viernes, 22 de abril de 2011

Mudanzas


            Hoy estoy melancólico, y no sabía por qué motivo, hasta que me dí cuenta que estoy a cuatro días de mudarme, “¿Otra vez?” Es el comentario que, invariablemente, he recibido en los últimos días cuando anuncio a mis amigos que voy a cambiarme de casa.
           
            A pesar de que tengo experiencia en esto de mudarme, nunca es fácil, y no estoy hablando de la molesta logística que implica el flete, el cambio de servicios de un domicilio a otro y la mudanza hormiga previa. Hablo de los aspectos personales que implica un cambio de domicilio (aunque sólo sean cuatro kilómetros).

            Sabía que no iba a vivir en esta casa más de cinco años (en realidad fueron tres años y cuatro meses), así que mi endémica soledad fue muy útil para evitar crear lazos con mis vecinos, lo que me facilita la partida; tal vez los vigilantes del fraccionamiento sean los que más me extrañen, porque nunca les dí un problema, pagaba puntual y hasta uno que otro obsequio les hacía. También me van a extrañar a los que les compro la fruta en las cercanías, a quienes anuncie que hoy es el último día que les hacia el gasto, y me conmovió el ver cierto dejo de tristeza en sus rostros, y no es que les consumiera mucho, pero mi visita semanal era constante y segura.

            Las mudanzas en sí son difíciles por la natural resistencia humana a los cambios, campo en el que soy especialista: rehuir a los cambios. A pesar de que, en mi caso, las mudanzas de mi vida adulta siempre han sido para mejorar, no me resultan fáciles. Ha de ser lo cómodo que resultan las rutinas y cuando, de pronto, debes cambiarlas todas de golpe, pues no es algo tan agradable, por lo menos para mí no lo es.

            Cuando me mude a esta vivienda la situación fue más estresante. En esa ocasión prácticamente me “corrieron” de mi propia casa porque me la compraron y, como ya tenía la actual, tuve que apresurar muchas decisiones que había postergado durante un año. En aquel entonces era más difícil sentimentalmente (o eso creía), porque tenía a mis perras viviendo conmigo, así que tuve que tuve que olvidar mi propio estrés para apaciguar el de ellas.

            De aquella ocasión tengo un recuerdo muy bello que, aún hoy en día, me conmueve. Mis perras sólo conocían de esa casa la cochera, el pasillo que las llevaba al cuarto de lavado y éste último. Ellas eran el último “cargamento” a mudar ese día así que, una vez que estuvo todo listo en el nuevo lugar, fui por ellas. Ya estaban sus enseres al auto y, antes de subirlas, me dí cuenta de algo: La casa estaba sola y mis perras nunca la habían conocido propiamente; así que abrí la puerta y las deje pasar. Creo que ellas pensaron que había enloquecido, porque dudaron un momento entrar a ese recinto al que, sabían de antemano, tenían prohibido conocer.

            Al ver que las invite a pasar libremente, lo hicieron y olfatearon todo el lugar; creo que intuyeron que nos estábamos despidiendo, porque en ningún momento marcaron su territorio, simplemente examinaron todos el espacios y conocieron en donde su amo vivía y que ellas ignoraban. Contemple este espectáculo con los ojos anegados, aunque no supe si estaba conmovido por ellas o por la despedida en sí.

            Esa fue mi primera casa de vida independiente, en la cual tuve mis escasos meses de vida marital y algunos años de vida en solitario. Ese lugar me fue importante, porque significó el auténtico inicio de mi vida adulta. Se la compre mi amigo Arturo, cuando vislumbraba casarme, así que hicimos un plan de pagos y la obtuve.
           
            Por alguna razón, las decisiones grandes de mi vida las tomo sin pensar, pues mi madre no esperaba que su primogénito partiera del nido, y tenía razones para así creerlo. A mis 25 años, ni me pasaba por la cabeza el mudarme, tenía toda la infraestructura en casa y sólo daba mi aportación mensual, estaba muy cómodo. Pero creo que eso es de las cosas que debo de agradecer de mi fallido matrimonio: la independencia. Cuando le avise a mi madre e inicie mi (ahora acostumbrada) mudanza hormiga, ella reacciono impresionantemente bien, yo esperaba que me armara un drama, el cual nunca llego.

El día que hice mi último embarque y fue mi partida definitiva del nicho familiar, mi madre aguanto al final y no ví ni una lágrima en su rostro pero, al irme, ella se soltó a llorar cual María Magdalena (hecho que me contó mi hermano unos días después). Siempre le voy a estar agradecido a mi mamá por ese doble detalle: Primero por las lágrimas que no me mostró para no dificultar mi partida y, segundo, por todas las que derramó por la misma.

            En esa casa, que todavía habitan mi madre y hermana, pase 13 años de mi vida, no voy a decir que del todo felices (ya lo detalle en otro ensayo), pero fueron importantes para mí. En realidad no sé por qué no me había salido antes, si no era del todo feliz ahí, pero la fuerza de la costumbre nos hace actuar de maneras indescifrables (como vivir en lugares que no queremos o estar con personas que nos dañan).
                                              
            De hecho esa casa fue la primera en la que recuerdo una mudanza, ya que fue nuestro destino cuando dejamos la caótica Ciudad de México. Estaba a punto de cumplir los doce años y no estaba muy seguro sobre sentirme feliz o furioso, ya que me estaban alejando de todos mis amigos y, aunque lo sabría hasta después, también me estaba dirigiendo a otro estilo de vida que permeó profundamente en mi ser (como ya escribí en ese mismo otro ensayo).

            Pero creo que ésa, aunque fue la mudanza más trascendental de mi existencia, fue la más fácil, porque TODOS nos estábamos yendo al carajo (literalmente), así que ese sentimiento de unidad y equipo reconforta durante un proceso de cambio tan radical como este.

            Tal vez ahí está la razón de mi melancolía: Esta vez estoy totalmente solo, no hay en quién apoyarme. En mi primera mudanza estuvo mi familia, en la segunda fue a solas pero en realidad era con miras a casarme (así que tenía marca personal de mi futura (ex)esposa), en la tercera éramos mis perras y yo. Ahora voy solo y, aunque tengo experiencia de sobra en el asunto, no deja de ser triste.

            Esto no es nuevo para mí, ya que la mayor parte de mi vida actual me la paso a solas pero, sería reconfortante, pasar por este proceso con alguien, para sentir el apoyo reciproco y enfrentar los nuevos retos en equipo. Sé lo que escribí en mi anterior ensayo sobre la soledad, y creo en ello firmemente, sólo que tuve que escribir esto para mitigar un poco esta melancolía que me da el mudarme (y funciona, porque en esta línea ya me siento mucho mejor).

            Es difícil mudarse porque dejamos un pedazo nuestro en cada lugar que habitamos, dejamos atrás ese lugar en donde experimentamos cosas buenas y malas, además de que no sabemos que otras vivencias van a tener otras personas ahí mismo en el futuro.

Probablemente nos resulte difícil aceptar que alguien más puede vivir ahí, además de nosotros, y que nuestras experiencias serán borradas por otras nuevas (tanto en el lugar como en nuestros seres). Nos cuesta trabajo dejar esa parte de nuestra identidad: los caminos que recorríamos, los lugares de referencia, los vecinos a los que saludábamos (aunque no conozcamos sus nombres) y todos esos pequeños rituales que hacen que nuestra vida tenga sentido.
                                              
            No puedo decir que es la última vez que me cambio, porque no veo el futuro. Esta casa a la cual me mudo es la mejor de todas y desde que la ví me enamoré de ella, tal vez en eso me deba de enfocar: lo que viene adelante y dejar atrás lo que ya pasó, eso facilita todo proceso de cambio porque, se acepte o no, la vida sigue su cauce con o sin nosotros, ya está en uno si le aguanta el paso o tiene que ir a marchas forzadas para alcanzarla.

Hebert Gutiérrez Morales
17 de abril de 2011

sábado, 16 de abril de 2011

Conseguir pareja a través de la soledad

"Lo que uno tiene por sí mismo, lo que le acompaña en la soledad sin que nadie se lo pueda dar o quitar, esto es mucho más importante de todo lo que posee o lo que es a los ojos de otros" - Arthur Schopenhauer

Soy solitario, no nací así pero, por las vivencias expresadas en mi ensayo “La época más oscura de mi vida”, es en lo que me he convertido.

Diariamente recibo comentarios, sugerencias, exigencias, invitaciones, etc. para que deje de ser solitario y me integre a una existencia más “normal” (y lo entrecomillo porque no creo que la mía sea tan anormal). He avanzado en mi sociabilidad, como lo pueden constatar quienes me conocen desde hace algunos años. Sin embargo, estoy feliz de haber aprendido a estar solo, porque muchos tienen miedo de estarlo, pero es importante para nuestro desarrollo como humanos.

En nuestro complejo mundo es común sentir un vacío existencial, no identificar para qué vino uno o cuál es su meta en este planeta, por qué no se es feliz o cómo debería serlo, y muchas otras preguntas que uno tiende hacerse, principalmente, cuando se está a solas. Por eso muchos lo evitan a toda costa, no quieren afrontar esos cuestionamientos y prefieren estar rodeados de gente o actividades para distraerse de ello. Cuando uno se siente solo, que no es lo mismo que estarlo, no importa quién esté a tu alrededor, la soledad no se va a ir ya que proviene del interior y no de afuera.

Demasiada gente intenta llenar ese vacío existencial con dinero, sin importar cuánto compres, sin importar cuánto gastes, NUNCA se llenará sólo con lo material ya que únicamente lo tornamos insaciable, como un hoyo negro. La única manera de llenar ese hueco es con un desarrollo personal interno y eso no se compra. Claro que ayuda el adquirir libros, tomar terapias, pagar cursos, ir a conferencias, hacer obras benéficas, visitar distintos lugares en busca de la paz interna pero, a diferencia de la creencia de muchos, el vacío existencial no se llena únicamente a billetazos o tarjetazos per se.

Otros optan por relacionarse debido al anhelo de acabar con su soledad, en un intento por sentirse validados y por llenar ese hueco existencial que les acongoja. ¿Cuántos precisamos de alguien para que justifique nuestra venida a este mundo? Mientras tengamos esa exigencia no seremos responsables ni maduros para llevar relaciones sanas; éstas no se basan en necesidad, sino en amor, compañía, comunicación y mejora reciproca.

“No es lo mismo decir ‘Porque te necesito, te quiero’ a decir ‘Te quiero y, por ende, te necesito’” Erik Fromm 


              Si uno se relaciona con otra persona para que le llenen ese vacío existencial, entonces ya empezamos con el pie izquierdo, porque seguramente esa otra persona también tiene la misma expectativa. De entrada se le está dando mucho poder o responsabilidad al otro (la llave de nuestra felicidad) y tal vez no quiera dicha facultad. Es factible que te ayude a buscar tu plenitud, pero porque “quiere” no porque “debe”, y ahí radica la diferencia, ya que normalmente uno exige que se cumplan sus expectativas al pie de la letra.

 Muchas veces es fácil caer en ese espejismo, llenar ese vacío de manera temporal con sexo, con planes de una nueva vida, con expectativas y con palabras cariñosas pero, eventualmente, el furor va bajando y ya no nos conformamos con besitos, con regalitos, palabras dulces y demás, por lo que esa vacuidad regresa y, lo que es peor, con más fuerza, puesto que la creíamos desterrada de nuestro ser y ahora viene a reírse cruelmente en nuestras caras.

“And a woman needs a man, like a fish needs a bicycle” From the song “Tryin’ to throw your arms around the world” (U2)


             No entiendo por qué el dicho popular reza “Mejor sólo que mal acompañado” si las evidencias demuestran que hay más personas que prefieren estar mal acompañadas que permanecer solas, sin importar lo enfermiza que sea esa relación; prefieren ser destruidos de a poco que tomar esa difícil y valiente decisión de estar solos.

Un requisito importante para relacionarse de manera honesta, madura, sana y adulta, es aprender a estar solo sin angustias, anhelo o necesidad de algo o alguien. Alcanzar ese nivel torna productivo el relacionarse, porque se quiere, no porque se necesite.

Recientemente encontré una buena analogía para explicar el concepto de pareja productiva y positiva: Como ya escribí anteriormente, gustosamente corro en solitario, ya que es mi tiempo de meditación. Ocasionalmente encuentro, a lo largo del camino, compañeros circunstanciales de carrera, los cuales nunca había visto. A veces los percibo corriendo atrás o adelante de mí, en ocasiones son muy rápidos o lentos para mi paso, por lo que en encuentro es momentáneo cuando uno deja atrás al otro.

Sin embargo, hay ocasiones, en un acuerdo tácito e implícito, sacamos provecho de ese encuentro y ambos empezamos a avanzar más rápido, de hecho alcanzo velocidades que rara vez corro en solitario. De esta unión fortuita, y durante los pocos kilómetros que coinciden nuestros caminos, nos hacemos mejores porque uno jala al otro, mientras que éste es empujado por aquél. Algo así debe ser con la pareja. Primero se debe aprender a correr solo (valerse por sí mismo), pero también aprender a identificar a ese otro ente que nos puede hacer mejores. Cuando uno va a solas tiene su propio ritmo, pero al encontrar compañía productiva, se puede ir más rápido y sacar lo mejor de sí.

“Sin embargo, la gente de mi entorno que se enamoró locamente de alguien lo hizo por lo general de la persona equivocada, o bien de alguien que no respondió a las expectativas o esperanzas depositadas” - Douglas Kennedy (“El momento en que todo cambió”)

          Recalco la importancia de, en primer lugar, aprender a ir en solitario, sin depender de nadie, para estar listos cuando aparezca esa pareja a nuestro nivel que nos mejora y a su vez tenemos el mismo efecto en la otra parte. No se trata de posturas de “Yo no corro si tú no corres” o “Yo puedo correr más rápido que tú”. Por eso uno debe encontrar a su pareja (alguien al nivel), no se trata de encontrar a un Dios o Diosa a quién venerar o un esclavo o esclava a quién someter.

La persona correcta te hace ser mejor al complementarte, no cuando necesitas de ella. Hay que encontrar a alguien que nos potencialice, que nos haga mejores humanos aunque, desgraciadamente, es más fácil encontrar a quien nos minimiza. Si vamos a estar con alguien que nos deja igual o peor de cómo estamos ¿para qué permanecer a su lado? El caso es estar con quién nos haga mejores de lo que ya somos.

A veces me he quejado de estar solo, cuando en realidad ha sido una etapa muy productiva, ya que no he precisado de nadie para vivir en los últimos años así que, si algún día me animo a relacionarme con la adecuada, será por gusto y no por necesidad.

            Finalmente, y como epílogo personal, “ni tanto que queme al Santo ni tanto que no lo alumbre”. Todo en la vida debe de tener un equilibrio, no he tenido dificultades para vivir con mi soledad, pero sí he batallado para superar el miedo (por no decir terror) a relacionarme; pero creo que la tengo más fácil, porque la gran mayoría de las personas está dispuesta a relacionarse en vez de aislarse (como lo solemos hacer algunos ermitaños modernos).

Hebert Gutiérrez Morales.

sábado, 9 de abril de 2011

La Oferta y la Demanda del Amor

“Las peores mentiras son las que nos contamos a nosotros mismos. Pero cuando no tenemos opción, cuando cualquier decisión que tomemos traerá sólo dolor, ¿qué otra posibilidad tenemos, excepto la de aferrarnos a la mentira que quizá se transforme milagrosamente en el desenlace por el que rezamos a diario?” - Douglas Kennedy (“El momento en que todo cambió”)

            Aunque me encantaría, no soy un experto en relaciones amorosas, pero sí he notado un comportamiento neurótico que priva en las relaciones personales de todo tipo (familiar, sentimental, laboral, fraternal, de amistad, deportiva, etc.). Esto lo he interpretado y adaptado a través de la ley de la oferta y la demanda pero enfocado al amor como “mercancía”.
           
            Considerar al amor como un concepto medible es algo muy triste, y lo es más que muchas personas crean esto de manera consciente. La capacidad de amar que tiene una persona es infinita, si alguien no puede dar más de sí entonces está muy limitado. A continuación mi teoría:

            Como muchos bienes, el amor es tratado como una mercancía y, de acuerdo a su escasez o abundancia, su valor va fluctuando de una persona a otra y de acuerdo al tipo de relación.

            Analicemos el caso en dónde ese sentimiento es escaso y su valor es muy alto para el consumidor (como lo son piedras y metales preciosos). Tenemos una pareja en dónde él es un auténtico patán y ella es todo un dechado de virtudes (caso raro, nunca visto). ¿Qué pasa? Los detalles de él hacia ella son escasos, sus expresiones de cariño casi inexistentes y el tiempo o atención a su pareja el mínimo indispensable.

            Normalmente una mujer sana (emocionalmente) mandaría a volar a un tipejo así, pero hay muchas personas (hombres y mujeres) con una autoestima baja, por tal motivo encuentran las pocas “caricias” de su pareja como un elixir maravilloso, como lo mejor que les pudo pasar en su vida, y son suficientemente estupendas para excusar su actitud agria en la relación (“Después de todo sí me quiere” lo justifican después de un beso tibio o un abrazo forzado).

            ¿Por qué no lo dejan? Porque, parafraseando algunas canciones, son adictas a su “amor”, porque les ha dado gran valor a esas míseras expresiones de “cariño” que reciben, el inmenso placer que les da nada lo puede sustituir y, por eso mismo, soportan vejaciones y faltas de respeto para conseguirlo. No sé dan cuenta que ese inmenso sentimiento que perciben viene de ellas mismas, y no de él.

            Ahora, para que el ciclo se asegure, las caricias deben ser casi nulas pero nunca inexistentes, recuerden que en la relación sadomasoquista, el sádico nunca va a acabar con su objeto de poder (o sea el masoquista). Nadie es tan tonto como para quedarse al lado del patán (o “patana”) sin algo de “amor” a cambio (o por lo menos eso espero).

            Veamos ahora el otro extremo, cuando el amor es abundante, tanto que su valor es ínfimo, si no es que nulo. ¿Alguien sabe cuanto vale la sal? ¿Han visto a alguien que se ponga a acumularla como si se fuera a acabar? No ¿verdad? Esto es debido a que existe MUCHA de ella y, aunque presente un incremento del 100% de su valor, seguirá siendo muy barata (y en verdad no sé cuanto vale).

            Así pasa con muchas personas que dan a manos llenas sin recibir casi nada a cambio. Sigamos con nuestra misma pareja, ahora nos enfocamos en ella: los detalles de ésta son infinitos, tanto materiales como sentimentales, cede en todo lo que él le pide, no opina o cambia de opinión con tal de no contrariar a su hombre, le procura siempre que esté cómodo, tranquilo y hasta hace actividades que lo corresponden a él para ser merecedora de su afecto. En general ella da TODO lo que está a su alcance y, a veces, hasta lo que está más allá de sus posibilidades.

“Si me hubiera parado a pensarlo, hubiera comprendido que mi devoción por ella no era más que una fuente de sufrimiento. Quizá por eso la adoraba más, por esa estupidez eterna de perseguir a los que nos hacen daño” – Carlos Ruiz Zafón (“La Sombra del Viento”)

            Es factible que, al inicio de la relación, el hombre respondiera bien ante esas muestras de cariño, pero la mujer daba aún más y de manera desmedida (por la gratitud ya analizada anteriormente). Conforme pasaba el tiempo, el hombre, empezó a dar cada vez menos por dos factores: Primero por el poco respeto que tenía su pareja por sí misma (es difícil respetar a alguien que no tiene amor propio), ese tipo de personas dan flojera y hasta provocan aversión. Y segundo, aunque no menos importante, él se dio cuenta que no tenía que esforzarse por recibir el cariño de ella, porque sin hacer nada ya lo tenía ganado.

            Cuando nos encontramos casos así, que son notorios para todo el que está fuera de la relación, siempre lo criticamos a él por ser tan cruel, indiferente y sádico pero, en realidad, ¿De quién es la culpa? Honestamente de ambos, en distintos porcentajes, pero ella es la que carga con mayor responsabilidad, por malbaratar su amor.

            Hay un dicho que reza “La burra no era arisca, así la hicieron”. Al inicio es factible que el hombre hubiese estado con la disposición de mantener una relación sana y equilibrada, pero fue tal el afán, o desesperación, de la mujer por mantener a su hombre feliz, que ella ofreció todo lo que podía desde el inicio mismo y lo acabo hartando con un cariño tan (injustificadamente) inmenso a cambio de nimiedades.

            Aquí el problema es para los dos, aunque no lo crean, porque la mujer será la que sufre pero ¿Creen que él la pueda dejar? La mayor adicción del humano es el poder, de cualquier índole y, como ya lo mencione antes, el Sádico podrá maltratar a la masoquista pero nunca acabará con ella, porque perdería todo el poder que recibe y, de paso, su identidad.

            Este caso no sólo pasa en relaciones sentimentales, ni únicamente pasa del hombre hacia la mujer: pasa también al revés, a veces se van intercambiando los roles, también pasa entre compañeros de trabajo, de escuela, entre familiares, amigos, padres e hijos y, básicamente, en cualquier relación humana se puede tornar co-dependiente y destructiva.

            El origen de todo esto está en cada persona, en las fortalezas o deficiencias personales, en la autoestima que hayamos desarrollado, el cual se reflejará en el respeto que tenemos hacia los demás pero, sobretodo, hacia nosotros mismos.

            Pero, en ocasiones, nos desesperamos y acabamos relacionándonos con la primera persona que tenemos a la mano y, debido al acoso que hace la sociedad para que nos relacionemos, no queremos quedarnos solos por mucho tiempo.

            Cuando aprendamos a acompañarnos por nuestra cuenta, entender que no es lo mismo estar solos que sentirse solos; comprender que ese hueco sentimental en nuestro ser sólo lo podemos llenar por cuenta propia, estaremos listos para relacionarnos a un nivel sano y no por necesidad. Pero el tema de la soledad ya lo tengo apartado para el siguiente ensayo, así que hasta aquí dejamos este escrito.

Hebert Gutiérrez Morales.

miércoles, 6 de abril de 2011

Adiós Fútbol


Desde pequeño he sido muy desatinado para los deportes, sobre todo para escoger a mis equipos porque, para bien o para mal, no me heredaron ninguna afición: por mi cuenta fui escogiendo mis colores deportivos durante la niñez.

Era aficionado a muerte del Fútbol Soccer, y mis dos principales amores eran el Cruz Azul y la Selección Mexicana. Durante años me apasione hasta las lágrimas con ambas escuadras, compraba playeras, iba a los estadios, por TV no me perdía ningún partido (así fuera amistoso) y, al igual que muchos aficionados, me vida giraba alrededor de lo que hicieran o dejaran de hacer estos equipos.

Sin embargo, y afortunadamente, este amor no fue para siempre y hoy en día el Fútbol Soccer, en general, me parece un juego burdo y/o aburrido. ¿Quiénes fueron las responsables de todo esto? Bueno, para empezar me fui dando cuenta de lo anticuado que resulta el juego en sí, el cual se niega a evolucionar para hacerlo más interesante y espectacular; pero también recibí una gran ayuda de mis otrora grandes Amores: El Cruz Azul y el equipo Tricolor.

Por ejemplo, el “Subcampeonísimo” Cruz Azul me ha dado más decepciones que alegrías y es por eso, después de más de 27 años de puras tristezas y un sólo campeonato, ya no amo al que solía ser mi equipo, sólo siento una especie de simpatía. Todavía alcanzaba a ver sus partidos en TV a última fechas, pero sólo si no tenía algo mejor que hacer que, afortunadamente, casi siempre lo había.

El Cruz Azul me pagó con muchas tristezas toda la atención y reconocimiento que recibió de mi parte. Ya no me inmuto con las chistes de sus innumerables subcampeonatos y constantes decepciones. Lo más triste es que, si vuelven a ser Campeones, ya no me importará; así como ya no me inmutaron sus últimos fracasos, los cuales ni ví.

Ahora, pasemos a la tan “amada” selección mexicana de Fútbol (el famoso Tri). Puede sonar absurdo pero el éxito económico de esta escuadra radica precisamente en sus escasos logros deportivos. De hecho el negocio de la Selección es jugar con las ilusiones y pasiones de la afición tan fiel (o mensa) que es la mexicana y siempre les venden “espejitos” en lugar de su oro, siempre hacen promesas que no pueden cumplir; pero ¿Ellos son los culpables? ¡No! Si el negocio está bien y rinde frutos, ¿para qué cambiarlo? ¿Quién es culpable entonces? La respuesta no es popular pero, no por eso, deja de ser cierta: La afición que los soporta.

¿No les llama la atención que el Tri sea de los más seguidos en los Mundiales? ¿Acaso somos un país rico? Obviamente no lo somos; tampoco somos los más conocedores o apasionados. Lo que pasa es que nuestro anhelo de éxito nos da un placer impresionante, es más grande que el que daría un hipotético (y utópico) Campeonato mundial.

Si la afición se diera a respetar y “respondiera” de acuerdo a los éxitos (y no las promesas) del Tri, en verdad habría un cambio porque, de lo contrario, se les moriría la gallina de los huevos de oro. Pero como los aficionados son tan “leales”, no dejan a su equipo (aunque el mismo nunca les haya respondido).

Esto tiene una explicación más profunda. A muchas personas les gusta llamar la atención a través de sus desgracias, ya que es socialmente aceptado que seas desafortunado. Sin embargo, si pretendes llamar la atención a través de tus éxitos, eres tachado de presumido, alzado, arrogante, etc. La identidad de mucha gente radica en sus malestares, ya que sin ellos no sabrían quiénes son y carecerían de razón para existir.

El Tri es una de esas desgracias colectivas que muchos comparten, y que los hace “ser mejores”, porque son bien mexicanos que sufren un chorro por el equipo nacional. Los aficionados no se dan cuenta de algo que los dueños ya saben: el Tri ya es exitoso (económicamente), gracias a tanta gente que cree en ellos y que son felices con tanta decepción (porque si no lo fueran, ¿por qué siguen a un equipo tan mediocre?).

Alguna vez leí en el libro “La increíble hazaña de ser mexicano” que si la Selección empezara a ganar campeonatos, dejaría de ser popular, y es cierto. Sólo hablando de deportes, vean la cantidad de campeones mundiales que tenemos en otras disciplinas y, si les va bien, reciben una rápida mención en las secciones deportivas de los medios de comunicación. Pero no vaya a ser que el Tri golee a Luxemburgo porque le dedican media sección deportiva, además de programas de análisis de cómo México está al nivel de las mejores selecciones del Mundo, porque le ganó a un país europeo.

“A todos les gusta el éxito, pero a nadie le gusta la gente exitosa” – John McEnroe

Obviamente esta es mi triste experiencia con el fútbol, la cual no comparten aficionados de clubes ganadores como el Manchester United, el Barcelona o el Inter de Milán o los que tuvieron la suerte de nacer en Alemania, Brasil, Argentina o España, para saber lo que es tener selecciones exitosas.

Sé que voy a recibir comentarios que me tachen de villamelón, traidor, malinchista, antipatriota, poco mexicano, etc. Y ni modo, hay mucha gente para la cual el Fútbol lo es todo pero, honestamente, me siento muy feliz de ya no seguir a estos equipos. No me explico cómo los deje a ambos, porque cuando uno se acostumbra tanto a la carencia es difícil dejarla, pero afortunadamente quedaron atrás y con ello dos hijos pródigos que sólo me daban decepciones a cambio de casi ninguna alegría.

Hebert Gutiérrez Morales

domingo, 3 de abril de 2011

Los Hijos Pródigos

“¿Será uno de esos seres profundamente amorales que han desarrollado la clase de mecanismos animales innatos que le permiten eludir cualquier reflexión sobre sí mismos?” - Douglas Kennedy (“El momento en que todo cambió”)


No voy a contar la historia del hijo pródigo porque, quiero suponer, es de dómino público, tanto que es parte del adoctrinamiento religioso católico, el cual muchos recibimos desde pequeños y que aún hoy, años después que deje la religión, me indigna. Sin embargo, y por desgracia, estamos infestados de “hijos pródigos” hoy en día y en muchos ámbitos de la vida (por no decir, casi todos).

¿Han notado las diversas posturas que toman los mismos padres con un hijo “bueno” y otro “malo”? El que se porta bien ya ni siquiera es reconocido, porque los padres ya dan por un hecho que es su obligación comportarse correcto y tener excelente rendimiento en cualquier ámbito; pero si se atreve a fallar una sola vez, ¡cuidado!, porque recibirá la furia que el hijo mal portado jamás conocerá, ya que habrá provocado la tristeza y/o decepción de los padres.

¿Qué pasa con el hijo “malo”? De él no se tiene ninguna expectativa, porque ya todo el mundo sabe que así es y “hay que aceptarlo tal cual es”. Por tal motivo sus faltas reciben una amonestación simbólica pero, si por casualidad, logra algo mínimamente sobresaliente, los padres se desvivirán en reconocimientos que el primero jamás conocerá. Obviamente cuando el “bueno”, con justa razón, se ofende por esta situación  se le explica que él es afortunado por ser exitoso pero el “jodido” de su hermano no sabe lo que es eso y hay que apoyarlo (como si su actitud comodina fuera una especie de Handicap que lo frena).

Esto no pasa sólo en las familias, mucha gente en distintos trabajos del mundo lo corrobora a diario. En mi niñez, mi padre adoptivo me decía una regla que aplican los jefes de todo el mundo: “Si quieres que algo se haga rápido y bien, ¡dáselo al que tenga más carga laboral!”. ¿Por qué los jefes dejan en paz a los flojos? Porque no quieren perder su tiempo en alguien que, se sabe de antemano, los decepcionará; entonces prefieren cargarle la mano al que hará lo que sea necesario para entregar la tarea a tiempo. De acuerdo pero, si no les sirven, ¿Por qué no los corren? Misterios laborales que jamás entenderé.

¿Quieren otro ejemplo? Que tal las relaciones sentimentales. Todo el mundo tiene mujeres conocidas (sí, en plural) que están relacionadas con cualquier patán, que no está a su altura, y no los dejan por más faltas de respeto que les hagan, es más, hasta los justifican y perdonan sin mayor esfuerzo. Sin embargo, muchas de ellas tuvieron la oportunidad con alguno de los pocos hombres que valen la pena y ¿qué pasó? Se aburrieron de tanta estabilidad y tan pocos problemas, por lo que cazan cualquier error insignificante para terminar la relación. Aparte de un marcado masoquismo cultural, es evidente que el anhelo mismo les da más placer que las cualidades deseadas per se. En este tema ahondaré más la siguiente semana.

Hay un dicho muy absurdo que dicta “Quien te quiera, te hará sufrir”

Yo tengo mis propios hijos pródigos deportivos: los Miami Dolphins, y mis hijos “buenos” son Los Ángeles Lakers. Los primeros sólo me dan tristezas pero son los que más atención, pasión y reconocimiento reciben de mi parte. Por otro lado Los Lakers, que han sido tan ganadores y exitosos, en realidad me resultan indiferentes; creo que me he emocionado más en sus años de “vacas flacas” que durante sus campeonatos, y es que uno se acostumbra tanto a la carencia que, cuando hay abundancia, la existencia propia pierde chiste.

¿Alguna vez tendré la sensatez o sangre fría de abandonar a mis hijos Pródigos más queridos de la actualidad: Los Miami Dolphins? Soy honesto, por el momento no puedo, aún tengo ese tonto anhelo y esperanza de verlos Campeones del Súper Tazón, porque quiero ver qué se siente irle a un equipo ganador (Los Lakers no cuentan “obviamente”). Aunque, en realidad, ya deje a mis hijos pródigos deportivos más queridos anteriores, pero de eso escribiré entre semana para no alargarme en el tema.

Se sigue solapando a los “malos” pensando que un día mágicamente cambiarán, gracias a tanta comprensión y amor que se despilfarra en ellos. Lo irónico del asunto es que sólo se les refuerza este comportamiento, porque si al portarse mal, sólo  se recibe “premios”, ¿Para qué cambiar? Se dice que el ser humano es el único animal de la naturaleza que espera obtener resultados distintos realizando los mismos movimientos (en este caso, los que permiten tantas faltas de respeto).

¿Alguien se ha preguntado qué pasaría si dejáramos de consentir las mañas de nuestros “hijos Pródigos”? Creo que ha de ser algo terrible, porque casi nadie lo intenta (y puse el “casi” para dar el beneficio de la duda); sin embargo, estoy seguro que es la única manera de obligarlos a superarlas.

Una amiga, que es toda una dama, a la cual quiero y respeto mucho, me dice que esta historia del hijo pródigo demuestra que hay que perdonar al hijo porque se arrepintió, además de que hay que condenar al otro por ser tan egoísta. Honestamente estoy en total desacuerdo con esa postura. No veo el egoísmo del hijo agraviado, ¡él sólo está clamando justicia! Si pedir equidad es ser egoísta, entonces considérenme el mayor egoísta del mundo, porque a mí me parece una historia totalmente ridícula y ofensiva, peor aún, es un auténtico insulto al sentido común.

¿Por qué hay que soportar la flojera, la gandayez, las patanerías, las faltas de respeto, el aprovecharse de la buena voluntad de los demás? ¿Por qué hay que permitirles todo esto a esas personas? Estoy de acuerdo que TODOS cometemos errores y merecemos una segunda oportunidad. El problema radica en la reiteración de la falta, con el mismo tema y actitud nefasta, sin ánimos de mejorar o resolver la situación ¿Por qué hay que solaparlo? Si ya han demostrado que no han cambiado en el pasado, y no hay signos de que lo hagan en el futuro, pues es obvio que nos les importa y son felices como están; pero ¿además hay que dejarles que se aprovechen y nos sigan faltando al respeto? ¿Por qué? ¡No estoy de acuerdo!

Se puede argumentar que el hijo pródigo se ha arrepentido y que no lo va a volver a hacer, de acuerdo, démosle el derecho de la duda pero ¿Por qué festejarlo como si hubiera hecho una gracia? Aunado esto a que al hermano acomedido no se le dieron ese tipo de concesiones. ¡No! ¡Por favor! Lo vuelvo a repetir, ¡Es un insulto! Desgraciada o afortunadamente, muchas personas lo verán como mi amiga y por eso se sigue solapando a muchos hijos pródigos en la actualidad.

El perjuicio es para las tres partes: primero para la parte ultrajada, al hijo bueno, el que se porta bien y recibe un trato injusto; segundo para la que juzga y/o se ve afectada, la cual sigue permitiendo estas faltas de respeto y perpetúa este circulo vicioso que daña a todas las partes porque, en tercer lugar, también se afecta al “hijo pródigo”, porque al adoptar este estado en lugar de cambiarlo, se instala cómodamente en ese sitio que le quita dignidad a él y a quienes lo rodean y, a la larga, el más afectado va a ser él mismo, porque permanecerá en su error, el cual no va a ser aceptado por todo el mundo, y sufrirá cuando tenga que integrarse a una sociedad que no tiene por qué aguantarle sus mañas.

Hebert Gutiérrez Morales.