domingo, 27 de noviembre de 2011

Los Ricos de tres días

            En mi trabajo tenemos un comedor de paga en donde ofrecen desayunos muy buenos y generosos. Cuando llego a ir a con mis amigos, procuro que no sea el día en que cobramos, porque es cuando los “ricos de tres días” proliferan y abarrotan el lugar.

            ¿Por qué son “ricos de tres días”? Porque durante un par de días, después de la fecha de pago, salen a comer a buenos restaurantes, van al cine, salen a bailar, al Table Dance, a pasear el fin de semana en algún lugar bonito u otras actividades; esto mientras tienen algo de dinero (que la gran mayoría usan para saldar algunas de sus múltiples deudas). ¿Qué pasa el resto del mes? Obviamente se ven obligados a llevar una existencia austera “con el Jesús en la boca” esperando que, lo que les quedó de su paga, les sea suficiente para sobrevivir y llegar a la siguiente nómina, que es cuando vuelven a recuperar su status de bonanza temporal (y el ciclo comienza nuevamente).

            A veces pienso que soy el único que encuentra este comportamiento estúpido e inmaduro, ¿para qué darte un nivel de vida que no es el tuyo? ¿Por qué endeudarte con algo que normalmente no puedes costear? ¿Acaso no hay suficiente honestidad, sentido común y madurez para vivir acorde a tus posibilidades? Estos farsantes siempre contestarán con “Lo bailado nadie te lo quita” y tendrán razón, pero las deudas y el estrés de mantener un espejismo tampoco te las quita nadie.

            Me molesta mucho la gente falsa, “Fantoche” como decía mi Abuelita, que quieren aparentar algo que no son. Este es un hecho tan generalizado, que lo extraño es tratar de ser auténtico (a veces se logra y otras no); personalmente intento ser lo más congruente posible, pero no puedo negar que también llego a caer en actitudes fingidas y/o falsas, no estoy orgulloso de eso y trato que sean las menos en mi accionar diario.

            Y vaya que sé de fantocherías porque, independientemente que de aquí trabaje y coma, vivo en una ciudad que bien podría considerarse el reino de la falsedad. En este ambiente pesa más lo que los demás opinen y/o perciban de ti a lo que en realidad eres o el concepto que tengas de ti mismo. Si los demás te ven bien, importa un comino que tú te sientas de la fregada por dentro y, siguiendo con la lógica retorcida, cualquier posible felicidad interna pasa a segundo plano si el resto de la sociedad te rechaza.

Voy a mencionar un hecho que lo ejemplifica, anteriormente vivía en una zona más modesta que la actual, ambas en el mismo municipio, así que deberían aplicar las mismas reglas ¿no creen? Pues me equivoque, una muestra es el suministro de agua: en la zona sencilla se liberaba dos veces a la semana, en ciertos horarios, sin importar que el tiempo era insuficiente para llenar las cisternas; mientras que en la zona bonita el agua está disponible permanentemente. Otro caso es la recolección de basura, en la zona “nice” se hace tres veces a la semana, a primera hora y muy puntual, en la zona austera pasaban sólo dos veces y, en algunas ocasiones, se atrasaban, por lo que había que esperar otro día o, de plano, no pasaban hasta la siguiente semana.

¿Por qué? Porque la zona bonita es de personas más pudientes y ahí me queda clara la discriminación que nosotros mismos nos aplicamos, y ni siquiera por tener más dinero, porque muchos habitantes de la zona “nice” pagan renta, mientras que en la zona sencilla la mayoría somos propietarios de los inmuebles. Simplemente es la fantochería de vivir en un lugar más bonito o más grande.

            Aclaro que el fraccionamiento que llamo modesto no es de clase baja, en realidad es de clase media, el cual es digno, limpio y organizado, en donde la mayoría tenía su vivienda comprada y pagan un mantenimiento mensual de $300 pesos. Cuando me mudé al fraccionamiento más bonito, con casas más grandes y, en teoría, en donde la gente ya es de clase media alta, debería encontrar vecinos más refinados y/o educados, pero me equivoque.

            El 75% de las viviendas son rentadas, y la mayoría no paga un mantenimiento de sólo $150 pesos, además de que hay constantes faltas de respeto o poca civilidad entre los vecinos. Aparte de la falta de educación ¿por qué rentar una casa cara cuando, con la misma mensualidad, puedes comprar una vivienda en el otro fraccionamiento? Porque le dan valor a la apariencia y no a la esencia. Me parece ridículo prodigar un espejismo en vez de ver por el bienestar de la familia en un patrimonio factible de financiar.

 “Son de los que comen frijoles y eructan caviar” – Frase oída en La Disposición

Eventualmente te das cuenta que es imposible mantener esa inmaculada imagen además de que causa más miseria que alegría porque, tarde o temprano, nos caen “con las manos en la masa”, y uno queda peor que la verdad que trataba de ocultar, ya que se agrega el “mentiroso” y/o “fantoche”. Da más pena al caer la máscara que al haber sido honesto desde el inicio. El que pretende ser algo que no es, resulta patético, porque el miedo de ser rechazado es mayor que el posible placer de ser verdadero. 

Es muy agotador estar todo el tiempo en estado de alerta para no ser “descubiertos” por los demás, y conozcan nuestra realidad. Cuando esta prostitución de ideales se va haciendo costumbre, se torna un mecanismo automático el pensar primero que dirá o le gustará al resto del mundo antes de preguntárnoslo a nosotros mismos (en ocasiones ni siquiera nos lo preguntamos). Esto se queda como un vicio desde la juventud, y ya no nos expresamos, así que adoptamos poses o ideas “políticamente correctas” o populares para no ser criticados. Por temor a las burlas, al rechazo y a la “terrible” soledad seguimos comportamientos seguros. Es un círculo vicioso que se ha perpetuado a través de los siglos y que se ha perfeccionado durante la historia de la “civilización” (no lo entrecomillaría si en verdad fuésemos civilizados).

La fantochería la aprendí desde niño (al igual que la mayoría). Recuerdo que en la casa teníamos una limpieza estándar, no impecable pero tampoco un mundanal; sin embargo, el día que recibíamos a alguien externo, el esmero para que nuestro hogar quedara reluciente era impresionante. Al inicio pensé que este fenómeno era netamente familiar, después comprendí que era generalizado, porque lo mismo contemple en todas las escuelas por las que curse: al tener alguna visita importante, abundaban las acciones especiales para dar una imagen mucho mejor a la cotidiana (pero falsa a fin de cuentas).

Es más, a pesar de que laboro en una empresa de clase mundial, exactamente pasa lo mismo en mi trabajo cuando viene alguna distinguida visita, como el presidente de México o el presidente del Consorcio Volkswagen. Aclaro que nuestras instalaciones están aseadas todo el tiempo pero, al recibir a alguien “pesado”, no es raro que se corte el pasto, se retoquen las instalaciones y se limpian exageradamente todos los lugares por donde pasaran los invitados. No entiendo de dónde viene esa necesidad de dar una imagen de lo que no sé es, pero me queda muy claro que se presenta en todos los niveles.

Creo que no lo podemos evitar a nivel cultural ya que, no lo voy a negar, también me esmero en limpiar mi hogar en las pocas ocasiones que alguien me visita. A pesar de ello, haciendo una analogía, mi “casa de ideas” trato de mantenerla limpia, no voy a decir que impecable, y es que tengo la meta de, algún día, ser totalmente congruente entre lo que hago, digo y pienso. Aunque he avanzado en ese tema, tengo que reconocer que aún caigo en actitudes falsas que hieren mi alma y me entristecen internamente. He aprendido que no puedo cambiar al mundo, así que debo mejorar MI mundo, a través de mejorarme a mí mismo.

¿Para qué modificar nuestro ser en afán de agradar a personas que NUNCA van a aceptarnos? Es un sacrifico inútil, porque esos seres miserables siempre van a encontrarle un “pero” a nuestra forma de ser, siempre encuentran el pelo en la sopa. Con el tiempo, aunque no es obligatorio, uno se debería cuenta que puede empezar a ser como es y no sólo va a encontrar detractores, también va a encontrar personas que lo acepten tal cual. Es cuando encontramos a seres más honestos, no necesariamente que estén de acuerdo con nosotros, pero lo suficientemente civilizados y desarrollados para respetarnos en vez de juzgarnos. ¿En qué consiste dicho respeto? En no cambiarnos. TODO el mundo juzga a TODO el mundo, eso es inevitable en la naturaleza humana, pero el respeto radica en guardarte una opinión que nadie te pidió y no tratar de cambiar a alguien a la manera que nosotros queremos.

“Si quieres agradarle a todos, sólo aseguras no agradarle a nadie” – Hebert Gutiérrez Morales.

Precisamente porque me desagradan los farsantes, trato de evitarlos a toda costa. Costco es un imán para este tipo de personas, por eso me gusta ir en días y horarios en donde hay escasa gente, como las noches de fin de semana (cuando los fantoches están cenando, en el cine, preparándose para salir al antro y demás). Hace un par de meses, Viernes en la noche, me encontré con la desagradable sorpresa de que el lugar estaba lleno a tope, por lo que me pregunte “¿Qué hace toda esta pinche gentuza en mi tienda?” (Cuando voy, y no hay nadie, siento como si fuera de mi propiedad).

Note que todo el mundo estaba comprando artículos grandes y de precio considerable: refrigeradores, muebles, electrodomésticos, Pantallas, Lap Tops, etc. No encontraba una explicación lógica para dicho fenómeno pero, al ver la publicidad, me entere que TODAS las mercancías estaban a 12 meses sin intereses (incluyendo las compras cotidianas), y ahí supe por qué estaba lleno.

Esa es de las falsedades más grandes en la sociedad mexicana. En países desarrollados y civilizados (como los europeos) no existen esas compras a pagos diferidos. Obviamente tienen otra calidad de vida, pero el tema no pasa por el dinero (porque también los precios son más altos), es un tema de cultura y educación: si tienen recursos suficientes lo adquieren, si no los tienen, ahorran y lo compran o, aunque lo quieran, si no tienen lo necesario, simplemente se abstienen.

El mexicano adquiere tantos productos a través de los pagos diferidos que, normalmente, no podría comprar. Esto en vías de darte un status social que no puedes costear por lo que, eventualmente, la trampa se va cerrando, ya que en el momento sólo ven mensualidades pequeñas pero “de a poquito en poquito se va llenando el cochinito”, en conjunto su deuda los va ahorcando debido a los diversos pagos que se les acumularon por tanta banalidad pero, eso sí, endeudados pero con su refrigerador de última tecnología, sus pantallas de tercera dimensión o sus lavadoras ultramodernas.

No sé si es por educación o por esencia pero sólo compro cuando tengo con qué pagar y, si no lo tengo, simplemente me pregunto “¿En verdad lo necesitas?” y como casi siempre la respuesta es NO, puedo vivir sin algo banal. No me es importante dar una imagen falsa al tener productos que no puedo pagar de contado. Sé que es mi manera de verlo, porque muchos argumentan que es la única forma que se pueden hacer de objetos materiales grandes. Esto último no lo niego, lo que cuestiono es adquirir algo que está más allá de tu nivel o status. El problema radica en que no tienen la suficiente tranquilidad o madurez para aceptarse y quererse como son, por lo que siempre están en la búsqueda de aparentar (mas no ser) algo más, ese rango superior que tal vez nunca alcancen.

“Es mejor ser odiado por lo que eres a ser amado por lo que no” – Kurt Cobain

¿Cuál es el origen de toda esta actitud neurótica? ¿Por qué quebrarnos la cabeza en fingir algo que no somos en vez de aceptar lo que sí? Uno de los placeres infinitos de la sociedad es el señalar a sus individuos, para que no se atrevan a serlo: seres individuales con personalidad propia. Resulta increíble que el ser auténtico es casi imposible y, contrariamente, el ser falso en todo momento es una “habilidad” que una gran cantidad de personas desarrollan con facilidad, sobretodo en la adolescencia, que es la edad de la fantochería por excelencia.

Esa época en dónde se está en búsqueda de la identidad y uno se cree lo máximo de la creación. No crítico esa postura, lo malo es la enorme ansiedad que los adolescentes están viviendo respecto a su imagen y pocas veces aceptan ser su mejor versión, y en su lugar están intentando ser algo que no son pero que se ve bien “cool”.

Aún tengo actitudes farsantes remanentes de la adolescencia, porque me llego a comportar de cierta manera en algunas situaciones, para mantener una imagen que me resulte conveniente. Sin embargo, existen asuntos de fondo en los que uno no puede darse el lujo de ser deshonesto, y es que hay muchas situaciones, actitudes, sentimientos, posturas e ideas que uno no puede fingir (o no debería hacerlo).

Había una época en la que me apenaban muchos hechos: como el aceptar que no llevaba el apellido de mi papá (por ser hijo del primer matrimonio de mi mamá), me apenó reconocer que durante doce años de mi existencia habite en un pueblo, al cuál odie con toda mi alma por estar fuera de la civilización. También me apenaba admitir que había estudiado en una Universidad “Patito” (aunque hoy en día ha crecido). Cuando vivía en el DF también sentía pena por admitir frente a mis amigos que no habitaba en la misma zona de la escuela, al igual que ellos.

Fueron muchas cosas que experimente a lo largo de mi niñez y adolescencia; hoy en día puedo admitir todo eso que antes me apenaba y mucho más, porque me acepto, además es muy desgastante cuidar una imagen ante todo el mundo, en el intento de ser perfecto (que, aunque lo llegara a ser, de todos modos sería acribillado con críticas). No me importa lo que puedan pensar de mí, si alguien no está feliz con lo que soy, pienso o digo, pues no voy a cambiarlo sólo para evitar que se ofenda, porque es imposible agradar a todos.

Por eso es mejor ser auténtico, cierto te van a criticar más, pero te pondrán más atención que a alguno de esos autómatas programados por la sociedad misma, porque es más entretenido fijarse en alguien con personalidad propia que en alguien acartonado. A veces hay cierto pudor por ser o expresar lo que uno es, decir lo que uno piensa y hacer lo que uno en realidad quiere, en otras ocasiones hay intereses involucrados. Conforme te vas curtiendo, te das cuenta que la opinión de los demás ya no es tan vital, por lo que empiezas a ignorarla y darle más valor a lo que en verdad quieres. Por pensar así, muchas veces he sido tachado de cínico, en otras ocasiones la gente se me queda viendo horrorizada por expresar ideas que no son políticamente correctas, en muchas oportunidades voy en contra de las “buenas costumbres” pero, en todas esas situaciones, le he sido fiel a mi esencia. Muchos se sentirán ofendidos porque voy contra sus ideas, pero el daño que creen que les propine está sólo en su cabeza, ya que sólo estrese sus prejuicios, en ningún momento los he dañado como seres humanos.

Hace unos meses me lleve una linda sorpresa respecto a este tema. Salía con cierta chica y, al comentarle anécdotas de mi natal puerto, ella me dijo con toda la naturalidad del mundo “Yo no conozco Veracruz”. Para mí fue un doble impacto: en primer lugar porque era la primera persona que encontraba, en toda mi vida, que no conocía mi lugar de origen. En segundo lugar, y lo más importante, me quede conmovido y con una muy grata impresión por la seguridad, limpieza y honestidad con la que acepto su status, esto en lugar de mentir para dar una imagen falsa y “quedar bien”. Confieso que, a sus 25 años, yo hubiera mentido para “verme bien”, es más, estoy seguro que ella es un caso único, porque casi la totalidad de las personas a esa edad hubieran mentido para evitar la “pena” de no conocer el puerto más importante de México. Esto me recordó que hay que procurar relacionarse con gente que tiene la capacidad de aceptarte tal cual eres.

¿Qué no sólo tenemos una vida cada cual para disfrutar lo que cada uno de nosotros quiere? ¿Acaso no es obvio que es imposible agradar a un monstruo de infinitas cabezas cuyo placer es encontrar algo con que juzgarnos? Si de por sí vamos a ser señalados, por lo menos que sea por algo que decidimos nosotros mismos, así será justo el juicio, y no andar sufriendo por las tonterías que alguien más nos inculco.

Afortunadamente las poses que hoy en día se mantienen vigentes en mi persona son las menos y, créanme, me esfuerzo para aniquilarlas definitivamente, tomo la parte que me toca de toda esta crítica, esto con el fin de madurar y ser fiel a lo que soy y dejar de aparentar lo que no está en mí. La manera más pacífica de vivir es aquella en la que te asegures de poder verte al espejo y no recriminarte nada, es irte a la cama con la consciencia limpia y sin pendientes en la cabeza, es la tranquilidad de transitar tu existencia sin la angustia de que se te descubra en la farsa y se te tache de mentiroso. Tal vez alguien se haya molestado por algo que hayas dicho o hecho, pero esa molestia no se compara con la deshonestidad de haber hecho lo contrario a tu esencia.

Finalmente, prefiero realizar mis actividades de manera libre, y en cualquier día que se me pegue la gana, en lugar de estar limitado a sólo tres días, eso sin mencionar que también gusto de dormir serenamente, sin pensar en deudas económicas o sociales.

Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Mi primer amor

        "Al primer amor se le quiere más, a los otros se les quiere mejor" - Antoine de Saint-Exupéry


         Al iniciar el último semestre de la carrera, estaba decidido a aprender japonés, así que aquella tarde nublada, aproveche que tenía un par de horas libres en la Universidad y fui caminando a buscar informes a la que, posteriormente, se iba a convertir en mi segunda casa por ocho años: El Centro de idioma Japonés de Puebla.

Al entrar a las pequeñas instalaciones, la vi en clase: no soy creyente pero, si existieran los ángeles, ella debería ser uno. Era la primera vez que sentí amor a primera vista, debido a su actitud tan elegantemente arrogante, piel de porcelana, el pelo lacio y negro, complexión delgada y facciones orientales, unos ojos claros que se me clavaron en el corazón. De hecho ya no recuerdo si me mataban ese tipo de ojos desde antes o fue que, a partir de verla, se me quedó el gusto por los mismos.

            Este homenaje a la que, en su tiempo, fue la persona más importante de mi vida (aunque hoy este fuera de la misma), lo escribo con tranquilidad interna y paz existencial, así que es el tiempo en el que más objetivo puedo ser para analizar lo acontecido. Desde hace algunos años deje de idealizar esa época de inocencia, con anhelo, amor o nostalgia (aunque éste sea mi sentimiento favorito), tampoco la voy a matizar con algún toque de revancha, frustración o enojo.

            Continuemos, al quedar prendado de aquella bella mujer, era obvio que debía entrar a estudiar ahí, sin importar lo que costara (que afortunadamente era muy asequible). Así que durante un semestre me dedique a admirar en el anonimato a mi musa, a mi diosa, a un ser que (sin saber su nombre) me hacía tan feliz por el simple hecho de existir. ¿Hablarle? ¡Jamás! Era mucho el riesgo y el terror, no me importaba que no supiera que existía, me sentía completo contemplándola y admirándola en lo que acababa su clase e iniciaba la mía.

           “El deseo de ser correspondido en el amor es la más callada de las agonías” - Douglas Kennedy (“El momento en que todo cambió”)

            Mi platónica felicidad estaba condenada, ya que dejó de ir a clase sin advertencia alguna (aunque no me conocía para avisarme). Semana a semana espere que volviera a la escuela pero, tristemente, no regresó. En un rincón privado de mi corazón, lloré su partida, mas nunca me reproche el no hablarle, porque era un ser fantástico que estaba fuera de mi alcance, así que agradecí el tiempo que tuve para disfrutar de su presencia, belleza y perfección.

Volviendo al presente, el hecho de que no tenga novia también contribuye a que pueda escribir esto con calma, y así evitar celos o aprensiones de alguna “afectada” por mis remembranzas, tal vez esto pueda traerme algún problema futuro con una fémina insegura de sí. Sin embargo, teniendo mis vivencias como base, dudo relacionarme con una mujer celosa nuevamente, aunque nunca he conocido una que no lo sea.
                                                          
Sigamos con el relato original, tres años después (2001) del primer contacto con la mujer soñada, seguía en mis clases de japonés. Recién había conocido a mi padre biológico, por primera vez me había rapado, en represalia personal por quedarme a trabajar en VW, en lugar de buscar otros horizontes. ¿Por qué menciono todo esto? Para plantear la época tan sui géneris que estaba experimentando cuando ella reingresó a mi mundo.

Debido al trabajo, ahora tomaba las clases niponas de noche y, mientras payaseaba con mis amigos, la susodicha entró al salón. Creo que ése debió ser el momento más feliz hasta ese instante de mi vida, desconozco cómo no se me salieron las lágrimas de la emoción: ¡Ella había vuelto! y, mejor aún, ¡A mi grupo! No sé qué me pasó aquella vez, pero vencí mi típica timidez y me porte inusualmente seguro y natural con ella, es más, conseguí su teléfono (de casa, porque aún no era común el celular) y fue uno de los pasajes más satisfactorios de mi historia personal.


            "Está usted enamorado" murmuró emocionado, palmeándome la espalda "¡Pobrecillo!" - Carlos Ruiz Zafón ("La Sombra del viento")

            Había sido mi único amor (hasta hace poco). En realidad no tengo claro a quién le estoy escribiendo este ensayo, a mí por sentir lo que sentí, con la intensidad que lo percibí y por quién me convertí al estar a su lado; o a aquella mujer por hacerme experimentar sentimientos que nunca más había vuelto a vivir (hasta hace poco), además de llevarme a los lugares más altos de mi camino y, simultáneamente, a los más bajos.

            Después de dos semanas de “posicionarme” y “promoverme”, me atreví a invitarla a salir, desde la seguridad del teléfono. El “Sí” que recibí de su parte marcó un parteaguas en mi existencia y es que ya nada fue igual a partir de entonces. Nunca había tenido una cita y, por lo mismo, nunca había tenido novia, pero ya no importaba, porque estaba a punto de salir con la mujer más bella que jamás había visto (hasta hace poco), con una elegancia e inteligencia que acabaron de darme la puntilla y arrojarme, como quién lo hace hacia un acantilado, sin precaución alguna de lo que podría pasarme.

            Lo que viví en aquellos tiempos (una década atrás) no sabía si lo iba a volver a sentir con la forma e intensidad que conocí (pero afortunadamente sí lo volví a sentir). Fue una de las etapas más vitales de mi existencia, y esa es una razón de peso para este ensayo.

            Creo que ella se podrá quejar de muchas aspectos míos, pero nunca por las citas (antes de que tuviera auto), desde la primera la plática, los diálogos fluían interminablemente, su manera de ver las cosas me resultaba tan fascinante, aunque honestamente ya había dejado de ser yo y, aunque me hubiera dicho la mayor de las estupideces (que nunca lo hizo), a mí me hubiera sonado como lo más bello del universo.

           “Hasta que lo experimentamos (y es de esperar que nos llegue a todos, en algún momento de nuestras vidas), nunca estamos realmente preparados para la naturaleza abrumadora del primer gran amor” - Douglas Kennedy (“El momento en que todo cambió”)

            Sin embargo, lo mejor de nuestras citas eran las caminatas: recorríamos kilómetros y kilómetros platicando, alguna vez caminamos hasta por cuatro horas, pero ninguno sentía fatiga o molestia, ya que el dialogo era enviciante y motivante, es más, hubiese querido que el camino no terminara nunca, porque esas platicas lo eran todo para mí, prácticamente se volvieron mi razón de ser.

            Tengo la firme creencia que todos deberíamos reconocer y darles su lugar a los tiempos más felices de nuestra existencia, en lugar de ensalzar los menos afortunados y/o más desgraciados. Por ello escribo esto, sin esa mujer no hubiese podido vibrar con todo lo que me pasó, en verdad fui afortunado por conocerla y que nuestros caminos hayan coincidido por un breve instante de nuestras historias personales. Por todo lo que me regalo, estaré siempre agradecido que haya nacido en mi misma época.

            Nunca me he caracterizado por mi paciencia, y en esta ocasión no fue la excepción. Todo era tan bello, tan irreal, tan hermoso que me ganó la angustia, no quería perderla, a pesar de que sólo éramos amigos (en aquel entonces no comprendía que ella no salía conmigo sólo para ser amigos, aunque ahora me resulte obvio,). Era tal mi necesidad de tener más de su esencia que mi comportamiento empezó a cambiar.

            En primer lugar ocupe mi prestación laboral para tener un auto y es que, al vivir fuera de Puebla, tenía tiempo límite para nuestras platicas, ya que debía regresar al hogar materno en transporte público. Esta decisión tan tonta fue un craso error, además de que mi amada nunca me lo pidió, porque nuestras caminatas desaparecieron y, aunque ahora podía irme más tarde, el factor de tranquilidad e intimidad que teníamos al desplazarnos a pie había desaparecido.

           “Nunca olvidas a tu primer amor, sólo te acostumbras a vivir sin él” - Anónimo

            No ha de existir sentimiento más maravilloso en el planeta y, simultáneamente, más terrorífico, que el estar estúpidamente enamorado. Esa incertidumbre de que tu bienestar está en manos de otra persona es bello pero, al mismo tiempo, insoportable. Esa sensación de que si soy aceptado seré el más realizado del universo pero, si me rechaza, también podría ser el más miserable, en una apuesta de todo o nada. Si les soy honesto, esperaba no volver a vivir algo así, tan extremo; esto influenciado por la experiencia de nunca ser correspondido a plenitud por alguien a la que haya amado (y que conste que ya me case una vez).

            A pesar de tener meses saliendo, platicando de todos los aspectos vitales y/o trascendentales de la vida y nuestra manera de percibirla, teniendo en cuenta que compartíamos tantas ideas privadas sin temor a ser juzgados, ella no quería que fuéramos novios. La razón es que se iba a ir de intercambio escolar a Japón durante un año (he ahí la razón por la cual había vuelto a clase de japonés). De por sí el dejar a su familia y su entorno la estresaban como para también dejar atrás a un novio.
           
                                                      
            En mi amor incondicional, la comprendí y la apoye en todo lo que podía, nuestras citas pasaron a ser clases de repaso del idioma y, en alguna ocasión, también le ayude con una tarea bastante compleja de su carrera (y nunca me perdone porque obtuvo 9 en lugar del anhelado 10). Pero no todo era bonito, mi angustia paso a ser un auténtico acoso, la llamaba a diario, porque quería verla tanto como se pudiera. Quería que me dedicara todo el tiempo que le sobrara; inconscientemente la intentaba comprar al darle tantos regalos materiales como me fuese posible. El caso es que enloquecí (¿Acaso no es lo que pasa cuando uno está enamorado?) y perdí de vista todo aquello, por lo cual, me había permitido acercarme en primera instancia.

“Un primer amor puede que nunca pase; pero siempre acaba” – Paulo Coelho (“Verónika decide Morir”)

            ¿Por qué les comparto este pasaje tan vital de mi libro personal? Bueno, sé que esta experiencia se quedará en mi inconsciente hasta el último día, pero creo que es muy valioso y por lo mismo lo hago público. En una parte de mi ser, siempre habrá una pequeña sección en la cual su recuerdo habite y se le rinda tributo por lo que significó para mí, sin importar que, seguramente, no signifique lo mismo para ella.

            Como la intensidad de mi acoso era insoportable, ella intentó dejarme atrás, trato de desvincularse de mí, pero fui más convincente en mi actitud manipuladora y no la dejaba abandonarme. En verdad me da pena escribir esto pero prometí expresar la verdad de los hechos. Conforme se acercaba la fecha de su partida mi desesperación crecía.

            Un par de meses antes que aceptara ser mi novia, me dio un regalo que aún me acompaña hasta nuestros días. En ese entonces ya entraba a su casa, por lo que conocí a sus papás y hermanos así que, hasta ahora me doy cuenta, ya estaba siendo aceptado en su entorno. En aquella tarde me presentó la música de Fernando Delgadillo, misma que entró en mi ser cual cuchillo en mantequilla con toda su autenticidad y sentimentalismo, sobretodo “No me pidas ser tu amigo”, la cual se convirtió, unos meses después, en mi himno masoquista y con la cual le lloré miles de lágrimas.

            Finalmente, a un mes de su partida, aceptó ser mi novia. Aunque fue una relación casta, fueron los 30 días más maravillosos de toda mi vida. Todo lo que pasaba a mi alrededor era en cámara lenta, todo era increíble, no había nada malo que me afectara en lo absoluto, porque tenía mi propio plano existencial en donde todo era bello y perfecto.

            A nueve años de distancia (2002), el bonito recuerdo permanece intacto y se mantiene como el mejor de esos tiempos, de ahí la importancia de realizar este escrito, cuando puedo plasmarlo acorde a lo que en realidad pasó (o lo más cercano que podría expresarlo).

            Sin embargo, no hay plazo que no se cumpla y llego el día de su despedida. Mi jefa de aquel entonces, muy amablemente, me dio el día libre (era mi amiga y confidente del amor que me marcó profundamente). Fui a casa de mi amada a despedirme y a darle todos los ánimos que necesitara para su viaje. Ese día ha sido de los más tristes de mi paso por este planeta. El sentimiento de que la razón de tu existir va a partir es algo descorazonador, y más el intentar sonreír para no dificultarle nada.

            Había pasado un año exacto desde que entró a mi vida y ahora se disponía abandonarme, y no podía hacer nada al respecto. Aunque me prometí ser fuerte, no pude evitar llorar en su presencia, y justo fue en el abrazo final, ése que estaba destinado a ser el último contacto físico de nuestra breve historia. Esa fue la última vez que la ví y también ese día una parte de mí murió por tanta tristeza y lágrimas derramadas.

            Aunque me despedí alrededor de las 10AM, no regrese a mi casa hasta las 20hrs. Me la pase deambulando sin sentido por la ciudad y por la autopista, no quería llegar a ninguna parte, sólo quería estar a solas y vivir mi duelo sentimental tan intenso como fuese posible. Además no quería preocupar a mi madre, porque era totalmente ajena a este gran amor que acontecía en mi ser, aunque no dudo que sospechara algo, porque el llanto estuvo presente durante muchas semanas, tanto en el trabajo, en clase de japonés y en mi casa.

           “Empecé a caminar sin rumbo, recorriendo las calles que me parecían más vacías que nunca, creyendo que si no me detenía, si seguía caminando, no me daría cuenta de que el mundo que creía conocer ya no estaba allí” – Carlos Ruiz Zafón (“El Juego del Ángel”)

            Si te relacionas con esa persona tan básica para ti, y avanza la relación a algo permanente, seguramente tu felicidad inicial será inmensurable. A pesar de ello, de acuerdo a datos que he obtenido, se dice que el sentimiento de enamoramiento dura hasta ocho meses y el amor en sí dura un máximo de ocho años; después de dicho tiempo, si estás con una persona adecuada, puede quedar un sentimiento de amistad, fidelidad y camaradería pero la intensidad del “amor” va decayendo con el tiempo (aunque muchas románticas quieran creer que es para siempre) y las aguas de la rutina van ahogando ese sentimiento tan puro que sentían en un inicio.

            Al no haber hecho permanente la relación con mi primer amor, ciertamente lloré por todas mis expectativas frustradas, por perder todo el hipotético paraíso que visualizaba a su lado y que se esfumó. Claro que duele cuando se va esa persona, pero es peor el ver que se lleva todos tus sueños y plenitud con su ser, además de dejarte abandonado en un mundo que creaste para ambos, sin consultarla previamente.

            Debido a mi situación tan poco exitosa, debo de encontrarle algo bueno: La ventaja de mi experiencia es que pude quedarme con algunas ilusiones sobre el “hubiera”, además de mantener un bonito, idealizado e inmaculado recuerdo de esa mujer que lo fue todo para mí, con la cual nunca concrete ese anhelado futuro.             

            “No hay peor nostalgia que la que se tiene por lo que nunca fue” – Joaquín Sabina
                                                     
Volvamos nueve años atrás. Obviamente no me iba a dar por vencido en mi cruzada por mi idílica felicidad, desde que supe que se iba a ir, empecé a ahorrar endemoniadamente (algo que se me da muy fácil) para viajar a su lado por todo Japón durante tres semanas.

            Antes del fallido viaje, le hablaba al país del Sol naciente cada quince días, además de que diariamente le mandaba (vía mail) mensajes de texto a su celular japonés (allá sí era común el uso de los mismos), y sin decir que a diario le escribía a su correo electrónico. Creo que esos detalles fueron muy importantes para ella, porque el Homesick le pegó muy duro y se portó tan dulce conmigo como nunca antes había hecho.

            Mi viaje a Japón se tuvo que suspender ya que ella, por amenaza de su familia, tuvo que rechazar mi visita. A mí no me importaba la decisión de su casa, sólo quería que ella decidiera y fue cuando su fidelidad familiar pudo más y puso fin a todo.

            No tengo que explicar que estaba destrozado, sin sentido, sin rumbo, sin razón para existir o seguir viviendo. Ella intentó reestablecer la comunicación pero, para su sorpresa (y mía), resulte ser más tajante de lo que ambos pensamos, cerrando cualquier posibilidad a reanudar nada. Fue en aquel entonces que, al estar perdido en el limbo, me acabe liando con mi ahora ex-esposa y me case por despecho.

            “El fin, no es el fin, porque nunca acaba lo que no empezó” – Tomado de la canción “Albanita” dueto de Luis E. Aute y Silvio Rodríguez

            Regresando al tiempo presente, aunque me gustaría relacionarme nuevamente, me encantaría que fuese desde un lugar más terrenal o menos onírico, aunque no vea estrellitas ni sienta mariposas en el estómago, me gustaría tener una relación más madura y menos idealizada. Sé que la generalidad de la gente tiene el concepto que no puede pasarte mejor cosa en el mundo que enamorarte y ser correspondido (porque también ha de ser bonito ser aceptado). Fue hermoso lo que experimente pero ya no más por favor, aunque fue la época más bonita de mi vida, también fue una de las más desgastantes. Es mejor tener una relación más adulta que una típica de adolescentes tan pasional.

            Unos años después de mi divorcio, un día tuve un ataque de osadía y le escribí (en la actualidad aún recuerdo tanto su mail como su cumpleaños) y, casi me da un paro cardíaco, ¡me contestó! Mi intención era simplemente vernos en persona y platicar sobre todo lo que pasó desde un punto más maduro y con años de por medio. Tristemente, al tercer mail, malinterpretó mis intenciones, con lo cual me ofendió y ahí terminó esta historia.

            “La ventaja de los corazones rotos es que sólo pueden romperse una vez. Lo demás son rasguños” – Carlos Ruiz Zafón (“El Juego del Ángel”)

            Creo que no la puedo culpar, tras tanto acoso, tanta manipulación y tanta inmadurez de mi parte, ella no podía saber todo lo que había evolucionado desde la última vez que nos vimos, y creo que nunca lo sabrá.

            Este escrito sobre mi primer amor no debería dedicárselo a ella por cuestiones que sólo nos incumben a nosotros dos. Sin embargo, sí dedico este ensayo a ese sentimiento que me regaló, obviamente uno decide (de manera inconsciente) la intensidad con la cual se enamora.

Escribo esto para recordar, revivir y honrar, todo lo que experimente gracias a lo que compartimos por un año (inclusive antes), independientemente de lo que pasó al final, el recuerdo que guardo, siempre me acompañara a lo largo de mi existencia, sobre todo esas sensaciones que experimente en una de las épocas más felices de mi historia personal.

           “Me quedaré solo, mucho más solo que antes de conocerte, porque mi isla, en donde no había nadie, estará llena de tu insoportable soledad” – Alejandro Jodorowsky

            “Íbamos caminando por el centro, sin buscar nada en particular, sólo paseando y platicando juntos, de pronto escuche la canción ‘Pero me acuerdo de ti’ de Christina Aguilera, y me puse a cantarla. Ella me dijo ‘Creo que es la primera vez que te oigo cantar’, no supe explicarle que cantaba por toda aquella felicidad que ella me daba, por lo maravilloso que era estar a su lado y porque mi vida era perfecta gracias a su existencia, así que sólo opté por seguir cantando en lo que seguíamos paseando sin rumbo fijo” – Hebert Gutiérrez Morales.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Sin sueños

“¡Que horrible ha de ser que se te cumplan todos tus sueños! Ya que, si eso pasa, ¿de dónde sacas las fuerzas para seguir viviendo?” – Hebert Gutiérrez Morales.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Violencia al volante

           "La violencia es el último recurso del incompetente" - Isaac Asimov

            Hace un par de meses vino una colega germana a nuestro departamento y, al platicar con ella, me comento que tenía la firme intención de no conducir en México, y no la culpo. Después de haber manejado en su país, veo con tristeza, enojo y frustración la manera tan violenta e irrespetuosa que tenemos de transitar en el nuestro.

Cuando escribí el ensayo “Manejando por caminos teutones” recibí mucha retroalimentación de mexicanos que habían estado en Alemania y de alemanes que habían estado en México. Hubo compatriotas que me dijeron que los germanos son igual de salvajes e irrespetuosos que nosotros, de igual forma hubo teutones que me dijeron que los idealice mucho, porque allá también hay patanes al momento de manejar, aunque no a los niveles de México.

Sin embargo, lo que viví en carne propia lo plasme nítidamente en mi escrito, es factible que estuviera embelezado de estar en otra cultura, es posible que lo haya romantizado por la novedad de estar en el extranjero por primera vez. Lo que percibí esa semana fue a gente muy civilizada y educada, en todos los aspectos, algo que difícilmente se ve por acá, y menos al volante. Vi respeto, educación y civilidad tanto con otros automovilistas, como con las leyes, el ambiente y los peatones. Todo eso no lo veo en mi país y, creo, que las personas que tienen la posibilidad de manejar tanto en México como en países desarrollados, coincidirán conmigo en que hay una marcada diferencia.

Es difícil defendernos cuando una gran cantidad de automovilistas manejan de manera ansiosa, se te meten al carril sin respeto o aviso alguno, sin direccionales, te echan el coche de manera agresiva, no te ceden el paso ni te dejan incorporarte “su” carril, no les importa el derecho del otro a transitar, no respetan el uno a uno, sin importar que tengas 20 autos esperando detrás, sin sentido común. Pero qué pasa cuando estamos del otro lado, ahí sí nos quejamos de que la gente sea tan inconsciente y mal educada para conducir, pero debemos darnos cuenta de que lo que damos es lo que vamos a recibir.

A veces me parece que la violencia, al igual que la infidelidad, están implícitas en la naturaleza humana. A muchos nos encantaría erradicar esa agresividad de nuestro mundo, a través de una verdadera evolución y no sólo mediante acciones mustias que sólo quedan en buenas intenciones.

No creo que nadie este exento de la misma, ya que las maneras de expresarla son varias, aunque la intensidad y las consecuencias varían en definitiva. Claro que una cosa es pensarla y otra ejecutarla. Uno de mis pensamientos sádicos favoritos, cuando estoy en embotellamientos viales es: “Deberíamos equipar a nuestros coches con misiles, así destruiría todos los autos frente a mí y podría pasar”; alguien me respondió una vez “Mejor les ponemos alas y sales volando”, pero yo conteste “¡No! La opción de los misiles me gusta más”.

Claro que todo esto es un juego, pero también muestra una realidad: si tenemos la opción violenta (“divertida”) y la civilizada (“aburrida”), una gran mayoría de las ocasiones nos decantamos por la agresiva. Por ejemplo, veo a las personas de la empresa en donde trabajo a la hora de entrada o de salida y son un auténtico peligro para la humanidad, por la forma tan imprudente de manejar, pareciera que nos dieran licencia de piloto de Fórmula Uno, porque transitan como orates (y no sólo mis compañeros de trabajo, sino una gran parte de los automovilistas actuales). En esta ocasión no me puedo incluir en ese grupo de locos, porque a mí se me critica por circular como abuelito (ya que mi límite son 100km/h), aunque no todo el tiempo fue así.

Cuando tuve mi primer auto, a los 24 años, empecé a transitar muy rápido. Nunca había manejado en la adolescencia, porque cuando mi papá intento enseñarme, se desespero y lo mande a la goma por su mal carácter. Cuando se pasa del transporte público a conducir un Jetta TDI 1.9lts, uno se siente tan omnipotente que es imposible no ir rápido de entrada. Me la pasaba rebasando a todas las “tortugas” que encontraba en mi camino, si no me dejaban pasar, les pitaba, les echaba las luces o les acercaba mucho el auto para presionarlos “¡Qué gente tan inconsciente!” pensaba “¿Qué no ven que tengo prisa?”. No me pregunten el por qué de mi urgencia, porque no tengo una respuesta lógica, sólo sabía que tenía que ir súper rápido a mi destino, independientemente que haya salido con suficiente tiempo de antelación.

En esa etapa de mi vida nunca bajaba de 160km/h en la autopista y alguna vez llegue hasta 200km/h. Obviamente lo mío era un trauma no satisfecho (empezar a manejar tan tarde) o sentimientos de violencia no descargados en su momento, pero el capricho me duró alrededor de un año. Conforme paso el tiempo, le fui bajando de intensidad, me tranquilice y ya no necesite seguir arriesgándome de manera tan ridícula.

Esto que les comparto me hace suponer que muchas personas desahogan sus frustraciones, sus impotencias, sus problemas, sus traumas y demás al conducir. Descargan toda esa violencia con los demás: mentando madres, echando el coche, tocando el claxon, enojándose con todos porque no avanzan lo que quisieran. El problema radica en todas esas situaciones que no encauzamos correctamente, así que lo hacemos a través de manejar rápido y con violencia, porque nos sentimos bien, nos percibimos poderosos, somos plenos y, esas sensación de rebasar al resto, nos hace superiores.

Casi nadie va a admitir que disfrutan toda esa ira que se vive a diario en los caminos de nuestro país pero, las evidencias muestran que, ¡les encanta sentirla! Si no les gustara eso que sufren a diario ¿por qué no lo cambian? ¿Por qué no se levantan más temprano? ¿Por qué no adelantan actividades desde una noche antes para asegurar salir con tiempo? ¿Saben la diferencia en el Tráfico con 15 minutos de anticipación? Es mucha, pero les encanta sentir los claxonazos, groserías, presiones y demás faltas de respeto que dan y reciben a diario a bordo de un auto.

Ahora, no soy del todo insensible, las escasas veces que tengo la desgracia de manejar a hora pico, es un auténtico suplicio. No me imagino vivir con el estrés que significa ese tráfico de Lunes a Viernes, me desespero y me estreso en un ratito, así que puedo entender, mas no justificar, la violencia que genera en las personas esta situación tan angustiante, opresiva y negativa. Por eso mismo, a mí me gusta entrar una hora antes al trabajo, hay quien me critica, porque descanso 60 minutos menos (según ellos, porque en realidad sigo durmiendo mis ocho horas), yo veo sólo ventajas de entrar a las 7:00AM, porque salgo temprano, manejo y me estaciono tranquilo, con pocos autos circulando, e inicio mi vida de manera serena. Si todos los días experimentara el calvario que muchos viven a diario, sólo por intentar llegar a las 8:00 AM, mi calidad de vida bajaría considerablemente. A últimos años, he tratado de evitar cualquier tipo de violencia en mi existencia (a veces se logra y a veces no)

El manejar imprudentemente rápido, el rebasar por la derecha, los insultos, el pegar al auto al de enfrente para que se quite, acosar con las luces altas y demás acciones dejan en claro las agresiones que vive cada cual en el trabajo, en la casa, en la escuela o en la calle. No somos lo suficientemente conscientes para romper el círculo vicioso y preferimos desahogarnos con más agresividad: La violencia sólo genera más violencia.

Una de las más grandes evidencias que me demuestran que nuestra sociedad es preocupantemente violenta es la cantidad de perros muertos que veo al conducir. Llevo diez años al volante y nunca he atropellado a ningún perro (mucho menos a un humano, claro está). ¿Por qué? Bueno, porque soy prudente al circular, ni siquiera cuando manejaba rápido arrolle a nadie. Como mucha gente transita imprudentemente rápido, no tiene margen de reacción cuando se atraviesa en su camino un canino, persona u otro auto.

Por otro lado, no sólo se trata de manejar lento o rápido, también es importante el respeto a la vida, sobretodo la de estos preciosos animalitos (que lo son sin importar si tienen o no dueño). Me resulta indignante que exista gente que no sólo no los evita, sino que hasta los centra para asegurar la muerte del pequeño ser, ¿acaso eso no es una muestra del despreciable salvajismo que vivimos en esta sociedad?

Esa misma violencia nos hace ser irracionales al momento de conducir y les pongo un ejemplo claro. Si voy transitando y veo que a lo lejos la luz del semáforo se pone en rojo, en automático pongo la velocidad en neutro y dejo que la inercia me haga llegar al alto. Sin embargo, es muy común, en la misma situación ver muchos autos aceleran como locos para luego forzar su frenada antes de llegar al alto, ¿Para qué? ¿Por qué no somos inteligentes y usamos un poco de lógica? Esa insensata aceleración sólo hace que se desgasten más los frenos, los neumáticos, quemen más combustible, además del riesgo implícito de que se exponen a algún accidente. En verdad que nuestra vanagloriada consciencia sólo es honorífica la mayoría del tiempo. Mi estilo de manejo hace que el motor dé un rendimiento de 14kms/litro, cuando a mis compañeros de trabajo sólo obtienen 10 con una máquina similar. La diferencia radica en actitudes como la mencionada arriba al semáforo en rojo a la distancia, saber que viene un tope o que hay mucho tráfico más adelante.

¿Cómo podemos pedir en este país educación vial? En realidad es muy difícil, empezando por la obtención de la licencia de manejo: personalmente, obtuve fácilmente mi licencia sin nunca haber manejado anteriormente, porque el examen es teórico y de puro sentido común (en ningún momento fue práctico). Con este hecho ¿imagínense cuánto orate ignorante anda al volante en este país? Sólo para terminar mi caso, aclaro que antes de iniciar con el manejo en forma, me pague mis respectivas clases y, con la práctica y las bases obtenidas, fue mejorando día a día.

Aunque no sabía conducir de manera práctica, ya sabía hacerlo de manera teórica. Mi papá nunca se caracterizo por ser muy paciente, así que no pudo enseñarme a manejar, aunque eso le costó, porque nunca le he dejado tomar el volante del coche que manejo por parte de la empresa, sin importar que me ponga ojitos de cachorro abandonado (la venganza es dulce, ñaca ñaca). Sin embargo, durante mi niñez y adolescencia, él siempre me iba orientando y educando sobre distintos aspectos vitales al transitar: las luces, el uso de las velocidades, los frenos, el por qué de los carriles, las líneas continuas y discontinuas, el significado de señales, el manejo bajo lluvia y demás. Él me enseño tanto que se me facilito el circular al tener tanto bagaje teórico.

Fue una fortuna contar con un padre que sabe manejar muy bien, toda la educación vial que recibí de su parte fue vital. Adicionalmente, recuerdo que en el Kinder, tuvimos algunas sesiones prácticas al respecto (con nuestros cochecitos en el patio, nunca frente al pizarrón) en donde nos daban los aspectos más básicos y vitales del conducir, y de manera divertida, porque a todos los infantes les gusta jugar a ser adultos (aunque luego se lamenten cuando dejan de ser niños). Agradezco la oportunidad de recibir información en mi casa y en la escuela, pero soy de los pocos privilegiados en este país, porque mi caso es la excepción y no la regla. La mayoría de los que circulan son ignorantes y perpetúan dicha falencia al enseñar a sus engendros a transitar como ellos. Estoy seguro que ni el 5% de conductores en este país tomaron clases profesionales y/o serias de manejo. Si no saben lo elemental, pues tenemos como resultado tanto imbécil al volante, esto debido a la falta de sentido común que nos caracteriza en esta cultura y se evidencia en el violento tráfico que a diario sufrimos.

Una posible solución sería poner un sistema como en los países desarrollados, con clases teóricas y prácticas, además de exámenes en papel y al volante con un instructor al lado. Estoy seguro que mejoraría mucho la situación pero, conociendo la naturaleza del mexicano, se seguirían colando los estúpidos, ya que no existe en este país permiso, licencia, concesión, puesto y otros que no se pueden obtener con un dinerito“abajo del agua”. Así que este mal manejo también se ve influenciado por la corrupción, la dejadez y la falta de respeto que caracteriza al mexicano promedio.

Hace años recibí un curso en el trabajo llamado “Manejo a la defensiva”, ya que en los caminos mexicanos el transitar bien sólo es la primera parte para evitar problemas, también debes estar atento a las tonterías que hacen toda la bola de simios que circulan a tu alrededor. No sé si dicho curso se imparta en otras partes aunque, supongo, si todos fuéramos responsables y educados para conducir no tendría razón de ser.

Alguna vez alguien me decía que si un gringo, japonés ó alemán transitaran en México, no tardaría ni una hora en chocar, y estoy de acuerdo, después de haber conducido en Alemania y ver la civilidad, precisión y educación con la que circulan, no dudo que un automovilista foráneo tendría un accidente de inmediato, y no es que él estuviese mal, sino por la caótica jungla que significa manejar en este país.

En esta sociedad se promueve el que circules rápido, aunque no de manera tan abierta. De hecho, si llegas a presumir “Yo manejo a 200km/h”, vas a recibir comentarios tipo “¡Ay! ¡Estás loco!”, pero de ninguna manera te están reprendiendo o censurando, en realidad lo dicen con un tono juguetón, amigable y hasta de admiración. Por otro lado, si llegas a decir “Yo manejo a 80km/h”, recibirás auténticas críticas y serás estigmatizado por transitar como abuelito, que mejor no manejes, que sólo estorbas y demás. Por eso, no nos extrañen tantos accidentes, ya que al que maneja estúpidamente rápido se le celebra dicho hecho.

Ya no sé que es peor en el conductor mexicano: la violencia o la ignorancia, lo triste es que se han de dar simultáneamente. Todos estos pilotos profesionales, que es lo que creen ser, que son todopoderosos al volante y todos somos nada ante su magnificencia, al momento de llover, se convierten en corderitos atemorizados, por la ignorancia que los caracteriza. Estoy de acuerdo en circular con precaución, pero no es lo mismo que hacerlo con miedo, y así transitan con lluvia o neblina, lo cual resulta igual de peligroso que cuando manejan con exceso de velocidad porque esa actitud timorata también causa muchos accidentes.

Cuando llueve o hay neblina es un espectáculo triste ver el terror, que no precisamente significa precaución, con la cual avanzan. Yo que manejo tranquilo me llego a desesperar por esa actitud tan apocada con la que circulan.

Mi opinión: circular bien no es hacerlo rápido, pero tampoco es hacerlo con miedo. Para manejar correctamente hay que ser prudente, sensato y consciente, de lo que uno está manipulando, que puede pasar de un medio de transporte a un arma letal, todo depende en las manos de quién caiga.

Ciertamente en Alemania ha de haber patanes, ha de haber imbéciles y ha de haber gente violenta al volante pero por alguna razón, sobre la cual ya escribí, es distinto manejar allá que acá.

Hebert Gutiérrez Morales.

sábado, 5 de noviembre de 2011

La navidad prostituida

            Me encanta el Día de muertos, Halloween o Noche de brujas (como le quieran llamar). La razón de este gusto no radica en los altares, ni en el pan de muerto, ni en las fiestas de disfraces, ni en las calaveras de dulce, ni en las golosinas que compro para dar a niños y que, irremediablemente, me acabo comiendo yo. En realidad me encantan estas fechas porque, gracias a que existen, no empieza antes la temporada navideña. Si no estuvieran estas festividades de muertos, estoy seguro que la Navidad empezaría desde Septiembre (justo al pasar el día de la Independencia). Así que aunque no sea oficial, pero es la realidad, ahora la Navidad inicia desde el tres de Noviembre, esto dictaminado por las grandes marcas y comercios, con la anuencia del consumidor.

Hace dos Viernes me trasladaba hacia mi fiesta salsera de Halloween, y note que la gente estaba manejando excepcionalmente mal (que ya es decir en este país), por lo que me pregunte “¿Qué pasa? Hasta parece que ya viene Navidad” y ahí me dí cuenta que ya había llegado el tiempo que más crítico del año. Uno de los problemas de estas fechas es que la, de por sí grande, irrespetuosidad e ignorancia de la gente al conducir, se acentúa y/o agudiza con la ansiedad de comprar o llegar algún lado. Irónicamente, en tiempos navideños, la agresividad de la gente al manejar crece exponencialmente ¿dónde quedó el amor y la paz? No voy a ahondar en este tema, porque ya tengo un ensayo completito que habla de la violencia al manejar.

            La mayoría tendemos a romantizar nuestras remembranzas y, por lo mismo, nos cuesta ser objetivos con tiempos pasados, sin embargo, recuerdo que en mi niñez la época navideña iniciaba dos o tres semanas antes del 24 de Diciembre. Eso quiere decir que hasta iniciado el último mes del año empezabas a ver mercancía temática, iniciaban las campañas de ventas alusivas, los comerciales de juguetes, la compra de arbolitos y demás.

            Los tiempos cambian y, hoy en día, somos expuestos al acoso mediático y comercial desde el inicio de Noviembre (más de mes y medio de anticipación). En esta ocasión no podemos culpar (del todo) a los gringos, porque por lo menos ellos tienen El día de dar Gracias, lo cual impide que su Navidad inicie tan temprano como se da en México (y supongo que en otras partes del mundo). Pobre mes de Noviembre, ha perdido su identidad y ha sido ultrajado por el movimiento navideño.

            No me queda la menor duda que la época decembrina es el pináculo del consumismo, es cuando más se compra, y es que la gente tiene la ilógica necesidad de gastar tanto como sea posible (sin importar que se endeuden). Esta necesidad de adquirir es una especie de validación ante el mundo y ante sí mismos: si no compro no vivo.

            La máxima de René Descartes reza “Pienso, luego existo”, ésta ha dejado de ser válida por dos motivos: el primero es que la gente ya no piensa, sólo sigue una programación diseñada por los círculos del poder y aplicada a través de la sociedad. La segunda es que la frase ha sido cambiada por “Compro, luego existo” la cual refleja perfectamente la realidad actual. Por la manera en que consume la gente, pareciera que la calidad del ciudadano se basa en todo lo que adquieras, es tan ridícula la pasión con la cual gastan que parece que su vida dependiese de ello. Entre más compres eres más bueno, eres deseado, eres maravilloso, más amado y, por qué no, hasta más guapo.

            Siguiendo está lógica, entre menos compres te sientes miserable, infrahumano, despreciable, escoria, en resumen, poca cosa. Este comportamiento patológico es el resultado de esta sociedad consumista y/o materialista, misma que ha convertido una festividad religiosa en una época de ofertas, ventas nocturnas, promociones, compras a 12 meses sin intereses y 20% en monedero electrónico, el caso es comprar como orates y sin tener plena consciencia de lo que nos obligan, o programan, a hacer.

            Soy censurado por mi manera de pensar en gran parte del año pero, al meterme con la festividad más querida y popular, obviamente es en estos meses cuando más críticas recibo. A pesar de ello, tengo que aclararles algo, si necesitan una sola época del año para ser bondadosos y cariñosos (mas nunca auténticos), pues cada cual debería analizarse. Si es obligatorio un pretexto para fingir algo que no se es (y podrían ser), pues hay algo mal, porque uno puede ser bueno o un maldito desgraciado todo el año sin que nada afecte nuestra esencia. Si uno es voluble con su personalidad y cambia por intereses externos, pues eso habla de la falta de autenticidad, autoestima y personalidad que tienen la mayoría de la gente.

            Nunca he visto alguna película del Grinch, porque odio los filmes navideños, sin embargo, llevo tantos años escuchando “Ay Hebert, ¡Eres todo un Grinch!” que, honestamente, ya está muy desgastado. De hecho ya es hora de que los corrija, porque lo correcto es que al monigote verde le digan “Ay Grinch, ¡Eres todo un Hebert!”. Y me parece justo, porque a ese personaje no le gustaba la navidad y acabo aceptándola, justo al contrario mío, porque yo empecé amando la Navidad, después la odie y ahora me resulta cada vez más indiferente.

            Durante mi infancia, al igual que todos los niños, esperaba la navidad con mucha ansia, sobretodo por los juguetes. No lo voy a negar, quería recibir la mayor cantidad posible de obsequios tanto en 25 de Diciembre como el 6 de Enero. Aunque mis regalos eran lo más importante, también esperaba reunirme con todos mis familiares. No entendía por qué todos estaban tan tontamente felices, pero me dejaba contagiar por su alegría sin sentido, así que me juntaba con mis primos para jugar, además de que nos dejaban dormir hasta tarde (lo cual era un auténtico lujo en mi niñez).

            No sé cómo sea la época actual pero, supongo, los niños deben ser los que más disfrutan de estas fechas, sobretodo por la posibilidad de que seres extraordinarios y mágicos les traigan regalos. Los padres, si son astutos, también le sacan provecho a ese sentimiento, porque todo el tiempo están chantajeando a los pobres engendros para que se porten bien o “Le voy a decir a Santa Claus que te portaste mal”. Lo triste es que a los niños cada vez les dura menos esa ilusión; en mi caso, me entere alrededor de los 10 años de todo el teatrito de los juguetes pero, me han comentado, hoy en día recién entran a primaria y ya les roban sus expectativas (clásico comportamiento mexicano: “Si a mí ya me fregaron mis sueños, yo te voy a fregar los tuyos”).

            Pero regresando al punto, los niños no entienden muchas cosas, sólo se dejan llevar por toda la farsa de los padres, por la estúpida alegría de los adultos, por la posibilidad de los regalos, por las fiestas y demás. Ellos lo disfrutan a más no poder, porque aún no están tan maleados por esta sociedad materialista y, con el corazón en la mano afirmo, me alegro que la felicidad e ilusión de los niños sean reales en estas fiestas porque es de lo mejor que uno puede experimentar en su infancia.

            Volvamos a mi pasado, conforme fui creciendo, me di cuenta que la Navidad no era todo lo que creí en un inicio, y es un proceso natural no sólo con las festividades, sino también desmitificas a tus padres, la religión, tus amigos, la humanidad, los valores, los principios y muchas otras cosas que te habían enseñado de manera utópica. Entre los 14 y 16 años (época en la inicie con cambios radicales en mi existencia, como dejar la religión o bañarme con agua fría), me dí cuenta de que el teatrito de la Navidad no sólo se llevaba a cabo con los juguetes, sino que TODA era una farsa en sí (por lo menos de cómo me la habían enseñado). A partir de entonces deje de participar en esta celebración, identifique los intereses involucrados, las apariencias, la gran necesidad de comprar y recibir, ser “bueno” a través de obsequiar pero también en espera de que te regalen de vuelta.

Me di cuenta que la navidad era como cuando iba a misa: La mayoría es gente “buena y misericordiosa” durante la ceremonia pero, al salir de la misma, vuelven a ser los mismos humanos basura que eran antes de entrar en ella. Lo mismo pasa con estas fechas, uno puede ser un auténtico hijo de puta todo el año pero, llegando la Navidad (cuando todo mundo es bueno per se), resulta ser el más querido, más cariñoso y bondadoso de la existencia. Debo demostrar todo lo que te quiero mediante algún regalo (y si es caro y/o de marca reconocida, mucho mejor). De hecho voy a sacar todo lo maravilloso que soy, y no hagas caso a mi comportamiento de los meses anteriores, porque ése no soy yo, ya que mi verdadera esencia sale en Navidad.

¡Por favor! ¡No sean ridículos! ¡Que gente más falsa! En Enero vuelven a ser la misma escoria que han sido siempre, y la misma que van a ser por los siguientes once meses. Era obvio, y necesario, que me alejará de la Navidad, considerando que proviene de la misma religión que abandone simultáneamente, y todo se basa en la incongruencia. Una cosa es lo que dicen y otra la que hacen, Navidad sólo es un pretexto para lucirse ante la familia y sociedad, para demostrar los excelentes seres humanos que podemos ser, sin importar las acciones cuestionables que hagamos el resto del año.

Ok, ok. Esta imagen no es de crítica, pero amo
a Asuka y a Rei
¿Por qué fingir en Navidad? ¿Por qué pretender que quieres o respetas a alguien cuando en realidad lo detestas? ¿Por qué actuar tolerancia cuando todo el año eres intolerante? ¿Por qué aparentar lo que no eres? ¿Para que los demás no te critiquen? ¿Para que te perdonen? ¿Por qué tenemos que ser buenos por dogma? ¿Por qué debemos poner nuestra estúpida cara de una felicidad hueca y sin fundamentos? ¿Por qué repetir frases automáticas y sin sinceridad como “¡Feliz Navidad! ¡Te deseo lo mejor!” cuando pocas veces las sienten en verdad?

Vamos a ampliar más esta crítica al año nuevo, ¿qué caso tiene martirizarse con propósitos que nadie cumple? “¡Quiero dejar de fumar! ¡Voy a hacer Ejercicio! ¡Mañana inicio mi dieta! ¡Ya no voy a tomar!”. Tantas y tantas metas que serían realizables pero, como fueron hechas por la embriagadora alegría del momento, casi todas son abandonadas. No es necesario un fecha en especifica para proponerte mejorar, eso se puede hacer SIEMPRE, hoy mismo puedes iniciar sin la necesidad de un pretexto que te motive a hacerlo. Se demuestra lo barato de la época al ver los resultados, al ser basado en un sentimiento de euforia temporal, el compromiso también es efímero; por eso mismo acaban dejando el gimnasio, la dieta, las clases de baile o retornan a los vicios que habían prometido dejar.

¿Se dan cuenta de cómo malbaratamos nuestra palabra y fiabilidad? Cada año ya sabemos las promesas y los fantoches que la van a hacer, así como conocemos los resultados. Es un círculo vicioso que nosotros mismos hemos fomentado, y eso mismo contribuye a la depresión que muchos sienten en Enero, porque ya no tienen dinero, no tienen fiestas, ni regalos ni nada que festejar, además de que, la mayoría, están con bastantes kilos de más (seguramente por toda la “alegría” que acumularon).

Como buen Contreras, creo que el mes de Enero es mi favorito, aunque no llego a los niveles de inconsciencia del resto. En primera me divierte toda esa gente que estaba tan tontamente feliz un mes antes y después están inexplicablemente tristes (como se nota lo vulnerables que son a factores externos para regular su estado de ánimo). Si quieren verlo así, también formo parte de esta sociedad capitalista pero, me parece que, mi comportamiento es distinto.

Para mis pulgas, sólo imaginarme las tiendas llenas, sin lugar para estacionarse, sin la atención personalizada, y los precios elevados (aunque te los vendan con un supuesto descuento) son suficientes razones para evitar comprar en fin de año.

Para empezar, clausuro la cartera tras las festividades de Muertos, es difícil (por no decir imposible) que haga una compra significativa en Noviembre y mucho menos en Diciembre. Esto ya es una disciplina de años, me controlo y ahorro mi dinero. Podemos decir que en Enero se presenta mi Navidad y los disfruto por las siguientes razones: Las tiendas están vacías y anhelan fervientemente a cualquier consumidor; por lo mismo, casi toda la mercancía está con descuentos bastante atractivos (y reales), como consecuencia, cuando voy a comprar, ante la falta de clientes y la necesidad de vender, soy atendido como rey, de hecho, es tanta atención que me llega a incomodar. Obviamente Enero es el mes en donde más consumo, pero hay mucha diferencia de comprar de un mes a otro.

Por esta ridícula felicidad sin sentido, la cual es meramente superficial, esta es la época del año en la que más me aíslo. Esto es una ventaja porque es cuando más puedo leer y, a partir de este año, cuando más puedo escribir. Ciertamente voy a (considero yo) demasiadas reuniones, de algunas no me puedo deslindar (temas laborales) y a algunas me da gusto ir (más por las personas que por el motivo); sin embargo, trato de zafarme de todas las que pueda. Si asistiera a todas las celebraciones que me invitan, no tendría tiempo para mí, me sentiría agobiado y subiría como 20 kilos por todo lo que tragaría.

La navidad ha dejado de ser, desde hace mucho tiempo, una fiesta religiosa para convertirse en una festividad comercial. El Arbolito, los regalos, el pavo, las medias en la chimenea, Santa Claus, los ayudantes de éste, los renos, los muñecos de nieve y hasta los Osos polares son más difundidos que las imágenes de Jesús, María, José, la estrella de Belén, los animales del pesebre, etc. Si no me creen, pregunten a cualquiera sobre lo primero que le viene a la mente al escuchar la palabra Navidad, se darán cuenta que la mayoría de las respuestas están relacionadas con lo comercial y muy pocas (las más mochas) les dirán que el nacimiento de Jesús.

Es más, la influencia de las marcas es tan grande que ya nadie puede concebir a un Papá Noel sin su traje rojo, en el inconsciente colectivo, el atuendo escarlata con blanco es obligatorio, y eso se lo debemos a Coca Cola y su publicidad, porque el traje original era entre una especie de café con verde olivo (pero nunca rojo).

Es chistoso que una fiesta religiosa ha sido tan prostituida que ya hasta se podría considerar pagana, por todas las imágenes que se veneran y respetan en estas épocas, tan distintas a las de la religión que tuvieron origen. Una evidencia de que esta festividad se ha vuelto más comercial que religiosa es el hecho de que se festeja en países en dónde la cristiandad es mínima, por ejemplo tenemos Japón. En la tierra del sol naciente, el porcentaje de la población católica y/o cristiana no alcanza ni el 1% y, sin embargo, celebran la navidad. Obviamente los nipones no lo festejan por el nacimiento de Jesús, más bien lo hacen a un estilo “Día de San Valentín”, en donde es un buen pretexto para reunirse y darse regalos.

A título personal, esta fiesta representa para mí dos venenos: el consumismo o la religión. Por eso mismo me aislo tanto como me es posible. Tiene muchos años que no voy a la iglesia, obviamente no estoy recomendando que vayan, pero me parece que las personas que se consideran creyentes deberían cambiar sus prioridades y darle mayor valor a sus costumbres religiosas antes que a las comerciales, por lo menos serían más auténticos y leales a sus creencias.

Sé que muchos dirán que efectivamente llevan a cabo esas actividades que les dicta la religión, pero muchas de ellas sólo son el pretexto para “festejar” y emborracharse (ejemplo típico son las posadas). Obviamente, no los culpo por lo aburrido que resulta, muchos no van a misa en estas fechas, ni ven el mensaje del Papa.

Estos argumentos demuestran que la religión más grande del mundo es el consumismo, ya que éste se ha apropiado de esta festividad. No dudo que aún existan personas que celebren la Navidad con el sentido original con la cual fue concebida aunque, es casi imposible hacerlo, el toque del materialismo no puede ser extirpado.

Y aquí llegamos al meollo del asunto, muchos argumentaran que es imposible celebrar estas épocas sin consumir bestialmente, por eso mismo a la mayoría ya no disfrutaría la Navidad sin comprar alocadamente. Sólo considérenlo un momento: ¿Una navidad sin gastar en exceso? Obviamente no les checa porque ya tienen tatuado un paradigma de que Navidad = Compras, para el ser humano occidentalizado y/o capitalista es imposible concebir estas fechas sin gastar. Tal vez puedan prescindir de muchas cosas, y seguiría siendo navidad, pero ¿dejar de comprar? Les aseguro que no les sabría igual su festividad.

Muchos dicen, y espero que tengan razón, que estas fechas les sirven de pretexto para juntarse con la familia. Si así es, me alegra, aunque sería mejor que no necesitaran un razón para convocar a todos sus familiares, pero como no es así, por lo menos la Navidad trae algo bueno al reunirlos una vez por año, espero que en la celebración se le dé más valor a los seres queridos que a lo que regalan los mismos. Y, sólo cómo reflexión, ¿por qué están separadas las familias? ¿Por qué necesitan de una fecha en específico para que se reúnan una vez en todo un año?

¿Qué pretendo con este escrito? ¿Qué la gente cambie? ¡Claro que no! Si apenas puedo conmigo mismo, no puedo cambiar al mundo entero. Sólo me gustaría que fuesen más honestos y tomar una postura tipo “Me gusta Navidad porque gasto mucho, me siento bien, tengo muchas fiestas, como y bebo en exceso, además de que recibo regalos” en lugar de guardar las apariencias y dar el discurso políticamente correcto: “Navidad, una época de amor y paz, en donde todos nos perdonamos, amamos y somos bendecidos por nuestro señor Jesús” y, mientras dicen esto, están pagando su nueva pantalla 3D a 18 meses sin intereses. ¿Acaso soy el único que ve lo ridículo e incongruente de toda esta situación?

Sé que les voy a caer muy mal por escribir todo esto, ahora imagínense a mi pobre madre que tiene que lidiar conmigo cada quince días o a mis compañeros de trabajo que me soportan a diario. Sin embargo, en la psicología se ha demostrado, “Si te choca, te checa”, si les incomoda mi escrito, ha de ser porque algo de razón ha de tener.

Ya use está imagen antes
pero era obligatoria en esta ocasión
Seguramente están pensando que todo lo que percibo de la navidad no es cierto, y es factible que tengan razón, pero no pueden afirmar que todo es falso. De igual manera no pueden asegurar de manera categórica que todo lo que ustedes perciben de esta época es cierto. Finalmente les he de comentar, con el tiempo aprendí a ver que sí hay una parte auténtica de la Navidad pero es mínima a comparación de toda la parafernalia que te atiborran a lo largo de tu vida, y comprobé que esa pequeña fracción real se va reduciendo año con año (habrá familias en donde sea un poco más grande y en otras dónde ya desapareció desde hace años).

Muchos sienten nostalgia cuando termina la navidad, yo la tengo cuando termina la época de muertos.

Hebert Gutiérrez Morales.