miércoles, 30 de marzo de 2011

Desarrollo y Prejuicios

"El nivel de desarrollo, tanto en individuos como en sociedades, es inversamente proporcional a los prejuicios que se tienen" - Hebert Gutiérrez Morales


domingo, 27 de marzo de 2011

La TV debe morir


La semana pasada fue la primera de mi existencia sin ver TV. El Lunes desactive mi contrato de SKY y sólo espero que vengan por el equipo. Esto lo hubiese hecho desde hace tiempo, pero quería tener opciones de calidad cuando tuviera ganas de ver tele, en vez de tragarme la porquería que transmiten los canales abiertos.

En mi niñez no existía algo más vital que el ver televisión, en promedio me sentaba cinco horas diarias frente a ella; y no era el único, ya que fue muy importante para el entretenimiento de millones de personas, y eso que no había cable ni TV vía satélite, nos lo aventábamos sólo con tele abierta.

En mi adolescencia conocí a mi primer “Ateo de TV” alguien que no la veía en absoluto y me asuste. “¿Qué clase de enfermo podía vivir sin ese gran aparato?”, pensé horrorizado. Me pareció un sujeto fuera de esta realidad y lo borre de mi memoria, porque no valía la pena recordar a dicho “inadaptado social”.

Era tal mi obsesión que mi “vida social” era dictada por los horarios de mis programas preferidos, porque la TV era prioridad antes que cualquier otra actividad. Obviamente no podía mantenerme así toda mi existencia y, conforme avanzó la misma, disminuyeron los porcentajes hasta que sólo veia una hora a la semana.

La única excepción, en mi vida adulta, es la NFL con la cual veo hasta diez horas en Domingo, pero no lo hago por ver tele, lo que veo es el Fútbol Americano (sé que suena tonto pero creo que se entiende). Si no existiera la NFL, tendría años sin acercarme a algún Televisor. Sin el fútbol americano no necesitaría ninguna TV, porque tengo mucho entretenimiento con el Internet, los libros, correr, bailar, etc

La generación actual está viendo menos TV, aunque no es una noticia totalmente buena, porque pasan mucho tiempo frente a otras pantallas: las de Lap tops, Tablets o Smartphones, pero ahí radica la diferencia: comunicación de dos vías, no como en la tele en donde ella nos da y nosotros recibimos, sin poder interactuar.

La calidad y cantidad de TV que vemos está determinado por el nivel cultural del público, aunado a esto, en Internet tenemos a nuestro alcance otras opciones que se adecuan más a nuestros intereses específicos, en vez de consumir algo predeterminado y genérico que nos puede resultar medianamente interesante.

Las televisoras en el mundo se van dando cuenta que pierden terreno, por lo que ahora ofrecen contenidos más violentos, más sexuales o, de vez en cuando, más profundos. A pesar de estos esfuerzos para no perder auditorio a manos del Internet, el futuro de la televisión (como la conocemos hoy en día) ya ha sido fijado y tiene que evolucionar para no desaparecer o pasar a un segundo término como en su momento ocurrió con la Radio.

Ahora, si está muriendo por sí misma ¿por qué un título tan violento para este escrito? Voy a dar algunos argumentos para no detener dicha decadencia sino, de ser posible, acelerarla.

¿Han notado que, después de ver TV o  de “internetear”, no es tan fácil conciliar el sueño? Nuestro cerebro está con demasiada información violenta y espectacular, por lo que tarda en relajarse. Además nuestros ojos están muy excitados y les cuesta tranquilizarse. Si en la noche intentan leer, escuchar música u hacer otra actividad más pacifica, comprobarán que se duermen con mayor facilidad. Esto obviando el hecho de que ver televisión va en perjuicio de nuestras horas de sueño.

Mucha gente utiliza la caja tonta como compañía, simplemente la prenden para escuchar algo mientras realizan otras actividades en casa, yo que vivo solo lo puedo constatar. ¿Por qué no poner música? Así no dependemos de la vista y no acabaremos atrapados por algo en una pantalla. Independientemente de esto, esa necesidad de ser acompañado por sonidos refleja nuestra dependencia al ruido de la civilización humana, hemos perdido la capacidad acompañarnos en silencio, esto se hace evidente si alguna vez pretendemos meditar o concentrarnos en algo y no podemos porque no sabemos existir sin sonidos.

Estamos tan acostumbrados a que se nos de todo “peladito y a la boca”, un producto terminado que nos hace descuidar los demás sentidos, cuando hay otros medios con los cuales experimentar, comunicarse y desarrollar nuestra imaginación. Se ha atrofiado nuestra inventiva, ya no podemos disfrutar una canción sin un vídeo atractivo ante nuestro ojos; ni siquiera debo mencionar lo perjudicial que resulta para la lectura, y por lo mismo nuestra creatividad se ve truncada porque, cuando uno lee, las imágenes se las va formando uno mismo, a diferencia de la TV en donde nos dan las versiones “oficiales” y, en nuestro pasivo conformismo, lo aceptamos tal cual nos lo dan, y no sólo son las imágenes, son las noticias, las ideas, las modas, las maneras de pensar, de expresarse, de vestirse, etc.

¿Qué pasa con nuestras expresiones creativas? Las vamos descalificando, como “no salen en la tele”, no alcanzan esa categoría celestial e infalible que poseen las cosas por el simple hecho de salir en una pantalla. La TV nos ha quitado nuestra dignidad y autoaceptación, a través de la descalificación de nuestras ideas, siendo que todos tenemos pensamientos y expresiones tan o más valiosas que las que salen en cualquier canal pero, como estamos embobados frente a una pantalla, no nos damos la oportunidad de pulirlas y compartirlas.

Le hemos dado tanta importancia a la caja tonta que, en nuestro inconsciente, ya damos como un hecho verdadero e irrefutable todo lo que sale en ella, se ha convertido en nuestro gurú, en nuestra religión y nuestra guía de vida. Dicho poder es inmenso y las televisoras lo saben y no lo quieren perder, de hecho, lo quieren incrementar, es por eso que cada vez se nos ofrecen programas más atractivos, cargados de violencia, sexo, malas palabras, intrigas, miedo, sangre, situaciones incómodas o prohibidas, en fin, tantas cosas ante las que la gente exclama: “¡No! ¡Por Dios! ¿Cómo pueden ver eso?” pero lo están viendo con un placer profundamente morboso, aún más grande que su fingido escándalo.

Es demasiado poder para un medio y, por lo mismo, han aprendido a manipularnos, por eso se dice que los medios de comunicación son el cuarto poder, el cual se manifiesta a través de una influencia casi total sobre la población. ¿Cuántas historias que vemos en la pantalla son ciertas?, ¿Cuántas de ellas han sido modificadas para contarnos algo distinto? Entre más inculto e iletrado es el televidente, resulta más moldeable, y esto también es cierto para las religiones.

Desde hace unos tres años deje de ver noticias, y me he ahorrado una cantidad impresionante de estrés. No entiendo la necesidad compulsiva de perder media o una hora entera para que te infundan miedo, intranquilidad e incertidumbre, sobre si vas a mantener tu estatus de vida o se va a truncar con una tragedia de orden político, económico, religioso, bélico, natural, social o tantas otras notas que “casualmente” los noticieros proporcionan de manera tan “imparcial” y “objetiva” (me voy a acabar las comillas a este paso). Se puede vivir sin ver noticias, si hay algo realmente importante, se van a enterar y, por lo mientras, ya se ahorraron tiempo y estrés.

Mucha gente argumenta que, llegando a casa, ya no quiere saber nada y sólo quiere “desenchufarse” viendo tele, sin complejidad, fácil y rápido. Muy respetable la postura, pero recuerden que lo barato sale caro: uno se puede relajar también leyendo, platicando, caminando o simplemente durmiendo en vez de ver TV. ¿Por qué no invertir un poco en una distracción ad hoc a nuestros intereses, en vez de “tragarnos” lo que nos de la tele? Teniendo tanto por leer, por escribir, por escuchar, gente por conocer, por bailar, ¿quién tiene tiempo para televisión?

No voy a negar, porque sería un mentiroso, que el ver televisión me ha dado grandes momentos de placer a lo largo de mi existencia pero, también es cierto, que la gran mayoría del tiempo “gozoso” que me dio ya ha pasado. No dudo que me vaya a dar algunos momentos de entretenimiento en el futuro pero ya van a ser marginales, puesto que ya he recibido casi toda la diversión que iba a recibir en toda mi existencia de ella.

Extrañaré Nat Geo, Discovery, Warner, History, VH1, ESPN, el Tranquility Music o NFL Network, además de que mi pantalla plana ahora sólo será usada para ver mis DVD o Blu Ray. Aunque esta batalla personal con la TV aún no termina, por el momento voy ganando y con bastante facilidad, lo único que me preocupa es que tiene un as muy poderoso bajo la manga para tentarme: La NFL que iniciará en Septiembre.

Hebert Gutiérrez Morales.

sábado, 19 de marzo de 2011

Salsa


¿Qué significa la Salsa para mí? Ricura, pasión, entrega, diversión, alegría, flirteo, compañerismo, amistad pero a veces también me ha dado tristeza, frustración, molestia, enojo, vergüenza y hasta algo de pudor. En una palabra, el bailar este ritmo tan rico, es VIDA.

Hablando de vida, ya no puedo concebir la misma sin bailar, se ha vuelto casi tan vital como respirar, ya que al mover el cuerpo me circula la sangre, “sudo” los problemas y mi corazón se relaja. Pero, para ser una actividad tan importante, es una en la que inicie hace (relativamente) poco tiempo.

Durante mi niñez, en las visitas a mi natal Veracruz, en la radio escuchaba estilos de música tropical que no podía identificar. Sabía es que uno me gustaba porque me parecía elegante y divertidamente rico y el otro no me gustaba porque me parecía burdo. El que me gustaba era Salsa y el que no era Cumbia. A pesar de que mis genes provienen de clima tropical, nunca me había interesado bailar o, siendo honesto, en realidad me daba pena hacerlo. A pesar de ello, el sentimiento de mi niñez se mantuvo vigente a lo largo de los años: la salsa me gustaba y la cumbia no.

¿Por qué me decidí a tomar clases de baile? A finales del 2006, en una fiesta de mi trabajo, hice lo que la gran mayoría de mis compañeros: INTENTAR bailar con una chica. Ella me hizo caras y me dijo “Es que tú no bailas como fulanito” y no volví a bailar en toda la noche. Aunado a eso, en esa época tenía dos amistades que iban a clases de baile en la Academia que estaba destinada a ser mi casa: Rumba Mía.

A partir del cinco de Febrero del 2007 inicie con mis clases de baile. El verme era un espectáculo triste, una falta de coordinación tremenda, lo bueno es que no hay evidencias en vídeo de mis inicios en la Salsa, y es que nadie imaginaba que pudiera durar mucho tiempo intentando bailar.

Sin embargo, hacia mis adentros, estaba muy feliz. Por primera vez podía bailar al ritmo de esa música que oía desde mi niñez y esa ya era una alegría inmensa. Por tal motivo empecé a ir a clase prácticamente a diario, porque me sentía “vivo” bailando, sensación maravillosa que no había tenido antes. Esto aunado a los excelentes maestros que he tenido, los cuales siempre me han enseñado con paciencia y con muy buena energía, lo cual facilita todo.

Hay dos tipos de personas en clase de baile: Las dotadas que tienen ritmo innato, y bailan con pasmosa facilidad (estos son los menos); el segundo grupo somos el resto de mortales que, no somos dotados pero, siendo constantes alcanzamos un nivel respetable. No me apena admitir que soy del segundo grupo porque me costo bastante aprender a bailar. Las personas por las que llegue a Rumba Mía, se fueron y “herede” a sus amigos. Había encontrado un nuevo hogar, un nuevo nacimiento: Había iniciado mi vida como salsero.

Bailar no ha sido lo único que he aprendido desde entonces, la Salsa me ha dado una cantidad importante de enriquecedoras enseñanzas: En la presentación de una coreografía me equivoque frente a todo el público pero, gracias a que mi parejita me salvó, no se notó. Yo no podía perdonarme por haber echado a perder el esfuerzo grupal, me dolió mucho. Pero recibí el apoyo de todos y eso me conmovió, ya que la salsa es un trabajo de equipo y debes aprender a confiar en el otro y apoyarse. Para mí, acostumbrado a una existencia solitaria, fue una lección muy importante.

Hablando del trabajo grupal, creo que la faceta que más disfruto de la Salsa es la Rueda de casino, es un verdadero trabajo en equipo, que luce mucho y que es muy divertida. En las fiestas de la academia hemos llegado a hacer rueda de unas 25 parejas y son toda una delicia, especialmente cuando Paco (mi gurú y guía salsero) la dirige con una descarga y a un ritmo bestial.

Acapulco 2008 fue mi primer congreso internacional, fue impactante y muy vibrante, ya que es maravilloso ver a tanta gente que baila excelente; ¡y nadie se negaba a bailar conmigo! Me lleve una grata impresión de lo sencillos que son los profesionales, porque no toman poses soberbias y bailan con quien sea sin importar su nivel. Cuando terminó el evento sentí nostalgia y pregunte “¿No nos podemos quedar todos en este plano existencial salsero?” Fue algo mágico.

Obviamente no todo es color de rosa, cuando no me sale un paso en clase, me frustro, me bloqueo, entonces me siento muy triste y ya no bailo. También me enoja cuando me ciclo bailando y, dentro de tantos movimientos que puedo sacar, saco unos pocos y eso no me agrada. Eso sin contar que manejo mucha fuerza en mi baile y, de manera involuntaria, he golpeado a muchas de mis parejas (aunque muchas de ellas se desquitan de manera “accidental”) y eso me angustia mucho, porque tengo la firme creencia que a la mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa, pero a veces le echo muchas ganas y me paso de fuerza.

La Salsa ayuda también con los celos, porque aprendes que puedes bailar con otras mujeres y tu pareja puede bailar con otros hombres sin problemas, eso es muy enriquecedor para uno como bailador y para la pareja, porque te das cuenta que no pasa nada malo, al contrario, ya que le das variedad a tu relación y a tu baile. Por eso que me gusta salir en grupo, porque hay muchas mujeres con las que puedes bailar, cada una es distinta y te inspira distintos pasos según sus características (y además, te puedes dar el lujo de repetir algún movimiento que usaste antes).

Otra de las cosas que agradezco de este mundo salsero es que me ayudo a comprender que no tengo que ofrecer disculpas por ser quién soy. Se me ha enseñado que debes ver al frente, la cara en alto y la espalda derecha, así uno luce más en el baile y en la vida (y si no me creen, inténtelo).

En una ocasión, una amiga me dijo que, desde que me torne salsero, me volví muy vanidoso y le contesto que sólo me he vuelto “lo necesario”. No es que me “volviera” vanidoso, lo que pasa es que en este país es bien visto despreciarse, verse apocado, tímido o mesurado; así que, cuando te das tu valor, pareces vanidoso. No me torne pedante, simplemente aprendí a darme el valor que merezco porque, para bailar Salsa, debes tener porte y a quererte, ya que hay que darle su justo valor. Hay una frase que me encanta en las playeras de mis amigas salseras: “Antes muerta que sencilla”, esto no quiere decir que se tenga que ser creído o alzado para ser salsero pero, recalco, tampoco se deben ofrecer disculpas por lo que uno es.

Algo que me encanta es que hay un punto donde no importa si estás rodeado por mucha gente o a solas con tu pareja, no importa si te admiran o si te critican. Lo que importa es que estás bailando una canción que disfrutas (descarga, balada, cha cha, etc.) junto con ella; se hacen uno y se mimetizan con la melodía, por lo que eres feliz, se te nota en la cara y el lenguaje corporal, volteas a verla y también notas su alegría. Eso es algo catártico, impresionante, muy bello, nutritivo, en fin, una experiencia maravillosa. Cuando llegas a esos puntos, ya sea en un congreso internacional, en un antro, en una fiesta o en cualquier clase, agradeces el haber entrado a este rico mundo.

Gracias a la Salsa he conocido a muchas y variadas personas, algunas por una clase, otras por años. Algunas dejaron la academia y, cuando te los vuelves a encontrar, los saludas con un caluroso abrazo. Algunas ya son amistades más cercanas y otras sólo para bailar, pero siempre hay un ambiente positivo hasta para las rivalidades, porque la Salsa es para divertirse, no para pelearse.

Estoy consciente de que no soy el mejor bailador, ni pretendo serlo, sólo me quiero divertir y la inmensa mayoría de las ocasiones lo he logrado. La Salsa me ha dado algo que no se puede comprar con el dinero: Alegría y Felicidad. Esas mismas que sientes en el latir de tu corazón cuando acabas jadeando y sudando, pero con una sonrisa que te llena toda la cara después de bailar una canción intensa.

¿Cuánto tiempo va a durar mi amor por la Salsa? En este momento diría para siempre, pero eso mismo dije de pasiones importantes en mi pasado, como la animación japonesa o el fútbol soccer, y hoy en día no significan lo mismo que antes. Así que, mientras pueda, voy a disfrutarla a mi estilo y en cada oportunidad que tenga y, eso sí, siempre me van a acompañar esos sentimientos tan positivos, tan puros y tan vívidos que este maravilloso ritmo me ha regalado desde hace más de cuatro años.

Finalmente, como nos dice Paco: “Cuiden a la mujer, porque ella es la pintura del cuadro y el hombre es el marco. Ella debe lucir y el hombre proteger. El hombre manda (sólo en elbaile)”.

Hebert Gutiérrez Morales

sábado, 12 de marzo de 2011

Mis Frases del día


De Lunes a Viernes mando frases célebres vía mail a mi lista personal de distribución; dichas ideas, por una u otra causa, me gustan y las comparto con mis amistades.

Dentro de las frases que más me calan por su ácida honestidad son las de Oscar Wilde y, en especial, de su obra distintiva: “El Retrato de Dorian Gray”. Dichos pensamientos los sacaba del Internet porque nunca había leído dicha obra así que, cuando tuve la oportunidad, ví la película y me llamó la atención, pero tenía la sensación que era distinta al libro (como casi siempre es el caso).

Por eso, cuando mi exjefa me ofreció prestarme el libro, lo acepté sin duda alguna. Y mi presentimiento era verdadero: la película es totalmente diferente al libro; ciertamente le metieron escenas más impactantes y atractivas para que al público le interesara pero, ni remotamente, la versión cinematográfica le hace honor a la original. Hay que resaltar la creatividad que tuvo Wilde para plasmar en la obra todos estos instintos básicos a pesar de la censura tan fuerte del Siglo XIX, un verdadero genio.

Cuando acabé de leerlo me recriminé: “¿Cómo pude vivir tantos años sin conocer tan maravillosa obra?” Sin embargo, agradezco el haberla leído en esta época de mi vida, porque la disfrute más que si la hubiese leído más joven.

La genialidad de Oscar Wilde es notable, ya que describe los hechos de la humanidad tal como son, con una elegancia y contundencia que resaltan por el lenguaje tan rico e interesante con la que son expresadas. Me encantó la novela porque es muy sutil y a la vez salvaje, es fina y al mismo tiempo instintiva.
                                              
Aunque fue escrita hace más de un siglo, es una expresión que define al ser humano actual, ya que casi todos vivimos en una pose o con una máscara, y son muy pocos los que se atreven a ser auténticos.

Somos ridículos, porque tememos que el mundo nos juzgue como si fuésemos los únicos que cometieran errores o la vida manchada, y sin embargo le seguimos dando mucha importancia a una sociedad que, en su conjunto, siempre será más despreciable que cualquier acción que podamos cometer.

Sin embargo, les damos ese poder porque a nosotros también nos encanta juzgar a los demás como si tuviéramos el alma inmaculada, como si poseyésemos todas las virtudes necesarias para señalar los errores de otros, como si fuesen lo más terrible del mundo.

No me siento lo suficientemente excelso para satanizar a Dorian Gray o a su mentor Henry Wotton, creo que ambos personajes reflejan fielmente la naturaleza humana, esa misma que muchos negamos o que tachamos de egoísta, inmoral y “mala”, sin embargo, esas mismas características tenemos como personas, las mismas que nos han enseñado a callar porque vamos a ser señalados pero que, mientras más censuradas son, más atractivas nos resultan.

Cuando leí en “El señor de los anillos” que a los seres humanos se nos concedió el don de ser mortales, fue algo que no comprendí pero con la lectura de “El retrato de Dorian Gray” me queda claro. Estoy seguro que la mayoría de las personas desearían una vida y/o juventud eterna pero ¿para qué? ¿Para ver cómo el tiempo pasa por los demás y no en uno? ¿Para ver cómo mueren tus seres queridos? O ¿Para no tenerlos?
                                              
Nos quejamos de nuestra mortalidad, nuestra imperfección, nuestra edad o nuestra fecha de caducidad. No comprendemos que esta lenta muerte que acontece diariamente es aquello que nos hace sensibles, que nos da la posibilidad de apreciar todos los detalles efímeros, porque nosotros también lo somos. Sin embargo, estamos tan poco desarrollados que deseamos que esa belleza nunca acabe, y queremos enajenarnos con una hermosura perpetua la cual, contradictoriamente, dejaría de serlo.

Yo mismo he dicho “Los perros serían perfectos si fueran cachorros siempre” ¿Lo serían? Tal vez la idea resulte atractiva pero, de hecho, la realidad sería otra. Tanto en perros como en humanos hay una razón para las distintas etapas existenciales: dignidad. La vida tiene su dignidad de acuerdo a cada época. Por eso resulta tan triste ver a cuarentones comportándose como adolescentes o a señoras enseñando sus tristezas con una minifalda que tomaron “prestada” del guardarropa de sus hijas.

Así como Dorian Gray, muchas personas no quieren que el tiempo pase, pero la vida continúa con o sin uno, así que es mejor vivirla al ritmo que nos dicta, porque luego queremos recuperar el tiempo y eso es algo imposible, además de que resultamos patéticos cuando lo intentamos.

Es más fácil aceptar que somos humanos en vez de pretender que somos celestiales e inmaculados (como el cuadro), porque esa actitud neurótica eventualmente acaba con nuestra cordura y torna nuestra “fingida” decencia en lo que pretendíamos evitar.

Se podrá criticar el final de la obra por ser tan sencillo y con falta de “punch”, sin embargo es el final perfecto de acuerdo a la idiosincrasia que Wilde mostró a lo largo de la novela, un final espectacular hubiera resultado grosero para una obra tan fina y de tanta clase.
                                                          
¿Qué enseña la obra? La vida va a pasar lo quieras o no y, aunque no se acepten, las consecuencias de la misma no perdonan a nadie. Se puede hablar de la decrepitud del ser humano y de la capacidad de corromperse: eso todos lo tenemos y hay que aceptar que están ahí en vez de cerrar los ojos y pretender que no existen.

Es una lástima que Wilde no sacara más obras como ésta, aunque creo que también fue muy ad hoc a su manera de pensar: Mejor sacar una obra excelsa que va a ser eterna, que tener varias obras buenas y que pasarían al olvido. Lo bueno que existió “El Retrato de Dorian Gray” porque, de lo contrario, mis frases del día no serían lo mismo.

Hebert Gutiérrez Morales

miércoles, 9 de marzo de 2011

La época más oscura de mi vida.

"You can't run away forever, But there's nothing wrong with getting a good head start" from the song "Rock n' Roll Dreams" (Meat Loaf) 
                                
            Es chistoso cómo influyen en nuestra vida los lugares y ambientes en donde nos desarrollamos. Es tan curioso cómo la información genética tiene más peso en nuestra personalidad de la que nos gustaría. También es espeluznante ver cómo un capricho de chamaco puede ser tan nocivo en la vida adulta.

            Soy hijo de padres divorciados. Cada cual se volvió a casar por su cuenta y tuvieron otros hijos de esas uniones pero, de ese matrimonio, soy hijo único. No sé si eso sea bueno o malo porque, tanto mi madre como mi padre, son dos personas de las que ya no hay: seres buenos, suaves, solidarios e inocentes o, si se quiere ver desde otro punto de vista, eran mensos, ingenuos e ilusos. El caso es que ya imaginarán el resultado genético que dio la mezcla de estas dos personalidades: un niño cándido, tierno, amable y demás linduras.

            Toda mi infancia la viví en la Ciudad de México y, aunque mi madre vivía estresada, fui muy feliz ahí, aunque admito que hoy en día no volvería ni de loco a habitar una urbe tan caótica.

            Mi mamá, afectada por la inseguridad, contaminación, tráfico y demás características de dicha Megaurbe tomó una decisión (en conjunto con mi papá adoptivo) que cambio nuestra existencia: mudarnos a un pueblo perdido en el estado de Puebla. Al acabar mi primaria, ella renunció a su trabajo y nos mudamos al pueblo llamado San Matías Tlalancaleca.

            Para toda la familia este cambio fue un impacto violento en nuestro existir, a pesar de que nos avisaron con dos años de antelación. Por eso cuando escucho a personas citadinas decir insensatamente: “Fácilmente me iría a vivir a un Pueblo” les contesto “No sabes lo que dices”. La vida pueblerina es totalmente distinta a la de ciudad, tendrá muchas ventajas pero tiene mayor número de incomodidades o por lo menos así lo percibí en la población en la cual habite.

            Mis hermanos maternos y yo estábamos en desacuerdo pero, obviamente, no se nos pidió opinión. A la larga resulto una decisión nociva para el núcleo familiar que acabo roto y todos quedamos marcados por esta decisión pero, no voy a ventilar los problemas de mi familia, sólo tengo derecho a comentar mi caso.

            Me sentía traicionado, furioso, devaluado, exiliado y demás sentimientos negativos que desembocaron en una promesa que resulto fatídicamente realizada. Les dije a mis padres: “¡Les juro que no me voy a relacionar con nadie en este #$%&* pueblo!”. Y con lo necio que puedo llegar a ser, cumplí cabalmente con mi palabra. Estaba plenamente convencido que les estaba fastidiando la existencia a mis mentores, cuando en realidad el único perjudicado era yo.

“¿Cuándo el pasado no es un espectral salón de sombras? Cuando podemos vivir con él” - Douglas Kennedy (“El momento en que todo cambió”)

            Paralelamente inicie mi vida en Secundaria, la cual estudie en San Martín Texmelucan (una población que estaba en transición de Pueblote a ciudad pequeña). Producto de ser un puberto traicionado, se generó en mí un sentimiento de superioridad por venir de la gran capital. Y era verdad, el primer semestre no aprendí nada nuevo a lo que había visto en Primaria. Este aburrimiento aunado a mi enojo existencial me hicieron una especie de paria social y después involucione en el chico al cual todos molestaban (tanto mis compañeros varones como las mujeres).

            Intenté cambiar eso y me torne más amigable y cooperativo: compartía mis apuntes y mis tareas, me sacrificaba en los trabajos de equipo y apoye a mis compañeros tanto como fue posible; pero el mal ya estaba hecho. Nadie me respetaba (ni siquiera yo mismo) y lo único que recibí a cambio de mis acciones fueron más muestras de violencia: física, psicológica y moral.

            Durante estos tres años fui armando una dura coraza alrededor de ese niño bueno y tierno que fui. Esta protección se basó en las creencias de que la gente era mala, que te iban a traicionar, se aprovecharían de ti y nadie era digno de conocer mi verdadera esencia. Esa armadura se complementaba con una máscara de un ser frío, cruel, indiferente, antisocial que me acompaño por muchos años de mi vida y que hasta años recientes, a través de terapia, se ha ido diluyendo paulatinamente.

            Mi peor época fue la secundaria, fui totalmente miserable, saque las peores calificaciones de mi vida escolar (que para muchos eran buenas pero para mis estándares eran un asco) y salí armado con un recubrimiento de resentimiento contra la vida y la humanidad.

            La preparatoria y la Universidad fueron infinitamente mejor que lo experimentado en secundaria; aunque en realidad no es tan difícil ser mejor que el infierno (mi averno personal). Obviamente tuve más “amigos” pero nunca permití que llegaran a un nivel muy personal. ¿Novias? Ninguna. Alguna vez lo intente pero fui humillado y rechazado, resultados obvios de mi lenguaje corporal tan inseguro y mi actitud hacia la vida tan obscura.

“Mil veces he huido de mi propia sombra, siempre mirando a mi espalda, siempre esperando a encontrarla al doblar la esquina, al otro lado de la calle o al pie de mi lecho en la horas interminables que precedían al alba” – Carlos Ruiz Zafón (“El Juego del Ángel”)



           Aquí tengo que introducir otro elemento más que agravo mi estado: mi “otro” papá, el esposo de mi mamá. Él siempre vivió lejos de nosotros, por cuestiones laborales, así que no tuve a nadie que me enseñara esa fuerza, esa energía masculina para abordar los problemas y las mujeres. Es por eso que mi educación recayó casi en su totalidad en mi madre, pero ella no podía enseñarme a ser hombre. A veces pienso que me educo como mujer, porque la gran mayoría de mis amistades son féminas pero sólo son eso: amigas.

            Cuando me gusta una mujer, normalmente he sido muy torpe al momento de acercarme. Mi caso es como el de un cachorro de León al cual no le hubieran enseñado a cazar y, de pronto, quiere atacar a una cebra: el resultado es tristemente obvio.

            Mi primera novia la tuve a los 24 años, y eso porque la pobre cedió a mi incesante acoso. Después de que ella me dejó me case, por despecho y sin gran esfuerzo, con resultados lamentables que desembocaron en divorcio. Y aquí estoy, un hombre de 34 años que, a pesar de ser divorciado, sigue siendo inexperto.

            Y estoy me trae al presente, ya que estoy atorado: hay una chica que me gusta y no le puedo hablar. Es increíble pero cierto: no me puedo acercar a su lugar y hablarle, así de simple. Mi “problema” es ser un hombre suave y sutil, y digo problema porque, por lo menos, en la sociedad en la que vivo el hombre debe ser el que toma la iniciativa, el que (vedadamente) toma las decisiones y dicta el camino a seguir. Obviamente las mujeres dirán que no, pero su comportamiento dicta lo contrario. A mí me educaron de manera “idealista”, de manera democrática, en donde ambos toman las decisiones y ninguno es más importante que el otro pero percibo, con frustración, que no hemos evolucionado desde la era de las cavernas, donde el hombre va, impone su ley y la mujer lo permite (aunque finja resistencia).

            En un par de ocasiones he estado en situaciones “candentes” en donde las mujeres me dicen “No” y, en mi afán de respeto, me detuve en seco, pero no interpretaba que su lenguaje corporal decía que “Sí” así que, aunque ya íbamos avanzados no seguí. Y así es el juego: una neurosis en donde se dice una cosa y se actúa otra, el problema es que no sé jugarlo.

            A veces me gustaría no ser tan inteligente (cognitivamente), porque podría tener muchos errores y ser ignorante de ellos y así no me flagelaría tanto. El asunto es que me doy cuenta de muchas de mis falencias, de sus orígenes y sus soluciones, pero el bloqueo emocional al que están ligados en ocasiones es más fuerte que cualquier ataque de sentido común que me pueda dar.

“A veces se cansa uno de huir. El mundo es muy pequeño cuando no se tiene a dónde ir” – Carlos Ruiz Zafón (“El Prisionero del Cielo”)   
                                        
            ¿Qué pretendo al compartir esto? ¿Causar lastima? ¡Claro que no! Algo que me purga en esta vida es la frase “¡Pobrecito!” me parece patético. ¿Justificar mi autoinducida misantropía? Tampoco, a fin de cuentas mi Misantropía tiene, adicionalmente, otros fundamentos que explicaré en otro ensayo. ¿Me quejo de mi vida? ¡Para nada! Tengo la firme creencia que todos en este mundo tenemos exactamente lo que merecemos, lo que tengo hoy en día es perfectamente justo y merecido; además, siendo honestos, llevo una buena vida, la cual afortunada en casi todos los aspectos, menos en las relaciones de pareja.

Hago público este pasaje de mi historia personal en un intento de exorcizar estos demonios que me han fastidiado y que he mantenido vigentes mediante la clandestinidad de su existencia. Quiero que todo el mundo los conozca para que desaparezcan de mi persona e intentar integrarme a esta humanidad que reclama mi presencia y, hacia la cual, me he negado hasta el momento.

Hebert Gutiérrez Morales.
Miércoles Nueve de Marzo del 2011






martes, 8 de marzo de 2011

Peaje

"Hay un punto en la vida en que no sabes lo que estás sacrificando: prejuicios o valores. Sin embargo es el precio a pagar para seguir avanzando" - Hebert Gutiérrez Morales

domingo, 6 de marzo de 2011

Veracruz

Advertencia: Este ensayo, como seguramente muchos de los anteriores, tiende a ser altamente subjetivo, pero es algo que no se puede evitar cuando hablo de algo tan importante para mi corazón y esencia.

Nací en el heroico puerto de Veracruz (o sea, soy Jarocho), aunque nunca viví ahí de manera permanente. A pesar de que todas mis raíces están en el estado del mismo nombre, viví mi niñez en el Distrito Federal, la adolescencia en un pueblo y desde hace 10 años vivo en Puebla. Sin embargo, estoy orgulloso de mi origen, y es palpable cuando me preguntan de donde soy o cuando veo mi acta de nacimiento.

A pesar de no vivir ahí, disfrutaba la totalidad de mis vacaciones estudiantiles en dicho puerto: dos meses en verano, dos semanas en Navidad y otros 15 días en Semana Santa. Vivir en casa de mi abuelita y de mi tío (soltero en aquellos tiempos) todas esas temporadas era un deleite

Esa deliciosa sensación de caminar, en chanclas y bermudas, a la sombra de las palmeras, sintiendo el calor porteño que condimenta a la perfección la brisa marina en el rostro, me hacía estúpidamente feliz.

La gente siempre es risueña, mal hablados pero nunca con dolo, en un ambiente bastante positivo. Tenían esa ricura de la gente de zona tropical, esa alegría y limpieza que se añora en las ciudades del centro. Cruzas la calle y saludas al de la tienda, a la señora de la esquina que hace las garnachas, cuando vas al mercado te la pasas sonriendo a medio mundo de forma familiar. Eso mismo se nota en las noches de cualquier barrio: la gente sentada en las entradas de sus casas, en sus mecedoras, tomándose una cerveza con el vecino, tan tranquila y naturalmente como si la vida solo se tratara de eso: mecerse con la brisa del mar y disfrutar el momento, así lo recuerdo.

La comida es un tema aparte porque las delicias y manjares abundan: las garnachas y picaditas que venden en cada colonia; el arroz con platanitos fritos, el mondongo o las tortitas de plátano que hacia mi abuelita, los mariscos que comíamos en Mandinga o en Boca del Río, el cafecito lechero que servían en la Parroquia, las nieves de los “Güero, Güero” que venden en el malecón, las horchatas de coco junto con las tortas de pierna del Parque Zamora (a pocos metros de donde bailan Danzón). En fin, tal vez no sea cocina Gourmet, pero no por eso dejaba de ser exquisita.

Lugares tan emblemáticos como Mocambo en donde íbamos a la playa, aunque sólo un ratito para después ir a la alberca; el playón, en donde sólo caminábamos porque no estábamos locos para meternos en él; el malecón, en donde comprabas cualquier chuchería para llevar de recuerdo; el parque Zaragoza, que al quedar cerca de la casa de mi tío, era el lugar en donde iba a jugar con mis “amigos de vacaciones” y donde pase momentos inolvidables. El acuario no existía en mi infancia, pero después lo llegue a visitar y, aunque era como cualquier otro, es especial, porque está en mi Puerto.

Al estar en el Golfo de México no nos toca la puesta de sol en el mar, sin embargo, es muy relajante y reconfortante vivir el atardecer en la playa: la brisa, el sonido arrullador e hipnotizante de olas romper y oír a las gaviotas. Simplemente existir y disfrutar el momento, me proporcionaba una paz personal profunda que queda tatuada en la memoria.

Sin pretender sonar a comercial de mayonesa, la vida en Veracruz me sabe más rica: la comida, la gente, el pasear, el comprar, el platicar y hasta la música se percibe de otra forma. La Salsa en Veracruz me sonaba mejor y, hasta la cumbia  me desagrada menos. Así se ha de sentir cuando tienes la oportunidad de vivir en tu lugar de origen.

Acapulco o a Cancún, son lugares más importantes turisticamente que mi ciudad, y no puedo dejar de admitir su belleza, pero eventualmente me acaban recordando mi bello puerto, porque al sentir la brisa, ver el mar y oír los acentos costeñitos, sólo tengo recuerdos de mi niñez. Es obvio que las playas de Veracruz no se comparan con las de estos lugares porque no están tan cuidadas.

¿Por qué deje de ir? No lo sé. La partida de mi abuelita  fue algo determinante, tal vez creía que Veracruz dejo de serlo al morirse ella, tal vez tengo miedo de regresar y afrontar que no estuve presente cuando ocurrió su muerte. Además el casamiento de mi tío marcó el inicio de su propia familia y ya no era lo mismo el visitarlo, y tal vez por estos factores no fui ahí por 16 años. He ido a Minatitlán en un par de ocasiones, pero yo nací en Veracruz, Veracruz; el cual es mi puerto y quiero mucho pero, con dolor en mi corazón, tengo que admitir que ha dejado de ser “Mi” Puerto.

Veracruz no me abandono, yo lo abandone a él, sin embargo lo recuerdo con amor. Eventualmente volveré, pero ya no será como antes, porque lo haré como un turista más, a pesar de que siempre pareceré un nativo de ahí con mi tez morena y mi cabello ondulado, además de las piernotas que nos caracterizan. Como carezco del acento costeñito, pocos me creen que soy de ahí, pero entonces empiezo de malhablado para que me crean.

No regresaba a mi lugar de origen para mantener esa última imagen que tengo de ahí: una ciudad tranquila. Tenía todas las comodidades de una metrópoli grande pero también tenía la paz de un pueblo a la orilla del mar. Eso se notaba en las calles, en las personas y, en general, en el ambiente cotidiano. Tal vez no regresé porque así puedo tener a mi Puerto en ese estado ideal, sin importar que hoy en día sea un sitio diferente.

Hay un dicho que dice que no eres de donde naces, sino donde te haces, pero no puedo aceptarlo. Ciertamente me he hecho y forjado en Puebla, en donde tengo mis actividades, mi trabajo y mis amigos, y siempre voy a estar muy agradecido con esta ciudad, pero no me siento de aquí a pesar de que mi vida está aquí.

Como mi vida está en un lugar en el que no nací, hay ocasiones en que prefiero decir que soy de ninguna parte. Siempre defenderé que soy de Veracruz, pero ciertamente he perdido el valor moral para sostener ese hecho. Tal vez ya no sea de ahí, pero siempre le tendré un gran amor y trato de ser mejor para que se relacionen mis cualidades a mi lugar de origen (aunque suene ridículo), quiero ser un hijo del cual el heroico Puerto de Veracruz de Llave esté orgulloso

Nunca he salido de mi país por lo que no conozco todo el mundo, ni siquiera todo México, pero Veracruz debe ser la ciudad más bonita de todo el planeta (por lo menos eso es lo que me dicta el corazón).

Hebert Gutiérrez Morales

martes, 1 de marzo de 2011

El cisne negro . . . . que todos llevamos dentro.


            Normalmente, cuando manejo, voy escuchando música. Ayer en la noche no podía hacerlo, necesitaba transitar en la oscuridad y con total silencio, porque mi cabeza estaba estallando con tantos pensamientos y reflexiones revoloteando por todos lados y es que acababa de ver “El Cisne Negro”.

            Ya me habían comentado sobre dicho film y algo tenía claro: no lo quería ver. Ciertamente todas las críticas que recibí eran muy buenas y me recomendaban mucho el verla, pero me ahuyentaban las escenas fuertes y violentas que me referenciaban. A pesar de mi resolución, sólo hizo falta que me sonsacara una mujer bonita para verla (a veces los hombres somos demasiado fáciles).

            Afortunadamente ya tenía una idea de cuándo venían la escenas fuertes, así que tuve tiempo de retirar la mirada y ahorrarme muchas de ellas (aunque no todas), y aún así acabe en estado de Shock, es más, ya dormí una noche y, al escribir esto, creo que sigo “shockeado”, pero eso (creo) es bueno ya que demuestra que la película es recomendable, ya que dudo que deje a alguien indiferente.

            La primera lectura que le puedo dar es con la idea que termina: la necesidad de ser perfectos. Esto es enfermizo considerando que los humanos somos imperfectos, sólo somos perfectibles mas nunca alcanzaremos la perfección. Esto es tan neurótico como pedirle a un pez que vuele por las montañas. Algo que me quedo claro es que en ocasiones nos obsesionamos en ser inmaculados que sacrificamos nuestra vida para conseguirlo; y hay quien paga ese precio pero ¿lo vale? ¿Vale la pena alcanzar la perfección? Y, si la alcanzas ¿Qué más te queda por alcanzar? No nos damos cuenta que ya somos perfectos dentro de nuestra misma imperfección, porque somos como podemos ser y esa es la gracia más grande de la naturaleza.

            Otra lectura obvia que obtengo es la de soltarnos. Todos en nuestro desarrollo hemos adquirido distintos amarres, frenos, trabas y prejuicios que nos inculcan en nuestra familia, sociedad, escuela, trabajo, nuestras amistades, la religión, etc. Alguna vez leí “El miedo a la Libertad” de Erich Fromm, y él afirma que a los seres humanos no nos gusta ser libres, que nos han ido condicionando para existir siempre bajo la tutela o control de alguien más (persona o institución); por lo que estamos acostumbrados al control y protección externos, así no somos responsables de nuestras vidas ni de nuestras decisiones, ya que siempre habrá alguien a quién culpar de nuestros fracasos.

            ¿Qué pasaría si no tuviéramos esas trabas? ¿Si no hubiera nadie a quién responsabilizar? Esa libertad es aterrorizante. Muy pocos seres humanos son realmente libres, aunque muchos puedan pensar que en realidad lo son, el porcentaje es mínimo de los que tienen la valentía de ser libres. Obviamente hay grados de libertad, ya que hay algunos más contenidos y reprimidos que otros. Lo negativo es cuando dejamos que nuestros prejuicios, educación, programación o condicionamiento guíen nuestro camino en lugar de tomar nosotros las riendas del mismo.

            Muchas veces dejamos que los demás decidan lo que es mejor para nosotros, es más cómodo, es más difícil tener el valor de tomar nuestras propias decisiones y aprender a vivir con ellas. El problema es que después de tanto tiempo de dejar que manejen nuestro rumbo, cuando queremos tomar el control, no sabemos cómo hacerlo. En la Película se lo dicen a Nina (Natalie Portman): “El mayor obstáculo que tienes para triunfar eres tu misma”, y no hay verdad más cierta, ya que nosotros podemos ser nuestros mayores aliados o nuestros peores enemigos.

            Lo más triste de todo esto es que nos es más fácil y, al mismo tiempo, más perjudicial ser nuestros enemigos y ¿por qué lo escogemos? La respuesta es fácil, es un pensamiento inconsciente, ¿Qué derecho tenemos nosotros a ser mejores que los demás? Si los demás están amolados, ¿por qué nosotros vamos a estar bien?

            El tema de los padres también es tratado, ciertamente nadie nace sabiendo ser padre, todos van aprendiendo en el camino y, la gran mayoría, hace el mejor trabajo posible con la educación de los hijos, a veces sale bien, a veces sale mal. Hay ocasiones en que los progenitores viven a través de sus engendros, quieren realizar sus proyectos frustrados mediante ellos, viven lo que no pudieron vivir en la piel de sus niños. Todo eso va dejando huella, va dejando introyectos,  traumas, anhelos, obsesiones, prejuicios y objetivos que van definiendo su existencia.

            Es verdad que los padres van protegiendo a los hijos, porque al nacer son muy vulnerables, pero no se dan cuenta que van creciendo y madurando. Los padres podrían serlo hasta el día de su muerte pero corresponde a los vástagos decir “hasta aquí” porque ya no son los niños que deben ser protegidos. Es un punto de inflexión en donde uno toma el control de su vida, porque siempre seremos hijos de ellos, pero no siempre seremos sus niños. Normalmente los padres no dicen de buena fe: “Hasta aquí mi hijito”, este paso lo tiene uno que arrebatar y ganarse el derecho a ser adulto.

            El status es otro tema tocado en la obra, porque un rol, un grado, un título, un puesto y demás etiquetas dan identidad, y el ganarlo o perderlo es de vital importancia para existir porque muchos de nosotros preferimos perder la vida antes que el status que nos identifica. ¿Quiénes seríamos nosotros sin identidad? ¿Seres felices acaso? Pero esa pregunta es utópica, ya que nunca nos permitiremos conocer la respuesta.

            Como breve paréntesis, pero aún vinculado con el tema, desde que escribo de manera pública he notado que el dolor, la angustia, la nostalgia, la desesperación, tristeza, depresión y demás sentimientos “negativos” son los mayores impulsores del arte, los que realmente nos inspiran a crear (y no pretendo decir que lo que escribo es arte). Es irónico que del dolor humano nazcan sus expresiones de arte más bellas.
           
            Otro tema evidente es el control, porque siempre estamos tan estresados y obsesionados con mantener bajo control todo lo que hacemos, y así dejamos de disfrutar nuestra existencia. Tenemos tanto miedo de soltarlo porque no sabemos de qué somos capaces, sin importar que podamos realizar obras y acciones maravillosas o excepcionales. El apego nuevamente es la identidad que nos da ese control que difícilmente soltamos.

            Hablando en términos de la obra: todos tenemos nuestros cisnes blanco y negro. Se nos ha enseñado a cuidar nuestro lado blanco, porque es nuestra cara bonita, la que nos gusta lucir, la que todos nos admiran y/o envidian. Lo malo es descuidar el lado negro, que se compone de nuestros instintos básicos, los cuales negamos y, al hacerlo, más se fortalecen y se tornan independientes a nuestro ser. Si también procuráramos y aceptáramos a nuestro cisne negro seríamos seres más completos, integrales, congruentemente desarrollados y en paz porque, a fin de cuentas, ninguno de nosotros somos excelentes, ya que poseemos nuestras cualidades productivas e improductivas, positivas y negativas, blancas y negras que son parte de nosotros y que no van a desaparecer sólo por ignorarlas.

            Por eso la película se llama “El Cisne Negro” para darnos cuenta de esa parte que todos negamos pero que sin falta tenemos, que tememos aceptar e integrar y, al no hacerlo, actúa por sí misma, fuera de nuestra consciencia y luego no somos capaces de entender por qué hacemos lo que hacemos.

            Lilly (interpretada por Mila Kunis) me encantó y el comentario que hicieron sobre ella (no soy literal): “¡Mírala! No es perfecta, pero es auténtica y, al serlo, es perfecta sin proponérselo”. Nos preocupamos mucho por aparentar una perfección artificial y dejamos de ser auténticos para interpretar un simple personaje que (creemos) es aceptado por los demás. Lo contradictorio de esto es que cuando nos atrevemos a ser auténticos y somos nosotros mismos, eventualmente, el resto nos va a acabar aceptándonos porque nosotros lo hacemos y, cuando eso se logra, es muy valioso.

            Otro hecho notable en el filme es que una cosa es la realidad y otra muy distinta lo que percibimos como realidad; esto independiente de que la protagonista fuese esquizofrénica (o es lo que se deduce al verla), ¿cuántas veces nos contamos un cuento o una novela de cómo creemos que se van dando las cosas? Y dejamos que esa historia avance a tal grado que llegamos a una tragedia griega, cuando en realidad es un malentendido o una percepción errónea de nuestra parte.

            Es factible que en el guión esté un poco exagerado, pero también deberíamos analizar eso en nuestras personas. Así que es bueno tener la mente abierta a otras opiniones y evaluar si estamos percibiendo las cosas como son o las detectamos de manera distorsionada.

            Finalmente, no es una película que haya disfrutado, porque en realidad la sufrí mucho; pero eso no le quita el hecho de que sea excelente obra. No la voy a volver a ver en mi vida (eso espero), pero sí creo que todos la deben de ver por lo menos una vez.


Hebert Gutiérrez Morales.