martes, 28 de junio de 2011

Insignificante

"La razón por la que me gustan los documentales del origen del Universo y la tierra, al igual que los programas de los futuros Apocalipsis, es que me permiten darme cuenta de lo insignificantes que son nuestros problemas como seres humanos" - Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 26 de junio de 2011

Ser lo que somos

            "La frustración está provocada por una sociedad que nos pide ser lo que no somos y nos culpa de ser lo que somos.” – Alejandro Jodorowsky

Cada uno de nosotros debe de tomar sus propias elecciones, buenas o malas, y ser responsables de llevar las riendas de nuestra propia vida. Obviamente siempre hay influencias externas, todos estamos expuestos a ellas, pero es frustrante sufrir las consecuencias de las decisiones que otros tomaron por uno. A fuerza de ejercer nuestro libre albedrío, tarde o temprano, sabremos identificar y decidir sobre lo que en realidad queremos para nuestro camino por este mundo.

Desde pequeño me gustaba mucho la lucha libre, los Sábados en la noche era todo un evento: mi mamá preparaba pan de nata que cenábamos frente al televisor y nos apasionábamos mientras veíamos los lances de los “héroes del pancracio” y era de los pocos momentos en familia que realmente gozábamos todos. Creo que a mi hermana y a mi madre no les gustaba tanto pero, por el hecho de tenernos a todos juntos, lo disfrutaban a la par de los hombres.

Mi pasión era tal que las veíamos en vivo en las Arenas Coliseo, México, Puebla, etc. Y era muy padre por el ambiente que se vive en este espectáculo. Cuando entre a la Preparatoria, con un ambiente muy pedante, me dijeron que las Luchas eran de nacos. De pronto, en ese afán adolescente de querer ser aceptado e integrado, tuve que sacrificar algo que me daba gran alegría (porque era de “nacos”) para ser aceptado en el círculo social popular de la Prepa y así matamos mi pasión por la lucha libre.

Algo que me hacía tan feliz lo acabe rechazando por ser aceptado por personas que a fin de cuentas ya no veo desde hace más de 17 años y que no son relevantes para mi existencia actual. ¿Cuántas veces en la vida realizamos sacrificios por otras personas que, a la larga, no significan nada para nosotros? Claro que, para entenderlo cabalmente, tuve que pasar por este proceso.

Los seres humanos somos gregarios y, por lo mismo, andamos en busca de la aprobación de nuestros semejantes pero ¿qué tan caro es el precio a saldar por esa aceptación? ¿No es acaso muy oneroso pagar con nuestra esencia? Sacrificar lo que somos o tenemos por el visto bueno de personas que, si no pueden aceptarnos como somos, ¿vale la pena ser aceptado por ellas?

¿Por qué no nos damos cuenta? Después de tanto tiempo de hacer lo que los demás quieren que hagamos nos torna infelices, frustrados o insatisfechos. Si nosotros queremos hacer algo en específico, hay un razón detrás de ello, una necesidad propia. Obviamente los demás nos dan sus argumentos para no actuar así, pero son SUS prejuicios, experiencias, educación y propias frustraciones. A cada cual nos toco un camino, ya depende de cada persona si tiene el valor de recorrerlo.

            Cuando mis perras vivían conmigo, era constantemente criticado por distintas personas, ya que muchas de mis decisiones giraban en torno a ellas pero, aunque sabía que tenían algo de razón, en ningún momento me arrepentí de lo que hice o deje de hacer por su bien (ya que las quiero mucho). Recientemente me encontré con una persona que su vida está en función del bienestar su perro y, por primera vez, a casi tres años de vivir sin mis canes, supe lo que debieron pensar esos mismos que en su momento me criticaron. A pesar que ya explique lo importante que son mis mascotas, hoy en día me resulta increíble que una persona pueda poner su vida en función de una. Obviamente no es lo mismo cuidar a un perro en familia a hacerse cargo de él uno sólo y uno lo entiende hasta que lo vive.

           “Solemos convencernos para seguir llevando vidas que no deseamos, sobre todo por miedo al cambio” - Douglas Kennedy (“El momento en que todo cambió”)

            Ahora que he estado en los dos lados, no puedo decantarme por uno en particular porque nadie tiene a la razón. Y es que no se trata de tener razón, cada cual vive la vida de acuerdo a las circunstancias y decisiones que se toman; uno decide lo que le hace feliz, y el resto del mundo debe de respetarlo. Casi siempre se podrían hacer las cosas “mejor” desde la perspectiva de los demás, pero si siempre vamos a vivir basándonos en las opiniones de los demás, nunca vamos a hacer nada, porque es imposible dejar a todos felices con nuestro accionar.

            Así sea viviendo en condiciones miserables y con las respectivas críticas externas, el único que debe de estar conforme con uno mismo es cada individuo, y tenemos derecho a que se nos respete. Es por eso que a cada cual se le dio una vida propia, para que nosotros hagamos con ella lo que queramos, que va desde algo productivo, padre, bello o positivo hasta tonalidades tristes y patéticas. Cada cual administra su única vida, desgraciadamente hay (¿o habemos?) muchas personas que no sólo quieren controlar la suya, sino quieren manejar todas las que puedan.


                Bueno, hasta para algo lúdico como lo es salir de vacaciones, uno no puede hacerlo tranquilamente. Y es que siempre encuentras quién te dice qué es lo que debes y no debes hacer al tomar unos días libres. En Varadero me la pase tan rico leyendo pero, tanto en Cuba como en México, la mayoría me recriminó “Es que ir tan lejos para leer un ‘pinche’ libro es imperdonable, ¡eso lo podías hacer acá!” “Te deberías meter al mar, ir a la piscina, salir a bailar, a caminar y demás”

                Ciertamente no me la pasé sólo leyendo, ya que también fui al mar, nade, corrí, camine contemplando el atardecer, fui a espectáculos platique con la gente y demás. Descontando el hecho que en ese lugar no hay mucho que hacer, además de relajarse, PARA MÍ, para mis necesidades, para mí gustó y egoísmo, el sentarme a leer junto a la playa era algo que nunca había hecho y que disfrute horrores. De igual forma, cuando me cansaba de la playa, sentarme en el Lobby del Hotel con mi libro mientras me refrescaba la brisa marina, era algo delicioso e increíblemente relajante.

                Las vacaciones son para gozar y disfrutar de la vida, y eso hice. Creo que en realidad lo que les ofendió a mis críticos fue que mi forma de disfrutar es distinta a la de ellos y creen que su manera es universal. “¿Y a dónde fuiste a La Habana? ¿Y qué hiciste? ¿Por qué no lo hiciste así? Es que yo lo hice así y soy muy chingón por haberlo hecho así ¿Para qué caminar tanto y conocer lugares viejos y feos?”. Afortunadamente Augusto y yo tuvimos una visión similar y quisimos conocer La Habana a pie y no sólo quedarnos en la zona turística. En fin, ojalá algún día nos quitemos la manía de controlar las vidas ajenas. Por mi parte expreso mi sentir y si alguien lo quiere leer, que lo haga, si quieren seguir con sus ideas, son libres de ello.

            Hasta los 16 años fui súper fan de Michael Jackson, compraba sus discos, veía sus películas, veía sus vídeos sin cansarme y seguía el rastro de todo lo que tuviera su nombre. Allá por 1993, cuando estaban sus conciertos en el estadio Azteca, salió todo el escándalo del abuso sexual a menores. Esto fue el pretexto perfecto para que mi papá no me llevara al concierto aunque, honestamente, no creo que tuviera intenciones reales de llevarme.

         «Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar».– Mark Twain

¿Me debió haber importado lo que decían los medios de comunicación? Ciertamente no, sin importar la veracidad o no del caso, yo disfrutaba mucho de su música y me hacia muy feliz. Con pena reconozco que, aunque tenía mis dudas sobre la validez de esas acusaciones, sí me aleje de Michael Jackson, y le perdí la pista. De vez en cuando veía notas, bastante tristes por cierto, en donde mostraban a un MJ alejado del cual idolatre en mi infancia y adolescencia. Y, a pesar de todo, me dolió su muerte, principalmente por todo esa alegría que me dio con su arte años atrás.

¿A dónde voy con todo este choro? Para evidenciar todo lo que les permitimos a los medios de comunicación, cómo decirnos qué está bien y qué está mal, lo qué debemos y no debemos pensar, lo aceptable y lo que no lo es, el atuendo adecuado y el inadecuado o, resumiendo, qué está “IN” y qué está “OUT”. Todo esto nos lo dicen porque nosotros se lo permitimos, al igual que nos endosan y “endiosan” a varios artistas, esa misma facilidad tan pasmosa como los pueden mandar al infierno y luego, si se les antoja, los vuelven a endiosar. Un caso a nivel mundial sería Britney Spears y otro caso, a nivel local, sería Gloria Trevi. Ambas pasaron del cielo al infierno y, finalmente, fueron regresadas al “cielo de la popularidad”.

Todo esto es ridículo, ¿no deberíamos detenernos un poco a pensar? Darnos el respeto que merecemos a nuestros propios criterios si, a fin de cuentas, nos gusta algo que al resto no le guste, pues tener la seguridad, personalidad, amor propio y pantalones para sostener nuestra propia opinión. Ya les expuse dos de mis ejemplos (Lucha libre y Michael Jackson), pero eso me ha servido para aprender y defender mi manera de ver las cosas y mis gustos que muchos no aceptan. Sin perjudicar a terceros, uno debe hacer con su vida lo que le venga en gana, al final disfrutaremos de los beneficios de los aciertos o sufriremos las consecuencias de los errores.

            Siempre habrá aspectos que mejorar en mi vida, pero ahora disfruto más de ella y me siento más congruente al mantener lo que pienso y no lo que otros quieren que piense y, creo, todos deberíamos tener una actitud similar. No debemos permitir que los medios de comunicación, nuestros padres, nuestros amigos o parientes, nuestra pareja, la sociedad o hasta el Osito Bimbo, nos diga qué debemos pensar o decidir con nuestra existencia.

"Todos ven lo que tú aparentas; pocos advierten lo que eres" - Nicolás Maquiavelo

¿Cuántas personas estudian medicina cuando quieren ser músicos? O ¿Cuántos Ingeniería cuando lo suyo es la filosofía? O Aquellos con habilidades para la danza y acaban estudiando administración; Pero resulta que vienen de familia de médicos, ingenieros o administradores, parece que el pagar le da a los padres la facultad de decidir también diciendo “Tú vas a estudiar un oficio verdadero, no esas pachequeces tuyas porque ¿De qué vas a vivir? Mi hijo no va a ser Filosofo”.Lo mismo con las parejas, ¿Cuántas relaciones se han acabado porque las parejas de los hijos no son del gusto de los padres? O, al contrario, tomando el mismo criterio, ¿cuántas veces “propician” una relación que ven con buenos ojos?

No es fácil enfrentar a los padres, sobretodo si son del tipo controlador que ya te fijaron la vida de manera anticipada y, peor aún, si dependes de sus recur$o$ (aunque también hay mucha responsabilidad de los hijos que se dejan manipular). Entre más jóvenes, más influenciables resultamos; conforme vamos madurando, nos vamos dando cuenta de muchas tonterías que permitimos que se eligieran por nosotros. “Envejecer es obligatorio, madurar es opcional”, en teoría deberíamos aprender de nuestras experiencias de vida para no repetir errores del pasado.

¿Por qué siempre no estresamos por lo que no somos ni tenemos en vez de disfrutar lo que sí somos y tenemos?

Recientemente le decía un chico a mi maestro de baile: “Oye, quiero que me metas a tu ballet porque bailo como Fulanito de tal (un bailarín profesional)”. Y reflexiono, qué bueno que baile como tal o cual profesional, pero a mí me daría más gusto bailar con mi estilo, con mi toque y no ser una imitación de alguien más. Esto me recuerda que en Acapulco, en un congreso internacional de Salsa, escuchaba la conversación de bailarines extranjeros sobre los mexicanos: “Fíjate cómo todos intentan bailar con el estilo de tal (otro bailarín profesional de moda)” ¡Y era cierto! Todos bailaban muy bien, ¡pero muy parecido! Era raro encontrar a alguien que lo hiciera con su propio estilo. Ese año el concurso de baile en pareja no lo ganó la que mejor lo hizo, sino la que tuvo un estilo propio. Todo el mundo estaba indignado porque no ganaron los que “visiblemente” lo habían hecho mejor, pero entendí que los jueces habían calificado más la originalidad y el estilo propios que una representación excelsa, pero que era una imitación de alguien más.

Aunque sé que no es su origen, me parece que la expresión “Pecado Original” vendría de ser y actuar auténticamente, porque es un pecado serlo en esta sociedad, la cual no te deja en paz hasta que seas una caricatura de ti mismo. En vez de ser las mejores versiones de nosotros mismos, acabamos siendo copias piratas. No nos dejan en paz hasta que uno se convierte en el autómata promedio que pulula en la vida cotidiana y, aunque tampoco te aceptan, por lo menos te ignoran y dejan tranquilo  ya que eres estándar (por no decir mediocre). La Sociedad NUNCA va a aceptar a nadie en su totalidad, para que no te critiquen debes ser mediano. El precio de la originalidad y congruencia son las críticas, pero es más satisfactorio ser tú mismo y ser criticado por ello, en vez de serlo por lo que otros te exigen que seas.

Culturalmente se nos enseña a resaltar nuestros defectos y, simultáneamente, a minimizar o esconder nuestras cualidades, eso permea en nuestras personalidades así, todo lo malo que tenemos no sólo lo pregonamos, lo ensalzamos y lo promovemos: el corrupto, el infiel, el alcohólico, el flojo, el fumador, etc.

Tal vez por esta actitud tan paranoica uno mismo empieza a ser reservado con sus gustos, como atesorándolos porque, si se hicieran públicos, alguien más los cuestionaría y ya no podríamos disfrutarlo en su totalidad como sí lo hacemos en la clandestinidad del secreto. Y si no me creen, chequen cuántas personas a las que les pasa algo bueno piden que lo mantengan en secreto (un viaje, una boda, un premio, un embarazo, una promoción, etc.) Nuestra manera de actuar nos ha hecho seres ridículos que guardan las alegrías (porque nos juzgan) y tenemos que presumir las penas para que la sociedad nos acepte.

La lógica me dicta que debería ser al revés: las penas sólo se deberían compartir con los más allegados, para recibir apoyo moral y las alegrías se deberían cantar a los cuatro vientos, sin temer a esas personas envidiosas, que siempre va a haberlas, pero también habrá más personas que se alegren por nosotros.

Pero no nos atrevamos a ser desarrollados o exitosos, no nos dignemos en crecer o avanzar, porque seremos criticados más duramente que cualquier drogadicto o cualquier corrupto. El mayor pecado en este país es ser exitoso u original porque como “todos” estamos jodidos, pues todos nos tenemos que mantener así.

"Importa mucho más lo que tú piensas de ti mismo que lo que los otros opinan de ti" – Séneca

Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 19 de junio de 2011

Mysterious Ways (La edad a través de la música)

Como ya mencione en el ensayo de U2, me hice seguidor de esa Banda por la canción “Mysterious Ways” la cual, en su momento, me pareció maravillosa y poderosa. Conforme fui conociendo toda su discografía, la melodía que me atrajo originalmente  me fue gustando cada vez menos hasta que, hoy en día, sólo es especial porque fue la primera pero, definitivamente, no se acerca a mis favoritas. Este fenómeno lo experimentamos muchas personas por dos cuestiones: la intensidad con la que vivíamos en nuestra adolescencia y la madurez que vamos ganando con los lustros.

Antes de los 25 años, mi canal favorito era MTV pero, con el paso del tiempo, los vídeos que te gustan dejan de pasar en dicho canal y empiezas a verlos en VH1. Viendo dichas obras piensas “¡Ah! Esa todavía es moderna y/o reciente” pero un buen día te das cuenta que pasan en VH1 Clásico porque tienen una o dos décadas de antigüedad; cuando eso pasa también encaras la realidad que ya no estás en la camada “cool”, los jóvenes de la actualidad, porque ya estás en la generación de atrás, esa misma que empieza a criticar la programación de MTV cuestionando “¿Qué clase de porquería es esto? ¿Se atreven a llamarlo música?”, mismas frases a las que uno se enfrentó y contra las cuales defendió fieramente a sus artistas predilectos.

Esto es muy chistoso porque cuando uno es adolescente critica las generaciones anteriores, tachándolos de nostálgicos, anticuados y viejitos pero, conforme uno va ¿creciendo? ¿envejeciendo? ¿madurando? (cuestión de gustos) y contempla las expresiones de arte de su juventud, a lo largo de los años, uno va comprendiendo a los padres, tíos, abuelos, maestros, etc. Porque uno mismo empieza a expresarse igual que ellos al decir “¡Ah! ¡Los tiempos de antes eran mejores!” y eso incluye que eran más limpios, justos y, por qué no, todos éramos más felices, guapos, prósperos y buenos.

Este ciclo existencial es algo extraño e inevitable, básicamente uno va envejeciendo, dejando atrás sus años mozos para recordarlos con añoranza, por lo que uno empieza a idealizar muchas situaciones, vivencias, personas y hasta canciones. Por ejemplo, hace tres o cuatro lustros había melodías que realmente detestaba, las odiaba con todo mi ser pero hoy en día las vuelvo a escuchar y resulta que ya hasta me gustan, solamente porque son de esa época, lo cual resulta totalmente ridículo.

Simplemente nos pasa la vida y uno debe decidir si se queda atrapado en “Los Años Maravillosos” cuando éramos jóvenes, buenos y felices (además de que nuestra vecina era Winnie Cooper) o se opta por ser feliz en el único tiempo real y disponible para nuestra existencia: El presente. El pasado ya murió, el futuro nunca nacerá y sólo nos queda el ahora para vivir. Creo que debemos honrar el día en que vivimos y dejar de pensar que toda época pasada fue mejor. Realmente vivimos en el presente y es el único que merece nuestra atención.

¿Por qué no percibimos el paso del tiempo? ¿Por qué seguimos considerando nuestras canciones de juventud “modernas”? De chamaco, me preguntaba la razón de que mis padres no se dieran cuenta de que sus discos favoritos ya eran “viejitos”, aunque era obvio que ya habían pasado un par de décadas, misma situación que hoy me acontece. Creo que relacionamos esas melodías con una edad y felicidad idealizadas por lo que no queremos que pasen, deseamos que ese momento de nuestras vidas se mantenga congelado en un instante con el afán de sentirlas vigentes. Si algo nos sirve de consuelo (y que supongo que también consoló a mis padres) es que los jóvenes que hoy nos tachan de anticuados van a pasar por lo mismo.

Pero ahora pasemos al otro lado de la moneda, porque cada etapa existencial tiene sus características y privilegios.

Me parece que las reacciones del ser humano ante la música nos dicen mucho de cómo percibe la vida. Cuando uno es adolescente no capta la totalidad de detalles que puede tener una canción pero, los pocos que llega a notar, los vive a lo máximo, la siente con pasión porque vibra con ellos. Con el paso de los años, cuando uno se hace “menos joven”, se empiezan a observar más matices, percibir detalles que antes no sabíamos que ahí estaban; uno ya no se desvive, pero si lo goza de otra manera: en conjunto, de manera relajada, mientras desmenuza todo lo que trae la obra y que había estado ahí desde el principio en espera de ser descubierto por alguien que lo valore. Ya no es “¡Sí! ¡La guitarra suena bien fuerte!” ahora pesan más los arreglos, la estructura de la música, el mensaje oculto en la letra, el sentimiento con el que se interpreta, el papel de cada instrumento y los matices que van tomando a lo largo de la obra. Se sacrifica la intensidad de un jovenzuelo por la profundidad de un adulto al momento de disfrutar una canción (que lo merezca, claro está).

“La letra de la canción es lo que creemos entender, pero lo que nos hace creerla o no es la música” – Carlos Ruiz Zafón (“El Juego del Ángel”)

Con la edad, acumulación de experiencia y porque se van tranquilizando las hormonas, uno empieza a apreciar la belleza implícita de ciertas cosas. Fue después de cumplir 30 que, por primera vez, llore escuchando a Pavarotti dando una nota prolongada cuando una década antes me parecía totalmente aburrido.

También se dice que con la edad uno se va haciendo más exigente. En el pasado espectáculo del Súper Tazón, cantaron los Black Eyed Peas. Sinceramente la interpretación fue desastrosa, con unos alaridos espeluznantes (sobretodo de Fergie), pero mi sorpresa fue grande cuando mis amigos, los más jóvenes, me dijeron que estuvieron fascinados por el espectáculo. Cuando les cuestione si se dieron cuenta de la falta de calidad en su canto me dijeron “Ya sabíamos que iban a cantar terrible porque era en vivo, pero ¿viste todas las luces, bailes y el espectáculo en sí? ¡Fue fenomenal!”.

Ya no me importa que el show sea imponente o magnífico, para mí lo que realmente vale la pena de un concierto es que el artista haga su trabajo con calidad y cante con un sentimiento que le crea lo que está interpretando (alegría, nostalgia, romanticismo, ira, tristeza y demás)  y así entrar en catarsis porque toque las fibras más sensibles de mi ser. Eso es lo importante para mí a esta edad.

Es típico de los más jóvenes que aprecien la música por aspectos que, realmente, no tienen que ver con la misma: el vídeo, la coreografía, lo efectos, el vestuario, el espectáculo, la explosividad y/o escándalo, las poses del que canta, etc. A la larga, uno empieza a poner atención en otros aspectos menos espectaculares pero igual, o incluso más, vitales. Cuando se nota esto que antes no se valoraba hay que estar feliz y triste: Alegrarse porque uno va teniendo otras prioridades en su existencia, a través de una visión más madura, y entristecerse porque el costo de lo primero inevitablemente es juventud.

La primera vez que escuche “Mothers of the dissapeared” de U2, me pareció tan aburrida que no la volví a escuchar, a propósito, por un largo período. Las que me gustaban eran las que tenían más “punch”, las más escandalosas, las más “chidas” o las más movidas. Hoy en día, esa misma canción es de mis predilectas por la belleza, la tranquilidad, la pasión, el sentimiento, la interpretación, la calidez que en la actualidad sí capto y que antes no lo hacia. Obviamente ya traía todo esto dentro de mi ser, pero necesite ir madurando y puliéndome para poder apreciar todo lo valiosa que es esa obra.

Jim Steinmann, productor y compositor de Meat Loaf , Bonnie Tyler, Air Supply y demás, dijo que la adolescencia es la época en donde se vive con mayor intensidad, y es verdad. Véanlos cuando pierden un amor y casi se dejan morir o, cuando están de buenas, se sienten Superman y sienten que se pueden comer el mundo a puños. Todos sabemos lo omnipotente o lo basura que uno puede sentirse cuando se está en esa edad.

Aunque en esa etapa de vida se perciba la misma con más intensidad, también hay otras etapas en donde se pueden captar más detalles que antes pasaban desapercibidos. Esas mismas canciones que de jóvenes nos hacían vibrar por algo en particular hoy, después de los 30, las disfrutamos como una totalidad por esos detalles que vamos degustando, que tal vez veíamos, pero no valorábamos. Creo que de ahí viene nuestra nostalgia por las melodías de nuestras etapas tempranas: aunque son “viejitas” nosotros encontramos nuevas maneras de vivirlas.

No quiero decir que toda la música actual sea un asco, porque en todas las épocas hay tanto obras de calidad como vil basura, pero uno no se va a poner a escuchar como chamaco esas cosas llamadas “Lady Gaga” (sea lo que eso sea) para estar a la moda. Definitivamente no voy a hacer eso, prefiero ir redescubriendo mis canciones viejitas (que por su calidad son atemporales), sin quedarme a vivir en aquel tiempo, además de conocer las contadas excepciones de calidad en la escena actual que sí merecen ser escuchadas (Keane o Snow Patrol por ejemplo).

Hebert Gutiérrez Morales.

jueves, 16 de junio de 2011

Inútil

“Seguramente una vida sin valores sería más fácil de vivir pero, ¿valdría la pena vivirla?” – Hebert Gutiérrez Morales.

sábado, 11 de junio de 2011

Dori y Osa

“Cada niño debería tener dos cosas: un perro y una madre que le deje tener uno” - Anónimo

            Soy muy perrero, de hecho, me es más natural relacionarme con perros que con la mayoría de los humanos, debido a que los canes son transparentes, leales y honestos, algo que muy pocas personas son. Por tal motivo, la mayor parte de mi vida, siempre he tenido mascotas (gatos incluidos), las cuales son un bálsamo gentil para el alma por la pureza de su ser.

            Como amante de los animales, me encantan las historias de mascotas, ya sean escritas, filmadas o narradas. Sin embargo, algo que me parte el corazón, es el hecho que muchas de esas historias son contadas cuando los protagonistas ya se fueron. Quiero homenajear a mis perras en vida, ahora que todavía las veo y tengo oportunidad de apapacharlas. Procedo a presentárselas.

             La Osa es la clásica perra bonachona y chistosa, con cara de mensa, pero tiene un ángel que es imposible que no le caiga bien a todo el mundo porque, desde que la ves, te da risa y es instintivo quererla. Aunque hay que admitir que es como un gato, porque sólo sirve de ornamento y es que, a pesar de que pesa 50 kilos, hasta un Chihuahua la sometería, esto debido a que es exageradamente noble y dócil, por lo tanto, creo que la naturaleza no la dotó con nada de malicia en su ser y, por eso mismo, el destino ligó su camino con el de Dori.
Osa

              Dori tiene un porte impresionante, exuda elegancia y disciplina desde su forma de pararse, es brava pero al mismo tiempo noble y fiel, tiene inteligencia, malicia y astucia: son 40 kilos de perfección hecho perra. Todo lo que le faltó a la Osa, ella lo tiene de sobra. Irónica y desgraciadamente, para Dori, al ser tan perfecta y la otra tan inútil (dicho con cariño), la que atrae todas las miradas y apapachos es la gorda (para frustración de mi pobre Dori).


“Quien haya dicho que no se puede comprar la felicidad, no estaba pensando en cachorritos” (Gene Hill)
Dori

              Dori está tan consciente de su perfección como perra que cree que todo lo que toca el sol es suyo, en realidad es una megalómana. Si pudiera, dominaría al mundo a su manera aunque, también es tan fiel a mí, que me cedería su trono. Pero como no puede, se conforma con someter a la pachona y a cualquier otro ser de cuatro patas que se atraviese en su camino.

             La historia de mis perras inicia antes de que ellas nacieran, antes de casarnos la que iba a ser mi (ex)esposa me propuso que compráramos un perro, esto para hacerle más llevadero el matrimonio a su hija. Por tal motivo, cuando se mudaron conmigo, lo primero que hicimos fue comprar a la Osa. Fue un Miércoles en la noche, allá por Noviembre del 2003, fuimos a ver un camada de cachorros que llegaron corriendo a nosotros y, de entre ellos, sobresalía una bola de pelos con cuatro patas y regordeta que tenía un atractivo impresionante: la elección de la Osa no fue difícil (y su nombre tampoco).
            
             El “problema” con la Osa es que tiene demasiada energía y personalidad como para mantenerse quieta, así que después de unas escapadas y ciertos destrozos, optamos por traerle un tándem, con quien pudiera entretenerse, y así llego Dori. Justamente un mes después de la llegada de la peluda, fuimos a un criadero de Pastores alemanes, esta vez sólo quedaban dos cachorras pequeñas, pero con mucho porte. En esta ocasión la niña de mi exmujer escogió a la más pequeña, tal vez por empatía, y le puso Dori (aún me pregunto qué tiene que ver un pez con una perra, pero en fin, cosa de niños). 

            Desde el primer día, Dori ha sido una perra neurótica y escandalosa por eso, cuando llego, no tardo más de cinco minutos en someter a la Osa, la cual le doblaba la edad, el tamaño y el peso, pero la recién llegada sacó la estirpe y dominó a eso que ella considera “un chiste de perra”, y desde entonces inicio su reinado con una sola súbdita, que a la vez es su amiga (y la Osa está feliz con su rol desde entonces).


“Un perro es la única cosa en la tierra que te amará más de lo que tú te amas a ti mismo.” (Josh Billings)

            Ciertamente las perras llegaron para hacer más llevadero el Matrimonio . . . para mí. Cuando las cosas se empezaron a poner feas (no tardo mucho tiempo), me ponía a atender a mis perras y las sacaba a pasear, lo cual me dio cierto grado de satisfacción e identificación. Obviamente, al divorciarme, lo único que pelee fue la “patria Potestad” de la Perras, no porque las hubiera pagado, sino porque me había hecho cargo de ellas todo el tiempo (y era obvio a quién reconocían ellas como amo). 

            Mis perras me ayudaron a adaptarme a esa etapa tan agria que significa un proceso de divorcio. Para mí era muy reconfortante llegar a casa y ser recibido siempre con buen ánimo por dos seres para las cuales yo era su mundo. Gracias a ellas no me enclaustre en el trabajo y hasta baje de peso, porque nuestras caminatas fueron creciendo en distancia y velocidad, y gracias a ello inicie con una actividad que hoy en día me es vital: correr. 

            A la Osa le gustaba pasear pero, por su complexión, no le gustaba correr, así que corríamos a pesar de ella. Eso sí, se comía cualquier porquería que se encontrara en su camino, cuando trataba de impedírselo, ella ya se lo había tragado. También le encantaba echarse a los charcos, lo cual no era muy chistoso para mí por su pelo largo, así que la bañaba más seguido de lo que a los dos nos hubiera gustado. 

            En realidad Dori era la que más disfrutaba las corridas, al ser muy atlética, de haber sido por ella, hubiéramos corrido a máxima velocidad los trayectos de siete kilómetros que acostumbrábamos. Además ellas desarrollaron una técnica para someter a los perros que se atrevían a atacarnos, porque la gorda servía de señuelo y, atrás de ella, la neurótica atacaba furtivamente sin darles oportunidad que atacaran a “su” Osa.


“Se puede vivir sin perro, pero no merece la pena.”(Heinz Rühmann)

            Dori era una psicópata sin piedad cuando se peleaba con algún perro, y siempre los sometía, incluidos algunos que la superaban considerablemente en peso, tamaño y musculatura, de hecho, algunas veces estuvo a punto de matarlos. A pesar de la correa, me costaba mucho trabajo obligarla a que los dejara ir. Su veterinaria me dijo que ella tomaba esa actitud tan feroz porque yo estaba ahí y, simplemente, estaba defendiendo a su amo de los enemigos que nos atacaban. 

            Dicen que los perros no son inteligentes, que los humanos interpretamos sus acciones instintivas como inteligencia, y ciertamente ha de ser un prejuicio pero he notado en mis perras signos de aprendizaje, aunque sé que las veo con ojos de amor. Por ejemplo, la Osa mete su hueso de carnaza en el agua, con el fin de ablandarlo y comérselo más fácil. También ha aprendido a darle a desear a Dori un objeto estúpido, para que ella “se lo quite” y pueda comer tranquilamente mientras la neurótica disfruta su victoria y sometimiento sobre la otra; sin esta herramienta que la Osa ha desarrollado, no podría comer tranquila porque Dori siempre tiene el afán de demostrar que es la más fuerte. Eso que hace mi gorda ¿es instinto o inteligencia? Honestamente no lo sé pero a mí me gusta pensar que es la segunda opción. 

            Hubo un Domingo en que la Osa se puso en huelga y no quiso correr, a pesar de que la jalonee y la amenace, no le plació salir a la señorita. Me desesperé y me lleve a Dori diciéndole: “Ahora sí pequeña, vamos a correr al ritmo que tú quieras” pero, para mi sorpresa, ella no corrió ni 500 metros, al ver que no venía la gorda con nosotros se detuvo e inicio el camino de regreso. Aquel día, que no corrimos, me di cuenta de algo: aunque Dori la someta, aunque se desespere con su holgazanería, y a pesar de todas sus diferencias, ella la quiere mucho, tal vez más que a mí mismo, y eso me tranquiliza porque sé que Dori siempre cuidará a la Osa. 

            Es factible que nuestras vidas siguieran así por siempre, pero una muerte vino a cambiarnos la existencia. Maaya, la perra de la familia, se murió pariendo a sus cachorritos, un golpe letal para todos (pasar de la esperanza del nacimiento a la muerte), sobretodo para mi hermano porque, oficialmente, era su perra. Después de un mes de luto, mi madre empezó con sus comentarios “Necesito un perro que nos cuide, pero no quiero un cachorro”; yo no me daba por aludido, hasta que los comentarios se hicieron más frecuentes y me cayó el veinte: “¿Se estará refiriendo a mis perras?”


“Adquirir un perro puede ser la única oportunidad que un ser humano tiene para escoger a un pariente.” (Mordecai Siega)

            Tarde otro mes en decidirme, es verdad que mis perras llevaban una buena vida y que paseábamos a diario pero, también es cierto, que mi cochera no se comparaba al enorme terreno con pasto y árboles que tiene mi madre, además algunos de mis vecinos no eran muy amables con ellas. A fin de cuentas, su bienestar pesó más y, después de cinco años de compartir cada día de nuestras vidas, las mude al Pueblo para que vivieran mejor con mi madre. Esas decisiones correctas que duelen en el alma. 

            Pase el fin de semana con ellas, para que se aclimataran, la despedida fue más fácil de lo que creí y todo iba bien hasta que llegue a mi casa: primero no fui recibido por nadie, y ahí solté las primeras lágrimas pero, el verdadero problema fue a la hora de correr. No quería correr sólo, creía que era como si les fuera infiel, pero lo tenía que hacer, por ellas y por mí. Si no corría iba a echar a la basura todo lo que ellas y yo habíamos logrado, así que corrí, con lágrimas en los ojos los primeros dos kilómetros y con el corazón triste todo el trayecto, pero corrí (y sigo corriendo gracias a ellas), 

            Mis perras están a punto de cumplir ocho años de existencia y tres de vivir con mi mamá, y todos nos hemos adaptado muy bien, aunque aún hay ciertos detalles de Dori que me hacen pensar que no se resigna a quedarse en el Pueblo. Para indicarles que ya me voy, les doy un palito de carnaza, ellas ya saben lo que significa, porque hacía lo mismo a la hora de dormir o cuando me iba al trabajo; la Osa se lo devora de inmediato, pero Dori no lo acepta. Aunque se lo come después de mi partida, ella no lo hace en el momento que me voy, como son de protesta, porque no acepta que parta sin ellas. 

            Aunque las perras nunca vivieron en mi casa nueva, el otro día observaba la sombra detrás de la puerta que provoca mi tapete, al notar esa sombra, me vino a la mente la Osa. Cuando vivíamos juntos, ella tenía por costumbre recargarse en la puerta de la entrada a dormir; creo que lo hacía para percibir el calor de la casa, captar el olor de su amo o, simplemente, para sentirse más cerca de mí. Cuando percibía su sombra tenía una inexplicable sensación de calidez en mi pecho, porque sabía que tenía alguien que me cuidaba, me esperaba, me quería y me aceptaba incondicionalmente.


“Los perros no son todo en nuestra vida, pero ellos la hacen completa” (Roger Caras)
               

            En este homenaje a mis perras, también hay implícito otro homenaje al resto de mis mascotas: el gato Yum Yum y los tres gatos Sombra, además de los perros Mota, Princesa, Poncho y Maaya. Todos ellos siempre formaran parte de mi vida, porque me la entregaron de manera confiada y yo los quise hasta el último día de sus vidas (y así será hasta el último de la mía). 

            Mis perras sólo tienen un mes de diferencia en cuanto a edad y eso me da la pauta de lo que va a vivir la una sin la otra. Ellas están tan acopladas que el día que se muera una, dudo que la otra dure más de un mes viva, ya que la tristeza y soledad la obligarían a alcanzar a la otra.

            Finalmente, la razón que más pesó para decirme mudar a mis perras fue mi propio instinto de conservación. Al igual que ellas, yo estaba muy acoplado a ambas, ya que fueron las primeras de las que me hice cargo al 100%, porque el resto de mis mascotas siempre fueron en familia. Me dí cuenta que, si seguíamos juntos hasta el fin de sus días, el día de su muerte yo mismo me iba a morir de tristeza, porque son mis hijas y así lo serán el resto de sus días. Tal vez este no sea mi ensayo más interesante, ni el más profundo, pero creo que sí es el más importante que he escrito.

«Recogéis a un perro que anda muerto de hambre, lo engordas y no os morderá. Esa es la diferencia más notable entre un perro y un hombre».– Mark Twain
Hebert Gutiérrez Morales.

sábado, 4 de junio de 2011

Mas si osaré un “íntimo” enemigo.

Cómo amo a este país y, al mismo tiempo, no lo soporto. Casi toda mi vida he estado convencido que nací en la tierra equivocada, sin embargo nací acá por alguna razón, seguramente me toca hacer algo para ayudarlo a ser mejor.


Nunca he salido de mi país así que, de todo lo que está escrito, no tengo referencia contra la cual comparar; pero no es necesario que conozca otros países para que identifique lo que está mal en el mío. Este ensayo es una crítica honesta a mi nación, y no porque no la quiera, al contrario. Ser buen mexicano es no cerrar los ojos a los problemas que nos atañen a todos, no hay que pretender que no pasa nada y que vivimos maravillosamente; ya que es fácil ser civilizado en un país civilizado, lo difícil es serlo en un país como el nuestro, en donde las reglas de cualquier ámbito son meramente simbólicas.

En la preparatoria tenía un objetivo claro: emigrar a Canadá, porque me parece un país con una alta calidad de vida debido a lo respetuosa y/o civilizada que es su gente. Al comentar esto a la mamá de un amigo, me respondió: “Que triste que prefieras huir en vez de quedarte y luchar para que México sea algún día como Canadá”. Eso me caló y me enoje, aunque después reflexione y ví que tenía razón. Hoy en día mi intención (que roza en ilusión) es que México sea algún día como Canadá. Aunque, no puedo negar que es frustrante nadar contracorriente y sentirte sólo en esta lucha de hacer un mejor país. A pesar de que sé que habemos más personas con el mismo objetivo, el sentimiento de que somos pocos sigue siendo abrumador.

Mi concepto personal de un buen mexicano es alguien que cumple las leyes, no se pasa el semáforo, que no tira basura en las calles, que paga sus impuestos, que no daña a su prójimo, que cuida al ambiente, en resumen, es alguien que RESPETA, un concepto desconocido en este país. Nos falta mucho respeto por nosotros mismos y por el lugar que habitamos

            Esas faltas de respeto se reflejan en muchos aspectos de nuestra sociedad: unos hacen como que trabajan, otros hacen como que pagan; unos hacen como que respetan la ley y otros hacen cómo que la aplican. Aquí TODOS pretendemos, es el país en donde todos hacen como que luchan y se preocupan por la situación cuando, en realidad, no pasa nada de eso. Eso se refleja al no tener la decencia de poner la luz direccional al cambiar de carril o al dar vuelta. O cuando vemos a una señora embarazada, con hijos o, simplemente, a una mujer parada y no se le cede el lugar por muchos “hombres” que perfectamente podrían ir parados en el transporte público o en cualquier sala de espera.


            ¿Otro Ejemplo? Los favoritismos, por los cuales se privilegia a alguien por ser un compadre, sobrino, primo, cuñado y ya no digamos familiares directos; esto sin importar que los afectados tengan más capacidad, preparación o experiencia. Esto también afecta nuestro nivel de desarrollo como país porque las personas adecuadas para ciertos puestos no están en ellos, ya que lo está ocupando el sobrino de alguien más.

Los mexicanos tenemos una actitud irrespetuosa, no honramos todas las posibilidades que este país nos da porque, al ser tan ricos, nos dedicamos a despilfarrar lo que tenemos y, a pesar de ello, México sigue siendo grande. Ese mismo lugar que prostituimos, corrompemos, despreciamos, explotamos, desperdiciamos y tratamos de destruir. Me da pena que los foráneos conozcan y valoren más nuestro país que nosotros mismos; por eso mismo hay mucha de nuestra gente viviendo en el extranjero, porque reciben lo que aquí no.

            «La nación está dividida, mitad patriotas mitad traidores, y nadie puede diferenciarlos»– Mark Twain

¿Cuánta de nuestra gente valiosa está viviendo en el exterior? Todas esas personas que tienen impresionantes potenciales, que desarrollan en otros lados porque les dan los medios para hacerlo, en lugar de los obstáculos que aquí encuentran. Y es triste, porque ellos quisieran vivir aquí, por lo rico que es México en tantos aspectos (recursos naturales, abundancia cultural, tradiciones diversas, clima estable y benigno, distintas posibilidades geográficas, calidez humana, etc.) pero prefieren afrontar las vicisitudes que enfrentan en otras culturas con tal de vivir mejor; y no los culpo, si tuviera la posibilidad de desarrollar una familia aquí o en el extranjero, lo dudaría un momento por cuestiones sentimentales, pero mi decisión sería obvia, siempre buscando el bienestar de mi (hipotética) familia. Lo irónico de esto es que, la gran cantidad de gente valiosa que estamos perdiendo, se debe a que nosotros mismos (la gente) no estamos cuidando nuestra nación.


El pueblo mexicano es egoísta, pero a lo estúpido, ya que no vislumbra las ventajas del bienestar general, sólo ve por el propio, pero de manera desleal. Al mexicano no le importa si hay un beneficio para la mayoría, si puede sacrificarlo por obtener un beneficio propio lo hará sin ningún remordimiento. De igual forma, si puede elegir entre un beneficio único y a corto plazo en lugar de uno constante a largo plazo, sin dudar toma el más rápido e ignora que a la larga saldrá más beneficiado.

Somos una sociedad estúpida y dogmatizada por la religión, por la TV, por los políticos y por nosotros mismos a través de una sociedad prejuiciosa e implacable al momento de juzgar. No analizamos y no comprendemos, sólo reaccionamos, somos una sociedad inmadura, somos como adolescentes en donde sólo queremos ver por nosotros, sin razonar las consecuencias futuras de nuestras decisiones. Y es que las decisiones maduras, ésas que nos harían crecer como nación, son impopulares. Si puedo agandayar hoy y salir beneficiado hoy, ¡perfecto! Me vale madre el bienestar de los otros, no me importa si estoy dejando un país o un mundo de la chingada, aunque esas consecuencias negativas me vayan a alcanzar a mí o a mis seres queridos.

Pero ¿por qué no somos dedicados? Lo veo en las clases de Salsa. Hay ocasiones en que entran personas con una facilidad impresionante para bailar la cual, obviamente, debe ser pulida. Esta gente, que se sabe habilidosa, se impacienta y no quiere saber de técnica, porque ya quiere ser profesional de golpe y porrazo, así que se desesperan y abandonan las clases. Esto pasa porque no tienen la disciplina ni paciencia para ir perfeccionando esas habilidades. Normalmente los que tenemos más perseverancia, aunque no precisamente talento innato, somos los que llegamos a niveles avanzados. ¿Qué pasaría si los habilidosos también fueran pacientes? Creo que los pocos que lo logran son los contados bailarines profesionales que tenemos en México. Por esa falta de perseverancia, siempre acabamos tomando la ganancia a corto plazo en vez de aguardar a identificar los beneficios a mediano o largo plazo, que normalmente son mayores. Nos falta mucho esa madurez, visión, paciencia o como quieran llamarlo.

Y, hablando de madurez, ¿hasta cuando vamos a culpar a los españoles por conquistarnos? ¿A Santa Anna por vender la mitad de nuestro país? ¿A Díaz por privilegiar a los extranjeros? ¿Al PRI por 70 años de atraso? ¿Al PAN por no cumplir nuestras expectativas? ¿Al Tri por no ser ganador? Y a todos los que quieran, ¿Hasta cuando nos vamos a hacer responsables de nuestras vidas y nuestro país? Queremos los privilegios pero evadimos las responsabilidades, todos queremos un buen país, pero nadie quiere invertir su tiempo, esfuerzo, moral, educación o dinero en que así sea, que alguien más venga a hacernos el favor de arreglar nuestro desmadre.

¿Por qué, culturalmente, estamos en espera de un héroe que nos venga a salvar?

No esperemos a que “Papá Gobierno” venga y nos resuelva todos los problemas, y así nos ponga la mesa para que, ahora sí, podamos comportarnos civilizadamente y por fin tener un país desarrollado ¡Pues No! El cambio empieza por cada uno de nosotros, no podemos esperar que alguien más venga a educarnos, protegernos, solaparnos o resolvernos los problemas. Sólo nosotros somos responsables de nuestra situación, muchos dirán “No es mi culpa, ¡yo no lo provoque!” Cierto, no lo provocamos pero lo perpetuamos y nadie más va a resolvérnoslo. Cada uno de nosotros, con nuestras acciones y actitudes, somos parte de los problemas o de las soluciones para lograr que este México sea un país digno para vivir con calidad.

Sé que nadie quiere iniciar este cambio, nadie quiere ser el primero en dar ventaja al resto, que es preferible “agandayar” que ser “agandayado” pero ¡alguien debe de empezar con este cambio! Es totalmente ridículo que nadie se mueve mientras todos nos hundimos, porque no quieren ceder ventajas; es como menciona Fernando Delgadillo en una de sus canciones “Nadie quiere perder su lugar en la fila que no lleva a ninguna parte”. Aunque todos sabemos que estamos mal, nadie quiere romper este circulo vicioso de corrupción y agandaye.


No nos quejemos de la realidad que tenemos porque la merecemos. Si no nos gustara, ya la hubiéramos cambiado desde hace tiempo. México es el país dónde la gente ve cuatro horas diarias de TV pero sólo lee medio libro al año, en dónde se paga la despensa familiar a meses sin intereses, en donde se exigen servicios de primer mundo cuando sólo un tercio pagamos impuestos, de los cristales rotos, de las mallas destrozadas, la basura en la calle, de las casa malpintadas, todo porque esperamos al momento adecuado para remendarlo (no arreglarlo, sólo parcharlo).

Vivimos en el país en el que sólo se realiza lo que se supervisa, en dónde preferimos poner una llanta con una piedra para indicar dónde hay un bache en lugar de taparlo, en donde preferimos “bachear” en lugar de pavimentar la calle de manera eficiente a la primera. Nuestro gandayismo e irresponsabilidad siempre serán mayores, por lo que siempre sacamos provecho para llenar nuestras necesidades personales de corto plazo, sin importar que obstaculicemos el bien común de largo plazo. Somos desleales con nosotros mismos, esa misma deslealtad que le echamos en cara a los funcionarios públicos, pero que nosotros mismos actuamos día a día, como zamparte todas las muestras gratis del centro comercial sin la intención de comprar nada, misma actitud que te hace tomar tres cuando el letrero dice “Tome uno”. Esa deslealtad es la que nos da en la madre a todos.

Además de denunciar las cosas que están mal, también debemos actuar de manera congruente al país que queremos, un México desarrollado en todos los aspectos, y que actuemos con respeto a todos los demás. Ser buen mexicano no consiste en desgañitarse gritando “¡VIVA MÉXICO CABRONES!” en la noche del 15 de Septiembre, tampoco lo es emocionarse hasta las lágrimas e ir a festejar al Ángel de la Independencia cuando gana la selección mexicana en el Mundial, o ponerse a llorar cuando pierde y mentar madres cuando lo eliminan en penales; no, eso tampoco es ser buen mexicano. La gente puede tacharme de antipatriota y malinchista por nunca haber gritado “¡Viva México!” O por no festejar al Tri; pero me siento tranquilo y puedo ver a la cara a mi país, porque hablo a través de acciones en vez de estar de escandaloso sin resultados palpables. ¿De qué sirve toda su pasión si siguen con actitudes y acciones tan subdesarrolladas que dañan a este gran país?

 Para festejar sí nos unimos pero, cuando hay un problema en la calle (un accidente, por ejemplo), la solidaridad rara vez aparece, nadie se quiere meter en problemas. La morbosidad siempre está presente, y salta a la primera oportunidad, porque alrededor del incidente, siempre hay una bola de indolentes mirones que tienen todo el tiempo para contemplar la desgracia ajena sin brindar la mínima ayuda; sin importarles que afecten el tráfico y el tiempo de los que sí tenemos algo mejor que hacer. “Mucho ayuda el que no estorba”.

"Amo demasiado a mi país para ser nacionalista." – Albert Camus

Culturalmente somos unos irresponsables. Es ridículo que se nos tengan que dar premios de puntualidad, para no faltar, para pasar de año, etc. Cuando todo eso es nuestra obligación, y ya que estamos acostumbrados a que nos premien por realizar nuestros deberes, nos volvemos cínicos y haraganes. Por lo mismo siempre tenemos pretextos para no cumplir con los compromisos en el plazo fijado: Se me junto la chamba, me cambiaron a la ayudante, no me entregaron el material a tiempo, la muchacha se me fue de vacaciones, etc.

Esa irresponsabilidad viene, nuevamente, de la costumbre de que alguien más decida por nosotros. Cuando ya no la podemos evadir, optamos por decisiones fáciles, que no requieren esfuerzo ni compromiso moral. Somos una bola de conchudos en espera de que alguien más venga a resolvernos los problemas. Debemos tener los pantalones para afrontar las consecuencias de nuestras decisiones y no buscar echarle la culpa a alguien más. Eso no es divertido ni popular, no es guapachoso, por eso no se toman las decisiones necesarias y que, a la larga, se tomarán, más por necesidad que por previsión. Eso sí, como este escrito, nos estamos criticando los unos a los otros por todas nuestras deficiencias así que, si de todas formas nos vamos a criticar, por lo menos que sea por tomar decisiones, aunque sea sobre nuestras propias vidas.

Recuerden que lo barato sale caro, y podemos ver a dónde nos han traído nuestras decisiones fáciles. Si tuviéramos la madurez y el compromiso de hacer lo correcto, adecuado, valiente y productivo, en lugar de lo fácil y rápido, tendríamos otro país; pero, al optar por lo “barato” nos ha costado bastante caro en nuestro desarrollo. Si queremos que México mejore, hay que invertir en él, empezando por los compromisos de cada uno, porque el país no va a cambiar de un día para otro y de manera mágica. En cada uno de nosotros radica la solución para cambiar nuestra realidad y en nadie más.

Y no sólo estamos mal en todo lo que he mencionado, lo patético del asunto es que ya estoy viendo uno que otro mail que diga: “Pues si estamos tan mal ¡Lárgate! ¡Porque así somos! ¡Y así vivimos felices!”. Aceptamos que estamos mal y todavía defendemos nuestro Status Quo, nuestro Modus Vivendi, eso es lo peor: hasta orgullosos estamos de ser como somos, porque esa es nuestra conformista identidad mexicana. Es chistoso, porque somos tan malinchistas para ciertas cosas, pero ojala lo fuéramos para todo, y algo bueno sacaríamos. Me gustaría que copiáramos las acciones de desarrollo y buenas costumbres de otros países, ¡Pero no! Cuando se trata de desarrollo o ideas productivas, ¡Ahí sí somos bien mexicanos! Y ahí sí defendemos nuestra identidad, porque estaremos jodidos pero bien soberanos ¿verdad PEMEX?

¿Qué propongo? Podríamos empezar por pagar nuestros impuestos, por no comprar piratería, poner las direccionales al cambiar de carril, darle preferencia al peatón, no tirar basura en la calle, en general, hacer lo correcto en lugar de hacer lo más cómodo, tomar las decisiones más justas, aunque éstas no sean fáciles; empezar a guiarnos por el sentido común más que por la gandayez, ver por el beneficio a largo plazo en vez de echar todo a la borda y tomar la ganancia inmediata. Creo que no es demasiado complicado y, a la larga, eso va a repercutir en un mejor país para los mexicanos del futuro.

 Si queremos un país civilizado y desarrollado, debemos empezar a actuar como gente civilizada y desarrollada, porque lo que nosotros somos es lo que MÉXICO será.
Hebert Gutiérrez Morales.

jueves, 2 de junio de 2011

Libros y TV

“Un buen libro es aquel que te hace sentir que la TV es un invento absurdo; sin embargo, un mal libro te hace agradecer ese mismo invento” – Hebert Gutiérrez Morales