teníamos que recuperarlo del mayor de los males de la humanidad, el origen de todos lo negativo que pasa en la vida: el miedo.

            Lo que le pasó a nuestro amigo me hizo comprender que hay situaciones que son inevitables, sin importar la pasión con la cual luches, es cuando nuestro esfuerzo se vuelve contra nosotros y nos hacemos daño. En ocasiones hay que tener la suficiente serenidad para dejarte llevar por la corriente hasta pasar a la siguiente etapa, tal vez ya no sea como antes, pero es la que te toca afrontar. Por más que nos queramos aferrar a hechos pasados, ya no van a volver (tanto buenos como malos), pero perdemos el tiempo lamentándonos o extrañando lo que ya pasó.
Los que participamos en esta aventura

            Mientras él lidiaba con su miedo, e intentábamos animarlo, también disfrutábamos mucho nuestra travesía, porque atacábamos olas, les clavábamos el remo y nos divertíamos como enanos. Sin embargo “el caído” continuaba aterrado por su reciente experiencia, y no lo culpo, porque sólo él sabe qué experimentó en el río.

            Ahí comprendí cómo una sola derrota puede marcar el resto de nuestra travesía, de hecho ya no estaba contemplando su caso, sino que estaba analizando el mío, en donde una experiencia desastrosa, me hizo alejarme de las relaciones sentimentales. Me dí cuenta de que nunca me voy a curar de aquel miedo hasta que lo vuelva a intentar.

            Durante la gran mayoría del recorrido “el caído” no se animaba a remar con nosotros, a pesar de que nos veía divertirnos de lo lindo y él era un simple pasajero. Algo así pasa con la vida: cuando tienes el chance, puedes influir en tu destino o dejar que las circunstancias decidan por tí.

Mientras tanto conocimos un poco mejor a nuestros guías: un argentino especialista en recursos humanos y un mexicano que pasó 18 de sus 29 años en Estados Unidos limpiando ventanas. Sin embargo, esos datos eran meras efemérides, nuestros oficios y orígenes eran irrelevantes. Todos éramos un solo equipo con un mismo objetivo: divertirse mientras avanzas por el cauce. De hecho sentía a los guías más amistosos, relajados y cercanos que a muchas personas que conozco de años. Esa actitud despreocupada se contagia inevitablemente, hasta para un neurótico misántropo como yo. Gracias a ellos vivimos con pasión nuestro encuentro con “La Bruja”, uno de los rápidos más extremos que nos tocaron, por un momento pensé que nos íbamos a estrellar con la pared, pero la esquivamos de maravilla.

            La naturaleza que rodea el Río “La Antigua” es algo que te colma la vista de tanto verde, es un espectáculo bellísimo junto a un río limpio (por lo menos para los estándares mexicanos), ya que no había desechos artificiales ensuciándolo. Fue algo muy reconfortante ver un ecosistema limpio en mi país, a pesar del contacto humano, y es que la gente de Jalcomulco es ajena a esa dinámica autodestructiva que tenemos en las grandes urbes, en la sociedad consumista en la que nos desenvolvemos.
En donde comemos visto desde la pequeña alberca

El romper las olas, el ir surfeando sobre ellas, el echarte al río en zonas tranquilas a nadar. Todo fue una experiencia integral, enriquecedora y divertida. La energía que manejaban era tan padre y tan chida que nos hicieron la travesía muy divertida; aunque nos daban órdenes, nunca sentí una imposición o agresividad, sólo la firmeza necesaria para vencer al rápido.

Ahí no importa el nivel de estudios o clase social, lo único que valía era la confianza que nos inculcaron, misma por la que les hubiera confiado mi vida a ojos cerrados porque, aunque lo hacían muy divertido, eran responsables en sus indicaciones, pero nunca como un capataz o general, simplemente como un amigo más experimentado que te va guiando por la vida, siempre en un ambiente de confianza, respeto y amistad.

            Al llegar a “Las puertas del Infierno” (el rápido más intenso de todo el trayecto, con un 70% de probabilidad que nos volcáramos), todos estábamos emocionados por enfrentarlo, menos uno. Así que llegamos a un arreglo “ganar-ganar” y lo pasamos a la barca del guia principal (la cual estaba llena de mujeres), la cual debía adelantarse para servir de rescate por si alguien caía. Así que nuestro amigo “mágicamente” volvió a remar (hecho que nada tuvo que ver la presencia femenina) y nosotros pudimos ir hacia “Las puertas del Infierno” con una inusitada emoción.

            Sin importar que fuésemos con dos guías, cuando pasamos el mencionado rápido, no había miedo en ninguno de nosotros: teníamos la suficiente confianza para afrontar cualquier escollo, por lo mismo lo atacamos maravillosamente, en una experiencia que me acompañará el resto de mis días.

            Para nuestro amigo fue mejor cambiar de barco, con nosotros estaba en confianza y podía quedarse en su miedo, en la otra embarcación se encontraba en un lugar desconocido e “inseguro”, por lo que tuvo que vencer sus temores y empezar a remar, lo cual le hizo bien ya que, al final del trayecto, hasta hacía bromas de su episodio y se le notaba la emoción en la mirada, sobretodo el alivio de haber vencido el terror. Si no hubiera vuelto a remar, era factible que se hubiera quedado con ese miedo toda la vida.
En frente de nuestro cuarto

            El Rafting es una experiencia integral, no importa si caíste de la embarcación o te mantuviste en ella, si atacaste los rápidos más peligrosos o los más fáciles, si llegaste al primero o al final. Lo importante es la forma en que llegas, la diversión, el esfuerzo, el compañerismo y valentía demostrada. Si caíste al río nadie se burla, porque todos corremos el mismo riesgo, sólo surgen las risas y bromas, pero siempre en buena lid, sin ánimo de ofender a nadie.

Es como debería ser la vida, en donde muchos tienen cuidado de no caer o no mojarse, pero la experiencia no es la misma si sales seco o evitas los rápidos más intensos; de hecho es mejor cuando los enfrentas, porque te sientes orgulloso por haberlos superado.

            Atacar los rápidos es como la vida, viene el problema (o la ola) y debes afrontarlos porque, si les rehúyes eres tumbado en represalia a tu cobardía. Pero el sentimiento de satisfacción cuando vences a la ola (o resuelves tu problema) es maravillo y gratificante.

            Al terminar nuestros 13 kilómetros de Rafting, el magnífico ambiente continua, todos nos felicitamos, hacemos bromas de lo ocurrido, nos contamos mutuamente nuestras aventuras y experiencias, acompañados de un refresco o una cerveza. Por ejemplo, aparte del incidente inicial, estuvimos a puntos de volcarnos tres veces pero, por el excelente trabajo en equipo, las salvamos gloriosamente. “Oye, ¡Te ví caer!” “¡Muy bien domado ese rápido!”, aunque sólo éramos cuatro, al final acabamos integrándonos con el otro grupo de 19 personas, ya que es difícil permanecer indiferente cuando has vivido la misma travesía.

El rescate de todos los caídos se realizó con la excelente coordinación de todas las balsas, incluso las embarcaciones de otros campamentos te apoyan. El hecho de que haya competencia no quiere decir que haya deslealtad, llama la atención que los distintos guías se saludan con auténtica familiaridad, lo que te hace difícil creer que compitan por clientes. La solidaridad se respira por completo en el limpio aire de Jalcomulco.

El ánimo excelente se vivió antes y después del río, todos en el camión cantando, echando desmadre, riéndonos de lo que pasó o contándonos historias. Todo esto te trasporta a una dimensión irreal de felicidad. Antes de comer, todos en la alberca, relajándonos de la batalla vivida, continuando con el ambiente liviano que caracterizó todo el fin de semana. En el momento estás pletórico por todo lo acontecido pero, al final del día, caes rendido por todo el esfuerzo.

            Recientemente fui con un grupo de amigos a Six Flags y, aunque algunos de ellos lo igualan con los rápidos, para mí dicha comparación es inexistente. Los juegos mecánicos tan masoquistas del parque de diversiones me hicieron sufrir bastante, mientras que el Rafting, Tirolesa y demás actividades ecoturísticas me llenaron de satisfacción. Creo que el hecho radica en que unas son atracciones artificiales mecánicas y las otras se basan en la naturaleza; en las primeras eres un simple pasajero sin opción de hacer algo y en las segundas eres parte integral de la solución y alcanzar la meta. La adrenalina segregada en Jalcomulco es muy gozosa, la de Six Flags fue muy nociva.


            Una maravilla implícita en el campamento fue el hecho de estar incomunicados, ya que no había señal del celular o radio, sólo estaba el teléfono de la recepción (que era fijo), esa desconexión se amplía a tu ser, porque te sientes aislado de la modernidad, y no lo resientes, porque estás coexistiendo en perfecto equilibrio con la naturaleza. Desconectarse de la (mal llamada) civilización es algo sanador y desintoxicante.

            Platicando con los guías nos decían “Aquí no tendremos cines, centros comerciales, TV por cable ni alguna otra comodidad de las grandes urbes, pero vives bien. Ni si quiera requieres mucho dinero para hacerlo, porque la tranquilidad, la alegría, la felicidad no se compran”. Están a media hora de Jalapa, así que podrían ir de compras o al cine con relativa frecuencia pero pueden regresar a este paraíso el mismo día. No hay smog, la TV no es necesaria, el celular esta restringido, la policía casi no tiene trabajo en un lugar tan tranquilo. Los que viven aquí no saben, o tal vez sí, el tesoro que tienen.

Un adelanto de la Parte II de este viaje
            Los problemas siempre van a venir a atacar a la balsa pero puedes optar por tomar el remo y atacarlos, así puedes avanzar y evitar que te vuelque y, aunque caigas, el sentimiento de impotencia será inexistente, porque habrás hecho todo lo que estuvo a tu alcance. Eso es preferible a sentarte en medio de la embarcación, dependiendo de otros, y esperar a que no seas tumbado por la corriente.

            En el siguiente escrito les describo el resto de actividades de este viaje mágico, porque la experiencia espiritual continúo nutriendo mi ser.

            Hebert Gutiérrez Morales