lunes, 19 de diciembre de 2011

Justo

“A todos nos gusta lo que tenemos y lo que somos porque, de no ser así, ya hubiéramos hecho algo por cambiarlo” – Hebert Gutiérrez Morales.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Y llegó el día en que encontré a mis Delfines

          Al cambiarme a mi nueva área, se me pidió organizar mis días de vacaciones; no tenía nada especial planeado, sólo utilizar los que tenía pendientes para saldar mi cuota anual. No sé qué fue lo que pasó, pero algo se apoderó de mí (tal vez el espíritu de Flipper) y, casualmente, Manuel pasó por mi lugar, por lo que le dije: “Vámonos a ver a los Delfines a Miami” y él me dijo “Bueno”.

            Después de convencer a Iván, nos movimos, pagamos y aquel día de Septiembre, que me había levantado sin planear nada al respecto, ya teníamos reservado el vuelo, el hotel y los boletos para ver a los Miami Dolphins contra los Oakland Raiders el pasado 4 de Diciembre.
Las bonitas banderolas en el Sun Life Stadium

Para mí esté era un viaje especial porque, como ya explique en otro ensayo, mi amor por los Fins es enfermamente incondicional. Los detalles del viaje los dí en el ensayo anterior, en este sólo voy a hablar de lo que observe antes, durante y después del partido, el cual ganó mi equipo de manera holgada 34 a 14.

Me sorprende como hay personas que son capaces de pagar $25 USD de estacionamiento sólo para hacer el Tailgate con sus amigos y disfrutar el ambiente. Honestamente usaría (un poco más de) ese dinero para hacer una pequeña reunión en mi casa y ver toda la jornada de manera cómoda. Sin embargo, entendiendo que no hay deporte más grande en Estados Unidos, creo que todo el mundo quiere ser parte de ello de alguna forma, aún sin ver el partido en vivo.

A pesar de que la afición de los Delfines no es la más fiel ni la más leal con el equipo, me llama la atención el ambiente de fiesta que se respira desde antes del juego; lo cual me dejó claro lo importante que resulta el Fútbol Americano en este país (al igual que en mi ser). Es como una especie de feria alrededor del estadio, hay puestos de comida, hay actividades recreativas relacionadas con este deporte, hay miniconciertos, presentaciones de las porristas, ceremonias en las estatuas fuera del estadio, regalo de Souvenirs, estaciones de radio y, obviamente, venta de muchos artículos oficiales de mis Dolphins (afortunadamente iba corto de recursos, porque de lo contrario hubiera comprado muchas porquerías con el logo de mi equipo).

Triste, pero es raro que se llene el estadio
Sé que he criticado a los nuestros vecinos del norte con todo lo que he podido (aunque soy justo y también lo he hecho con mi propia tierra), pero algo que voy a reconocer de manera honesta es la pasión con la cual cantan su himno. Me queda claro que están muy orgullosos de su país, porque ni en México he sentido esa intensidad, solemnidad y respeto al momento de entonar el himno nacional. El canto del mismo es parte del show inicial, junto con la presentación de los jugadores, lo que enciende el ambiente entre público y jugadores.

Algo que me resulto evidente es que los estadounidenses son muy serios y profesionales en la organización de sus eventos. Por ejemplo, en el estadio existe la posibilidad de reportar, vía SMS, a aficionados con un comportamiento incorrecto. En el mensaje das la ubicación y características del mismo y de inmediato llega seguridad y retiran al gamberro. Estos detalles promueven una convivencia pacifica entre los espectadores y hace que disfrutes el espectáculo en un gran ambiente. En México, llegue a ir a bastantes partidos de Soccer, y son pocos los que denuncian, basado en cobardía y en la poca eficiencia de las autoridades, así que los malandrines salen normalmente impunes.

En el ensayo pasado escribí sobre la ñoñez de los habitantes de este país, esa misma que se hizo presente durante el partido. Tal vez en México estemos demasiado maleados, pero en verdad me enternecía la inocencia con la cual vivían las acciones del juego, el modo de reaccionar a las motivaciones de la pantalla y el sonido local, las formas de euforia que expresaban. Esta parte no la cuestiono, es más, creo que los envidio por vivir un deporte tan rudo y fiero de una forma tan benigna. Aunque creo que sólo es el público en Miami, porque hay lugares (como Philadelphia), en dónde se dice que la afición es más hostil.

Estatua a Don Shula, el Entrenador más ganador
Debido al ambiente tan sano, cada vez que había una buena jugada, invariablemente, venía un “Give me five!” con algún otro aficionado y lo hacías con gusto, por el hecho de vivir un pasaje de auténtica euforia con alguien totalmente desconocido pero que, en ese momento, son grandes amigos al compartir la felicidad por el éxito del equipo de ambos, dejando atrás cualquier sentimiento de recelo que pudieras tener por tus diferencias fuera del estadio.

No cabe duda que en los detalles se nota que la organización de este espectáculo está a un nivel superior. Por ejemplo, hablando de los vendedores, en ningún momento se te atraviesan, sólo andan por los pasillos o escaleras, por lo que te respetan como espectador. Si alguien de media fila quiere algo, pasan el producto de mano en mano y el dinero regresa por la misma vía. Y ya que menciono la venta de bebidas, también es de alabar que no elevan los precios tres o cuatro veces (como pasa en México) sólo porque estás dentro del inmueble, obvio los precios son un poco más altos, pero dentro de un límite razonable.

El medio tiempo fue emotivo, ya que ingresaron al anillo de honor a Jim “Mad Dog” Mandich, el cual fue parte del equipo invicto de 1972, además de locutor del equipo, el cual murió hace unas semanas de cáncer. Habló tanto Don Shula como el hijo del finado, y fue una ceremonia breve pero bonita.

La Parka (Iván) y su servidor
Dentro de todo lo que me encantó de esta visita al Sun Life Stadium fue el estadio en sí, y es que tiene un diseño tan inteligente que te permite una perfecta visibilidad desde cualquier punto. Nosotros estábamos hasta el último piso, pero disfrutamos el partido con plena claridad, sin necesidad de binoculares. No cabe duda que un inmueble bien diseñado privilegia el disfrute de cualquier show. Por ejemplo, el estadio Cuauhtemoc de Puebla tiene un tamaño similar al de los Delfines, pero la visibilidad no es la misma, algo que hubiera pensado ridículo pero, ahora que lo capte con mis propios ojos, me resulta sorprendente.

Cuando veo el Fútbol Americano por la TV, las tres horas de partido pasan despacio, a veces hasta me preparo con calma algo de comer y con la misma calma puedo ir al baño, y demás actividades. Sin embargo, como decía Einstein, el tiempo ciertamente es relativo: las tres horas se me fueron volando. Tal vez era porque estaba disfrutando mucho el encuentro, tal vez por la novedad que representaba todo a mi alrededor, tal vez por sentirme en casa rodeado por tanto fan a mi amado equipo. Son muchos factores que me hicieron disfrutar el juego con una infantil inocencia.
La tienda del equipo

Algo que, en teoría, también se hace en México, aunque no siempre en la práctica, es la política con la venta de cerveza. En el estadio no te venden alcohol después del tercer cuarto o, en el caso del Baseball de la séptima entrada (los Marlines de grandes ligas juegan en este mismo lugar). Obviamente esto es una buena medida para que se les vaya bajando lo “alegres” a algunos borrachines, hecho que agradecemos los que somos abstemios.

Mis novias las porristas
Cuando voy a cualquier espectáculo, en México obvio, opto por entrar al baño antes de que inicie el show, y no tomo nada para no tener que regresar a ese lugar que se torna insoportable para mi sensible nariz. Esa falta de cuidado a la higiene de los sanitarios no la entiendo porque es en perjuicio de todos, así que todos los asistentes deberíamos cuidar la limpieza de dichos lugares. En Miami me lleve la grata sorpresa que dichos lugares estaban limpios no sólo antes, sino también después del encuentro. Esto me habla de un gran respeto por parte de los aficionados que se comportan con educación por el bien propio y el ajeno.

Otra diferencia notable entre mi país y los Estados Unidos es la hora de salida del lugar. Cuando un evento multitudinario acaba en México, uno debe contar (por lo menos) con que va a perder una hora en su auto sin avanzar, en espera que los automovilistas te dejen pasar y las autoridades se organicen para agilizar el tráfico. En Miami efectivamente había muchos autos pero la salida fue bastante ordenada, por no decir muy civilizada porque todos avanzábamos, se respetaba el uno a uno y, en ningún momento, escuche un claxonazo.

Iván, Manuel y yo.
No es casualidad que la NFL es la liga más exitosa, competitiva, productiva y organizada a nivel mundial, sin importar cual me mencionen (y está comprobado). Me lleve la agradable sorpresa en mi mail: un día después del partido recibí una encuesta de satisfacción al cliente, en la cuál se me pidieron mis opiniones y calificaciones sobre mi experiencia NFL. Este cuestionario no estuvo únicamente enfocado a mi equipo, sino a la liga en sí. En verdad debo reconocer que los estadounidenses están muy comprometidos con este deporte y demuestran su profesionalismo y seriedad en cada detalle al momento de organizar eventos.

Tal vez si la victoria de los Dolphins hubiera sido más cerrada y/o emocionante, mi experiencia hubiera sido totalmente plena, pero aún así me fui feliz, tanto por la victoria como por haber vivido un partido profesional de Fútbol Americano, algo que llevaba esperando desde hace 27 años. Ciertamente espero que sea el inicio de una tradición personal anual.

Hebert Gutiérrez Morales.

sábado, 10 de diciembre de 2011

I am in Miami, Bitch!

            La frase que titula a este escrito la ví en un par de camisetas en mi visita a Miami, y me encantó tanto que la use para este ensayo. Obviamente, para los que no entienden el chiste, lo correcto sería decir “I am in Miami Beach”, pero la frase trasgresora de arriba me gustó más.

            Al ser tan influenciados por nuestros vecinos del norte, en México, tenemos una percepción de lo que es Estados Unidos pero, hasta que uno viaja y respira la cultura gringa, es cuando puede corroborar (casi todo) o desmentir (casi nada) los conceptos que tenemos de los Anglosajones y su forma de existir.

            Desde pequeño siempre conocí a distintas personas (compañeros, familiares, conocidos o amigos) que viajaban al norte de nuestra frontera; en un inicio me llamaba la atención pero, conforme crecía, fue disminuyendo esa expectativa hasta ser casi nula. Sin embargo algo más poderoso que yo me hizo viajar a Florida, con mis amigos Manuel e Iván, esa misma fuerza que me hizo recontratar mi servicio de TV: La NFL y, sobretodo, los Miami Dolphins.

            En otro ensayo escribiré sobre mi experiencia en el partido de los Dolphins contra los Raiders, pero ahora voy a hablar del viaje en sí, el cual resultó bastante interesante en aspectos puntuales, los cuales me ampliaron el horizonte de lo que percibía de la cultura gringa.

            Para empezar, verifique que tanto la economía como el modus vivendi de los Estados Unidos se basan en un consumismo ridículamente extremo; para muestra basta ver la cantidad de productos absurdos, pero creativos, que tienen a la venta: toilettes para gatos, relojes y cámaras estrafalarios, lentes espías, chalecos para perros ansiosos, ejercitadores para oficina y demás mercancías que me provocaron más de una carcajada.

             Ahora, analizando el lado positivo de esta situación, esa creatividad que se promueve resulta muy beneficiosa ya que, eventualmente, logran lanzar algún invento revolucionario por otros 99 que son auténtica basura. Hay que reconocer que el éxito económico de nuestros vecinos norteños también se basa en la imaginación e inventiva de sus habitantes y eso los mantiene en un círculo virtuoso, algo que en México debemos aprender: es mejor expresar ideas ridículas, ya que alguna puede resultar, en vez de inhibirnos por miedo a quedar en vergüenza.

Un hecho que no puedo dejar de mencionar es la impresionante cantidad de latinos que hay en Miami, estoy seguro que la mayoría del tiempo hable en español y muy poco en inglés (que luego se me cruzaba con el alemán), además encuentras gente de todo el continente americano y te da un gran gusto encontrarte con “hermanos” de la misma sangre en un lugar ajeno, es una especie de sentido de pertenencia. El trato de la gente latinoamericana resultó cálido como siempre, además te sentías bien de ser mexicano porque se captaba el gusto en sus caras.

Tal vez por ese exceso de gente de sangre caliente fue que no capte gran diferencia al momento de manejar en Florida como se hace en México. Obvio no llegan a nuestro nivel de violencia y desorden, pero tampoco son tan civilizados como lo son los alemanes para conducir. Para dar un veredicto, tendría que manejar en una ciudad más sajona y menos latina.

Al ser el país de los excesos, la comida no podía quedar fuera. Esta nación vive para comer, y eso lo corroboro en las porciones tan obscenas de alimento que consumen y desperdician. Tal vez por eso están interesados en combatir el hambre en África: para mitigar la culpabilidad que (creo) tienen al desperdiciar tanto.

Obviamente dicho consumo de alimento trae otro problema conocido de los Estados Unidos: la obesidad. A pesar de que los habitantes de Miami son muy vanidosos (tal vez por la fuerte presencia latina), sí pude ver una cantidad grande de gente gorda. Los que saben dicen que Miami no refleja la realidad de toda su nación, ya que en lugares como New York, Chicago, Nashville, San Antonio, Houston y demás ciudades, la cantidad de gente obesa es impresionante, lo cual es natural con la grosera cantidad de comida que consumen sentados frente a alguna pantalla.
 
             A pesar de las hermosas mujeres que vimos durante el viaje, hubo otro hecho que me llamó la atención: la cantidad de gente desarreglada que observe a lo largo de los tres días que duró nuestra estancia. Este hecho se contrastaba con la gente latina de diversos lugares, la cual siempre andaba impecable y arreglada. Supongo que el desinterés de los gringos se basa en un sistema consumista que te desgasta como ser humano y, de a poco, va mermando tu alegría por vivir (es sólo mi teoría).

Ahora, es cierto que en Alemania hay gente fachosa pero con dos diferencias de fondo: Es totalmente distinto ser desaliñado por estilo y otra cosa es descuidarse por falta de amor propio; la otra razón es que el impacto, del desinterés, se incrementa si no estás en forma y los teutones tienen una fuerte cultura física, por la autoestima que tienen, que se refleja en su salud corporal y mental.

Continuando con la apariencia física, algo que me estreso bastante fue el ver a tantas personas tatuadas. Personalmente encuentro estéticos tatuajes pequeños, bien hechos, con gusto o clase y colocados en lugares estratégicos, sin embargo, ver gente que tiene todo el cuerpo garigoleado, con imágenes grandes que pecan de grotescas, me hace estremecerme del asco. Me pareciera es que esa necesidad de flagelarse a través de una cicatriz (que a fin de cuentas es lo que son estos dibujos corporales) es una muestra de tanta violencia contenida y que desahogan hacia sus mismos cuerpos.

Otro detalle que me incomodo fue la llegada al Aeropuerto, debido a la hora perdida en la revisión de migración, ya que la cantidad de gente era enorme y el servicio no era ágil. Mi enojo se debió a que, para sacar una visa gringa, a uno sólo le falta presentar la fe de bautismo, ya que la cantidad de documentos y comprobantes a llevar son demasiados, además del escrutinio con que eres cuestionado llega a ser ofensivo.

Entiendo que hay mucho inmigrante ilegal y que los quieren evitar a toda costa, y los comprendo al 100% en la postura por proteger su bienestar, pero también debería prevalecer el sentido común al tratar a los turistas extranjeros que van a dejarles (muchos o pocos) dólares a su economía. A pesar de ello, te vuelven a cuestionar, te toman las huellas digitales y una foto para monitorear, y asegurar, el momento en el cual abandonas su “bendita” tierra.

Aunque ningún estadounidense fue descortés con nosotros, no capté un trato auténticamente honesto. Tengo la impresión que los gringos son amables por esa misma paranoia en la que viven, en donde las demandas estúpidas abundan por todos lados y por cualquier pretexto. Ese mismo miedo a no dañar a nadie es el motivo de su amabilidad, pero no porque la sientan en realidad.

Hay un hecho que complementa perfectamente este ensayo y el cual leí en el libro “Más Platón y menos Prozac” de Lou Marinoff: ¿Conocen ustedes la diferencia entre culpabilidad y vergüenza? A continuación se explica a nivel países:

La cultura alemana siente vergüenza de lo que pasó con Hitler, saben que fue un pasaje negativo que manchó su historia y en ningún momento reniegan de lo acontecido, lo aceptan y les da pena que haya sido un dirigente alemán el protagonista, pero hasta ahí, ya que los germanos actuales saben que ellos no son responsables de lo que pasó hace más de 60 años. Los teutones siguen con su vida, dando un trato justo no sólo a judíos, polacos o rusos, sino a todo aquel ciudadano que pisa sus tierras (incluyendo a los turcos que se esmeran en no ser dignos del mismo).

La cultura gringa se siente culpable por la esclavitud a la que sometieron a los negros pero, más que aceptarlo y seguir con su vida, ¿qué hacen? Tratan de aligerar “sus” cargas, sin importar que los verdaderos tiranos fueran antepasados que murieron hace muchas décadas. Así que los gringos dan un trato preferencial a las minorías, a través de becas, leyes y otras concesiones. ¿Cómo reaccionan, por ejemplo, los negros a esto? Con auténtica indignación, ya que lo toman como limosna y por ser tratados como una especie de raza inferior que necesita ayuda (como ciudadanos de segunda clase).

Interesante, ¿verdad? Ahora ¿Por qué demonios les pongo todo este choro? Para ejemplificar el trato que sentí en ambos lugares. En el país europeo sentí un trato cordial, honesto y hasta cálido por parte de la mayoría la gente, sin embargo, en Estados Unidos el trato del Anglosajón era amable pero algo forzado, sin veracidad, esto porque no era bien recibido en el fondo pero, por miedo a las consecuencias, debían comportarse civilizadamente. Tal vez, hacia sus adentros, me decían “Go Home Wetback!” pero en vez de eso me decían “Have a nice day Sir”.

Volviendo al tema del consumismo, fuimos a uno de los Centros Comerciales más grandes del mundo (sino es que el más grande) llamado Sawgrass Mills. Es algo impactante, un reflejo fiel de la cultura gringa, un monumento al consumismo capitalista en su máxima expresión, con una cantidad enorme de tiendas, casi todas con ofertas irresistibles y llenas de compradores enloquecidos. El sistema esta planeado para que consumas sin parar, sin importar que lo te endeudes. Es un reflejo fiel y puro del decrepito capitalismo, mismo que está llegando a sus límites, prueba de ello los recientes problemas económicos a nivel mundial. Cuando caduque dicho sistema ¿Qué va a ser de los estadounidenses cuyo Status Quo está basado en consumir sin freno?

Es tal es acoso comercial al que uno es sometido que, ni siquiera yo, que cierro la cartera en estos meses, pude evitar comprarme unos perfumes a la mitad de precio, de lo que normalmente me hubieran costado en México, pero que a fin de cuentas no eran un gasto planeado. Tal vez, si no tuviera que dar un pago fuerte de mi casa en este mes, es factible que me hubiera “soltado el pelo” y comprase sin restricciones. Me voy a abstener de mencionar todo lo que mis amigos compraron por respeto a su privacidad, pero ciertamente fue bastante.

             Ahora, otro tema que no puedo dejar de mencionar es la cantidad infinita de mujeres hermosas que vimos. Obviamente no todas lo eran, pero mis amigos y yo andábamos como perros en carnicería: con la boca abierta y babeando por el bello espectáculo. De hecho, quitando a las que no nos resultaban atractivas, había tres categorías: Buenas, Buenísimas y “¡No me “$%&#%! ¡No puedo creer que existan mujeres así en este mundo!” 

Obvio no todas esas linduras eran gringas, calculo que la mitad eran estadounidenses y la otra mitad eran latinas. También ayuda el clima tropical, ya que promueve el uso de pantaloncitos cortos y falditas que permiten admirar toda la perfección anatómica de las féminas. Honestamente, sólo por ver todas esas bellezas, valió la pena el viaje, lo malo fue regresar y dejarlas atrás :-(

No sólo vimos mujeres así en el Mall o en el Estadio, también fuimos a un club nocturno llamado “Mango’s” en dónde las bellezas abundaban (todavía llevo en mi “corazón” a dos que sacaron a mis ojos de sus orbitas). Ya hablando de baile, me estaba sintiendo frustrado, porque fueron seis (¿o siete?) mujeres que se negaron a bailar conmigo. Fue hasta que una güera, que tenía de guapa lo que tenía de amable, y una mulata dominicana, muy alegre, las que accedieron a bailar conmigo y ya me sentí feliz (y más tranquilo).

Regresemos al tema de la comida, debido a los comerciales gringos que he visto en el SKY, tenía la expectativa/sueño de comer en el Buffet llamado “Golden Corral” y recordé que uno debe tener cuidado con lo que desea, porque se le puede cumplir. A pesar de que en mi tierra sobresalgo por mi gula, en Estados Unidos fui humillado por profesionales. Yo, que me consideraba un tragón de élite, fui bajado de mi nube al conocer a estos seres enfermos de otro planeta: ¡Qué bárbaros! ¡Cómo comen!

Por primera vez experimente algo que no me había pasado: estaba hastiado de comida. ¿Por qué comen tanto? Tal vez por la angustia en la cual viven, tal vez por cuidarse de ser demandados, tal vez por la necesidad de consumir tanto como les sea posible en todos los aspectos de su vida y por eso tragan sin parar. Es más, aún no acababa de digerir y veía con sorpresa que ¡ya era hora de comer otra vez!

Lo que me hace más increíble dicha gula es que los platillos no son nada del otro mundo, son bastante simples, es más, las versiones mexicanas de su misma comida es más interesante que la que le dió origen. Además, aunque los víveres en todo el mundo se tornan menos naturales con el paso del tiempo, me llamó la atención lo difícil que resultaba digerir la chatarra que los gringos tienen por alimento, tal vez sea por tantos conservadores, grasas, colorantes, saborizantes, carbohidratos y demás. Casi nunca sufro problemas estomacales pero, en esta ocasión, vaya que sufrí malestares por la mala digestión, y los que sufrieron las fétidas consecuencias fueron mis compañeros de viaje (ya lo tenía traumatizados a los pobres).

Volviendo a los efectos de la paranoia en la que viven los gringos, debido al miedo de ser demandados, afectados o no afectados por terceros, tiene dos fenómenos diametralmente opuestos: Alguna vez escuche que el gringo promedio es Homero Simpson y ahora que visite la tierra de las barras y las estrellas, lo corroboré con mis propios ojos, ya que el habitante Standard de este lugar es muy ñoño, bobo y hasta vacío, son demasiado simples, y creo que a eso se ven orillados como instinto de conservación para no ofender a nadie alrededor. Aunque también es fomentado por su incultura, ya que para ellos sólo existe su nación (cuyo mayor atractivo es el consumo enfermo) y al resto de países nos hacen el favor de habitar en “su” mundo. El otro efecto de su paranoica vida, al verse tan truncados en su libertad y no poder ser ellos mismos, desahogan esos instintos retenidos (incluida la violencia natural del humano actual) a través de perversiones más enfermizas que las del resto del mundo.

Retomando un tema que toque en mi ensayo sobre Alemania, me parece que en México tenemos más libertad que en Estados Unidos y que en el país teutón. Nuestros vecinos del norte se portan bien por miedo a ser demandados por cualquier persona (incluidos familiares); el buen comportamiento de los alemanes se basa en reglas estrictas y sanciones severas que los mantienen bien alineados. Ciertamente nosotros los mexicanos tenemos tanta libertad que degenera en el libertinaje y caemos en las faltas de respeto hacia el prójimo, hacia nosotros mismos y hacia nuestro país, ¿cuál de los tres venenos prefieren?

Durante una comida en el trabajo, dos compañeros discutían en dónde es mejor vivir, si en Alemania o en Estados Unidos. Ambos dieron argumentos muy válidos, soportando la perspectiva de cada cual; sin embargo, ahora que conozco una parte de ambos países, no tengo duda alguna en decantarme por los teutones, porque es una cultura más interesante, organizada, madura, auténtica y respetuosa, algo que es factible que nuestros vecinos del norte jamás alcancen, sobretodo si continúan por el camino del consumismo extremo y sin sentido.

A pesar de la monstruosa influencia que tenemos de los gringos, el último día de mi visita, ya estaba harto de su “cultura”. Comprobé, con cierta alegría, que los mexicanos seguimos teniendo una personalidad propia, a pesar del bombardeo mediático e ideático al que somos sometidos por nuestros vecinos norteños. Me resulta increíble que una sociedad tan hueca, consumista, paranoica, ególatra y falsa tenga una presencia tan apabullante en el resto del mundo y, sin embargo, aún son el país más importante del mismo (por algo ya llevo dos escritos dedicados a ellos, contando éste).

Es claro que Florida no puede definir la totalidad de la cultura estadounidense, así como tampoco lo hace Puebla con México o Baden-Wüttemberg con Alemania, pero sí es un hecho que cada uno de esos estados tienen mucha esencia de lo que identifica a cada uno de los países a los cuales pertenecen; por eso mismo, es factible que muchas de las percepciones que les comparto se acerquen bastante a la realidad.

            Hebert Gutiérrez Morales.

viernes, 2 de diciembre de 2011

El Robo de la inocencia

            Me pareciera que toda la inocencia con la que naces es una especie de divisa, con la cual vas pagando las experiencias que obtienes en la vida. Debido a esta transacción hay dos tipos de riqueza: La madurez y la inocencia misma. Por lo mismo llegamos a envidiar a los infantes, por todas las ilusiones y limpieza que tienen en su ser y, por otro lado, admiramos a la gente sabia, por toda la experiencia y conocimiento que han acumulado a lo largo de los años.

            Mientras leía “Donde Mejor Canta un Pájaro” de Alejandro Jodorowsky, había un pasaje en dónde sus padres se encuentran con un pseudo Mesías y, mientras transcurría el relato, ya vislumbraba la estafa próxima de la cual iban a ser objeto. Efectivamente aconteció como me lo imagine y ahí recordé algo similar que me paso al leer otra obra.

Mi amiga Lesly es la principal proveedora de lectura que tengo, ya que ella lee en cantidades industriales y luego me presta sus libros. En alguna ocasión me dió “La Danza del Chivo” de Vargas Llosa, al comentar lo que llevaba leído y darle mis suposiciones de lo que iba a pasar, me dijo que tenía una mente cochambrosa por lo malpensado que soy y que estoy muy maleado. Todo esto se dió porque vislumbre, de manera temprana (ni el 20% de la historia había leído), la razón por la cual la protagonista había abandonado República Dominicana. Mi amiga no comprendía que yo adivinara algo tan perverso ya que, cuando ella llegó a esa parte de la obra, entró en shock por lo enfermiza que resultó la situación.

            Son pocas las obras (léase libros, series, películas, historietas, documentales, etc.) que me llegan a sorprender. Tal vez esto sea producto de la poca creatividad humana, bien dicen que no hay nada nuevo bajo el sol o, como canta Miguel Bosé, “somos los mismos envueltos en novedad”. Es factible, como dice mi amiga, que este muy maleado y lo podría creer pero, por fortuna, todavía llego a encontrar alguna historia que me sorprende con algo inesperado, aunque ciertamente son las menos. En un futuro escribiré sobre el género en dónde encuentro más creatividad y me veo asombrado constantemente, a pesar de tener también muchas obras muy predecibles: el Manga y el Anime. Tal vez sea porque la japonesa es una cultura con personalidad tan sui géneris que le acomoda bien a mi inconsciente.

Ciertamente puedo ser muy ingenuo en algunas ocasiones (sobretodo al momento de relacionarme) pero las experiencias de la vida lo hacen a uno ser mal pensado y procuras tomar precauciones. Esto se debe a la “lacra” social con la que uno tiene contacto, aunque no quiera, ya que es la mayoría de la Sociedad. Esto hace que el paradigma de la existencia cotidiana se vaya transformando.

Por ejemplo, hubo una noche en la cuál me robaron los espejos del auto, con todo y carcazas. Cuando me subí y empecé a manejar, no me dí cuenta del atraco, es más, al voltear a espejear, mi cerebro no comprendía por qué no podía hacerlo, no entendía que dentro de un estacionamiento se robaran algo del auto, era incomprensible para mi psique. Como estacionamiento mexicano típico, no se hacían responsables de robos por lo que, a partir de entonces, me fijo no sólo en qué lugar estaciono mi auto, sino también que esté cerca de la caseta para que los ladrones se inhiban un poco más.

Ni siquiera la “protección divina” surte efecto ante los cacos. En alguna ocasión acompañe a mi entonces esposa a la Iglesia, no entre al templo pero me quede a la entrada en gesto de solidaridad. Cuando subimos al auto, que estaba estacionado al lado del recinto, arranque pero avance con dificultad. Algún familiar de ella me hizo notar que se habían robado la llanta, hecho que me extraño bastante, porque este país es enfermamente católico pero ni eso basta contra la desvergüenza de los ladrones. Eso lo tome como un “mensaje divino” en donde se me decía “No vuelvas a venir a la Iglesia”.

A lo largo de los años me han quitado dinero, neumáticos del auto y espejos del mismo. Sin embargo, aunque no fue el más oneroso, el robo que más me ha marcado en toda mi historia fueron unos boletos de circo, los cuales me han traumatizado a lo largo de mi vida. Fue la primera vez que me atracaron y mi indignación era monumental.
                       
Aquella ocasión, un primo y yo habíamos comprado las entradas para ir al Circo, mismos que balanceaba en mi mano porque la emoción de tenerlos era grande, yo tendría alrededor de ocho años. Fue entonces cuando unos mocosos, calculo de mi misma edad, llegaron sigilosamente por atrás y ¡me los arrebataron!; aunque corrimos tras de ellos, nunca pudimos alcanzarlos. Lloré inconsolablemente por mucho tiempo, sin importar que mis padres me hayan comprado otros tickets.

Ahora comprendo que mi llanto iba más allá de las entradas al espectáculo, estaba llorando porque aquel día me di cuenta que el mundo no era bueno. Cuantitativamente fue el robo más barato de mi vida sin embargo, de manera cualitativa, ha sido el atraco más grande que jamás experimentaré porque nunca recuperaré lo que perdí aquel día: el primer pedazo de una inocencia inmaculada.

Aunque el precio fue muy alto en aquella ocasión, el aprendizaje también lo fue, a partir de entonces empecé a tener más cuidado con mis posesiones, a no confiar a las primeras de cambio y a no fiarme de que todo el mundo es bueno. A pesar de todo ello, no pude evitar ser robado nuevamente a lo largo de mi existencia pero, de no haberme robado los boletos de circo, seguramente, hubiese sido víctima de más atracos con el tiempo.

No sé qué tan bueno o que tan malo sea todo esto, podría decirles que es práctico para el status quo del mexicano aunque, no por ello, signifique que sea correcto. Me explico, la última vez que me robaron algo del carro fue en un estacionamiento de un restaurante a plena luz del día. En esa ocasión iba con unas amigas y cuando regresamos al auto lo encontramos con las ventanas abajo y las bolsas de ellas no estaban. Mis amistades estaban fúricas y muy afectadas por el incidente mientras que, calladamente, verificaba con sorpresa que no se habían robado el stereo, los espejos ni las llantas (o eso creía en un inicio).

Después de dejar a mis amigas en su casa, mi instinto me dijo “hay algo mal, no puede ser tan fácil”, así que verifique la cajuela y comprobé que mi sospecha era cierta: se habían robado la llanta de refacción. A diferencia de ocasiones anteriores, lo tome con filosofía y pasmosa tranquilidad: En primer lugar, ya no ganaba nada enojándome, en segundo lugar agradecí que no se robaran más cosas y, finalmente, reconocí mi error por estacionarme en un lugar sin vigilancia (independientemente que fuese de día). A partir de entonces reforcé la atención que pongo en donde me estaciono, ya sean lugares públicos o privados.

Debo reconocer que esta situación es triste, porque uno se ve obligado a vivir tras las rejas en su propio hogar (mi casa tiene protecciones de pies a cabeza), o comprar accesorios extra para el auto (como birlos de seguridad) para ahuyentar a ladrones. Obviamente con protecciones o sin ellas los bandidos pueden atracarte pero, conociendo la ideología mexicana, siempre se van a tomar la elección más fácil en lugar de la más compleja, y por eso mismo les pongo trabas para que busquen opciones más accesibles.

Ahora, no hay que ser pobre para ser ladrón. Como he mencionado en otros escritos, el nivel de desarrollo de las personas no va obligadamente ligado al nivel socioeconómico, como lo demuestra el fraude del cual fui objeto por parte de Sitma, aunque ya escribí un ensayo completo de eso.

Sin embargo, tal vez los robos más importantes no sean los materiales, hay muchas experiencias en la vida que exigen un tributo; es ahí cuando sacrificas una gran parte de inocencia o bondad, esa con la cual todos nacemos y en algún momento pareciera infinita, para conseguir una pequeña parte de experiencia. Al ir creciendo esa limpieza va disminuyendo a ritmo acelerado, y la madurez no crece a la misma tasa.

Una de las consecuencias de tanta inseguridad es que uno ya no puede ser tan abiertamente generoso, por no decir que se vuelve mezquino, por toda la desconfianza que genera tanto gandaya que prolifera en este país y, supongo, en el mundo. Por ejemplo, al ir manejando, veo personas que perfectamente podría darles un aventón y, aunque parezcan confiables y agradables, mejor opto por no hacerlo, debido a tantas historias, sobre secuestros y asaltos, de gente extraña a la que se le dió un “Ride”.

En esos casos me digo “Chin, prefiero pecar de desconfiado que hacerlo de inocente y salir perjudicado” aunque, de igual forma, no creo que aceptasen tan fácilmente un aventón de un extraño, por esas mismas historias que hay sobre actos criminales pero por parte de los, supuestamente, acomedidos conductores.

            Lo mismo pasa cuando te piden un donativo para alguna causa benéfica desconocida: no sabes si en realidad se va aplicar en algo bueno o son holgazanes que se va a “clavar” tu dinero. Otro ejemplo, cuando se me acerca alguien pidiéndome alguna moneda porque no tiene para regresar a casa, esto con el pretexto que les robaron; opto por darles la moneda que tengo, aunque siempre me quedo con la sensación de que pude ser timado por gentuza que se aprovecha de la bondad de los demás para obtener dinero fácil.

            Eso sí me molesta de esta situación de inseguridad y gandayez en nuestro país, el que nos quiten la posibilidad de dar abierta y generosamente, hacer el bien es de los mayores placeres que uno puede tener en la vida y, por causa de estos individuos sin escrúpulos, uno ya debe cuidarse y sacrificar a justos por pecadores.

            Pero no sólo los ladrones y escritores perversos te van manchando esa limpieza de espíritu, el ambiente mismo y las situaciones en las que te encuentras también te van mermando bondad. Podría contarles cómo me entere de la verdadera identidad de Santa Claus y los Reyes Magos, o podría contarles de alguna de las veces que me han roto el corazón inclementemente pero, para variar un poco, voy a compartirles historias similares pero con un rol distinto, en donde fui el “malo” de la película.

            No sé qué sea peor, que te roben la inocencia o que tú se la quites a alguien más. En mi último año de primaria, al ir caminando con mi amigo Iván hacia su casa, se presentó el siguiente diálogo:

I: “¿Qué le vas a pedir a los Reyes?”
H: “¿A tus vecinos los Reyes? No les tengo confianza para pedirles algo”
I: “¡Noooo! ¡A los Reyes Magos!”
H: (Dos años antes me había enterado de la verdad) “¿Es broma verdad?”
I: “¡Noooo! ¡Dime! ¿Qué les vas a pedir?
H: “Iván, ¿Sabes quiénes son los Reyes Magos?”
I: “¡Claro Tonto! Son Melchor, Gaspar y Balthasar”
H: “Ja ja ja ¡No manches! ¿En serio?” (Creo que ahí nació el Sarcasmo que tanto disfruto y hoy manejo con tanta maestría).

No les voy a alargar el diálogo, sólo les voy a comentar que él me contó con toda la ilusión posible toda su lista de regalos. No sé si me dió un ataque de sentido común, uno de crueldad o tal vez de envidia, pero le solté a bocajarro la verdad. Obviamente él no me creyó, sus padres me regañaron, tratándome como un monstruo sádico y sin sentimientos, pero la verdad ya no podía ser escondida e Iván corroboró, con ciertos amigos de confianza, la verdadera identidad de los Reyes Magos.

            Sin embargo, a pesar de mis escasos once años, en ningún momento me sentí culpable, al contrario, creo que le hice un favor a mi amigo (aunque pocos lo vean así): No podía permitir que llegara a la salvaje Jungla que significa una Secundaria pública mexicana como un corderito listo para ser sacrificado. Si un varón llega a primer año de Secundaria preguntando a sus compañeros qué le iban a pedir a los Reyes Magos, hubiera tenido tres años de intenso acoso y opresión (Si los hace sentir mejor, es exactamente lo que yo sufrí, aunque por distintas causas).

            ¿Por qué lo veo como un favor? Primero porque fue en privado, su humillación sólo fue presenciada por mí, además prefería que fuese yo a que alguien más sádico hubiera aprovechado el tema para mofarse de él en público, además de que le ahorre sufrimientos futuros. Ahora, no estoy diciendo que me sienta bien al respecto pero, a veces, pareciera que el sentido común también debe tener toques de crueldad, o por lo menos es a lo que nos vemos orillados en este mundo, cada vez más, perverso. La inocencia no tendría que ser un obstáculo, pero a veces lo es, porque esa limpieza propia pareciera provocar la violencia de otros que la perdieron hace mucho tiempo.

            “Can you see the beauty inside of me? What happened to the beauty I had inside of me?” – U2 (from the song “City of blinding Lights”)

              Sin embargo, 16 años después de la anécdota con mi amigo Iván, hubo una experiencia que sí me costo bastante inocencia, ya que me vi obligado a hacer algo que no estaba en mi esencia.

              A veces la vida es muy irónica, y está bien porque eso la hace interesante. A lo largo de mi existencia he tenido un historial poco exitoso en las relaciones sentimentales, por lo que normalmente eran mis sentimientos los que salían lastimados. Sin embargo, ya me tocó herir sentimentalmente a una mujer. Hay uniones que nunca deberían ser pero, muchas veces, no lo sabes hasta que estás envuelto en la misma y entonces debes terminar a la brevedad, antes de que continúen con el daño.

No sé si sea obsesión, capricho o falta de orgullo, pero muchas personas solemos caer en la insistencia aunque se nos haya dicho “No”. Si te insisten, y no entienden de manera amable, hay que tomar una postura cruel e intransigente para cerrar claramente cualquier posibilidad a una relación que es nociva para ambos lados: “Te quiero, pero no te amo” fueron las palabras que me obligaron a mencionar.

            A pesar de lo ácidos que puedan ser mis escritos, mi esencia es muy pacifica, porque no me agradan las situaciones incómodas ni las personas agresivas. A mí me gusta ser civilizado en todos los aspectos posibles de mi vida. Pero, en aquella ocasión, me vi obligado a ir en contra de mi naturaleza y poner fin a algo que nunca debió ser. Independientemente que no la amaba, a pesar de nuestras profundas diferencias, sin importar todo lo malo que experimente a su lado, a pesar de todo ello, no me sentí orgulloso de lastimarla emocionalmente y, sin embargo, era el precio necesario para asegurarnos un futuro feliz (alejados uno del otro).

            Aquella noche sacrifique un gran pedazo de mi inocencia y bondad para obtener una pequeña dosis de madurez, es cuando aprendes que hacer lo correcto no siempre es lo más agradable, es cuando entiendes que lo ético no significa “bonito”, es cuando maldices a un mundo que te obliga a dejar tu niñez para dar paso a la adultez (quieras o no).

           “Time…time won’t leave me as I am, but time won’t take the boy out this man!” – U2 (from the song “City of blinding Lights”)

            Honestamente, espero que el día de mi muerte aún quede algo de inocencia en mi ser porque, de no ser así, no quiero imaginarme lo triste que sería tener una existencia que exija toda tu limpieza vital a cambio de sobrevivir.

            Hebert Gutiérrez Morales.