domingo, 30 de octubre de 2011

Estoy Harto

            Este texto lo escribí alrededor de cuatro años atrás, en una especie de Diario/Bitácora en dónde desahogaba lo que hoy en día hago en el blog. No lo voy a transcribir integro porque hay muchas redundancias y algunas groserías, pero sí voy a transmitir las ideas esenciales porque me parecen muy interesantes, sobre todo para mí, a casi cuatro años de distancia. Se los comparto:

            Estoy harto de las mujeres, del trabajo, del baile, de mi familia, de cuidarme, en general, estoy harto de mi vida. Sólo quiero dormir, y no despertar jamás; habitar en un mundo de sueños e ideales, en dónde las mujeres no sean excepcionalmente difíciles, en dónde los valores signifiquen algo y no sólo sean un mito. Vivir en un lugar sin juegos tontos y sin sentido, porque quiero que las personas digan lo que sienten y actúen congruentemente a esos sentimientos, en donde éstos últimos sean más valiosos que las poses sociales, en dónde todos puedan ser como quieren ser, decir lo que piensan y actuar de acuerdo a sus convicciones y/o creencias.

            Quiero un mundo que me acepte como soy, y no uno que me intenta cambiar en cualquier oportunidad. Sólo quiero ser yo y que me dejen tranquilo, si no me pueden aceptar tal cual soy ¡Déjenme en paz! Prefiero una soledad honesta a una compañía destructiva. Si no me soportan, díganmelo; y, si me quieren, también exprésenlo.

            Por una vez en la vida quiero sentirme pleno y, si no ayudan, ¡entonces no estorben! Ya me canse de ser lo que los demás quieren que sea, ¡Todos se pueden ir al demonio y dejarme solo!, así me pudriré con mis ideas y convicciones. Si soy el único que respeto y creo en mis valores, pues es justo que sólo yo me quede con ellos.

            Ya no soporto este mundo de actores, de personajes, de caricaturas humanas de las cuales estoy rodeado. Quiero a alguien leal y honesta, que valore al humano que hay en mí, en vez de la pose o de lo que puedo ofrecerle económicamente.

            Ya me canse de protegerme de todos, sólo quiero ser yo y estar en paz: acompañado si es que alguien nació para mí o, en caso de no ser así, solo.

            Ya no quiero seguir a marchas forzadas, sólo quiero fluir con la vida a un lugar tranquilo y sin presiones; quiero ser libre y salirme de esta fila que no lleva a ningún lado, quiero dejar de ser cobarde y ser solamente yo, sin la opinión influyente de nadie más.

            Quiero aislarme, no quiero ver a nadie más, no quiero estar con nadie que no quiera estar conmigo. Prefiero la soledad, quiero escucharme a mí y sólo a mí. Ya no voy escuchar idioteces de seres que no tienen ni idea de lo que hacen con su vida y que, por lo mismo, carecen de autoridad moral para aconsejar al respecto.

Mis perras son seres auténticos, y eso que no tienen “consciencia”, nos jactamos de ser los únicos seres vivos con “consciencia” y ¿para qué nos sirve? ¿Somos mejores? ¿Somos congruentes? ¿Somos lógicos? ¡No somos nada de eso!, cualquier criatura “salvaje” (como nos atrevemos a calificar) es más lógica, congruente y mejor que nosotros.

Si existe la reencarnación, me gustaría ser perro, pero en un mundo sin humanos, los cuales destruyen todo lo que tocan, incluyéndonos a nosotros mismos como raza.


(28 de Abril del 2008)

Puf, como pueden ver creo que estaba un “poco” enojado, por la forma de expresar, pero en el fondo sigo creyendo en casi todo eso que escribí de manera tan auténtica. Creo que refleja auténticamente el sentimiento Misántropo que vive en mí y que ya refleje en un ensayo anterior. Lo único que es distinto es que he comprendido que el mundo no va a cambiar, así que tuve que cambiarme a mí mismo para tener una existencia más plena y tranquila.


Hebert Gutiérrez Morales

miércoles, 26 de octubre de 2011

¿Acaso sólo importa la belleza física?

Gran parte de mi vida fui feo, y no quiero decir que me haya operado para dejar de serlo, simplemente lo era porque así me sentía, ya que así lo había decidido con pasión y vehemencia; esa actitud permeó en mi existencia y, como además era gordo, difícilmente podía considerar que mi ser tuviera algo bonito o atractivo. Después de muchas vivencias, aprendí que todo radica en la actitud, esto obviando que hay gente más simétrica, atlética y (universalmente) aceptada que otra, en realidad lo bello está en los ojos de quién lo mire.

Independientemente del físico, la postura ante la vida influye decisivamente en el atractivo de una persona. A lo largo de los años he visto mujeres muy guapas que pasan desapercibidas por el resto, ya que tienen un lenguaje corporal tan timorato que nadie voltea a verlas. Igualmente he visto algunas otras que no son la maravilla pero que tienen una energía tan segura y fuerte tipo “el mundo no me merece” que es imposible no notarlas sólo por esa misma pose de “perdonavidas”, es por eso que ellas mismas se creen que están muy bien y uno se las compra.

Hay muchas mujeres que TODO el mundo encuentra irresistibles y que a mí no me llaman la atención y al contrario, a veces encuentro interesantes a las que nadie más gusta. Una posibilidad es que tenga mal gusto y otra es que decido mis propios cánones de belleza y no los que me dictan la sociedad o las revistas de espectáculos, como la mayoría sí lo hace. Afortunadamente, al tener gustos muy propios, las esqueléticas no figuran en mis predilecciones, por lo mismo me parece increíble cuando un esqueleto viviente pasa frente a alguno de mis compañeros y dicen “Mírala, ¡está buenísima!” Yo me quedo con cara de “What?” y respondo “Mejor dale algo para que coma la pobre”.

Me resulta tonto que féminas que parecen niñas, por lo enclenques que están, atraigan más atención que las que poseen curvas bien formadas y con “carne que agarrar”. Estas últimas, que encuentro 100 veces más atractivas, se consideran a sí mismas gordas y se medio matan de hambre o haciendo ejercicio para ser esqueléticas, algo que nunca lograran, porque su complexión se los va a impedir y, sin embargo, no desisten en su lucha por ser lo que no son.

Algo es innegable: la belleza (de cualquier tipo) no puede existir en un ser que no se quiere a sí mismo. En nuestra cultura el quererse a uno mismo es malo, se le tacha a uno de egocéntrico, narcisista y pedante; como está mal quererse, es fácil descuidarse y ser feo por lo que, paradójicamente, el serlo en automático nos asegura la lastima de los demás y ahora somos “buenos”, y todos los bonitos, guapas, atractivos son gente “exitosa” y por ende son los “malos” y como ellos tienen todo y nosotros nada, sólo nos queda decir somos feos pero somos buenos (porque sufrimos)

Uno debe ser bello(a) para sí mismo(a), lo malo es que la opinión de los demás pesa más que la nuestra, lo cual demuestra que, aunque seamos bellos por fuera, no nos queremos por dentro. Por ejemplo, ayer no me ejercite, me pregunte ¿Para qué? ¿Para quién? Y por primera vez no bastaron las clásicas respuestas: “Para ti, tu salud e imagen”. Así que, a pesar de tener todos los factores propicios para correr, no lo hice al no tener una razón válida para hacerlo.

Me alegró mucho tomar esa decisión, porque si lo hubiese hecho sólo por los demás, hubiera sido muy triste. Hay ocasiones en que se debe escuchar al cuerpo, que es parte integral de nuestro ser; de igual manera hay veces en donde uno quiere “portarse mal” y darse un lujo sólo por apapacharnos. Obviamente uno no puede estar holgazaneando o tragando porquerías todo el tiempo, pero también es bueno, eventualmente consentirnos porque, si no lo hacemos nosotros mismos, ¿cómo queremos que lo hagan los demás?

Ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre. Toda la gente es distinta, no todos somos fuertes o guapos ni altas y bellas, lo que sí podemos demostrar es ese cuidado por uno, sin caer en la veneración al cuerpo. El amor propio que tengas se nota de inmediato ya que, no serás la persona más bella de la existencia pero, sí puedes ser la versión más hermosa de tu ser, incluyendo un bello interior, que hace que tu atractivo sea aún mayor e integral. Las bellezas huecas son como muñequitas o muñequitos, los cuales nunca tomas en serio y sólo utilizas para entretenerte.

Aunque el tema ya lo trate en otro ensayo, obviamente lo que valioso de alguien es lo interno, pero a nadie le molesta un exterior agradable o bello; tal vez no sea políticamente correcto decirlo, pero no por ello deja de ser cierto: a todo el mundo le gusta una persona atractiva (cada cual en el género de su preferencia). Como a todos nos agrada ser vistos y, en cierta manera, aceptados, nos vemos obligados a dar nuestra mejor versión (a veces con contenido, a veces una belleza hueca). Sería muy bueno que pusiéramos ese mismo ahínco en desarrollar esa mejor versión de nosotros no sólo en apariencia sino también en esencia.

Primero prodigamos la apariencia antes que lo interno y, cuando nos acordamos, algunos nos desarrollamos de fondo aunque a la mayoría no le interese hacerlo (échense un clavado al Facebook y van a ver la cantidad de basura hueca que se postea como ejemplo de lo que digo). La búsqueda del atractivo físico per se es inútil, ya que nos convierte en maniquíes vivientes. Ciertamente todos queremos ser bellos, pero no todos logramos tener materia, fibra, esencia, ideas, valores, principios, un fondo interesante. Es muy lindo encontrar “gente bonita” pero, eventualmente, esa belleza no alcanza (por lo menos para mí) para llenar una relación ya sea amistosa o sentimental. Lo triste es que una gran cantidad busca “una vieja bien buena” o un “tipo bien mamado y guapo”.

De acuerdo a tus prioridades será lo que recibas en el futuro: si lo que quieres es una persona atractiva, sin importar la esencia, la obtendrás pero (inevitablemente) el físico se acaba y sólo queda lo de adentro. Aunque se cambie de “modelo” constantemente el resultado será el mismo: la belleza física tiene fecha de caducidad, la propia incluida. Ahora, como ya escribí en este otro ensayo, hay mucha gente que vale la pena pero que no nos damos oportunidad de conocer por el físico o, por lo menos, que se note algo de interés en cuidar su apariencia.

Regresando al famoso Facebook, es un ejemplo perfecto para demostrar las discriminaciones que se hacen de acuerdo a la apariencia. Tomándome como ejemplo, de vez en cuando, recibo solicitudes de amistad de personas desconocidas. Mi criterio es el siguiente: si son hombres “rechazados en automático”, si son mujeres “puedo analizar el caso”, si no me gustan “rechazadas” y si están guapas o tienen potencial “aceptadas”. ¿Es esto correcto? ¡Claro que no! He intentado evitarlo y, antes de rechazarlas, les envío un mensaje preguntado el motivo de que me agreguen, como no responden, pues no las acepto. Aunque claro que no les envío el mismo mensaje a las chicas guapas que acepto sin chistar Este ejemplo mío que, tristemente, es más la regla que la excepción, nos indica lo valioso que resulta la imagen en un mundo tan visual.

La belleza es relativa y lo ejemplifico de la siguiente manera: todos recordamos nuestros primeros días en alguna escuela, en algún trabajo, en un nuevo vecindario o en cualquier etapa nueva en nuestra vida; también han de recordar la impresión inicial que tuvieron respecto a muchas de esas personas, que veían por primera vez. Seguramente muchas de ellas no les llamaban la atención pero, con la convivencia y con el paso del tiempo, de manera paulatina, las fueron conociendo, les fueron gustando y hasta se enamoraron de ellas (decía un amigo en la Prepa: “De tanto convivir, les encuentras lo bonito”).

Sobre la misma línea de análisis, en alguna ocasión tuve un curso, en el cual había tres chicas, dos de ellas sobresalían por lindo exterior y la tercera tenía lo suyo pero era totalmente opacada por las otras dos. Posteriormente, en otro curso de iguales características, me volví a encontrar con la tercera chica (la que menos llamaba la atención a comparación de las dos primeras) pero, al no tener competencia, era la más atractiva de esa segunda ocasión y hasta me empezó a gustar.

            Todo esto de la belleza o el atractivo de las personas es totalmente subjetivo y está muy basado en la abundancia o carencia de ciertas cualidades. En los países en donde hay más morenos, la gente de raza blanca llama más la atención y viceversa, los de piel morena tenemos más éxito en países con población predominantemente blanca. Esto lo viví en carne propia durante mi viaje por Alemania. Actualmente me cuido lo que nunca en mi vida, pero reconozco que no soy ningún modelo, sin embargo, dadas mis características físicas, me sentí todo un Latin Lover en tierras teutonas, ya que la atención de las mujeres era excesiva e insistente, mas nunca agresiva o negativa.

En México, cuando viene alguna alemana o gringa, de inmediato atrae todas las miradas masculinas, porque aquí no abundan las mujeres con esas características. Por otro lado, en el trabajo nos sorprende que muchos alemanes (no todos) se relacionen con chicas cuyos rasgos autóctonos son bastante notorios y, por mucho, no son de las más apreciadas en nuestro país, pero ¿qué pasa? Pues que en Alemania ya se cansaron de tener tanta mujer con facciones arias y cuando ven algo distinto, como nuestras “flores del ejido”, de inmediato quedan prendados de ellas (también aclaro que hay quienes tienen un gusto más refinado, pero son los menos).

El caso es que, por naturaleza humana, siempre vamos a desear lo que más escaso sea en nuestro medio. En la edad media la obesidad era un signo inequívoco de atractivo, ya que tenías suficientes recursos para comer, por lo que eras una persona pudiente. Irónicamente, esas chicas flaquitas (que hoy son Top Models) no eran mínimamente vistas por el grueso de la población. En China, en donde gran parte de la población es esbelta, ocurre un fenómeno similar, los hombres llenitos son los cotizados. Mi (ahora) jefe me comentaba que, en su viaje por aquél país, él era todo un Sex Simbol, porque estaba gordito y chaparrito, y es que a las chinitas les parecen irresistibles ese tipo de hombres, porque quiere decir que tienen los medios para comer en abundancia, lo cual demuestra su status social.

Hablando de un escrito que toca el tema de la belleza, la gran mayoría de las personas toman una postura intolerante ante la decisión de Dorian Gray, en la obra maestra de Oscar Wilde, al vender su alma al diablo por obtener juventud y hermosura eterna. Sin embargo, no me cabe la menor duda, un gran porcentaje de la humanidad tomaría la misma decisión si se les presentara la oportunidad; dicha afirmación la basó en esas actitudes tan irresponsables que tomamos por satisfacer nuestra vanidad, y es que hacemos lo que sea por estar delgados, evitar arrugas, aparentar menos edad y demás aspectos estéticos.

¿Cuántos productos milagrosos o dietas extremas somos capaces de aguantar? ¿Hasta dónde podemos llegar en nuestro afán de belleza? ¿Es posible que pongamos en riesgo nuestra salud (mental, física y emocional), nuestra estabilidad, nuestra economía y hasta nuestra vida por una apariencia con fecha de caducidad? Esta egolatría enfermiza que caracteriza a la raza humana nos empuja a eso y más.

No me atrevo a calcular el porcentaje de la humanidad que vendería su alma por mantenerse jóvenes y bellos, y es más grave aún, yo mismo no puedo afirmar o negar si pagaría dicho precio. Tal vez, para verme bien ante ustedes, podría dar un “No” tajante pero, ese tipo de situaciones, no pueden ser contestadas hasta que las experimentas en carne propia.

Tanto la riqueza como la belleza son una simple actitud existencial, porque si dependes de los demás para validar tu atractivo o tu abundancia, siempre vas a encontrar a alguien que te diga lo contrario. Cuando uno está convencido de lo que es o de lo que tiene, ninguna crítica adversa te hará desistir de tu opinión.

Todo esto forma parte de un problema más profundo, ya que la obsesión particular o general por ser bellos no es lo peor del asunto, lo grave radica en que lo motiva un mundo que califica sobre todas las cosas lo superficial y/o estético sobre cualquier otro rubro (a excepción del dinero, que es el máximo y más efectivo “embellecedor” del mundo actual).

Un último comentario: no es lo mismo verse bellos que serlo realmente.

Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 23 de octubre de 2011

Un problema gordo

Más de 30 años de mi vida fui gordo y, no lo puedo negar, hay una parte de mi ser que aún se siente así, por lo mismo, es factible que mi comentario respecto a este tema no sea objetivo, ya que desprecio abiertamente ese sobrepeso que me acompañó gran parte de mi existencia. Por esa misma animadversión, soy capaz de superar mi gula (que en ocasiones es más grande que mí mismo) para evitar esa obesidad. No sé si mi caso esté justificado, sólo recuerdo lo que viví y me quedo un prejuicio remanente de tantos años de burlas y discriminaciones por mi peso. Y es que en este país el estar obeso es equivalente a ser leproso, y me basó en el terror de la gente a subir de volumen o tallas.

Empecemos por las modelos imposiblemente flacas que aparecen en revistas, películas, televisión, eventos y demás escaparates para decirles a todos que eso es ser bella, y me parece que los estándares de belleza están mal. A mí no me gusta una mujer excesivamente flaca, me gusta que tengan carne que agarrar y curvas que lucir. Sin embargo, por el excesivo bombardeo mediático, TODAS las mujeres del mundo (o por lo menos las que conozco) se sienten gordas, nunca he escuchado una que diga “Estoy feliz como soy”. Todo porque son normales, sanas y (por lo menos para mí) bellas en vez de esqueletos vivientes.

            El peso tiene mucha importancia en nuestro mundo actual, por ejemplo, en alguna ocasión pasó por la oficina una chica muy gordita, que vestía una prenda igual a la de una de mis amigas (la cual estaba en muy buen forma). De inmediato la empezamos a molestar con que era su gemela (en nuestro departamento casi no se nos da eso de ser fregativos), el caso es que no fue un acoso constate y, normalmente, se me hubiera olvidado el tema de no ser porque ella me pidió que la acompañara a caminar un momento. Durante la caminata se soltó a llorar inconsolablemente conmigo porque “estaba gorda”, para mí resultaba increíble su postura y, por más que le dije que era una mujer muy atractiva y en una excelente forma física, no me escucho ya que ella estaba convencida que estaba obesa.

En la adolescencia solía decir “A mí no me importa si llegó a 100 kilos, lo importante es que me vea muy bien”. En teoría, nadie le tendría que dar importancia al peso, sino cómo está proporcionado; la realidad es que la gran mayoría (incluyéndome) le damos más importancia al numerito que nos arroja la báscula, aún más de la forma en que nos veamos, y es que el músculo pesa más que la grasa y ocupa menos espacio, ¿De qué sirve estar delgado si uno es un guiñapo? ¿De que sirve estar en el ideal si uno no tiene condición? ¿De qué sirve bajar kilos si uno lo ha logrado a base de morirse de hambre en vez de ejercitarse? Sin embargo, aún me obsesiona el peso porque tengo miedo de ser gordo otra vez, y no quiero ser rechazado.
                                              
            Recientemente estuve haciendo mucho ejercicio, sin pesarme por algunas semanas, el día que lo hice note que ¡había subido Dos kilos! Aunque mi reacción no fue muy positiva al inicio, no veía una lonja de más y mi ropa me quedaba igual, a pesar de que las evidencias indicaban que era músculo, por esa programación inconsciente que muchos traemos, me preocupe y empecé a ver cómo podía bajar esos dos kilos, sin importar que me vea bien y que la ropa me queda perfectamente. Lo malo es el autoacoso adoptado en donde lo más importante es la cifra en la báscula, no como nos vemos y sentimos.

            Es políticamente correcto que se te recomiende bajar de peso por salud, pero todos le damos más importancia a los factores estéticos y la salud la dejamos en segundo plano, por eso mismo somos capaces de malpasarnos y castigar nuestra alimentación, con tal de bajar dos míseros kilos que le den un golpe de confianza a nuestro amor propio. Todo el mundo es vanidoso y quiere ser la versión más atractiva posible de sí mismo.

            La primera vez que me puse a dieta fue alrededor de los nueve años porque era un niño gordo. Esto paso por ver las revistas de mi mamá (sobretodo Vanidades y Cosmopolitan), en dónde siempre te daban dietas y tips para bajar de peso. Inconscientemente aprendí que estaba mal ser obeso, y todo debido al marcado énfasis puesto en perder kilos, aunado a que en todas las imágenes en dichas revistas aparecía gente esbelta.

            Me dí cuenta que el mundo no te quiere si estás gordo, por eso inicie mi propia dieta, de las que aparecen en esas publicaciones. Obviamente no dure ni una semana con ese régimen, lo que perduro (y aún lo hace hasta el día de hoy) fue esa semillita que se arraigo en mi inconsciente de que está mal no estar en forma, y no precisamente por el aspecto de salud, sino por el de estética.
           
            Esa es una de las grandes trampas de esta sociedad: en los medios de comunicación sólo se muestran personas delgadas o atléticas pero, cuando vas por la calle, ves a demasiadas personas con sobrepeso (por lo menos en México), y eso causa una terrible frustración a la población en general, que vive en constantes dietas o no disfruta de la vida a través de sus alimentos, porque les causa remordimiento el engordar.

            Hablando de clases económicas, en México y el mundo, hay una minoría de ricos que someten a la mayoría de la población mundial que es pobre. De igual forma, en cuestiones estéticas, los pocos esbeltos dominan a los muchos obesos. Pareciera que el estar en forma te da acceso a estar en una clase social estética alta y el tener sobrepeso te condena a esta en una clase baja  A pesar de que estos últimos son más, no dejan de ser blanco de burla de toda la sociedad, incluyéndolos a ellos mismos. Los gordos quieren bajar kilos, no por salud, sino por cuestiones estéticas y para poder burlarse tranquilamente del resto de obesos.

            Esa discriminación también se da en la vida cotidiana, tal vez no se den cuenta pero, si ponen atención, es común que una persona obesa no reciba el mismo trato que una persona en buena forma física, lo mismo pasa con las guapas y las feas, las que tienen rasgos autóctonos o las que tienen facciones europeas, pero ése tema ya lo trate anteriormente.

            Otro ejemplo, evidencia de lo pesado que nos llevamos en mi trabajo, en una ocasión nos pusimos de acuerdo para molestar a uno de mis amigos, el cual está en buena forma, y en distintos días de la semana le dijimos, de forma escalonada, comentarios como: “Oye, ¿estás subiendo de peso?” “Vaya, me parece que te veo un poco cachetón” “¿No estarás reteniendo líquidos? Es que no te veías así”, y demás. Obviamente nosotros encontramos eso hilarante pero el pobre infeliz se metió a un programa más estricto en su gimnasio, se dedico a comer pura verdura a partir de ese momento y compro pastillas para adelgazar. Sobra mencionar que, aunque le aclaramos que era una broma premeditada, no nos quiso escuchar y fue más potente el terror de verse gordo que su posible enojo por nuestra broma.

Personalmente sé que estoy en buena forma física, y así ha sido durante ya algunos años. Sin embargo, de alguna enferma manera, al tener vivo el recuerdo de lo que es estar gordo, me mantengo con ese estrés constante por perder kilos, esto es como un seguro para no bajar la guardia. Y es que, con lo tragón que soy, con un poco que me descuide empiezo a subir de peso generosamente, fácilmente subo un par de kilos en una semana. Me he autoimpuesto ese mecanismo de defensa para no volver a la obesidad ya que, cuando dejas de serlo, no quieres volver a lo mismo. Definitivamente no me motivan las cuestiones de salud (aunque también me veo beneficiado en las mismas), es más poderoso el sentimiento de vanidad, por eso mi estética es la que me motiva a cuidarme, y no soy el único, en verdad pocas personas lo hacen por salud, y muchas lo hacemos por la apariencia.

Honestamente, si tuviera un metabolismo (aún) mejor que el poseo, siendo de esas personas que, por más que traguen, se mantienen en forma, no haría tanto ejercicio como hago en la actualidad. De hecho, creo que lo única actividad física con lo que me quedaría sería la Salsa, porque me la pasaría comiendo groseramente, leyendo, escribiendo, viendo películas, echándome el cafecito con amigas, viendo fútbol americano y tantas otras actividades que podría hacer con todo ese tiempo libre.

Afortunada o desafortunadamente, con mi corporalidad, no puedo darme el lujo de dejar de ejercitarme. Para mí es importante no estar gordo, nunca seré delgado por mi complexión, pero obeso no soy definitivamente. Lo bueno es que al procurar mi vanidad a través del ejercicio también obtengo el beneficio de tener una salud envidiable.

Ahora, para que vean que no siempre estuve del lado fregativo, cuando empecé a perder kilos (20 en diez meses), el comentario de la gente era “¿Oye Hebert? ¿Estás enfermo?” “Me parece que ya te pasaste de delgado” “Te estás volviendo anoréxico” y otros tantos que, en vez de celebrar mi adelgazamiento, me hacían preocuparme. No importa que estuviera con una nutrióloga, ni que hubiese alcanzado mi peso con un plan de ejercicios adecuado, el hecho es que me sentía muy deprimido porque los demás rechazaban que ya no fuese gordo, hasta fue un tema de conversación con mi terapeuta.

Lo que me pasó fue un reflejo de una sociedad como la nuestra: “si todos estamos mal, queremos que te quedes con nosotros, no tienes por qué salir del hoyo”. Tarde varias semanas en aceptar mi nuevo estado físico y, con ello, las críticas cesaron. Aunque creo que es un comportamiento inconsciente porque me he descubierto con comentarios similares, que se quedan en la punta de la lengua, cuando me encuentro a algún conocido que está bajando tallas notoriamente. Así que los gorditos no sólo deben pelear contra costumbres culinarias y físicas para bajar de peso, también deben vencer la resistencia del prójimo que no quiere que lo hagan ya que, de lo contrario, ¿de quién se burlarían posteriormente?

Es despreciable la actitud del resto de las personas al molestar a los gordos, sin saber lo que ellos sienten por estarlo. Los ejemplos que mencione arriba fueron de gente en forma que se creía obesa pero, como ex-gordo, trato de evitar burlarme de alguien con sobrepeso (a menos que nos tengamos MUCHA confianza y nos podamos reír el uno del otro). En la sociedad hay un gran blanco de burlas y prejuicios, y es la gente que no está en buena forma física, la cual debe soportar una serie de injusticias por su corporalidad.

Sin importar que tantas leyes en contra de la discriminación existan en el mundo, a fin de cuentas el bullying y el mobbing contra la gente obesa son permanentes, tal vez sea inconsciente, pero es constante. Si no me creen, chequen los comentarios agresivos de las que son objeto sus conocidos con sobrepeso en distintos ámbitos, tanto de manera abierta como de manera vedada.

Por otro lado, a excepción de que sea un tema glandular, esas personas están gordas porque así lo desean. Aunque no todos podemos ser delgados, la mayoría sí podemos estar en forma, eso es algo que hemos perdido de vista, ya que todo el mundo quiere ser delgado cuando eso es físicamente imposible.

Si no te gusta estar gordo, hay opciones para dejar de serlo, y no me refiero a pastillitas mágicas ni aparatos milagrosos. El camino más viejo y conocido es el más efectivo, pero el que más dedicación y compromiso requiere: alimentación saludablemente inteligente y actividad física. Lo malo es que nos gustan las soluciones fáciles y rápidas en este mundo “Light” en el cual abundan productos milagro que te prometen bajar kilos en días, lo cual refleja nuestra holgazanería como sociedad: queremos resultados fáciles, rápidos y permanentes con una baja inversión personal.

En mis pocos momentos de objetividad y/o sensatez respecto a mi peso, sé que trago mucho y (a veces) me preocupo, pero también sé que hago mucho ejercicio, así que mi físico se lo debo a correr, nadar, la bici y bailar. Ciertamente me llevo muchas horas haciéndolo, pero vale la pena, porque puedo llevar mi estilo de vida con las comilonas que doy y aún estar en forma. Vale la pena porque me gusto, me ahorro burlas y toda la agresividad o violencia moral de las que son víctimas la gente obesa.

Hebert Gutiérrez Morales.

sábado, 15 de octubre de 2011

Ayrton Senna, el héroe

Toda persona necesita héroes en su vida, en cualquier rubro: deportivos, ficticios, musicales, laborales, familiares, personales, intelectuales y demás. A lo largo de mi vida he tenido mis propios héroes y uno, de los más grandes, me abandono a los 17 años.

Mi amiga Les llego el pasado Lunes y me dijo “Hebert, tienes que ver el documental ‘Senna’” y, de inmediato, se me dilataron las pupilas, porque vinieron a mí muchas emociones que tenía aletargadas o dormidas. Ni tardo ni perezoso, ese mismo día, acomode o cancele otras actividades, y fui a ver “Senna” con una gran expectativa contenida en mi corazón.

Ayrton Senna era una de esas personas que, sin importar la nacionalidad, actividad, creencias, raza, ideología o idioma, te acaba emocionando por esa grandeza implícita que trae en sí mismo. Simplemente ves a alguien virtuoso que tuvo la decisión y valentía de desarrollar su potencial a plenitud y eso fue un auténtico deleite, porque fue el mejor en lo que hacía, y es a lo que aspiramos muchas personas: la excelencia que pocos alcanzan.

Mis únicos años como auténtico seguidor de la Fórmula 1, fueron alrededor de ocho (entre 1986 y 1994), todos ellos debido a mi fanatismo por Ayrton Senna; de hecho no me perdí ninguna carrera en ese lapso de tiempo únicamente por ver a mi ídolo, a mi héroe, al ícono brasileño que tanto me inspiraba. La única manera en que dejaba de ver una competencia es cuando él quedaba fuera y es que, aunque estuviera muy atrás en las posiciones, yo sabía que iba a remontar puestos y avanzar con hambre feroz hacía la punta.

Era un piloto extraordinario y podía hacer lo que nadie más, muestra de ello fue cuando ganó su primer campeonato en el Gran Premio de Japón, cuando tuvo problemas con la largada y arranco en el lugar 16, pero él perseveró e hizo gala de su magnifico manejo, pera ir recuperando posiciones y ganar la carrera y, de paso, el campeonato. Creo que ésa fue una de las competencias que más disfrute y cuando mi admiración se convirtió en idolatría ya que, por demostraciones como ésta, fue una leyenda para mí y para millones de personas más alrededor del mundo.

Otra muestra de su inmensa calidad fue al año siguiente, nuevamente en Japón, cuando le robaron el Campeonato debido a la canallada del “Campeón” de ese año: Alain Prost. A pesar de que lo descalificaron posteriormente, Ayrton corrió contra la adversidad e hizo una carrera más extraordinaria que temeraria para legítimamente ganar ese Gran Premio, pero la FIA le robó arteramente al descalificarlo. En esa ocasión me enoje tanto que hasta saque un par de lágrimas de furia: “Eso no se le hace a un artista, a un talentoso, a un héroe” pensaba con frustración, imagínense lo que pasó por la mente de Senna que lo vivió en carne propia.

¿Dónde resaltaban más las virtudes de Senna? Normalmente, cuando llueve, los pilotos son más precavidos y cuidadosos, y es que casi a ninguno le gusta manejar con la pista húmeda; en cambio, con la lluvia, a Ayrton le han de haber crecido los colmillos y hasta se le caería la baba porque, épicamente, ante la adversidad de la precipitación pluvial, manejaba aún mejor, de manera magistral, y aprovechaba esa actitud timorata de todos los demás para comérselos vivos en la pista.

Muchos dirán que, por la cantidad de títulos, históricamente hubieron mejores pilotos como Juan Manuel Fangio, Alain Prost o Michael Schumacher, y no demerito su importancia, pero cualquiera que haya visto a todos estos pilotos, difícilmente podrá negar que Senna era el mejor de todos (aunque no haya sido el que más campeonatos haya ganado). Es verdad que Ayrton “sólo” gano tres, pero lo monumental del brasileño no se midió en títulos, sino en toda esa pasión con la que manejaba, misma que nos transmitía a millones de personas que seguimos la F1 sólo porque él piloteaba en ella. Senna fue el más importante y mejor que haya existido y, aunque no soy conocedor del deporte motor, puedo constatarlo con un solo hecho: ningún otro piloto ha despertado en mi pasión tal como la que él me regaló Domingo a Domingo durante ocho años. Tal vez no era el ser más simpático del mundo (lo cual se mencionaba constantemente en el medio), pero la forma que tenía de manejar su bólido hacía que le perdonaras todo.

No admiraba a Senna por ser una gran persona, como lo quiere demostrar el documental, el cual creo que está un “poco” matizado, porque tengo muy presente el recuerdo de distintos comentarios que Ayrton no era el ser más sencillo ni simpático que existía, de hecho era bastante pedante y pesado aunque, de cierta forma, lo comprendo: no se pueden llegar a esos niveles de excelencia siendo un tipo bonachón y, personalmente, nunca lo admire por ser agradable, lo seguía e idolatraba por su forma de manejo y por ser el mejor en lo que hacía, algo digno de admiración si consideramos el grado de dificultad.

Me atraparon las palabras con las que inicia, y termina, el documental “Senna”, al recordar sus años en el Kartismo: “En esa época sí eran auténticas carreras, en donde se corría por el simple placer de hacerlo, ya que no había dinero, política o algún otro interés involucrado”. Ésa fue la época que él más disfruto, y llevo consigo ese sentimiento a cada carrera, ya que se notaba el amor, la dedicación, la pasión, el profesionalismo y el gusto con el cuál hacia su “trabajo”, sin importarle el dinero, la fama y todo lo que eso trae consigo.

Esto me ha dejado una lección muy importante: cuando empiezas a hacer las cosas que te interesan o gustan, de una manera seria y dedicada, el dinero, el éxito y/o la abundancia llegaran por sí solos. Hoy en día vivimos en un mundo de auténticos mercenarios, ya que primero cuestionamos qué o cuánto vamos a ganar, antes de analizar si nos gusta lo que vamos a hacer. Creo que los ejemplos de grandes seres humanos en la historia, nos constatan, que el seguir principios e ideales sin ningún otro interés que hacer lo que les gustaba y/o apasionaba, les trajo la inmortalidad y, a veces, fama y fortuna. De algo estoy seguro, NADIE que tuviera la cuestión material como prioridad desde un inicio trascendió en la vida, independientemente que lo haya conseguido o no.

Nos hemos dejado prostituir por el capitalismo, como todo a nuestro alrededor tiene un precio, se ha atrofiado esa capacidad humana natural de hacer las cosas por el gusto de hacerlas, sin esperar nada más a cambio que la satisfacción de saber que hemos hecho un buen trabajo.

Sin importar el horario, ya fuese a medía noche o en la madrugada, no me perdía ningún Grand Prix, y es que “debía” ver a Ayrton ya que, por alguna extraña razón, sabía que estaba contemplando algo histórico y no me quería perder ninguno de sus logros. Mi carrera favorita de Senna fue en Mónaco, en el penúltimo año que corrió para McClaren, esa carrera jamás la olvidaré, ya que fue una de las hazañas heroicas más grandes que he visto en mi vida. 

Ese año Williams estaba arrasando con el campeonato con un monoplaza que, literalmente, se llevaba de calle al resto, así que no importaba la calidad del piloto (en este caso Nigel Mansell), porque el vehículo era inmensamente superior. El circuito callejero del Principado fue el lugar ideal para evidenciar la realeza al conducir del buen Senna. Por un excelente plan de carrera, el brasileño quedo en primer lugar en la última parte de la misma, delante del británico, y Ayrton le dio una auténtica cátedra a Mansell de cómo se maneja, tan estupenda y perfecta que debe ser considerada una obra de arte en la historia del automovilismo. Nigel intentaba rebasarlo a como diera lugar pero, sin importar lo superior que fuera su auto, no había espacio para pasar a Ayrton, y éste tampoco se lo daba.

Una cosa es tener el mejor auto, pero eso no te hace el mejor piloto y, por mucho, Senna fue (y ha sido) el mejor. Mansell no pudo rebasarlo, porque al ser el circuito más complejo, contaba más la habilidad que la tecnología, así que Ayrton ganó ese Grand Prix de manera estupenda. Cuando él recibió la bandera a cuadros, no pude evitar brincar de la alegría con lágrimas de felicidad en mis ojos, fue una gran hazaña en una campaña injusta con autos que impedían una verdadera competencia, fue una victoria del arte sobre la tecnología, de la virtud sobre la injusticia, de la poesía sobre la grosería.

Ahí me dí cuenta que en verdad existen los héroes: a pesar de tener todo en contra, a pesar de que los oficiales de pista le hacían señas para que dejara pasar a Mansell, Senna no desistió, ya que fue una manera (a pesar de no ganar el Campeonato ese año) de demostrar que era el mejor, aún en un auto inferior, todos sabíamos que él era el más grande, y aún ahora que recuerdo ese momento, me sigo conmoviendo de su heroísmo aquel día.

Es verdad que cuando Senna ganó sus Campeonatos tenía uno de los mejores autos, pero él también era el mejor piloto, y su monoplaza no era tan groseramente superior como lo llegaron a ser los de Williams, Benetton o hasta Ferrari en los años 90. Tengo la creencia que si Senna hubiese continuado vivo, nadie lo hubiese rebasado en Campeonatos, porque le hubiera arrebatado dos o tres de ellos a Schumacher. Ya sé que el “hubiera” es el tiempo de los tontos, porque no existe, pero este “hubiera” tiene muchos fundamentos detrás.

Mis héroes en general tienen, o tuvieron, algo en común: son seres humanos que daban todo de sí, sin mezquindades y sin miedos. Al ver el rendimiento de estos héroes en sus actividades me hacen preguntarme: ¿Por qué ser tan mísero en la vida cuando se puede dar todo? ¿Por qué siempre nos “guardamos” en espera de una ocasión especial? Es como si se nos fuese a acabar el talento. El ejemplo de Ayrton es contundente, porque daba todo y, por lo mismo, aún podía elevar su nivel, porque la generosidad y excelencia es común en las personas que saben que su talento es abundante, y no temen en usarlo, sabiendo que en vez de disminuir con el uso, se incrementa, porque vas alcanzando, y hasta rebasando, nuevos objetivos e ideales.

La hermana de Ayrton, a través del documental, no es la única que pretende idealizar a alguien muerto, de hecho, es un rasgo humano generalizado el querer “santificar” a los difuntos. A pesar de ello, se agradece el filme en donde se ensalza la figura de Senna aunque, a título personal, no era necesario adornarlo de más, ya que sus hazañas deportivas bastaban y sobraban para que la obra fuera un éxito. A mí me hubiera gustado que omitieran algunas escenas personales para incluir la carrera que le ganó a Mansell en Mónaco porque, como ya explique, fue una carrera épica que significo algo importante para los fanáticos.

Aunque el filme esta algo romantizado, por esa necesidad de enaltecerlo, no puedo negar que estoy agradecido por haberlo visto, ya que me recordó algunos hechos que tenía casi olvidados, los cuales refuerzan su legado en mi ser. Algo de eso fue su segundo lugar con la pequeña escudería Toleman en Mónaco, que en realidad hubiera acabado ganando de no ser porque detuvieron la carrera por la lluvia (y por la insistencia de Prost), y es que Senna lo iba a rebasar con un auto inferior. También agradezco, en los créditos, recordar cuando Ayrton se detuvo en plena carrera para auxiliar a Érik Comas que se accidento (y ni siquiera eran de la misma escudería), algo poco común en un deporte tan competitivo.

Cuando Ayrton se cambió de McClaren a Williams, me metió en un pequeño dilema, porque durante muchos años apoye a McClaren, porque ahí estaba Senna. Me sentí un poco raro apoyando a Ayrton en un Williams porque, no lo podía negar, también le agarre cariño a la escudería en la cual mi ídolo había conseguido sus campeonatos. Tristemente Senna no tuvo un legado en Williams, ni siquiera pudo terminar su primera campaña ahí, así que me quedó la costumbre de apoyar a McClaren, aunque ya no veo las carreras, me da gusto cuando ésta gana algún gran premio o algún campeonato, pero es más por la nostalgia de saber que ahí fue exitoso el inmortal piloto brasileño.

Mi pasión por la Fórmula Uno, murió con el responsable de su nacimiento: el día que se fue el gran Ayrton, lloré, y vaya que lloré. Sé que soy muy sentimental, pero en esa ocasión había razón más que justificada para mi llanto, ya que partió alguien que me despertó un amor por algo que me era totalmente irrelevante. Aunque lo intente en un par de ocasiones, desde ese día deje de ver carreras de automóviles, debido a que me parecen tan aburridas y bastante ordinarias. Era obvio, después de ver conducir a Senna, difícilmente el automovilismo podría ser el mismo que antes.

Ni siquiera ahora, que ha vuelto a haber un piloto mexicano, sigo la Fórmula Uno; no soy tan villamelón para seguirla sólo por eso. O, replanteando mi idea, tal vez sí fui villamelón por ser fanático únicamente de un piloto, pero era imposible no encandilarse con ese grandioso manejo, tan excepcional, porque si veías a Ayrton al volante, de inmediato te hacías fan de él (y de paso de la Fórmula 1).

Pocos seres humanos alcanzan una grandeza que trasciende su actividad, y Ayrton Senna fue uno de ellos. Tal vez, por eso mismo, debió morir tan joven: para que su legado perdurara y su leyenda se perpetuara. Alguien así hizo que me apasionara por un deporte que, hoy en día reconozco, no me resulta nada atractivo. Estoy seguro que esa manera de volar por la pista no la volveré a ver en toda mi vida y, todos los que tuvimos la fortuna de ver a Senna, jamás lo olvidaremos.

En el Gran Premio de San Marino de 1994, el último de Senna, cuando éste chocó al salir de una curva, se le veía inmóvil en la toma televisiva y, por un momento, se me paró el corazón y contuve la respiración, pero nunca me cruzó por la cabeza que pudiese morir, y esa es la impresión que tenía mi inconsciente de alguien que era una especie de Súper hombre. En realidad quería negar la gravedad de un golpe tan impresionante y, cuando confirmaron su muerte, no pude evitar llorar de manera inconsolable, porque uno de mis ídolos había muerto, uno de los auténticos héroes que había visto en mi vida había partido, dejando un hueco vacante en mi alma y mi corazón y, sólo por ese momento, me sentí un poco huérfano.

A diferencia de otros héroes que se ven en películas, historietas, cuentos, leyendas, mitología o historia antigua, Senna fue un héroe del cual tuve la fortuna de atestiguar de sus hazañas. Eso aumento mi admiración, mi cariño y mi sentido de pertenencia por las acciones de otro ser humano, el cual logró actos excepcionales que me inspiraron y motivaron a dar lo mejor de mí, con el objetivo de parecerme en algo al gran Ayrton.

He escrito este homenaje a Ayrton Senna, mi héroe, no por todos los logros que tuvo ni lo extraordinario que fue sobre las pistas, en realidad lo he escrito por todas las emociones tan puras que me regalo, tanto la alegría como la tristeza, tanto las risas como las lágrimas, todo eso tan auténtico e intenso que me obsequio una persona que no conocí, y que no sabia de mi existencia, pero que resulto muy importante para mi adolescencia.

Hebert Gutiérrez Morales

domingo, 9 de octubre de 2011

Los Instintos y la moral

            «El hombre es el único animal que come sin tener hambre, bebe sin tener sed y habla sin tener nada que decir».– Mark Twain

            El título de este ensayo está bien escrito: los Instintos con mayúscula y en primera posición y, la moral, en minúscula y en segunda posición. ¿Por qué? Porque esa es la realidad, a muchas personas les gustaría creer que la moral nos rige pero, los hechos indican lo contrario, son los instintos lo que dan cauce a nuestra vida.

            A pesar de los milenios de evolución, a fin de cuentas, la humanidad es una raza dominada por sus instintos, como cualquier otro animal. La inteligencia, de la que tanto nos jactamos, sólo es un accesorio, un ingrediente o un adorno que los complementan pero nunca acabara de someterlos.

            La raza humana se percibe superior al resto de los animales por su autoproclamadas y vanagloriadas consciencia e inteligencia, es este mismo orgullo el que ciega a la humanidad de ver que no hay gran diferencia con el resto de la fauna y, digo resto porque, al final es lo que somos: un animal más.

            La pregunta que debo hacer es: ¿Hay una mejor vida si nos entregamos por completo a estos instintos? ¿Acaso los animales no sienten hambre, miedo, gozo, alegría, lujuria y demás sensaciones sin tener “consciencia”? ¿Para qué nos sirve la inteligencia? ¿Para avanzar? ¿A dónde? Sólo estamos encaminándonos hacia el fin del planeta y la existencia de la humanidad sobre su faz (y ojala se dé pronto).

            Lo irónico es que nuestra inteligencia nos permite vislumbrar ese destino pero, nuestros instintos (como el hambre y/o la ambición), son más fuertes y nos impiden actuar conscientemente porque, aunque sabemos que nos dirigimos hacia el fin, nuestros instintos nos dicen: “Tú sólo goza porque no es tu problema”.

            Aunque conocemos y reconocemos la consciencia e inteligencia, nos da pena admitir que no son nada frente a los omnipotentes instintos, ¿vale la pena pelear una batalla perdida?

            Los instintos dominan a la humanidad y ésta, tan arrogante, no acepta abiertamente que algo tan primario la somete. Cualquier individuo ambiciona algo y, cuando lo logra, de inmediato deja de ser atractivo y surge una nueva meta o víctima. Este tema ya lo trate en el ensayo de infidelidad: se tiene una mujer, en el caso del hombre, la cual no goza del mismo interés que cuando sólo era un prospecto, por lo que en automático se ambiciona a cualquier otra que no sea la propia, ya que ésta ya fue dominada y/o conquistada, por lo que ahora es inferior (a los ojos de su hombre) que cualquier otra fémina que falta por conquistar.

“Creo que los animales ven en el hombre un ser igual a ellos, que ha perdido de forma extraordinariamente peligrosa el sano intelecto animal, es decir, que ven en él al animal irracional, al animal que ríe, al animal que llora, al animal infeliz” – Friedrich Wilhelm Nietzsche

            Ejemplos del poder de los instintos en los humanos sobran en nuestro diario acontecer: la violencia al conducir, a pesar de que haya leyes establecidas; el deseo por mujeres ajenas, a pesar de tener una relación establecida; el comer algún postre o alimento nocivo, a pesar de que uno sabe que está a dieta o lo tiene prohibido; el comprarse algún producto; a pesar de saber que se carece de los fondos para pagarlo; el apropiarse de algo que uno desea; a pesar de saber que le pertenece legalmente a otra persona; multitudes enardecidas actuando como jaurías de animales, a pesar de vivir en una “civilización”, y demás ejemplos que abundan y que a todos nos pasan pero que nos apena admitir.

            La mayoría de las veces justificamos estos comportamientos con los más variados pretextos: “Es por hacer justicia” para disfrazar el deseo de sangre; “Es que mi mujer no me atiende”, para camuflar el deseo carnal por otra mujer; “Es sólo un antojito”, para justificar nuestra gula; “Es que maneja como un imbécil”, para argumentar nuestra ira; “Es que no lo veía desde hace tiempo”, para que no nos juzguen por emborracharnos; “Es que me preocupo por ti”, para darnos carta abierta para controlar al resto con nuestra territorialidad.

"Los libros que el mundo llama inmorales son libros que muestran al mundo su propia infamia" – El retrato de Dorian Grey (Oscar Wilde)

            Les pongo un ejemplo personal: regresaba de comer con la chica que me gusta, sobre la cual escribí hace un par de semanas, y venía muy feliz, lleno de sentimientos puros e inocentes; pero cuando regrese a la oficina, vi a una de mis compañeras vestidas provocativamente y, mientras se me dilataban las pupilas, un solo pensamiento ocupaba mi mente “¡Carne! ¡Carne!”. En ocasiones así, es una fortuna tener mis miedos y traumas, los cuales están disfrazados de valores y principios, para contenerme y no buscar algo más con una mujer ya ocupada; pero es un hecho de que, si no tuviera dichas restricciones tan poderosas, sin duda alguna buscaría algo con esa mujer que despierta deseos tan primitivos en mi ser.

            Nos rige ese instinto animal de territorialidad, de conquistar, de poseer, de luchar; el premio es lo menos importante, es la adrenalina de la lucha lo que nos hace sentirnos vivos y, ante esa emoción, la posible satisfacción del logro es secundaria y efímera y, en algunos casos, nula.

            Se les llama locos y/o desadaptados sociales a aquellos que siguen sus instintos, sin importar las reglas de la sociedad, ¿Quién está más loco? ¿Aquellos que son congruentes con sus deseos? O ¿Aquellos que tienen las mismas necesidades pero que se someten a la tortura de no satisfacerlos?

            El animal humano se cree consciente por no seguir sus instintos a plenitud, cuando es el más inconsciente por no hacerlo pero, a la larga, acaba sucumbiendo, porque esa necesidad primaria es más fuerte que su resistencia.

De la moral católica, me quedan reminiscencias de que la gente prolífica “están mal” y los que sufren “están bien”, por eso mismo aprendí que para obtener el bien es necesario un sufrimiento previo. Esas creencias inculcadas me han provocado muchos problemas en la vida, ya que me es difícil aceptar tan fácilmente todas mis cualidades (previas y actuales). Tal vez por eso mismo me hice ateo en su momento, para intentar liberarme de toda esa moralidad tan estúpidamente destructora.

Los humanos encontramos en lo racional, casi siempre, dignidad y/o admiración; en lo emotivo, casi siempre, hay vergüenza y dolor. Lo malo de todo esto es que olvidamos que lo racional no siempre es auténtico y lo emotivo siempre lo es.

"A excepción del humano, ningún otro animal se maravilla de su propia existencia"– Arthur Schopenhauer

            Mientras manejo me he encontrado con tramos en los que los semáforos son un estorbo para una buena circulación más que una promotora de la misma. Por las características de estos caminos, a los que hago mención, el tráfico fluye continuamente y, los semáforos, entorpecen la buena circulación que de por sí ya tienen estas vías. Algo parecido para con muchas de las restricciones que impone la moral, tal vez no todas sean dañinas pero, muchas, frenan más de lo que ayudan.

            Otro ejemplo, cuando corría con mis perras, invariablemente pasábamos frente a una casa con un Rottweiler encadenado, el cual nos ladraba con movimientos bastante feroces y amenazantes. Un día, al pasar por el mismo lugar, me dí cuenta que el can estaba libre y, para nuestra sorpresa, estaba muy tranquilo al vernos pasar frente a sus dominios. Lo mismo pasa con la raza humana: sólo basta que nos restrinjan algo para que reaccionemos de manera opuesta.

            La moral recibe más importancia de la que realmente tiene, y esta sobrevaloración actúa contra sí misma. Cuando la gente hace algo inmoral, en lugar de aceptarlo y aprender de ello, lo oculta e inconscientemente lo disfruta (porque lo prohibido es lo más valorado para la naturaleza humana).

            Irónicamente, si la moral no recibiera tanta importancia, el ser humano tendría un accionar más limpio, por la simple naturaleza humana que no reaccionaría a esta restricción. Una vez rotas las restricciones morales, no hay más reglas que seguir rompiendo. La moral misma es la principal creadora de pervertidos, así como la Iglesia es la principal creadora de Ateos (Tema del que escribiré pronto).

            Imponer leyes políticamente “correctas” es como cuando teníamos un tipo de cambio fijo entre dos divisas: no es natural, lo mejor es dejarlo fluctuar de acuerdo a los factores actuales. Es obvio que sin leyes morales habría un “boom” inicial por todas esas perversiones contenidas en cada individuo, pero paulatinamente se encontraría un equilibrio más sano y congruente, a diferencia de todas las atrocidades que se cometen en la actualidad con las restricciones moralistas que nos imponen.

            La pregunta es ¿está lista la humanidad para vivir sin gobierno? ¿Sin religión? ¿Sin moral? Honestamente es una apuesta tan arriesgada que nadie se atrevería a tomarla sin contar con que, los que pueden tomar esa decisión, son los mismos dirigentes de los círculos del poder que se verían afectados.

            Personalmente no creo que la humanidad tenga la madurez emocional, intelectual o espiritual para vivir sin alguna de estas restricciones.

            Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 2 de octubre de 2011

Misantropía

         «No pregunto de qué raza es un hombre, basta que sea un ser humano, nadie puede ser nada peor». – Mark Twain

           Antes de iniciar quiero aclarar algo: No he visto, ni pretendo ver, el programa llamado “Dr. House”, por alguna extraña razón muchas personas me lo recomiendan porque dicen que me va a encantar su forma de ver la vida, pero no lo necesito. Mi misantropía es natural y auténtica, no sólo una pose de moda, ya que la poseo desde años antes que siquiera planearan dicho programa. Así que, por favor, no me hostiguen con verlo.

Este blog se llama “Reflexiones de un salsero misántropo” y, como ya escribí sobre la Salsa, era necesario que lo hiciera sobre mi misantropía, aunque ni siquiera va a ser lo más fuerte que vaya a publicar, pero tampoco va a estar “suavecito”.

Me impresiona, y al mismo tiempo que me asquea, como nosotros (una especie más entre millones que han existido) maltratamos al planeta y le faltamos al respeto a la naturaleza de la cual surgimos, es como si sometiéramos a la familia que nos crió, educo y proporcionó las bases para salir en la vida; y eso hace la humanidad al destruir, contaminar y aniquilar a nuestro único hogar, por lo mismo me califico como misántropo porque detesto lo que hace esta nociva humanidad a este hermoso lugar.
           
Personalmente, trato de hacer todo lo que está a mi alcance para mitigar un poco el daño que haya provocado en el pasado: hago ahorros en agua, luz, gas, papel, plástico y gasolina. No pretendo que todos sigan mi ejemplo, hago lo que puedo y quiero, pero eso no disminuye mi indignación por lo que le hacemos a nuestra bella casa. Obviamente hay muchas otras organizaciones y/o personas que hacen mucho más que yo, y me encantaría que fueran la regla y no la excepción, porque la gran mayoría de la población mundial no hace ni lo mínimo indispensable por nuestro hábitat. Seguimos viviendo en una inconsciencia, como si el planeta y sus recursos fuesen infinitos, o como si sólo fuésemos un millón de seres y tuviéramos todo el “pastel” para nosotros solitos, pero somos casi 7mil millones y esto no va a seguir así para siempre.

Por eso mismo, me encantan los documentales de la vida en la Tierra, tanto de la fauna actual y la ya extinta, el ver cómo ha evolucionado a través de las distintas eras, es algo maravilloso; ahí me doy cuenta que nuestra existencia es una nimiedad en la historia del planeta, y me enoja que algo tan insignificante sea tan nocivo. Lo que me consuela es que a la larga nos iremos de él, y la naturaleza prevalecerá al final, restaurando todos lo que talamos, ensuciamos, contaminamos, o exterminamos. Sin importar la magnitud, esta esfera azul es tan increíble que va a borrar cualquier evidencia de nuestra existencia en el futuro, hasta nuestra misma ignorancia y estupidez que nos condenaron. Una vez que desaparezcamos, la naturaleza se va a regenerar, como lo ha hecho ya en innumerables catástrofes prehistóricas.

Algunos me han dicho: “Si tanto odias a la humanidad empieza por suicidarte” y no tengo por qué obedecerles, además de que mi instinto de conservación no se “apaga” y ya. No pretendo ser perfecto ni que nadie lo sea, sólo me gustaría que fuéramos conscientes y congruentes, sólo eso. Pero ¿por qué sigo en este mundo? No tengo idea, tal vez por esa necesidad que muchas personas tenemos de trascender de alguna manera. Tal vez sea simple curiosidad por ver si la humanidad se acaba efectivamente el 21 de Diciembre del 2012 o simplemente para ver hasta dónde somos capaces de llegar tanto de manera positiva como negativa; para corroborar si un día aprendemos a ser más “humanos” y menos “personas” a pesar de lo utópico que eso resulta.

"Tendremos el destino que nos hayamos merecido" – Albert Einstein

En este mundo estamos cada vez más enfocados en personalizarnos, me explico, cada vez somos más personas y menos humanos, al deshumanizarnos nos vamos alejando de la naturaleza, por lo que nos vamos convirtiendo en algo artificial y no lo que surgió originalmente de forma natural.

Por ejemplo, tengo bastante experiencia de correr bajo la lluvia y el granizo, al inicio me asustaba pero, con el tiempo, empecé a disfrutar de hacerme uno con la naturaleza, en vez de huir de ella, como hemos hecho a últimos tiempos. Me imagino que si nuestros antepasados nos vieran, encontrarían ridículo que nos refugiemos por un poco de agua. Tal vez nuestro sentido común dicte que, si nos mojamos, no enfermamos y no estamos bien, pero creo que lo hemos llevado al extremo. Ejemplifico: yo trotaba bajo la lluvia (sin más protección que mis pants, playera y tennis) y veía coches que se detenían debajo del periférico por la lluvia, ¡es ridículo! Ellos van protegidos dentro de su auto y se negaban a avanzar por miedo.

A mí me daba más gusto correr empapado, con el viento en cara y con un poco de granizo inofensivo, eso se agrandaba con las miradas incrédulas de la gente pensando seguramente en lo imbécil o loco que debería de estar. El ser humano, a lo largo de su historia, ha demostrado que intenta aniquilar a lo que le teme y/o no entiende; eso se refleja en nuestro trato hacia el planeta. La gente tiene miedo de la expresiones de la naturaleza e inconscientemente (quiero creer que es comportamiento irracional) las destruimos.

Este comportamiento psicótico nos va haciendo vulnerables: ya sentimos un poco de calor y, en automático, el aire acondicionado; percibimos un poco de frío, y la calefacción se hace presente; no podemos bañarnos con agua fría porque parece que fuéramos a morir de neumonía. Conforme vamos desarrollando más comodidades artificiales en esta civilización tan antinatural, nos vamos haciendo más inútiles. Y si creen que exagero, averigüen que pasaría si una descarga solar afectara todo nuestro sistema eléctrico: el mundo se volvería un caos, con millones de muertos y esa posibilidad está latente día a día.

Al hacernos tan dependientes de la tecnología, nos vamos alejando de la naturaleza, la cual nos da tantos regalos que no podemos igualar: el arrullo de la lluvia en la noche, sacarte una sonrisa con la brisa del mar, la alegría de sentir las olas en la playa, la sorprendente luna llena con tintes naranjas, un amanecer o atardecer “enladrillado”, un arco iris, un halo solar, un eclipse o simplemente brincar en un charco.

Conforme nos alejamos de ella, menos la valoramos y más la destruimos, irónicamente, eso nos acerca más a nuestra propia extinción. Deberíamos de recordar que venimos de ella y dejar de comportarnos como si fuéramos ajenos, como si nos pudiese dañar. La naturaleza no nos hace ningún mal, pero nosotros a ella sí, y mucho. La verdad siento que como raza estamos locos, porque sabemos que vivimos de algo y nos dedicamos a destruir inmoralmente nuestro sustento.

Lo paradójico de nuestro comportamiento tan cobarde, al tratar de evitar los males, es que nos vamos haciendo más vulnerables a los mismos. Yo soy de esos que piensan que entre más te expones a los foco de infección, más fuerte te vuelves a esos males, porque creamos defensas fuertes. Pero la actitud timorata actual hace que los niños de ahora sean más débiles (aunque estén más grandotes por los transgénicos), porque tienen defensas endebles y basta cualquier bacteria leve para que ¡Pum! Caigan en cama, cuando antes no era más que una simple gripe.

Por lo mismo, cuando surja algún virus o bacteria que nuestra maravillosa ciencia no pueda eliminar o contener, ahí echaremos de menos todos esos anticuerpos que no desarrollamos por nuestra fobia a enfermarnos (irónico, ¿no?). Las enfermedades son una forma de hacernos fuertes y, al evitarlas, logramos justamente lo contrario.

Uno tiene distintas máscaras a lo largo de su vida pero mi misantropía es legal y auténtica. ¿Cómo me doy cuenta? Por ejemplo, en Terminator 2, disfrute la escena de la destrucción de la civilización; también gozo cuando veo documentales en donde escenifican el fin de la raza humana; las películas apocalípticas son de mis preferidas; también tengo el ejemplo de X-Men: First Class, en donde quería que ganara Magneto, es más, me indigne porque Xavier no lo dejo destruir a los humanos. Ahí me dí cuenta que estaba del lado de Magneto, porque la humanidad es una basura.

Aclaro una diferencia grande: no porque sea un misántropo quiere decir que soy un sociopata, no voy a andar matando gente por la calle o haciéndole mal a medio mundo. Nunca he querido hacerle daño a un solo individuo, sólo quiero que todos dejemos de hacerlo con nuestro hogar, que es más grande e importante que cualquiera de nuestros intereses, los cuales nos impulsan a destruirlo. Y, pareciera, la única manera es que el cáncer humano desaparezca de la tierra, incluyéndome, porque no quiero ningún trato especial ni divino, porque (lamentablemente) también soy humano. Mi odio a la humanidad es una especie de fe, porque está más allá de mí, aunque no por ello me voy a poner a desgraciarle la vida a cada ser humano que se me atraviese.

Aparte de toda la deforestación, de todos los ríos, mares y lagos que hemos contaminado, todas las especies que hemos extinguido, todos los cielos azules que hemos ensuciado, además de todo eso hay una belleza natural de este planeta que también hemos dañado y que pocos conocen: el sonido de la naturaleza.

Afortunadamente tengo el placer de conocer este sonido, por lo menos, tres veces al año (16 de Septiembre, 25 de Diciembre y Primero de Enero) porque aprovecho que todo el mundo está borracho y/o desvelado de la noche anterior y yo, como sí duermo temprano, salgo a correr en un mundo sin humanos, aún en la ciudad se alcanza a percibir el sonido de la naturaleza oprimida por el concreto: los pájaros, el viento y el silencio que el ser humano quiere aniquilar.

Ese sonido de la paz es tan espectacular que es imposible que uno no se llene con él, la alegría se cuela de inmediato en tu ser al no escuchar motores, celulares, IPods, claxonazos, y nuestro propio escándalo humano que desentona con la armonía natural del mundo. Por eso mismo marco en mi calendario personal esas fechas, pero por razones distintas al resto, porque para mí son experiencias únicas de experimentar un mundo limpio de humanos, algo que muy pocos pueden conocer.

Una parte de mi Misantropía está basada en nuestra autoveneración como seres desarrollados, evolucionados y conscientes, por lo cual casi nos sentimos celestiales; esa inconsciencia colectiva que nos define como raza. Lo risible del asunto es que estamos peor que los animales, porque éstos actúan por mero instinto pero no se vanaglorian por algo que no son. Pero nosotros sí presumimos nuestra Consciencia, la cual acaba sucumbiendo ante los instintos como el hambre, deseo, violencia, etc. Además somos cínicos, porque sabemos exactamente todos los problemas que tenemos en el planeta y sus soluciones, pero no hacemos nada porque nuestros intereses políticos en las luchas de poder siempre serán más importantes que cualquier sentido común.

"Los humanos son ingratos, frívolos, mentirosos, cobardes y codiciosos; mientras uno los trate bien lo apoyan ... pero cuando uno está en peligro se vuelven contra él" - Nicolás Maquiavelo

La minoría del planeta que vive en la abundancia obscena no le interesa cambiar la situación ¿Para qué? Ellos viven bien. Y la inmensa mayoría de población mundial que vive en condiciones pobres, no pueden hacer nada porque carecen de poder, además de que están bien programados, controlados y adoctrinados para que asimilen y hasta amen su situación (sobretodo a través de Religiones y Televisión).

Muchas personas, seres muy importantes para mí, se han enojado con mi postura antihumanidad, se han molestado al grado de dejar de hablarme por cierto tiempo. Cuando tenemos una plática profunda en la que expreso lo que siento, se han molestado tanto que me han dicho, literalmente, hasta cómo me voy a morir: “¿Por qué no te suicidas?” ó “Sí, ojalá se acabe la raza y sólo tú sobrevivas para ver a tus seres queridos morir ante tus ojos” u “Odias a la humanidad porque te odias a ti mismo y por eso quieres que todo se destruya” y demás opiniones que me han expresado.

Todas las personas van a reaccionar de maneras distintas, me encantaría que todo ese sentimiento que descargan contra mí, la enfocaran en todas esas injusticias que se realizan contra el mundo, ojalá lo hicieran con todas esas personas que no afinan su coche, que tiran basura en la calle, que matan animales por diversión o que desperdician recursos irresponsablemente. Obviamente esa pasión es más fácil expresarla contra las personas que expresamos lo que no es políticamente correcto pero, no por ello, deja de ser cierto: la humanidad es nociva para este planeta.

Creemos que hemos evolucionado mucho como raza, y ésa es una gran falacia, porque nuestra necesidad de poseer es más grande que el valor de respetar por eso, la mayoría del tiempo, no confío en la raza humana e irónicamente tengo que lidiar con ella por el hecho de haber nacido como uno.

"La conmiseración con los animales está íntimamente unida con la bondad de carácter; de tal manera que se puede afirmar, de seguro, que quien es cruel con los animales no puede ser buena persona". – Arthur Schopenhauer

Literalmente es antinatural que vivamos fuera de equilibrio cuando la naturaleza no tiene otra manera de existir. A veces me conmueve la belleza espiritual que pueden alcanzar las expresiones humanas pero, con la misma intensidad, me indigna la capacidad de la misma raza para actuar de manera ruin, inmoral o despreciable, reflejado en un desinterés por la vida y porque son capaces de lo que sea con tal de conseguir el poder.

No personalizo, lo ideal sería seleccionar los humanos que valen la pena (los menos) de los que son escoria (la mayoría): “Tú si cuidas el agua, te salvas” “Tú no afinas tu coche, te mueres” “Tú proteges los árboles, te salvas” “Tu maltratas animales, te mueres”. Como la exterminación selectiva, para salvar a los humanos conscientes, no es posible pues deben pagar justos por pecadores cuando se hace una limpieza total. Sé que lo mío, si es que aplica, se calificaría como un sueño utópico. Sé que no me va a tocar verlo, pero me tranquiliza que, eventualmente, nos vamos a extinguir de este planeta: tal vez partamos a otro o, seguramente, nosotros mismos seremos la causa de nuestra propia extinción lo cual sería irónicamente justo (y hacia allá vamos).

Sé que algún día aprenderé a aceptar mi propia humanidad porque, de lo contrario, no puedo ser un ente integral o completo, ya que a mi esencia le faltaría algo. Es un hecho que, eventualmente, la aceptaré por completo pero no por ello tengo que aceptar todas las vejaciones o faltas de respeto que cometemos contra la vida de este planeta (incluyéndonos).

Aunque también espero, tal vez de manera ilusa, que la humanidad misma aprenda a aceptar, honrar o venerar el mundo y la naturaleza de la cual provenimos. El planeta ha existido por 4500000000 años y va a seguir existiendo por otros miles de millones de años más pero nosotros no sabemos si vamos a existir siquiera otros 1000 años, al paso que vamos ni siquiera otros 100 más, porque vamos a autodestruirnos.

Si me dejan de acosar, tal vez algún día, me anime a ver el “Dr. House” y reírme de su manera de pensar pero, por lo mientras, dejare que mi misantropía se exprese de manera original sin influencias externas.

«Y así va el mundo. Hay veces en que deseo sinceramente que Noé y su comitiva hubiesen perdido el barco».– Mark Twain

            Hebert Gutiérrez Morales