lunes, 19 de diciembre de 2011

Justo

“A todos nos gusta lo que tenemos y lo que somos porque, de no ser así, ya hubiéramos hecho algo por cambiarlo” – Hebert Gutiérrez Morales.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Y llegó el día en que encontré a mis Delfines

          Al cambiarme a mi nueva área, se me pidió organizar mis días de vacaciones; no tenía nada especial planeado, sólo utilizar los que tenía pendientes para saldar mi cuota anual. No sé qué fue lo que pasó, pero algo se apoderó de mí (tal vez el espíritu de Flipper) y, casualmente, Manuel pasó por mi lugar, por lo que le dije: “Vámonos a ver a los Delfines a Miami” y él me dijo “Bueno”.

            Después de convencer a Iván, nos movimos, pagamos y aquel día de Septiembre, que me había levantado sin planear nada al respecto, ya teníamos reservado el vuelo, el hotel y los boletos para ver a los Miami Dolphins contra los Oakland Raiders el pasado 4 de Diciembre.
Las bonitas banderolas en el Sun Life Stadium

Para mí esté era un viaje especial porque, como ya explique en otro ensayo, mi amor por los Fins es enfermamente incondicional. Los detalles del viaje los dí en el ensayo anterior, en este sólo voy a hablar de lo que observe antes, durante y después del partido, el cual ganó mi equipo de manera holgada 34 a 14.

Me sorprende como hay personas que son capaces de pagar $25 USD de estacionamiento sólo para hacer el Tailgate con sus amigos y disfrutar el ambiente. Honestamente usaría (un poco más de) ese dinero para hacer una pequeña reunión en mi casa y ver toda la jornada de manera cómoda. Sin embargo, entendiendo que no hay deporte más grande en Estados Unidos, creo que todo el mundo quiere ser parte de ello de alguna forma, aún sin ver el partido en vivo.

A pesar de que la afición de los Delfines no es la más fiel ni la más leal con el equipo, me llama la atención el ambiente de fiesta que se respira desde antes del juego; lo cual me dejó claro lo importante que resulta el Fútbol Americano en este país (al igual que en mi ser). Es como una especie de feria alrededor del estadio, hay puestos de comida, hay actividades recreativas relacionadas con este deporte, hay miniconciertos, presentaciones de las porristas, ceremonias en las estatuas fuera del estadio, regalo de Souvenirs, estaciones de radio y, obviamente, venta de muchos artículos oficiales de mis Dolphins (afortunadamente iba corto de recursos, porque de lo contrario hubiera comprado muchas porquerías con el logo de mi equipo).

Triste, pero es raro que se llene el estadio
Sé que he criticado a los nuestros vecinos del norte con todo lo que he podido (aunque soy justo y también lo he hecho con mi propia tierra), pero algo que voy a reconocer de manera honesta es la pasión con la cual cantan su himno. Me queda claro que están muy orgullosos de su país, porque ni en México he sentido esa intensidad, solemnidad y respeto al momento de entonar el himno nacional. El canto del mismo es parte del show inicial, junto con la presentación de los jugadores, lo que enciende el ambiente entre público y jugadores.

Algo que me resulto evidente es que los estadounidenses son muy serios y profesionales en la organización de sus eventos. Por ejemplo, en el estadio existe la posibilidad de reportar, vía SMS, a aficionados con un comportamiento incorrecto. En el mensaje das la ubicación y características del mismo y de inmediato llega seguridad y retiran al gamberro. Estos detalles promueven una convivencia pacifica entre los espectadores y hace que disfrutes el espectáculo en un gran ambiente. En México, llegue a ir a bastantes partidos de Soccer, y son pocos los que denuncian, basado en cobardía y en la poca eficiencia de las autoridades, así que los malandrines salen normalmente impunes.

En el ensayo pasado escribí sobre la ñoñez de los habitantes de este país, esa misma que se hizo presente durante el partido. Tal vez en México estemos demasiado maleados, pero en verdad me enternecía la inocencia con la cual vivían las acciones del juego, el modo de reaccionar a las motivaciones de la pantalla y el sonido local, las formas de euforia que expresaban. Esta parte no la cuestiono, es más, creo que los envidio por vivir un deporte tan rudo y fiero de una forma tan benigna. Aunque creo que sólo es el público en Miami, porque hay lugares (como Philadelphia), en dónde se dice que la afición es más hostil.

Estatua a Don Shula, el Entrenador más ganador
Debido al ambiente tan sano, cada vez que había una buena jugada, invariablemente, venía un “Give me five!” con algún otro aficionado y lo hacías con gusto, por el hecho de vivir un pasaje de auténtica euforia con alguien totalmente desconocido pero que, en ese momento, son grandes amigos al compartir la felicidad por el éxito del equipo de ambos, dejando atrás cualquier sentimiento de recelo que pudieras tener por tus diferencias fuera del estadio.

No cabe duda que en los detalles se nota que la organización de este espectáculo está a un nivel superior. Por ejemplo, hablando de los vendedores, en ningún momento se te atraviesan, sólo andan por los pasillos o escaleras, por lo que te respetan como espectador. Si alguien de media fila quiere algo, pasan el producto de mano en mano y el dinero regresa por la misma vía. Y ya que menciono la venta de bebidas, también es de alabar que no elevan los precios tres o cuatro veces (como pasa en México) sólo porque estás dentro del inmueble, obvio los precios son un poco más altos, pero dentro de un límite razonable.

El medio tiempo fue emotivo, ya que ingresaron al anillo de honor a Jim “Mad Dog” Mandich, el cual fue parte del equipo invicto de 1972, además de locutor del equipo, el cual murió hace unas semanas de cáncer. Habló tanto Don Shula como el hijo del finado, y fue una ceremonia breve pero bonita.

La Parka (Iván) y su servidor
Dentro de todo lo que me encantó de esta visita al Sun Life Stadium fue el estadio en sí, y es que tiene un diseño tan inteligente que te permite una perfecta visibilidad desde cualquier punto. Nosotros estábamos hasta el último piso, pero disfrutamos el partido con plena claridad, sin necesidad de binoculares. No cabe duda que un inmueble bien diseñado privilegia el disfrute de cualquier show. Por ejemplo, el estadio Cuauhtemoc de Puebla tiene un tamaño similar al de los Delfines, pero la visibilidad no es la misma, algo que hubiera pensado ridículo pero, ahora que lo capte con mis propios ojos, me resulta sorprendente.

Cuando veo el Fútbol Americano por la TV, las tres horas de partido pasan despacio, a veces hasta me preparo con calma algo de comer y con la misma calma puedo ir al baño, y demás actividades. Sin embargo, como decía Einstein, el tiempo ciertamente es relativo: las tres horas se me fueron volando. Tal vez era porque estaba disfrutando mucho el encuentro, tal vez por la novedad que representaba todo a mi alrededor, tal vez por sentirme en casa rodeado por tanto fan a mi amado equipo. Son muchos factores que me hicieron disfrutar el juego con una infantil inocencia.
La tienda del equipo

Algo que, en teoría, también se hace en México, aunque no siempre en la práctica, es la política con la venta de cerveza. En el estadio no te venden alcohol después del tercer cuarto o, en el caso del Baseball de la séptima entrada (los Marlines de grandes ligas juegan en este mismo lugar). Obviamente esto es una buena medida para que se les vaya bajando lo “alegres” a algunos borrachines, hecho que agradecemos los que somos abstemios.

Mis novias las porristas
Cuando voy a cualquier espectáculo, en México obvio, opto por entrar al baño antes de que inicie el show, y no tomo nada para no tener que regresar a ese lugar que se torna insoportable para mi sensible nariz. Esa falta de cuidado a la higiene de los sanitarios no la entiendo porque es en perjuicio de todos, así que todos los asistentes deberíamos cuidar la limpieza de dichos lugares. En Miami me lleve la grata sorpresa que dichos lugares estaban limpios no sólo antes, sino también después del encuentro. Esto me habla de un gran respeto por parte de los aficionados que se comportan con educación por el bien propio y el ajeno.

Otra diferencia notable entre mi país y los Estados Unidos es la hora de salida del lugar. Cuando un evento multitudinario acaba en México, uno debe contar (por lo menos) con que va a perder una hora en su auto sin avanzar, en espera que los automovilistas te dejen pasar y las autoridades se organicen para agilizar el tráfico. En Miami efectivamente había muchos autos pero la salida fue bastante ordenada, por no decir muy civilizada porque todos avanzábamos, se respetaba el uno a uno y, en ningún momento, escuche un claxonazo.

Iván, Manuel y yo.
No es casualidad que la NFL es la liga más exitosa, competitiva, productiva y organizada a nivel mundial, sin importar cual me mencionen (y está comprobado). Me lleve la agradable sorpresa en mi mail: un día después del partido recibí una encuesta de satisfacción al cliente, en la cuál se me pidieron mis opiniones y calificaciones sobre mi experiencia NFL. Este cuestionario no estuvo únicamente enfocado a mi equipo, sino a la liga en sí. En verdad debo reconocer que los estadounidenses están muy comprometidos con este deporte y demuestran su profesionalismo y seriedad en cada detalle al momento de organizar eventos.

Tal vez si la victoria de los Dolphins hubiera sido más cerrada y/o emocionante, mi experiencia hubiera sido totalmente plena, pero aún así me fui feliz, tanto por la victoria como por haber vivido un partido profesional de Fútbol Americano, algo que llevaba esperando desde hace 27 años. Ciertamente espero que sea el inicio de una tradición personal anual.

Hebert Gutiérrez Morales.

sábado, 10 de diciembre de 2011

I am in Miami, Bitch!

            La frase que titula a este escrito la ví en un par de camisetas en mi visita a Miami, y me encantó tanto que la use para este ensayo. Obviamente, para los que no entienden el chiste, lo correcto sería decir “I am in Miami Beach”, pero la frase trasgresora de arriba me gustó más.

            Al ser tan influenciados por nuestros vecinos del norte, en México, tenemos una percepción de lo que es Estados Unidos pero, hasta que uno viaja y respira la cultura gringa, es cuando puede corroborar (casi todo) o desmentir (casi nada) los conceptos que tenemos de los Anglosajones y su forma de existir.

            Desde pequeño siempre conocí a distintas personas (compañeros, familiares, conocidos o amigos) que viajaban al norte de nuestra frontera; en un inicio me llamaba la atención pero, conforme crecía, fue disminuyendo esa expectativa hasta ser casi nula. Sin embargo algo más poderoso que yo me hizo viajar a Florida, con mis amigos Manuel e Iván, esa misma fuerza que me hizo recontratar mi servicio de TV: La NFL y, sobretodo, los Miami Dolphins.

            En otro ensayo escribiré sobre mi experiencia en el partido de los Dolphins contra los Raiders, pero ahora voy a hablar del viaje en sí, el cual resultó bastante interesante en aspectos puntuales, los cuales me ampliaron el horizonte de lo que percibía de la cultura gringa.

            Para empezar, verifique que tanto la economía como el modus vivendi de los Estados Unidos se basan en un consumismo ridículamente extremo; para muestra basta ver la cantidad de productos absurdos, pero creativos, que tienen a la venta: toilettes para gatos, relojes y cámaras estrafalarios, lentes espías, chalecos para perros ansiosos, ejercitadores para oficina y demás mercancías que me provocaron más de una carcajada.

             Ahora, analizando el lado positivo de esta situación, esa creatividad que se promueve resulta muy beneficiosa ya que, eventualmente, logran lanzar algún invento revolucionario por otros 99 que son auténtica basura. Hay que reconocer que el éxito económico de nuestros vecinos norteños también se basa en la imaginación e inventiva de sus habitantes y eso los mantiene en un círculo virtuoso, algo que en México debemos aprender: es mejor expresar ideas ridículas, ya que alguna puede resultar, en vez de inhibirnos por miedo a quedar en vergüenza.

Un hecho que no puedo dejar de mencionar es la impresionante cantidad de latinos que hay en Miami, estoy seguro que la mayoría del tiempo hable en español y muy poco en inglés (que luego se me cruzaba con el alemán), además encuentras gente de todo el continente americano y te da un gran gusto encontrarte con “hermanos” de la misma sangre en un lugar ajeno, es una especie de sentido de pertenencia. El trato de la gente latinoamericana resultó cálido como siempre, además te sentías bien de ser mexicano porque se captaba el gusto en sus caras.

Tal vez por ese exceso de gente de sangre caliente fue que no capte gran diferencia al momento de manejar en Florida como se hace en México. Obvio no llegan a nuestro nivel de violencia y desorden, pero tampoco son tan civilizados como lo son los alemanes para conducir. Para dar un veredicto, tendría que manejar en una ciudad más sajona y menos latina.

Al ser el país de los excesos, la comida no podía quedar fuera. Esta nación vive para comer, y eso lo corroboro en las porciones tan obscenas de alimento que consumen y desperdician. Tal vez por eso están interesados en combatir el hambre en África: para mitigar la culpabilidad que (creo) tienen al desperdiciar tanto.

Obviamente dicho consumo de alimento trae otro problema conocido de los Estados Unidos: la obesidad. A pesar de que los habitantes de Miami son muy vanidosos (tal vez por la fuerte presencia latina), sí pude ver una cantidad grande de gente gorda. Los que saben dicen que Miami no refleja la realidad de toda su nación, ya que en lugares como New York, Chicago, Nashville, San Antonio, Houston y demás ciudades, la cantidad de gente obesa es impresionante, lo cual es natural con la grosera cantidad de comida que consumen sentados frente a alguna pantalla.
 
             A pesar de las hermosas mujeres que vimos durante el viaje, hubo otro hecho que me llamó la atención: la cantidad de gente desarreglada que observe a lo largo de los tres días que duró nuestra estancia. Este hecho se contrastaba con la gente latina de diversos lugares, la cual siempre andaba impecable y arreglada. Supongo que el desinterés de los gringos se basa en un sistema consumista que te desgasta como ser humano y, de a poco, va mermando tu alegría por vivir (es sólo mi teoría).

Ahora, es cierto que en Alemania hay gente fachosa pero con dos diferencias de fondo: Es totalmente distinto ser desaliñado por estilo y otra cosa es descuidarse por falta de amor propio; la otra razón es que el impacto, del desinterés, se incrementa si no estás en forma y los teutones tienen una fuerte cultura física, por la autoestima que tienen, que se refleja en su salud corporal y mental.

Continuando con la apariencia física, algo que me estreso bastante fue el ver a tantas personas tatuadas. Personalmente encuentro estéticos tatuajes pequeños, bien hechos, con gusto o clase y colocados en lugares estratégicos, sin embargo, ver gente que tiene todo el cuerpo garigoleado, con imágenes grandes que pecan de grotescas, me hace estremecerme del asco. Me pareciera es que esa necesidad de flagelarse a través de una cicatriz (que a fin de cuentas es lo que son estos dibujos corporales) es una muestra de tanta violencia contenida y que desahogan hacia sus mismos cuerpos.

Otro detalle que me incomodo fue la llegada al Aeropuerto, debido a la hora perdida en la revisión de migración, ya que la cantidad de gente era enorme y el servicio no era ágil. Mi enojo se debió a que, para sacar una visa gringa, a uno sólo le falta presentar la fe de bautismo, ya que la cantidad de documentos y comprobantes a llevar son demasiados, además del escrutinio con que eres cuestionado llega a ser ofensivo.

Entiendo que hay mucho inmigrante ilegal y que los quieren evitar a toda costa, y los comprendo al 100% en la postura por proteger su bienestar, pero también debería prevalecer el sentido común al tratar a los turistas extranjeros que van a dejarles (muchos o pocos) dólares a su economía. A pesar de ello, te vuelven a cuestionar, te toman las huellas digitales y una foto para monitorear, y asegurar, el momento en el cual abandonas su “bendita” tierra.

Aunque ningún estadounidense fue descortés con nosotros, no capté un trato auténticamente honesto. Tengo la impresión que los gringos son amables por esa misma paranoia en la que viven, en donde las demandas estúpidas abundan por todos lados y por cualquier pretexto. Ese mismo miedo a no dañar a nadie es el motivo de su amabilidad, pero no porque la sientan en realidad.

Hay un hecho que complementa perfectamente este ensayo y el cual leí en el libro “Más Platón y menos Prozac” de Lou Marinoff: ¿Conocen ustedes la diferencia entre culpabilidad y vergüenza? A continuación se explica a nivel países:

La cultura alemana siente vergüenza de lo que pasó con Hitler, saben que fue un pasaje negativo que manchó su historia y en ningún momento reniegan de lo acontecido, lo aceptan y les da pena que haya sido un dirigente alemán el protagonista, pero hasta ahí, ya que los germanos actuales saben que ellos no son responsables de lo que pasó hace más de 60 años. Los teutones siguen con su vida, dando un trato justo no sólo a judíos, polacos o rusos, sino a todo aquel ciudadano que pisa sus tierras (incluyendo a los turcos que se esmeran en no ser dignos del mismo).

La cultura gringa se siente culpable por la esclavitud a la que sometieron a los negros pero, más que aceptarlo y seguir con su vida, ¿qué hacen? Tratan de aligerar “sus” cargas, sin importar que los verdaderos tiranos fueran antepasados que murieron hace muchas décadas. Así que los gringos dan un trato preferencial a las minorías, a través de becas, leyes y otras concesiones. ¿Cómo reaccionan, por ejemplo, los negros a esto? Con auténtica indignación, ya que lo toman como limosna y por ser tratados como una especie de raza inferior que necesita ayuda (como ciudadanos de segunda clase).

Interesante, ¿verdad? Ahora ¿Por qué demonios les pongo todo este choro? Para ejemplificar el trato que sentí en ambos lugares. En el país europeo sentí un trato cordial, honesto y hasta cálido por parte de la mayoría la gente, sin embargo, en Estados Unidos el trato del Anglosajón era amable pero algo forzado, sin veracidad, esto porque no era bien recibido en el fondo pero, por miedo a las consecuencias, debían comportarse civilizadamente. Tal vez, hacia sus adentros, me decían “Go Home Wetback!” pero en vez de eso me decían “Have a nice day Sir”.

Volviendo al tema del consumismo, fuimos a uno de los Centros Comerciales más grandes del mundo (sino es que el más grande) llamado Sawgrass Mills. Es algo impactante, un reflejo fiel de la cultura gringa, un monumento al consumismo capitalista en su máxima expresión, con una cantidad enorme de tiendas, casi todas con ofertas irresistibles y llenas de compradores enloquecidos. El sistema esta planeado para que consumas sin parar, sin importar que lo te endeudes. Es un reflejo fiel y puro del decrepito capitalismo, mismo que está llegando a sus límites, prueba de ello los recientes problemas económicos a nivel mundial. Cuando caduque dicho sistema ¿Qué va a ser de los estadounidenses cuyo Status Quo está basado en consumir sin freno?

Es tal es acoso comercial al que uno es sometido que, ni siquiera yo, que cierro la cartera en estos meses, pude evitar comprarme unos perfumes a la mitad de precio, de lo que normalmente me hubieran costado en México, pero que a fin de cuentas no eran un gasto planeado. Tal vez, si no tuviera que dar un pago fuerte de mi casa en este mes, es factible que me hubiera “soltado el pelo” y comprase sin restricciones. Me voy a abstener de mencionar todo lo que mis amigos compraron por respeto a su privacidad, pero ciertamente fue bastante.

             Ahora, otro tema que no puedo dejar de mencionar es la cantidad infinita de mujeres hermosas que vimos. Obviamente no todas lo eran, pero mis amigos y yo andábamos como perros en carnicería: con la boca abierta y babeando por el bello espectáculo. De hecho, quitando a las que no nos resultaban atractivas, había tres categorías: Buenas, Buenísimas y “¡No me “$%&#%! ¡No puedo creer que existan mujeres así en este mundo!” 

Obvio no todas esas linduras eran gringas, calculo que la mitad eran estadounidenses y la otra mitad eran latinas. También ayuda el clima tropical, ya que promueve el uso de pantaloncitos cortos y falditas que permiten admirar toda la perfección anatómica de las féminas. Honestamente, sólo por ver todas esas bellezas, valió la pena el viaje, lo malo fue regresar y dejarlas atrás :-(

No sólo vimos mujeres así en el Mall o en el Estadio, también fuimos a un club nocturno llamado “Mango’s” en dónde las bellezas abundaban (todavía llevo en mi “corazón” a dos que sacaron a mis ojos de sus orbitas). Ya hablando de baile, me estaba sintiendo frustrado, porque fueron seis (¿o siete?) mujeres que se negaron a bailar conmigo. Fue hasta que una güera, que tenía de guapa lo que tenía de amable, y una mulata dominicana, muy alegre, las que accedieron a bailar conmigo y ya me sentí feliz (y más tranquilo).

Regresemos al tema de la comida, debido a los comerciales gringos que he visto en el SKY, tenía la expectativa/sueño de comer en el Buffet llamado “Golden Corral” y recordé que uno debe tener cuidado con lo que desea, porque se le puede cumplir. A pesar de que en mi tierra sobresalgo por mi gula, en Estados Unidos fui humillado por profesionales. Yo, que me consideraba un tragón de élite, fui bajado de mi nube al conocer a estos seres enfermos de otro planeta: ¡Qué bárbaros! ¡Cómo comen!

Por primera vez experimente algo que no me había pasado: estaba hastiado de comida. ¿Por qué comen tanto? Tal vez por la angustia en la cual viven, tal vez por cuidarse de ser demandados, tal vez por la necesidad de consumir tanto como les sea posible en todos los aspectos de su vida y por eso tragan sin parar. Es más, aún no acababa de digerir y veía con sorpresa que ¡ya era hora de comer otra vez!

Lo que me hace más increíble dicha gula es que los platillos no son nada del otro mundo, son bastante simples, es más, las versiones mexicanas de su misma comida es más interesante que la que le dió origen. Además, aunque los víveres en todo el mundo se tornan menos naturales con el paso del tiempo, me llamó la atención lo difícil que resultaba digerir la chatarra que los gringos tienen por alimento, tal vez sea por tantos conservadores, grasas, colorantes, saborizantes, carbohidratos y demás. Casi nunca sufro problemas estomacales pero, en esta ocasión, vaya que sufrí malestares por la mala digestión, y los que sufrieron las fétidas consecuencias fueron mis compañeros de viaje (ya lo tenía traumatizados a los pobres).

Volviendo a los efectos de la paranoia en la que viven los gringos, debido al miedo de ser demandados, afectados o no afectados por terceros, tiene dos fenómenos diametralmente opuestos: Alguna vez escuche que el gringo promedio es Homero Simpson y ahora que visite la tierra de las barras y las estrellas, lo corroboré con mis propios ojos, ya que el habitante Standard de este lugar es muy ñoño, bobo y hasta vacío, son demasiado simples, y creo que a eso se ven orillados como instinto de conservación para no ofender a nadie alrededor. Aunque también es fomentado por su incultura, ya que para ellos sólo existe su nación (cuyo mayor atractivo es el consumo enfermo) y al resto de países nos hacen el favor de habitar en “su” mundo. El otro efecto de su paranoica vida, al verse tan truncados en su libertad y no poder ser ellos mismos, desahogan esos instintos retenidos (incluida la violencia natural del humano actual) a través de perversiones más enfermizas que las del resto del mundo.

Retomando un tema que toque en mi ensayo sobre Alemania, me parece que en México tenemos más libertad que en Estados Unidos y que en el país teutón. Nuestros vecinos del norte se portan bien por miedo a ser demandados por cualquier persona (incluidos familiares); el buen comportamiento de los alemanes se basa en reglas estrictas y sanciones severas que los mantienen bien alineados. Ciertamente nosotros los mexicanos tenemos tanta libertad que degenera en el libertinaje y caemos en las faltas de respeto hacia el prójimo, hacia nosotros mismos y hacia nuestro país, ¿cuál de los tres venenos prefieren?

Durante una comida en el trabajo, dos compañeros discutían en dónde es mejor vivir, si en Alemania o en Estados Unidos. Ambos dieron argumentos muy válidos, soportando la perspectiva de cada cual; sin embargo, ahora que conozco una parte de ambos países, no tengo duda alguna en decantarme por los teutones, porque es una cultura más interesante, organizada, madura, auténtica y respetuosa, algo que es factible que nuestros vecinos del norte jamás alcancen, sobretodo si continúan por el camino del consumismo extremo y sin sentido.

A pesar de la monstruosa influencia que tenemos de los gringos, el último día de mi visita, ya estaba harto de su “cultura”. Comprobé, con cierta alegría, que los mexicanos seguimos teniendo una personalidad propia, a pesar del bombardeo mediático e ideático al que somos sometidos por nuestros vecinos norteños. Me resulta increíble que una sociedad tan hueca, consumista, paranoica, ególatra y falsa tenga una presencia tan apabullante en el resto del mundo y, sin embargo, aún son el país más importante del mismo (por algo ya llevo dos escritos dedicados a ellos, contando éste).

Es claro que Florida no puede definir la totalidad de la cultura estadounidense, así como tampoco lo hace Puebla con México o Baden-Wüttemberg con Alemania, pero sí es un hecho que cada uno de esos estados tienen mucha esencia de lo que identifica a cada uno de los países a los cuales pertenecen; por eso mismo, es factible que muchas de las percepciones que les comparto se acerquen bastante a la realidad.

            Hebert Gutiérrez Morales.

viernes, 2 de diciembre de 2011

El Robo de la inocencia

            Me pareciera que toda la inocencia con la que naces es una especie de divisa, con la cual vas pagando las experiencias que obtienes en la vida. Debido a esta transacción hay dos tipos de riqueza: La madurez y la inocencia misma. Por lo mismo llegamos a envidiar a los infantes, por todas las ilusiones y limpieza que tienen en su ser y, por otro lado, admiramos a la gente sabia, por toda la experiencia y conocimiento que han acumulado a lo largo de los años.

            Mientras leía “Donde Mejor Canta un Pájaro” de Alejandro Jodorowsky, había un pasaje en dónde sus padres se encuentran con un pseudo Mesías y, mientras transcurría el relato, ya vislumbraba la estafa próxima de la cual iban a ser objeto. Efectivamente aconteció como me lo imagine y ahí recordé algo similar que me paso al leer otra obra.

Mi amiga Lesly es la principal proveedora de lectura que tengo, ya que ella lee en cantidades industriales y luego me presta sus libros. En alguna ocasión me dió “La Danza del Chivo” de Vargas Llosa, al comentar lo que llevaba leído y darle mis suposiciones de lo que iba a pasar, me dijo que tenía una mente cochambrosa por lo malpensado que soy y que estoy muy maleado. Todo esto se dió porque vislumbre, de manera temprana (ni el 20% de la historia había leído), la razón por la cual la protagonista había abandonado República Dominicana. Mi amiga no comprendía que yo adivinara algo tan perverso ya que, cuando ella llegó a esa parte de la obra, entró en shock por lo enfermiza que resultó la situación.

            Son pocas las obras (léase libros, series, películas, historietas, documentales, etc.) que me llegan a sorprender. Tal vez esto sea producto de la poca creatividad humana, bien dicen que no hay nada nuevo bajo el sol o, como canta Miguel Bosé, “somos los mismos envueltos en novedad”. Es factible, como dice mi amiga, que este muy maleado y lo podría creer pero, por fortuna, todavía llego a encontrar alguna historia que me sorprende con algo inesperado, aunque ciertamente son las menos. En un futuro escribiré sobre el género en dónde encuentro más creatividad y me veo asombrado constantemente, a pesar de tener también muchas obras muy predecibles: el Manga y el Anime. Tal vez sea porque la japonesa es una cultura con personalidad tan sui géneris que le acomoda bien a mi inconsciente.

Ciertamente puedo ser muy ingenuo en algunas ocasiones (sobretodo al momento de relacionarme) pero las experiencias de la vida lo hacen a uno ser mal pensado y procuras tomar precauciones. Esto se debe a la “lacra” social con la que uno tiene contacto, aunque no quiera, ya que es la mayoría de la Sociedad. Esto hace que el paradigma de la existencia cotidiana se vaya transformando.

Por ejemplo, hubo una noche en la cuál me robaron los espejos del auto, con todo y carcazas. Cuando me subí y empecé a manejar, no me dí cuenta del atraco, es más, al voltear a espejear, mi cerebro no comprendía por qué no podía hacerlo, no entendía que dentro de un estacionamiento se robaran algo del auto, era incomprensible para mi psique. Como estacionamiento mexicano típico, no se hacían responsables de robos por lo que, a partir de entonces, me fijo no sólo en qué lugar estaciono mi auto, sino también que esté cerca de la caseta para que los ladrones se inhiban un poco más.

Ni siquiera la “protección divina” surte efecto ante los cacos. En alguna ocasión acompañe a mi entonces esposa a la Iglesia, no entre al templo pero me quede a la entrada en gesto de solidaridad. Cuando subimos al auto, que estaba estacionado al lado del recinto, arranque pero avance con dificultad. Algún familiar de ella me hizo notar que se habían robado la llanta, hecho que me extraño bastante, porque este país es enfermamente católico pero ni eso basta contra la desvergüenza de los ladrones. Eso lo tome como un “mensaje divino” en donde se me decía “No vuelvas a venir a la Iglesia”.

A lo largo de los años me han quitado dinero, neumáticos del auto y espejos del mismo. Sin embargo, aunque no fue el más oneroso, el robo que más me ha marcado en toda mi historia fueron unos boletos de circo, los cuales me han traumatizado a lo largo de mi vida. Fue la primera vez que me atracaron y mi indignación era monumental.
                       
Aquella ocasión, un primo y yo habíamos comprado las entradas para ir al Circo, mismos que balanceaba en mi mano porque la emoción de tenerlos era grande, yo tendría alrededor de ocho años. Fue entonces cuando unos mocosos, calculo de mi misma edad, llegaron sigilosamente por atrás y ¡me los arrebataron!; aunque corrimos tras de ellos, nunca pudimos alcanzarlos. Lloré inconsolablemente por mucho tiempo, sin importar que mis padres me hayan comprado otros tickets.

Ahora comprendo que mi llanto iba más allá de las entradas al espectáculo, estaba llorando porque aquel día me di cuenta que el mundo no era bueno. Cuantitativamente fue el robo más barato de mi vida sin embargo, de manera cualitativa, ha sido el atraco más grande que jamás experimentaré porque nunca recuperaré lo que perdí aquel día: el primer pedazo de una inocencia inmaculada.

Aunque el precio fue muy alto en aquella ocasión, el aprendizaje también lo fue, a partir de entonces empecé a tener más cuidado con mis posesiones, a no confiar a las primeras de cambio y a no fiarme de que todo el mundo es bueno. A pesar de todo ello, no pude evitar ser robado nuevamente a lo largo de mi existencia pero, de no haberme robado los boletos de circo, seguramente, hubiese sido víctima de más atracos con el tiempo.

No sé qué tan bueno o que tan malo sea todo esto, podría decirles que es práctico para el status quo del mexicano aunque, no por ello, signifique que sea correcto. Me explico, la última vez que me robaron algo del carro fue en un estacionamiento de un restaurante a plena luz del día. En esa ocasión iba con unas amigas y cuando regresamos al auto lo encontramos con las ventanas abajo y las bolsas de ellas no estaban. Mis amistades estaban fúricas y muy afectadas por el incidente mientras que, calladamente, verificaba con sorpresa que no se habían robado el stereo, los espejos ni las llantas (o eso creía en un inicio).

Después de dejar a mis amigas en su casa, mi instinto me dijo “hay algo mal, no puede ser tan fácil”, así que verifique la cajuela y comprobé que mi sospecha era cierta: se habían robado la llanta de refacción. A diferencia de ocasiones anteriores, lo tome con filosofía y pasmosa tranquilidad: En primer lugar, ya no ganaba nada enojándome, en segundo lugar agradecí que no se robaran más cosas y, finalmente, reconocí mi error por estacionarme en un lugar sin vigilancia (independientemente que fuese de día). A partir de entonces reforcé la atención que pongo en donde me estaciono, ya sean lugares públicos o privados.

Debo reconocer que esta situación es triste, porque uno se ve obligado a vivir tras las rejas en su propio hogar (mi casa tiene protecciones de pies a cabeza), o comprar accesorios extra para el auto (como birlos de seguridad) para ahuyentar a ladrones. Obviamente con protecciones o sin ellas los bandidos pueden atracarte pero, conociendo la ideología mexicana, siempre se van a tomar la elección más fácil en lugar de la más compleja, y por eso mismo les pongo trabas para que busquen opciones más accesibles.

Ahora, no hay que ser pobre para ser ladrón. Como he mencionado en otros escritos, el nivel de desarrollo de las personas no va obligadamente ligado al nivel socioeconómico, como lo demuestra el fraude del cual fui objeto por parte de Sitma, aunque ya escribí un ensayo completo de eso.

Sin embargo, tal vez los robos más importantes no sean los materiales, hay muchas experiencias en la vida que exigen un tributo; es ahí cuando sacrificas una gran parte de inocencia o bondad, esa con la cual todos nacemos y en algún momento pareciera infinita, para conseguir una pequeña parte de experiencia. Al ir creciendo esa limpieza va disminuyendo a ritmo acelerado, y la madurez no crece a la misma tasa.

Una de las consecuencias de tanta inseguridad es que uno ya no puede ser tan abiertamente generoso, por no decir que se vuelve mezquino, por toda la desconfianza que genera tanto gandaya que prolifera en este país y, supongo, en el mundo. Por ejemplo, al ir manejando, veo personas que perfectamente podría darles un aventón y, aunque parezcan confiables y agradables, mejor opto por no hacerlo, debido a tantas historias, sobre secuestros y asaltos, de gente extraña a la que se le dió un “Ride”.

En esos casos me digo “Chin, prefiero pecar de desconfiado que hacerlo de inocente y salir perjudicado” aunque, de igual forma, no creo que aceptasen tan fácilmente un aventón de un extraño, por esas mismas historias que hay sobre actos criminales pero por parte de los, supuestamente, acomedidos conductores.

            Lo mismo pasa cuando te piden un donativo para alguna causa benéfica desconocida: no sabes si en realidad se va aplicar en algo bueno o son holgazanes que se va a “clavar” tu dinero. Otro ejemplo, cuando se me acerca alguien pidiéndome alguna moneda porque no tiene para regresar a casa, esto con el pretexto que les robaron; opto por darles la moneda que tengo, aunque siempre me quedo con la sensación de que pude ser timado por gentuza que se aprovecha de la bondad de los demás para obtener dinero fácil.

            Eso sí me molesta de esta situación de inseguridad y gandayez en nuestro país, el que nos quiten la posibilidad de dar abierta y generosamente, hacer el bien es de los mayores placeres que uno puede tener en la vida y, por causa de estos individuos sin escrúpulos, uno ya debe cuidarse y sacrificar a justos por pecadores.

            Pero no sólo los ladrones y escritores perversos te van manchando esa limpieza de espíritu, el ambiente mismo y las situaciones en las que te encuentras también te van mermando bondad. Podría contarles cómo me entere de la verdadera identidad de Santa Claus y los Reyes Magos, o podría contarles de alguna de las veces que me han roto el corazón inclementemente pero, para variar un poco, voy a compartirles historias similares pero con un rol distinto, en donde fui el “malo” de la película.

            No sé qué sea peor, que te roben la inocencia o que tú se la quites a alguien más. En mi último año de primaria, al ir caminando con mi amigo Iván hacia su casa, se presentó el siguiente diálogo:

I: “¿Qué le vas a pedir a los Reyes?”
H: “¿A tus vecinos los Reyes? No les tengo confianza para pedirles algo”
I: “¡Noooo! ¡A los Reyes Magos!”
H: (Dos años antes me había enterado de la verdad) “¿Es broma verdad?”
I: “¡Noooo! ¡Dime! ¿Qué les vas a pedir?
H: “Iván, ¿Sabes quiénes son los Reyes Magos?”
I: “¡Claro Tonto! Son Melchor, Gaspar y Balthasar”
H: “Ja ja ja ¡No manches! ¿En serio?” (Creo que ahí nació el Sarcasmo que tanto disfruto y hoy manejo con tanta maestría).

No les voy a alargar el diálogo, sólo les voy a comentar que él me contó con toda la ilusión posible toda su lista de regalos. No sé si me dió un ataque de sentido común, uno de crueldad o tal vez de envidia, pero le solté a bocajarro la verdad. Obviamente él no me creyó, sus padres me regañaron, tratándome como un monstruo sádico y sin sentimientos, pero la verdad ya no podía ser escondida e Iván corroboró, con ciertos amigos de confianza, la verdadera identidad de los Reyes Magos.

            Sin embargo, a pesar de mis escasos once años, en ningún momento me sentí culpable, al contrario, creo que le hice un favor a mi amigo (aunque pocos lo vean así): No podía permitir que llegara a la salvaje Jungla que significa una Secundaria pública mexicana como un corderito listo para ser sacrificado. Si un varón llega a primer año de Secundaria preguntando a sus compañeros qué le iban a pedir a los Reyes Magos, hubiera tenido tres años de intenso acoso y opresión (Si los hace sentir mejor, es exactamente lo que yo sufrí, aunque por distintas causas).

            ¿Por qué lo veo como un favor? Primero porque fue en privado, su humillación sólo fue presenciada por mí, además prefería que fuese yo a que alguien más sádico hubiera aprovechado el tema para mofarse de él en público, además de que le ahorre sufrimientos futuros. Ahora, no estoy diciendo que me sienta bien al respecto pero, a veces, pareciera que el sentido común también debe tener toques de crueldad, o por lo menos es a lo que nos vemos orillados en este mundo, cada vez más, perverso. La inocencia no tendría que ser un obstáculo, pero a veces lo es, porque esa limpieza propia pareciera provocar la violencia de otros que la perdieron hace mucho tiempo.

            “Can you see the beauty inside of me? What happened to the beauty I had inside of me?” – U2 (from the song “City of blinding Lights”)

              Sin embargo, 16 años después de la anécdota con mi amigo Iván, hubo una experiencia que sí me costo bastante inocencia, ya que me vi obligado a hacer algo que no estaba en mi esencia.

              A veces la vida es muy irónica, y está bien porque eso la hace interesante. A lo largo de mi existencia he tenido un historial poco exitoso en las relaciones sentimentales, por lo que normalmente eran mis sentimientos los que salían lastimados. Sin embargo, ya me tocó herir sentimentalmente a una mujer. Hay uniones que nunca deberían ser pero, muchas veces, no lo sabes hasta que estás envuelto en la misma y entonces debes terminar a la brevedad, antes de que continúen con el daño.

No sé si sea obsesión, capricho o falta de orgullo, pero muchas personas solemos caer en la insistencia aunque se nos haya dicho “No”. Si te insisten, y no entienden de manera amable, hay que tomar una postura cruel e intransigente para cerrar claramente cualquier posibilidad a una relación que es nociva para ambos lados: “Te quiero, pero no te amo” fueron las palabras que me obligaron a mencionar.

            A pesar de lo ácidos que puedan ser mis escritos, mi esencia es muy pacifica, porque no me agradan las situaciones incómodas ni las personas agresivas. A mí me gusta ser civilizado en todos los aspectos posibles de mi vida. Pero, en aquella ocasión, me vi obligado a ir en contra de mi naturaleza y poner fin a algo que nunca debió ser. Independientemente que no la amaba, a pesar de nuestras profundas diferencias, sin importar todo lo malo que experimente a su lado, a pesar de todo ello, no me sentí orgulloso de lastimarla emocionalmente y, sin embargo, era el precio necesario para asegurarnos un futuro feliz (alejados uno del otro).

            Aquella noche sacrifique un gran pedazo de mi inocencia y bondad para obtener una pequeña dosis de madurez, es cuando aprendes que hacer lo correcto no siempre es lo más agradable, es cuando entiendes que lo ético no significa “bonito”, es cuando maldices a un mundo que te obliga a dejar tu niñez para dar paso a la adultez (quieras o no).

           “Time…time won’t leave me as I am, but time won’t take the boy out this man!” – U2 (from the song “City of blinding Lights”)

            Honestamente, espero que el día de mi muerte aún quede algo de inocencia en mi ser porque, de no ser así, no quiero imaginarme lo triste que sería tener una existencia que exija toda tu limpieza vital a cambio de sobrevivir.

            Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Los Ricos de tres días

            En mi trabajo tenemos un comedor de paga en donde ofrecen desayunos muy buenos y generosos. Cuando llego a ir a con mis amigos, procuro que no sea el día en que cobramos, porque es cuando los “ricos de tres días” proliferan y abarrotan el lugar.

            ¿Por qué son “ricos de tres días”? Porque durante un par de días, después de la fecha de pago, salen a comer a buenos restaurantes, van al cine, salen a bailar, al Table Dance, a pasear el fin de semana en algún lugar bonito u otras actividades; esto mientras tienen algo de dinero (que la gran mayoría usan para saldar algunas de sus múltiples deudas). ¿Qué pasa el resto del mes? Obviamente se ven obligados a llevar una existencia austera “con el Jesús en la boca” esperando que, lo que les quedó de su paga, les sea suficiente para sobrevivir y llegar a la siguiente nómina, que es cuando vuelven a recuperar su status de bonanza temporal (y el ciclo comienza nuevamente).

            A veces pienso que soy el único que encuentra este comportamiento estúpido e inmaduro, ¿para qué darte un nivel de vida que no es el tuyo? ¿Por qué endeudarte con algo que normalmente no puedes costear? ¿Acaso no hay suficiente honestidad, sentido común y madurez para vivir acorde a tus posibilidades? Estos farsantes siempre contestarán con “Lo bailado nadie te lo quita” y tendrán razón, pero las deudas y el estrés de mantener un espejismo tampoco te las quita nadie.

            Me molesta mucho la gente falsa, “Fantoche” como decía mi Abuelita, que quieren aparentar algo que no son. Este es un hecho tan generalizado, que lo extraño es tratar de ser auténtico (a veces se logra y otras no); personalmente intento ser lo más congruente posible, pero no puedo negar que también llego a caer en actitudes fingidas y/o falsas, no estoy orgulloso de eso y trato que sean las menos en mi accionar diario.

            Y vaya que sé de fantocherías porque, independientemente que de aquí trabaje y coma, vivo en una ciudad que bien podría considerarse el reino de la falsedad. En este ambiente pesa más lo que los demás opinen y/o perciban de ti a lo que en realidad eres o el concepto que tengas de ti mismo. Si los demás te ven bien, importa un comino que tú te sientas de la fregada por dentro y, siguiendo con la lógica retorcida, cualquier posible felicidad interna pasa a segundo plano si el resto de la sociedad te rechaza.

Voy a mencionar un hecho que lo ejemplifica, anteriormente vivía en una zona más modesta que la actual, ambas en el mismo municipio, así que deberían aplicar las mismas reglas ¿no creen? Pues me equivoque, una muestra es el suministro de agua: en la zona sencilla se liberaba dos veces a la semana, en ciertos horarios, sin importar que el tiempo era insuficiente para llenar las cisternas; mientras que en la zona bonita el agua está disponible permanentemente. Otro caso es la recolección de basura, en la zona “nice” se hace tres veces a la semana, a primera hora y muy puntual, en la zona austera pasaban sólo dos veces y, en algunas ocasiones, se atrasaban, por lo que había que esperar otro día o, de plano, no pasaban hasta la siguiente semana.

¿Por qué? Porque la zona bonita es de personas más pudientes y ahí me queda clara la discriminación que nosotros mismos nos aplicamos, y ni siquiera por tener más dinero, porque muchos habitantes de la zona “nice” pagan renta, mientras que en la zona sencilla la mayoría somos propietarios de los inmuebles. Simplemente es la fantochería de vivir en un lugar más bonito o más grande.

            Aclaro que el fraccionamiento que llamo modesto no es de clase baja, en realidad es de clase media, el cual es digno, limpio y organizado, en donde la mayoría tenía su vivienda comprada y pagan un mantenimiento mensual de $300 pesos. Cuando me mudé al fraccionamiento más bonito, con casas más grandes y, en teoría, en donde la gente ya es de clase media alta, debería encontrar vecinos más refinados y/o educados, pero me equivoque.

            El 75% de las viviendas son rentadas, y la mayoría no paga un mantenimiento de sólo $150 pesos, además de que hay constantes faltas de respeto o poca civilidad entre los vecinos. Aparte de la falta de educación ¿por qué rentar una casa cara cuando, con la misma mensualidad, puedes comprar una vivienda en el otro fraccionamiento? Porque le dan valor a la apariencia y no a la esencia. Me parece ridículo prodigar un espejismo en vez de ver por el bienestar de la familia en un patrimonio factible de financiar.

 “Son de los que comen frijoles y eructan caviar” – Frase oída en La Disposición

Eventualmente te das cuenta que es imposible mantener esa inmaculada imagen además de que causa más miseria que alegría porque, tarde o temprano, nos caen “con las manos en la masa”, y uno queda peor que la verdad que trataba de ocultar, ya que se agrega el “mentiroso” y/o “fantoche”. Da más pena al caer la máscara que al haber sido honesto desde el inicio. El que pretende ser algo que no es, resulta patético, porque el miedo de ser rechazado es mayor que el posible placer de ser verdadero. 

Es muy agotador estar todo el tiempo en estado de alerta para no ser “descubiertos” por los demás, y conozcan nuestra realidad. Cuando esta prostitución de ideales se va haciendo costumbre, se torna un mecanismo automático el pensar primero que dirá o le gustará al resto del mundo antes de preguntárnoslo a nosotros mismos (en ocasiones ni siquiera nos lo preguntamos). Esto se queda como un vicio desde la juventud, y ya no nos expresamos, así que adoptamos poses o ideas “políticamente correctas” o populares para no ser criticados. Por temor a las burlas, al rechazo y a la “terrible” soledad seguimos comportamientos seguros. Es un círculo vicioso que se ha perpetuado a través de los siglos y que se ha perfeccionado durante la historia de la “civilización” (no lo entrecomillaría si en verdad fuésemos civilizados).

La fantochería la aprendí desde niño (al igual que la mayoría). Recuerdo que en la casa teníamos una limpieza estándar, no impecable pero tampoco un mundanal; sin embargo, el día que recibíamos a alguien externo, el esmero para que nuestro hogar quedara reluciente era impresionante. Al inicio pensé que este fenómeno era netamente familiar, después comprendí que era generalizado, porque lo mismo contemple en todas las escuelas por las que curse: al tener alguna visita importante, abundaban las acciones especiales para dar una imagen mucho mejor a la cotidiana (pero falsa a fin de cuentas).

Es más, a pesar de que laboro en una empresa de clase mundial, exactamente pasa lo mismo en mi trabajo cuando viene alguna distinguida visita, como el presidente de México o el presidente del Consorcio Volkswagen. Aclaro que nuestras instalaciones están aseadas todo el tiempo pero, al recibir a alguien “pesado”, no es raro que se corte el pasto, se retoquen las instalaciones y se limpian exageradamente todos los lugares por donde pasaran los invitados. No entiendo de dónde viene esa necesidad de dar una imagen de lo que no sé es, pero me queda muy claro que se presenta en todos los niveles.

Creo que no lo podemos evitar a nivel cultural ya que, no lo voy a negar, también me esmero en limpiar mi hogar en las pocas ocasiones que alguien me visita. A pesar de ello, haciendo una analogía, mi “casa de ideas” trato de mantenerla limpia, no voy a decir que impecable, y es que tengo la meta de, algún día, ser totalmente congruente entre lo que hago, digo y pienso. Aunque he avanzado en ese tema, tengo que reconocer que aún caigo en actitudes falsas que hieren mi alma y me entristecen internamente. He aprendido que no puedo cambiar al mundo, así que debo mejorar MI mundo, a través de mejorarme a mí mismo.

¿Para qué modificar nuestro ser en afán de agradar a personas que NUNCA van a aceptarnos? Es un sacrifico inútil, porque esos seres miserables siempre van a encontrarle un “pero” a nuestra forma de ser, siempre encuentran el pelo en la sopa. Con el tiempo, aunque no es obligatorio, uno se debería cuenta que puede empezar a ser como es y no sólo va a encontrar detractores, también va a encontrar personas que lo acepten tal cual. Es cuando encontramos a seres más honestos, no necesariamente que estén de acuerdo con nosotros, pero lo suficientemente civilizados y desarrollados para respetarnos en vez de juzgarnos. ¿En qué consiste dicho respeto? En no cambiarnos. TODO el mundo juzga a TODO el mundo, eso es inevitable en la naturaleza humana, pero el respeto radica en guardarte una opinión que nadie te pidió y no tratar de cambiar a alguien a la manera que nosotros queremos.

“Si quieres agradarle a todos, sólo aseguras no agradarle a nadie” – Hebert Gutiérrez Morales.

Precisamente porque me desagradan los farsantes, trato de evitarlos a toda costa. Costco es un imán para este tipo de personas, por eso me gusta ir en días y horarios en donde hay escasa gente, como las noches de fin de semana (cuando los fantoches están cenando, en el cine, preparándose para salir al antro y demás). Hace un par de meses, Viernes en la noche, me encontré con la desagradable sorpresa de que el lugar estaba lleno a tope, por lo que me pregunte “¿Qué hace toda esta pinche gentuza en mi tienda?” (Cuando voy, y no hay nadie, siento como si fuera de mi propiedad).

Note que todo el mundo estaba comprando artículos grandes y de precio considerable: refrigeradores, muebles, electrodomésticos, Pantallas, Lap Tops, etc. No encontraba una explicación lógica para dicho fenómeno pero, al ver la publicidad, me entere que TODAS las mercancías estaban a 12 meses sin intereses (incluyendo las compras cotidianas), y ahí supe por qué estaba lleno.

Esa es de las falsedades más grandes en la sociedad mexicana. En países desarrollados y civilizados (como los europeos) no existen esas compras a pagos diferidos. Obviamente tienen otra calidad de vida, pero el tema no pasa por el dinero (porque también los precios son más altos), es un tema de cultura y educación: si tienen recursos suficientes lo adquieren, si no los tienen, ahorran y lo compran o, aunque lo quieran, si no tienen lo necesario, simplemente se abstienen.

El mexicano adquiere tantos productos a través de los pagos diferidos que, normalmente, no podría comprar. Esto en vías de darte un status social que no puedes costear por lo que, eventualmente, la trampa se va cerrando, ya que en el momento sólo ven mensualidades pequeñas pero “de a poquito en poquito se va llenando el cochinito”, en conjunto su deuda los va ahorcando debido a los diversos pagos que se les acumularon por tanta banalidad pero, eso sí, endeudados pero con su refrigerador de última tecnología, sus pantallas de tercera dimensión o sus lavadoras ultramodernas.

No sé si es por educación o por esencia pero sólo compro cuando tengo con qué pagar y, si no lo tengo, simplemente me pregunto “¿En verdad lo necesitas?” y como casi siempre la respuesta es NO, puedo vivir sin algo banal. No me es importante dar una imagen falsa al tener productos que no puedo pagar de contado. Sé que es mi manera de verlo, porque muchos argumentan que es la única forma que se pueden hacer de objetos materiales grandes. Esto último no lo niego, lo que cuestiono es adquirir algo que está más allá de tu nivel o status. El problema radica en que no tienen la suficiente tranquilidad o madurez para aceptarse y quererse como son, por lo que siempre están en la búsqueda de aparentar (mas no ser) algo más, ese rango superior que tal vez nunca alcancen.

“Es mejor ser odiado por lo que eres a ser amado por lo que no” – Kurt Cobain

¿Cuál es el origen de toda esta actitud neurótica? ¿Por qué quebrarnos la cabeza en fingir algo que no somos en vez de aceptar lo que sí? Uno de los placeres infinitos de la sociedad es el señalar a sus individuos, para que no se atrevan a serlo: seres individuales con personalidad propia. Resulta increíble que el ser auténtico es casi imposible y, contrariamente, el ser falso en todo momento es una “habilidad” que una gran cantidad de personas desarrollan con facilidad, sobretodo en la adolescencia, que es la edad de la fantochería por excelencia.

Esa época en dónde se está en búsqueda de la identidad y uno se cree lo máximo de la creación. No crítico esa postura, lo malo es la enorme ansiedad que los adolescentes están viviendo respecto a su imagen y pocas veces aceptan ser su mejor versión, y en su lugar están intentando ser algo que no son pero que se ve bien “cool”.

Aún tengo actitudes farsantes remanentes de la adolescencia, porque me llego a comportar de cierta manera en algunas situaciones, para mantener una imagen que me resulte conveniente. Sin embargo, existen asuntos de fondo en los que uno no puede darse el lujo de ser deshonesto, y es que hay muchas situaciones, actitudes, sentimientos, posturas e ideas que uno no puede fingir (o no debería hacerlo).

Había una época en la que me apenaban muchos hechos: como el aceptar que no llevaba el apellido de mi papá (por ser hijo del primer matrimonio de mi mamá), me apenó reconocer que durante doce años de mi existencia habite en un pueblo, al cuál odie con toda mi alma por estar fuera de la civilización. También me apenaba admitir que había estudiado en una Universidad “Patito” (aunque hoy en día ha crecido). Cuando vivía en el DF también sentía pena por admitir frente a mis amigos que no habitaba en la misma zona de la escuela, al igual que ellos.

Fueron muchas cosas que experimente a lo largo de mi niñez y adolescencia; hoy en día puedo admitir todo eso que antes me apenaba y mucho más, porque me acepto, además es muy desgastante cuidar una imagen ante todo el mundo, en el intento de ser perfecto (que, aunque lo llegara a ser, de todos modos sería acribillado con críticas). No me importa lo que puedan pensar de mí, si alguien no está feliz con lo que soy, pienso o digo, pues no voy a cambiarlo sólo para evitar que se ofenda, porque es imposible agradar a todos.

Por eso es mejor ser auténtico, cierto te van a criticar más, pero te pondrán más atención que a alguno de esos autómatas programados por la sociedad misma, porque es más entretenido fijarse en alguien con personalidad propia que en alguien acartonado. A veces hay cierto pudor por ser o expresar lo que uno es, decir lo que uno piensa y hacer lo que uno en realidad quiere, en otras ocasiones hay intereses involucrados. Conforme te vas curtiendo, te das cuenta que la opinión de los demás ya no es tan vital, por lo que empiezas a ignorarla y darle más valor a lo que en verdad quieres. Por pensar así, muchas veces he sido tachado de cínico, en otras ocasiones la gente se me queda viendo horrorizada por expresar ideas que no son políticamente correctas, en muchas oportunidades voy en contra de las “buenas costumbres” pero, en todas esas situaciones, le he sido fiel a mi esencia. Muchos se sentirán ofendidos porque voy contra sus ideas, pero el daño que creen que les propine está sólo en su cabeza, ya que sólo estrese sus prejuicios, en ningún momento los he dañado como seres humanos.

Hace unos meses me lleve una linda sorpresa respecto a este tema. Salía con cierta chica y, al comentarle anécdotas de mi natal puerto, ella me dijo con toda la naturalidad del mundo “Yo no conozco Veracruz”. Para mí fue un doble impacto: en primer lugar porque era la primera persona que encontraba, en toda mi vida, que no conocía mi lugar de origen. En segundo lugar, y lo más importante, me quede conmovido y con una muy grata impresión por la seguridad, limpieza y honestidad con la que acepto su status, esto en lugar de mentir para dar una imagen falsa y “quedar bien”. Confieso que, a sus 25 años, yo hubiera mentido para “verme bien”, es más, estoy seguro que ella es un caso único, porque casi la totalidad de las personas a esa edad hubieran mentido para evitar la “pena” de no conocer el puerto más importante de México. Esto me recordó que hay que procurar relacionarse con gente que tiene la capacidad de aceptarte tal cual eres.

¿Qué no sólo tenemos una vida cada cual para disfrutar lo que cada uno de nosotros quiere? ¿Acaso no es obvio que es imposible agradar a un monstruo de infinitas cabezas cuyo placer es encontrar algo con que juzgarnos? Si de por sí vamos a ser señalados, por lo menos que sea por algo que decidimos nosotros mismos, así será justo el juicio, y no andar sufriendo por las tonterías que alguien más nos inculco.

Afortunadamente las poses que hoy en día se mantienen vigentes en mi persona son las menos y, créanme, me esfuerzo para aniquilarlas definitivamente, tomo la parte que me toca de toda esta crítica, esto con el fin de madurar y ser fiel a lo que soy y dejar de aparentar lo que no está en mí. La manera más pacífica de vivir es aquella en la que te asegures de poder verte al espejo y no recriminarte nada, es irte a la cama con la consciencia limpia y sin pendientes en la cabeza, es la tranquilidad de transitar tu existencia sin la angustia de que se te descubra en la farsa y se te tache de mentiroso. Tal vez alguien se haya molestado por algo que hayas dicho o hecho, pero esa molestia no se compara con la deshonestidad de haber hecho lo contrario a tu esencia.

Finalmente, prefiero realizar mis actividades de manera libre, y en cualquier día que se me pegue la gana, en lugar de estar limitado a sólo tres días, eso sin mencionar que también gusto de dormir serenamente, sin pensar en deudas económicas o sociales.

Hebert Gutiérrez Morales.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Mi primer amor

        "Al primer amor se le quiere más, a los otros se les quiere mejor" - Antoine de Saint-Exupéry


         Al iniciar el último semestre de la carrera, estaba decidido a aprender japonés, así que aquella tarde nublada, aproveche que tenía un par de horas libres en la Universidad y fui caminando a buscar informes a la que, posteriormente, se iba a convertir en mi segunda casa por ocho años: El Centro de idioma Japonés de Puebla.

Al entrar a las pequeñas instalaciones, la vi en clase: no soy creyente pero, si existieran los ángeles, ella debería ser uno. Era la primera vez que sentí amor a primera vista, debido a su actitud tan elegantemente arrogante, piel de porcelana, el pelo lacio y negro, complexión delgada y facciones orientales, unos ojos claros que se me clavaron en el corazón. De hecho ya no recuerdo si me mataban ese tipo de ojos desde antes o fue que, a partir de verla, se me quedó el gusto por los mismos.

            Este homenaje a la que, en su tiempo, fue la persona más importante de mi vida (aunque hoy este fuera de la misma), lo escribo con tranquilidad interna y paz existencial, así que es el tiempo en el que más objetivo puedo ser para analizar lo acontecido. Desde hace algunos años deje de idealizar esa época de inocencia, con anhelo, amor o nostalgia (aunque éste sea mi sentimiento favorito), tampoco la voy a matizar con algún toque de revancha, frustración o enojo.

            Continuemos, al quedar prendado de aquella bella mujer, era obvio que debía entrar a estudiar ahí, sin importar lo que costara (que afortunadamente era muy asequible). Así que durante un semestre me dedique a admirar en el anonimato a mi musa, a mi diosa, a un ser que (sin saber su nombre) me hacía tan feliz por el simple hecho de existir. ¿Hablarle? ¡Jamás! Era mucho el riesgo y el terror, no me importaba que no supiera que existía, me sentía completo contemplándola y admirándola en lo que acababa su clase e iniciaba la mía.

           “El deseo de ser correspondido en el amor es la más callada de las agonías” - Douglas Kennedy (“El momento en que todo cambió”)

            Mi platónica felicidad estaba condenada, ya que dejó de ir a clase sin advertencia alguna (aunque no me conocía para avisarme). Semana a semana espere que volviera a la escuela pero, tristemente, no regresó. En un rincón privado de mi corazón, lloré su partida, mas nunca me reproche el no hablarle, porque era un ser fantástico que estaba fuera de mi alcance, así que agradecí el tiempo que tuve para disfrutar de su presencia, belleza y perfección.

Volviendo al presente, el hecho de que no tenga novia también contribuye a que pueda escribir esto con calma, y así evitar celos o aprensiones de alguna “afectada” por mis remembranzas, tal vez esto pueda traerme algún problema futuro con una fémina insegura de sí. Sin embargo, teniendo mis vivencias como base, dudo relacionarme con una mujer celosa nuevamente, aunque nunca he conocido una que no lo sea.
                                                          
Sigamos con el relato original, tres años después (2001) del primer contacto con la mujer soñada, seguía en mis clases de japonés. Recién había conocido a mi padre biológico, por primera vez me había rapado, en represalia personal por quedarme a trabajar en VW, en lugar de buscar otros horizontes. ¿Por qué menciono todo esto? Para plantear la época tan sui géneris que estaba experimentando cuando ella reingresó a mi mundo.

Debido al trabajo, ahora tomaba las clases niponas de noche y, mientras payaseaba con mis amigos, la susodicha entró al salón. Creo que ése debió ser el momento más feliz hasta ese instante de mi vida, desconozco cómo no se me salieron las lágrimas de la emoción: ¡Ella había vuelto! y, mejor aún, ¡A mi grupo! No sé qué me pasó aquella vez, pero vencí mi típica timidez y me porte inusualmente seguro y natural con ella, es más, conseguí su teléfono (de casa, porque aún no era común el celular) y fue uno de los pasajes más satisfactorios de mi historia personal.


            "Está usted enamorado" murmuró emocionado, palmeándome la espalda "¡Pobrecillo!" - Carlos Ruiz Zafón ("La Sombra del viento")

            Había sido mi único amor (hasta hace poco). En realidad no tengo claro a quién le estoy escribiendo este ensayo, a mí por sentir lo que sentí, con la intensidad que lo percibí y por quién me convertí al estar a su lado; o a aquella mujer por hacerme experimentar sentimientos que nunca más había vuelto a vivir (hasta hace poco), además de llevarme a los lugares más altos de mi camino y, simultáneamente, a los más bajos.

            Después de dos semanas de “posicionarme” y “promoverme”, me atreví a invitarla a salir, desde la seguridad del teléfono. El “Sí” que recibí de su parte marcó un parteaguas en mi existencia y es que ya nada fue igual a partir de entonces. Nunca había tenido una cita y, por lo mismo, nunca había tenido novia, pero ya no importaba, porque estaba a punto de salir con la mujer más bella que jamás había visto (hasta hace poco), con una elegancia e inteligencia que acabaron de darme la puntilla y arrojarme, como quién lo hace hacia un acantilado, sin precaución alguna de lo que podría pasarme.

            Lo que viví en aquellos tiempos (una década atrás) no sabía si lo iba a volver a sentir con la forma e intensidad que conocí (pero afortunadamente sí lo volví a sentir). Fue una de las etapas más vitales de mi existencia, y esa es una razón de peso para este ensayo.

            Creo que ella se podrá quejar de muchas aspectos míos, pero nunca por las citas (antes de que tuviera auto), desde la primera la plática, los diálogos fluían interminablemente, su manera de ver las cosas me resultaba tan fascinante, aunque honestamente ya había dejado de ser yo y, aunque me hubiera dicho la mayor de las estupideces (que nunca lo hizo), a mí me hubiera sonado como lo más bello del universo.

           “Hasta que lo experimentamos (y es de esperar que nos llegue a todos, en algún momento de nuestras vidas), nunca estamos realmente preparados para la naturaleza abrumadora del primer gran amor” - Douglas Kennedy (“El momento en que todo cambió”)

            Sin embargo, lo mejor de nuestras citas eran las caminatas: recorríamos kilómetros y kilómetros platicando, alguna vez caminamos hasta por cuatro horas, pero ninguno sentía fatiga o molestia, ya que el dialogo era enviciante y motivante, es más, hubiese querido que el camino no terminara nunca, porque esas platicas lo eran todo para mí, prácticamente se volvieron mi razón de ser.

            Tengo la firme creencia que todos deberíamos reconocer y darles su lugar a los tiempos más felices de nuestra existencia, en lugar de ensalzar los menos afortunados y/o más desgraciados. Por ello escribo esto, sin esa mujer no hubiese podido vibrar con todo lo que me pasó, en verdad fui afortunado por conocerla y que nuestros caminos hayan coincidido por un breve instante de nuestras historias personales. Por todo lo que me regalo, estaré siempre agradecido que haya nacido en mi misma época.

            Nunca me he caracterizado por mi paciencia, y en esta ocasión no fue la excepción. Todo era tan bello, tan irreal, tan hermoso que me ganó la angustia, no quería perderla, a pesar de que sólo éramos amigos (en aquel entonces no comprendía que ella no salía conmigo sólo para ser amigos, aunque ahora me resulte obvio,). Era tal mi necesidad de tener más de su esencia que mi comportamiento empezó a cambiar.

            En primer lugar ocupe mi prestación laboral para tener un auto y es que, al vivir fuera de Puebla, tenía tiempo límite para nuestras platicas, ya que debía regresar al hogar materno en transporte público. Esta decisión tan tonta fue un craso error, además de que mi amada nunca me lo pidió, porque nuestras caminatas desaparecieron y, aunque ahora podía irme más tarde, el factor de tranquilidad e intimidad que teníamos al desplazarnos a pie había desaparecido.

           “Nunca olvidas a tu primer amor, sólo te acostumbras a vivir sin él” - Anónimo

            No ha de existir sentimiento más maravilloso en el planeta y, simultáneamente, más terrorífico, que el estar estúpidamente enamorado. Esa incertidumbre de que tu bienestar está en manos de otra persona es bello pero, al mismo tiempo, insoportable. Esa sensación de que si soy aceptado seré el más realizado del universo pero, si me rechaza, también podría ser el más miserable, en una apuesta de todo o nada. Si les soy honesto, esperaba no volver a vivir algo así, tan extremo; esto influenciado por la experiencia de nunca ser correspondido a plenitud por alguien a la que haya amado (y que conste que ya me case una vez).

            A pesar de tener meses saliendo, platicando de todos los aspectos vitales y/o trascendentales de la vida y nuestra manera de percibirla, teniendo en cuenta que compartíamos tantas ideas privadas sin temor a ser juzgados, ella no quería que fuéramos novios. La razón es que se iba a ir de intercambio escolar a Japón durante un año (he ahí la razón por la cual había vuelto a clase de japonés). De por sí el dejar a su familia y su entorno la estresaban como para también dejar atrás a un novio.
           
                                                      
            En mi amor incondicional, la comprendí y la apoye en todo lo que podía, nuestras citas pasaron a ser clases de repaso del idioma y, en alguna ocasión, también le ayude con una tarea bastante compleja de su carrera (y nunca me perdone porque obtuvo 9 en lugar del anhelado 10). Pero no todo era bonito, mi angustia paso a ser un auténtico acoso, la llamaba a diario, porque quería verla tanto como se pudiera. Quería que me dedicara todo el tiempo que le sobrara; inconscientemente la intentaba comprar al darle tantos regalos materiales como me fuese posible. El caso es que enloquecí (¿Acaso no es lo que pasa cuando uno está enamorado?) y perdí de vista todo aquello, por lo cual, me había permitido acercarme en primera instancia.

“Un primer amor puede que nunca pase; pero siempre acaba” – Paulo Coelho (“Verónika decide Morir”)

            ¿Por qué les comparto este pasaje tan vital de mi libro personal? Bueno, sé que esta experiencia se quedará en mi inconsciente hasta el último día, pero creo que es muy valioso y por lo mismo lo hago público. En una parte de mi ser, siempre habrá una pequeña sección en la cual su recuerdo habite y se le rinda tributo por lo que significó para mí, sin importar que, seguramente, no signifique lo mismo para ella.

            Como la intensidad de mi acoso era insoportable, ella intentó dejarme atrás, trato de desvincularse de mí, pero fui más convincente en mi actitud manipuladora y no la dejaba abandonarme. En verdad me da pena escribir esto pero prometí expresar la verdad de los hechos. Conforme se acercaba la fecha de su partida mi desesperación crecía.

            Un par de meses antes que aceptara ser mi novia, me dio un regalo que aún me acompaña hasta nuestros días. En ese entonces ya entraba a su casa, por lo que conocí a sus papás y hermanos así que, hasta ahora me doy cuenta, ya estaba siendo aceptado en su entorno. En aquella tarde me presentó la música de Fernando Delgadillo, misma que entró en mi ser cual cuchillo en mantequilla con toda su autenticidad y sentimentalismo, sobretodo “No me pidas ser tu amigo”, la cual se convirtió, unos meses después, en mi himno masoquista y con la cual le lloré miles de lágrimas.

            Finalmente, a un mes de su partida, aceptó ser mi novia. Aunque fue una relación casta, fueron los 30 días más maravillosos de toda mi vida. Todo lo que pasaba a mi alrededor era en cámara lenta, todo era increíble, no había nada malo que me afectara en lo absoluto, porque tenía mi propio plano existencial en donde todo era bello y perfecto.

            A nueve años de distancia (2002), el bonito recuerdo permanece intacto y se mantiene como el mejor de esos tiempos, de ahí la importancia de realizar este escrito, cuando puedo plasmarlo acorde a lo que en realidad pasó (o lo más cercano que podría expresarlo).

            Sin embargo, no hay plazo que no se cumpla y llego el día de su despedida. Mi jefa de aquel entonces, muy amablemente, me dio el día libre (era mi amiga y confidente del amor que me marcó profundamente). Fui a casa de mi amada a despedirme y a darle todos los ánimos que necesitara para su viaje. Ese día ha sido de los más tristes de mi paso por este planeta. El sentimiento de que la razón de tu existir va a partir es algo descorazonador, y más el intentar sonreír para no dificultarle nada.

            Había pasado un año exacto desde que entró a mi vida y ahora se disponía abandonarme, y no podía hacer nada al respecto. Aunque me prometí ser fuerte, no pude evitar llorar en su presencia, y justo fue en el abrazo final, ése que estaba destinado a ser el último contacto físico de nuestra breve historia. Esa fue la última vez que la ví y también ese día una parte de mí murió por tanta tristeza y lágrimas derramadas.

            Aunque me despedí alrededor de las 10AM, no regrese a mi casa hasta las 20hrs. Me la pase deambulando sin sentido por la ciudad y por la autopista, no quería llegar a ninguna parte, sólo quería estar a solas y vivir mi duelo sentimental tan intenso como fuese posible. Además no quería preocupar a mi madre, porque era totalmente ajena a este gran amor que acontecía en mi ser, aunque no dudo que sospechara algo, porque el llanto estuvo presente durante muchas semanas, tanto en el trabajo, en clase de japonés y en mi casa.

           “Empecé a caminar sin rumbo, recorriendo las calles que me parecían más vacías que nunca, creyendo que si no me detenía, si seguía caminando, no me daría cuenta de que el mundo que creía conocer ya no estaba allí” – Carlos Ruiz Zafón (“El Juego del Ángel”)

            Si te relacionas con esa persona tan básica para ti, y avanza la relación a algo permanente, seguramente tu felicidad inicial será inmensurable. A pesar de ello, de acuerdo a datos que he obtenido, se dice que el sentimiento de enamoramiento dura hasta ocho meses y el amor en sí dura un máximo de ocho años; después de dicho tiempo, si estás con una persona adecuada, puede quedar un sentimiento de amistad, fidelidad y camaradería pero la intensidad del “amor” va decayendo con el tiempo (aunque muchas románticas quieran creer que es para siempre) y las aguas de la rutina van ahogando ese sentimiento tan puro que sentían en un inicio.

            Al no haber hecho permanente la relación con mi primer amor, ciertamente lloré por todas mis expectativas frustradas, por perder todo el hipotético paraíso que visualizaba a su lado y que se esfumó. Claro que duele cuando se va esa persona, pero es peor el ver que se lleva todos tus sueños y plenitud con su ser, además de dejarte abandonado en un mundo que creaste para ambos, sin consultarla previamente.

            Debido a mi situación tan poco exitosa, debo de encontrarle algo bueno: La ventaja de mi experiencia es que pude quedarme con algunas ilusiones sobre el “hubiera”, además de mantener un bonito, idealizado e inmaculado recuerdo de esa mujer que lo fue todo para mí, con la cual nunca concrete ese anhelado futuro.             

            “No hay peor nostalgia que la que se tiene por lo que nunca fue” – Joaquín Sabina
                                                     
Volvamos nueve años atrás. Obviamente no me iba a dar por vencido en mi cruzada por mi idílica felicidad, desde que supe que se iba a ir, empecé a ahorrar endemoniadamente (algo que se me da muy fácil) para viajar a su lado por todo Japón durante tres semanas.

            Antes del fallido viaje, le hablaba al país del Sol naciente cada quince días, además de que diariamente le mandaba (vía mail) mensajes de texto a su celular japonés (allá sí era común el uso de los mismos), y sin decir que a diario le escribía a su correo electrónico. Creo que esos detalles fueron muy importantes para ella, porque el Homesick le pegó muy duro y se portó tan dulce conmigo como nunca antes había hecho.

            Mi viaje a Japón se tuvo que suspender ya que ella, por amenaza de su familia, tuvo que rechazar mi visita. A mí no me importaba la decisión de su casa, sólo quería que ella decidiera y fue cuando su fidelidad familiar pudo más y puso fin a todo.

            No tengo que explicar que estaba destrozado, sin sentido, sin rumbo, sin razón para existir o seguir viviendo. Ella intentó reestablecer la comunicación pero, para su sorpresa (y mía), resulte ser más tajante de lo que ambos pensamos, cerrando cualquier posibilidad a reanudar nada. Fue en aquel entonces que, al estar perdido en el limbo, me acabe liando con mi ahora ex-esposa y me case por despecho.

            “El fin, no es el fin, porque nunca acaba lo que no empezó” – Tomado de la canción “Albanita” dueto de Luis E. Aute y Silvio Rodríguez

            Regresando al tiempo presente, aunque me gustaría relacionarme nuevamente, me encantaría que fuese desde un lugar más terrenal o menos onírico, aunque no vea estrellitas ni sienta mariposas en el estómago, me gustaría tener una relación más madura y menos idealizada. Sé que la generalidad de la gente tiene el concepto que no puede pasarte mejor cosa en el mundo que enamorarte y ser correspondido (porque también ha de ser bonito ser aceptado). Fue hermoso lo que experimente pero ya no más por favor, aunque fue la época más bonita de mi vida, también fue una de las más desgastantes. Es mejor tener una relación más adulta que una típica de adolescentes tan pasional.

            Unos años después de mi divorcio, un día tuve un ataque de osadía y le escribí (en la actualidad aún recuerdo tanto su mail como su cumpleaños) y, casi me da un paro cardíaco, ¡me contestó! Mi intención era simplemente vernos en persona y platicar sobre todo lo que pasó desde un punto más maduro y con años de por medio. Tristemente, al tercer mail, malinterpretó mis intenciones, con lo cual me ofendió y ahí terminó esta historia.

            “La ventaja de los corazones rotos es que sólo pueden romperse una vez. Lo demás son rasguños” – Carlos Ruiz Zafón (“El Juego del Ángel”)

            Creo que no la puedo culpar, tras tanto acoso, tanta manipulación y tanta inmadurez de mi parte, ella no podía saber todo lo que había evolucionado desde la última vez que nos vimos, y creo que nunca lo sabrá.

            Este escrito sobre mi primer amor no debería dedicárselo a ella por cuestiones que sólo nos incumben a nosotros dos. Sin embargo, sí dedico este ensayo a ese sentimiento que me regaló, obviamente uno decide (de manera inconsciente) la intensidad con la cual se enamora.

Escribo esto para recordar, revivir y honrar, todo lo que experimente gracias a lo que compartimos por un año (inclusive antes), independientemente de lo que pasó al final, el recuerdo que guardo, siempre me acompañara a lo largo de mi existencia, sobre todo esas sensaciones que experimente en una de las épocas más felices de mi historia personal.

           “Me quedaré solo, mucho más solo que antes de conocerte, porque mi isla, en donde no había nadie, estará llena de tu insoportable soledad” – Alejandro Jodorowsky

            “Íbamos caminando por el centro, sin buscar nada en particular, sólo paseando y platicando juntos, de pronto escuche la canción ‘Pero me acuerdo de ti’ de Christina Aguilera, y me puse a cantarla. Ella me dijo ‘Creo que es la primera vez que te oigo cantar’, no supe explicarle que cantaba por toda aquella felicidad que ella me daba, por lo maravilloso que era estar a su lado y porque mi vida era perfecta gracias a su existencia, así que sólo opté por seguir cantando en lo que seguíamos paseando sin rumbo fijo” – Hebert Gutiérrez Morales.