viernes, 31 de agosto de 2012

Keane


            Originalmente este escrito lo iba a dedicar exclusivamente al concierto que viví ayer en la Arena Ciudad de México pero, por razones que expongo al final, prefiero iniciar con la relación que tengo con la música de Keane, para brindar algo positivo antes de despotricar por algo que me indignó de sobremanera.

            Como he mencionado en ocasiones anteriores, mis bandas predilectas son de origen británico. En esta ocasión voy a hablar de una agrupación joven pero con una calidad impresionante tanto en su interpretación como en sus letras: Keane.

            La primera vez que los oí me parecieron bastante chocantes, hoy en día canciones como “This is the last Time” o “Somewhere Only we know” no son mis favoritas. Aunque no puedo negar que, a la hora de los conciertos, las berreó a todo pulmón, esto debido al contagioso entusiasmo del público que me rodea.

            “Everybody’s Changing” fue el primer pretexto que tuve para escucharlos con detenimiento, y ahí entré en conflicto: “¿Cómo puede gustarme algo de este grupo que tanto me desagrada?”, pero había algo en la letra y, sobretodo, en el sentimiento expresado en la canción, que me atraía en exceso. Me sentía plenamente identificado con la melodía pero me costaba admitirlo.

            Mi resistencia fue pulverizada cuando escuche “Bedshaped”, y ahí inicio mi idilio con su música. En la misma manejan un sentimiento tan profundo, auténtico, triste y, al mismo tiempo, con un toque de nostálgica esperaza, lo que da una obra de arte que no tiene algún aspecto que desentone. Siempre que la escucho en vivo, entro en catarsis y las lágrimas  brotan por sí mismas. Tal vez sea una idea grotesca pero, si tengo la posibilidad, voy a hacer un Soundtrack para el día de mi funeral, y “Bedshaped” estará presente (como lo ha estado en la banda sonora de mi vida).

            A pesar de que el disco “Hopes and Fears” fue el primero conocido de la banda, tiene un nivel excelso, mismo que se refleja en otras joyas como “Untitled I”, “Bend and Break” o “On a day like Today”. Lo único malo es, como me hice del rogar al hacerme su seguidor, me perdí su primer concierto en México, lo cual lamente retroactivamente.

            El Álbum “Under the Iron Sea” me gustó mucho en su momento aunque ahora reconozco que, a pesar de su calidad, se quedó corto a comparación de los otros tres álbumes “grandes” de la Banda. Sin embargo, en su momento, no lo sabía y me seguí entregando a las letras profundas y música excepcional.

            Canciones como “Nothing in my way”, “A Bad Dream”, “Hamburg Song” o “Crystal Ball” me dejan claro que intentaron moverse un poco de sus orígenes, mantenían esa calidad y carisma, pero olvidaron algo en el proceso. Aún así el disco vale la pena.

            Ese año vino la gira en que los vi por primera vez en vivo (en el Auditorio Nacional), ocasión en la que fui a solas, porque es muy raro encontrar a alguien que comparta mi gusto por el grupo; por esto mismo no me explico que muchos los califiquen de “Pop”. Admito que pueden tener un estilo “algo” fresa, pero dudo que alguna vez sean obscenamente comerciales, ya que han mantenido una personalidad que, no voy a negar, han ido adaptando a los intereses de las disqueras y promotores.

            Ese primer concierto me fue muy especial: encontrarme con otras 9999 personas que compartían el gusto por la banda es reconfortante, además de sentir en vivo (y con la misma calidad que en el estudio) a una banda tan talentosa. Lo vivido en aquel entonces fue inigualable, porque el cantar todas las canciones (hasta tus “menos” favoritas) te da otro nivel de gozo. Además de que, tras dos años de espera, por fin pude berrear esas melodías que me conquistaron en el primer disco. Ahí me hice una promesa “Voy a verlos cada vez que vengan a México” y, hasta ahora, he cumplido cabalmente.

            Recuerdo especialmente los vídeos sencillos pero que complementaban a la perfección el concierto, en especial “A Bad Dream”, que resultaba muy artístico con las parejas bailando con máscaras de gas y con una estética de película muda de los años 20. Ese detalle me pareció de muy buen gusto y brillante.

            Pero no sabía lo que me esperaba un año después.

Son contados los álbumes que han marcado mi vida, pero pocos lo han hecho como “Perfect Symmetry”, personalmente, su mejor producción hasta el momento. Me entristecería si no alcanzan un punto más alto que éste pero, por otro lado, si ésta es su máxima producción de por vida, me daría por satisfecho por la excelsa obra de arte que representa. De hecho, es de los pocos discos que escucho con relativa frecuencia, sin importar la época del año o que la misma banda tenga otro disco en boga.

Casi toda la producción es imperdible, a excepción de “Spiralling” que es bastante ordinaria y, en ocasiones, molesta (aunque igualmente la canto cuando es el concierto). Dentro de este álbum hay dos bellezas hechas música como lo son “Black Burning Heart” y la inigualable “Perfect Symmetry”. En mi diccionario personal, si hubiera que poner un ejemplo para el término “Canción Perfecta”, sin duda “Perfect Symmetry” sería la elección conveniente, por el sentimiento con la cual es interpretada, la fuerza de su mensaje, la profundidad de la letra y la honestidad de toda la obra en sí. Junto con “Bedshaped” son mis canciones preferidas de toda su discografía y, sin duda alguna, forman parte de mi Top10 de todos los tiempos.

El Concierto al cual asistí con esta producción también fue de alto octanaje, en esta ocasión el recinto fue el Palacio de lo Deportes. Sin duda alguna, de los mejores a los que he ido en mi vida. La producción fue sencilla pero creativa, lo cual demuestra que no es necesario gastar montones de dinero para dar un producto de calidad.

En esa ocasión fui con otros amigos aunque, como ya había comprado mi boleto antes, estuve otra vez a solas en la pista del recinto, a escasos 20 metros del escenario. Estoy de acuerdo que la mayoría de los conciertos se aprecian mejor a cierta distancia, pero nunca se vivirán igual que cuando estás tan cerca de la banda. Tal vez no se aprecie bien el show, pero el sentimiento experimentado ahí abajo no tiene comparación, y te acaba valiendo pepino si aprecias o no el show. Ahí fue el concierto en que más integrado me sentí al público y eso lo llevaré siempre conmigo.

Después vino un miniálbum llamado “Night Train”, que para mí fue la producción más sencilla que hizo la agrupación aunque, por el ámbito en que se gestó el mismo, creo que nadie esperaba mucho. Mi sentimiento es que lo sacaron para darnos un placebo en lo que preparaban su nuevo álbum, el cual resultó (como es costumbre de la banda) de alta calidad.

“Strangeland” me demuestra la madurez que ha alcanzado la agrupación, a pesar de que no tiene unas joyas invaluables como “Bedshaped”, Black Burning Heart” o “Perfect Symmetry”, las canciones están muy niveladas, son muy buenas, sin encontrar un eslabón débil, ya que se muestra el extremo cuidado que tuvieron con cada grabación. Desde la primera vez que la escuche me gustó mucho, y eso es extraño porque, muchas veces, le vas encontrando el gusto a un álbum después de escucharlo algunas ocasiones.

Y esto me trae al concierto al cual asistí el día de ayer, en la Arena Ciudad de México. El lugar está muy bonito, y un sabor personal especial, porque se ubica a un par de kilómetros de donde pase toda mi infancia. Afuera está engalanado con unas megapantallas muy espectaculares, la seguridad, el servicio, las instalaciones y la infraestructura en sí dan un lugar muy ad hoc para disfrutar de distintos eventos. Dentro del lugar, los asientos son cómodos, la distribución bien planeada, hay unas pantallas enormes al centro de la cancha que te permiten disfrutar cualquier evento.

La pantalla en sí me dio una sensación agridulce, ya que la mayoría estábamos más enfocados en ella que en el escenario (naturalmente, porque hay mejor visibilidad). En esta ocasión fui con mi amigo Luis Fuentes, el cual es muy culto en cuestiones musicales, aunque me extraño que viniera conmigo, porque consideraba que no era su estilo de música.

Aunque suene como viejito, había muchos muchachitos dentro del público, seguramente muchos de ellos ni siquiera sabían que existía la banda hasta este último álbum, y me dio mucho gusto que la calidad de Keane sea tan grande que vayan “reclutando” más fans entre las nuevas camadas.

Tal vez hubiese sido choteado, pero me hubiera gustado que se hubieran aprovechado las megapantallas con esos bonitos vídeos que nos pusieron en sus presentaciones anteriores, pero no lo hicieron, aunque esto tampoco era tan vital. Como siempre, se enfocaron en promocionar las canciones de la producción actual, intercalándolas con los clásicos de la banda.

Al ser veterano en los conciertos de ellos, en esta ocasión no presentaron algo que me impactara, pero no importaba mucho, ya que fui por la música y en especial a escuchar “Bedshaped” y “Perfect Symmetry”, para mí el concierto podía consistir en esas dos canciones y me hubiese ido feliz, cosa que no pasó.

Cante, brinque, me emocione y baile en el concierto, estaba muy feliz pero, al acercarse el final, empezaba a tener un mal presentimiento, el cual amainó cuando cantaron “Bedshaped” y me llenaron el corazón del cálido sentimiento que trae dicha canción.

Algo que me llamo la atención es que, en total, se echaron 11 ó 12 canciones del álbum nuevo, algo que encontré inusitado en un concierto (sin importar el artista), ya que normalmente te conformas con unas 6 y dejas el resto de la velada para complacer a los seguidores más añejos con canciones viejitas.


Cuando volvieron para el Encore, supuse que ya no iban a tocar canciones del nuevo disco y se iban a enfocar en los anteriores álbumes, pero me equivoque. Se acabó en Encore, ¡y no habían tocado “Perfect Symmetry”! ¿Cómo se atrevían? Estaba enojándome mucho cuando me dí cuenta que no habían encendido las luces (que es la señal oficial de que un concierto ha acabado), así que ¡Tenía que haber otro cierre!, así que me uni a los chiflidos, gritos y aplausos para que regresaran, ¡y lo hicieron! “Perfecto” pensé “Ahora sí, hagan lo que tienen que hacer muchachos”, pero tampoco complacieron mi deseo (y creo que el de otros miles), porque se fueron sin tocar su mejor canción.

Acabo la noche, encendieron las luces y me sentía defraudado, “¿Cómo se atrevían?” El hecho de que ame su música no quiere decir que voy a tolerar estas faltas de respeto. Antes de seguir explico mi indignación con otro concierto importante: el de U2.

Cuando voy a un concierto de U2, sé que no van a tocar mis canciones favoritas (“Promenade”, “Who’s gonna ride your wilde Horses”, “Miracle Drug” o “Kite”), porque no son las más conocidas que tienen, es más, ni siquiera fueron lanzadas comercialmente, así que lo entiendo, es más, si alguna vez la escucho en vivo, estaré eternamente agradecido con ellos.

Por otro lado, aunque a mí no me afecta tanto, en un concierto de U2 son obligatorias canciones como “With or without you”, “One”, “Elevation” o “Vertigo”, mismas que son la carta de presentación del grupo.

No comparo a Keane con U2, porque una está en la élite de la musical mundial y los otros llevan un camino alterno, tal vez nunca lleguen a esas alturas pero no creo que les importe. Si U2, con un repertorio más amplio que el de Keane, puede administrar un concierto y tocar las canciones obligatorias intercalando con las nuevas, ¿por qué no lo hizo Keane?

Ahora, no soy (tan) exagerado, “Perfect Symmetry” es considerada por muchos especialistas y seguidores de la banda como la mejor canción que tienen, misma que fue lanzada como sencillo en su momento además de que, posiblemente, sea la obra más trascendental que hayan alguna vez grabado, así que mi molestia está justificada.

No entendía a esas personas que se quejaban de que en un concierto no se haya tocado “X” o “Y” canción . . . . . hasta que me pasó. No desmerece el gran concierto al que asistí, pero es increíble (y en verdad me apena) que una sola canción signifique tanto para convertir tu experiencia de excepcional a una insatisfactoria . . . . y tristemente así fue.

¿Acaso soy exagerado, mamón e intolerante? ¡Por supuesto! Admito que mi postura es ridícula e infantil, pero no me hubiera sentido tranquilo sin haber expresado mi malestar al sentirme defraudado por una banda que significa tanto para mí.

Finalmente, Keane me ha dado mucho gozo musical a lo largo de los años, me ha sacado lágrimas y me ha hecho pensar profundamente, además de que me ha motivado a buscar ser un mejor humano. Una experiencia mala no borra todas las buenas, así que seguiré yendo gustoso y animado a cada concierto al que tenga oportunidad de ir de la banda británica, pero también es mi derecho como fan añejo el exigir mis “derechos musicales” y expresar mi malestar cuando así me plazca.

A pesar de todo, muchas gracias a Keane por el profesionalismo, entrega, cariño y pasión que ponen cada vez que vienen a México, cuando un artista te respeta así, no es difícil entregarte y disfrutar del Show.

Hebert Gutiérrez Morales.

viernes, 24 de agosto de 2012

Ruta hacia una empapada Felicidad


                “I like things simple, not easy” – Adriana Gutiérrez

                Sábado en la mañana, me despierto algo cansado porque la tarde anterior nade para posteriormente ir a mi clase de Salsa. Sé que debo levantarme a hacer ejercicio, aunque me siento algo apático; sin embargo, al voltear a la ventana hay una visión que de inmediato me enciende un hambre interna: deseo devorar kilómetros. El día está totalmente nublado, es más, está chispeando; este paisaje empieza a gestar una potencial alegría en mí.

                Correr es de los grandes placeres que tengo en la vida. Pero hay ámbitos en donde hacerlo se vuelve doblemente placentero: en la playa, en el bosque, en la madrugada o bajo la lluvia. Es precisamente esta última opción la que aparece en mi mente al ver el cielo gris.

                Observo que el “chipi-chipi” es temporal, ya que de un momento a otro se va a soltar plenamente la lluvia, con suerte hasta granice. Así que me alistó y salgo de la casa. Frente a mi entrada, justo antes que me toque la primera gota, me digo por primera vez en la jornada: “Hebert, ¡estás bien pendejo por hacer esto!”, una vez desahogado mi sometido sentido común, inicio mi camino ante las incrédulas miradas de la gente de seguridad privada enfrente de mi fraccionamiento.

                Corro con cierto deleite infantil ya que brinco o esquivo charcos, así como superficies resbaladizas o enlodadas. Los obstáculos se multiplican con el agua, lo cual te da la ilusión de estar en un videojuego. Conforme avanzo, la precipitación aumenta de intensidad, así como la cadencia de mi paso, y también la incredulidad de las miradas recibidas. Las caras que dejo atrás expresan “¿Qué le pasa a este pinche loco para correr con este clima?”

La lluvia me hace sentir libre y vivo, recibo el abrazo de la naturaleza que me empapa por completo mientras sigo mi camino. A pesar de cuidar por donde piso, ¡Zas! Resbalo y caigo sobre mis manos, me pongo de pie y sigo mi ruta recriminándome, ya que debo ser más cuidadoso.

Llevo cuatro kilómetros, a esta altura resulta tonto cuidarme de los charcos, pero así lo hago. De pronto, lo inevitable, tarde o temprano llega lo que necesito: Pasa un Microbús por un charco ¡y me empapa todo! En vez de enfurecerme, estoy profundamente agradecido (Ya deben de saber que me falta un tornillo en la cabeza). ¿Por qué estoy feliz de estar empapado? Mi ego podría sentirse humillado de la salpicada que recibí, aunque en realidad no iba precisamente seco. El salpicón recibido me libera por completo: ya no tengo que cuidar por dónde voy, porque ya no puedo estar más mojado.

Aumento la velocidad, producto de lo que me acabo de liberar: Tabúes, miedos, prejuicios y demás ataduras. En situaciones así es cuando agarro el mejor ritmo que puedo alcanzar y, mientras más acelero, mejor me siento. La atención que recibo es combustible puro para mi recorrido, muestras de admiración vedada: hay quien me ve con incredulidad, hay quien me grita (en tono nacorriente) “¡No te vayas a mojar!” u otras naqueces, o hasta el niño que me ve con cierto anhelo, mientras se sostiene de la mano de su madre.

Todo eso se debe a un simple hecho: la libertad que irradio. Esa que recibo de la lluvia misma, lo que representa, el respeto o miedo de los que temen mojarse, y a mí no me amilana. No me importa estar mojado, no tengo que cuidar mi “seca integridad” o mi Status Quo (no me preocupan las risas que pueda causar mi actual estado), no le rindo cuentas a nadie ni tengo miedo a enfermarme por mi sólida salud. Al bañarme con agua fría, no me asusta hacer mi recorrido empapado, de hecho el día anterior nade al aire libre, lloviznando, y en alberca fría; así que la prueba de hoy no representa ningún inconveniente.

En una corrida cotidiana, tengo que pensar en lo que sea menos en que estoy corriendo, de lo contrario, me vació por el desgaste mental. Por eso busco la solución a mis dilemas diarios, filosofo sobre mis problemas. Cuando lo hago con lluvia, la emoción infantil es demasiada, en mi interior hay un grito emocionado que dice “¡Está lloviendo, está lloviendo!”, sentimiento me alimenta todo el camino.

Disfruto la atención que sigo recibiendo,  por el anhelo que lleva, con un sentimiento inconsciente de “¡Wow! ¡Él sí puede hacerlo sin miedo!”, aunque conscientemente me tilden de loco, y tienen razón: ¿Cómo me atrevo a ser libre? ¿Cómo osó seguir sin miedos? ¿Cómo sigo sin amedrentarme por los obstáculos ambientales o físicos?

A los 10 kilómetros estoy muy agradecido por tener el hábito de correr, por la disciplina de hacerlo constantemente, por el tiempo y el tener el deseo de hacerlo. Soy feliz por tener la salud necesaria y las articulaciones resistentes, porque mi corporalidad tiene la suficiente fuerza para permitirme 25 kilómetros de felicidad. Me hago consciente de los que están físicamente impedidos para hacerlo; cuando me llego a cruzar con alguno de esos seres, trato de hacer humilde mi paso, por respeto a los que no tienen esa maravillosa oportunidad. ¡Qué bueno que me tocó a mí ser yo! ¡Muchas gracias por mi cuerpo!

El correr me hace sentirme (por momentos) poderoso, invulnerable e inmortal. Aunque todos en el Universo somos la misma energía, agradezco este momento de individualidad con mi cuerpo, por gozar los beneficios de tanto cuidado, los momentos de intensidad que me dan todo lo trabajado. Mi amor propio empieza a florecer. Normalmente corro con el cabello amarrado ya que, si lo llevo suelto, se me esponja,  me acaloro y me desgasto más rápido, pero la lluvia acaba con ese obstáculo. Tener el cabello mojado es padrísimo; sé que es un accesorio pero me siento más audaz al pasar con la melena volando a mis espaldas, hecho que remarca más mi velocidad, mi ritmo y mi alegría. En momentos así agradezco tener la mata larga.

La plenitud inunda mi ser: me siento más fuerte, más delgado, más alto, más rápido y hasta más atractivo, y es que no hay mejor accesorio cosmético para el humano que una sonrisa sincera que invade tu cara. No me refiero a esas sonrisas estúpidas que hago en las fotos del Facebook, no. La sonrisa más honesta que puedo ofrecer la obtengo mientras corro bajo una precipitación constante. La intensidad de la lluvia, de mi paso y mi alegría van subiendo de manera equitativa, todo se refleja en mi felicidad espiritual, corporal y facial.

Debajo del Periférico veo algunos “prisioneros”, a pesar de que tienen impermeables y paraguas,  se guarecen del agua en espera que amaine. También me ven con incredulidad y siento lástima por ellos, porque no son libres como yo, que no tengo nada que me proteja de la lluvia, aunque en realidad no necesito cuidarme de mi aliada en este camino de plenitud. Así que los dejo atrás, perdiendo su tiempo, hasta que pase una “terrible” lluvia que lo más que puede hacer es mojarlos. Nuestros miedos, prejuicios y programaciones son tan profundos que mojarnos nos asusta. El miedo ha de ser el mayor mal de la humanidad, mismo que genera la mayoría de las enfermedades, ya que son de origen psicosomático; crecen por el terror que albergamos en nuestra mente y alma.

Los demás empiezan a perderse de mi plano visual, son sombras sin rostro que forman parte del paisaje. La precipitación sigue arreciando, incluso creo que no tarda en granizar; ya he corrido así antes, aunque no es óptimo.  Pero me siento tan libre de miedos que no le temo al granizo. Me doy cuenta que no sabía lo que es la verdadera libertad hasta que la respiro plenamente, porque nada se compara a lo que experimento en estos momentos.


Debido al clima y a ser Sábado en la mañana, las calles estaban relativamente vacías. La gente “normal” está desayunando, viendo la TV o acurrucándose para disfrutar de un par de horas más de sueño en sus camas. Cada cual disfruta de este clima a su manera, hay a quienes les gusta quedarse en casa y estamos a los que nos gusta salir a correr y sentir la adrenalina.

Mientras subía la pirámide de Cholula, en mi versión tropicalizada de Rocky, recordé que ese mismo día había un evento deportivo (relevos de 5x2000mts), al cual fui invitado por tres equipos (uno con amplias posibilidades de ganar) y a todos los rechacé. Seguramente soné muy pedante cuando decía “No vale la pena ponerme los tenis por dos kilómetros”. No niego que mi ego se sintió reconfortado al recibir esas invitaciones pero, en realidad, la felicidad de este día no la iba a lograr en ese evento. Obviamente hay sentimientos reconfortantes  de equipo y pertenencia pero, en el caso de un corredor solitario, no es algo que me quite el sueño.  No corro por competencia, esto es una cuestión más personal, más íntima, más orgánica y, ¿por qué no decirlo?, más espiritual.

Atravieso zonas anegadas que cubren por completo mis pantorrillas sin importarme en absoluto. A la altura del kilómetro 15, la lluvia amaina lo que, inconscientemente, me hace bajar la cadencia del paso. Es cuando recupero uno de mis paradigmas, al darme cuenta que he corrido más rápido de lo normal y, ridículamente, mi cuerpo se da cuenta que está cansado. Me enojo conmigo mismo por recordar esa limitante mental que activa la física, ¿Por qué limitamos capacidades? ¿Por qué al rebasarlas nos asustamos y regresamos al estado anterior?

Consciente del gran esfuerzo, me siento orgulloso, pero no por ello puedo recuperar el ritmo anterior, así que me ajusto al habitual. Sigo rebosante de pletórica felicidad por lo rápido que corrí antes, aunque me empiezo a cansar ¡pero eso no importa! Mientras siga lloviendo, como ha sido durante todo el camino, voy a tener combustible suficiente para finalizar mi trayecto. Nunca me han interesado las carreras pero, si algún día me animo a correr un maratón, buscaré uno que tenga alta probabilidad de lluvia, porque sé que eso me asegurará la fuerza para acabarlo.

Me quedan un par de kilómetros por recorrer, el agotamiento está presente, las rodillas resienten el esfuerzo, los tobillos están muy adoloridos y, con cada paso, las plantas de mis pies gritan “¡Ya basta!”, pero no me puedo detener.  Mi fuerza se acabó desde hace rato, ya sólo corro con el corazón. Por fortuna soy bastante obstinado, testarudo o necio para terminar lo que inicio, además no voy a detenerme porque, si lo hago, no volveré a arrancar, por el nivel obsceno de desgaste, producto de la exigencia a mi cuerpo, lo cual me hace sentirme orgulloso de él, ¡y llego a mi casa!

El triunfo es grande, no rompí ningún record, nadie me aplaudió ni vio la totalidad de mi hazaña, ni saben lo que viví. Me siento profundamente agradecido por este día ¡y aún no son las 11AM! Saboreo el momento de logro como uno de trascendencia, tal vez a nadie más le importe, pero para mí es vital. Este momento de plenitud es únicamente mío.

Cuando empiezo a estirarme para enfriar los músculos, a parte de los dolores en las articulaciones, descubro las heridas de la batalla, producto de la intensa jornada. Correr con ropa húmeda es muy demandante, además del peso adicional, se te pega la tela e incrementa el roce con la piel: los pezones están sangrados al quitarme la playera, en la cintura y las entrepiernas tengo rozaduras igualmente con sangre y, finalmente, al quitarme los tenis también veo manchas rojas en las calcetas.

Me sorprende el poder de la mente, porque no sentí esas heridas durante el camino, iba tan concentrado que no me pasó por la cabeza otra cosa que no sea terminar con éxito mi jornada, mi plenitud es tan grande que los malestares físicos pasan a segundo término. Cuando veo la sangre en mi ropa, de alguna forma bizarra, me siento feliz, porque no permití que las heridas interfirieran en mi camino. Es raro que me pase corriendo en seco, pero con lluvia es casi un requisito, sin importar que me corte las uñas constantemente para reducir riesgos, que debajo de lo sintético lleve ropa interior de algodón, mismo material del cual están hechas mis calcetas, las cuales no van tan justas ni tan flojas para evitar que el “juego” dentro del tenis y me roce.

Pero no sólo es la ropa húmeda, también está el viento en contra, o los miles de pequeños golpecitos que te propinan las gotas, tampoco es lo mismo correr en seco que hacerlo con charcos, lodo, zonas resbaladizas o zonas anegadas. Todo esto hace el trayecto más difícil y, si le sumamos la intensidad que le imprimo, las heridas resultantes por el esfuerzo son obvias, así como lo es la satisfacción personal obtenida.

Le quitó a mis tenis piedrecillas que se le incrustaron en el camino, en un día normal noto de inmediato cuando alguna se ha clavado, por lo que me freno para retirarla. Hoy no me detuve en absoluto, ni para retirar piedrecillas, ni para ajustarme las rodilleras, ni para acomodarme el pants, ni nada que me distrajera de mi meta, y es que nada más ocupó mi atención. La vida debería ser como correr bajo la lluvia, disfrutarla tanto sin prestar atención a pequeñeces que no son tan vitales (como pensamos) para seguir adelante y continuar gozando de todo su esplendor.

Durante la ducha, me arden las heridas o rozaduras al enjabonarlas, y ahí es la segunda ocasión en la que me digo a mi mismo (más como un reconocimiento que como un reproche): “Hebert, ¡estás bien pendejo por hacer esto!”. Pero las heridas me hacen sentirme muy rudo, como una especie de “Gladiador del camino”. Obviamente hay miles de millones más rudos (y rudas) que yo en este planeta, como los que corren Ultramaratones, los que hacen Iron Man, los que se asesinan a diario en estúpidas guerras o los que no saben qué van a comer hoy. De todas formas, no pienso en nada de ello en ese momento y soy feliz de sentirme un tipo rudo.

Después de desayunar se me dificulta caminar, por el tremendo dolor, me cuesta creer que un par de horas atrás estaba corriendo con enorme intensidad (de las mayores que alcanzo en mi vida). Nuevamente se evidencia el dominio de la mente sobre el cuerpo.

Desde pequeño me han fascinado los días lluviosos, correr es un placer adulto y el hacerlo con este clima es un gozo completo, en donde se encuentran el adulto y el niño. Correr en día nublado es divertido, pasar a tanta gente deprimida por no ver el sol me hace querer gritarles: “¿De qué se quejan? ¡Deberían agradecer que están vivos! ¡Sientan el agua!”. Nunca entenderé por qué la mayoría de la gente se deprime con la lluvia.
               
                Siempre me encantó estar en la lluvia, si estaba jugando con mis amigos no me importaba mojarme porque adoraba todo lo que tuviera que ver con agua. Como buena madre, la mía hacia escándalo por mi comportamiento, decía que me iba a enfermar, que después ella tendría que ver por mí, que me metiera a la casa, para secarme y bañarme con agua caliente y todo el show obligatorio. La ventaja de ser independiente es que te haces responsable de ti mismo. El correr con lluvia es un gran deleite para el niño que vive en mí, porque ahora puede jugar bajo la lluvia sin que nadie zanje mi felicidad.

Normalmente, después de una corrida tan intensa, quedo madreado un par de días, no al grado de interferir con mis actividades pero si resiento el esfuerzo, pero en ningún momento hay arrepentimiento, en realidad me ocasiona mucho orgullo ese dolor, porque quiere decir que no me guarde nada y di todo lo que tenía dentro. Nadie más obtiene algún beneficio de esto, pero conmigo es más que suficiente. No importa lo que duela, siempre que tenga oportunidad lo voy a hacer gustoso, ya que esas pequeñas satisfacciones te llenan el alma de alegría, y ese sentimiento es el que rememoro cuando me levanto y veo que se me está regalando una lluvia para correr bajo ella, porque una vez más tendré el chance de sentirme intensamente vivo y libre.

                Hebert Gutiérrez Morales.

viernes, 17 de agosto de 2012

El momento en que todo cambió (Parte II: Escoger a la persona equivocada)

             “Hasta que lo experimentamos (y es de esperar que nos llegue a todos, en algún momento de nuestras vidas), nunca estamos realmente preparados para la naturaleza abrumadora del primer gran amor” – Thomas Nesbitt

¿Cuántas personas realmente encuentran al amor de su vida? Tal vez no a todos les haya pasado pero, cuando pasa, se sabe. ¿Cuántas se relacionan con personas “adecuadas” con las que comparten gustos y tienen una comunicación civilizada pero sin “chispa”?

                ¿Qué se sentirá experimentar el amor verdadero (y que sea reciproco)? ¿En verdad puede ser eterno? O ¿Simplemente nos encaprichamos con lo que no pudo ser? Al parecer, sólo unos cuántos lo han alcanzado y el resto se conforman con la nostalgia de lo que no se logró, que es más fuerte y de duración más prolongada, que el sentimiento que nos ata a quién hoy está a nuestro lado. Hay parejas que se han mantenido toda la vida juntas, algunas por costumbre, otras tantas por el compromiso social y, en realidad, muy pocas se mantienen convencidamente unidas, ya no con el amor apasionado inicial, pero sí con una amistad filial forjada a lo largo de los años.

Es difícil amar de verdad, todos nos creemos capaces y hasta expertos en ello, pero muy pocos logran superar el orgullo, aún menos son los que encuentran esa pareja perfecta, esa que no incurre en luchas de poder, simplemente baja todas las defensas y acepta al otro tal cual y se recibe lo mismo. Ser auténticos, desnudos, indefensos ante alguien que no va a sacar ventaja de esa vulnerabilidad, es tan difícil en un mundo en donde el poder es el alimento del ego, mismo que nos ha vuelto ambiciosos, voraces e insaciables.

           “En el fondo mi padre era bastante bueno que sólo pretendía querer y que lo quisieran. Pero esa posibilidad se le escapó a lo largo de la vida, como se nos escapa a la mayoría” – Thomas Nesbitt

           Tal vez seamos muy románticos pero aún estamos “verdes” para mantener eterno al amor o vivirlo sin que se debilite. Somos demasiado egoístas para llevar una relación abierta y honesta. Todos decimos “Sí, te acepto tal cuál eres y seremos felices para siempre” pero, en la mayoría de los casos, sólo se dice de dientes para afuera, por lo que el “para siempre” se vuelven cinco semanas, cinco meses o (a los que mejor les va) cinco años.

          Hemos dejado que nuestro ego crezca a niveles monstruosos. La identificación que tenemos con él nos forja un tonto orgullo que pesa más que el amor que podamos sentir. Al igual que Thomas (protagonista del libro), cometí ese error una vez, así como muchos otros estúpidos, donde nuestro honor, identidad y status pesa más que lo mejor que jamás hayamos sentido: amor verdadero. Thomas pagó su precio con creces y, honestamente,  espero tener una oportunidad de reivindicarme con alguien que resuene con mis sentimientos.

            “El orgullo es la fuerza más destructiva del mundo. Nos enceguece ante todo lo que nuestra arrogante necesidad de tener la razón y de defender nuestro frágil ego. Y en el proceso, nos impide ver otras interpretaciones de la narrativa que estamos viviendo. El orgullo nos hace encasillarnos en una posición que nos negamos a abandonar” – Thomas Nesbitt


La psicosis que muchos sentimos al no considerarnos lo suficientemente buenos para que alguien nos ame acaba creando mucho sufrimiento, tanto en el libro como en la vida real; muchos tememos ser amados, ser felices, tal vez por las decepciones pasadas pero ¿acaso no todos tenemos derecho a ello? Simplemente porque alguien no nos valoró tendemos a castigarnos por elegir a la persona equivocada. Los mismos carceleros somos los prisioneros, quiénes nos hemos encerrado y nos impedimos salir, nos recriminamos errores pasados. Para amar y ser amado hay que ser valientes, arriesgarse y entregar el corazón, lo cual es cada vez es más difícil porque, entre uno más envejece, se torna más precavido (por no decir miedoso).

La serenidad está en peligro de extinción en esta caótica sociedad, que nos trae demasiados divorcios y relaciones con profunda infelicidad, no podemos esperar y/o buscar con paciencia al amor de nuestra vida; tendemos a conformamos con lo que vamos encontrando o lo que nos encuentra a nosotros. Hay una altura, de nuestro camino, en donde hay alguien que no nos hace sentir mariposas en el estómago pero que parece buena opción, a pesar de no  amarla. Aunque alguien parezca bueno (de manera cognitiva, no sentimental) no significa forzosamente una relación fructífera.

Carecemos del valor para dejar pasar a parejas “adecuadas” sin saber que más adelante puede venir la elegida, pero la incertidumbre del “¿Y si no llega?” puede más que la posibilidad de algo mejor y nos conformamos con lo que tenemos seguro en vez de ir por lo que merecemos pero que, podría, no existir. Ciertamente recibiremos algo bueno, no lo  anhelado en un inicio pero, al final, será lo que merezcamos por haber tomado esa decisión.

           “Hay momentos en la vida en que uno simplemente querría hacerse un ovillo en el suelo, taparse los ojos con las manos y desear que desaparecieran, por un simple acto de la voluntad, los efectos de la propia estupidez” – Thomas Nesbitt 

           Nos engañamos al quedarnos con esa persona, por ese estúpido miedo del “¿Y si no encuentro a nadie más?”, el problema es que ése “Nadie más” también cae en el mismo error y así proliferan las relaciones sin sustento positivo; mismas que acarrean existencias civilizadas pero vacías, insípidas, sin chispa ni amor. Al inicio se ven las cosas bien, con el paso del tiempo se deterioran aunque nadie lo calificaría como algo letal, pero acaban siendo un infierno de todas formas: uno de aburrición, aletargamiento, de costumbres, de envejecer junto a un desconocido y ahí es cuando uno se da cuenta que era mejor estar a solas pero con el grato recuerdo del único amor auténtico experimentado en el pasado.

Cuando estás muerto en vida, sumido en una relación civilizada pero sin sentimientos auténticos, es incluso más insoportable que una relación en dónde, al menos, se sienten vivos al gritarse mutuamente (que no es lo deseable). En la otra relación destructiva tienes la posibilidad de separarte, alejarte o, incluso agredir a tu pareja (que tampoco es deseable pero a veces el instinto puede más que la educación); pero en la situación “civilizada” uno está siendo machacado por el tedio o letargo, en espera que sea tan insoportable que alguno tome la decisión de dejar esa vida tranquila, tan serena que acabas por enloquecer, y debes largarte con la carga moral de arruinar un “matrimonio perfecto”.

            “Verás. Cuando no has tenido mucha suerte en la vida, empiezas a pensar que, si algo bueno se cruza en tu camino, la vida te lo quitará” – Petra Dussman 

             Más veces de las que me gustaría reconocer, he maldecido al amor. ¿Qué es eso? Algo que me ha dado más sufrimiento que gozo, y he intentado extirpármelo (por lo menos el de pareja). Sin embargo, las pocas veces que ha hecho de mi vida una maravilla han valido todo el sufrimiento. En la mayoría de las ocasiones el amor me ha parecido una pésima idea, pero no me arrepiento de las decisiones estúpidas que tomé basándome en dicho sentimiento, porque las hice sobre lo más auténtico que he sentido.

Los humanos pasamos de lo sublime a lo ridículo, de lo despreciable a lo maravilloso, somos capaces de los actos más hermosos como los más horrendos, todo dependiendo de las circunstancias en la que nos encontremos y los intereses que persigamos. En este mundo consumista el amor ha sido rebajado, desprestigiado y vulgarizado. La maldita sociedad humana, nuestras programaciones, prejuicios, instituciones, miedos y demás hacen que acabemos prostituyendo la etiqueta de amor al colocarlo a cualquiera. Se ha desprestigiado tanto que lo asignamos a cualquier sentimiento agradable que tengamos. Lo confundimos con amistad, con camaradería, con agrado, con deseo o con una buena comunicación, todos esos son ingredientes del amor pero no son los únicos elementos.

            “Sin embargo, ¿no percibimos con frecuencia nuestras vidas a través de una lente borrosa que disimula todas las verdades dolorosas que preferimos eludir?” – Thomas Nesbitt

Decía un comercial de cerveza clásico: “Si las cosas que valen la pena fuesen fáciles, cualquiera las haría”. Si el amor fuera tan fácil de encontrar, entonces no habría tantos divorcios, tanto sufrimiento ni tanta infidelidad. En la sociedad vertiginosa que hemos creado, en la cual queremos todo rápido, también queremos que el amor nos llegue de inmediato y a la primera oportunidad que lo necesitemos.

Al tener tantos proyectos de amor fallidos nos hace dudar cuando encontramos el verdadero. Es tan grande nuestro pavor que somos dados a no creer en nuestra suerte y, a veces, somos tan estúpidos y tan cobardes que nos hace falta un pretexto (sin importar lo bien fundamentado que esté, pretexto a fin de cuentas) para descalificar ese amor perfecto. Eso pasa cuando uno se identifica con el desamor o las relaciones poco productivas, además del miedo que inspira la incapacidad de manejar una relación perfecta.

Tristemente, en este mundo materialista y visual, tratamos de entender al amor racionalmente, lo cual es tan estúpido como intentar resolver problemas matemáticos con el corazón. El amor no se entiende ni se razona: se siente y se acepta; cuando empezamos a racionalizarlo estamos encaminados a la perdición, porque siempre encontraremos motivos para descalificarlo.

          “Somos absurdos, ¿Verdad? Nos aferramos a nuestros tormentos, nuestras agonías y nuestros pequeños dramas, y los usamos para sabotear lo que más queremos y lo que en realidad nos merecemos” – Petra Dussman

¿La vida es justa o injusta? La mayoría del tiempo somos responsables de lo que nos pasa en este mundo, mediante las decisiones que tomamos. Los caminos que transitamos dependen de nosotros, tanto los productivos como los improductivos. Por tal motivo la vidaes justa, porque recibimos lo que nos hemos ganado, cosechamos el producto de nuestra cobardía o nuestra audacia, de nuestra estupidez o nuestra inteligencia, de nuestros dogmas o de nuestra innovación, de nuestra serenidad o imprudencia, de nuestra sabiduría o ignorancia, con nuestra madurez o inmadurez. Muchos creen que la justicia significa que la vida sea “buena” pero esa facultad radica en nosotros y, si no nos hemos ganado una buena vida, es justo lo que obtenemos en su lugar.

                Hebert Gutiérrez Morales

viernes, 10 de agosto de 2012

El momento en que todo cambió (Parte I: El Libro)

“¿Cómo podemos sumirnos en la inercia cada vez más débil del tiempo sin alguien que ralentice la marcha de las cosas, que haga que todo merezca la pena y el viaje tenga verdadera importancia?” – Petra Dussman

                Cuando estaba a 100 páginas de terminar el libro, de las casi 600 que lo conforman, un temor me asaltó, una pregunta me taladraba la cabeza “¿Y si no me vuelvo a enamorar?”.

                Conforme leía esta publicación, me parecía buena, no una maravilla pero aceptable. Me la presto mi gurú literaria (Lesly), la cual me intrigó para que la leyera con avidez cuando me dijo “Te va a gustar ya que me acordé de ti cuando la leí”. Para un ególatra certificado como uno, ésa es una invitación que no se puede rechazar.

Siempre he admirado a quienes inician un texto por el final, por ser una postura muy arriesgada, ya que deben tener bastante talento para desarrollar un argumento que conmueva, que llene, que intrigue e interese a pesar de saber cómo va a terminar todo, esto evidencia la habilidad de Douglas Kennedy. La forma en que éste refleja el Berlín de los 80’s, un lustro antes de la caída del muro, es muy convincente. Toda la tensión política crea un ambiente propicio para las intrigas del espionaje. Dentro de todo eso se generó una historia inverosímil de amor.

“Nunca conoces tus verdaderos sentimientos hacia una persona hasta que deja de estar en tu vida” – Thomas Nesbitt

                Al ir conociendo a Thomas, uno se pregunta “¿Qué le pasó a este buen hombre? ¿Por qué está tan vacío emocionalmente? ¿Qué desgracia le ocurrió que lo marcó tan hondo? ¿Por qué no se volvió a enamorar?” Al transcurrir la lectura se van respondiendo esas preguntas de manera triste.

                La estructura del argumento la agradecí bastante, por no tener un clímax único, sino uno a la mitad y otro antes del final, esto sin contar que el ritmo del libro es bastante bueno. También tiene una conclusión muy congruente, que no es del tipo “y fueron felices para siempre”, sin ser horrendo pero tampoco bonito, simplemente agridulce e interesante, que marca el comienzo de otra etapa en la vida. Esa misma estructura que te va desmenuzando las cosas, de hecho cuando acontece el primer clímax, ni siquiera sabes que lo es, pero lo vas captando así conforme avanza la lectura.

El conocer dos versiones de una misma historia es un deleite, aún compartiendo el mismo sentimiento, la perspectiva de cada cual es distinta y enriquece a la otra. Me encanta que ambos, tanto Petra como Thomas, expresan la incertidumbre, inseguridad o miedo sobre si la persona que les gusta los aceptará o no. Nos gustaría percibirnos como los únicos que sufrimos esas dudas pero ha de ser un sentimiento universal.

“Sólo empezamos a comprender la importancia de un acontecimiento, y sus consecuencias para el panorama general de nuestras vidas, mucho después de su ingreso al reino de la memoria” – Thomas Nesbitt

                Toda lo que vivió Petra con la Stasi es una evidencia cómo los civiles son los que más sufren cuando se trata de conflictos internacionales y/o políticos. Alguien toma una decisión al firmar un papelito, dar una orden y, literalmente, destruir la vida de gente común y corriente. Eso ha pasado tanto en Alemania como en Rusia,  en Estados Unidos, en Irak, en La Habana, en la Ciudad de México y a lo largo y ancho de este planeta.  El problema no son los sistemas políticos, sino la corrupción a la cual llega al humano para obtener o mantener el poder, te vuelvas insensible al bienestar ajeno, porque tus intereses pesen más, sin importar a quién te lleves en las espuelas. Lo malo es que eso se ha perpetuado desde que fundamos la mal llamada “civilización” y continuará mientras los humanos sigamos con nuestras máscaras de “Personas”. Podemos alcanzar expresiones tan maravillosas y bellas pero, al mismo tiempo, somos capaces de los actos más despreciables y cobardes contra nosotros mismos y lo que nos rodea. Somos, al mismo tiempo, sublime y espantosamente extremistas.

Había un punto de la historia en el que me empezaba a oler algo extraño y, cuando pasó lo que esperaba, me dije a mí mismo: “¡Ah! Mi sexto sentido desarrollado por tantos años de paranoia y terrorismo psicológico en la Disposición ha sido efectivo” Y es que ya me ha pasado en varios libros en donde mi cochambrosa mente adivina lo que se viene después.

            Las decisiones basadas en el miedo a ser juzgados, a ser rechazados, a ser repelidos, a ser censurados o señalados son las peores. De acuerdo al tamaño de la verdad (y sus consecuencias) es la fuerza de voluntad que se requiere para decirla y no todos la tienen. Es más fácil que el miedo tome la decisión de mentir “piadosamente” que ser maduros y honestos para decir una verdad incómoda. En el momento es duro, pero a la larga es mejor, porque la mentira siempre trae frustración, dolor y problemas, como lo corroboró Petra y, aun así, no la puedo culpar por sus decisiones, porque entendí su sentimiento a la perfección.

“Cuando dudamos, cuando nos inquieta lo que pensará la gente de nuestro accionar, hay una sola solución: hacerlo y preocuparse luego” – Thomas Nesbitt

En esta era de tanta información, se pueden acomodar hechos reales de tal forma que puedes dar a entender una historia distinta a la realidad, sin tener que mentir, simplemente manipulando la verdad. Mismas técnicas que el agente de la CIA le aplicó a Thomas, que son de uso común a todos los niveles de nuestras sociedades. Bien se dice que hay dos lados de una misma historia y, frecuentemente, nos atrevemos a juzgar conociendo una sola cara, sin tener la delicadeza de investigar la otra versión. Casi nunca las perspectivas son objetivas pero, por lo menos, al tener mayor conocimiento del panorama, podremos tomar decisiones más centradas, aunque eso es más difícil cuando hay sentimientos involucrados como, tristemente, lo comprobó Thomas con Petra.
               
Agradeces que el autor haya dejado algunos cabos sin desarrollar, por ejemplo el encuentro que tuvo Thomas con la bibliotecaria en Berlín Oriental. Muchas veces tenemos contacto con diversos seres que podrían significar algo más y, simplemente, se quedan en un intercambio interesante, nutritivo y breve. No es necesario, como se acostumbra en muchos libros, que el protagonista siempre tenga algo relevante con todos con los que tiene contacto.

Hubo otro punto del argumento que me incomodó bastante, y es que durante un par de capítulos todo era bello, hermoso, empalagoso e insoportable, de hecho mi parte sádica decía “¡Ya basta!” y es que, al saber el final, entre más dulce era el pasaje, más dolorosa iba a ser la separación. Por eso mismo, cuando la perfección se acabó, me sentí un poco más tranquilo. Sólo para aclarar esta idea, si vuelvo a relacionarme, quiero una relación imperfecta pero que me haga ser mejor humano, no un cuento de hadas irreal.
“En cuestiones del amor, la verdad no existe. Sólo hay realidades momentáneas, y todo puede cambiar de un día para otro” – Thomas Nesbitt

Alistair Fitzsimons-Ross es un personaje exquisito, porque le da mucha sustancia a la historia. No es perfecto, es más, no es moral ni políticamente correcto por ser drogadicto, altanero, homosexual e imprudente, pero también es elegante, brillante, mordaz, carismático y demás cualidades. Es de esos personajes que agradeces en cualquier lectura, te hace la experiencia más completa y divertida con su humor negro, su sarcasmo y, al mismo tiempo con su lealtad y principios. Esas personalidades únicas que, si las encuentras en la vida real (porque escasean), quieres estar cerca de ellos por todo lo que te enseñan de manera práctica.

Resulta increíble la facilidad con la cual el amor se puede tornar en violencia emocional, en especial cuando uno se percibe traicionado, por lo que se reacciona de forma inesperada con lo más importante que ha conocido en su vida. El sentimiento de traición en el amor lo hace a uno enloquecer.

Es un libro algo predecible, de hecho fuí acercando mi pañuelo porque ya sabía que al final se venía el drama y que las lágrimas iban a ser obligatorias. Afortunadamente el autor no cayó en situaciones tan baratas como propiciar un reencuentro entre Thomas y Alistair, o conocer los destinos de Pawel, Judith o del agente Babruski de la CIA. Esos encuentros entre el pasado y el presente que nos dan un placer nostálgico y morbosa felicidad. Obviamente hubo otros vicios literarios que no se pudieron evitar pero, por lo menos, no tan baratos como éste.

“¿Verdad que al recibir una noticia horrible el mundo se vuelve repentinamente silencioso? Es como si el golpe de lo que acabamos de saber matara todos los sonidos y nos obligara a escuchar el silencioso abismo que es el comienzo del dolor” – Thomas Nesbitt

                La mayoría de lágrimas que derrame fue entre el 75 y 90% del argumento, antes de un cierre más tranquilo, aunque seguí derramándolas. Obviamente no es la primera vez que veo una estructura así, pero es muy refrescante leer algo que no tiene el clásico: inicio + desarrollo + fin, que rompe los paradigmas de lo que debería ser un libro, ya que va saltando del pasado al presente indiscriminadamente, a diferencia de los cuentos de hadas o historias hollywoodescas que nos han vendido a lo largo de los tiempos.

Los últimos diálogos entre Johannes y Thomas fueron desgarradores, conmovedores y hasta crueles pero, sobre todo, resultaron muy auténticos porque venían del corazón por lo que, en pocas palabras, decían mucho, en especial sobre Petra y el significado en sus vidas.

Douglas Kennedy tiene un estilo muy fluido, con un lenguaje muy accesible, se podría decir que hasta popular, pero con personalidad propia al estructurar el texto, lo cual lo aparta un poco de lo comercial. Para mi gusto, no llega a ser un autor de culto, aunque el libro resultó ser tan bueno que me conmovió en variadas ocasiones (y me hace escribir dos ensayos). De hecho te hace poner la vida en perspectiva; reflexionaba Petra Dussman cuando alguien la humillaba “¿A quién le va a importar en 100 años este momento? ¿Quién lo va a recordar? ¡Nadie!” Recordé lo sobreidentificados que estamos con el ego, aunque hay que reconocer que ella estaba sintiendo un desapego impresionante  de la vida, porque estaba en búsqueda de recuperar su razón para existir.

Al igual que me preocupe, faltando 100 páginas, de no volverme a enamorar, al terminar el libro agradecí haberlo hecho aunque sea  una sola vez de manera auténtica. Nunca fui correspondido con la misma intensidad pero, lo que sentí, fue maravilloso. No me puedo imaginar lo que ha de ser sentirlo de manera reciproca, seguro la mejor experiencia de vida. Si muero el día de mañana, lo haré feliz por haber vivido algo tan intenso.

 “Siempre nos convencemos de que un proyecto, un camino determinado hacia el futuro, será el mejor para nosotros…, o al menos conseguirá que este breve espacio de tiempo del cual disponemos merezca la pena y nos parezca de algún modo completo” – Petra Dussman

Al ver cómo terminó Thomas, en una vida cómoda, con todas las ventajas que dicta el american way of living, me preocupo un poco porque es a lo que voy encaminado. He huido a cualquier cosa que huela a amor desde hace unos años, al encontrar un pequeño atisbo del mismo, encuentro la manera de huir pusilánimemente, a la usanza del protagonista del libro. Tal vez no bajo el nombre de Thomas Nesbitt, pero sé que existimos muchos que emulamos su accionar e historia, por lo que he recibido una gran (y merecida) bofetada al visualizar mi futuro en esta obra, y es horrible, tan horrendo como casarte equivocadamente. No tengo miedo a quedarme solo, lo que me puedo echar en cara es no volverlo a intentar. Aunque esas ideas las trataré a profundidad en la segunda parte.

Hebert Gutiérrez Morales

jueves, 9 de agosto de 2012

Ignorancia y Felicidad


“Para ser auténticamente feliz es necesario cierto grado de ignorancia y/o estupidez” – Hebert Gutiérrez Morales.

viernes, 3 de agosto de 2012

¡A vivir!


Tenía años sin ir al teatro, tantos que no recuerdo la última ocasión, pero no me sorprendería que hubiera pasado una década. Mucha gente me había recomendado “¡A vivir!” de Odín Dupeyrón pero, casualmente, siempre venia en Viernes, día en que tomo mi clase estrella de Salsa, por eso nunca asistía a verla. Como nunca cambiaba el día de las presentaciones, decidí faltar a Salsa y experimentar este enriquecedor monologo. Cualquier obra que te haga reír, llorar, pensar, sentir intensamente o, en resumen, que te aporte algo debe ser vista. “¡A vivir!” logra todo eso y más, por lo cual es una inversión muy valiosa que todos deberían considerar.

                No voy a comentar el argumento porque ya he tocado varios de sus temas como: la programación que nos hace el sistema, los estándares que nos impone la sociedad, los traumas de la infancia, la educación de un niño, el ser auténtico, lo efímera de la vida, la necesidad de aparentar algo que no eres, la felicidad sin importar lo material, adicción al trabajo, religión entre otros tópicos profundos e interesantes.

                Me dio una gran pena lo irrespetuoso e inconsciente que es el público poblano. Se les pidió puntualidad y una cantidad impresionante de gente llego tarde, hecho que Odín Dupeyrón evidenció cómicamente. Se les pidió que no sacaran fotos, mucho menos con flash (porque distraen al actor), y fue justo lo que hicieron, lo cual lo molestó (justificadamente). Se pidió poner el celular en silencio o en vibrador y (de preferencia) que no lo atendieran, pero sonaron bastantes con igual número de gente contestando. Con estas pequeñas muestras no es necesario explicar por qué este país está como está cuando no podemos comportarnos con educación y/o civilidad (¡Pinche gente irrespetuosa!)

                Odín Dupeyrón tiene una creatividad impresionante, reflejada en una obra inteligente, más por la forma en que lo dice que por lo dicho en sí. Afortunadamente, ya conocía de antemano sus ideas y actitudes por lecturas, talleres, terapias, pláticas y demás herramientas de desarrollo personal. Lo refrescante fue la forma tan desenfadada, auténtica y directa de plantear las cosas, la cual resultó entretenida, creativa y honesta. Todo esto se notó en el lenguaje, en las expresiones, en los diálogos, mismos en los que nunca note una pose o un sermón, simplemente tenía la sensación de estar platicando con un amigo súper honesto.

¿Qué pasa con estas obras excelentes que te motivan a salir del aletargamiento existencial? Ya sean libros, películas, conciertos, obras de teatro, conferencias, etc. Muchos salen eufóricos, con la idea en mente “¡SÍ! ¡Ahora sí voy a vivir! ¡Voy a vencer al miedo!”, todos quieren cambiar al mundo de inmediato mediante su propia metamorfosis.

Varias veces experimente esa motivación tan cálida y apasionada después de experiencias tan maravillosas que me tocaron fibras profundas, por lo que quería cambiar todo de la noche a la mañana. Lo mismo pasa cuando se tiene una experiencia traumatizante (por ejemplo un cambio en el status quo) o rozamos la muerte (propia o de alguien cercano), nos conscientizamos de lo efímeros que somos, de lo corta y frágil que es la vida y abrimos los ojos de la programación asignada.

Durante algunos días o semanas, nos comportamos de manera amorosa, productiva y muy positiva. Sin embargo, sin darnos cuenta, se regresa paulatinamente a la rutina normal: a los mismos paradigmas, a los mismos vicios, los condicionamientos sociales que hemos traído tatuados a lo largo de nuestra vida. Seguramente personas peculiares lo podrán lograr de un día para otro, pero no creo que lleguen al 1%.

Como le comentaba a mi amiga Sam, la cual me acompaño, no me considero un ejemplo a seguir. Sin embargo, algo que sí he aprendido, es que no se puede cambiar de la noche a la mañana. Para que el cambio sea permanente debe darse de forma paulatina y consciente; modificar los mapas mentales pausada pero constantemente (como reza el dicho “Despacio que llevo prisa”). Avances pequeños que aseguran un resultado profundo, a diferencia de emular a la madre Teresa de Calcuta por dos semanas y luego volver a la  pusilanimidad  acostumbrada desde hace años.

El que pueda cambiar de inmediato, de manera efectiva y permanente, ¡Felicidades! Pero no se trata de dejarlo a los pocos días, como cuando abandonamos la dieta, la rutina de ejercicio o se reincide en adicciones como el alcohol, el tabaco, las drogas o una relación destructiva. Cuando se quiere mejorar, el compromiso es personal, porque sólo hay un gran beneficiado: el propio ser. Así como se dice que el amor es una decisión, de igual forma lo es el crecer o evolucionar, a través del diario accionar.

En el contradictorio mundo humano, ser honesto resulta MUY difícil y ser mentiroso es lo más fácil, tanto con uno mismo como con los demás. Sin embargo, al final, lo que resultó tan fácil es lo más caro, como normalmente lo es el dejarse guiar por la borregada. De igual forma, resulta muy provechoso el haber sido auténtico a pesar de que, en su momento, cuesta tanto trabajo y se requieren buenas dosis de valor.

Había una persona sentada al lado de Sam que resultaba bastante irritante, ya que se reía en los momentos en los que estábamos conmovidos. A pesar de que nos molestaba su insensibilidad e ignorancia, respetamos a la señora y no le dijimos nada. Ahí recordé que la calidad de lectura de la obra depende del nivel de desarrollo de cada cual. Igual y había más personas riéndose en momentos inoportunos porque su trabajo personal resulta bastante superficial (o inexistente). O tal vez sus mecanismos de defensa eran tan fuertes que, al tocar una fibra sensible o evidenciar su problemática, optaban por reírse antes de llorar.

                Me conformaría que un 10% de los asistentes hubiese sacado algo productivo y permanente. Ciertamente el comentario de muchos podría ser “Es una obra muy cagada que me sacó muchas carcajadas, independientemente del wey que la actúa tiene ideas fumadas, pero vela para que te rías”. Por lo menos se habrán llevado risas y eso es ganancia, aunque sería bueno que se llevaran más que la comedia: un cambio real que haga al mundo un lugar mejor o, mejor dicho, que mejoren “su” propio mundo.

Mi vida estaba diseñada para ser “perfecta” con familia, trabajo, perras, casa, coche y demás felicidad “Standard” que nos programa el capitalismo, y me esforzaba con creces para lograrlo, sin importar que lo quisiera o no, sin importar que creerá en ello o no. Cualquier realidad, hasta la de alguien tan dogmático como yo, se puede cambiar con pasos serenos.  Ahora soy un orgulloso misántropo y, por lo mismo, escéptico con los homínidos. Creo que es más moda que interés auténtico lo que lleva a las personas a ver la obra y, a pesar de ello, me da gusto que sea muy popular, que se presente ante un teatro lleno y que le aplaudan. Tal vez le demuestren a este Cabeza Dura que la humanidad tiene alguna especie de esperanza (aunque lo dudo).
               
                De todos los momentos en los que me conmoví, hubo uno en especial, cuando habla de resonar con tu “aullido”, esencia, sentimiento o manera de vivir. Cada cual le dará una lectura distinta a este pasaje sobre “integrarse a tu manada”: habrá quien lo vea como unirse a la familia, a una religión, a sus amigos o a una pareja. Son distintas las circunstancias en las que naces (sociales, religiosas, familiares, etc.) y otras las que por tu propia cuenta eliges, esos seres con los cuales tienes más en común que con muchos con los que compartes sangre. Dupeyrón lo mencionó como “manada”, pero para mí será el día en que venga una nave espacial que me lleve de regreso a mi planeta, porque estoy seguro que no pertenezco a éste. En el momento en que recordé eso, las lágrimas salieron generosamente porque, sabía exactamente a lo que se estaba refiriendo.

                Uno nace en una manada pero, conforme avanzas, vas formando la propia, y no me refiero propiamente a formar una familia convencional, ya que pueden ser amigos, confidentes, amantes, parejas, hijos y demás seres que comparten un lazo que va más allá de lo genético. Cuando encuentras alguien con quién resonar, sin tener que pensar igual, pero con la actitud productiva de crecer juntos, es muy valioso. A pesar de vivir solo, soy afortunado de haber encontrado a algunos miembros de mi clan, la mayoría féminas, lo cual es irrelevante cuando tienes un nivel de identificación en el cual no importa raza, género o edad.

                Los humanos somos absurdos, y yo he de ser el mayor de todos, porque he alcanzado la certeza cognitiva de que es más fácil ser feliz que infeliz en este planeta, es más fácil ser productivos que miserables y, sin embargo, me falta la certeza sensorial. Aún así me atrevo a criticar a los que optan por las desgracias antes que los privilegios porque no se sienten “dignos”. Esta obra evidencia lo ridículos que resultamos como raza.

                Se necesita más que una visita al teatro para cambiar, la voluntad propia es elemento fundamental. Los que realmente se atreven a vivir saben amarse al aprovechar una única existencia. Estamos tan condicionados que con dinero compras lo que sea que, pareciera, estamos convencidos que podemos comprar otra vida. Tanto ha permeado el sentimiento de posesión y de miedo que aunque nos sabemos mortales, casi todos actuamos como si no lo fuésemos. Lo que hagas es ganancia propia y lo que se deje de hacer es en perjuicio propio. No es una vida de “mentiritas” como en los videojuegos, en donde puedes tontear todo lo que quieras para que, posteriormente,  “ahora sí” juegues de verdad.

                Nos creemos tan sabios por parlotear que el dinero no es la felicidad, que hay que amar a nuestros seres queridos porque desconocemos cuándo se van, que la mejor forma de encontrar el amor es ser auténticos, que se trabaja para vivir no se vive para trabajar y demás hechos que dicta el sentido común. A pesar de que “sabemos” todo eso, ridículamente casi nadie actúa conforme a ello, sólo los iluminados, freakeados, pachecos, fumados o cómo los quieran etiquetar, esos “loquitos” que actúan en contra de los cánones establecidos y que son fuertemente censurados (aunque en realidad no le hagan mal a nadie). Como actúan diferente a la mayoría tienden a ser objeto de burlas pero, si nos ponemos a pensar un poco, ¿A dónde nos ha traído actuar conforme a los Estándares Sociales? ¿Por qué hay tanto sufrimiento? Bien se dice que el humano es el único animal en la naturaleza que espera conseguir resultados diferentes realizando la misma acción.

                A lo largo del monologo, constaté distintos de los cuestionamientos que he recibido sobre mi accionar por distintas personas, recordé lo importante que me era complacer a todos y me siento aliviado que, con el paso de los años, cada vez me son más irrelevantes sus críticas. No voy a negar que, ocasionalmente, pueden plantarme un par de dudas, pero quiero aprovechar este párrafo y dedicárselo a todos esos metiches diciéndoles, de todo corazón, ¿QUÉ LES IMPORTA MI VIDA?

                Hay personas que en realidad me quieren y les importo, casi ninguna comparte mi manera de pensar o los conceptos que tengo sobre la vida, PERO me tienen el suficiente cariño y respeto para aceptarme tal cual soy. Aunque piensen que estoy equivocado, en ningún momento ridiculizan o descalifican mis ideas, creencias o sentimientos (aunque sí me dan su opinión al respecto).  Por lo mismo, estoy muy agradecido con mis seres queridos por serlo y, al resto, les digo que resuelvan sus asuntos antes de inmiscuirse en los míos.

                Muchos opinarán que la obra es una auténtica pachequez cómica y otras dirán que es lo mejor que han visto en su existencia. Sin caer en ninguna de las dos posturas, se las recomiendo ampliamente porque vale mucho la pena. Afortunadamente cuando uno ríe de manera autentica, los mecanismos de defensa tienden a bajar la guardia y ¡zas! como cuchillo en mantequilla entra algún comentario trascendental, ya que toma la mente abierta y el corazón indefenso. Es una inversión de dinero y tiempo muy inteligente y, con suerte, acaban perdiendo algo que les estorba: algún miedo, algún prejuicio o algún resentimiento. Lo que cada cual saque depende del amor, interés y voluntad por aprovechar esta vida.

                Pocos se atreven a ser como son por el miedo al rechazo o a hacer el ridículo pero, como mencionan en algún momento, ¿Quién se va a acordar en un siglo de que hicieron el ridículo? ¿De sus problemas? ¿De sus carencias? ¿De sus asuntos pendientes? ¿A alguien le va a importar en el futuro tus vergüenzas, fracasos u odios actuales? Y, aunque alguien se acordara, ¡tú ya vas a estar muerto! Y no te va a afectar la historia escrita.

Esta puesta en escena es una crítica inteligente a aspectos que se interponen, que nos enajenan o distraen de nuestra paz y felicidad: al capitalismo, a la sociedad, a la religión, a las imposiciones familiares, al trabajo esclavizante y demás. Pero más que cualquier otra cosa, es una crítica a los máximos responsables, mismos que encontramos a diario en el espejo.

Cada cual ha forjado la realidad que merece. El problema no es la vida que tenemos, sino que nos hacemos las víctimas por tenerla. Cuando nos hacemos conscientes de que somos responsables de nuestro destino, ahí se muere la víctima y nace un ser digno, listo para salir al mundo de manera productiva. Gracias a muchas herramientas que he adquirido desde hace cinco años, he ido superando muchas trabas personales y, considero, estoy viviendo una etapa muy productiva de mi vida (y sé que aún falta lo mejor).

                No importa lo rico o pobre, lo guapo o feo, lo feliz o infeliz, lo exitoso o fracasado, lo realizado o frustrado, lo gordo o lo flaco ni nada de lo que mencionen, hay un hecho irrefutable e imparable: todos moriremos. No importa si recibiste o no lo que querías, si cumpliste o no tus sueños, si tuviste o no una familia, no hay devoluciones. Sin importar los rencores o arrepentimientos tengamos, nadie nos va a dar más tiempo para resolverlos, porque ya tenemos demasiado  disponible.

La vida sigue y no nos da tregua hasta que nos decidamos a resolver las cargas que llevamos en nuestra alma. Cuando dejemos de ser tan mezquinos y miedosos,  afrontaremos las consecuencias de nuestros actos. Lo triste es que se nos acaban los días y esos pendientes se quedan sin resolución, pareciera que esperamos que se nos dé otro chance “porque es justo” ¿Por qué esperar al lecho de muerte para abrir el corazón? ¿Por qué sólo así uno acepta disculpas honestas? ¿Acaso nuestro orgullo o ego son tan grandes que nos impiden actos de amor por considerar que nos debilitan cuando, en realidad, nos fortalecen?

Todos moriremos, lo malo es que no todos aprendemos a vivir. Lo maravilloso de la vida es que uno la hace tan provechosa o tan miserable como quiera. No es un producto terminado que te llena o te frustra sin cambio alguno. Cada cual es dueño de su destino y hay que hacer algo bello, provechoso o, simplemente, podemos esperar a la muerte al anhelar a alguien que resuelva los problemas.

                No sé qué tan feliz soy ahora, pero sé que lo soy  más que antes y voy en camino para lograr una plenitud espiritual y paz personal constante. A pesar de lo necio que soy, he logrado avanzar, cambiar algunos dogmas y animarme a actuar diferente a lo que aprendí. Durante la obra identifique muchos deseos, paradigmas, prejuicios, programaciones, miedos, creencias y demás que hacían de mi existencia un sufrimiento perpetuo, por lo que me sentí bien de haberlos dejados atrás. De igual forma, también reconocí algunos que siguen vigentes en mi ser, y me avergoncé porque continúan ahí. En general me sentí tranquilo por esa consciencia y saber lo que debo de hacer (Dejar de ser tan cobarde sería un buen primer paso) y así atreverme ¡A VIVIR!

                Hebert Gutiérrez Morales.