sábado, 22 de enero de 2011

Mis Corbatas


“El Modo de percibirnos es esencial. Muy rara vez se nos juzga por lo que somos, más bien se hace por la manera en que nos vemos y sentimos” – Alejandro Jodorowsky.

            Cuando compro ropa nueva, cada inicio de año, hago un inventario de lo que ya no voy a utilizar y lo regalo. Dentro de ese recuento me dí cuenta que tengo muchas corbatas y me dije: “Son demasiadas para alguien que gusta vestir de mezclilla”, pero ahí me hice consciente que ya son más los días que visto formalmente que de manera informal.

            Hace poco más de un lustro, mis entonces jefes hablaron conmigo y, echándome un choro sobre la imagen que un ejecutivo (manera bonita de decir empleado fino) debe dar, me “invitaron” a cambiar mi indumentaria laboral. Mi decisión se vio precedida de fuertes debates internos pero, finalmente, accedí y empecé a vestirme de manera formal.

            Obviamente me sentí vendido y/o prostituido; yo, que antes había poseído apariencias de las que me enorgullecí por alejar a la gente en el Metro del DF (Pelón, con barba y camisas con imágenes satánicas de Heavy metal), ahora estaba trajeado de manera impecable pero con una herida en mis ideales y en mi amor propio.

           Por los dramas existenciales que suelo armar en este tipo de vivencias, tarde en percibir que el trato de la gente hacia mi persona comenzó a cambiar y, cuando lo note, me enoje aún más. Esto corroboraba mis teorías de que la gente es superficial y se cumple el dicho de “Como te ven, te tratan”, de ahí mi rechazo a las personas que se dejan llevar por las apariencias. Tal vez por esa misma aversión descuidaba mi imagen adrede (mas nunca mi higiene, cabe aclarar).

            No sé si hoy estoy más maduro o más vendido, pero mi perspectiva ha evolucionado. Ahora el tema de la apariencia personal lo veo como la venta de dos productos: Tenemos uno bueno y otro malo, el de buena calidad tiene un empaque poco o nada atractivo, pero el de mala calidad tiene un empaque muy llamativo acompañado por una campaña publicitaría muy espectacular.

Obviamente, la mercancía mala se va a vender a montones y la buena lo hará marginalmente. La gente pronto notará la baja calidad del producto más publicitado y lo dejará de comprar pero ¿y el producto bueno? ¿La gente tiene obligación de comprarlo? ¿Tiene la necesidad de darle un chance y comprobar que es bueno? Un rotundo “No” es la respuesta de la realidad que vivimos.

Dicen que el que no enseña (o mejor dicho, no se promueve), no vende: Aunque uno sea una súper persona llena de cualidades, nadie se va a animar a averiguarlo si te ves como un indigente (y mucho menos si hueles como tal), y lo mismo aplica al revés: ¿A cuántas personas de cuestionable valor moral se acerca uno por el simple hecho de que se ven bien?

“El verte bien no te hace mejor o peor individuo, pero sí invita a los demás a conocer qué tipo de persona eres” –Hebert Gutiérrez Morales

En mi educación se me inculco que “todos somos iguales y merecemos el mismo trato” y suena muy bonito pero es utópico. No es el mismo trato que se le da a alguien con una imagen cuidada que al que la tiene descuidada; eso sin contar las discriminaciones que se hacen por el atractivo, la altura, el peso, color de piel, manera de hablar, el origen étnico y/o nacionalidad. Muchas veces, este cambio en el trato es inconsciente y muchas otra no. ¿Es esto correcto? ¡Claro que no! Como tampoco lo es que haya hambre en el mundo, pero ambas existen y no van a desaparecer sólo porque cerremos los ojos.

“El ser civilizado no consiste en que todos seamos iguales, sino en comportarnos como si en verdad lo fuéramos” – (El museo de la Inocencia) Orhan Pamuk.

En alguna ocasión, de las pocas veces que accedo a salir con mis amigos salseros al antro, vi a una chica que no bailaba Salsa pero que estaba MUY bien: alta, piernas largas y bien formadas, porte, busto bien proporcionado y de buenas facciones. Aunque todavía me faltaba bailar con otras chicas de mi academia, preferí sacar a la desconocida y, felizmente, accedió. Mi gustó tardó menos de un minuto porque, al hablar con ella de cerca, me llegó el tufo que tenía por aliento, algo tristemente insoportable: una mezcla entre alcohol, cigarro, bilis y que además había dormido poco; fue algo terrible que me hizo no volver a sacar a la susodicha por más “buena” que estuviera. No importa cuidar al 100% la apariencia, la higiene pude descalificar a cualquiera sin importar lo bien que se vea.

Aún crítico a la gente superficial pero, no puedo negar la importancia de la imagen en este mundo visual. Una ocasión se me hizo tarde para pasar a cambiarme a la casa, así tuve que pasar al Costco trajeado en un día que, modestia aparte, me veía especialmente bien porque parecía corredor de bolsa salido de Wall Street (con mi cabello recogido y los lentes). Esa ha sido una de las visitas que más he disfrutado al centro comercial, porque atraje miradas por doquier y mi ego estaba a tope por tanta atención. Sé que la gente no veía mis valores ni mis cualidades pero ¿a quién no le gusta ser el objetivo de las miradas, en especial, de las mujeres?

           “Puedes derrochar la fortuna de la familia y acabar con todo lo que aprecias, pero nunca, nunca debes aparecer en público con los pantalones sin planchar o los zapatos sin lustrar” - Douglas Kennedy (“El momento en que todo cambió”)

Hace años me hubiera dado asco a mí mismo al ver que poseo tantas corbatas y trajes, y más aún el saber que ahora son indispensables en mi guardarropa, pero ahora ya no es así. Tal vez ya me han domado o simplemente me dí cuenta de cómo funciona el mundo en el aspecto visual. A pesar de haber crecido en esa faceta, hay algo que gané desde que visto formalmente: ahora disfruto al doble los Viernes informales, porque el vestir mezclilla en la oficina se ha vuelto todo un lujo (y además indica el inicio del fin de semana).

Hebert Gutiérrez Morales.
08 de Enero del 2011.






martes, 18 de enero de 2011

Mi Trabajo


  • Amo llegar en las mañanas y aullar al unísono con Moto.
  • Amo tener junta de críticos a las 7 y ver como Walther acomoda las sillas con tanto cuidado después que nos vamos.
  • Amo decir “buenos días” a esa chica del departamento de al lado todas las mañanas que me encanta (a pesar de sus antecedentes dudosos y de que tiene novio).
  • Amo ver a esa otra chica del departamento de al lado cuando voy por el pasillo y furtivamente se cruzan nuestras miradas pero después volteamos como para no darnos cuenta (y que también tiene novio).
  • Amo platicar con Les brevemente todas las mañanas de algún libro, película, NFL o alguna ocurrencia de sus sobrinos.
  • Amo fregar o ser fregado por Alfredo todas las mañanas, de acuerdo a los resultados del fútbol.
  • Amo masajear las lonjas de mi “Abuelito” de dos a  tres veces al día, mientras él finge resistencia.
  • Amo el cafecito diario con Keto, el cual degustamos mientras le encanta estar cuestionando mi accionar ante la vida.
  • Amo que Poncho de vez en cuando me convenza de acompañarlo a la “tiendita” a comprar su desayuno mientras hablamos de cualquier estupidez.

  • Amo ir a Tráfico a ser apapachado y a apapachar, además de hacer enojar a Cris (que me conmueve porque sé que le importo).
  • Amo quejarme con Maribel del trabajo tan ingrato que tenemos.
  • Amo a las tres locas de enfrente (dicho con todo cariño) y amo más que se entretengan entre ellas y respeten mi espacio (de vez en cuando lo hacen).
  • Amo cuando Laura se enoja y mienta madres (o sea diario).
  • Amo que Mayra sea tan ingenua (juro que su hija la engendro el Espíritu Santo)
  • Amo que Alma sea tan fastidiable y fastidiosa al mismo tiempo.
  • Amo que Andrea venga a pedir mi atención y, aunque la corro, me dice “Pero bien que me extrañas” (y tiene razón).
  • Amaba mentarle la madre a Bruno cuando ponía el himno del América (pero ya me lo prohibieron las mujeres a mi alrededor, así que ni modo).
  • Amo que MaJo me hable para que le envíe algo divertido o interesante a su mail.
  • Amo que Beto y Poncho “se acusen” recíprocamente y por teléfono de lo que el uno le hizo al otro (no sé cómo vivían antes de conocerse).
  • Amo los fotomontajes que hacen Moto y Greenham de todos los personajes del Departamento.

  • Amaba cuando Chucho se aventaba a los lockers o hacia su “llamado de apareamiento” de Alce.
  • Amo ir a Central de Perdidos y platicar con La Perra, El Goku, El Pokemon y Leo, ya que las pláticas se tornan en un aluvión de albures de lo más fino.
  • Amo ir a comer a Cubo 8 en peregrinación con “Mi Kinder” de cinco chamacos y tener esas pláticas sin sentido que no cambian al mundo pero que nos entretienen demasiado.
  • Amo cuando Poncho y Andreas (a.k.a. “Las Vuvuzelas”) se ponen a platicar a altos decibeles y les tenemos que chiflar para que bajen el volumen.
  • Amo el lamento de Morsa que hacemos Alex y yo cuando estamos estresados.
  • Amo ir a tragar pastel en todos los cumpleaños en que soy bien recibido (y luego me toca pagar en el mío).
  • Amo que vengan de Nave 22 o las chicas de Central de Perdidos a pedirme ayuda y mandarlos a la goma, por lo que me tienen que rogar un poco y acabo cediendo.
  • Amo los obscenos (por todo lo que como) desayunos que degustamos en el Bugas.
  • ODIO que Juan se la pase chiflando como jilguerito región 4, pero me da gusto que sea feliz.
  • Amo cuando Gerard estornuda y Alex y yo le silbamos el paso doble de los toros por la faena dada en casa. (¡Olé!)
  • Amo los Viernes de Empanadas.
  • Amo la excelente actitud que toma Ivette cuando la fastidio de que está sola en su pasillo o por su estatura.

  • Amo la gran gama de personajes que componemos mi departamento: a veces parecemos un mercado, una vecindad, un Pueblito chico o un Infonavit, pero lo que nunca falta es la personalidad (a veces sobra).
  • Y amo que me paguen, porque es un plus a todas estas “prestaciones” que recibo en el trabajo y que hacen mi vida una verdadera delicia y mi trabajo más llevadero.
Hebert Gutiérrez Morales.

lunes, 10 de enero de 2011

Mis Brackets

“Tanto nos cuesta la idea de que tenemos que morir que siempre buscamos disculpas para los muertos, es como si anticipadamente estuviésemos pidiendo que nos disculpen cuando nos llegue la vez” – José Saramago
  
Durante mi visita mensual al dentista, para el cambio de ligas de mis Brackets, estaba platicando con Elena (mi odontóloga y amiga) sobre la muerte de su hermana, la cual aconteció hace cinco años.

Independientemente de la incertidumbre que te da al ver en lágrimas en los ojos de tu dentista, mientras mete el taladro en tu boca (para remover una resina), estaba muy conmovido con su relato tan vívido.

Esta plática me hizo reflexionar un poco en el tema de la muerte y, a pesar de que no he tenido ninguna pérdida (humana) significativa en mi vida, he ido recopilando algunas observaciones de los que sí han pasado por ello.

Los humanos somos curiosos porque, aunque nos sabemos efímeros por tener fecha de caducidad, vivimos como si fuésemos inmortales y tuviésemos todo el tiempo del mundo a nuestra disposición, así que dejamos pasar los días con una parsimonia inconcebible la cual se ve reflejada en nuestros infinitos planes futuros; sólo nos hacemos conscientes (temporalmente) de nuestro destino cuando alguien cercano parte aunque, eventualmente regresaremos a nuestra ceguera, porque es naturaleza humana.

Siempre creemos que habrá un mañana más, otro año para aprender a bailar o bajar de peso, otro día u otra oportunidad para aclarar ese malentendido; otra festividad para, de una vez por todas, decirle a nuestros seres queridos todo lo que significan para nosotros; otras vacaciones para ir a Europa o, simplemente, otra oportunidad para dejar atrás esos miedos y empezar a vivir. Es chistoso cómo algunos tememos más a la vida que a la muerte en sí, porque vemos nuestro fallecimiento lejano y creemos que tenemos todo la eternidad de los tiempos para superar miedo y “ahora sí” empezar a vivir en serio. Va a haber un día que sea el último, y nadie sabe cuándo va a ser.

“No me puedo morir todavía, doctor. Aún no. Tengo cosas que hacer. Después tendré toda la vida para morirme” – Carlos Ruiz Zafón (“El Juego del Ángel”

Cuando alguien se nos adelanta, hay una ley irreversible: El dolor de la muerte es inversamente proporcional a la edad del difunto ya que entre más joven, más cruel es la pérdida. ¿Por qué pasa esto? ¿Por las promesas sin cumplir? ¿Por toda la potencial felicidad que ya nunca será? En realidad lloramos por todas nuestras expectativas hacia ese ser más que por la persona en sí.

“Frente a un ataúd, todos vemos sólo lo bueno o lo que queremos ver” – Carlos Ruiz Zafón (“La Sombra del Viento”)

Ahora, cuando alguien se va hay un doble dolor: el inmediato que trae su partida, el llorar, las preguntas, nos compadecemos de nosotros mismos y demás; pero hay algo más que lastima con una intensidad leve aunque más inmisericorde, y es darse cuenta de que ese ser querido va quedando atrás en nuestras vidas de manera paulatina, ya que el mundo sigue girando y los recuerdos empiezan a perderse. Hay un momento en donde uno se puede sentir culpable por no seguir flagelándose con ese intenso sentimiento inicial, ¿te debes sentir responsable porque la existencia sigue su curso? ¡Claro que no! Es como estarlo porque el río sigue su cauce.

Sin embargo, en nuestro país, hay una cultura muy arraigada de mantener “presente al difunto”, de no dejarlo partir, de llorarle y recordarle por un compromiso no mencionado. Es necesario el proceso de duelo para sanarnos ya que, de lo contrario, corremos el riesgo de empezar a marchitarnos en vida por aferrarnos a un lazo afectivo ya caduco y que nos va chupando la esencia vital paulatinamente, porque al dedicar tanta energía al pasado muerto, descuidamos el presente vivo.

¿Por qué racionalizo este tema? Tal vez para ir avanzando en las conjeturas obligatorias cuando acontecen estos decesos aunque, en realidad, desconozco cómo voy a reaccionar emocionalmente cuando alguien importante (humano) parta de mi lado a menos, claro está, que yo mismo “cuelgue los tenis” antes que ellos.


Tal vez Elena (mi dentista) esté agradecida porque la escuche y pudo desahogar un poco ese tema, a pesar de que ya pasó un lustro; en realidad el agradecido soy yo, porque me compartió un poco de ese sentimiento tan profundo que experimenta uno al perder a un ser querido, lo cual me hace un poco más humilde ante una eventual muerte en mi familia.

“La enterraron en Montjuïc el día del cuatro cumpleaños de Daniel, bajo la lluvia que duró dos días y dos noches, y cuando el pequeño le pregunto a su padre si el cielo lloraba, a él le faltó la voz para responderle” – Carlos Ruiz Zafón (“El Juego del Ángel”)

Mi amiga Lesly me dijo en una ocasión que soy ateo porque no he tenido la necesidad de tener fe en algo, ya que no he experimentado un momento de desesperación que me sobrepase y tenga que abandonarme en algo “superior” que me conforte. Para saber si es cierto o no lo que dice, desafortunadamente, tendré que pasar por un proceso de pérdida para ver hasta dónde llega mi misantropía, escepticismo y soberbia.

Espero que se equivoque.


Hebert Gutiérrez Morales
Revisión: Genaro Becerra.
19/Diciembre/2010